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viernes, 12 de agosto de 2011

Veraneando

Este verano de 2011 quedará marcado perpetuamente en mi memoria por el cáncer de mi madre y por el terremoto de Lorca, cuyos efectos no dejan de sentirse de mil y una maneras. Una y otra circunstancia han condicionado no sólo las extrañas y sesgadas vacaciones que estoy disfrutando, sino también el devenir futuro de esta única vida que nos toca vivir. Cuando nos dieron cita para la operación, necesariamente urgente según los protocolos oncológicos, lo primero que pensé, quizás egoístamente, fue que, por segundo año consecutivo, íbamos a pasar las vacaciones en el hospital, como ya sucediera entre mayo y agosto de 2010, cuando mi madre enlazó una rotura del codo con una neumonía, y ésta con un trastorno gástrico originado por un virus hospitalario galopante.



Mas de repente, se me ocurrió una gran idea: ¿por qué no fraccionar el verano en pequeñas porciones, de modo que un caramelo inicial endulzase los preliminares de la amargura posterior? Deprisa y corriendo conseguimos alquilar tres apartamentos en una urbanización de Aguilas que, por cierto, tiempo atrás, me causó no pocos problemas a la hora de agilizar los trámites para su electrificación. Los Collados está plagada de pequeños complejos turísticos, y en uno de ellos pasamos seis días en los que la vida discurría en torno a una hermosa piscina en forma de “S”. Hasta mi amigo Pablo vino a visitarnos, bañador en ristre. Lo peor eran los momentos en que no estábamos bañándonos, cuando había que plantearse dónde y qué comíamos y cenábamos, pues éramos ocho y difícilmente podíamos encontrar un sitio cercano hasta el que pudiésemos desplazarnos a pie y que aunase una cierta calidad gastronómica con un precio no del todo demencial. Con todo, el cargador funcionó correctamente y las pilas estaban más o menos a topes cuando dio comienzo la siguiente y decisiva semana.

El lunes, me reincorporé al trabajo, y el martes por la tarde ingresamos a mi madre, pues la operación estaba fijada para el miércoles a primera hora. Aquella jornada, en la que me concedieron permiso para ausentarme de la oficina, el tiempo pareció correr de otra manera. No sabría decir qué se me hizo más largo, si las dos horas que mi padre y yo estuvimos pegados a la cama de mi madre esperando que se la subieran al quirófano, o las más de tres que discurrieron hasta que los doctores nos llamaron. De verdad que uno hubiera agradecido unas palabras optimistas, una sonrisa pintada en sus caras, pero tan sesudos galenos sólo hicieron hincapié en la complejidad de la cirugía y en la necesidad de analizar todo lo que habían extirpado y algunas muestras de los tejidos y órganos de alrededor. Hasta que mi madre no se despertó y la bajaron a la habitación, no respiré más o menos tranquilo. Claro que aquella tarde hubo de todo menos tranquilidad. A la compañera de cama, una chica de veintipocos años a la que le habían quitado un quiste, la vinieron a visitar toda su familia, la mitad de sus amigos y al menos un tercio de sus vecinos, de modo que en la habitación llegó a haber hasta nueve visitantes, además de las enfermas y nosotros sus acompañantes. Sería bueno que un poco de solidaridad y sentido común hiciese que las personas se diesen cuenta de que la euforia de unos puede significar el desasosiego de otros. Con todo, la hospitalización apenas duró cinco días, que, a decir verdad, se pasaron en un suspiro. Mi madre mejoró ostensiblemente a partir de la segunda noche, y el hecho de estar ingresada en Maternidad, sección todavía muy concurrida aun en estos tiempos de crisis, propició que la falta de camas hiciera el resto. Claro que estar de vuelta en casa no presupone ni mucho menos la tranquilidad…

Tras una semana compaginando las mañanas laborales con las tardes hogareñas, viendo la plausible mejoría de la enferma, me decidí a solicitar otras dos semanas de vacaciones, que esperaba disfrutar con los niños, alternando una mañana de playa o piscina con una tarde de cine, y así sucesivamente. Pero, ¡ay!, el terremoto se inmiscuyó nuevamente en mi existencia, y una tarde vimos cómo unos obreros se aprestaban a iniciar los trabajos preparatorios para proceder a la demolición de un enorme edificio prácticamente contiguo (tan sólo uno, estrecho, nos separa) y bastante dañado, que la autoridad competente había decidido que no iba sobrevivir al temblor de hace tres meses. Los propios operarios nos sugirieron que, para evitar el ruido, el polvo y las vibraciones, no era desaconsejable ausentarse durante los dos o tres días que iba a durar el derribo. Con mi madre todavía convaleciente y sus puntos sin quitar, tuvimos que hacer las maletas en un pispás y, eso sí, en lugar de huir rumbo a Cartagena como hicimos en mayo, optamos por pensar a lo grande y alojarnos en uno de los dos hoteles lorquinos dotados de piscina y diversas otras comodidades. No hay mal que por bien no venga. Ni desgracia que cien años dure. Ni verano sin movidas y anécdotas dignas de ser regaladas a la posteridad.

3 comentarios :

Anónimo dijo...

Mi querido amigo Luis, ¡Como te entiendo!, cuando vives una vida cerca de los tuyos, piensas que siempre va a ser así, que nada ni nadie pueda alterar la ansiada vida, tranquila y familiar...
Pero es la misma vida, la que poco a poco te va enseñando sus caras, y aunque tú te esfuerces en que todo funcione, ella, se encargará de poner y quitar.
Aspiras, a que cada día sea mejor, pero te sorprendes de que no sales de un problema, que ya tienes otro...
Por eso hay que aprovechar todos los minutos que se puedan, para que cuando todo esté bien, podáis salir y disfrutar, y me consta que tú lo haces así.

un beso
Marisa

Luis Campoy dijo...

Gracias, Marisa, por tus palabras. Por supuesto que intento hacerles la vida agradable a todos los míos, dentro de mis posibilidades. Y, cuando se presenta un contratiempo, hay que tratar de solventarlo de la mejor manera posible, a ser posible improvisando un pequeño aliciente sobre la marcha. Un saludo.

Anónimo dijo...

ok. Lo has entendido a la perfección, en eso tú y yo somos iguales...
Yo siempre que he ido con mi madre al medico, o hemos salido del hospital, o cosas así, luego hemos ido a comer a algún sitio, o a merendar, hemos dado un paseo...y Hoy que mi madre ya no está conmigo, con eso es con lo que me quedo, con los buenos ratos, sobre todo, que he pasado con ella.
¡Y Dios mio, cuanto se echa de menos!...
Dicen, que cuando se va una madre, algo de tí, también se marcha, y es verdad, por eso cada día la recuerdo con todo mi cariño, y recuerdo todos aquellos momentos, que convertimos de malos, a buenos.

Un Beso, y como verás, tu blogger también sirve de terapia.
Contando estas cosas, también se alivia el alma.

Ojalá que tu madre se ponga bien del todo y podáis seguir disfrutando de la vida, que en definitiva son esos pequeños momentos de los que se componen fundamentalmente.