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lunes, 31 de mayo de 2010

Algo patético

Una vez más, la tan ansiada velada eurovisiva se ha saldado con casi los mismos protagonistas de siempre: el representante de nuestra televisión pública (en esta ocasión, el simpático y gorjeador Daniel Diges), el locutor encargado de narrar el evento (el eterno y jubiladísimo José Luis Uribarri) y la gentil presentadora que hacía de portavoz del jurado español (la rubia Anne Igartiburu). No obstante, ya habréis oído que un espontáneo inesperado se coló en la fiesta y obligó a Diges a repetir su actuación al concluir las actuaciones del resto de contrincantes. Yo, casualmente, encendí la televisión justo al final de la primera interpretación de “Algo pequeñito”, así que, cuando, una vez concluída ésta, Uribarri comenzó a hablar de lo vergonzosa e injustificable que había sido la aparición de un espontáneo, pensé que se refería al corista de apoyo a quien no tenía el gusto de conocer, y que, por cierto, iba vestido y peinado exactamente igual que nuestro cantante titular. Pero no, el que, burlando la seguridad del Festival, se coló en el escenario para darse publicidad y, de paso, estropear nuestra actuación, fue el famoso (sobre todo, a partir de ahora) Jimmy Jump, un exhibicionista catalán, de profesión, sus espontaneidades. Con todo, y dado que, ya que el año pasado Soraya Arnelas se había quedado la penúltima y, por tanto, Daniel Diges se vio obligado a cantar en segundo lugar, el hecho de tener que repetir su interpretación podría haber beneficiado los intereses de nuestro país. Pero qué va, una vez más se demostró que este evento se ha degenerado tanto que no existe otro criterio a la hora de votar las canciones que la proximidad geográfica o la afinidad política entre las naciones participantes. Una vez más, el viejo zorro Uribarri fue capaz de ir adivinando, casi sin equivocarse, a qué países iban a regalar sus votos cada uno de los jurados nacionales. Ya lo hemos comentado antes y seguramente lo volveremos a comentar después: si nadie hace algo para cambiar las normas de votación de este certamen que siempre parece próximo a extinguirse y siempre parece dispuesto a renacer, lo más sensato sería no presentarse, no concursar, no gastarse un dineral en promoción para luego no tener derecho a nada. Italia ya lo ha hecho, y seguro que no ir a Eurovisión no ha sido lo peor a lo que ha tenido que enfrentarse Berlusconi este año. Para mí, "Algo pequeñito" ha sido una de las mejores canciones que se han presentado este año, por no decir la mejor, la más alegre, la más original y la mejor coreografiada. La sangre fría y el aplomo tanto de Daniel Diges como de sus acompañantes cuando se personó el aguafiestas fue digna de todos los elogios del mundo. Pero claro, luego se vota como se vota y a quien se le vota. El espectáculo de este eurotongo es, siempre, desolador y patético al final. ¿Merece la pena seguir participando? Yo, desde luego y si de mí dependiera, no volvería a participar jamás de los jamases si no se modificaran ostensiblemente las normas de votación. Aunque éso le quitara a Uribarri la posibilidad de lucirse como adivino.
 

lunes, 24 de mayo de 2010

Cine actualidad/ "PRINCE OF PERSIA: Las Arenas del Tiempo"


