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jueves, 26 de mayo de 2011

Cine actualidad/ "EL INOCENTE"

Menuda inocencia…




El thriller judicial, las películas protagonizadas por abogados, jueces y demás fauna legislativa, ha sido siempre un género querido por el público y que ha contado con un sinfín de títulos relevantes. "El proceso Paradine", "Vencedores y vencidos", "Doce hombres sin piedad", "Testigo de cargo", "Veredicto final", "La tapadera", "Algunos hombres buenos", “Causa justa”, “El cliente” o "Tiempo de matar" son tan sólo algunos ejemplos puntuales que ahora mismo se me vienen a la cabeza, todos ellos inteligentemente escritos, hábilmente dirigidos y con considerable gancho para la audiencia. "El inocente" pretende sumarse a la lista, utilizando, uno tras otro, todos los clichés y tópicos del género, y ciertamente no saliendo del todo mal parada.



Mickey Haller es un carismático abogado que tiene un despacho móvil o, mejor dicho, automóvil, ya que atiende sus casos mientras viaja a bordo de un lujoso Lincoln. Un mal día, accede a defender a un joven heredero, acusado de golpear brutalmente a una prostituta, y, a partir de ese momento, su vida y la de sus seres queridos comenzarán a correr un considerable peligro.



"The Lincoln Lawyer" ("El abogado del Lincoln") es el título original de la novela de Michael Connelly y, asímismo, de la muy correcta versión cinematográfica que ha realizado el señor Brad Furman, de quien un servidor nada había sabido hasta ahora. Sorprende, pues, hallar tras la cámara a un tipo con las ideas muy claras, que sabe cómo filmar con mimbres clásicos pero nada anticuados y crear, con muy pocas pinceladas, personajes inolvidables (el protagonista, su ex-mujer, su ayudante, el villano y su madre), todos ellos servidos por excelentes actores. Así, Matthew McConaughey (cielos, lo que cuesta escribir correctamente este apellido) vuelve a ser aquel intérprete prometedor que apuntaba buenas maneras en "Tiempo de matar" (donde, por cierto, también hacía de abogado), y deja un poco de lado su faceta de mero hombre-objeto (léase su spot para Dolce & Gabanna) y protagonista de productos mediocres. Marisa Tomei continúa su renacimiento, cada vez más guapa y mejor actriz; William H. Macy está, como siempre, de Oscar, aunque su papel es tan predecible que, desde el instante en que aparece, cualquiera puede intuir que se lo van a cepillar; Ryan Philippe da muy bien el tipo como víctima y verdugo, y la gran Frances Fisher vuelve a ser esa madre coraje, educada y sibilina pero con un toque de perversidad, que tan bien encarnó en "Titanic". Y, atención, nostálgicos, en un breve papel de policía puede verse a Michael Paré, el héroe de la ochentera “Calles de fuego” y al que yo hacía años que le había perdido la pista.



Fotografiada con mucho esmero y trufada de esos diálogos a veces ininteligibles que tradicionalmente suelen acompañar a este tipo de películas, "El inocente" (no confundir ni por asomo con el film homónimo de Luchino Visconti) peca de un final excesivamente feliz, culminación de una atmósfera que a veces parece demasiado bucólica (caso de la amistad del protagonista con los moteros justicieros) y en ocasiones su banda sonora se hace algo indigesta, pero es una digna aportación al género judicial y, al igual que los grandes títulos de ese estilo, interesa, entretiene y no se hace nunca aburrida.



Luis Campoy



Lo mejor: William H. Macy, Matthew McConaughey, Marisa Tomei


Lo peor: John Leguizamo, la insoportable música de hip hop que se escucha cada vez que el protagonista se monta en su coche


El cruce: "Tiempo de matar" + "Las dos caras de la verdad" + "El cabo del miedo"


Calificación: 8 (sobre 10)

martes, 24 de mayo de 2011

Mi vida como damnificado (Segunda parte)


La Manga del Mar Menor, bulliciosa y festiva en verano, es fantasmal y casi lúgubre en los días más grises de la primavera. Aquellas noches post-terremoto fue, con todo, el mejor lugar posible, al menos el único sitio en que, descartadas las casas saturadas de tía y primos, el cariño familiar me pudo brindar una cama donde pasar las siguientes noches. Los pocos hosteleros de la zona desconocían que aquellos clientes con caras cansadas y hambrientas venían de la ciudad más famosa de España en aquellos momentos… y, aunque lo hubieran sabido, ¿qué diablos?, sus cartas de precios reflejaban los mismos importes que, meses más tarde, les cobrarían a los turistas y advenedizos.



A todo esto, Lorca se había convertido en un macabro semáforo en el que el color verde indicaba la habitabilidad de una edificación, el amarillo tan sólo aconsejaba un acceso rápido para sacar algunas pertenencias, y el rojo advertía de la prohibición de tan siquiera acercarse, por rígidos motivos de seguridad. Mi edificio fue catalogado como “verde” desde el primer momento, pero, cuando por fin accedí a él aquella triste tarde de sábado, me sentí de todo menos esperanzado. Los pilares y la estructura general del bloque parecían haber resistido, pero la impresión que me causaron el vestíbulo, mi rellano y, sobre todo, mi pobre casa, fue mucho, muchísimo peor que la que recordaba de la breve visita del jueves de madrugada. Supongo que en aquellos primeros momentos me había sentido aliviado porque la mayoría de los enseres y electrodomésticos no había sufrido daños severos, pero aquel infierno de grietas, rajas y cascotes me hizo encoger el corazón. Por si fuera poco, mientras me asomaba al balcón y miraba cómo la gente de la calle continuaba deambulando sin rumbo, hubo un nuevo terremoto, esta vez leve, que me recordó que la Ciudad del Sol se había convertido en la Ciudad de los Seísmos.



