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jueves, 31 de marzo de 2011

Toreado por Movistar

Dicen las estadísticas que las mayores quejas de los españoles se centran en las compañías de telefonía móvil.  Yo, desde mi habitual modestia, quiero sumar la mía personal a ese montón de reclamaciones no siempre satisfechas.  Mis actuales problemas con Movistar comenzaron a finales del año pasado, cuando sucumbí a la infantil ilusión del iPhone.  Como creo que ya conté en su momento, esos capos del hampa celular me dieron prácticamente como única opción para conseguirlo, la de realizar una portabilidad desde otra compañía, así que tuve que adquirir una tarjeta SIM de color rojo (a buen entendedor...) y a continuación pedir que fuese portada y, subsiguientemente, teñida de azul.  De repente, me encontré con un iPhone nuevo y un Nokia "viejo", y, detrás de cada uno de ambos, una línea con cuyos gastos tenía que correr...  hiciese uso de ella o no.  Con todo el dolor de mi corazón, decidí que lo mejor era dar de baja la línea antigua y quedarme tan sólo con la nueva, pero ¡ay....!, no recordaba que los movistarios me habían hecho firmar una permanencia malhadada en su dulce compañía, por lo cual se me abría un minúsculo abanico de exiguas posibilidades:  o pagaba de golpe los ciento y pico euros que me costaba anular la permanencia para poder realizar la baja, o me tocaba apoquinar religiosamente la cuota mensual de 15 pavos hasta Enero de 2012.  Hice cuentas y me salía más rentable la primera opción, así que llamé al famoso 6-0-9 con la intención de pedir la baja meteórica, mas una sudamericana operadora de meliflua voz me propuso sustituir mi tarifa de 15 euros por una de 9, con la salvedad de que, si no realizaba llamada alguna, obtendría una "excedencia" por esos 9 euros.  Operadora, mujer y sudamericana...  La muy embaucadora me convenció, pero, ay, su hechizo se disipó demasiado pronto.  En enero me vino una factura de esas que te sientan de golpe en la silla más próxima y te dejan sin ganas de levantarte, pero, claro, al parecer se trataba de liquidaciones, reminiscencias y estupideces subsidiarias de esa índole.  Fue en febrero cuando comencé a cabrearme, porque me vino una facturita de 9 euros... sin exención ni bonificación alguna.  Traté de llamar a Movistar, pero una sobredosis de "Todos nuestros operadores continúan ocupados" me hizo olvidarme del motivo de mi llamada y casi de quién era...  hasta el mes siguiente.  En marzo, otra vez me vinieron los 9 euros prometidos, pero la exención brillaba por su ausencia.  Conseguí burlar la sempiterna ocupación de los chicos de azul, y otra telefonista igualmente latina me indicó que sí, que me habían podido bajar la cuota de quince a nueve euros, pero que, lamentablemente, no le constaba que hubiese ninguna bonificación en el menú.  Mi bondad y entereza sólo hicieron acto de presencia unos minutos después, pero, incapaz de reaccionar, tuve que tragarme mi cólera y conformarme ante el hecho de que, al fin y al cabo, 9 euros mensuales era menos de lo que tenía que abonar para solicitar la baja relampagueante.  Claro que la puntilla y el descabello me los dieron anteayer, cuando me llegó el aviso de que la próxima factura correspondiente a esa línea telefónica era de...  ¡27 euros!.  Pero ¿27...?  Nervioso y airado, llamé a Movistar ayer por la mañana, y la inevitable doncella del sur de América me informó de que durante los tres primeros meses del año había dejado de pagar 6 euros mensuales.  "¿Cómorrrrrrrrr....?"  "Sí, don Luis, le informo.  Como su tarifa era de 15 euros pero sólo ha venido pagando 9, los 6 euros restantes se le han acumulado (6x3=18), y ahora, sumados a los 9 habituales, suponen ese montante de 27 euros que le vienen este mes.  Esta factura está correcta".  Mis mejillas enrojecieron y mi temperatura corporal llegó a niveles que ya los quisiera para sí la central nuclear de Fukushima, pero…  ¿qué se le va hacer…?, no me educaron para rebajarme a gritarle a una desconocida ni para ilustrarla con los más rutilantes modismos descalificativos, así que sólo se me ocurrió exigirle que me cursara la baja instantánea a la voz de "¡Ya!", aun a costa de desembolsar los más de ochenta eurillos que aún me quedaban de permanencia.  Tras una exasperante travesía de treinta y dos minutos jalonada por incontables "Disculpe, estoy verificando los datos", una gestora personal del departamento de Bajas (esta vez española) me aseguró que mi solicitud había sido atendida...  pero que no sería efectiva hasta que les enviase una carta ratificando los deseos que telefónicamente les acababa de exponer.  No cedí a mi impulso de utilizar mi aparato excretor de residuos sólidos para acordarme de la muy santa madre que los parió, pero sí que, finamente, me desahogué en la misiva que subsiguientemente redacté.  A los que somos callados y sumisos apenas nos queda ese recurso, el del desahogo y el pataleo.  Lo peor es que estas todopoderosas compañías telefónicas lo saben y les gusta...  y por éso pasa lo que pasa y nos torean como nos torean.