Lo que las arenas del tiempo debieron llevarse




En 1994, Mike Newell dirigió una de mis películas favoritas, una comedia deliciosa, muy divertida y muy romántica, en la que un guión portentoso y una realización precisa retrataban a la perfección a la sociedad británica y, de paso, lanzaban al estrellato a un actor realmente carismático: Hugh Grant. El film en cuestión se titulaba, como quizás ya hayáis adivinado, "Cuatro bodas y un funeral", y lo cierto es que la carrera de Newell nunca ha vuelto a alcanzar cotas tan altas. De hecho, me atrevería a afirmar que, si "Cuatro bodas..." constituye la cima de su trayectoria, "Prince of Persia: Las arenas del tiempo" es, de lejos, la sima más profunda. Basada en un popular videojuego, "El Príncipe de Persia" (ME NIEGO EN REDONDO A CONTINUAR REFIRIÉNDOME A ELLA POR SU TÍTULO INGLÉS) cuenta la historia de Dastan, un ladronzuelo que, siendo niño, es adoptado por el Rey de Persia y, ya adulto, es, junto a sus dos hermanastros y su tío, el responsable de dirigir los ejércitos persas. En una de sus escaramuzas anexionistas, Dastan conocerá a la Princesa Tamina, custodia de una daga que contiene una fuerza mágica llamada "Las arenas del tiempo", y, una vez el muchacho es acusado del asesinato de su padrastro, ambos deberán huir por desérticos parajes y remotos arenales, el uno con el propósito de demostrar su inocencia y la otra con el objetivo de proteger la daga y devolverla a su santuario antes de que caiga en malas manos... No es la primera vez que un videojuego se convierte en película, y casi siempre los resultados han sido penosos. Se me ocurren "Mortal Kombat", “Resident Evil” o "Super Mario Bros.", todas de infausto recuerdo, y lo cierto es que "El Príncipe de Persia" no es mucho mejor. El responsable del salto de la videoconsola a la gran pantalla no es otro que Jerry Bruckheimer, el productor artífice de las sagas de "Piratas del Caribe" o "Transformers", que nuevamente hace gala de su peculiar estilo basado en su creencia de que la pasta y la espectacularidad lo pueden todo, incluyendo un mal guión, malos actores (o buenos actuando mal que, para el caso es lo mismo) e incluso una mala dirección. Lo siento por mi admirado (hasta ahora) Mike Newell, pero desde el principio hasta el final se nota que ni le importa la historia ni los personajes ni mucho menos el sufrido espectador. Paradójicamente, tratándose de un director que ha firmado otros productos cuando menos aceptables ("Donnie Brasco", "La sonrisa de Mona Lisa" e incluso "Harry Potter y la Orden del Fénix"), Newell fracasa estrepitosamente a la hora de filmar cualquier escena en la que no haya saltos acrobáticos o efectos visuales a tutiplén. Esto se debe, evidentemente, a que las situaciones y los diálogos son poco o nada creíbles, aquéllas manidas a más no poder, éstos adocenados y sin chispa. Ni siquiera los actores salvan la función. Jake Gyllenhaal (el recordado vaquero Jack Twist de "Brokeback Mountain") se ha puesto cachas y compone un action hero más o menos aceptable, pero sus compañeros de reparto lo hacen de pena. Gemma Arterton, vista en "007 Quantum of Solace" y la reciente "Furia de Titanes", es tan hermosa pero tan inexpresiva como una estatua de mármol, Ben "Gandhi" Kingsley está tan maquillado que apenas puede gesticular y los actores que interpretan a los hermanos de Dastan tienen tanta falta de carisma que uno se pregunta por qué fueron elegidos. Sólo Alfred Molina, en su papel de jeque promotor de carreras de avestruces, resulta mínimamente convincente y aun entrañable. Demasiado larga, demasiado pesada, demasiado dependiente de sus (muy vistosos) efectos especiales y sus (ciertamente logradas) escenas de acción, "El Príncipe de Persia" no sólo no es una buena película sino que se erige en ejemplo de lo que es el mal cine: mal guión, pésimos diálogos, malas interpretaciones y la floja batuta de un director malo o (esperemos) en horas bajas. Toda una decepción, y de las gordas: casi me dan ganas de aborrecer, por efecto mariposa, a mi adorada “Cuatro bodas y un funeral”.



Luis Campoy



Lo mejor: los efectos especiales, la fotografía, Alfred Molina


Lo peor: los diálogos, el hieratismo de Gemma Arterton, el arqueo de cejas de Ben Kingsley, los actores secundarios


El cruce: "Aladdin" + “Alejandro Magno” + "El regreso de La Momia"


Calificación: 4,5 (sobre 10)

martes, 18 de mayo de 2010

Cine actualidad/ "ROBIN HOOD"


¿Arquero o gladiador?






En 1991, cuando se hallaba en la cúspide de su fama, Kevin Costner protagonizó una versión más realista y sucia de la inmaculada historia del arquero del bosque de Sherwood que en los años 30 inmortalizó al apolíneo Errol Flynn, quien a su vez lo había heredado del saltimbanqui Douglas Fairbanks. Aquel "Robin Hood, Príncipe de los Ladrones" constituye un claro precedente de esta nueva versión que nos presenta el gran Ridley Scott, en el que el realismo y el drama le ganan claramente la partida a la comedia y la aventura infantil. Se ha comparado mucho y desde el principio a este film con "Gladiator", y no sólo porque comparten director y protagonista, Russell Crowe, sino por su visión adulta y pretensiones historicistas y, obviamente, por su puesta en escena.



