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miércoles, 23 de febrero de 2011

23-F, 30-A

Quieto todo el mundo!"




Pues sí, precisamente hoy se cumplen 30 años de aquella jornada que pudo ser fatídica para la joven Democracia española. Yo, por mi parte, lo recuerdo perfectamente, casi como si fuera (ante)ayer…



La mayor parte de aquel 23 de Febrero de 1981 transcurrió normal, asistiendo a mis clases de C.O.U. en el Instituto Francisco Figueras Pacheco de Alicante. Por la tarde, fui al cine en compañía de Rosi, mi primera novia, para ver una de aquellas películas de terror cutre que tanto le gustaban, y, a éso de las seis y media, los dos acudimos a una Academia de Informática en la que estábamos estudiando lenguajes de programación tan revolucionarios como Cobol (¿alguien lo recuerda?) o RPG II (éste sí que suena a chino, ¿eh?). Al llegar al centro docente, y sin siquiera dejarnos pasar del rellano de la escalera, el director nos preguntó si no sabíamos lo que había sucedido, y, cuando le dijimos que no, que no teníamos ni idea de a qué se refería, nos contó que se había producido un ataque al Congreso y se había decretado el toque de queda, por lo que se habían suspendido las clases y lo mejor que podíamos hacer era irnos corriendo a nuestras casas y permanecer en ellas sin siquiera asomar la nariz. Un tanto preocupados, tomamos el autobús, inusitadamente vacío y silencioso (por aquel entonces, ni teníamos coche ni carnet de conducir y creo recordar que ni siquiera auténtica necesidad de ninguno de ellos) y, al llegar a la parada de Benalúa, yo me bajé, y Rosi continuó hasta la de su barrio, la Ciudad de Asís (la de recuerdos que se liberan al escribir nuevamente estos nombres).



Mi madre respiró, por fin, aliviada, cuando me vio llegar; ni que decir tiene que en 1981 los teléfonos móviles eran pura ciencia ficción, y no existía forma humana de que ella pudiera averiguar dónde estaba y si me encontraba a salvo de la locura militarista que se había desatado en nuestro país. Ella lo había vivido en directo, mientras escuchaba la radio, y sus intentos de contactar tanto conmigo como con mi padre (que por aquel entonces complementaba su sueldo trabajando por las tardes en un taller), para asegurarse de que ambos nos hallábamos bien, habían fracasado hasta entonces. Afortunadamente, mi progenitor también llegó a casa antes de lo habitual, y juntos, los tres, afrontamos en compañía aquellas horas dramáticas y sobre todo inciertas. En mi aparatosa radio (que tan gratos momentos de buena música me deparó, y que me costó alguna lagrimilla cuando se rompió definitivamente y tuve que desprenderme de ella) logré sintonizar alguna que otra emisora extranjera, dado que era imposible enterarse de nada a través de las radios nacionales, que sólo emitían música clásica o incluso militar, y capté palabras aisladas como “Tejero”, “Congreso”, “Milans”, “Tanques” o “Valencia”. Desoyendo los ruegos de mi madre, me aventuré a asomarme al balcón, y me aterrorizó el hecho de comprobar cómo por ninguna de las calles de alrededor (Isabel la Católica, Foglietti, Alona) circulaba vehículo ni persona alguna; fue una imagen impactante, tal vez lo más inolvidable de todo: el aire detenido como un suspiro temeroso, la oscuridad tan sólo punteada por las farolas, y las aceras y calzadas completamente desiertas. Si a través de la radio no era posible enterarse de nada, ¿qué decir de la televisión? Sólo existían dos cadenas (la "Primera" y la "Segunda"), y enseguida fueron silenciadas y cegadas por los insurgentes. Aquella noche, como todos los lunes, TVE tenía programado su aburridísimo magazine "300 millones", que pretendía unificar a toda la población mundial que compartía el idioma castellano, y casi fue una suerte que no se emitiera, aunque sólo fuera para no tener que divulgar orbi et orbe expresiones tan cutres y ofensivas para con la lengua materna como aquel "¡Se sienten, coño!". Recuerdo que el invitado estelar de la noche iba a ser Camilo Sesto, pero quien se proclamó como el héroe de la madrugada fue el Rey, con un discurso decisivo y determinante. Don Juan Carlos condenó y desautorizó la asonada golpista, y aquéllo supuso el punto y final del momento de gloria de los sublevados. Con todo, nombres y apellidos tan "ilustres" como Alfonso Armada y Comyn, Jaime Milans del Bosch, Ricardo Pardo Zancada y, sobre todo, Antonio Tejero Molina, pasaron inmediatamente no sólo al imaginario pseudohistórico de toda una generación, sino también a la mitología de lo más casposo y cutre de lo que este país puede avergonzarse. Días después, empezaron a surgir chistes subversivos como aquel "¿En que se parecen Jesucristo y Tejero...? En que Jesucristo, con un pan y unos peces, dio de comer a los invitados a una boda, y Tejero, con un par de huevos, le dio la cena a toda España". En determinados mercadillos se pusieron de moda los botijos con la cara de un guardia civil con tricornio y cuyo pitorro representaba los atributos del más famoso “golpetero”, y un tal Juan Palacios (que, por cierto, años después se presentaría como candidato a presidente del Real Madrid) se descolgó con un single supuestamente gracioso que se titulaba "Tanguillos del Golpe".



Gracias a Dios, la cordura acabó por imponerse a las pocas horas, y la firmeza del Rey reveló que los golpistas estaban más solos de lo que parecía. El hierático Leopoldo Calvo Sotelo pudo ser proclamado nuevo Presidente del Gobierno, el ya ex-presidente Adolfo Suárez respiró tranquilo y el venerable Teniente General Gutiérrez Mellado (anciano militar que fue uno de los pocos que plantó cara a los sublevados) se convirtió en una especie de abuelo defensor de la Democracia. Mejor no pensar en lo que hubiera sucedido en esta pobre nación si se hubieran revisionado los tiempos oscuros de la dictadura militar, hipótesis a la que se hubieran enfrentado a sangre y fuego millones de demócratas convencidos. Hoy, como casi todo el mundo, tan sólo puedo congratularme de que el paso del tiempo haya convertido a todos aquellos sucesos en recuerdos más o menos subjetivos de una fecha aciaga, aunque, al mismo tiempo, no os negaré que el bombeo de la adrenalina y el hecho de que las clases se suspendieran provocaron en muchos de nosotros una especie de nerviosa euforia que, todavía hoy, me hace sentir un escalofrío cuando pienso en aquella imborrable noche de febrero.

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