lunes, 21 de marzo de 2011

Cine actualidad/ "EL RITO"


Exorcistas del siglo XXI



Uno de los mejores modos de promocionar una película sigue siendo, hoy día, la confección de un trailer llamativo. El de "El rito" me impactó positivamente desde el primer visionado, convirtiendo en interesante y atractivo un film cuyo cartel, de puro tramposo (representa a Anthony Hopkins con un gesto inequívocamente calcado de "su" doctor Hannibal Lecter de 2El silencio de los corderos”), en otras circunstancias me hubiera hecho huir.



Cuenta "El rito" la historia de un joven que se mete a cura careciendo de Fe, tan sólo por buscar alguna salida a una existencia desilusionante. Sin embargo, mientras cursa sus estudios sacerdotales, entra en contacto con un viejo exorcista que le descubre una inquietante realidad: el hecho de no creer en Dios y en el Demonio, no supone en ningún caso ser inmune a su influjo...



"El rito" guarda no pocos puntos comunes con la más celebrada película del subgénero de posesiones demoníacas, es decir, "El exorcista", la adaptación de la novela de William Peter Blatty que realizó William Friedkin en 1973. El protagonista es un sacerdote poco convencido del poder de los sacramentos, que ha perdido a su madre, y que, en el momento más inoportuno, entra en contacto con un exorcista veterano, al que se vé obligado a ayudar en una lucha demoledora contra el Maligno, o, lo que es lo mismo, contra el Mal que habita en lo más hondo de su Sér.



Lo malo de "El rito", en oposición a "El exorcista" , es que carece del sólido soporte literario de aquélla, además de que, definitivamente, ni el realizador Mikael Hafstrom tiene el talento de Friedkin ni el público de hoy en día es igual de susceptible que el de los años setenta del pasado siglo. Todo en "El rito" es un espejismo light, un quiero y no puedo artístico-semántico. Una puesta en escena fría y aséptica, lo mismo que la interpretación del sosísimo protagonista, Colin O'Donoghue, va derivando de un arranque prometedor a un desenlace de lo más previsible e insípido, pasando por unas cuentas secuencias (los exorcismos) en las que el director tiene la misma sutilidad que un elefante en una cacharreria. O sea, si realmente el joven sacerdote quiere creer que la posesión demoníaca no es sino una enfermedad psicológica, ¿a qué viene ese despliegue de maquillajes diabólicos que incluyen pústulas varias, venas que se hinchan, rostros putrefactos y ojos enrojecidos? Con la certeza de la posesión tan irreversiblemente explicitada a los ojos del público, el conflicto no es tal, la duda brilla por su ausencia y todo se reduce a un pase de modelos de imágenes icónicas de lo satánico. Por no hablar del ridículo personaje encarnado por Alice Braga, una periodista seglar que tiene el dudoso privilegio de presentar batalla al Bajísimo (digo yo que el opuesto al Altísimo se puede llamar así, ¿no?). Eso sí, Anthony Hopkins realiza otra gran interpretación (hasta que el maquillaje le resta protagonismo), y siempre se agradece la presencia de secundarios como Rutger Hauer y Ciarán Hinds.



Un film flojito, que promete mucho y da poco, que pudo haber abordado el dilema de la posesión satánica desde un punto de vista científico y realista pero prefiere sucumbir al efectismo fácil de lo terrorífico y ramplón.



Luis Campoy



Lo mejor: Anthony Hopkins


Lo peor: los risibles efectos especiales “satánicos”, mil veces vistos


El cruce: “El exorcista” + “Angeles y Demonios” + "El corazón del Angel"


Calificación: 5,5 (sobre 10)

jueves, 17 de marzo de 2011

Cine actualidad/ "PA NEGRE (Pan negro")

Retrato de un asesino de pájaros




El pan negro, tristemente popular durante la posguerra española, era algo así como el alimento de los humildes, la comida de los pobres y los marginados. Estaba hecho de harina de centeno, más barata que la de trigo, y la consecuencia era una coloración oscura que parecía contrastar con la blancura del pan de los ricos. Metáfora simple pero efectiva de la condición humana, "Pa negre" cuenta la historia de Andreu, un niño de 11 años que malvive con sus padres en un pueblecito de Cataluña asolado por la miseria. Corre el año 1944, y las heridas de la Guerra Civil todavía están abiertas y sangrantes. Tras el asesinato de un hombre y su hijo, el padre de Andreu, antiguo comunista, y, por tanto, susceptible de haber podido cometer cualquier atrocidad, es acusado del crimen y posteriormente condenado a morir en el garrote. El pequeño Andreu se cobija en casa de sus tías y en aquel lugar lóbrego y oscuro verá la luz acerca de la complejidad de la existencia y la inutilidad de los sueños y los ideales...



