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sábado, 27 de febrero de 2010

Cine actualidad/ "PERCY JACKSON Y EL LADRÓN DEL RAYO"


Mitología para todos

Confieso que me hubiera gustado tener 15 años para disfrutar plenamente una película como "Percy Jackson y el Ladrón del Rayo". Un mes antes de que se estrene el esperado remake de "Furia de Titanes" que ahora protagoniza Sam "Avatar" Worthington, nos llega primero este film juvenil, realizado por Chris Columbus, que tiene inequívocas coincidencias con aquélla y que, de hecho, podríamos considerar poco menos que como una versión "light" para adolescentes. Percy (adaptación anglófila de Perseo) es, sin saberlo, nada menos que un semidios, ya que su padre, que le abandonó siendo niño, era el dios acuático Poseidón. Ahora, en plena pubertad, se verá en la obligación de recuperar uno de los rayos robados a Zeus, su tío, para lo cual contará con la ayuda de un entrenador muy especial (un centauro) y dos compañeros de armas (un sátiro y la hija de la diosa Atenea) tan aguerridos como él... Chris Columbus, por si alguien no lo sabe, comenzó como guionista en los 80 y escribió el libreto de "Gremlins", tras lo cual dio el salto a la dirección y, más recientemente, fue el realizador de las dos primeras entregas de la saga de Harry Potter. El espíritu del joven mago de Hogwarts sobrevuela permanentemente sobre este film simpático, ameno y familiar, en el que también aparece una especie de campo de adiestramiento, donde también son tres los jóvenes protagonistas principales y en el que el héroe debe afrontar una serie de pruebas para alcanzar un destino al que no puede resistirse. Como dije antes, quienes aún recuerdan la "Furia de Titanes" original protagonizada por Harry Hamlin y Laurence Olivier y con imaginativos trucajes del legendario Ray Harryhausen, se darán cuenta de que "Percy Jackson y el Ladrón del Rayo" cuenta más o menos la misma historia y de que en ella aparecen los mismos personajes (Poseidón, Zeus, Hades, Medusa, Atenea, Caronte…). La diferencia, claro está, son los impresionantes efectos especiales, menos entrañables pero más vistosos y creíbles que hace 30 años, los cuales contribuyen a hacer muy apetecible el film a niños pequeños y grandes de cualquier edad, hayan leído o no los libros de Rick Riordan que constituyen el origen literario de la criatura. Para mí, no obstante, lo mejor fue el reencuentro con famosos actores con ganas de pasárselo bien y que se desinhiben haciendo de personajes más o menos mitológicos. Así, tenemos a Pierce Brosnan (James Bond) en la piel de un centauro, a Uma Thurman (“Kill Bill”) encarnando a Medusa, a Steve Coogan (“La vuelta al mundo en 80 días”) como el villano Hades, a Sean Bean (Boromir en “El Señor de los Anillos”) recreando a Zeus o a Joe Pantoliano (el traidor de “Matrix”) incorporando al padrastro maltratador de Percy. Los tres adolescentes encargados de dar vida al trío protagonista se llaman Logan Lerman, Alexandra Daddario y Brandon T. Jackson, y estoy seguro de que, si yo hubiese tenido 15 años cuando ví esta película, me lo hubiese pasado en grande luchando a su lado.

Luis Campoy

Lo mejor: los efectos especiales, la música de Christophe Beck, las apariciones de Uma Thurman y Pierce Brosnan
Lo peor: que se haya estrenado apenas un mes antes de la nueva “Furia de Titanes”
El cruce: “Harry Potter y la Cámara Secreta” + “Furia de Titanes”
Calificación: 7 (sobre 10)

jueves, 25 de febrero de 2010

Cine actualidad/ "LA CARRETERA"


La vida NO es bella

La mayoría de las visiones del futuro que nuestros escritores y cineastas nos proporcionan son de un marcado tono pesimista. ¿Por qué será...? "La carretera" se basa en la celebrada novela homónima de Cormack McCarthy, conocido por haber sido también el "padre" del relato en el que se basó el no menos aclamado film de los Hermanos Coen "No es país para viejos". La acción se sitúa en el año 2029 (mira, parece que se equivocaron los mayas que anunciaban el Fin del Mundo para el 2012). Todo el planeta está arrasado, la Humanidad es poco menos que un recuerdo y los pocos hombres y mujeres que siguen vivos se dividen, a los ojos del niño protagonista, en "buenos" y "malos". Los "buenos", como él mismo y su padre, aspiran poco más que a sobrevivir un día más, primero siguiendo la desolada carretera y más adelante tratando de alejarse de ella para llegar al mar, mientras hordas de hombres "malos" se dedican al pillaje más cruel y sanguinario. ¿Merece la pena la existencia en un panorama así...? ¿Cuánto tiempo puede una buena persona seguir siendo persona y seguir siendo decente en un entorno tan apocalíptico...? Estos son algunos de los dilemas que novela y film plantean. El director de este último, John Hillcoat, realiza un trabajo encomiable, apoyado en la extraordinaria fotografía del español Javier Aguirresarobe. Poner en imágenes un libro como "The Road" (algo así como el reverso tenebroso de la recordada “La vida es bella”) entrañaba no pocos riesgos, porque prácticamente sólo aparecen dos actores protagonistas a lo largo del metraje y porque podía caerse fácilmente en un pesimismo de lo más desolador. Pero Hillcoat ha tenido la fortuna de contar con un actor excepcional, Viggo Mortensen, que no duda en entregarse en cuerpo y alma a su personaje, un padre que se debate entre el necesario ejercicio de la violencia que le permita la protección de su hijo y una no menos vital apología de la humanidad como último reducto de la esperanza. Mortensen compone a la perfección un rol tan físico como emotivo, sucio, afeado y embrutecido por exigencias del guión; ¿cuándo obtendrá un Oscar este hombre? Le acompaña un jovencito llamado Kodi Smit-McPhee, que tiene que dar credibilidad a un adolescente cuya virginidad sexual se refleja también en una inocencia que la brutalidad aún no ha desflorado, que busca la bondad en todas las personas y que conserva en su corazón la Fe imperecedera en que no será necesario utilizar en sí mismo la última bala que le queda al revólver que su padre le obliga a llevar consigo. Indudablemente, este chaval también ha sido elegido por su gran parecido físico con Charlize Theron, quien interpreta en varios flashbacks a su madre, la cual eligió el suicidio antes que vivir una existencia trashumante y peligrosa. Otros actores que aparecen son el veteranísimo Robert Duvall y el australiano Guy Pearce, todos ellos tratando de sacar partido a sus pequeños papeles que apenas sirven para contrapuntear la extraordinaria actuación de Mortensen y su imberbe acompañante. En medio de un panorama desolador, en un apocalipsis alienante en el que los sueños y los nombres ya no importan (los protagonistas tan sólo se llaman "Padre", "Chico", "Viejo"...), lo único que uno puede y debe hacer es preservar la vida, seguir hacia delante sin detenerse y, quienes todavía tienen memoria, aferrarse al balsámico recuerdo de un pasado reciente en el que para subsistir no había que debatirse entre matar o morir.

Luis Campoy

Lo mejor: la fotografía, Viggo Mortensen
Lo peor: a veces se hace un poco tediosa y repetitiva, cosa que, por otra parte, era inevitable
El cruce: “Mad Max, salvajes de autopista” + “La vida es bella”
Calificación: 8,5 (sobre 10)

miércoles, 24 de febrero de 2010

Cine actualidad/ "PRECIOUS"


Hiperbólica Cenicienta afroamericana

Está nominada a los Oscar y es cierto que es una película dura y difícil, pero también un relato de superación de ésos que tanto gustan a los Académicos hollywoodienses. "Precious" es la historia de una muchacha negra de 16 años que sufre obesidad mórbida, a la que su padre violaba sistemáticamente, que parió una hija de ese mal nacido y ahora está embarazada de su segundo hermanastro, además de padecer recuentes vejaciones psíquicas y físicas por parte de su madre. Todo un poema. Una existencia terrible, la obligada supervivencia de un alma cándida en una jungla infernal. El director de "Precious" es un tal Lee Daniels, que adapta con imaginación, demasiada imaginación, la novela “Push” Ramona Lofton, alias Sapphire. Lo de "demasiada imaginación" lo digo por las secuencias oníricas que expresan el modo en que la desdichada Precious se evade de su horrible existencia, imaginando realidades alternativas en las que se siente un poco menos infeliz. Para mí, "Precious" es DEMASIADO: demasiado cruda, demasiado sórdida, demasiado brutal en su reflejo del maltrato infantil y juvenil, demasiado obscena en la transcripción de los diálogos, demasiado poética en la recreación de los "sueños curativos" de la protagonista e incluso demasiado optimista en el desenlace. Pero no seré yo quien diga que se trata de una mala película. No lo es; está bien filmada, con una creativa fotografía de interiores y un tratamiento cromático imaginativo, y, sobre todo, cuenta con una interpretación sobresaliente a cargo de una actriz semidesconocida llamada Mo'Nique, que da vida de modo insuperable a la terrible madre de la heroína, algo así como la maquiavélica bruja de este extraño e hiperbólico cuento de hadas. Gabourey Sidibe, que incorpora a la protagonista, se luce bastante menos, perjudicada por su eterna mirada de ojos entornados y, sobre todo, por el insípido doblaje que se le realiza en la versión española. La cantante Mariah Carey también pasaba por allí, no se sabe si afeada a propósito o simplemente sin el glamour que aporta el maquillaje, así como un casi irreconocible Lenny Kravitz, y la ascendente Paula Patton encarna a la dulce profesora que intenta escolarizar a Precious y otro selecto grupo de mozalbetes con problemas de adaptación. El film me hubiera dejado bastante mejor sabor de boca (dicho ésto con todas las reservas del mundo, dado su angustioso argumento) si hubiese acabado veinte minutos antes de lo que acaba, pero ya se sabe que estos americanos gustan demasiado de los finales felices o, al menos, de dejarlo todo atado y bien atado.