 
Durante los siguientes días, yo también vagué sin saber a dónde ir. Una noche dormíamos en una pedanía llamada Aguaderas, otra noche nos arriesgábamos a pasarla en el piso despedazado, más adelante nos acogía un compañero que arrostraba impávido el punto rojo, a continuación nos aventurábamos a dormir junto a uno de los muchos edificios que al día siguiente iba a ser demolido, y finalmente sacábamos la conclusión de que, de todas las posibilidades que se nos brindaban, la de continuar en nuestro cuarto herido y revestido de ladrillos movedizos era, como mínimo, la más cómoda. Pero así no podíamos continuar. La reparación del piso no iba a empezar hasta que el perito del tristemente famoso Consorcio de Seguros no viniera a tasarlo, y, posteriormente, durante las semanas o meses que durase la reconstrucción, lo más sensato sería buscar un hogar provisional.



Durante la primera visita a un piso de alquiler, cometí el error de ser demasiado sincero, y le dije al dueño que quizás nos quedásemos “sólo un par de meses”. Al chico de la Inmobiliaria se le pusieron los pelos aún más tiesos, y me dijo que había mostrado “poca delicadeza” (¿?), es decir, que tenía que haber sido algo más… pícaro. Lo cierto es que aquel señor se plantó en un mínimo de seis meses, y, cuando, al día siguiente, ya estaba a punto de aceptar esa condición, el plazo de permanencia exigible ya era de un año. Por otra parte, mi propio arrendador, a quien tengo que agradecer que no vaya a cobrarme el alquiler durante el tiempo que vaya a durar la reparación, me insinuó que, si no me venía al piso en cuanto éste hubiese quedado reparado, tal vez podría perder el derecho a continuar habitándolo.



Sí, la solidaridad y la caridad son palabras hermosas pero poco prácticas en esta Era. Lo malo es que todos los propietarios de las viviendas para alquilar parecieron ponerse de acuerdo, de modo que, quien no subía escandalosamente el precio, exigía el fatídico plazo mínimo de seis meses. Al final, claudiqué. Tuve que hacerlo, si quería volver a reunir a mi familia, que llevaba ya diez días desperdigada. Mi nuevo piso, que, casualmente, pertenece a un edificio en el que, años atrás, soñé con convertirme en vecino, está ubicado en una quinta planta y, claro está, el ascensor (como casi todos los de Lorca en estos días inciertos), no funciona, aunque me aseguraron que lo haría en unas dos semanas. No tenía mucho donde elegir, porque ahora los niños cuyos colegios e institutos fueron dañados por el terremoto, tienen que acudir a clase en horario vespertino y, cuanto más lejos de la ciudad nos marchásemos, más problemático sería el retomar una actividad docente normal, llevándolos a la estación de autobuses a primera hora de la tarde y recogiéndolos ya bien entrada la noche. Así pues, firmé, no sin sentirme coaccionado, los famosos seis meses de permanencia, y durante los últimos cuatro días parece que no hago otra cosa que subir y bajar escaleras… Aunque, lógicamente, he hecho mucho más: en dos viajes de camioneta me trasladaron, el domingo por la tarde, la mayoría de las pertenencias que se vienen conmigo a mi nuevo “hogar”, y ahora, mientras dedico la mayor parte de las horas no lectivas a acondicionar el que va a ser mi hábitat durante los próximos meses, sigo dudando si vaciar íntegramente la “vieja” casa o si, tal como me dijo el jefe del equipo de albañiles que algún día la restaurarán, bastaría con agrupar los muebles, la ropa, los comics, los libros, los CD’s y los DVD’s en una o varias habitaciones, mientras los operarios van maniobrando en el resto del piso. Al cansancio físico se une un cansancio mental que todavía no se alivia, y las noches se pasan casi en vela, pensando en ascensores que no ascienden, en calentadores que no calientan y en terremotos aún más devastadores que, según el vulgo, se cebarán con el pueblo lorquino dentro de unas semanas. El miedo es libre… pero los damnificados estamos presos de nuestro temor a volver a ser dañados.