Basada en la novela y en varios relatos cortos de Emili Teixidor, "Pa negre" es una producción catalana hablada originariamente en catalán (yo la ví doblada al castellano) que había tenido una discretísima carrera comercial (al menos en el resto de la Península) hasta que el 13 de Febrero de 2011 la Academia del Cine Español la bendijo con la friolera de 9 premios Goya, incluyendo el de Mejor Película y Mejor Director, Agustí Villaronga. Villaronga se dio a conocer en el ya lejano 1987 con la desasosegante "Tras el cristal", y a partir de ahí ha ido configurando una filmografía breve pero intensa en la que también se cuentan "El niño de la luna", "El mar" y "Después de la lluvia". Con "Pa negre", Agustí Villaronga construye no sólo la que es su mejor obra, sino simplemente la mejor película española de los últimos años, por no decir de las últimas dos décadas.



A partir de un arranque que ya es soberbio en su brutalidad y valentía, "Pa negre" disecciona sin piedad las miserias físicas y morales de una sociedad que no perdona, un mundo rural de pocas luces y demasiadas sombras. El niño protagonista está condenado de antemano a vivir su niñez como viven su patética existencia los pájaros que su padre colecciona en jaulas, en las que su naturaleza libre y volátil languidece en una prisión de mentiras y pecados nunca expiados. Por una vez, el punto de vista ideológico no es tan maniqueo como viene siendo habitual. Es cierto que hubo una Guerra, y que los vencedores no sólo aplastaron a los vencidos, sino que los tienen sumidos en un fango de hambre y necesidad, pero lo realmente importante no es sólo la penuria sino el modo en que cada uno elige la forma de escapar de ella. El padre de Andreu, que se autoproclama a sí mismo mártir de unos ideales elevados que pretende inculcar a su hijo, no es en el fondo sino un asesino a sueldo de los poderosos, un personaje que se revela como la peor de las influencias. En el lado opuesto se alinean Pitorliua, el ángel castrado que llena de sueños las mentes de los lugareños, y el otro ángel, el tísico, cuya pureza y entereza fascinan a Andreu aun a sabiendas de que la madre Naturaleza no consiente (no en aquellos tiempos) que el bien puro triunfe. Sería capaz de pasarme horas loando las excelencias del guión y la puesta en escena de "Pa negre", sin poder discernir si el uno destaca especialmente sobre la otra u ocurre a la inversa. En todo caso, en una obra superlativa como ésta, en la que todo o casi todo roza la perfección, podría atreverme a apuntar que, a pesar de la riqueza descriptiva con la que los numerosísimos personajes están caracterizados en apenas un par de breves apuntes, algunos de ellos podrían haberse obviado en beneficio de una mayor concentración narrativa. Es el caso de alguno de los familiares de Andreu o incluso del maestro que encarna Eduard Fernández, que se intuyen sustanciales en el libro pero cuya incorporación al film no era impescindible. El nivel interpretativo de todo el elenco también es de quitarse el sombrero. Desde la excelente Nora Navas (Florencia, la madre), Goya a la Mejor Actriz Protagonista, y el impresionante Roger Casamajor (Farriol, el padre) hasta la alucinante Laia Marull (la no tan desquiciada Pauleta), Goya a la Mejor Actriz Secundaria, pasando por el hosco Sergi López casi repitiendo su papel de “El laberinto del fauno”, la pizpireta Marina Comas (la nueva “lolita” de nuestra cinematografía), y, cómo no, el protagonista casi omnipresente, el fantástico Frances Colomer, todos los actores están tan bien que diríase que ni siquiera están actuando. He aquí otra de las claves del pleno acierto del film, en el que todo tiene su valor y su justa importancia, en el que todos los elementos tienen el peso específico necesario y el director sabe equilibrarlos. No hay divismo en las actuaciones, sino verosimilitud y humanidad; el director de fotografía es el inspirado notario de una realidad tremenda; la música apenas suena, y sólo cuando se la necesita; y la dirección artística y el vestuario aparecen realistas como pocas veces se ha visto, retazos historiográficos de un tiempo de injusticias del que no pocos quisieran desvincularse.



