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jueves, 7 de octubre de 2010

Tiempos revueltos 2010

Como cada año por estas fechas, me siento obligado a hablaros de uno de mis pocos vicios televisivos, el culebrón de sobremesa de la 1 "Amar en tiempos revueltos", que llega a su sexta y quizás última temporada.  La acción del serial transcurre en Madrid a partir del año 1954, concretamente en la Plaza de Los Frutos (también llamada "Plaza de Santo Tomé"), lugar donde el Bar El Asturiano constituye el epicentro de la vida social.  De hecho, esta temporada más que ninguna otra ha quedado evidenciado que los únicos intérpretes fijos de la serie son los taberneros Marcelino (Manuel Baqueiro), Manolita (Itziar Miranda) y Pelayo (José Antonio Sayagués), ya que el resto del amplio elenco actoral que tuvimos no durante una sino durante dos entregas ha sido reemplazado en su totalidad por nuevos actores, que aportan, obviamente, nuevas tramas y nuevos escenarios.  Era lógico que determinados personajes que no daban más de sí salieran del proyecto, pero es una pena que otros (el detective Perea que interpretaba Javier Collado, el doctor Salcedo al que daba vida Nacho Fresneda o el cura encarnado por Marco Martínez) no hayan podido encontrar el hueco que indudablemente se merecían.  Los nuevos protagonistas de esta veterana ficción son el ambicioso industrial Andrés Hernández Salvatierra (José Luis García-Pérez), la hermosa Irene (Eva Martín), el marido de ésta, el ex-diplomáico guatemalteco Ubaldo Ramos (Roberto san Martín) y los primos de Manolita, Felisa (Maica Barroso) y Trino (Joaquín Climent).  El clan de los Salvatierra lo completan la esposa de Andrés, Eulalia (Cristina Plazas), sus hijos Jaime (Marcos Gracia) y Almudena (Roser Tapias), su hombre de confianza Matías (Israel Elejalde) e incluso su amante, Lina Guzmán (Isabel Serrano), ex-corista y profesora de una academia de baile en la que le ayudan su marido judío Joaquín (Jaroslaw Bielski) y su hermana Benita (Carmen Gutiérrez).

Por su parte, Ubaldo e Irene tienen un oscuro pasado que todavía no se ha llegado a revelar del todo, si bien conocemos que ella, española de nacimiento, estuvo presa en un campo de concentración nazi y luego se vio obligada a ejercer la prostitución en París, donde fue rescatada por Ubaldo, que posteriormente fue designado Agregado comercial de la Embajada de Guatemala en España.  Fue en una recepción organizada por el embajador guatemalteco donde se inició una rivalidad de consecuencias imprevisibles, ya que Andrés, borracho como una cuba, intentó coquetear con Irene y posteriormente insultó gravemente tanto a Ubaldo como a sus compatriotas, a los que llamó "indios" y "salvajes".  Meses después de aquellos sucesos, un cambio de gobierno en Guatemala ha hecho caer a Ubaldo en desgracia, y para subsistir se ha visto obligado a montar una tienda de discos justo al lado de El Asturiano, ignorante de que Salvatierra vive muy cerca de él, en un edificio en el que los nuevos porteros son los primos de Manolita, recién llegados del pueblo.  Felisa y Trino acaban de limar sus pasadas asperezas con el pobre Marcelino, y su única preocupación es encontrar en la capital un futuro mejor para sus cuatro hijos, Miguel (Héctor Tomás), Asunción (Nadia de Santiago), Consuelo (Macarena García) y Pedro (Arturo García) y para el abuelo Basilio (Juan Antonio Quintana), mudo desde que fue malamente fusilado durante la Guerra Civil.  La figura omnipresente y casi omnipotente de Andrés Hernández Salvatierra sobrevuela de un modo u otro las vidas de todos ellos, ya sea para tratar de controlar a sus propios hijos (Jaime es un universitario de ideología liberal que de milagro ha logrado evitar la cárcel, mientras que su hermana bebe los vientos por Fede, su compañero de correrías políticas), para beneficiarse como sea a Irene, aplastando, de paso, a su esposo Ubaldo, para seguir sometiendo a Lina, su familia y cuantas jóvenes alumnas se cruzan en su camino, o para vigilar de cerca a los pueblerinos que cuidan su escalera.  Pero la pretensión última de Salvatierra no es sólo acumular dinero y amantes e impedir que los devaneos comunistas de su hijo mancillen su buen nombre, sino dar el salto a la política, donde aspira algún día ser nombrado Ministro.  Este es el punto de partida de este sexto año de "Amar en tiempos revueltos", y no le van nada mal las cosas, porque cada día sigue contando con una audiencia media de más de dos millones y medio de espectadores, lo cual es muchísimo teniendo en cuenta la hora en la que se emite, y la cada vez más dura competencia de sus rivales, "Sálvame" en Telecinco, "Sé lo que hicísteis..." en La Sexta y "Tonterías, las justas" en Cuatro.  Retrato no siempre objetivo de nuestra historia reciente (como acostumbro a decir, es evidente que los "buenos" son librepensadores y antiguos republicanos, mientras que los "malos" son fascistas, falangistas y adeptos al Régimen franquista en general), "Amar en tiempos revueltos" se rueda en un inmenso plató madrileño y cuenta con un ejército de sastres, figurinistas, maquilladores, peluqueros y decoradores que intentan reconstruir estéticamente aquellos años entrañables en los que era la radio y no la televisión la única fuente de entretenimiento de los españoles, bueno, éso y el fútbol o el teatro.  Crónica de una época ya casi olvidada, en la que uno podía ser encarcelado o apaleado por expresar sus opiniones en la vía pública, pero en la que, por el contrario, los lazos familiares tenían un valor y una importancia impensables hoy día, confieso que “Amar en tiempos revueltos" continúa siendo, para mí, lo único a lo que merece la pena dedicarle una hora diaria sentado frente a la televisión.

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