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domingo, 29 de agosto de 2010

Cine actualidad/ "PREDATORS"


Cazadores y cazados



Cuando aún no era un Governator facha sino “solamente” una rutilante estrella del cine de acción, Arnold Schwarzenegger protagonizó “Predator” (“Depredador” en nuestra Piel de Toro), una película en la que un grupo de mercenarios (que nada tenían que envidiarle a los que ha reclutado su compinche Stallone) se internaban en una frondosa selva sudamericana, sólo para ser masacrados por una misteriosa criatura que resultaba ser un despiadado cazador extraterrestre, un depredador provisto de sofisticadas armas y dispositivos de camuflaje. El enorme éxito de este film propició la realización de una (decepcionante) secuela, y posteriormente, dos insulsos intentos de fusionar esta franquicia con la de “Alien”. Ahora, el director chicano Robert Rodriguez (autor de “El Mariachi”, “Desperado” y “Sin City”) ejerce de productor de este nuevo intento de relanzar la saga, situando la acción también en medio de una naturaleza agreste pero, eso sí, sustituyendo al “Chuache” por el, en principio, poco apropiado Adrien Brody. Un grupo de personas, que sólo tienen en común el hecho de ser mercenarios, soldados, psicópatas o asesinos, se encuentran perdidos en mitad de lo que parece ser una selva tropical. No tardarán mucho en darse cuenta de que han sido abducidos de la Tierra y arrojados a un planeta que no es otra cosa que un coto de caza de los terribles Predators; los alienígenas serán los cazadores, y los humanos, las presas… “Predators” (¿para qué los chicos de la distribuidora iban a molestarse en traducirla como “Depredadores”? Al fin y al cabo, también nosotros estamos en una especie de coto de caza lingüístico de los yanquis…) es otra de esas peliculillas veraniegas que resultan simpáticas, pues sólo pretenden hacer pasar un rato ameno utilizando dignamente las cartas de que disponen: actores eficaces, buenos efectos especiales, acción trepidante… Sigue muy de cerca las pautas marcadas por el film original (tanto, que en alguna ocasión parece que no es una continuación sino un remake), no duda en reutilizar la música compuesta por Alan Silvestri (aunque quien firma como compositor sea el “reciclador” John Debney), y, éso sí, multiplica por cuatro el número de depredadores. Los nueve personajes humanos obligados a enfrentarse a la amenaza impía de los cazadores pretenden reflejar en su tipología todo un microcosmos en el que hay ocho hombres y una mujer, algunos arios, otros negros, algunos latinos e incluso un japonés. Para darles vida, se ha contratado a nombres como Adrien Brody (“El Pianista”), simplemente sorprendente como convincente héroe de acción; Laurence Fishburne (Morfeo en “Matrix”), Topher Grace (Veneno en “Spiderman 3”) o Danny Trejo (“Machete”); todos ellos cumplen con su cometido, que no es otro que el de permitir que esta sencilla maquinaria que ha orquestado el húngaro-californiano Nimrod Antal funcione sin mucho brillo pero tampoco sin chirriar demasiado.



Luis Campoy



Lo mejor: la pelea entre el yakuza y el depredador a la luz de la ¿luna?


Lo peor: nada en especial


El cruce: “Depredador” + “Identidad”


Calificación: 7 (sobre 10)

viernes, 27 de agosto de 2010

Cine actualidad/ "AIRBENDER, EL ULTIMO GUERRERO"

Se apagó el sexto sentido…




Cuentan que M. Night Shyamalan, el antaño aclamado director de “El sexto sentido”, “Señales” y ”El protegido”, aceptó hacerse cargo de la adaptación de la serie de animación “Avatar, The Last Airbender”, porque su hijo era un ferviente seguidor de la misma. Bueno, pues si me dicen que quien ha escrito el guión o ha dirigido la película ha sido el hijo y no el padre… también me lo creo. Aunque a última hora se ha visto obligada a cambiar su título original para no coincidir con el de la megataquillera fantasía de James Cameron, “Avatar, The Last Airbender” viene a contar la historia de Aang, un niño proveniente de la Nación del Aire (las otras son las del Agua, la Tierra y el Fuego), que parece estar destinado a convertirse en el Avatar, el único ser vivo capaz de dominar los cuatro elementos. Los belicosos señores del Fuego tratarán de capturarle para hacerse con sus poderes, y sólo un par de jóvenes del pueblo del Agua serán capaces de luchar a su lado… A este argumento tan simple se le ha revestido de una aparatosa atmósfera pseudo oriental (clara reminiscencia de “Dragonball”) que también mezcla muy poco imaginativamente el misticismo zen con las artes marciales. Como dije al principio, poco o nada queda de aquel Shyamalan del que todo el mundo hablaba hace diez años. Si ya en “Señales” empezaban a despuntar algunos signos de decaimiento, la surreal “La joven del agua” y la fallida “El bosque” le pusieron gradualmente en la picota, y ni siquiera la interesante “El incidente” le congració con selpúblico. Con “Airbender, el Ultimo Guerrero”, el realizador indio-americano termina de caerse con todo el equipo. Hacía tiempo que no tenía tantas ganas de salirme del cine a los pocos minutos de empezar a ver una película. Si el principio resulta soso y aburrido a más no poder, el nudo de la historia peca de tópico y pueril, y tan sólo merece un poco la pena el último cuarto de hora, pero no por ello deja de resultar absolutamente infumable. Parece mentira que el autor de “El sexto sentido” haya sido capaz de firmar semejante desastre narrativo, con personajes tan estúpidos y poco atractivos, con diálogos tan ridículos y con una utilización tan pobre del 3-D, sistema en el que supuestamente se ha rodado la película, y digo “supuestamente” porque sólo se nota porque te molestan las gafas y porque te has dejado un montón de euros en la taquilla. Lo dicho: un bodrio insufrible, una ruina de función, un coñazo de mucho cuidado.