Pocas veces puede uno sentir tantas y tan sinceras emociones en una sala de cine, y ello merced a un clima opresivo y a un sinfín de momentos inolvidables. El caballo y la carreta cayendo desde el precipicio; la joven Nuria asomada semidesnuda al balcón; Andreu siendo testigo demorado de la humillación a Pitorliua; el mismo Andreu masacrando los pájaros que personifican las mentiras de su padre; la vieja Manubens depositando un beso que se antoja lascivo sobre la mejilla del niño… Estos y otros constituyen hallazgos tanto semántica como, sobre todo, visualmente fascinantes, pero un plano me llamó la atención por encima de todos. Justo al final, cuando Andreu, que ahora se llama “Andrés” y ha adquirido los apellidos de sus benefactores, cree haber dejado atrás su negruzca infancia, es visitado en su nuevo colegio por su madre, ya una especie de sombra de un pasado innombrable que ahora le avergüenza. Concluída la visita, mientras ve alejarse a su progenitora a través del cristal de la puerta, tambaleante y muerta en vida, Andreu exhala un vaho vaporoso sobre el vidrio, de modo que su madre y, con ella, su niñez, se convierten en apenas fantasmas neblinosos que no dudará en borrar. Durísima, cruel y carente de concesiones, pero también valiente, emocionante, humana y sincera, “Pa negre” me dejó tan impresionado que, cuando salí de la sala, viví durante horas como extasiado e inmerso en otro universo, un mundo en el que el mejor Cine sobrevive a la rutina de lo comercial y da la bienvenida a lo más parecido a una obra maestra que he visto en muchísimo tiempo.



Luis Campoy



Lo mejor: todo


Lo peor: nada, o, quizás, sólo quizás, el exceso de personajes secundarios, cada uno con su correspondiente historia detrás


El cruce: “Cría cuervos” + “El espíritu de la colmena” + “El laberinto del fauno”


Calificación: 9,5 (sobre 10)

lunes, 14 de marzo de 2011

La mala educación

La historia siempre es la misma.  Está uno viendo tranquilamente (o no, depende del resultado...) el partido del Barcelona en un bar, cuando surge una persona, dándoselas de listo y de gracioso y siempre provisto de una voz potente, y poco a poco va animándose a jalear todas las acciones del equipo rival del Barça, sea el que sea, a criticar cualquier decisión arbitral que no perjudique manifiestamente a los azulgranas y, por supuesto, a celebrar hasta desgañitarse cualquier gol que el portero culé encaja.  Me pregunto a qué se debe esa manía persecutoria...  Yo, barcelonista confeso, trato de ver todos los partidos que disputa mi equipo, sea cual sea la competición, y, por suerte o por desgracia, no tengo otro remedio que acercarme a algún bar que tenga contratados los canales deportivos necesarios, léase "Canal +" o "Gol T".  En este tipo de establecimientos, como en cualquier otro lugar, se junta toda clase de gente:  simples parroquianos que sólo van buscando el café, la copa o la tapa, aficionados al fútbol en general, detractores a ultranza del Deporte Rey, simpatizantes de cualquiera de los equipos que contienden en el televisor...  y, desgraciadamente, individuos (siempre hombres, por cierto) con notorio afán de protagonismo, y que, mire usted qué casualidad, coincide que siempre se jactan de ser madridistas.  Voy a decir una perogrullada, pero ser del Madrid, del Real Madrid, me parece tan lícito y respetable como ser de cualquier otro equipo.  Sólo me pregunto por qué a esos señores vocingleros y maleducados no les parece igualmente respetable mi adscripción moral blaugrana.  ¿Qué pasa, que, por simpatizar con los colores blancos a los que patrocina una famosa web de subastas, ya se creen con derecho a molestar, sí, molestar a los que simplemente estamos cenando y viendo la tele?.  ¿Se piensan que su libertad de expresión les autoriza a reventar al prójimo una velada que podía haber sido feliz?  Vuelvo a decir que a mí me gusta ver jugar al Barcelona, al que considero "mi" equipo, y son sus partidos los únicos que me interesa presenciar.  Por éso no entiendo a santo de qué existen en tal número estos especímenes destructores de la convivencia y apóstoles de la intolerancia.  O sea, si te gusta un equipo, perfecto:  en tu casa o donde se te antoje, ve a disfrutar de su juego, de sus goles y de las astracanadas de su entrenador.  Pero ¿a qué viene éso de tener que acudir a un lugar público, el día que no juega tu club, sólo para jorobar la existencia de quienes sólo quieren disfrutar de un momento de ocio?  Y lo siento, pero repito:  qué puñetera casualidad, esos energúmenos siempre son del Madrid y van a chinchar a los que son (somos) del Barcelona.  Pero ¿no era el Real Madrid el club "Caballero del Honor"...?

viernes, 11 de marzo de 2011

Cine actualidad/ "TORRENTE 4: Lethal Crisis"

