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martes, 30 de noviembre de 2010

Como cinco soles

Había tenido la precaución de reservar una mesa en el bar en el que cada fin de semana veo jugar a "mi" Barça, pero, sinceramente, llegué a considerar la posibilidad de no ir a presenciar el duelo ante el Madrid. Esta clase de partidos congregan a una muchedumbre todas y cada una de las veces, y la racha goleadora del equipo merengue y el clima tenso creado por las provocaciones del entrenador José Mourinho y la megaestrella Cristiano Ronaldo me hacían pensar que esta vez nos tocaba perder, y no me apetecía nada hacerlo en compañía de una horda de madridistas eufóricos y, sobre todo, anticatalanistas. Finalmente pudo más mi amor hacia los colores blaugranas que mi temor ante el espectro blanco, pero, cuando ya decidido, iba a empezar a arreglarme, de repente lo ví todo negro. La luz se había ido, y no sólo en mi casa y en mi calle, sino en todo el barrio. Media Lorca se quedó a oscuras en los minutos previos al más grande espectáculo futbolístico de cada temporada. A pesar de todo, me personé en el establecimiento en cuestión y ocupé mi mesa, mirando, alumbrado por las pantallas de los teléfonos móviles de los sufridos aficionados que abarrotaban el garito, una pantalla de televisión que, aun apagada, constituía el foco de atención irresistible. Pero eran las 8:30, las 8:40, las 8:50, las 8:55 y la luz no venía, y más de un parroquiano desistió y ahuecó cabizbajo el ala, y sólo los más pacientes e iluminados (por la esperanza) obtuvimos el premio de ver cómo la luz se hacía cuando tan sólo faltaban dos minutos para que el balón se pusiera en juego en el Camp Nou.