Luis Campoy



Lo mejor: es corta


Lo peor: que el firmante de “El sexto sentido” y “El protegido” haya sido capaz de filmar un pestiño así


El cruce: “Kung Fu + “Pequeño Buda” + “Las crónicas de Narnia” + “La brújula dorada”


Calificación: 4 (sobre 10)

miércoles, 25 de agosto de 2010

Cine actualidad/ "SALT"

Salada Angelina



No se trata de un documental sobre el cloruro sódico. Tampoco de una tesis acerca de lo salada que es Angelina Jolie (aunque de esto sí tiene mucho). “Salt” es el regreso por la puerta grande de un director antaño taquillero y últimamente en horas bajas, Phillip Noyce, que se ha servido del tirón comercial de la Jolie para relanzar su apática carrera. A principios de los años 90, Noyce, australiano de nacimiento, facturó películas tan estimulantes como “Juego de patriotas” y, sobre todo, “Peligro inminente” (ambas con Harrison Ford interpretando al agente de la CIA Jack Ryan), pero los fracasos consecutivos (y merecidos) de “Acosada” y “El Santo” le dejaron muy tocado, de forma que su último trabajo destacable, “El americano impasible”, lo rodó hace ya ocho años. “Salt” cuenta la historia de Evelyn Salt, una pacífica analista de la CIA que, repentinamente, se revela como una peligrosísima y letal agente durmiente soviética, cuya misión parece ser la de eliminar a los presidentes ruso y americano y provocar el más devastador holocausto nuclear… Conocida casi más por sus tatuajes, sus adopciones y su matrimonio con el apuesto Brad Pitt, Angelina Jolie se ha ido labrando un curriculum cinematográfico más bien extraño, en el que abundan los productos tópicos y comerciales (“Lara Croft: Tomb Rider”, “Sr. y Sra. Smith”, “Wanted”) y escasean los títulos de verdadera envergadura (“El intercambio”, “El buen pastor”). Pero no cabe duda de que se trata de una de esas pocas genuinas estrellas femeninas que garantizan la afluencia de público a las salas, por lo que sus películas suelen contar con presupuestos bastante desahogados y tan sólo basta con su nombre y su rostro para sustentar una campaña publicitaria. Para muestra, un botón: en el póster de “Salt” sólo figuran el nombre de la Jolie y el título del film, y ni un solo detalle artístico y técnico más (no están acreditados los nombres de sus compañeros de reparto ni tampoco del director, guionista, productor, etc.), pues se supone que no son necesarios para atraer al espectador. Como ya sucediera en “Wanted” o “Lara Croft”, Angelina realiza una composición eminentemente física, apoyándose en esa anatomía ágil y fibrosa que, al menos en esta ocasión, utiliza mucho más para la violencia que para el placer. La acompañan un correcto Liev Schreiber y un siempre atónito Chiwetel Ejiofor que parece repetir su papel de “2012”. Para mí, lo mejor fue constatar la afortunada recuperación de Phillip Noyce, que sabe superar unos primeros minutos más bien flojos para acabar imponiendo un ritmo casi frenético, sobre todo en el tercio final, y que al menos no pretende en ningún momento convencer a nadie de que está filmando una gran película (con ese guión y esos diálogos, sería imposible), sino sólo un correcto vehículo de entretenimiento.



Luis Campoy



Lo mejor: la acción de los últimos veinte minutos, la música de James Newton Howard


Lo peor: los diálogos, el insípido actor que hace de Presidente de los USA


El cruce: “Wanted” + “Peligro inminente” + “El Santo”


Calificación: 8  (sobre 10)

martes, 24 de agosto de 2010

Cine actualidad/ "CENTURIÓN"

Violencia y oscuridad




Uno de los signos de esta época en la que vivimos es la oscuridad. Oscuridad, traducida en pesimismo, en una sucesión de crisis más negras que pardas y también, incluso, en un tenebrismo visual y temático a la hora de revisitar los géneros cinematográficos antaño luminosos y familiares. Si alguien esperaba que “Centurión” iba a ser una película de romanos al uso, al estilo de las que cantaba hace unos años Joaquín Sabina, llenas de decorados de cartón piedra y túnicas y armaduras retratadas en brillante technicolor, se va a llevar un buen chasco. “Centurión”, más que narrar la historia del oficial Quinto Dias, el teórico protagonista, se centra en las posibles y misteriosas circunstancias en las que se produjo la desaparición de la famosa Novena Legión del ejército imperial romano, aquí atribuída a la brutal oposición de los pictos a ser invadidos. Porque no olvidemos que, aunque aquí los romanos se nos presentan como héroes y los pictos (viscerales antepasados de los actuales escoceses) como villanos, los segundos no hacían sino ejercer su legítimo derecho a defender su territorio de la ocupación imperialista de los primeros. Pero claro, se trata de cine y no de una lección de Historia, y, una vez definido el punto de vista (el romano), es lógico y normal que los buenos sean los ascendientes de Berlusconi y los malos malísimos, los de Sean Connery. El caso es que, en este siglo XXI, cuando miramos a aquel pasado, ya no lo hacemos con una mirada inocente y colorida como en “Quo Vadis” o “Ben-Hur”, sino desde el tamiz oscuro, violento e hiperrealista de “Gladiator” o “300”. He dicho “violento”, y aquí radica la clave para disfrutar esta interesante película… o para pasarse la mitad de su metraje apartando la vista de la pantalla. Porque “Centurión”, además de oscura, es sobre todo, violenta, brutal, durísima y cruel. No se trata de un film apto para públicos infantiles, aunque hay que reconocer que aquéllo que narra (la guerra, la muerte y la supervivencia en un entorno hostil) tampoco es precisamente el tema idóneo para una película de dibujos animados. Decapitaciones, amputaciones, mutilaciones, desmembramientos y empalamientos son los platos fuertes del menú que ofrece este vibrante film inglés, presentados, eso sí, de un modo casi piadoso, apartando la cámara enseguida, como no pretendiendo recrearse en el morbo gratuito. A menudo he dicho que, en según qué tipo de películas, la violencia es tan necesaria que, si no se explicita, la historia misma pierde credibilidad (caso, por ejemplo, de “El Equipo A”), por lo que no cabe duda de que los múltiples efectismos de “Centurión” son parte de ese intento antes comentado de ser dramáticamente realista, cosa que los fans del cine de acción sin duda agradecerán. Por lo demás, la fotografía es espléndida, deliberadamente fría y en ocasiones quemada, la música de Ilan Eshkeri copia por igual al Hans Zimmer de “Gladiator” (¡cómo no!) que al Wojciech Kilar de “Dracula”, y el presupuesto, que no debió ser nada del otro mundo en comparación con las superproducciones hollywoodienses, parece haber sido bien empleado en pagar a un nutrido grupo de extras y a unos técnicos en infografía que obran maravillas Por lo que respecta a los actores, destacar a Michael Fassbender (visto en “Malditos Bastardos”), que da vida al centurión Quinto Dias; Dominic West, que interpreta al general Virilo, el mejor personaje de la función; Olga Kurylenko (chica Bond en “Quantum of Solace”) es una despiadada rastreadora picta, y un irreconocible Paul Freeman (el villano Belloq de ”En busca del Arca perdida”) se mete en la piel de un senador romano. Como cualquier otra película de evasión y consumo rápido, “Centurión” podría haber sido mejor (y también peor), sobre todo si hubiese sido un poco menos maniquea y si no se hubiese empeñado en complacer, también, al público femenino introduciendo una innecesaria historia de amor, pero ¿qué diablos?... a mí me distrajo y ¿por qué no decirlo? incluso me gustó bastante.