Luis Campoy

Lo mejor: el color, el descubrimiento de la gran (en todos los sentidos) Mo'Nique
Lo peor: las reiterativas escenas oníricas, el doblaje de Gabourey Sidibe, los largos y poco creíbles 20 últimos minutos, el feísimo póster
El cruce: "Olver Twist" + "El color púrpura"
Calificación: 8 (sobre 10)

martes, 23 de febrero de 2010

Cine actualidad/ "SHUTTER ISLAND"

Viaje tormentoso al fondo de la mente




Leonardo DiCaprio ha pasado de ser el héroe del Titanic al fetiche del gran Martin Scorsese. Esto es una realidad, mal que les pese a muchos. El rubio actor se pone nuevamente a las órdenes del director italoamericano para la adaptación de una novela de Dennis Lehane, autor de "Mystic River", que hace unos años sirvió de base al exitoso film de Clint Eastwood. "Shutter Island" es el nombre de una isla azotada por las mareas y los temporales en la que existe un manicomio que aloja a varios pacientes maníaco depresivos, algunos con tendencias homicidas. De tan inhóspito lugar se ha fugado una enferma, y dos agentes judiciales (DiCaprio y Mark Ruffalo) acuden para investigar la desaparición e interrogar a los médicos a cargo de la institución (Ben Kingsley y Max Von Sydow). Poco a poco iremos conociendo los traumáticos antecedentes del personaje de DiCaprio, veterano de la II Guerra Mundial que participó en la liberación del Campo de Concentración nazi de Dachau y cuya esposa falleció en dramáticas circunstancias nunca aclaradas, y el ambiente opresivo de la isla tendrá en él una repercusión inesperada... Es evidente que Martin Scorsese, quien con "Infiltrados" (también protagonizada por Leonardo DiCaprio) obtuvo finalmente el reconocimiento de la Academia de Hollywood, tras décadas realizando enormes películas (“Taxi Driver”, “Malas calles”, “Uno de los nuestros”…) las cuales, sin embargo, no le habían deparado el Oscar, pretende ahora fabricar un producto que contente por igual a los críticos y a los espectadores. Para ello, y dado que el registro en que se mueve la acción guarda no pocas concomitancias con su recordada "El cabo del miedo", recupera buena parte de los rasgos estilísticos de aquel film con Robert DeNiro (música impactante, atmósfera cada vez más asfixiante, utilización de los fenómenos naturales como metáfora de la agitación interior). El resultado no puede ser malo, o, al menos, no malo del todo. Hay que tener en cuenta que Martin Scorsese es un ilustre veterano que no sólo dirige sino que, sobre todo, es famoso por sus vastos conocimientos sobre el Séptimo Arte, por lo que suele dar en la diana de los gustos del público y además sabe dotar a sus obras de un acabado irreprochable. "Shutter Island" no iba a ser la excepción. Todos los aspectos técnicos (fotografía, montaje, diseño de producción) tienen a su cargo a los mejores especialistas en sus campos, pilotos de un viaje en el que el espectador tiene que identificarse plenamente con el protagonista, sufrir su dolor, sentir su miedo, vivir sus alucinaciones como reales y dudar de su percepción como si de una pesadilla se tratase. El guión, no obstante, peca de efectista y oscila entre lo policíaco y lo paranormal, hasta llegar a un final que pretende rizar el rizo y desorientar al respetable con un desenlace tan complejo como pillado por los pelos, que me consta que mucha gente no logra asimilar; el ya clásico "Nada es lo que parece"... sólo que elevado al cubo. Efectismos aparte, el film se deja ver bastante bien, se pasa miedo en muchas secuencias y la verdad es que es fácil cogerle cariño al héroe doliente encarnado por Leonardo DiCaprio, un hombre superado por las circunstancias que comprobará por sí mismo cuán fina es la delgada línea que separa la cordura de la locura.



Luis Campoy



Lo mejor: la selección musical a cargo de Robbie Robertson, la fotografía de Robert Richardson


Lo peor: el rocambolesco desenlace, el nazi interpretado por Max Von Sydow


El cruce: "Alguien voló sobre el nido del cuco" + "El cabo del miedo" + "Análisis final" + "El corazón del Angel"


Calificación: 8,75 (sobre 10)

viernes, 19 de febrero de 2010

Cine actualidad/ "UP IN THE AIR"


La soledad del eterno viajero




Hay algunas películas que se disfrutan mientras se las está viendo y luego se olvidan rápidamente en cuanto se encienden las luces… y otras que sólo empiezan a valorarse en su justa medida conforme van pasando las horas tras su visualización. "Up in the air" pertenece, rotundamente, a esta segunda categoría. Su director, Jason Reitman, es hijo de aquel Ivan Reitman que se hinchó a ganar dólares en los 70 y 80 con sus comedietas llenas de sal gruesa y humor chabacano en las que solía aparecer, ya fuese como protagonista o como secundario, su compinche Bill Murray (lo único “potable” de Ivan fue "Los Cazafantasmas", aunque su éxito yo lo atribuyo más a su guionista y co-protagonista, Harold Ramis). En los dos únicos films del joven Jason que he podido ver, "Juno" y el que ahora os comento, me resulta evidente que el hijo ha pasado por encima el padre... como una apisonadora. Dejando aparte la justa indignación que me inspira el hecho de que una película extranjera se estrene en nuestro país sin traducir su título original (¿acaso es mejor “Up in the air” que “Arriba en el aire” o “En el aire”, o “Volando”, o algo parecido?), tengo que decir Jason Reitman ha firmado la que es para mí una de las mejores comedias de los últimos años, en las antípodas del humor grosero y brutal de la reciente "Resacón en las Vegas" (a la que, por otra parte, no le discuto su buena factura y dos o tres gags hilarantes). En este sentido, podríamos decir que Todd Phillips con "Resacón..." actualizó el estilo de Ivan Reitman, mientras que Jason se decanta por un formalismo elegante y clásico que recuerda al mejor Blake Edwards o incluso a Preston Sturges. "Up in the air" nos cuenta la existencia rutinaria de un ejecutivo de Recursos Humanos que se pasa la vida volando de aquí para allá, de norte a sur y de este a oeste de los Estados Unidos, con la desagradable pero necesaria misión de despedir a aquellos empleados que no han sabido adaptarse a los cambios obrados en sus empresas o que, simplemente, han dejado de ser imprescindibles. George Clooney da vida a este personaje, que podía haber resultado antipático o inhumano pero que el canoso actor lo convierte en un exquisito compañero de viaje, del que se pueden aprender tantas cosas positivas que se le perdona todo lo malo. Clooney compone con sobriedad y encanto un lúcido retrato de un hombre que vive por y para su trabajo, un trabajo que priva de trabajo a otros hombres y mujeres, quienes, no obstante, pueden refugiarse de sus traumas laborales en su familia y sus amigos, cosas ambas de las que nuestro protagonista carece. En uno de sus viajes conocerá a una bella mujer con la que llegará a mantener una relación periódica, pero ocurre que, a ciertas alturas de la vida, lo “normal” es haber alcanzado la estabilidad… y lo demás, son fantasías y juegos de simulación.



Los primeros diez minutos de “Up in the air” son un prodigio de narración cinematográfica, donde la fotografía, la música, el guión, la interpretación de George Clooney y, sobre todo, un montaje simplemente extraordinario, te dejan con la boca abierta. A medida que avanzan los minutos, no para uno de sorprenderse ante la madurez narrativa de Jason Reitman, que ilustra con maestría un libreto perfectamente construído que tamiza los momentos dramáticos bajo un filtro de humor que permite que podamos distanciarnos en seguida, sólo para volver a conmovernos un ratito después, aunque nuevamente surgirá la ocasión de sonreir. La química entre Clooney y la deliciosa Vera Farmiga (vista en "Infiltrados" y "El niño con el pijama de rayas" y, por cierto, cada vez más parecida a la española Ana Otero) es otro de los alicientes del film, en el que también actúan Anna Kendrick, Jason Bateman, J.K. Simmons (estos dos ya aparecían en "Juno") y la revelación de "Resacón en Las Vegas", Zach Galifianakis. Hacia el final del film, no obstante, Jason Reitman tiene la oportunidad de rematar la jugada con un desenlace que me hubiera parecido soberbio (el protagonista acaba de llevarse una monumental decepción y la cámara se aleja, revelándole solo en su habitación del hotel mientras la nieva cae), pero prefiere ser un poco más convencional y alarga la historia durante diez minutos innecesarios que perfectamente podía habernos ahorrado. En cualquier caso, "Up in the air" constituye una gratificante sorpresa y, para mí, es una clarísima favorita para los Oscars más importantes.