martes, 17 de mayo de 2011

Mi vida como damnificado

Eran poco más de las cinco de la tarde y estaba sentado en el sofá, presenciando el final del capítulo 177 de la sexta temporada de "Amar en tiempos revueltos". Todos los días hacía lo mismo a la misma hora, era como una feliz rutina... que, de repente, se convirtió en un hito dramático. Todo tembló bruscamente, una especie de onda expansiva que nos aterrorizó a todos. Cuando pude incorporarme, me asomé con mi padre a la terraza y vimos, allí abajo, a escasos metros de distancia (vivo en un primer piso), a decenas de personas colapsando la Avenida Juan Carlos I, todas con caras entre aterrorizadas y casi divertidas, algunas casi riéndose de sí mismas por haberse llevado tal susto a causa de un temblor en apariencia poco menos que inofensivo. Recorrí la casa y, sorprendido, comprobé que sí se habían producido algunos daños relevantes: cuatro o cinco grietas superficiales en muy contadas paredes, dos o tres desconchados en otras, siete u ocho figuras decorativas partidas en dos... Inmediatamente llamé al dueño de mi piso, que vive en Alicante, y le puse al corriente de lo que había sucedido, para que diese parte al Seguro y no tardara mucho en acometer la reparación necesaria. A continuación, llamé a mis hijos para asegurarme de que estaban bien ("Qué miedo, papá, ¿crees que se volverá a repetir un terremoto así de fuerte?" "No creo, hija, lo normal es que vengan algunas réplicas, pero serán pequeñas"), y, sin darle mayor importancia al asunto (también la gente de la calle se disgregaba y retomaba su actividad cotidiana), me puse a pegar y recomponer al Spiderman negro, a C3PO, al Motorista Fantasma, a la escultural Espectro de Seda y al siniestro Rorschach, ambos miembros de los Watchmen, y al orgullo de Mojácar, el Indalo, mientras daba casi por perdido al Discóbolo, que mi remoto amigo Felipe me trajera directamente de la inmortal Atenas y ahora parecía la víctima marmórea de Jack el Destripador. Estaba recolocando tales estatuíllas en la estantería del pasillo cuando el mundo, mi mundo y el de todos los lorquinos, se convulsionó de nuevo. Pero esta vez fue una sacudida atroz, aterradora. Las estanterías de los discos empezaron a derrumbarse, los azulejos de la cocina volaron y la televisión portátil se estrelló en el suelo. Grietas salvajes y voraces serpenteaban por las paredes, y admito que mi primer impulso fue huir... pero mi madre estaba en su dormitorio, aterrada, y retrocedí corriendo para auxiliarla. Todos hemos oído que, ante un terremoto, lo primero que hay que hacer es mantener la calma, situarse bajo una mesa o el marco de una puerta y, sobre todo, no salir a la calle hasta que el suelo haya dejado de moverse... pero, claro, éso es teoría, ésos son sólo ingredientes cinematográficos de una película de catástrofes… nunca parte de tu vida real y cotidiana... Eso NO puede estar pasándote a tí…



La escalera estaba inundada de cascotes y necesité que un vecino me ayudara a bajar a mi madre, que a punto estuvo de caerse en lo que hasta hacía unos instantes habían sido los últimos peldaños. Una vez en la calle, el cielo estaba gris y se olía a polvo. La gente gritaba, corría o lloraba, mirando sin saber dónde mirar y preguntándose qué había pasado... y por qué. Dejé a mi familia teóricamente a salvo y eché a correr en busca de mis hijos. La orgullosa y señorial Avenida Juan Carlos I parecía Beirut en sus más violentas jornadas. Personas con los rostros desencajados, zombis sin rumbo, coches aparcados con los techos completamente sepultados bajo una lluvia de escombros. Por fortuna, los niños estaban bien, llorando y asustados, pero vivos y sanos. Mi hija me reprochaba "¿Por qué me mentiste? Tú me habías dicho que ya no habría más terremotos fuertes", y mi hijo me preguntó: "¿De quién es culpa ésto... de Dios o de quién?" "Y ¿yo qué sé?, Jorge... Quizás del Destino..." "Pues me cago en el Destino", bramó mi muchacho.