La historia que se nos cuenta comienza cuando el legítimo Rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de León, regresa a casa tras haber ido a combatir en las Cruzadas. No contento con enfrentarse a los moros, el belicoso Ricardo continúa luchando con cuantos enemigos se encuentra al paso, de modo que, durante el asedio a un castillo francés, muere con las botas puestas. Su muerte permite que uno de sus caballeros, Robin Longstride, castigado por haber tenido el valor de decirle el Rey las verdades que éste no deseaba escuchar, recupere la libertad y emprenda el rumbo hacia Inglaterra, no sin antes cruzarse en el camino de Sir Robert Loxley, el encargado de trasladar el cadáver del monarca y la corona sin dueño, quien ha caído en una emboscada urdida por el pérfido Sir Godfrey, una especie de agente doble que conspira secretamente con el Rey francés. Longstride no sólo entrega la corona al hermano de Ricardo, Juan Sin Tierra, sino que accede a comunicar personalmente al padre de Loxley el fallecimiento de su hijo. Una vez en las propiedades de éste, en el condado de Nottingham, se ve obligado a asumir la identidad del muerto, con lo que Robin Longstride se convierte en Robert/Robin Loxley, que enseguida pasará a ser conocido como... Robin Hood.



Como puede verse, en realidad el argumento se asemeja a grandes rasgos a lo que desde siempre hemos conocido, si bien la pretensión de Ridley Scott y sus guionistas Brian Helgeland y Tom Stoppard, éste sin acreditar, es la de ajustarse mucho más a la realidad histórica de la época, por lo que la mayor parte del metraje se recrea en diálogos eruditos sobre el Estado y el poder y en escenas que hasta ahora habíamos dado por supuestas, no siendo hasta el mismísimo epílogo cuando Robin Hood se convierte en ese forajido justiciero que roba a los poderosos para repartir el botín entre los más necesitados. Mal que me pese y aún tratándose de una película al servicio de mi actor favorito, Russell Crowe, tengo que admitir que esperaba más de este nuevo "Robin Hood", lo cual equivale a tener que reconocer que me decepcionó un poco. La verdad es que, mirándolo bien, en líneas generales me gustó bastante más la citada versión de Kevin Costner, a pesar de que éste último y su imposible peinado chirriaban bastante. Por lo menos, había mucha más acción, se respetaba la imagen icónica y la trama que todos conocíamos, e incluso aparecía un villano (encarnado por Alan Rickman) realmente memorable. En esta ocasión, existen, por desgracia, demasiados momentos en los que uno siente deseos de bostezar, casi como si Scott considerase que la comedia (que se expende con cuentagotas) y un exceso de aventura fuesen enemigas acérrimas del rigor histórico. Con todo, la fotografía de John Mathieson es simplemente maravillosa, la música (ay, qué añoranza de aquella banda sonora de Michael Kamen y de la canción que cantaba Bryan Adams) de Marc Streitenfeld es más que correcta y posée un motivo principal definido, y la encantadora Cate Blanchett, que da vida a Lady Marian, le da sopas con honda tanto a Olivia De Havilland como a Mary Elizabeth Mastrantonio, sus ilustres precursoras (el resto de secundarios, desde el eterno villano Mark Strong hasta el “agorero” Oscar Isaac, pasando por el venerable Max Von Sydow, no se esfuerzan demasiado en hacer sombra a la pareja protagonista). Quizás si se hubiese respetado más el libreto original, titulado simplemente “Nottingham” y en el que Robin Hood y su némesis el Sheriff de Nottingham (finalmente reducido a ridícula comparsa) eran tan parecidos el uno al otro que había de interpretarlos el mismo actor, nos hallaríamos ante una valoración algo diferente, pero mi percepción es que este “Robin Hood”, con todos sus valores, no logra definir su “tono” y no consigue atrapar a su público potencial, ni al adolescente ávido de acción ni al sector más maduro y deseoso de recibir una lección de Historia.



