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miércoles, 18 de agosto de 2010

Vaselina mágica

Más de una vez he hablado de mi proverbial mala suerte para con los aparatos electrodomésticos. Creo en la tecnología y la valoro como el que más, pero, si hay alguien a quien le causa auténticos sufrimientos el estar a la última, ése es el menda lerenda. Hace un mes, con motivo del Mundial de fútbol, convencí a mi anciano padre para adquirir a medias una tele de plasma, de ésas de tropecientas pulgadas, como la que mi amigo Damián tenía funcionando en su garito/oficina/taller. Imagináos ver “Avatar” en una brutal pantalla de 50”, reproducida con la espectacular calidad de imagen de un Blu-ray… Aquel día tomé la silenciosa determinación de que había llegado el fin de los días de la televisión de tubo y del deuvedé. Ni corto ni perezoso, embauqué a mi amigo/vecino Pablo y con él nos pateamos decenas de comercios lorquinos, anotando las marcas, modelos y precios de todo televisor que superase las dimensiones de los que todavía continuaban funcionando en mi hogar. Para mi sorpresa, descubrí que los de plasma los vendían a un precio asombrosamente asequible, pero sólo porque su tecnología estaba desfasada: no solamente había sido superada por la LCD, sino que ésta ya se había quedado también anticuada, en beneficio de la ultramoderna LED. Al segundo día de búsqueda y rastreo, hallé un comercio en el que tenían un ofertón: una TV de plasma de 42“ por sólo 500 eurillos de nada. Comparándolo con lo que había visto hasta el momento, era una ganga, y mi tarjeta de crédito voló sola y envalentonada. Como es lógico, algo malo tenía que sucederme. Durante el partido de Cuartos de final contra Paraguay, la tele ya no se veía guay, sino que la imagen empezó a deteriorarse, como si los de Tele 5 hubiesen cambiado sus antenas por espárragos. Claro que al día siguiente no era sólo Tele 5 la que fallaba, sino que también lo hacían Antena 3, Cuatro y hasta La 1, la Pública que no tiene Publi. Tuve que embalar nuevamente la tele y la llevé a la tienda, y entonces ví lo que me pareció una oferta aún mejor: una LCD por 650 euros de vellón. Ni corto ni perezoso, desembolsé los 150 € de diferencia, sólo para deprimirme nada más llegar a casa: a mayor calidad del aparato, también mayor relevancia para las múltiples deficiencias de nuestra TDT, que, por si no lo sabéis, emite en alta INdefinición. Imagen pixelada, contornos llenos de “ruido”… mucho ruido y pocas nueces, eso es lo que obtuve de aquella primera noche con LCD. A las pocas semanas, mientras veía tranquilamente una película, el DVD del comedor dejó de reproducir los diálogos del canal central, y sólo se escuchaban la música y los efectos de sonido. Comprobé los cables, comprobé el amplificador y finalmente comprobé que, o me encomendaba a la Suerte, o mi reconversión digital iba a tener lugar antes de lo previsto. No me equivocaba. Ese reproductor estaba condenado al ostracismo, el de mi habitación se fundió cuando intenté probarlo y el de los niños daba más problemas de disco que una hernia discal. El sábado me fui a Murcia en busca de un Blue-ray, y me quedé morío y matáo cuando supe que, si cambiaba el DVD por el BRD (siglas de “Blue-Ray-Disc”), también me tocaba cambiar mi vetusto Home Cinema, que carecía de las modernas conexiones HDMI. Total, que, acuciado por una falsa urgencia “mediática”, caí en las redes perniciosas del más infausto consumismo. Con su mismo slogan de siempre (“Yo no soy tonto”), el vendedor de MediaMarkt me colocó un mega pack en el que la antaño prestigiosa Sony me iba a permitir disfrutar simultáneamente de la magia del Blue-ray y de un nuevo Cine en Casa, todo ello si conseguía abatir los asientos traseros del coche para meter lo que más bien parecía un ataúd. El viaje desde la Capital de la región fue una pequeña odisea, pero lo peor aún estaba por venir. Por venir de noche, no pude instalar el equipo hasta la mañana siguiente, cuando la luz solar bañaba el salón de luminosas expectativas. El trabajo que me aguardaba era descomunal: desconectar el DVD, desmontar los soportes de los altavoces del 5.1 viejo, retirar el viejo cableado, conectar el Blue-ray, pasar nuevos cables y conectar novísimos altavoces. Todo iba bien hasta que, ¡oh, tragedia!, el último de los “parlantes” que estaba retirando, el frontal, se me resbaló de entre los dedos y, como a cámara lenta, lo ví impactar contra la pantalla LCD, dejando una horrible cicatriz. Mi padre se hubiese puesto a despotricar como loco y a utilizar al mundo como su inodoro particular, pero yo eché mano de mi incomparable paciencia y de mi indescriptible fuerza de voluntad. Continué la instalación como si tal cosa y, cuando por fin los nuevos aparatos estuvieron conectados, los probé con éxito aparente, pero mis ojos sólo podían fijarse en el arañazo que de repente aparecía en las caras y en los cuerpos de cada persona, animal u objeto que se paseaba por la pantalla rasgada. Llegué a tomar la decisión de desmontar la TV y tirarla por el balcón (cuando no pasara nadie, claro está), para luego salir corriendo a comprar una nueva en la que la gente no se pareciera al futbolista Ribéry. Mas un pálpito repentino me llevó a buscar en internet remedios milagrosos, y casi podría decir que se me apareció la Virgen. Un avispado internauta había tenido la genial ocurrencia de destinar la vaselina no a oscuras e innombrables prácticas sexuales sino a la resolución doméstica de traumas aparatosos como el que os estoy contando. Llené mi dedo de la viscosa y aceitosa sustancia y la pasé por el desgarrón de la pantalla. No os lo creáis si no queréis, pero es cierto que, a los pocos instantes, el arañazo había empequeñecido un poco. Al rato, y viendo que la cosa había funcionado, me decidí a probar fortuna nuevamente. Más vaselina, más frotar y frotar, y ¡oh, milagro!, el LCD se recompuso como si nunca hubiese sido dañado. Yo que vosotros no me pondría a arañar deliberadamente vuestras teles para comprobarlo, pero, de cara a posibles vicisitudes como la mía, tomad nota mental de estas asombrosas y mágicas propiedades de la vaselina.

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