Risas escatológicas en 3-D




Si hubiera tenido un blog como éste cuando ví el primer “Torrente” en 1998, posiblemente, todavía poseído por el eufórico entusiasmo hilarante que me invadió en la sala de cine, la hubiera puntuado con un “9”. De hecho, sigo pensando que aquel supertaquillero film puede ser considerado casi como una pequeña obra maestra… de lo cutre, lo chabacano y lo hortera… pero obra maestra, al fin y al cabo. Lógicamente, el avispado Santiago Segura no dudó en perpetrar dos nuevas aventuras de su impresentable ex inspector de policía “fascista, machista, racista y del Atleti”, que fueron todavía más cutres pero ya carecían de la “inspiración” de la original. Concretamente, “Torrente 3” fue tan particularmente grotesca y decepcionante que han tenido que pasar seis años para que Segura se atreva con una nueva prolongación de la saga. “Torrente 4: Lethal Crisis” intenta retroceder hasta los orígenes, volver a la fuente primigenia, obsequiándonos con no pocas situaciones calcadas y chistes autorreferenciales. Se mantiene el esquema habitual, con José Luis Torrente malviviendo a base de engañar y estafar, asociándose con un joven lento de reflejos mentales y finalmente enfrentándose a tiro limpio a una pandilla de delincuentes al fin y al cabo no tan profesionales. En medio, un diluvio de estrellas de la caspa folklórica “made in Spain”, que arropan a Segura con cameos que a veces producen vergüenza ajena. Pero no cabe duda de que Segura es listo como él solo, de modo que yo diría que ha incrementado el número de amiguetes invitados sin que la trama se resienta tanto como en las dos últimas secuelas, ha ubicado parte de la historia en un entorno tan reconocible como una cárcel y ha dosificado las secuencias de acción de modo que constituyan una especie de explosivo paréntesis entre carcajada y carcajada. Porque, nos guste o no, es prácticamente imposible no reírse con “Torrente 4”, por mucho que los vómitos, las ventosidades, las manchas fecales y las flatulencias varias nos resulten mentalmente repugnantes. La escatología es un recurso fácil y burdo, pero hay que reconocer que funciona. Luego también está la proliferación de desnudos femeninos, otro punto en común con la no tan lejana comedia celtibérica a cargo de Ozores, Pajares y Esteso (los dos últimos y Mari Cielo, la hija de Pajares, no faltan a la cita). Parece que los españoles no hemos evolucionado tanto como nos gustaría, y todavía nos carcajeamos ante los mismos estímulos. En cualquier caso, escenas como la de la visita en el cementerio a la tumba de El Fary (“Han puesto a un negro en la Casa Blanca”, “Es verdad que el año pasado ganamos el Mundial… pero casi todos eran del Barça”), el partido de fútbol carcelario que remeda a “Evasión o victoria” o el tiroteo final en el centro comercial están francamente logradas. El incombustible Tony Leblanc regresa una vez más a la serie, un inocente Paquirrín sustituye a Javier Cámara, Gabino Diego y José Mota, el cantante Francisco se divierte haciendo de malo y sólidos actores de reparto como Enrique Villén o David Fernández (alias Rodolfo Chikilicuatre) dan una cierta pátina de dignidad al producto. El recuento de apariciones especiales no tendría final, pero merece la pena citar a Belén Esteban, Ana Obregón, David Bisbal, Risto Mejide (¿o era Me Jode?), los Hombres G, Pablo Motos y Florentino Fernández, Kiko Matamoros y María Patiño, Andreu Buenafuente, Cañita Brava, Xavier Deltell y el Señor Barragán, los futbolistas Sergio Ramos, Gonzalo Higuaín, Kun Agüero y Cesc Fábregas y la exuberante actriz porno María Lapiedra. Rodada en 3-D como mandan los actuales cánones (atención a los fantásticos títulos de crédito), “Torrente 4” ha conseguido que dos salas de cine de Lorca registrasen un lleno casi total en la hora de su estreno. Ese es su mayor mérito, la razón por la que los distribuidores y los exhibidores la esperaban como agua de mayo. No salvará al mundo de una crisis letal, pero sí aliviará el decaimiento de la industria del cine español.



Luis Campoy



Lo mejor: la música de Roque Baños, los títulos de crédito, el gag de la tumba de El Fary


Lo peor: Belén Esteban, el exceso de desnudos y flatulencias


El cruce: “Torrente, el largo brazo de la Ley” + “Evasión o victoria” + “Cadena perpetua” + “Commando” + “Vértigo” + “El guateque”


Calificación: 7 (sobre 10)

jueves, 10 de marzo de 2011

Cine actualidad/ "ENTERRADO"

Evanescencia




Los chicles son esos inventos gastronómico-adictivos que a veces solemos llevar en la boca, mascándolos sin parar cual bóvidos rumiantes. Sí, la llamada "goma de mascar" contribuye a relajar al nervioso y a dotar de buen gusto al paladar halitoso, pero tiene el inconveniente de que su sabor, dulce y enajenante al principio, se va diluyendo enseguida, como una metáfora de su propia condición física de sustancia que se estira y estira sólo para desgastarse en sí misma. "Enterrado", la celebradísima película del realizador gallego Rodrigo Cortés, arrastra una fama que no digo yo que sea injustificada ni que no corra aparejada a una intrínseca calidad, pero a mí me pareció mismamente un chicle alargado cuyo sabor hubiera sido muchísimo más agradable si hubiese sido más efímero…



Un contratista de obras norteamericano es secuestrado en Iraq y enterrado vivo dentro de un ataúd, mientras los secuestradores, islamistas y facinerosos ellos, le obligan a negociar para conseguir el rescate necesario para su liberación. La única compañía del protagonista son un teléfono móvil y un mechero, y con ellos y la dramática interpretación del actor Ryan Reynolds se desarrollan 90 minutos de tensión angustiosa y asfixiante.