Luis Campoy



Lo mejor: la fotografía, la saludable violencia de las escenas de acción


Lo peor: el maniqueísmo (esos pictos tan sádicos y brutales), que no todo el mundo sea capaz de soportar una violencia tan explícita


El cruce: “Gladiator” + “Rey Arturo” + “Resistencia”


Calificación: 7,5 (sobre 10)





lunes, 23 de agosto de 2010

Libertad, autonomía, independencia

El otro día, el ya ex-presidente del Barcelona, Joan Laporta, realizó unas manifestaciones en las que venía a decir que estaba dispuesto a utilizar sus éxitos deportivos al frente del Barça para impulsar su carrera política. Este dato, aun no sorprendiéndome en absoluto, ni a mí ni a nadie, me sirve para volver sobre uno de los temas que más polémicas han suscitado cuando lo he tratado en este blog. Para empezar, vuelvo a reiterar mi barcelonismo: soy culé, esto es, simpatizante del Fútbol Club Barcelona. ¿Y por qué ésto es así? Bueno, como en tantas y tantas materias de índole sentimental, uno “es” de algo (o se enamora de alguien) no porque quiera, sino porque no lo puede evitar. Yo no me levanté aquella mañana de 1974 diciéndome: “Voy a hacerme del Barça”, sino que, viendo jugar a ese equipo, donde ya brillaba ese fenómeno llamado Johan Cruyff, sentí que nadie jugaba tan bien al fútbol, que ningún otro grupo de jugadores podrían practicar aquel estilo alegre y ofensivo. Lógicamente (tenía apenas 12 años), cualquier connotación política me resultaba irremediablemente lejana, totalmente ajena. Sólo era un chiquillo de Alicante al que le gustaba el fútbol. Con el transcurso del tiempo, y a diferencia de otros amigos que, por complacer a alguien o simplemente porque era lo geográficamente correcto, se “pasaron” a las filas del Hércules, seguí perseverando en mi barcelonismo, del que he hecho gala por donde quiera que he ido, primero en la Comunidad Valenciana y ahora en la Murciana. Nunca me he planteado, como alguien me ha sugerido, que, por residir en un sitio o en otro, tenga que cambiar mis gustos o mis opiniones: yo soy yo, y mis filias y mis fobias son parte de mí, independientemente de dónde tenga mi residencia. Paralelamente, me casé y, claro, en mi primer mes de casado, que es cuando uno suele tener más libertad para viajar, me apeteció ir a conocer Barcelona, la tierra de mi adorado club de fútbol. Yo ya no era tan niño, sino sólo un hombre español de treintaytantos años que se moría de ganas de visitar aquella ciudad maravillosa, liberal y olímpica, llena de obras maestras de Gaudí y poblada de gentes abiertas y multiculturales. Mi semana catalana fue, en líneas generales, fantástica e inolvidable, y sólo hubo un pequeño momento en que no me sentí como en casa. Entramos a una tienda donde mi mujer pretendía comprarse algo de ropa, y claro (cosa lógica), la dependienta nos saludó en catalán. Siempre era así, en todos sitios, pues, al fin y al cabo, nosotros estábamos de visita en su tierra y ellos ignoraban si conocíamos el idioma o no; no obstante, en cuanto veían que nos expresábamos en español, pasaban a contestarnos en este mismo idioma. Sin embargo, aquella señorita, cuando le devolvimos el saludo en castellano, volvió a contestarnos en catalán. Y, a pesar de que le dijimos que no entendíamos esa lengua, sólo y únicamente nos replicó en catalán, por lo que al final nos vimos obligados a abandonar el establecimiento y realizar la compra en otro comercio, de la misma calle, cuya empleada fue bastante más considerada. Era el año 1997, y la inmensa mayoría de los españoles creíamos que, cuando pisábamos suelo catalán, seguíamos estando en España, por lo que no estimábamos necesario realizar un curso intensivo de la lengua de Llull, Martorell y Tarradellas, al igual que, tanto entonces como ahora, un ciudadano de Tarragona o de Sabadell no tendría por qué verse obligado a estudiar vasco o bable si viajase a Bilbao o a Oviedo. El idioma común es uno de los elementos unificadores más poderosos a la hora de establecer los vínculos que hermanan a una diversidad de territorios unidos bajo la denominación de “país”… o así debería ser. Ahora bien, por razones que un ciudadano de Alicante o de Murcia no acaba de comprender, algunos o muchos catalanes (creo que no todos) afirman que no quieren ser españoles, que no quieren nada con el resto de España, ni con su cultura, ni con sus costumbres, ni con su idioma común. Se consideran simplemente catalanes, sin débito patriótico a ninguna otra patria que no sea Cataluña. Lógicamente, esa postura bastante radical no es bien recibida en el resto del Estado español, que sigue considerando a esa región como una parte de una geografía y una historia que no se pueden borrar repentina y permanentemente, por lo que, en consecuencia, son muchos los españoles que empiezan a manifestar recelo o antipatía hacia esos compatriotas que ya no quieren serlo. Por eso decía en un artículo anterior que, para muchas personas de mi entorno (por no decir muchísimas), ser del Barça y manifestarlo en voz alta hace que muchos me llamen “separatista”. Asímismo, son muchos quienes se jactan públicamente de desear que el Barcelona pierda siempre, simplemente por llevar el nombre de esa ciudad y por representar a esa Comunidad que parece que quiere separarse del resto. Pero yo, claro está, no voy a cambiar. Porque, aunque algunos me llamen ingenuo, soy admirador de un equipo que juega bien al fútbol, que practica el mejor fútbol posible, que es, para mí, el mejor equipo del Mundo. Porque, aunque otros me llamen “fascista”, soy un simple y común ciudadano español, que habla español y que siempre ha considerado a Cataluña una región de España, y a los catalanes un pueblo inteligente y abierto, abierto a la multiculturalidad y abierto a la visita de ciudadanos de cualquier parte del mundo, incluso a los alicantinos y los murcianos que “apenas” hablan español y confían (no sé si inocentemente) en que también en Cataluña podrán hacerse entender en ese idioma común. No sé qué más puedo decir para expresar MI opinión desde MI blog. Uno casi se cree que en un espacio cibernético creado y mantenido en el seno de una Democracia puede gozar de la libertad de opinar y expresarse sin temor a ser insultado, y, desde luego, a mí jamás se me ocurriría meterme en el blog de alguien que no piensa como yo para llenarlo de insultos… como alguien sí hizo conmigo. El respeto es el respeto, en Murcia y en cualquier otro lugar de España y del Mundo, y desde él es como yo he elegido manifestar mis puntos de vista. Creo que se puede y se debe opinar sobre cualquier cosa o discrepar de cualquier opinión ajena, pero yo elijo hacerlo educadamente. Me reitero en mi convicción de que una de las ventajas de la Democracia es la libertad de pensamiento y de opinión, por lo que uno puede pensar lo que quiera, ser del equipo de fútbol que le plazca y amar a Cataluña sin ser catalán ni ser partidario de que Cataluña se aleje del resto de España.