Luis Campoy



Lo mejor: la fotografía, Russell Crowe, Cate Blanchett


Lo peor: la escasez de acción y el exceso de diálogos, el barrigón de Russell Crowe


El cruce: “Robin Hood, Príncipe de los ladrones” + “Braveheart” + “Gladiator”


Calificación: 7,5 (sobre 10)

jueves, 13 de mayo de 2010

Cine actualidad/ "QUE SE MUERAN LOS FEOS"

Mocedades vs. Los Sirex




Lo mejor que puede decirse de "Que se mueran los feos" es que, afortunadamente, no es tan mala, tan chabacana y tan cazurra como su horroroso trailer presagiaba. O sea, es cierto que todas esas escenas preñadas de cutrerío ramplón y horterez pueblerina que abochornaban desde el avance siguen estando en la película, pero, Dios sea loado, hay, también, algunas cosas más.



Eliseo (Javier Cámara) tiene un mote que constituye, más que un pareado fácil, una realidad empírica y palpable: "El Feo". Vive con su madre y su tío en un pueblo perdido en la montaña y en el tiempo, y, justo cuando decide emigrar a la ciudad, no le queda otro remedio que quedarse para hacerse cargo de la explotación agropecuaria familiar. Su cuñada, Nati, abandonada por su marido, será su principal apoyo en esos tiempos difíciles, y poco a poco irá surgiendo entre ellos una atracción tan prohibida como difícil de aceptar en dos seres tan poco convencionales y agraciados...



Tras una película que a mí me encantó, "Fuera de carta", el realizador Nacho G. Velilla, curtido en el mundillo televisivo (fue el artífice de series como "Siete vidas", de la cual se forjó "Aída"), vuelve al terreno de la comedia, que le es tan familiar, y lo hace contando nuevamente con Javier Cámara como protagonista. Sin embargo, algo se ha quedado en el tránsito de lo urbano a lo rural. Si "Fuera de carta" sabía mantener la misma agudeza de "Siete vidas" y lograba ser hilarante y tierna a la vez, en "Que se mueran los feos" hay que reconocer que a Velilla se le ha ido bastante la mano. Durante gran parte del metraje, parece que nos hallamos sumidos en un viaje en el tiempo y que lo que estamos viendo no sea sino uno de aquellos productos de cutrerío setentero que encumbraron a Alfredo Landa, Fernando Esteso y Andrés Pajares. La mayoría de las chanzas a costa de los feos, los retrasados, las lesbianas y los pueblerinos en general, huelen muy mal y son más crueles que hilarantes. Ni siquiera Javier Cámara, prisionero de sus propios tics, es capaz de hacer que el film levante el vuelo, y tiene que ser la sin par Carmen Machi ("Aída") la que vuelva a cuajar una interpretación memorable.



No es que en "Que se mueran los feos" no existan situaciones divertidas y (muchos) diálogos chispeantes, es que la mayoría de ellos parecen escritos con el único fin de burlarse de las personas diferentes, de aquéllos que no poséen un cuerpo Danone ni una deslumbrante inteligencia emocional, y es por éso que, aunque te ríes, no deja de tratarse de una risa un tanto culpable, en la que cada carcajada duele un poquito en el alma. Por lo demás, hay que alabar el trabajo de los secundarios, sobre todo Juan Diego y María Pujalte, y subrayar el protagonismo de dos canciones que fueron poco menos que iconos de sus respectivas décadas: "Que se mueran los feos", popularizada por Los Sirex, no sólo da título a la película sino que marca sus directrices de estilo; "Eres tú", de Juan Carlos Calderón y el grupo Mocedades, simbolizó en tiempos el romanticismo y la poesía, y ahora apenas se ha quedado en carne de cañón para ser blanco de burlas sin cuartel. Menos mal que esta última melodía sirve de acompañamiento al mejor momento del film, en el que definitivamente caen las máscaras del estereotipo y los convencionalismos y los protagonistas, feos y guapos, se permiten simplemente ser como son en realidad y comportarse como les piden el alma y el corazón.



Luis Campoy



Lo mejor: Juan Diego, Carmen Machi


Lo peor: las burlas crueles a costa de los feos, los retrasados y los pueblerinos


El cruce: "Plácido" + "Al final del camino" + "Bienvenidos al Norte"


Calificación: 6 (sobre 10)

martes, 4 de mayo de 2010

Cine actualidad/ "IRON MAN 2"