Un querido amigo (bueno, en realidad no sólo él) comparaba "Enterrado" con el cine de Hitchcock, y esta frase, que leí antes de ver la película (de la cual mucho había oído hablar antes de su visualización), no dejaba de resonar en mi cabeza mientras me agitaba, inquieto y cada vez más incómodo, en la butaca. Esto... ¿Hitchcock...? ¿Hablamos del genial Alfred Hitchcock, el autor de "Vertigo", "Psicosis" o "Con la muerte en los talones", el Mago del Suspense que no sólo te mantenía en tensión sino que te hacía disfrutar de tu propio sufrimiento, el mismo que enriqueció el Séptimo Arte con su imaginativa y estética manera de rodar...? No sé, es posible que a mí me pillara anoche una pájara monumental, pero la comparación me parece bastante improcedente, al menos si hablamos del mejor y más inspirado Hitchcock, no el crepuscular y decadente de "La trama" y otras de sus obras terminales. Sin discutir a Rodrigo Cortés su habilidad para narrar una historia ambientada no sólo en un escenario único sino prácticamente en plena oscuridad, con sólo un hombre hablando por teléfono y unas cuantas voces tratando de ayudarle/explotarle/aprovecharse de su sufrimiento, puedo afirmar y afirmo que estaría expresándome de otra manera si estuviésemos hablando de un cortometraje y no de un film de duración convencional. Y no digo nada de ésto porque me sintiera especialmente claustrofóbico frente a la pantalla, sino porque me sentí ABURRIDO, y de donde deseaba escapar no era de del ataúd sino de la sala. No sé si también pudo tener algo que ver la luminiscencia de la proyección en sí, en la que los tonos negros se quedaban apenas en grises oscuros, pero el caso es que un servidor lleva demasiado tiempo viendo cine y escribiendo sobre cine como para decir lo que no pienso y expresar lo que no siento. Para mí, cuando ví "Enterrado" se quedaron enterradas mis esperanzas de ver una gran película, y lo que ví fue una buena idea bien interpretada pero que se agotó enseguida porque, como todos sabemos, lo mejor de los chicles es la primera sensación que nos provocan, y lo demás es sólo evanescencia.



Luis Campoy



Lo mejor: el montaje, Ryan Reynolds, la duración de la batería del teléfono del protagonista (¿con qué la carga?)


Lo peor: los 60 ó 70 minutos que le sobran a un magnífico arranque


El cruce: "Kill Bill 2" + "Red de mentiras" + "El silencio de los corderos"


Calificación:  6(sobre 10)


miércoles, 9 de marzo de 2011

Cine actualidad/ "DESTINO OCULTO"

Viajar con el sombrero puesto



El escritor norteamericano Philip K. Dick va asociado indisolublemente al cine de ciencia ficción, desde que Ridley Scott utilizó su relato "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" como base para su obra maestra "Blade Runner". Dick falleció en el mismo año del estreno de aquel film, 1982, así que no pudo disfrutar el inusitado apogeo de su obra. Otros cuentos suyos que también han merecido una adaptación fílmica han sido "Podemos soñarlo por usted al por mayor" (germen de "Desafío total") o "Paycheck", cuya versión mantuvo el mismo título original. Ahora llega a las carteleras "Destino oculto", que no es sino una traslación al séptimo arte de su novela "Adjustment team", convenientemente retitulada "Adjustement bureau".



Un joven congresista norteamericano se presenta como candidato al Senado, pero parece más interesado en una mujer a la que acaba de conocer que en relanzar su carrera política. Un grupo de hombres tocados con sombrero se cruzarán en su camino y pretenderán convencerle por todos los medios de que no es ni mucho menos libre para poder determinar su propio porvenir...



Si "Blade runner" recogía un concepto original de Philip K. Dick (los peligros de la sociedad omnisciente que se cree con derecho a tomarse atribuciones científicas casi divinas) y lo engrandecía hasta cotas majestuosas, "Destino oculto" utiliza una idea tan manida como interesante (¿somos realmente dueños de nuestro destino?) pero se limita a estructurar a partir de ella una especie de telefilm para adolescentes. Para esta disquisición muy poco teológica sobre el libre albedrío, se ha utilizado la historia nada creíble de un congresista destinado a convertirse en senador y después en Presidente de los Estados Unidos, pero que quién sabe si sería capaz de renunciar al cargo de Hombre Más Poderoso del Mundo por el amor de una bailarina. Para evitarlo, un equipo de entes quasi divinos son capaces de montar un complejo dispositivo que, sin embargo, podría fracasar si el congresista y la bailarina tan sólo llegaran a darse un beso... Como se desprende de tan pueril argumento, nos hallamos ante un cuento de hadas que no llega a cuajar, entre otras cosas porque no hay quien se lo crea y, sobre todo, porque ni el héroe ni los (aparentes) villanos resultan carismáticos ni interesantes. Lo siento por Matt Damon, un chico con carita de bueno pero que últimamente no me lo creo en ninguna interpretación. Ni como vidente en "Más allá de la vida" ni como pistolero en "Valor de Ley" ni mucho menos como ¿congresista? en "Destino oculto" me merece la más mínima credibilidad. Por otro lado, esa compleja y sofisticada organización de ¿ángeles? que utilizan un sombrero para cruzar puertas interdimensionales y, en pleno siglo XXI, leen en libros el destino de las personas, me parece de lo más cutre e irrisorio. Por el amor de Dios, ¿sombreros...? ¿libros...? Pero si eso, a estas alturas, no hay quien se lo crea... Cuando uno está viendo una peli de Harry Potter, ya da por hecho que le van a contar cosas increíbles, pero en un film basado en una obra del autor de "Blade runner" se espera encontrar algo más de seriedad y madurez.