domingo, 22 de agosto de 2010

Cine actualidad/ "ZOMBIS NAZIS"


Terror europeo




Jamás de los jamases hubiera ido a ver una película como ésta si no fuese porque tengo un hijo adicto a los zombis y demás criaturas de la misma calaña. Producida en un país tan poco exportador de films comerciales como Noruega, “Zombis nazis” (“Dead snow”, “Nieve muerta”, es su mucho más sutil título original) utiliza convenientemente el mismo esquema de los más famosos productos y lo adapta a su propio terreno, logrando que los cuatro duros (perdón, cuatro euros) que ha costado luzcan como si fuesen millones de dólares venidos directamente desde Hollywood. El argumento es sumamente simple y a todos os sonará conocido. Un grupo de jóvenes quedan atrapados por la nieve en una solitaria montaña, pero no están tan solos como creen. Un regimiento de soldados nazis convertidos en zombis sedientos de sangre y vísceras hará su existencia muy poco plácida y feliz… Es evidente que el joven director Tommy Wirkola ha urdido, con mucho descaro y muy pocos miramientos, un cruce entre ”Posesión Infernal” y “La noche de los muertos vivientes”, todo ello bajo el prisma cómico de la muy notable “Zombies party” (por cierto, ¿alguien me explica por qué en el film británico el plural de “zombi” se escribía “zombies” y en el noruego se queda en “zombis”?). Por lo demás, todo bajo control según los cánones inamovibles del género: personajes planos y vacíos de interés (interpretados, eso sí, por actores mucho menos atractivos físicamente que los que suelen pulular por las producciones yanquis de este tipo), de ésos que pueden morir todos brutalmente masacrados porque al espectador le dan exactamente igual, violencia por un tubo y un festival de maquillajes y efectos especiales sólo aptos para estómagos curtidos en mil batallas de este tipo. No se puede decir mucho más sobre esta película, tan sólo que, como europeos que somos, estaría bien que apoyásemos más estas iniciativas no por modestas menos simpáticas y efectivas.



Luis Campoy



Lo mejor: los efectos especiales


Lo peor: la falta de carisma de los actores


El cruce: “Posesión infernal” + “La noche de los muertos vivientes” + “Zombies party”


Calificación: 6 (sobre 10)

sábado, 21 de agosto de 2010

Cine actualidad/ "EL EQUIPO A"


Fallida revisitación



Aunque durante años Antena 3 consiguió que algunos la odiáramos a muerte a fuerza de tantas reposiciones, “El Equipo A” fue una simpática serie ochentera que durante cinco únicas temporadas se emitió en la cadena NBC, concretamente entre 1983 y 1987. Sus protagonistas eran cuatro ex–soldados del ejército estadounidense encarcelados injustamente por un delito que no habían cometido y que, tras fugarse de presidio, se ganaban la vida como soldados de fortuna (o sea, mercenarios, con permiso de Stallone). Una de las características de la serie, aparte de su estelar reparto, encabezado por el por entonces famoso George Peppard, era que contenía saludables dosis de comedia y aceptables secuencias de acción, todo ello en una atmósfera familiar en la que, a pesar de la proliferación de disparos y explosiones, nadie resultaba muerto. 23 años después de la cancelación de la serie, llega ahora la inevitable versión cinematográfica, con el irregular Joe Carnahan en las tareas de dirección. Carnahan, eterno aspirante a hacerse cargo de proyectos importantes, tan sólo es medianamente conocido por haber realizado “Narc” y “Ases calientes”, ambos thrillers de acción. Lamentablemente, su prestigio no va a incrementarse demasiados enteros tras facturar un film muy desigual y ruidoso en el que sólo tiene relativo éxito a la hora de confeccionar un reparto indudablemente eficaz. Liam Neeson (“La lista de Shindler”), Bradley Cooper (“Resacón en Las Vegas”), Sharlto Copley (“District 9”) y el más luchador que actor Quinton ‘Rampage’ Jackson toman el relevo de los originales George Peppard, Dirk Benedict, Dwight Schultz y Mr. T., y tanto a nivel individual como en cuanto a su química como equipo, están bastante entonados y constituyen lo mejor del film. El problema es que la idea que sustenta argumentalmente la trama es poco o nada interesante, el guión es tan torpe como aburrido y estas carencias dramáticas tratan de compensarse a base de pirotecnia. Demasiadas explosiones, demasiados tiros y demasiadas persecuciones para tan poca historia. Así no se puede ni contentar a los “viejos” fans de la serie ni tampoco atraer a nuevos. A diferencia de lo que decía el otro día con respecto a “Los mercenarios”, aquí el modo artificioso y aséptico en que están rodadas las secuencias de acción no logra hacer olvidar a nadie que debajo no hay nada, nada salvo recuerdos. El director, tratando de mantener la impronta “familiar” de la serie, elimina la posibilidad de ver muertes y ni siquiera violencia real, lo que, en un producto de estas características, equivale a decir que el público potencial podrían ser los niños; pero, claro, los niños de hoy no vivieron el fenómeno del “Equipo A” televisivo, por lo que nos hallamos, tristemente, ante una película que no va a complacer a nadie, lo cual explica su poco satisfactoria carrera comercial. Si acaso los productores se atreviesen a rodar una segunda entrega, yo propondría un cambio de director y una mayor adecuación a la mentalidad de este nuevo siglo en que vivimos.