Infantilizando el original



Cuando ví la primera entrega de "Iron Man", en 2008, me quedé deslumbrado de principio a fin, pero no por sus (aceptables) efectos visuales, sino por su inteligente guión, sus excepcionales diálogos, su lúcida descripción del mundo empresarial y, sobre todo, por la estupenda composición de sus protagonistas, Robert Downey Jr. y Jeff Bridges. Si en aquella oportunidad se nos contaba cómo el millonario excéntrico y playboy Tony Stark acababa convirtiéndose en el superhéroe de la armadura roja y dorada, Iron Man, en esta segunda parte se narran las nuevas peripecias de Stark, tanto en su vertiente puramente empresarial (enfrentado al fabricante de armas Justin Hammer) como aventurera (obligado a luchar contra el ruso Ivan Vanko, alias Whiplash, que le acusa de haberse aprovechado del talento de su padre). En esta nueva peripecia reaparecen los mismos personajes de la película original, como la secretaria personal de Stark, Pepper Potts (Gwyneth Paltrow), su jefe de seguridad Happy Hogan (Jon Favreau, además, director del film) y su íntimo amigo el teniente coronel James Rhodes (Don Cheadle, sustituyendo a Terrence Howard, quien parece que se subió a la parra en sus exigencias económicas), y todo parecía indicar que se iba a tratar de una continuación academicista en la que recibiríamos más de lo mismo. Así es, aparentemente, pero, a poco que nos fijemos (y yo lo hice), veremos que el evidente empeño en transitar los mismos terrenos conocidos se antoja algo más desafortunado. Los diálogos, aun siendo muchos de ellos todavía brillantes, no alcanzan ni de lejos la agudeza de los de la primera parte; Robert Downey Jr. roza peligrosamente la sobreactuación, como si su personaje hubiera experimentado una regresión moral; y la dirección de Jon Favreau chirría inesperadamente, como si "Iron Man" la hubiese enfocado a un público adulto y esta secuela la hubiese realizado pensando en una audiencia netamente infantil. No todo es frustrante, claro está, en esta espectacular producción de Marvel Studios, de cuyo éxito dependerá, en un futuro próximo, la realización del gran proyecto de la Compañía: "Los Vengadores", en cuyas filas se supone que militarán las estrellas que ya disponen de franquicia propia (Robert Downey, Jr. de "Iron "Man" y Edward Norton de "El increíble Hulk") más los todavía inéditos Chris Hemsworth (del "Thor" que está terminando Kenneth Branagh) y Chris Evans (del "Capitán América" que Joe Johnston va a comenzar a filmar en breve). Si uno consigue no dormirse en las largas y farragosas escenas en las que se plantean, con más voluntad que acierto, los dilemas morales y el deterioro físico de Tony Stark, podremos presenciar un cuarto de hora final absolutamente apoteósico, con el coronel Rhodes convertido en Máquina de Guerra, la réplica afroamericana de Iron Man, y la pizpireta secretaria Natalie Rushman (Scarlett Johansson) paseándose en cueros, perdón, vestida de cuero y repartiendo estopa a granel. El villano Whiplash posée el rostro y los músculos de un recuperado Mickey Rourke, quien, si bien es cierto que tiene la cara poco menos que deforme (consecuencia de sus coqueteos con el boxeo y el alcohol), al menos sabe renacer de sus cenizas realizando una muy buena composición. No así el citado Jon Favreau, cuyo guardaespaldas aporta unas dosis de comicidad nocivas para la credibilidad del film. Al otro maloso de la función, Justin Hammer, lo incorpora un camaleónico Sam Rockwell, que ni se parece a su astronauta de "Moon", lo cual supongo que debe ser más bueno que malo. Por lo demás, la dulzura y rectitud de Gwyneth Paltrow contrasta con la sensualidad y las curvas de Scarlett Johansson, y el tuerto Nick Furia al que presta sus rasgos el carismático Samuel L. Jackson parece ser el único que, con un solo ojo, tiene la visión más amplia de todo el cotarro. Esperemos que los de Marvel tengan muy clarito para qué tipo de público quieren perpetrar la inevitable "Iron Man 3", porque no me cabe duda de que la indefinición tonal es el mayor hándicap de esta "Iron Man 2".



P.D.: Si queréis ver un pequeño avance de uno de los próximos éxitos marvelianos, sólo tenéis que quedaros en la sala hasta el final de los títulos de crédito. ¡Estáis advertidos!.



Luis Campoy



Lo mejor: los 15 minutos finales, super espectaculares


Lo peor: que los guionistas no logren mantener el nivel intelectual del primer "Iron Man"


El cruce: "Iron Man" + "Transformers" + "Danko, calor rojo"


Calificación: 7 (sobre 10)