Una vez comprobé que mis hijos estaban bien, dí media vuelta y fui a toda prisa a intentar auxiliar a mi madre, que necesita apoyarse en alguien para caminar... pero ya no los encontré en la plaza frente a nuestro edificio. Recorrí dos o tres sitios seguros que se me ocurrieron, y al final los hallé junto a la vía del tren. La Policía nos redirigió hacia un descampado en el que ya se empezaba a arremolinar un abigarrado torrente humano. Un rato después, viendo que la estancia podía demorarse y mi madre estaba de pie y agotada, fuimos a un merendero próximo y pedimos prestadas unas sillas de plástico; las personas cuya merienda había quedado interrumpida, escuchaban la radio, y alguien comentó que acababan de decir que "para las ocho o las ocho y cuarto, se esperaba un terremoto aún más fuerte que el último". Sin embargo, llegó esa hora y no hubo nada, y alguien nos instó a cruzar la carretera y agruparnos en el Recinto Ferial del Huerto de la Rueda, lugar destinado al mercadillo semanal y emplazamiento natural de las atracciones y los chiringuitos feriales. Empezó a anochecer, y un fresquito alarmante se convirtió en un frío sobrecogedor. Pedimos mantas a los efectivos de la Cruz Roja que ya andaban por allí, y nos dieron una bolsita con una manta térmica: ¡una manta para seis personas! Fuimos a pedir agua, y nos dijeron que no podían darnos una mísera botella, y que, quien tuviera sed, tenía que desplazarse hasta aquel puesto, en el extremo del recinto, para beber el agua allí. Tuvimos más suerte a la hora de conseguir tres sillas de plástico más, que unos voluntarios nos dieron tras una breve cola. Pero el frío arreciaba y decidimos dirigirnos al piso (o a lo que quedara de él) para coger mantas, ropa de abrigo, y algo de comer. El edificio aún estaba en pie, la escalera continuaba pareciendo una escombrera y, en el piso, devastado, nos sorprendió una nueva sacudida, que (¿por qué negarlo?) nos llenó de temor. De vuelta al campamento, pasamos el resto de la noche y la madrugada en condiciones sumamente precarias, aunque no mejor ni peor que el resto de los damnificados allí congregados, en su mayoría inmigrantes. Las patatas fritas y las galletas, que deprisa y corriendo habíamos saqueado en nuestro propio piso, se acabaron enseguida... lo contrario que el hambre. Por megafonía, anunciaron que se iba a proceder a la entrega de alimentos, para lo que debíamos hacer una cola ordenada. Nos ordenamos, sí, en una cola, pero otros muchos tuvieron menos escrúpulos y siguieron la doctrina de Cristóbal, Cristóbal Colón. La policía se paseaba por allí y no resolvía el problema, y menos mal que a mi padre, que había ido al servicio, le pararon y le preguntaron si quería comida, y le dieron, sin siquiera pedirlos, dos paquetes con precinto de celofán, que contenían pizzas, lonchas de embutido, yogures y refrescos. Durante todas aquellas horas, quise llamar a mis hijos, pero no tenía cobertura y sólo me entraban mensajes o avisos de intentos de llamada de familiares y amigos que ya habían conocido la tragedia que había asolado la Ciudad del Sol. Cerca de las cuatro de la mañana, los de Cruz Roja nos dieron otra manta, de franela roja, que tendimos en el suelo para intentar dormir. Fue un sueño breve, anómalo, dolorido. Sentí que se me cerraban los ojos de puro cansancio, pero me desperté enseguida, atenazado por un terrible dolor de cuello y espalda. Miré alrededor, y pensé en Auchswitz, en la Franja de Gaza, en el 11-S... Amanecía, y me prometí no volver a pasar ni un minuto en un sitio así.



Convencí a todos para arriesgarnos a subir a casa para coger ropa para unos días, y llamé a mi prima de Cartagena para decirle que aceptaba su generosa oferta de cobijarnos en su casa durante las próximas horas o los próximos días. Por fortuna, pude sacar el coche del garaje y, durante el trayecto, todo lo que se hablaba en las radios tenía que ver con Lorca y sus terremotos. Ya en Cartagena, desayunamos, nos duchamos, comimos y, después de comer como Dios manda, me senté en el sofá... y me quedé dormido durante tres horas. Al despertar, los reporteros de "España Directo” desplazados al epicentro de la catástrofe hablaban del "día después de la tragedia". Yo sonreí para mis adentros; qué morro tenían los de TVE, utilizando reportajes grabados el día antes. Porque, naturalmente, del terremoto hacía ya dos días, ¿o no...?  Estaba desorientado, desubicado, desarraigado.... Pero tan sólo era jueves, jueves 12 de Mayo de 2011, y mi vida como damnificado apenas acababa de empezar...




miércoles, 11 de mayo de 2011

Cine actualidad/ "CARTA BLANCA"


Una semana de libertad



En circunstancias normales, no hubiera ido a ver una película como "Carta blanca". El último film de los supuestamente controvertidos y deplorablemente provocadores Hermanos Farrelly que ví en el cine fue "Yo, yo mismo e Irene", y éso... ¡en el año 2000! Desde entonces, ninguno de los títulos realizados por estos maestros de lo zafio y lo grosero había llamado mi atención, y la única razón por la que acudí a ver "Carta blanca" fue porque a mi hijo le hacía gracia el apellido de uno de los protagonistas, un tal Jason Sudeikis.



Dos amigos, casados y aburridos de la rutina conyugal, reciben de sus respectivas esposas el mejor de los regalos: una semana de "carta blanca", ésto es, siete días de libertad matrimonial en los que podrán hacer lo que les venga en gana.... sin que luego haya consecuencias ni represalias. Naturalmente, lo primero que se les ocurre es ligar con todo bicho viviente que se les pone a tiro, además de emborracharse y colocarse a discreción... Si ya un argumento como éste no da pie a concebir demasiadas esperanzas, el modo en que se desarrolla la historia es particularmente patético. Tanto los dos protagonistas como sus estúpidos amigotes anhelan fervientemente todo aquéllo que no tienen, que es precisamente lo que supuestamente no se puede disfrutar en el seno del matrimonio: libertad. Lo malo es que, en el momento en que la consiguen, no saben administrarla, y la malgastan en colocones y borracheras y en perseguir a jovencitas que no les hacen ni caso. Paradójicamente, y he aquí el sonrojante mensaje moralizante de la película, en los casos en los que sí tienen éxito y las chicas se les ponen en bandeja, afloran los remordimientos, la cobardía y la falta de virilidad… a las que, claro está, disfrazan de amor felizmente redescubierto. Pero no queda ahí la cosa. Los maridos, machos en celo pero simpáticos y buenas personas al fin y al cabo, renuncian a la posibilidad de ser libres en aras de retomar la comodidad conyugal, pero las mujeres, más inteligentes (¿o más malas?) sí se dejan engatusar por galanes que aprecian las virtudes que sus esposos ya no valoran. En concreto, una de ellas, el único personaje que llega a culminar una aventura extramarital, sufre - ¿como castigo? - un accidente automovilístico del que, éso sí, se recuperará felizmente, una vez su marido la perdona.