Luis Campoy



Lo mejor: los cuatro protagonistas y la química entre ellos


Lo peor: la historia es aburrida y la acción es poco atractiva


El cruce: “El Equipo A” (TV) + “Misión Imposible” + “Sospechosos habituales”


Calificación: 5,5 (sobre 10)

miércoles, 18 de agosto de 2010

Vaselina mágica

Más de una vez he hablado de mi proverbial mala suerte para con los aparatos electrodomésticos. Creo en la tecnología y la valoro como el que más, pero, si hay alguien a quien le causa auténticos sufrimientos el estar a la última, ése es el menda lerenda. Hace un mes, con motivo del Mundial de fútbol, convencí a mi anciano padre para adquirir a medias una tele de plasma, de ésas de tropecientas pulgadas, como la que mi amigo Damián tenía funcionando en su garito/oficina/taller. Imagináos ver “Avatar” en una brutal pantalla de 50”, reproducida con la espectacular calidad de imagen de un Blu-ray… Aquel día tomé la silenciosa determinación de que había llegado el fin de los días de la televisión de tubo y del deuvedé. Ni corto ni perezoso, embauqué a mi amigo/vecino Pablo y con él nos pateamos decenas de comercios lorquinos, anotando las marcas, modelos y precios de todo televisor que superase las dimensiones de los que todavía continuaban funcionando en mi hogar. Para mi sorpresa, descubrí que los de plasma los vendían a un precio asombrosamente asequible, pero sólo porque su tecnología estaba desfasada: no solamente había sido superada por la LCD, sino que ésta ya se había quedado también anticuada, en beneficio de la ultramoderna LED. Al segundo día de búsqueda y rastreo, hallé un comercio en el que tenían un ofertón: una TV de plasma de 42“ por sólo 500 eurillos de nada. Comparándolo con lo que había visto hasta el momento, era una ganga, y mi tarjeta de crédito voló sola y envalentonada. Como es lógico, algo malo tenía que sucederme. Durante el partido de Cuartos de final contra Paraguay, la tele ya no se veía guay, sino que la imagen empezó a deteriorarse, como si los de Tele 5 hubiesen cambiado sus antenas por espárragos. Claro que al día siguiente no era sólo Tele 5 la que fallaba, sino que también lo hacían Antena 3, Cuatro y hasta La 1, la Pública que no tiene Publi. Tuve que embalar nuevamente la tele y la llevé a la tienda, y entonces ví lo que me pareció una oferta aún mejor: una LCD por 650 euros de vellón. Ni corto ni perezoso, desembolsé los 150 € de diferencia, sólo para deprimirme nada más llegar a casa: a mayor calidad del aparato, también mayor relevancia para las múltiples deficiencias de nuestra TDT, que, por si no lo sabéis, emite en alta INdefinición. Imagen pixelada, contornos llenos de “ruido”… mucho ruido y pocas nueces, eso es lo que obtuve de aquella primera noche con LCD. A las pocas semanas, mientras veía tranquilamente una película, el DVD del comedor dejó de reproducir los diálogos del canal central, y sólo se escuchaban la música y los efectos de sonido. Comprobé los cables, comprobé el amplificador y finalmente comprobé que, o me encomendaba a la Suerte, o mi reconversión digital iba a tener lugar antes de lo previsto. No me equivocaba. Ese reproductor estaba condenado al ostracismo, el de mi habitación se fundió cuando intenté probarlo y el de los niños daba más problemas de disco que una hernia discal. El sábado me fui a Murcia en busca de un Blue-ray, y me quedé morío y matáo cuando supe que, si cambiaba el DVD por el BRD (siglas de “Blue-Ray-Disc”), también me tocaba cambiar mi vetusto Home Cinema, que carecía de las modernas conexiones HDMI. Total, que, acuciado por una falsa urgencia “mediática”, caí en las redes perniciosas del más infausto consumismo. Con su mismo slogan de siempre (“Yo no soy tonto”), el vendedor de MediaMarkt me colocó un mega pack en el que la antaño prestigiosa Sony me iba a permitir disfrutar simultáneamente de la magia del Blue-ray y de un nuevo Cine en Casa, todo ello si conseguía abatir los asientos traseros del coche para meter lo que más bien parecía un ataúd. El viaje desde la Capital de la región fue una pequeña odisea, pero lo peor aún estaba por venir. Por venir de noche, no pude instalar el equipo hasta la mañana siguiente, cuando la luz solar bañaba el salón de luminosas expectativas. El trabajo que me aguardaba era descomunal: desconectar el DVD, desmontar los soportes de los altavoces del 5.1 viejo, retirar el viejo cableado, conectar el Blue-ray, pasar nuevos cables y conectar novísimos altavoces. Todo iba bien hasta que, ¡oh, tragedia!, el último de los “parlantes” que estaba retirando, el frontal, se me resbaló de entre los dedos y, como a cámara lenta, lo ví impactar contra la pantalla LCD, dejando una horrible cicatriz. Mi padre se hubiese puesto a despotricar como loco y a utilizar al mundo como su inodoro particular, pero yo eché mano de mi incomparable paciencia y de mi indescriptible fuerza de voluntad. Continué la instalación como si tal cosa y, cuando por fin los nuevos aparatos estuvieron conectados, los probé con éxito aparente, pero mis ojos sólo podían fijarse en el arañazo que de repente aparecía en las caras y en los cuerpos de cada persona, animal u objeto que se paseaba por la pantalla rasgada. Llegué a tomar la decisión de desmontar la TV y tirarla por el balcón (cuando no pasara nadie, claro está), para luego salir corriendo a comprar una nueva en la que la gente no se pareciera al futbolista Ribéry. Mas un pálpito repentino me llevó a buscar en internet remedios milagrosos, y casi podría decir que se me apareció la Virgen. Un avispado internauta había tenido la genial ocurrencia de destinar la vaselina no a oscuras e innombrables prácticas sexuales sino a la resolución doméstica de traumas aparatosos como el que os estoy contando. Llené mi dedo de la viscosa y aceitosa sustancia y la pasé por el desgarrón de la pantalla. No os lo creáis si no queréis, pero es cierto que, a los pocos instantes, el arañazo había empequeñecido un poco. Al rato, y viendo que la cosa había funcionado, me decidí a probar fortuna nuevamente. Más vaselina, más frotar y frotar, y ¡oh, milagro!, el LCD se recompuso como si nunca hubiese sido dañado. Yo que vosotros no me pondría a arañar deliberadamente vuestras teles para comprobarlo, pero, de cara a posibles vicisitudes como la mía, tomad nota mental de estas asombrosas y mágicas propiedades de la vaselina.