Luis Campoy



Lo mejor: La realización, el montaje, George Clooney, Vera Farmiga y la aparición de J.K. Simmons (su papel apenas tiene un minuto en pantalla, pero da un auténtica lección de interpretación)


Lo peor: los diez últimos minutos, innecesarios, un pequeño borrón que podía haberse evitado


El cruce: "El turista accidental" + "Atrapado en el tiempo"


Calificación: 9 (sobre 10)

jueves, 18 de febrero de 2010

Las películas de mi vida/ "SER O NO SER"

Una comedia inteligente y magistral




Polonia, 1939. Como preámbulo de una invasión que todavía no se ha producido pero se intuye inminente, Adolf Hitler se pasea por las calles de Varsovia. Afortunadamente, tan apocalíptica imagen pertenece a un montaje teatral que satiriza al III Reich y que enseguida será prohibido por la Censura polaca... El primer actor de la compañía, Joseph Tura (Jack Benny), se ve obligado a "conformarse" con encarnar a Hamlet en la obra homónima de William Shakespeare, la cual sueña con interpretar algún día en la propia Inglaterra. Su joven esposa y primera actriz, Maria Tura (Carole Lombard), aprovecha el famoso monólogo "Ser o no ser... he aquí el problema..." para citarse con su joven admirador, el Teniente Sobinski (Robert Stack), sabedora de que ni siquiera su celoso marido abandonaría la escena para sorprenderla en tan comprometedora situación. Pero las pequeñas historias personales carecen de importancia cuando, esta vez sí, los tanques alemanes invaden Polonia, y Sobinski y otros militares huyen a Inglaterra, desde donde se organiza y coordina la resistencia a nivel europeo. Es allí donde un supuesto patriota polaco, el Profesor Siletsky (Stanley Ridges), se ofrece a llevar cartas tranquilizadoras a los familiares de todos los aviadores, que, ingenuamente, le confían las direcciones de sus seres queridos. También Sobinski cae inicialmente en la trampa, pero enseguida se da cuenta de la pantomima cuando le pide que le haga llegar un mensaje a su amada Maria Tura, a la sazón la más famosa actriz de Polonia, y Siletsky demuestra no conocerla. El Alto Mando de la RAF encomienda al joven teniente la misión de viajar a Varsovia y neutralizar a Siletsky antes de que entregue la lista de los miembros de la Resistencia al Coronel Erhardt (Sig Ruman), jefe de las fuerzas de ocupación nazis. Por su parte, movido por la curiosidad, Siletsky manda que le lleven a Maria Tura a su hotel, y allí le propone que ejerza de espía para el III Reich. Desesperada, la joven logra pedir auxilio a sus amigos de la Compañía teatral, que se disfrazan de nazis utilizando los uniformes que iban a emplear en la obra clausurada. Siletsky cae inicialmente en la trampa y se deja conducir a un Teatro camuflado como Cuartel General de la Gestapo, pero los exagerados celos de Tura, que tenía que hacerse pasar por el Coronel Erhardt, alertan al Profesor, quien, no obstante, logra huir, sólo para ser abatido entre las bambalinas por Sobinski. Pero Siletsky está citado con el verdadero Erhardt y debe asistir a ese encuentro, por lo que Tura tiene que disfrazarse, ahora, de Siletsky, y de la credibilidad de su interpretación dependerá el futuro de toda la Resistencia...

La primera vez que ví la maravillosa "Ser o no ser" fue en mi Alicante natal, allá por 1981, concretamente en los llorados minicines Astoria. Se trataba de un ciclo en el que se recuperaban algunos títulos fundamentales de la historia del Séptimo Arte, y la característica primordial era que algunas de estas obras se exhibían en versión original con subtítulos en castellano. Debo admitir que la primera impresión que me causó "To be or not to be" nunca ha sido igualada por ninguna visualización posterior, ¡y éso que la he vuelto a ver más de cuatro y más de cinco veces...! Maltratada por la ridícula censura franquista, como tantas otras películas de contenido antifascista o simplemente antibelicista, esta obra maestra del director de origen alemán Ernst Lubitsch (1892-1947), autor también de “Ninotchka”, “El Diablo dijo no” o “El bazar de las sorpresas”, lucía en aquellos años 80 mejor que nunca, y su habilidoso guión me sorprendió por su perfecto equilibrio. Uno de los mayores fallos en los que caen los films que intentan combinar varios géneros (comedia y aventura, humor y terror, etc.) es la casi inevitable descompensación, la imposibilidad de cocinar un guiso en el que todos los ingredientes tengan las proporciones justas. Lo de "Ser o no ser" es una filigrana de alta cocina, un prodigio raras veces igualado en el que el drama y la comedia, el cine bélico y la sátira política están primorosamente equilibrados y resultan, alternativamente, divertidos, conmovedores, desasosegantes y, nueva y demoledoramente, hilarantes, pero, éso sí, siempre, siempre, entretenidos.

El genial Jack Benny (1894-1974) hizo aquí el papel de su vida; nunca antes y nunca después alcanzó cotas tan altas como en esta oportunidad. Carole Lombard (1908-1942), casi recién casada con el famosísimo Clark Gable, ni siquiera pudo ver el estreno de la que sería considerada su mejor película, pues pereció en un fatal accidente de aviación cuando regresaba de un acto para vender bonos de guerra. Sig Ruman (1884-1967), habitual secundario cómico en algunos films de los Hermanos Marx, le da el punto justo a su pérfido pero campechano Coronel Erhardt, y un jovencísimo Robert Stack (1919-2003), el Eliot Ness televisivo de "Los intocables" y, mucho después, secundario de lujo en "Aterriza como puedas", dota de gallardía e idealismo a su enamorado Teniente Sobinski. Son tantos los magistrales hallazgos y los momentos inolvidables que jalonan "Ser o no ser" que sería imposible reflejarlos todos.

Como dije antes, pocas veces se ha conseguido aunar tan bien lo dramático con lo cómico; lo que al principio es un chiste fácil a costa de los nombres de los comercios polacos adquiere un nuevo sentido, lírico y terrible, cuando se los vuelve a mostrar, derruídos, tras la invasión germana. La crítica despiadada pero sutil acerca de Hitler ("Un hombrecillo con bigote" cuyo nombre apenas servirá para bautizar a un queso), el nazismo (todo se soluciona alzando la mano y vociferando “Heil Hitler!”; el Coronel Erhardt, a quien los Aliados apodan "Campo de Concentración", se mofa: "Nosotros ponemos el campo, y los polacos se concentran”) y la estúpida sumisión inherente a los regímenes totalitarios (en el epílogo, el falso Hitler ordena a los pilotos del avión alemán que salten al vacío, y éstos obedecen sin rechistar… y sin paracaídas) tuvo el valor y el mérito de exhibirse en los cines norteamericanos casi simultáneamente a los sucesos narrados, en plena II Guerra Mundial y pocos días después del ataque japonés a Pearl Harbor. Yo espero sinceramente que los pequeños hándicaps que un espectador común y corriente pudiese tener que afrontar a la hora de ver esta película (es en blanco y negro y las copias que circulan dobladas al español adolecen de un sonido que deja bastante que desear) no os impidan disfrutarla como lo que es: tal y como dije anteriormente, nada más y nada menos que una OBRA MAESTRA absoluta, la segunda película a la que puntúo con un 10.



Luis Campoy



Lo mejor: el guión, la dirección de actores, Jack Benny, Carole Lombard, la increíble habilidad de Ernst Lubitsch para narrar en una comedia un drama brutal como la guerra


Lo peor: el lamentable sonido de las copias dobladas al español


Calificación: 10 (sobre 10)




(Nota:  este artículo, resumido, se entregó ayer a los espectadores que acudieron a ver la película en su exhibición por el CineClub PARADISO en el Teatro Guerra de Lorca)


miércoles, 17 de febrero de 2010

Cine actualidad/ "EL HOMBRE LOBO"






Aullidos en la campiña inglesa



Para mejor afrontar esta nueva aproximación al mito del Licántropo, hace unos días volví a ver la entrañable "Un hombre lobo americano en Londres" de John Landis, una de esas pocas películas que supieron combinar a la perfección el terror y el humor, el drama y la comedia. Naturalmente, yo intuía que en "El Hombre Lobo", remake del clásico de Lon Chaney que ahora protagoniza el puertorriqueño Benicio del Toro, no iba a encontrar demasiados motivos para la carcajada, pero, mira por dónde, donde menos te lo esperas, surge la sorpresa. A diferencia del ya clásico film de Landis, el moderno hombre lobo ya no viste vaqueros y camiseta sino que se enfunda ropajes victorianos, pues la acción se traslada a una época pretérita en la que un célebre actor shakesperiano, Lawrence Talbot (Del Toro) regresa al cottage familiar para atender la llamada de su cuñada (Emily Blunt), que le revela que su hermano, con quien iba a casarse en breve, ha fallecido en circunstancias más bien violentas. Una vez en la enorme pero algo tétrica Talbot Hall, el protagonista se reencuentra con su padre (Anthony Hopkins), y entre los recelos de éste y las supersticiones de los gitanos de un campamento próximo, se verá sumido en una espiral de horror de la que ya no podrá salir...