Si ya el discurso moral es simplemente vergonzoso, la realización técnica no puede ser más pedestre y rutinaria, y la mayoría de los gags no funcionan. Eso sí, es casi imposible no reirse en determinados momentos, pero no porque lo que se nos cuenta tenga auténtica gracia, sino porque, en fin, somos humanos y débiles, y las burlas a nuestra fisiología sacan a relucir lo más irreprimible de nuestra cómica bajeza (¿alguien dijo “Torrente”?). Entre masturbaciones frustradas, falsos cunnilingus y encuentros fálicos en la sauna, Owen Wilson aparece mucho menos gracioso que de costumbre, Christina Applegate y Jenna Fisher son las más listas de la clase y Richard Jenkins, Stephen Merchant y, sobre todo, el tal Jason Sudeikis, todo un hallazgo, disfrutan de las mejores ocasiones para lucirse. Muy poco bagaje para una peliculilla de la que lo poco bueno se olvida en seguida y el molesto regusto de alegato moralizante perdura durante algún tiempo más.



Luis Campoy



Lo mejor: Jason Sudeikis; el epílogo protagonizado por Stepheh Merchant, un divertimento de prodigiosa concisión narrativa


Lo peor: el humor zafio y grosero, la moralina torpemente trazada


El cruce: “Algo pasa con Mary” + “Dos tontos muy tontos”


Calificación: 4,5 (sobre 10)

martes, 10 de mayo de 2011

Cine actualidad/ "AGUA PARA ELEFANTES"

Circo contra Depresión




"Agua para elefantes" es una de esas películas que se producen con el claro propósito de gustar. En realidad, cualquier film lo pretende, pero en éste resulta más que evidente que se pretende complacer a un sector muy amplio de la audiencia, ya sea narrativamente, temáticamente, estéticamente o utilizando como reclamo a un actor que es todo un ídolo para las teenagers.



Basada en la novela homónima de Sara Gruen, "Agua para elefantes" cuenta la historia de Jacob, un joven estudiante de Veterinaria que, justo el día en que va a examinarse para obtener el título, recibe la peor de las noticias: sus padres acaban de fallecer en un accidente automovilístico. Son los tiempos de la Gran Depresión y Jacob, huérfano y sin hogar ni trabajo, recorre sin rumbo las vías férreas sin saber qué destino tomar. La noche en que se sube como polizón al tren que transporta al Circo de los Hermanos Benzini, su vida cambiará para siempre. Una vez entre la troupe circense, Jacob no sólo se convertirá en el cuidador de los animales (especialmente de una elefanta recién adquirida), sino que se enamorará perdidamente de Marlena, la bella amazona casada con el tiránico August, el Jefe de Pista y patriarca de la compañía.



Siguiendo la tradición de célebres títulos clásicos como "El mayor espectáculo del mundo" o "Trapecio", "Agua para elefantes" vuelve a utilizar el Circo no sólo como escenario idílico y romántico, sino como metáfora de un mundo y un tiempo condenados a la extinción. Con la llegada de otras formas más modernas de entretenimiento (la radio, el cine), las grandes compañías circenses en las que los artistas más variopintos viajaban hacinados pero sintiéndose miembros de una misma familia, iniciaban un lento pero inexorable declive del que, aun en nuestros días, seguimos siendo testigos. Jacob y Marlena, con todo, creen que más allá de la carpa del Circo Benzini puede haber una posibilidad para ellos, y sin ser plenamente conscientes de las consecuencias de sus actos, provocarán una tragedia que, no obstante, les abrirá las puertas de la felicidad. El director Francis Lawrence es el improbable director del film, y digo "improbable" porque sus credenciales anteriores ("Constantine" y "Soy leyenda") no le convertían, desde mi punto de vista, en la opción más lógica para confiarle un proyecto tan alejado de los terrenos del thriller fantástico y de acción. Lawrence, con todo, contaba con un espléndido equipo técnico (desde el músico James Newton Howard hasta el director de fotografía Rodrigo Prieto, pasando por el diseñador de producción Jack Fisk), en el que se apoya cómodamente cuando no sabe qué carta dramática jugar. La contratación de Robert Pattinson (el vampírico protagonista de la saga "Crepúsculo") para dar vida a Jacob fue sin duda todo un golpe de efecto, así como la elección del siempre excelente Christoph Waltz (ganador del Oscar por "Malditos bastardos" de Tarantino) para hacer, una vez más, de villano, pero la pobre Reese Whiterspoon desequilibra el triángulo, al no poseer ni la belleza ni la clase que su personaje requería. Con una historia de amor que no resulta totalmente creíble, las secuencias de relleno son tan prescindibles como tediosas, y al final todo se queda en una aparatosa recreación de un escenario romántico y una vida bohemia en la que, con tantos medios técnicos, se echa en falta un poquito más de inspiración.