martes, 17 de agosto de 2010

Cine actualidad/ "LOS MERCENARIOS"

Puñetazos, patadas, tiros y puñaladas



Hay películas ante las que uno, por diferentes motivos, es capaz de dejarse llevar, y, cosa rara en mí, se permite “pasar” olímpicamente de las deficiencias del guión o de la notoria incompetencia interpretativa de la mayoría de sus actores. “Los Mercenarios” entra directamente en mi lista particular, lo cual no supone ningún honor especial para esta nueva cinta de Sylvester Stallone, pero sí la prueba fehaciente de que el Cine, en ocasiones, puede ser un entretenimiento eficaz y evasivo en el que la calidad brilla por su ausencia… lo cual al espectador le importa un bledo. Ponerse a explicar que “Los mercenarios” (florida traducción del original inglés “The expendables”, “Los que son prescindibles”) trata de un grupo de veteranos ex-soldados que aceptan derrocar a un dictadorzuelo de una inventada república sudamericana no merece siquiera la pena. El guión probablemente es el mayor despropósito al que el que un crítico intelectualoide podría enfrentarse, y los diálogos parecen improvisados por los propios actores en el set de rodaje (aunque no cabe duda de que algunos pasarán a la historia, sencillamente por su hilaridad y espontaneidad). Pero ¿qué diablos?, lo cierto es que tan sólo por ver en pantalla a Sylvester Stallone, Mickey Rourke, Dolph Lundgren, Eric Roberts, Jet Li y Jason Statham ya merece la pena pagar el precio de la entrada. Es más, creo que si sólo por esa escena (menos de un minuto) en la que comparten plano Stallone, ¡Bruce Willis! y ¡¡Arnold Schwarzenegger!! me hubieran pedido los 6,50 euros reglamentarios, los hubiera apoquinado de buena gana. Stallone nunca ha sido un buen director, y ya por edad es evidente que jamás lo va a ser, pero cuenta en su haber con películas sumamente entretenidas como “Rocky III” y tan simples pero eficaces como “John Rambo” o “Rocky Balboa”, además de haber siso un auténtico icono pseudocultural para el gran público en los años 70 y 80. Su intento de reunir a otras viejas glorias del cine de acción ochentero pudo haber sido aún más redondo si Jean-Claude Van Damme, Steven Seagal y Chuck Norris hubiesen accedido a intervenir, pero no cabe duda de que, para cierto tipo de público (masculino, evidentemente), la sola presencia de Stallone, Scchwarzenegger, Willis, Rourke y Lundgren constituye un regalo de tal magnitud que la verosimilitud y el realismo de la historia carecen de la más mínima importancia. Lo que todos esperábamos, lo que podía presagiar tan arrollador despliegue de testosterona, lo encontramos en abundancia: tremebundas peleas cuerpo a cuerpo, tiros y explosiones a mansalva y acción casi sin límites. “Los mercenarios” dista muchísimo de ser una buena película, pero yo me lo pasé en grande en el cine durante una hora y media. Y eso también tiene su mérito.



Luis Campoy



Lo mejor: la maravillosa escena que comparten Stallone, Schwarzenegger y Willis


Lo peor: el guión, lo más absurdo y disparatado jamás visto; pero ¿a quién le importa eso en una película de estas características?


El cruce: “Doce del patíbulo” + “Commando” + “John Rambo”


Calificación: 8 (sobre 10)

lunes, 9 de agosto de 2010

Cine actualidad/ "ORIGEN"

Espectáculo audiovisual de primer orden



Junto con "Toy Story 3", era la película más esperada del verano. "Origen", el nuevo trabajo de Christopher Nolan, autor de "Batman begins" y "El caballero oscuro", no defrauda en absoluto las expectativas creadas... siempre y cuando uno no sea uno de esos freakis de internet que han leído que se trata de una obra maestra, de la octava mejor película de todos los tiempos... y se lo hayan creído. Ya he dicho muchas veces que estamos en una época tan oscura y tan carente de luz, que en cuanto vemos que algo brilla un poco, tendemos enfermizamente a mitificarlo. "Origen", es indudablemente, una buena película, un film, si se quiere, apasionante, pero de ahí a subirlo directamente a los altares y llamarlo, gratuitamente, "obra maestra", media un abismo que sólo los fans más exaltados o los críticos más advenedizos son capaces de cruzar. Pero vayamos por partes.