Lo que más llama la atención de "El Hombre Lobo" es su apariencia formal, británica y clásica a más no poder, algo insólito tratándose de un director norteamericano como Joe Johnston. Claro que Johnston, director de "Jumanji" y "Parque Jurásico 3", se limita a utilizar la forma para orquestar un despliegue técnico bastante aparente en los campos del diseño de producción y el vestuario, pero parece que se le da mucho peor la dirección de actores. ¿No se dio cuenta de que Benicio del Toro se limita a poner cara de estreñido, y que Anthony Hopkins, con esos ojillos de bueno que tiene, difícilmente resulta creíble como diabólico patriarca de Villalobos? Hopkins compuso un villano con el que pasará a la historia, el doctor Hannibal Lecter de "El Silencio de los Corderos", pero, para hacer pasar por siniestro a un hombre con la cachaza y la campechanía del actor galés, hay que ser mucho mejor director de lo que Joe Johnston puede llegar a ser. Con todo, hay en "El Hombre Lobo" muchos alicientes para que a un aficionado al género terrorífico se le pongan los colmillos largos. De hecho, gracias a la espléndida fotografía, el magnífico sonido y la voluptuosa partitura de Danny Elfman, el film te atrapa durante gran parte del metraje, con secuencias tan dignamente resueltas como la del ataque nocturno en el campamento gitano, pero ¡ay!, llega el final y, cuando uno piensa que el buen sabor de boca le va a durar hasta que se enciendan las luces, Johnston nos regala una irrisoria e hilarante pelea que cuesta creer que Hopkins y Del Toro se prestasen a rodar; se vé que ambos estaban necesitados de dólares contantes y sonantes... Lo cierto es que, cuando en una película que pretendía ser "seria" y "dramática", sus responsables pretenden convencernos de que un viejo y su hijo cuarentón se metamorfosean en lobos feroces hiperpeludos y vociferantes que se reparten hostias a tutiplén, lo que consiguen es que el espectador sonría para sus adentros (cuando no se ría carcajadas), indigno colofón para un producto que parecía aspirar a algo más. Ah, los efectos de maquillaje vuelve a realizarlos el veteranísimo e incombustible Rick Baker, autor de los de "Aullidos" y la citada "Un hombre lobo americano en Londres", pero, al menos en mi opinión, ni siquiera los avances tecnológicos ni los retoques cibernéticos logran mejorar los legendarios resultados de aquellas películas que sí consiguieron dejarnos con la boca abierta.



Luis Campoy



Lo mejor: la música de Danny Elfman, la ambientación y el sonido


Lo peor: la ridícula lucha final entre los dos licántropos


El cruce: "El Hombre Lobo" (Lon Chaney) + "Un hombre lobo americano en Londres" + “Sleepy Hollow”


Calificación: 6,5 (sobre 10)

martes, 16 de febrero de 2010

Los Goya más vistos

El domingo se entregaron los Premios Goya, y ayer se conoció que la gala que retransmitió Televisión Española obtuvo la mayor audiencia de la Historia de estos galardones. Yo no pude disfrutarla en su totalidad (un evento deportivo que se celebraba a la misma hora me lo impidió), pero creo que ví lo suficiente como para poder enjuiciarla. Las altas cifras de aceptación del último cine español (traducidas en los excelentes taquillajes cosechados desde finales del año pasado) ya apuntaban a que el público estaba volviendo a interesarse seriamente por nuestra cinematografía, tanto a nivel de películas propiamente dichas como del show-business en general. Los ojos de todos estuvieron más fijos que nunca en la alfombra verde (para distinguirla de la roja de los Oscar) por la que desfilaron un montón de actores y actrices, directores, productores y técnicos, muchos desconocidos, algunos cada día más reconocibles y sólo unos pocos con status equivalente al de las estrellas de procedencia yanqui. Los más buscados, cómo no, Javier Bardem y Penélope Cruz, que por fin se dejaron ver juntos, y los tan codiciados como reticentes José Luis Garci y Pedro Almodóvar, cuya presencia en la gala era una de las prioridades del nuevo director de la Academia del Cine, Alex de la Iglesia. También se especulaba con la asistencia o no de Antonio Mercero, enfermo de alzheimer y que iba a recibir un premio honorífico. El resultado fue que Garci no acudió, Mercero estuvo tan sólo en una pantalla en la que se proyectó el momento en que De la Iglesia le llevó el Goya a su casa, y Almodóvar... Almodóvar fue la sorpresa y la revolución de la noche. Con su comparecencia para dar entrega del premio a la Mejor Película (aparición estelar que, en los Oscar, siempre suele reservarse a los más grandes, como Steven Spielberg, Harrison Ford o Clint Eastwood), el manchego firmó el armisticio con la Academia, aun a pesar de que, nuevamente, su última obra "Los abrazos rotos", partía con muy pocas posibilidades. El balance final de los Goya 2009 (ésos que se entregan en el 2010) se ajustó muy mucho al programa previsto, y los pronósticos se cumplieron. "Celda 211", que era mi favorita a juzgar por el poco peso de la citada "Los abrazos rotos" se llevó 8 "cabezones", incluyendo Mejor Película, Director (Daniel Monzón), Actor Revelación (Alberto Ammán) y, obviamente, Mejor Actor. Si cuando Javier Bardem abrió el sobre no llega a decir "Luis Tosar", posiblemente se hubiera rasgado el cielo y un rayo hubiera fulminado a los sacrílegos académicos. Por fortuna, el favorito se convirtió en triunfador, y hasta Javier Bardem se permitió parodiar al carismático "Malamadre", para delirio del público congregado en el Palacio de Congresos. "Agora", de Alejandro Amenábar, se acabó llevando de calle todos los premios técnicos (7 en total), cosa que veo muy justa, porque es exactamente ahí donde se encuentran los mayores alicientes de esta formalmente bella pero más bien soporífera película.

Lola Dueñas fue la mejor actriz, y tuvo un entrañable gesto con su compañero de reparto en "Yo también", el actor aquejado de síndrome de down Pablo Pineda. Espectaculares las presencias de Ana Belén (qué cuerpazo conserva esta mujer) y la mayoría de los integrantes del clan Guillén-Cuervo (estuvieron los dos Fernandos, padre e hijo, y la televisiva Cayetana, y sólo faltó la matriarca, Gemma). Divertido el gag a cargo de Andreu Buenafuente (correcto presentador de la Ceremonia, que gozó de un ritmo casi trepidante, razón por la cual los parlamentos de los presentadores parecían telegramas, tan breves como poco inspirados) a costa de la ininteligibilidad de los diálogos de algunas películas argentinas (como algunos de “El secreto de sus ojos”, que fue elegida Mejor Película Hispanoamericana), entrañable el "momento Mercero" y muy celebradas las entradas de Rosa María Sardá (una de las mejores maestras de ceremonia de la historia de los Goya) y el gran Santiago Segura, que hizo un chiste divertidísimo sobre el "Mejor Montaje", aludiendo a los bochornosos encuentros y desencuentros de Belén Esteban y María José Campanario. El broche de oro, como también la sorpresa y el bombazo, lo constituyó la aparición de un Pedro Almodóvar bastante simpático y casi juvenil, lo cual esperemos haga recapacitar al señor Garci, el otro hijo pródigo que estoy seguro de que un día no muy lejano acabará retornando al hogar.

domingo, 14 de febrero de 2010

Mi película favorita/ "CASABLANCA"