Luis Campoy



Lo mejor: la fotografía, la música, la ambientación, Christoph Waltz


Lo peor: Reese Whiterspoon


El cruce: "El fabuloso mundo del circo" + "Las uvas de la ira" + “Balada triste de trompeta”


Calificación: 7,5 (sobre 10)

lunes, 9 de mayo de 2011

Cine actualidad/ "EL SICARIO DE DIOS"

Vampiros del desierto




A ver si a los más cinéfilos os suena este argumento : un hombre y un muchacho, a lomos de veloces monturas, recorren desiertos y páramos en busca de la sobrina del primero, que ha sido secuestrada tras ser masacrados sus padres, por lo que los dos buscadores deberán encontrarla y rescatarla de las garras de sus captores antes de que se convierta en uno de ellos... Si alguno habéis dicho "Centauros del desierto" no os halláis nada desencaminados, porque "El sicario de Dios", salvando las lógicas distancias, es una especie de homenaje que el realizador Scott Stewart rinde al maravilloso clásico de John Ford. Si en el western protagonizado por John Wayne, un viejo vaquero llamado Ethan Edwards cabalga durante años para rescatar a su sobrina (Natalie Wood) de manos de unos aparentemente perversos comanches que la han criado en su cultura y sus tradiciones, ahora un sacerdote llamado... Sacerdote (qué originales) debe recorrer extensiones desérticas no menos polvorientas para hallar a la hija de su hermano, quien ha sido raptada por una horda de vampiros que pretenden vampirizarla para convertirla en una chupasangres más...



"Priest" era un violento manhwa o comic coreano creado por Hyung Min-woo, en el que se narraba cómo, en un futuro alternativo, la Iglesia ha derrotado a los vampiros que amenazaban con apoderarse de la Tierra, por lo que las autoridades eclesiásticas han alcanzado también el poder político y militar, y sus Sacerdotes, que antaño fueron héroes y guerreros, ahora son poco menos que parias sin oficio ni beneficio, hasta que una nueva invasión vampírica obliga al mejor de ellos a volver a la acción. En su traslación al cine, la historieta ha mantenido el título original en la versión anglosajona, pero, en España, donde somos tan originales, se ha convertido al "Sacerdote" a secas en "El sicario de Dios". El film en sí, sorprendentemente (o no), resulta una propuesta muy estimable en el que se entremezclan el western, la ciencia ficción y el horror, y ello sin ofender a los puristas ya que el director nunca se olvida de que lo que está construyendo es un entretenido producto de evasión (nada más... y nada menos), sin pretender sentar cátedra pero haciéndolo lo mejor posible, como ya hiciera en la muy correcta "Legión". Tras un arranque que remite a "El nombre de la rosa" travestido de "Van Helsing", la acción se traslada a un entorno entresacado de cualquier western de nuestra niñez, para pasar luego a desarrollarse en una ciudad futurista con ecos de "Blade Runner", y volver nuevamente al Viejo Oeste, aunque, éso sí, con motos en lugar de caballos y feísimos vampiros en el rol de pieles rojas. Tal mestizaje de géneros y escenarios tiene un final feliz (en todos los sentidos), y lo cierto es que la acción está bien llevada, el terror y la sangre aparecen bien dosificados y todos los actores cumplen con sus cometidos. Paul Bettany vuelve a trabajar con Scott Stewart tras los buenos resultados obtenidos en "Legión", y le acompañan unos correctos Karl Urban (el villano medio pistolero, medio vampiro), Cam Gigandet (el sheriff enamorado), Maggie Q (la sacerdotisa de armas tomar) y Lily Collins (la hija del cantante Phil Collins, haciendo de damisela en apuros), sin olvidar a un par de veteranos como Brad Dourif o el ilustre Christopher Plummer.



Film ligero y ágil que se ve con agrado, "El sicario de Dios" es una muestra fehaciente de que para entretener no hace falta ser pedante ni pretencioso ni abusar durante más de dos horas de la paciencia del respetable. Las obras maestras como “Centauros del desierto” son otra cosa, y en el Olimpo están bien como están.



Luis Campoy



Lo mejor: que no pretende engañar a nadie, ni dar otra cosa que no sea el entretenimiento puro y duro que su tráiler ofrecía


Lo peor: no se me ocurre nada especialmente reprobable


El cruce: “El nombre de la rosa” + “Van Helsing” + “Blade Runner” + “Centauros del desierto” + “Dracula de Coppola” + “La leyenda del Zorro”


Calificación: 7,75 (sobre 10)

miércoles, 4 de mayo de 2011

Cine actualidad/ "LA LEGION DEL AGUILA"

En busca de la Legión perdida




Siempre suelo atribuir al descomunal éxito de "Gladiator", estrenada hace ya 11 añitos, el tímido resurgir del peplum o cine "de romanos". Desde que el film protagonizado por Russell Crowe marcara el camino, raro es el año en que no se estrena un film de aventuras enmarcado en aquellos tiempos remotos en los que romanos, griegos, atenienses o incluso persas dominaban el mundo conocido.



"La Legión del Aguila" es el algo absurdo título que ha recibido en nuestro país "The Eagle", que a su vez simplificaba el original "The Eagle of the Ninth", es decir, "El Aguila de la Novena", nombre de un célebre relato original de Rosemary Sutcliffe que contaba las andanzas del joven hijo del centurión a cargo de la mítica Novena Legión del ejército romano, desaparecida misteriosamente en Britania sin dejar ni rastro ni de los hombres ni, por supuesto, del estandarte que enarbolaban, que representaba una majestuosa águila dorada. Marco Flavio Aquila (que hasta en el apellido parece llevar escrito su destino), nada más hacerse cargo de la escuadra destacada en el emplazamiento en el que su padre y sus tropas fueron aniquilados veinte años atrás, es herido en combate y, a pesar de que sus heroicas heridas de guerra son recompensadas con un prematuro licenciamiento, no cejará en su empeño de lavar la honra familiar del único modo que se le ocurre: averiguando qué sucedió realmente y recuperando el águila que simbolizaba el honor de la Novena Legión.