"Origen" cuenta la historia de unos ladrones ultramodernos e hipertecnificados que son capaces de introducirse en el subconsciente de sus víctimas y allí desenvolverse por entre sus sueños, provocarles otros prefabricados o incluso inculcarles una idea capaz de modificar su conducta. Es ya la propia premisa argumental la que podría suscitar sanas polémicas entre los aficionados, porque, ya puestos a contar la historia de unas personas capaces de infiltrarse en los sueños de otras, ¿por qué limitarse a hacerlo con fines delictivos? ¿Por qué centrar la acción en el mundo de las altas finanzas y no en cualquier otro? Naturalmente, nos hallamos en un terreno que sólo es patrimonio de su creador, el propio Christopher Nolan, que, sin que nadie le inculque sueños falsos en su subconsciente, ha perpetrado la historia y el guión que le ha dado la santísima gana, y además contando con un presupuesto generosísimo para ponerlo en imágenes. Si algo bueno tiene el señor Nolan, a quien se le imputan ya no sé cuántas obras maestras, es que sabe crear mundos ficticios que parecen reales, es decir, que sabe hacer creíble lo inventado, tomándose absolutamente en serio lo que nos cuenta y logrando involucrar de lleno al espectador. Nos hallamos, sin duda, ante uno de los directores más interesantes y prometedores del momento, y además tiene la fortuna de implicar a los grandes Estudios en cada uno de los proyectos, de modo que una trama como la "Origen" cuenta con una factura técnica tan irreprochable como hipnótica. No sólo los abundantes planos de efectos visuales son sencillamente impresionantes, sino que las escenas que transcurren en entornos urbanos como París o en localizaciones al aire libre (la larguísima batalla final sobre la nieve) han sido filmados con abundante generosidad de medios. Tampoco se podrá quejar Nolan del reparto que ha conseguido, desde el cada vez mejor actor Leonardo DiCaprio hasta el veteranísimo Michael Caine, pasando por Marion Cotillard (ganadora del Oscar por "La vida en rosa", Ken Watanabe ("El último samurai"), Ellen Page ("Juno"), Cillian Murphy ("28 días después"), Tom Berenger ("Platoon"), Joseph Gordon-Levitt ("500 días juntos") o Lukas Haas (el ya crecidito niño amish de "Unico testigo"). Sin duda, un elenco de campanillas, y lo bueno es que todos los intérpretes están bien dirigidos y todos en estado de gracia. Hay quien sigue discutiendo cada nuevo papel que interpreta el pobre Leonardo DiCaprio, pero yo, después de verle en "Revolutionary Road", ya confío plenamente en que es muchísimo más que un ídolo de quinceañeras. Claro que en parte tiene la culpa su personaje de que "Origen" no llegue más lejos a la hora de explorar más el terreno de los sueños, algo que en el film está seriamente condicionado a las reiterativas apariciones de Marion Cotillard, la fallecida esposa del protagonista, cuya muerte le causa un terrible complejo de culpabilidad y que es retratada como una especie de psicópata compulsiva. Lo que quiero decir es que a una idea como la de explorar el mundo de los sueños, contada con las posibilidades tecnológicas que aquí se han tenido, se le podía haber sacado mucho más partido; claro que (pensarán los productores), ¿para qué, si no, estarán "Origen 2", "Origen 3", "Origen 4", etc...? Bromas aparte, a lo que nos enfrentamos es a una película distinta, muy superior a la media de títulos de temática fantástica que hemos visto últimamente, dirigida con una pericia inusitada y llena de imágenes impresionantes, muchas de ellas (la secuencia de las calles parisinas dándose la vuelta sobre sí mismas) inolvidables. Incluso muchos conceptos de los expuestos en el guión de Christopher Nolan (las paradojas físicas y temporales, la influencia del subconsciente en el devenir de la conducta humana) permitirían un sanísimo debate entre los aficionados, cosa que me parece muy positiva, como también las múltiples opiniones acerca del onirismo o realidad de su desenlace (por cierto, demasiado feliz). No sé si tendrá la misma repercusión popular que "Avatar" (supongo que no, entre otras cosas, porque no ha sido filmada en el ya cansino 3-D), pero "Origen" es una de esas pocas películas que cada año deberían obligar a que los cinéfilos acudieran a verla a los cines.



Luis Campoy



Lo mejor: la factura técnica, el reparto, la música de Hans Zimmer


Lo peor: la larguísima escena de la batalla sobre la nieve, la sensación de que, con tantos medios, la película aún podía haber sido mejor


El cruce: "Viaje alucinante" + "Viaje alucinante al fondo de la mente" + "Matrix" + "Sneakers (Los fisgones)"


Calificación: 9 (sobre 10)

martes, 3 de agosto de 2010

Cine actualidad/ "SHREK 4: Felices para siempre"



Qué bello es ser ogro (verde)