Lo único que me pareció destacable en esta mediocre "Destino oculto", que ha guionizado, producido y dirigido el debutante George Nolfi, fueron un par de escenas de acción y, éso sí, la fascinante aparición de Emily Blunt ("El diablo viste de Prada", "El hombre lobo"), que, con sus ojos y su carisma, se come enterito al pobre Matt Damon y casi hace entendible que un hombre esté dispuesto a desafiar a los Hados por estar con ella.



Luis Campoy



Lo mejor: Emily Blunt



Lo peor: la trama política es sonrojante, y la tecnología exhibida, hilarante


El cruce: “Origen” + “El curioso caso de Benjamin Button” + “Dark City”


Calificación: 5,5 (sobre 10)


lunes, 7 de marzo de 2011

Cine actualidad/ "RANGO"

Pixelando el viejo Oeste




Como he dicho alguna que otra vez, el haber sido un padre que ha ejercido un lógico fomento de la cinefilia sobre sus retoños, en ocasiones me ha pasado factura. O sea, de tanto ir al cine a ver cientos de películas de dibujos animados, algunas buenas, la mayoría regulares y no pocas malas, uno se siente tan saturado de este tipo de films que en ocasiones se le escapan títulos interesantes. Esto es lo que me sucedió con "Enredados", según dicen, uno de los mejores productos de la factoría Disney, y de la que me zafé hábilmente sin darme cuenta de que podía estar cometiendo un error. Por fortuna, no me ha sucedido lo mismo con "Rango".



Precedida por un primer trailer divertido e irreverente pero, sobre todo, realizado con inusitada pericia técnica, "Rango" es la historia de un camaleón urbano que, en un accidente automovilístico, cae de su pecera y, sin comerlo ni beberlo, acaba convertido nada menos que en sheriff de un polvoriento pueblo del lejano Oeste.



Quiera o no quiera, me paso la vida viendo westerns. Las televisiones autonómicas más cercanas (La 7 murciana y el Canal 9 valenciano) emiten uno cada tarde, y tal proliferación podría resultar adictiva o intimidatoria. En mi caso, siempre me he declarado moderado admirador del género (norte)americano por excelencia, que ha producido muchísimas obras maestras pero que, en las últimas décadas, ha ido cayendo paulatinamente en el olvido. Títulos como "El tren de las 3:10", "Appaloosa" o la reciente "Valor de Ley" se estrenan de uvas a peras, y sólo el éxito de esta última podría, sólo podría, contribuir a la resurrección de una mitología que "Rango" recicla con una clarividencia asombrosa.



Dirigida por un Gore Verbinski al que conocemos sobre todo por la primera trilogía de "Piratas del Caribe" pero que ya había dado muestras de su gran talento en "El hombre del tiempo" o "Un ratoncito duro de roer", "Rango" te deja clavado en la butaca desde la primera secuencia hasta la última. Un poco a semejanza de lo que dije con respecto a "Cisne negro" y salvando las lógicas distancias, con "Rango" vuelve la concepción del Cine como obra sensorial, en la que a una imagen subyugante se superponen un sonido espectacular y una banda sonora simplemente magnífica. El guión, obra de John Logan ("Gladiator"), bebe sin pudor de todos y cada uno de los westerns que conservamos en nuestra memoria, sobre todo de los que realizó el gran Sergio Leone muy cerquita de aquí, en Almería, y que conocemos bajo el epíteto de "spaghettis". Ingredientes como el pueblo de calles polvorientas (nunca mejor dicho, porque la localidad se llama simplemente así, "Dirt", "Polvo"), el saloon hiperpoblado, el sheriff abnegado, el juez corrupto, el pistolero pérfido pero con cierto sentido del honor, las grandes cabalgadas en espacios abiertos y el consabido duelo final no faltan en este guiso que, con todo, no serán precisamente los niños quienes saborearán con mayor fruición. Para apreciar y valorar "Rango" en su justa medida hay que prestar atención no sólo al fantástico envoltorio, sino a los ingeniosos diálogos repletos de referencias políticas y culturales de todo tipo (en ésto me recordó a la maravillosa "Aladdin" de Disney). A todo ésto, y ya que se trata de un film netamente cómico que entra a saco en el mundo del Far West, merece mención especial la música creada por el gran Hans Zimmer, que no tiene pudor alguno en plagiar todo lo plagiable en cuanto a este tipo de bandas sonoras se refiere, recuperando melodías fácilmente reconocibles pero con una orquestación apoteósica. En cuanto a personajes, Verbinski ha contado con la participación del actual número uno, Johnny Depp, que no sólo pone la voz al camaleón protagonista, sino que es evidente que condiciona su comportamiento y actitudes, en una actuación fácilmente reivindicable por el pirata Jack Sparrow. El juez paralítico que mueve los hilos de Dirt recuerda poderosamente a los personajes de Lionel Barrymore, e incluso en los rasgos del pistolero enlutado se percibe la sombra de Lee Van Cleef. Pero lo mejor de lo mejor se produce en una secuencia onírica en la que el protagonista se enfrenta al Espíritu del Oeste, que es nada menos que... ¡Clint Eastwood!. Se trata de un momento sencillamente inolvidable, rodado entre brumas polvorientas y rubricado por una música enervante. Eso sí, entre los (pocos) defectos atribuíbles a la película hay que destacar la innecesaria proliferación de personajes secundarios, tantos y, en muchos casos, tan mal encarados que dificultan un poco la progresión de la acción principal.