Casualmente o no, "La Legión del Aguila" arranca justo donde acababa la reciente "Centurión" de Neil Marshall, vista el año pasado y de la que podría interpretarse que es una especie de continuación, si bien no comparten absolutamente nada… además del argumento y la localización geográfico-temporal. En "Centurión" se narraba precisamente cómo la Novena Legión era masacraba por los indomables pictos, si bien la violencia brutal y explícita de aquel film está bastante suavizada en el que ahora estoy comentando. Pero no acaban ahí las referencias cinéfilas. Hace unos años tenía la oportunidad de comentar "La última Legión", adaptación no del todo lograda de un libro de Valerio Massimo Manfredi que también explicaba lo acontecido a los supervivientes de la famosa Novena Legión. El recientemente oscarizado Colin Firth protagonizaba aquella producción que no gustó a casi nadie, más que nada porque se notaba que elegía a los adolescentes como público preferencial.



Kevin MacDonald, popular por su celebrada "El último Rey de Escocia", se ha hecho cargo de la dirección de "La Legión del Aguila", y la verdad es que, durante los primeros treinta minutos, me causó una impresión buenísima. Las emociones contenidas y, sobre todo, el rigor histórico a la hora de describir la disciplina y las tácticas de combate de las legiones romanas están descritas con tan inusual precisión que, cuando el relato deriva hacia otros terrenos más folletinescos, no pude evitar entristecerme un poco. La segunda mitad del film, aquélla en la que el protagonista (Channing Tatum) emprende, junto a su joven esclavo (Jamie Bell), la búsqueda del dicho estandarte aguileño, rompe drásticamente con un inicio harto prometedor y se convierte en una especie de remake de idéntico fragmento de "Centurión", aderezado con una molesta iconografía que parece calcada de "Bailando con lobos". La caracterización de los pictos les convierte prácticamente en iroqueses o quién sabe si en mohicanos, y no deja de ser chocante tal representación -visual, narrativa y sociológica- en una película que parecía una de romanos con muchas pretensiones de seriedad y madurez.



Channing Tatum, visto en "Enemigos públicos" y "G.I. Joe", da vida al protagonista con bastante convicción y acierto. Le secundan Jamie Bell, aquel niño de "Billy Elliott: Quiero bailar" (que será el Tintín de Steven Spielberg), un casi irreconocible Mark Strong y el estupendo Donald Sutherland, que borda otro de sus habituales papeles secundarios. "La Legión del Aguila" podía haber aprovechado sus estupendos mimbres y el talento de su director para erigirse en un peplum modélico, pero se conforma con pintar una odisea juvenil con final feliz que a veces parece un documental. Pero bueno, éso tampoco es tan malo, ¿no...?



Luis Campoy



Lo mejor: la primera media hora, Channing Tatum


Lo peor: las similitudes con "Centurión", la deriva documentaloide de la segunda mitad


El cruce: "Centurión" + "La última Legión" + "Bailando con lobos"


Calificación: 7,5 (sobre 10)

martes, 3 de mayo de 2011

Cine actualidad/ "THOR"

El dios y el martillo




A veces, un buen trailer, elaborado con las pocas imágenes realmente buenas que contiene el metraje de una película, consigue, por sí solo, atraer a un público que, de otro modo, jamás se hubiera sentido interesado por tal producto. Otras veces, un trailer malo, trufado de imágenes mal elegidas y pésimamente montado, se convierte en el peor enemigo del film que pretende promocionar, pues no consigue sino ahuyentar al espectador. El caso de "Thor" es el segundo: una vez visto el film, te dan ganas de inflar a collejas a quien permitió que una película, como mínimo correcta, pareciese una bobada kistch y mojigata, por lo cual muchos aficionados al comic incluso habrán desistido de pasarse por el cine...



En la mitología nórdica, Thor es el Dios del Trueno, primogénito de Odín, el padre de todos los dioses, y hermanastro de Loki, conocido como "El dios de las mentiras". Thor, heredero algún día del divino trono de Asgard (equivalente al Olimpo griego o el Walhalla teutón), empuña un martillo llamado Mjolnir, que le permite controlar las fuerzas tormentosas de la Naturaleza; como curiosidad, recordar que tan importante ha sido esta deidad, que los anglosajones llaman al Jueves “Thursday”, es decir, “Thor’s Day” o “Día de Thor”. A principios de los años 60, el guionista Stan Lee, patriarca del Universo Marvel tal como hoy lo conocemos, creó una nueva colección de historietas basándose en esta saga asgardiana, que adaptó a su propia idiosincrasia trasladando a Thor a la Tierra (a la que desde su patria celestial se conoce como Midgard) al haber sido desterrado por el venerable pero intransigente Odín. Dibujado por el gran Jack Kirby, Thor asumía la identidad terrestre del médico tullido Donald Blake, quien, cuando golpeaba el suelo con su bastón, se transformaba en un imponente dios, tocado con un casco alado y una espectacular capa roja, quien, a pesar de contar con el inseparable Mjolnir y el poder mismo del rayo y la tormenta, sucumbía ante el amor que le inspiraba su bella colega Jane Foster.