Hace ya varias semanas que ví esta cuarta (y última, según se dice) entrega de la saga de "Shrek", y, si no he escrito nada sobre ella hasta este momento, es porque bien poco se puede decir. Si el primer "Shrerk" constituyó un éxito relativamente sorprendente (su guión era inteligente y tenía acertados golpes de humor, pero su realización técnica dejaba bastante que desear), sus dos continuaciones "Shrek 2" (todavía bastante potable, e incluso mejor que la primera en cuanto a la animación digital) y "Shrek 3" (terriblemente infumable y aburrida) dilapidaron no menos sorpresivamente el potencial cómico y corrosivo de la serie. Para acabar de exprimir el filón, los ejecutivos de DreamWorks se decidieron a darle carpetazo al ogro verde, con un último episodio que sirviese de broche de oro (¿?) a la saga. En esta ocasión, el antaño terrible y ahora aburguesado Shrek es engañado por un maléfico duende, y, pensando que vuelve atrás en el tiempo para recuperar su perdida fiereza, lo que le sucede en realidad es que su existencia hasta el momento sufre un vuelco terrible, de modo que la historia se reescribe sin su presencia, y todos sus seres queridos y conocidos experimentan acentuados cambios, que solo él podrá y deberá rectificar. Si lo que acabáis de leer os suena a "¡Qué bello es vivir!", el clásico navideño de Frank Capra, no andáis nada desencaminados. Lo malo es que Shrek no es James Stewart, y los guionistas son incapaces de sacarle punta al invento con detalles realmente afortunados. La fórmula que aplican no es otra que alterar (bastante cutre y torpemente) los patrones ya conocidos, de modo que Asno es ahora un burrito totalmente domesticado, Fiona una princesa guerrera y El Gato con Botas, un minino obeso y hedonista. Como todo el mundo ha oído que "Shrek, Felices para siempre" va a ser el final de la tetralogía, se daba por supuesto que el final iba a ser lo más feliz posible, de modo que el statu quo volverá a los patrones conocidos, y las intrigas urdidas por el duende Rumpelstiltskin se quedarán en mera agua de borrajas, así que “¿Para qué calentarnos mucho la cabeza?”, habrán pensado los escritores que han perpetrado la historia. Con todo, hay que reconocer que el film es bastante más entretenido que su predecesor, “Shrek Tercero” (claro que, para esto, no hacía falta que fuese muy bueno), y el espectador esboza dos o tres sonrisas satisfechas, tanto más cómplices cuanto más se conozcan los primeros títulos de la saga. Por cierto, la película se exhibide en 3-D, lo cual sólo quiere decir que nos cobran más dinero por las entradas.




Luis Campoy



Lo mejor: revivir los momentos más afortunados de “Shrek” (la original), sólo que con los parámetros alterados


Lo peor: la poca inventiva de su equipo de guionistas


El cruce: “Shrek” + “Qué bello es vivir”


Calificación: 6 (sobre 10)

lunes, 2 de agosto de 2010

Cine actualidad/ "PESADILLA EN ELM STREET (El origen)"

Inútil fotocopia




Mientras veía, en la sesión nocturna del pasado viernes, esta nueva versión de la ya ¿clásica? "Pesadilla en Elm Street" de Wes Craven, me acordé tanto de la película original como del disparatado y absurdo remake de la genial "Psicosis" de Alfred Hitchcock que el muy irregular Gus Van Sant perpetró hace ya algunos años. Aquella revisitación de "Psicosis" (filmada repitiendo exactamente los mismos planos y encuadres del film original... sólo que en color) fue, sin duda, uno de los desperdicios más inútiles de celuloide que se han realizado en años: ¿para qué realizar una nueva versión de una película si no se aporta nada, si se copia todo, si cualquier mínima alteración sólo va a perjudicar el recuerdo que todos conservamos de una película memorable?. Con esta nueva "Pesadilla en Elm Street" que ahora produce el temible Michael Bay (director de "Transformers", "Pearl Harbor" y "Armageddon") pasa tres cuartos de lo mismo. Hace mucho tiempo que no he vuelto a ver aquella “Pesadilla” ochentera que tuvo un éxito inusitado y generó un sinfín de continuaciones y una serie de televisión, pero recuerdo perfectamente su argumento: varios jóvenes que residen en la Calle del Olmo (Elm Street) de una pequeña localidad (norte)americana son salvajemente asesinados, mientras duermen, por el horrible y despiadado Freddy Kruger, un diabólico asesino de cara quemada y guante rematado con cuchillas que sólo puede acceder a ellos desde el universo de sus pesadillas… Obviamente, en esta nueva versión nada ha cambiado, y la historia es exactamente la misma. Eso de “El origen” que acompaña al título español es un mero eufemismo que indica la pretensión de los productores de volver a iniciar una saga preñada de continuaciones, cosa que, a juzgar por la poca repercusión comercial de este primer episodio, veo difícil que pueda suceder. El actor Jackie Earle Haley, uno de esos secundarios a quien el público difícilmente puede reconocer porque casi siempre actúan o enmascarados (fue Rorschach en “Watchmen”) o severamente caracterizados, es quien toma el relevo del original Robert Englund, y no lo hace ni bien ni mal sino todo lo contrario. El enorme e insalvable hándicap de esta “Pesadilla en Elm Street” del siglo XXI es tener que competir con un recuerdo relativamente reciente y no hacer absolutamente nada por distanciarse de él. Nuevamente son masacrados un puñado de adolescentes tanto o más gilipollas que los de hace veinticinco años y sus muertes son idénticas a como acontecían entonces; el carismático asesino sigue teniendo la cara quemada, sigue vistiendo un viejo sombrero y un raído jersey a rayas rojas y negras, y, naturalmente, utiliza el mismo guante de cuchillas. ¿Para qué, pues, rodar un remake? ¿Por qué no remasterizar la película original y reestrenarla? Todos hubiéramos salido ganando. Un remake sólo tiene sentido o justificación cuando cambia (para bien) algo del original, cuando mejora algún aspecto técnico o artístico, cuando aporta un punto de vista distinto o novedoso. Yo, como he dicho antes, hace años que no he vuelto a ver la primera “Pesadilla”, pero la inmensísima mayoría de secuencias de esta nueva producción no es que sean parecidas sino que son idénticamente iguales a las de aquélla. Vamos, es como volver a ver lo mismo, pero, eso sí, interpretado por actores de menos carisma (Rooney Mara, Kyle Gallner, Thomas Dekker…), que no hacen olvidar a ninguno de sus predecesores y entre los que apuesto a que no se incluye ningún futuro Johnny Depp (recordemos que el famoso “Jack Sparrow” realizó uno de sus primeros papeles en el film primitivo). Sólo si no habéis visto y no podéis ver la película original, o si el calor agobiante os reconcome el cerebro, tiene justificación el meterse en un cine (bien refrigerado, eso sí) para ver esta fotocopia más bien inútil, que ha realizado (es decir, clonado) el justamente desconocido Samuel Bayer.



Luis Campoy



Lo mejor: que te da ganas de revisionar o ver por primera vez la película original, a la que, de paso convierte casi en clásico


Lo peor: lo copia todo y no aporta nada, empeorando la resolución de determinadas situaciones. Además, sale perdiendo en la comparación con los actores originales, del primero al último.


El cruce: “Pesadilla en el Elm Street” + falta de imaginación + deseo de ganar pasta como sea


Calificación: 4,5 (sobre 10)