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martes, 28 de septiembre de 2010

Datos protegidos

Hubiera querido hundirme en el sofá, pero los cojines me lo impidieron.  Hubiera querido desahogarme dándole puñetazos a alguien, pero mi madre, casi recién salida del hospital, no era el sparring más adecuado.  En cualquier caso, ¿no era lo más lógico dar por hecho que los duendes electrónicos iban a jugarme otra mala pasada?.  Al día siguiente de mi odisea murciana, tuve por fin la ocasión de probar el reproductor que me había agenciado en MediaMarkt.  Ya conectar el amasijo de cables necesarios supuso un considerable engorro.  Pero todo hubiera merecido la pena si los Na'vi, los alienígenas apitufados de "Avatar", hubiesen hablado, o si Darth Vader y Yoda se hubiesen dejado ver a través de esa cortina de negrura que parecía "La guerra de las galaxias" cuando quise probarla.   Después de todo, el cacharro que devolví en Eroski fallaba a la mitad de las películas más "pesadas", pero al menos las reproducía todas, mientras que este nuevo artilugio se negaba a leer la mitad de ellas, amparándose en la fácil y barata excusa de que "no reconocía el archivo".  Sí, conociendo mi completísimo historial, debería haber estado preparado para el nuevo desastre, pero, aun así, mi cabreo fue indomable durante un rato.  Intenté llamar a Pablo, vecino y asesor tecnológico, pero la estridencia de la feria y un subidón etílico le impidieron empatizar con mi frustración.  Tras una noche de pesadilla, me levanté el sábado por la mañana y fui directo a encararme de nuevo con mi enemigo cibernético.  Sin novedad en el frente.  Cuando Pablo despertó de su sueño necesariamente reparador, me pidió que le repitiese lo que la noche antes no había alcanzado a comprender, y me rogó que le prestase el engendro, con la intención de comprobar si realmente grababa de la TV (por cierto, realizando dicha prueba, el pobre no pudo impedir que su disco duro quedase tan formateado como un desierto estéril, y creo que todavía anda loco tratando de encontrar el modo de recuperar su querida videoteca).  El caso es que disponía de siete días para volar al MediaMarkt y cambiar el producto por otro o recuperar el dinero, y ya se me habían volatilizado casi dos.  Decidí que de esa misma tarde no pasaba, y, todavía con el último macarrón empalado en el esófago, me monté a mi hijo en el coche y nos dirigimos al epicentro de la Huerta del Segura.  Tramitar la devolución del aparato no fue nada difícil.  En cuanto la señorita de Atención al Cliente vio que llevaba el invento, la caja, el cargador, los cables, los plásticos de protección y, sobre todo, el ticket de compra, no me puso ninguna pega.  Pero yo no quería volverme de vacío.  En una bolsa de mano portaba mi propio disco duro, que contenía un centenar de películas de todos los tipos y formatos, y con cara de listo (ya sabéis que en MediaMarkt nadie es tonto) me encaminé hacia la adorada/temida sección de Informática.  De uno de los dependientes que ya estuvieron pendientes de mí un par de días atrás, dependió el que pudiese realizar la primera de las pruebas necesarias...  con pésimos resultados.  El disco multimedia Woxter que se hallaba en plena fase de promoción era tan incompetente como el que acababa de devolver.  "¿Puedo probar otro?", le pregunté al empleado.  "No, lo siento, no puedo ir destapando aparatos para probárselos.  Tendrá que decidirse por alguno y comprarlo, y entonces se lo probarán en Atención al Cliente...  si no están muy ocupados".  "¿Cómorrrrrrr?".  O sea, para que me prueben un producto, primero tengo que pasar por caja y luego confiar en que el empleado de turno esté ocioso...  Vaya, qué bonito.  En fin, las normas son las normas.  Compré un DDM (disco duro multimedia), también EMTEC, que podía grabar la televisión (pero sin formatear) y que, por ser de alta gama (alta y cara, muy cara...), me aseguraron que sí podía leer los archivos que su hermano menor (o más barato) no había sido capaz.  Una vez cumplimentado el reglamentario paso por caja, me dirigí al ya conocido departamento de Atención al Cliente.  Esta vez había un empleado, que, por hallarse sentado y sin clientes revoloteando alrededor, presumí que reunía la condición de "no estar muy ocupado".  Llamé su atención y, cuando se levantó para acercarse al mostrador desde donde yo le mostraba mi producto recién adquirido, me puse a temblar.  Bueno, en realidad, todo tembló, cuando el orondo muchacho puso en movimiento su mórbida humanidad.  Le expliqué que quería que me probase el aparatito de marras con las películas que me había traído en mi disco duro, y me miró como si hubiese visto al mismísimo Miguelito Jackson.  "Pero yo no puedo acceder a un disco duro suyo", jadeó, "la Ley de Protección de Datos me lo impide".  Tuve poco menos que jurarle sobre su catálogo de Septiembre que en mi dispositivo sólo había películas (y ninguna porno, no como otros...), y, ya allanado ese obstáculo, todavía me seguía poniendo pegas ("Pero ¿qué quiere?  Que le pruebe todas las películas, ¿o qué?").  Le expliqué que sabía perfectamente cuáles eran las que podían fallar y, por tanto, eran sólo ésas las que deseaba comprobar, y, a regañadientes y refunfuñando, se dignó a complacerme en mi justo requerimiento, y ¡o Fortuna!, la alta gama quedó patentizada cuando este carísimo bicho sí fue capaz de leer y releer lo que sus modestos congéneres no pudieron ni ojear.  Algo más tranquilo, cogí el aparato, recogí a mi hijo, me dejé casi cuarenta euros del ala en merchandising cinematográfico por cortesía de la Fnac, y, por fin, pude zarpar hacia New Lork, con la aparente tranquilidad de quien sabe que, esta vez, las probabilidades de que algo salga mal son sensiblemente inferiores a lo habitual.

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