No sé si confiáis en mí lo bastante como para hacer caso de otro de mis humildes consejos, pero, si os gusta el Cine y, sobre todo, si os gustan las películas del Oeste, no dejéis de ver esta pequeña obra maestra de la animación, de la que se puede referir aquel viejo axioma que rezaba que "el Western es el género cinematográfico por antonomasia".



Luis Campoy



Lo mejor: la animación, la fotografía, la música, el montaje, la persecución en el desierto, el cameo de Clint Eastwood, la serpiente con los rasgos de Lee Van Cleef


Lo peor: el exceso de personajes secundarios


El cruce: "Por un puñado de dólares" + “Australia” + "Mad Max 2"


Calificación: 9 (sobre 10)

miércoles, 2 de marzo de 2011

2 de Marzo, 1963

Al principio, somos nada, pensamos nada, sentimos nada. Tan sólo existe la negrura, el vacío. Nada es real, nada es mentira, nada tiene vida propia y todo es la muerte de la inexistencia.



Luego, un día, te sacan del limbo y te lanzan al mundo, te obligan a nacer, te exigen que respires y que llores y que albergues sentimientos que unas veces te harán sonreir y otras veces te causarán dolor.



Pero no hay forma de resistirse, eres una pluma viajera en el viento de la vida inevitable, una ola en el océano del existir...



Tal y como se estilaba en aquellos primeros años sesenta de la España franquista, los niños venían nueve meses después de la boda, y no siempre con el pan debajo del brazo. Mi padre tenía sus buenos 37 años cuando yo nací, y mi madre le andaba cerca, por los 31. Antes de mí no hubo otros churumbeles alegrando la casa, ni, desgraciadamente, los habría con posterioridad. El día que nací era sábado, un sábado 2 de Marzo alrededor de la 1 y cuarto de la tarde. Lamentablemente, hubo algún problema con las líneas telefónicas y mi madre no pudo comunicarle a mi padre que el feliz momento se iba a anticipar un poquitín, así que la pobre tuvo que parirme sola. Estaba ingresada en el Hospital Provincial de Alicante, más conocido entonces como "La Residencia", y su única compañía fue la de una comadrona algo tosca y una enfermera joven y tímida. La matrona no cesaba de repetir que tenía prisa por irse a ver a su novio, de modo que a aquella mamá primeriza no dejó de atosigarla y provocarla para que me expulsara cuanto antes.



Pesé al nacer 4 kilos y medio, y mi padre casi lloró de alegría cuando por fin llegó al hospital y me vio al lado de mi madre, un bebé sonrosado, bastante rubio y algo bizco, que constituiría toda su descendencia.



Mi madre me tomó en sus brazos y bajaba las escaleras del hospital con mi padre al lado, ambos locos de alegría, y deseosos de llegar a casa para enseñarme a la familia y los vecinos. Vivíamos en una especie de suburbio de Alicante, San Gabriel, en medio de una primitiva urbanización con el piso sin asfaltar, pero en la que conocimos la auténtica felicidad. Mi padre trabajaba como delineante en una fábrica de manufacturas metálicas, y a mi madre la había conocido allí mismo, pues era una de las secretarias. Cuando se casaron siguieron escrupulosamente la tradición imperante, de modo que la esposa dejó el trabajo para cuidar de su marido y su venidera familia. Con todo, mi abuela Dolores permaneció unos días junto a los padres primerizos, haciendo aún más dichosos aquellos instantes en los que las enfermedades y las penas eran como enemigos derrotados de antemano, como sombras todavía no proyectadas sobre una vida bañada por la luz.