He de reconocer que cualquier temor que pudiese haber albergado, bien pronto se disipó. El Barça de anoche fue el de sus mejores días de la temporada 2008-2009, o quizás mejor aún, o quizás simplemente el mejor equipo que jamás ha jugado al fútbol. No habían pasado ni cinco minutos y ya Leo Messi se había inventado un chut imposible que casi batió a Casillas por la escuadra. Segundos después, un celestial pase de Iniesta permitió a un Xavi divino perforar por primera vez la portería rival. Mi amigo Juan Carlos y yo nos levantamos al unísono mientras gritábamos, y no sé si fui yo quien primero le abrazó a él, o si de repente sus brazos nerviosos estaban en torno mío. "Lo malo es que seguro que el Madrid nos empata en la siguiente jugada", le dije, sin querer desatar la euforia. Pero qué va... Lo único que sucedió fue que una galopada de Villa por la banda izquierda terminó con un rechace que se convirtió en un pase de la muerte que un ubicuo Pedro transformó en el segundo gol de la noche. Me froté los ojos y miré en torno mío. ¿Estaba allí realmente, o se trataba de un sueño?. Vale, puede que fuese real, pero tenía la certeza de que los chicos de Mourinho iban a recortar distancias. Al fin y al cabo, se trataba del Real Madrid, el club señor, caballero del honor, los que nunca se rinden, los que salen al campo a comerse el mundo, arrollando sin piedad a todos a quienes se habían medido hasta ahora. Encajar un gol, o incluso dos o tres, ante un grupo humano de semejante categoría, no hubiese sido una deshonra para nadie. Cristiano y Di María lo intentaban, y hasta Sergio Ramos y Xabi Alonso se sumaban al ataque. En un momento dado, Ronaldo se lanzó a la caza de un balón, y el portero Víctor Valdés no se lo pensó dos veces y se tiró a bocajarro, llevándose por delante al portugués. ¿Fue penalty? Yo, sinceramente, creo que no, y ni el propio Cristiano protestó demasiado. Pero los ánimos se iban caldeando, y, cuando CR7 corrió a la banda para recoger el balón, Pep Guardiola llegó primero, lo cogió y se lo escondió. Cristiano empujó a Pep con esa chulería tan suya, Pep exageró la agresión tocándose la cara, y no había pasado ni un segundo cuando todo el mundo se arremolinaba en torno a ellos, cada cual defendiendo airadamente a su compañero y/o preparador. El propio Messi, tan tímido y tan poquita cosa, le dio la razón por una vez a Mourinho y, un ratito después, optó al premio Tony de teatro dejándose caer como fulminado por un rayo, al recibir un leve codazo de Carvalho. Los nervios estaban a flor de piel, y yo sabía que, al inicio de la segunda parte, los merengones iban a salir a por todas, ultramotivados e hiperacelerados. Pero dos goles casi seguidos de Villa les dejaron más muertos que vivos. Villa, precisamente Villa, del que hacía unas semanas se había burlado Mou diciendo que "no le marcaba un gol a nadie", no pudo elegir mejor momento para reivindicarse. El técnico portugués tenía todavía más acentuada su permanente mueca de disgusto, y prefirió quedarse sentadito en el banquillo, mascando sus chicles y su bilis. A partir de ese momento, ví algo que jamás había visto y que no sé si volveré a ver alguna vez. Los jugadores barcelonistas comenzaron a tocar y a tocar la pelota, pero no al tuntún o de cualquier manera, sino mareando y toreando sin piedad ni compasión a sus oponentes, unos oponentes que no eran el Yeclano, el Eldense o el Pulpileño, sino el todopoderoso Real Madrid de Florentino Pérez y Jorge Valdano, el nuevo proyecto del supuesto mejor entrenador del mundo, el club que más dinero ha despilfarrado en fichajes durante los últimos años, una forma de entender el deporte que tiene seguidores tan ilustres como Mariano Rajoy, Fernando Alonso, Manolo Lama, Tomás Roncero o Tomás Guasch. Era increíble. Tres campeones del mundo vestidos de blanco ya enlodado, corrían tras el balón como chiquillos desesperados y enloquecidos, y otro campeón del mundo, desde una portería cuatro veces profanada, miraba incrédulo un espectáculo dantesco y ansiaba despertar pronto de aquella pesadilla. Xavi, y también Iniesta, y Messi, y Busquets, y Piqué, y Abidal… eran los amos absolutos del balón, hacían con él lo que les daba la santísima gana y, si acaso lo perdían, lo recuperaban en apenas unas décimas de segundo. Nunca he sentido tanta pena por un equipo que tantas veces he odiado, nunca he presenciado una humillación semejante. Cuando se retiraron, entre aplausos, Xavi, Villa y Pedro, y les sustituyeron Keita, Bojan y Jeffren, el panorama no parecía que fuese a variar. Los cambios ordenados por Mourinho no habían servido absolutamente para nada, Lass y Arbeloa fueron víctimas del mismo maremoto que había desarbolado a sus compañeros y fue entonces cuando agradecí que el Barcelona no hubiese fichado a Cristiano, a Benzema, a Khedira y sobre todo a Ozil, que pasó sin pena ni gloria, casi como si no hubiera pasado. El quinto gol, obra de Jeffren y marcado cuando ya el árbitro había comunicado que concedía 4 minutos de descuento, nos hizo a todos los culés del bar saltar como ebrios y eufóricos muñecos de resorte, mientras veíamos cómo los hinchas madridistas iban desfilando en lúgubre silencio. Tanto toque, tanto pase de precisión milimétrica y tantos taconazos de esteta que ni Guti hubiera firmado, acabaron de desquiciar al ya acelerado Sergio Ramos, que, al ser expulsado, hizo cosas tan feas como golpear a Puyol y a Xavi, sus compañeros de Selección. De hecho, llegué a pensar que, tal y como estaban los ánimos, el día veintinueve de noviembre de dos mil diez pudo comenzar el principio del fin de esa armoniosa y bien avenida selección española que tan bien juega al balompié, siguiendo, por cierto, los mismos patrones de juego de ese Barça, que ayer machacó, vapuleó, hundió, aplastó, destrozó y humilló a su eterno rival. Me quedo con algunas palabras de Pep Guardiola: "Lo importante no es que hayamos ganado por 5-0, sino cómo lo hemos conseguido" o "Sería muy fácil decir ahora que hemos sido los mejores, pero sólo la Historia nos pondrá en el lugar que realmente nos merecemos". Ese lugar será, sin duda, el Olimpo futbolístico donde sólo moran los dioses que, con un balón en los pies, iluminaron la noche barcelonesa, la noche universal por extensión, con cinco golazos como cinco soles que nunca se apagarán en mi recuerdo.


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