Simplemente...  una Obra Maestra



Norte de Africa, Diciembre de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. Francia ha sido derrotada por los alemanes y el nuevo Jefe del Estado, el Mariscal Petain, se ha vendido al invasor y ha establecido su Gobierno colaboracionista en la pequeña localidad de Vichy. Muchos fugitivos, no sólo franceses, sino de toda la Europa ocupada, intentan desesperadamente volar a Norteamérica huyendo de la locura del nazismo. Sin embargo, para llegar al Nuevo Mundo había que realizar una tortuosa ruta hacia la ciudad de Casablanca, en el Marruecos francés, que era desde donde despegaban los aviones con destino a Lisboa, la antesala de la Libertad. Unos pocos afortunados lograban obtener un visado que les permitiría acceder a cualquiera de los vuelos que partían hacia la salvación; los otros, mientras trataban de hacerse con los ansiados documentos, esperaban en Casablanca… esperaban… esperabanesperaban… Sin duda, el local donde hacer más llevadera la larga espera era el famoso Rick’s Café Americain, donde tenían lugar las mejores atracciones musicales, donde más tranquilo se jugaba y donde, de paso, se fraguaban todo tipo de negocios y trapicheos ante la impasividad del corrupto Capitán de Policía Louis Renault (Claude Rains), quien todo lo consentía con tal de que se le dejara ganar de vez en cuando a la ruleta. El dueño del Café, un norteamericano llamado Rick Blaine (Humphrey Bogart), pasaba por ser el típico americano impasible que estaba de vuelta de todo y sólo buscaba lucrarse con las ganancias de su productivo negocio. Sin embargo, bajo esa máscara de apatía se esconde todo un aventurero frustrado, un romántico idealista que estuvo en casi todas las contiendas de su época (incluyendo la Guerra Civil española), defendiendo siempre la causa de los más débiles. Una noche, al Café de Rick llega la bella y misteriosa Ilsa Lund (Ingrid Bergman), acompañando a su marido Victor Laszlo (Paul Henreid), líder de la Resistencia checoslovaca que también trata de huir de la opresión nazi. Tiempo atrás, en un París todavía a salvo de la locura belicista, Rick e Ilsa mantuvieron un apasionado romance, que terminó justo cuando los tanques alemanes llegaron a las puertas de la ciudad. Entonces, Ilsa desapareció, y Rick quedó sumido en una terrible depresión de la que le ayudó a salir el fiel Sam (Dooley Wilson), el pianista negro que ahora ostenta la dirección musical del local. Cuando Sam ve aparecer a Ilsa trata vanamente de convencerla de que se aleje de Rick, pero ella insiste en que toque una canción, “As time goes by” (“El tiempo pasará”), recuerdo de sus días felices en París. Rick escucha la melodía y sale precipitadamente para reprender al pianista, y, en éso, sus ojos se tropiezan con los de Ilsa y el mundo parece detenerse…
Hasta Casablanca llega también el Mayor Heinrich Strasser (Conrad Veidt), alto jerifalte del III Reich, con la misión de impedir que Laszlo huya y, si es posible, detenerlo. El capitán Renault, a pesar de que, en realidad, los alemanes no le agradan en absoluto, no tiene más remedio que colaborar, y ambos van a Rick’s para efectuar la detención de Ugarte (Peter Lorre), un contrabandista de tres al cuarto que había asesinado a dos correos nazis y les había robado los dos salvoconductos que portaban, con la intención de vendérselos a Laszlo en el Café de Rick. Ugarte es detenido pero los salvoconductos no aparecen; es el propio Rick quien los tiene escondidos, con la pretensión de utilizarlos él mismo para escapar junto a Ilsa, la cual se debate entre la pasión hacia Rick y la admiración y veneración que su marido le inspira. Entre la bruma del aeropuerto de Casablanca, con el avión rumbo a la salvación a punto de despegar, Rick deberá tomar una decisión que cambiará no sólo el destino de su vida sino, probablemente, el de gran parte de la Humanidad…


Everybody Comes to Rick’s” (“Todo el mundo va a Rick’s”) era el título de una obra teatral escrita por Murray Burnett y Joan Allison en la que existía un local sofisticado y cosmopolita que regentaba un tal Rick, una especie de granuja sin escrúpulos que estafaba por igual a los pobres fugitivos y a los ególatras alemanes. La todopoderosa Warner Bros. adquirió los derechos de la obra por muy poco dinero, pues los productores de Broadway la habían rechazado y no había llegado a representarse (en realidad, no lo hizo hasta 1946). Sin embargo, el dueño del Estudio, Jack Warner, y su Jefe de Producción Hal B. Wallis, decidieron utilizarla para elaborar una producción barata y de serie B pegada a la más rabiosa actualidad bélica. Como la ciudad de Casablanca acababa de ser liberada por las tropas aliadas, nada mejor que trasladar la acción a tan exótico emplazamiento, y, para llevar a cabo el proyecto, se pensó en actores como George Raft o el futuro Presidente de los USA, Ronald Reagan, para el papel de Rick, y en actrices como Ann Sheridan, Hedy Lamarr o la francesita Michele Morgan para el de Ilsa. La elección final de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman para interpretar los personajes que les darían la Inmortalidad precipitó los planes de producción, pues no sólo se apostó por rodearles de un elenco de secundarios de auténtico lujo (Claude Rains, Paul Henreid, Conrad Veidt, Sydney Greenstreet, Peter Lorre…) sino que se apostó por un director de prestigio como William Wyler. Pero Wyler, al no ver claro el proyecto, abandonó en favor de Vincent Sherman, quien también fue sustituído por William Keighley, el cual cedió finalmente la batuta al húngaro Michael Curtiz, con quien había co-dirigido “Robin de los bosques”. El pobre Curtiz no sabía dónde se había metido. Con tantos cambios, resultó que de la obra teatral no se había mantenido ni el título, así que hubo que contratar a dos guionistas de cierto renombre, los hermanos Julius y Philip Epstein, para que urdieran una trama que convenciese a todos los implicados (productor, director y protagonistas). Pero los Epstein también tuvieron que abandonar la nave a mitad de la singladura (les reemplazaron Howard Koch y Casey Robinson, este último no acreditado), por lo que, llegada la fecha de inicio de la filmación, hubo que empezar a rodar sin tener el guión definitivo. Curtiz deambulaba por el plató chapurreando un inglés horrible y echando broncas por doquier, y los actores tenían que memorizar deprisa y corriendo las nuevas frases que Howard Koch acababa de escribir, ignorantes de lo que tendrían que decir durante la sesión de rodaje del día siguiente. Nadie sabía cómo iba a terminar la película; ¿se subiría Rick al avión con Ilsa, o ésta preferiría fugarse en compañía de Laszlo?. Ingrid Bergman, desesperada, le preguntó al director: “Pero ¿de quién diablos se supone que estoy enamorada?”. “De los dos”, le respondió Curtiz, tirando por la calle de en medio. La sensación generalizada era que estaban sumidos en lo que iba a ser un fracaso sin paliativos, y Bergman estaba tan desesperada por concluir aquella tortura que, en cuanto finalizó la filmación, se cortó el pelo como un muchacho para irse corriendo a hacer “¿Por quién doblan las campanas?” al lado de Gary Cooper. Esto impidió que la canción prevista, “As time goes by”, escrita por Herman Hupfeld, fuera sustituída a última hora por un tema nuevo compuesto por Max Steiner, el celebrado autor del resto de la partitura. Como Bergman tenía ahora el pelo corto, no fue posible volver a rodar las escenas en las que Dooley Wilson, a su lado, entonaba la mítica canción, la cual, como todos sabemos, ha acabado por convertirse en uno de los himnos más reconocibles del Séptimo Arte.



Casablanca” se rodó casi íntegramente en los gigantescos Estudios Warner, con apenas una escena filmada en exteriores. El responsable de la fotografía fue el reputado Arthur Edeson, máximo artífice de la atmósfera inolvidable del film, un glorioso blanco y negro lleno de contraluces y nubes de humo. Alguien (creo que fue el sin par José Luis Garci) dijo una vez que “Casablanca” es la película en la que más se fuma en toda la Historia del Séptimo Arte, pero, sea o no por el efecto pernicioso de la nicotina, dudo que haya otra película en la que los ojos de dos amantes lucen tan húmedos, con tanta pasión y tanto dolor como los de Ingrid Bergman y, sobre todo, un Humphrey Bogart tan duro por fuera como sensible y desgarrado por dentro, en una interpretación extraordinaria en la que, en apenas un plano, expresa todo un universo de sentimientos tan sólo con la mirada. Son tantos los detalles y momentos memorables de “Casablanca” que sería imposible comentarlos todos.

En mi memoria está permanentemente el fugitivo abatido por los gendarmes en la primera secuencia del film, bajo un enorme retrato del Mariscal Petain; la conversación nocturna de Rick y Renault junto a la fachada del Café, con los focos rasgando la noche; el reflejo en el suelo polvoriento del rótulo de “La Belle Aurore”, el bar parisino en el que Ilsa y Rick se enamoran; la tinta de la carta de despedida de Ilsa borrándose mientras cae la lluvia en el andén de la estación; la secuencia final en el aeropuerto bañado por la niebla, una de las más plagiadas y homenajeadas de todo el Cine; el subsiguiente epílogo en el que Rick y Renault se van alejando hasta desvanecerse, como fantasmas de un pasado romántico que ya no existe, en la misma y lechosa neblina; pero, sobre todo, y ante todo, un instante de inspiración épica y poética que Michael Curtiz bordó. Azuzados por el alcohol, los soldados alemanes que se emborrachan en el Café de Rick comienzan a cantar el Horst Wessel Lied, y, entonces, un magnífico Paul Henreid (a quien, injustamente, sólo se recuerda por haber dado vida al heroico Víctor Laszlo, y poco más), arriesgando su integridad personal, se posiciona frente a la orquesta del local y les insta a interpretar “La Marsellesa”, no sólo el legítimo himno de la Francia resistente que no ha sucumbido a la cobardía de Vichy, sino, en ese momento, el cántico desesperado de todo el Mundo que se resiste a ser oprimido. La secuencia es un portento en todos los sentidos; la frustración del flemático Mayor Strasser, incapaz de lograr que el vocerío de sus hombres se imponga al canto desgarrador entonado por decenas de personas de diversa nacionalidad y condición, pero cuyos ojos se emocionan hasta el llanto al entonar la sintonía que les convierte, por un segundo, en seres humanos libres; la emocionada mirada de Ilsa, no se sabe si realmente enamorada de su esposo o simplemente devota como una niña que se sabe compañera de una especie de dios; la aparente impasibilidad de Rick, que no participa directamente del himno pero consiente que se interprete en su local, con el subsiguiente riesgo de que éste sea clausurado.