Tras diez años de adaptaciones más o menos afortunadas de sus personajes más conocidos (Spiderman, la Patrulla X, Hulk, Daredevil, Iron Man...), las cuales al principio sólo controlaba parcialmente, la editorial Marvel, ahora adquirida por la todopoderosa Disney, se ha propuesto hacerse absolutamente dueña no sólo de los derechos de su amplísimo catálogo de héroes, sino, lógicamente, también de sus jugosos beneficios. El mayor control creativo no implica, no obstante, un mayor acierto cualitativo, así que los jerifaltes de la autodenominada "Casa de las Ideas" han intentado asegurarse el éxito artístico contratando no a un directorzuelo de tres al cuarto, sino nada más y nada menos que al reputadísimo Kenneth Branagh, uno de los más reconocidos expertos en Shakespeare (por no decir el que más) a nivel mundial. Claro está, Branagh (que para éso y no otra cosa le han contratado), se lleva a Thor, Odín y Loki a su terreno, y toda la parte que transcurre en Asgard parece de repente un cruce antre "Hamlet", “Enique V”, "Macbeth" y "El Rey Lear", sólo que con decorados futuristas y un importante despliegue tecnológico. Si todo el film fuese como los primeros veinte minutos asgardianos, seguramente estaríamos hablando de un film magnífico, que resulta admirable por su tensión dramática y deja sin aliento por su caudal imaginativo. Lamentablemente, toda la parte que transcurre en la Tierra, donde Thor debe comportarse como un humano más, no está ni mucho menos a la altura. Parece incluso que se trata de dos films dirigidos por dos directores diferentes: uno de ellos intenta ser maduro sin dejar de resultar ameno, pero el otro bordea el ridículo a fuerza de pretender humanizar tanto al dios, que lo convierte poco menos que en payaso, al igual que a sus humanos compañeros.



Con todo, el film es mucho más satisfactorio de lo que, visto el trailer, me esperaba. Las citadas secuencias que se desarrollan en el reino de Asgard están diseñadas con gran acierto, y la teatralidad de alguno de los actores resulta hasta bienvenida. Qué pena que el ritmo, el diseño de producción (un polvoriento pueblucho de Nuevo México en contraposición a la corte celestial de Odín y compañía) y, sobre todo, los diálogos de los fragmentos "terrestres" resulten tan sosos y tan pueriles. A este respecto, destacar negativamente la pequeña traición que supone hacer que Thor se exprese verbalmente como un humano más: en los comics, sus diálogos aparecen rotulados con una tipografía diferente y ampulosa, a juego con el tono grandilocuente y caballeresco de sus palabras… algo que aquí se ha perdido. Por fortuna, Kenneth Branagh ha sabido escoger adecuadamente tanto al protagonista como a su divina familia, de modo que Chris Hemsworth (actual y envidiado marido de la española Elsa Pataky) resulta bastante convincente como Thor, un tipo de aspecto imponente y majestuoso... que también sabe sufrir. Un parcheado Anthony Hopkins convierte a Odín en... Anthony Hopkins, lo cual tampoco es que sea moco de pavo. Tom Hiddleston, en la piel del pérfido Loki, se lleva los mejores planos y se convierte en el robaescenas oficial del film. Por su parte, la reciente ganadora del Oscar Natalie Portman no está ni bien ni mal sino todo lo contrario, el veterano Stellan Skarsgard aporta la nota sueca a esta producción yanqui y la simpática Kat Dennings provoca unas cuantas risas desdramatizadoras. La música la firma el gran Patrick Doyle, colaborador habitual de Kenneth Branagh, y a veces se hace algo pesada por su omnipresencia, si bien goza de una excelente orquestación y enfatiza maravillosamente las imágenes mitológicas. Por lo que se refiere al diseño de producción de Asgard, tan fabuloso y shakespeariano, luce impresionante una vez que aceptamos que no pretende ser en absoluto realista sino simplemente fantasioso... y fantástico. A este respecto, tengo que decir que la realización de Branagh, supongo que deliberadamente, me recordó en muchos momentos a mi venerada "Superman" (1978) de Richard Donner, que no me canso de repetir que, para mí, sigue siendo la mejor película de super héroes jamás rodada. Asgard está filmada e iluminada como allí lo estaba Krypton, Thor sería, en más de un sentido, el equivalente a Superman, Anthony Hopkins haría las veces de Marlon Brando, Rene Russo (la madre de Thor) se asemejaría a Susannah York y Tom Hiddleston se equipararía a Terence Stamp (el General Zod de "Superman" y "Superman II"). Desde mi punto de vista, que un film como "Thor" pueda alardear de resultar, a ratos, digno de alguna que otra comparación con la madre de todas las pelis superheroicas no es, ni mucho menos, un demérito, sino un auténtico orgullo.



Luis Campoy



Lo mejor: Tom Hiddleston, Chris Hemsworth, la imaginería asgardiana


Lo peor: el contrapunto "terrícola" a las imágenes mitológicas


El cruce: "Superman" + "Conan" + "Hamlet" + "Iron Man"


Calificación: 7,75 (sobre 10)