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martes, 13 de abril de 2010

Un domingo de boda

Henchido todavía de satisfacción por la victoria del Barça ante el rival por antonomasia, el domingo me puse de tiros largos para asistir a una boda. Dicen las malas lenguas que he cogido algunos kilitos, y, lo que es peor, la pérfida báscula les apoya, pero tiene su mérito que todavía pueda ponerme los trajes que me ponía hace trece años, cuando mis primaveras aún se contaban por treintenas. Trajeado y encorbatado, llegué a la Iglesia del Carmen antes que el novio, y, obviamente, antes que la novia, que, como mandan los cánones, se hizo de rogar. Claro que en ningún momento flaqueó nuestra convicción de que acabaría llegando, cosa que hizo, y dio comienzo una ceremonia guiada por la coloquialidad del sacerdote, a quien no le escuché ninguna consigna política, algo sumamente raro en estos tiempos. Mis amigos contrayentes cometieron los habituales pequeños y risibles errores en la pronunciación de los votos, uno de los anillos no apareció y tuvieron que aportarlo los padrinos y, a los sones de un guitarrista que lo mismo tocaba el "Ave Maria" de Schubert que "Entre dos aguas" de Paco de Lucía, discurrió la ceremonia sin mayores contratiempos. "Silvestre, pero ¿qué has hecho?", me preguntaba yo desde mi dolorida alma de se-separado, pero le veía tan feliz junto a su Fina que finalmente aposté interiormente por su dicha eterna. Dos mil fotos después de darse el "Sí, quiero", los ya esposos entraron en el lujoso salón de celebraciones del Hotel Jardines de Lorca a los sones cinematográficos de "La Misión" de Ennio Morricone (mi recomendación había sido la marcha final de “La Guerra de las Galaxias”, que habría quedado más briosa, pero el oboe de Morricone tampoco resultó mal). Previamente, bajo un sol de justicia, habíamos hecho justicia gastronómica a los canapés y los dátiles con bacon, con los que nos habíamos llenado más de lo debido. Debido a ello, me temo que algunos de nuestros platos conservaron parte de las exquisitas viandas que los poblaban, aunque, éso sí, el delicioso sorbete de mojito desapareció en un santiamén. Mis compañeros de mesa parecían una cumbre de las Naciones Unidas, con dos ecuatorianos, una argentina, una mexicana y seis españoles, unidos todos ellos por un nexo maravilloso llamado lengua castellana. Tras la comida, la bebida, los postres y el café, el fotógrafo nos regaló una divertida presentación en video sobre los destinos confluyentes de los desposados, y un disc jockey pelirrojo puso música a la tarde. En contra de lo que solía suceder en tiempos pretéritos, los novios no bailaron "El Danubio azul" sino ¿adivinan? "La Misión", y luego nos deleitaron con su dominio de los bailes andaluces. También fueron agasajados por algunos integrantes de los Coros y Danzas de Lorca, mientras se abría la barra libre y comenzaba a correr el licor. Para mí, no obstante, la carrera etílica fue más bien corta, y no eran aún las siete cuando ya estábamos de regreso, disfrutando el cálido solecito del atardecer en las Alamedas lorquinas. Detrás nuestro, un hombre que se había reservado para la Mujer Ideal estaba seguro de haberla encontrado, y a partir de entonces ya podría estrecharla para siempre entre sus brazos.

1 comentario :

SILVESTRE dijo...

Luís:

Me he emocionado mucho leyendo tu crónica de mi boda. Es fantástica.

Me alegra que lo pasaras bien. Deseamos Fina y yo que pronto nos hagáis una visita en casa.

Un abrazo.