Capítulo aparte merecen los inolvidables diálogos, en su mayoría atribuídos a Julius Epstein, alguno de los cuales han pasado directamente a la memoria colectiva de cuatro generaciones. “¿Dónde estuviste anoche?” le pregunta a Rick la casquivana Ivonne. “Hace tanto tiempo que no me acuerdo”, responde él. “Y ¿qué harás esta noche?”. “Nunca hago planes con tanta antelación”, replica Bogart. “¿Son cañonazos o los latidos de mi corazón?”, le dice Ilsa a Rick cuando se escuchan las primeras andanadas de los tanques nazis. “¿Cuánto tiempo estuvimos juntos?”, le pregunta más tarde Rick, cuando por fin se reencuentran. “No lo sé… No conté los días”, se excusa Ilsa. “Yo sí, y recuerdo sobre todo el último”. “Los alemanes iban de gris, y tú de azul”, añade el americano. “¿Por qué vino a Casablanca?”, inquiere Renault a Rick. “Por salud. Vine a tomar las aguas”. “Pero ¿qué aguas? Si estamos en el desierto…”, replica Renault. “Me informaron mal”, concluye Bogart. “¿Cuál es su nacionalidad?”, interroga el pérfido Strasser a nuestro héroe. “Soy… borracho”, responde el aludido. “Lo que le convierte en ciudadano del mundo”, explica, divertido, Renault. “De todos los cafés de todas las ciudades del mundo, ella tuvo que entrar precisamente en el mío”, se lamenta un destrozado Bogart sumido en un abismo de tabaco y alcohol. “Si no subes a ese avión, te arrepentirás. Puede que no hoy, y puede que tampoco mañana, pero pronto, y para el resto de tu vida”, le dice Rick a Ilsa tratando de convencerla para que se vaya con Laszlo. “Siempre nos quedará París”, remata un solemne Bogart. “Arresten a los sospechosos habituales”, ordena Renault a sus hombres tras haber sido testigo del asesinato de Strasser (y esta frase inspiró el título de la excelente película de Bryan Singer). “Louie, me parece que éste es el comienzo de una hermosa amistad”, le dice, finalmente, Rick al capitán Renault, poco después de que éste haya arrojado a la basura una botella de agua de Vichy que simboliza su desprecio por el gobierno títere vendido a los alemanes. Sin embargo, la frase más famosa de todas y que todo el mundo asocia con la película, “Tócala otra vez, Sam”, en realidad nunca llega a ser pronunciada en el film. Una de las dos veces en que se dice algo parecido, referido a la ya citada canción “As time goes by”, Ilsa le pide al pianista Sam: “Tócala, Sam, por los viejos tiempos”, la segunda vez, es Rick quien dice algo muy parecido. “La tocaste para ella y ahora puedes tocarla para mí”; y añade: “Si ella pudo soportarlo, yo también puedo. Tócala”. (En realidad, “Play It Again, Sam” era el título original de cierta obra de Woody Allen en la que el fantasma de Bogart se le aparecía para darle consejos). Comentario aparte se merece otra frase, famosísima en el mundo angloparlante y elegida como “la quinta mejor de toda la Historia del Cine”, que se supone que improvisó el propio Bogart como guiño privado a las largas sesiones de póker que disputaba con Bergman durante los descansos del rodaje. La frase era “Here’s looking at you, kid” (algo así como “Aquí lo tienes, mirándote, nena”), y en la película se repite en cuatro ocasiones, insinuando que es el único modo en que el “duro” Rick se atreve a decirle a Ilsa que la ama. Sin embargo, en el doblaje español se ha perdido totalmente, pues una vez se traduce como “Entonces, por nosotros”, otra por “Toda la suerte, Ilsa”, luego como “Por todos nosotros” y, finalmente, en la escena cumbre del aeropuerto, por un convencional “Vamos, ve con él, Ilsa”. Una pena.



Casablanca” se estrenó el día 26 de Noviembre de 1942 en el Teatro Hollywood de Nueva York, gozando de una enorme popularidad desde el comienzo, popularidad que se tradujo en un gran éxito de taquilla y en la consecución de 3 Oscars de la Academia de Hollywood la noche del 2 de marzo (casualidad o no, la fecha de mi cumpleaños) de 1944: Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión Adaptado. No cabe duda que tiene su mérito que una historia que se escribió del modo caótico que hemos contado obtuviese finalmente este último reconocimiento, pero es indudable que, si acaso la flauta sonó por casualidad, la melodía que interpretó fue de una hermosura incomparable. Claro que para apreciar todas y cada una de las innumerables referencias sociales, políticas y bélicas que contienen sus portentosos diálogos hay que tener una vasta formación cultural, pero pienso que cualquier persona puede encontrar en “Casablanca” las razones por las que desde hace tantos y tantos años se la considera una de las películas más famosas de la Historia del Cine, si no la mejor. Unos pueden ver en ella una sencilla pero hermosa historia de amor, otros un alegato contra el totalitarismo y en defensa de la Libertad, y otros, los que realmente amamos el Séptimo Arte, quizás podamos hallar una obra perfecta en la que, en pocas palabras, se albergan las mejores interpretaciones posibles, los mejores diálogos jamás escritos, la ambientación mejor fotografiada, la música más hermosa e inolvidable y, en suma, la mejor dirección cinematográfica que uno puede soñar. “Casablanca” es… mi película favorita.



Luis Campoy



Lo mejor: absolutamente todo


Lo peor: absolutamente nada


El cruce: “Morocco” + “Argel” + “El halcón maltés”


Calificación: 10 (sobre 10) (y porque no hay más puntos)

sábado, 13 de febrero de 2010

Las películas de mi vida/ "BLADE RUNNER"

Ciencia ficción para todos




1. INTRODUCCIÓN



Los Angeles, Noviembre, 2019. La ciudad es un gigantesco y bullicioso estercolero al que jamás llegan los rayos del sol. Por las interminables calles, perdidos entre la enormidad de las nuevas y viejas edificaciones, pulula un enjambre de seres humanos sumidos en la más patética degradación física y moral. Los tubos de neón permanecen encendidos de día y de noche, anunciando las excelencias de una sociedad colonizada por los orientales, los hispanoamericanos y los marginados de todo tipo.


Podría decirse que el Barrio Chino ha alcanzado proporciones de auténtica metrópoli, y en él coexisten las concepciones estéticas más dispares, desde la moda de los años 1930 hasta el vestuario futurista, pasando por atuendos de auténtica militancia “punk”. Las altísimas chimeneas continúan vomitando humo y contaminación, y la lluvia, sucia y constante, no deja de caer sobre la selva de asfalto. Las naves de la Policía sobrevuelan la ciudad, pilotadas por antiguos criminales que mantienen la legalidad a distancia y se comunican entre ellos mediante una jerga denominada "interlingua”, mezcla de inglés, francés, español e italiano. Desde una enorme pantalla de video que ocupa toda la fachada de un rascacielos, una geisha de tez pálida entona una interminable canción cuyas notas se pierden entre la estridencia del tráfico y los insistentes slogans de la Coca-Cola. Completando el cuadro, los focos de una nave publicitaria barren monótonamente todos los rincones de la urbe, rasgando la penumbra de los suburbios y profanando la intimidad de sus habitantes, a mayor gloria del paradisíaco Mundo Exterior.



Este es el contexto social en el que transcurre la acción de "Blade Runner" (1982), quizás la mejor película (y esto es decir mucho) del realizador inglés Ridley Scott, aclamado también por su terrorífica "Alien, el 8º pasajero" (1979) y por su épica “Gladiator” (2000). En el film que nos ocupa, Scott vuelve a disertar sobre uno de sus temas favoritos, el de la soledad e impotencia del ser humano que vive en un medio hostil o alienante y no encuentra la forma de escapar de él. En el caso de "Blade Runner", el punto de partida no puede ser más opresivo y decepcionante. La visión de la ciudad de Los Angeles y la misma apariencia de sus pobladores convierten a la película en una parábola nada optimista acerca de la condición humana, del fracaso moral, de la decadencia. El Hombre es un extraño en su propio mundo, un mundo deshumanizado e infectado de tecnología en el que la naturaleza ha sido sacrificada en aras de la industrialización. Los animales vivos escasean y se considera delito la posesión de objetos hechos de piel natural. Las fábricas han llenado el mercado de productos sintéticos que imitan la realidad a la perfección, y uno de los últimos adelantos ha sido la fabricación de androides sofisticados y obedientes, los "replicantes", cuya apariencia es idéntica al modelo natural que les ha dado origen. Dotados de una fuerza y agilidad superiores a las de cualquier ser humano y de una inteligencia por lo menos similar, los replicantes reciben trato de esclavos y son utilizados en las labores más arriesgadas y penosas. La única característica que los distingue de sus creadores es la carencia de "empatía” o capacidad de sentimiento, si bien se ha comprobado que, con el tiempo, un replicante puede desarrollar sus propias respuestas emocionales. Para evitar esta posibilidad, que les llevaría a una toma de conciencia ante su situación y, consecuentemente, a una rebelión contra sus tiranos humanos, se les destierra a las colonias siderales más alejadas, declarándoseles proscritos en la Tierra y reduciendo su esperanza de vida artificial a 4 años. Cumplida esta edad, el replicante entra en una fase de envejecimiento acelerado que culminará en una muerte dolorosa e irreversible. El hecho es que, salvo por el pequeño detalle de la empatía, el Hombre, en su afán egoísta por dominarlo todo, ha usurpado la atribución divina de crear vida a su imagen y semejanza: el hombre ha fabricado otros hombres.



2. SINOPSIS ARGUMENTAL



La acción dramática de la película se inicia cuando seis replicantes de la serie "Nexus 6”, dos de los cuales han entrado ya en su cuarto y último año de existencia, se apoderan de la lanzadera espacial que les conducía a la colonia minera de Orión, con el fin de regresar a la Tierra y obligar al ingeniero Tyrell (Joe Turkel), su creador, a que prolongue sus vidas indefinidamente. La Policía, entretanto, ha detectado la fuga de los replicantes y deja en manos del agente Rick Deckard (Harrison Ford), de la unidad especial Blade Runner, la difícil tarea de descubrir y eliminar a los cuatro de ellos que han logrado salvarse y vivir camuflados entre los otros ciudadanos. Deckard, mercenario a la fuerza, policía porque no puede ser otra cosa, a duras penas logrará cumplir su misión de muerte, desenmascarando y ejecutando, con riesgo de su propia vida, a tres de los replicantes fugitivos (Brion James, Joanna Cassidy, Daryl Hannah). El cuarto, Roy Batty (Rutger Hauer), que ha fracasado en su intento de convencer al creador para que les permita seguir viviendo, descargará su frustración y sus deseos de venganza en el magullado Deckard, pero, en última instancia, sabiéndose ya a punto de expirar, Batty salvará de morir a su enemigo: es más grande su amor a la idea de la Vida que el odio que le inspira la persona del policía. Incapaz de continuar desempeñando un oficio que significa el exterminio de otros seres, Deckard abandona la ciudad para siempre, en compañía de otra replicante, Rachael (Sean Young), también fabricada por Industrias Tyrell, pero que, sorprendentemente, carece de "fecha de terminación”. La vida comienza para ellos, en los espacios abiertos del "Mundo Exterior"…



3. DETRÁS Y DELANTE DE LA CÁMARA



La génesis literaria de "Blade Runner" se halla en un relato breve escrito por Philip K. Dick en 1975 y titulado "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. En la adaptación cinematográfica del mismo se trasladó el marco de la acción de San Francisco a Los Angeles y de un mundo semi-despoblado (a consecuencia de una supuesta Tercera Guerra Mundial) a una metrópoli superpoblada y dantesca, además de haberse relegado a segundo término el detalle de que, dada la escasez de animales vivos, la tenencia de éstos se ha convertido en un auténtico signo de prestigio social. Las sugerentes connotaciones filosóficas de su argumento (sublevación de la criatura creada contra la potestad de su creador, alienación del hombre hacia sí mismo por el mero cumplimiento de un deber, presentación de la muerte como elemento preservador de la vida) hacen de "Blade Runner" uno de los mejores films de Ciencia Ficción de la Historia del Cine, gracias también a esa una factura intencionadamente en la línea de las películas policíacas de los años 30 y 40 (alternancia de los tonos oscuros con la luminosidad blanquecina de los primeros planos en interiores, situación de las acciones en escenarios sombríos en los que cualquiera puede ser un sospechoso) y unos soberbios efectos especiales de Douglas Trumbull ("2001", "Naves misteriosas", "Encuentros en la Tercera Fase") responsable junto al especialista Syd Mead de los increíbles decorados construidos expresamente para la película. A otro nivel, señalar la popular pero en realidad poco inspirada banda sonora del sobrevalorado Vangelis, funcional en ocasiones pero carente de identidad propia. En el terreno interpretativo, tenemos, por supuesto, al por aquel entonces ubicuo Harrison Ford ("La Guerra de las Galaxias", "En busca del Arca Perdida", “Unico testigo”, etc.), actor impersonal que sabe sacar partido de sus limitaciones y, sobre todo, de su carisma y simpatía. Ford compone discretamente el personaje del policía "duro" pero menos, en una línea muy parecida a la de Paul Newman, al que yo diría que, al menos en este film, trata de imitar. Convincente el trabajo de los secundarios, sobre todo Rutger Hauer y William Sanderson (J.F. Sebastian), perfectamente encuadrados dentro de una película absolutamente imprescindible que el devenir del tiempo ha convertido en clásico y a la que sólo se le puede objetar la artificiosidad y bobería de su “happy end” (¡ay, esas nubecillas sobre las que resuena la música de Vangelis que durante años fue la sintonía de “Informe Semanal”…!) .



Luis Campoy



Lo mejor: la fotografía, la ambientación, los decorados, el montaje… la puesta en escena magistral de Ridley Scott

Lo peor: la absurda necesidad de realizar un remontaje posterior (“El Montaje del Director”), en el que se suprimía la voz en off del narrador (el propio Deckard), se incluía un unicornio robado de “Legend” (también dirigida por Ridley Scott), y se sugería la posibilidad de que el protagonista fuese, él mismo, un replicante

El cruce:El halcón maltés” + “Mad Max 2” + “Atmósfera Cero

Calificación: 9,5 (sobre 10)

viernes, 12 de febrero de 2010

Cine/ "(500) días juntos"

Enamorado del amor





Estos días cumple nada menos que 20 años el Festival de Cine Independiente de Sundance, que comenzó su andadura en 1980 impulsado por el famoso actor y director Robert Redford, quien lo bautizó con el nombre de su personaje en la película “Dos hombres y un destino” (“Butch Cassidy and The Sundance Kid”). Desde entonces, es tradicional que en Sundance se exhiba cada año lo mejor del cine independiente estadounidense, esas producciones donde priman la inteligencia y el talento por encima del presupuesto y las estrellas. “(500) días juntos” pasó por Sundance en la edición de 2009, y desde entonces no ha hecho sino acabar por convertirse en una de los films “indies” más populares de los últimos tiempos. Ingeniosa hasta en su título original, absurdamente manipulado por la distribuidora española, “500 days of Summer” alude tanto a un largo período de tiempo veraniego como a medio millar de días revoloteando alrededor de cierta muchacha llamada Summer (“Verano”), Zooey Deschanel en el film. Es Deschanel una de las presencias más reconfortantes del cine yanqui desde que la conocimos en “Un puente hacia Terabithia”, y posteriormente nos ha regalado su magia en “El incidente” o “Dí que sí”. En esta ocasión da vida a una mujer que no cree en el amor pero que, paradójicamente, se convierte en el objeto amoroso de Tom Hansen, un arquitecto frustrado que sobrevive escribiendo tarjetas de felicitación. El, romántico empedernido, se enamora perdidamente de ella, pero ya se sabe que, en este tipo de comedias, “chico conoce chica, chico pierde chica… ¿chico recupera chica…?” La originalidad de “(500) días juntos”, más que en el fondo, estriba en la forma. Su guión no respeta la cronología lineal, sino que se alternan varios tiempos, y aun se permite respetuosas parodias de clásicos como “El Séptimo Sello” de Ingmar Bergman. El cocktail se completa con una poderosa banda sonora en la que conviven The Smiths con Simon & Garfunkel o incluso Madame Sarkozy, o sea, Carla Bruni. Marc Webb, estadounidense de 35 años de edad, debuta con “(500) días juntos” como realizador de largometrajes, después de haber despuntado con éxito en el terreno publicitario y, sobre todo, en los videoclips de gente como Green Day, The All-American Rejects o Weezer. Tanto ha gustado su estilo entre lo cómico y lo romántico que Columbia Pictures le ha otorgado el control de una de sus franquicias más caras y exitosas, “Spider-Man”, cuya cuarta parte será un reinicio en toda regla que Webb comenzará a filmar a finales de este año 2010, quién sabe si con Joseph Gordon-Levitt, carismático protagonista de “(500) días juntos”, en el papel del Hombre Araña.



Luis Campoy



Lo mejor: los dos protagonistas


Lo peor: no sabría decirlo; quizás que gusta, pero no apasiona


El cruce:Tal como éramos” + “Dos en la carretera” + “Posdata: Te quiero


Calificación: 8 (sobre 10)

 
 
(Nota:  este artículo se entregó ayer a quienes acudieron a ver la película con motivo de su proyección por parte del CineClub PARADISO en el Teatro Guerra de Lorca)

jueves, 11 de febrero de 2010

Cine/ "INVICTUS"

Rugby para hermanar



Nelson Mandela, líder negro en un país de mayoría negra, pasó 28 años en la cárcel por rebelarse contra la opresión de un gobierno minoritario de blancos que sometía y marginaba brutalmente a los pobladores autóctonos de Sudáfrica. Pocas veces ha irritado tanto al mundo la flagrante injusticia de tan bárbaro atentado contra los derechos humanos. Cuando Mandela salió de la cárcel (por cierto, hace precisamente hoy 20 años) no tardó mucho en presentarse a las elecciones legislativas y las ganó con aparente facilidad. Por fin las cosas volvían a su orden natural, pero había demasiado odio y quedaban demasiadas heridas abiertas, y hacía falta un acontecimiento que consiguiera suavizar los recelos y lograse que negros y blancos se entusiasmaran con la consecución de un objetivo común. Así surgió la Copa del Mundo de Rugby que se iba a celebrar en Sudáfrica en 1995, y que Mandela utilizó con coraje y astucia para limar seculares asperezas... Así podría resumirse, en líneas generales, el argumento de "Invictus", el nuevo film del veteranísimo Clint Eastwood, en un registro muy diferente al de su anterior "Gran Torino", que amasó una fortuna en taquilla y cosechó críticas bastante entusiastas. De momento, ni el público ni la crítica se han mostrado igual de entusiasmados con "Invictus", lo cual no es de extrañar. Basada en una novela de John Carlin, la película, sin ser totalmente fallida ni desdeñable, reúne una serie de defectos bastante imperdonables en un realizador de la madurez de Eastwood. Para empezar, parece como si el guión lo hubiese escrito y supervisado el propio Mandela, pues, como dice uno de los personajes, "aunque a veces nos parezca un dios, se trata solamente de un hombre". Así de divino aparece el líder sudafricano que con tanta convicción encarna el siempre soberbio Morgan Freeman, no en vano el único actor negro capaz de convencernos de que Dios podría tener su apariencia (lo hizo en "Como Dios" y su secuela, "Sigo como Dios"). Pero, para tratar de ser una semblanza biográfica más o menos creíble, deberían haberse expresado alguno que otro de los defectillos del personaje, que, al fin y al cabo, estuvo preso por conspiración y terrorismo, y que, tanto se esforzó por defender los derechos de sus hermanos de raza, que descuidó absolutamente a su propia familia, con la que se relacionaba con extrema dificultad. De su esposa Winnie, que le aguardó abnegadamente mientras permaneció en prisión, se divorció poco después de salir libre, y en el film se pasa absolutamente de puntillas por tan espinoso asunto, llegando hasta el extremo de que la ex-señora Mandela ni siquiera aparece en pantalla. El objetivo de ensalzar tan sólo las virtudes del personaje retratado es tan evidente como (¿por qué no admitirlo?) legítimo, pero no cabe duda de que tal manipulación lastra bastante las pretensiones quasi documentalistas del film. Por otro lado, el innegable carisma y don de gentes de Mandela se ven tan circunscritos a su empeño de conseguir que todo el país apoyase a un equipo de rugby que hasta entonces sólo había representado a la minoría supremacista blanca, que es inevitable que parezca que tanta obsesión es un desprecio a las cuestiones mucho más importantes que acongojaban a la nación, y que seguro que Mandela no dejó de lado, como sí hace el film. Asímismo, los minutos que se le dedican al entrenamiento de los jugadores y la preparación de los partidos, por no hablar de la equivocada planificación del encuentro decisivo, que abusa hasta el sopor de un recurso que me gusta tan poco como la cámara lenta, no son lo suficientemente atractivas, rompen el ritmo y se hacen bastante, bastante pesados. Nelson Mandela se merecía un homenaje más sincero y un retrato más objetivo, Morgan Freeman se merecía más oportunidades de lucimiento y Matt "Bourne" Damon, que encarna al capitán del equipo de rugby, se merecía un personaje mejor escrito. Como dije antes, no se trata de una mala película, pero a la edad que tiene Eastwood pienso que uno debería replantearse muy mucho las cosas y ser más exigente con los guiones y con los proyectos en general, que, al fin y al cabo, cualquier film puede ser el último.



Luis Campoy



Lo mejor: Morgan Freeman y el logro de conseguir que quienes, incomprensiblemente, nunca habían oído hablar de él, ahora sepan quién es Nelson Mandela


Lo peor: la excesiva importancia conferida al rugby, el retrato demasiado maniqueo de Mandela


El cruce: "Gandhi" + "Evasión o victoria"


Calificación: 7 (sobre 10)

lunes, 8 de febrero de 2010

Cine/ "TIANA Y EL SAPO"

Un delicioso reencuentro


"Zafarrancho en el rancho" (2004) supuso el canto del cisne de la todopoderosa Disney en lo que se refiere a animación tradicional realizada por dibujantes de carne y hueso. Aquella extraña historia de vacas y vaqueros no convenció a casi nadie, y la factoría de Mickey Mouse decidió concentrarse a partir de entonces en la producción de dibujos animados generados por ordenador. Sola ("Dinosaurio", "Bolt") o, preferentemente, en compañía de su ya filial Pixar ("Buscando a Nemo", "Los Increíbles", "Wall-E", "Up"...), Disney se ha mantenido fiel a tan drástica decisión hasta ahora, y, paradójicamente, parece que ha sido John Lasseter, el gurú de la animación digital y fundador de Pixar, quien, desde su nuevo cargo como responsable de los proyectos animados de Disney, ha decidido retomar el sistema tradicional. Y lo ha hecho del mejor modo posible. "Tiana y el Sapo" ("The Princess and the Frog", "La Princesa y la Rana", en el original inglés) es uno de los mejores trabajos de la Casa en dos décadas, tan sólo un poquito por detrás de esas joyas llamadas "La Bella y la Bestia", "La Sirenita", "Aladdin" y "El Rey León", esta última, por cierto, mi preferida de este género (por si a alguien le interesaba saberlo). El éxito técnico y artístico de "Tiana y el Sapo" no es fruto de la casualidad, pues sus responsables son nada menos que John Musker y Ron Clements, artífices de las citadas "La Sirenita" y "Aladdin". Ambientada en una maravillosa Nueva Orléans, tanto en sus coloridas calles como en sus cenagosos y peligrosos pantanos, "Tiana" adapta el cuento "El Príncipe rana” de los Hermanos Grimm, ése en el que un Príncipe convertido en rana por un malvado hechicero cifra sus únicas esperanzas de volver a ser humano en la muy remota posibilidad de lograr que una Princesa se enamore de él y deposite un beso de amor en su viscosa boca. Para aquellos que solemos ir a ver este tipo de películas en compañía de nuestros hijos, una muy buena noticia: en este caso no nos vemos sometidos a una tortura infantiloide y aburrida, sino que podremos disfrutar un film entretenido, lleno de ternura y romanticismo y jalonado por secuencias verdaderamente trepidantes y números musicales bellamente coreografiados. Las (agradables) referencias a los clásicos de Disney son abundantes, desde "Los Aristogatos" a "Buscando a Nemo" pasando por "El Libro de la Selva", "Merlín el Encantador" y, sobre todo, "Aladdin", no en vano realizada por los mismos responsables de "Tiana". Así, es indudable que el aspecto físico del Príncipe Naveen recuerda poderosamente al del protagonista del film de 1992, que Tiana se parece a Yasmín y que el villano Dr. Facilier, "El Hombre de las Sombras", es una especie de clon sureño del Gran Visir Jafar... dicho todo ésto más en plan de reconfortante reencuentro con queridos viejos amigos que de decepción ante un molesto déjà vu, que conste. De hecho, en un guión ciertamente imperfecto que se podía haber pulido algo más, sí sorprende el acierto de algunos detalles que provocan emoción y ternura (la muerte de la luciérnaga, a la que sólo lloramos durante un segundo porque, al morir, se convierte en estrella), y un par de personajes secundarios pasarán, para mí, al Olimpo de los más afortunados creados por Disney: el citado Dr. Facilier, ominoso en lo visual y aún mejor en el apartado sonoro, gracias al sorprendente doblaje de Javier Gurruchaga, y el cocodrilo trompetista Louis, afortunado cruce entre el oso Baloo de "El Libro de la Selva" y el entrañable Louis Armstrong del que toma el nombre. Citar, también, a la (al menos para mí) desconocida Chila Lynn, actriz cubana que dobla a Tiana y que, en las canciones, se luce espectacularmente. Quizá sean éso, las canciones, el eslabón más débil de la cadena; ni en esta ocasión ni tampoco en la reciente "Nine" las melodías son realmente atractivas ni pegadizas, por lo cual, lo que podría y debería ser un aliciente se convierte, a ratos, en un pequeño lastre. Pero ¿qué se le va a hacer?; como cantaban Golpes Bajos, corren malos tiempos para la Lírica...



Luis Campoy



Lo mejor: el ritmo, la animación, los fondos, la "Princesa" Tiana doblada por Chila Lynn y el "Hombre de las Sombras" doblado por Javier Gurruchaga


Lo peor: las poco inspiradas canciones de Randy Newman... el cine semi vacío mientras en la sala de al lado la gente aún hace colas para ver "Avatar"


El cruce: "Merlín el encantador" + "El corazón del ángel" + "Piratas del Caribe" + "Aladdín"


Calificación: 8,75 (sobre 10)