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viernes, 31 de diciembre de 2010

Cine actualidad/ "TRON LEGACY"

Cuerpo digital, alma ausente




Hace pocas semanas volví a ver “Tron”, de Steven Lisberger, un director que, no por casualidad, tenía un nombre y un apellido que parecían constituir una especie de cacofonía de los del famosísimo Rey Midas de Hollywood. La primera vez que la ví, allá por 1982, me resultó una experiencia ciertamente deslumbrante en lo visual, pero bastante decepcionante en lo argumental. A quien sí debió entusiasmarle fue a un tal Joseph Kosinski, quien, 28 años después, y con el beneplácito de Lisberger, ha firmado esta secuela que no es sino más de lo mismo. Tanto la primera entrega como esta tardía continuación pretenden revolucionar la técnica cinematográfica, pero es evidente que los méritos de la una y de la otra no pueden ser evaluados según el mismo baremo. El primer “Tron”, con todos sus defectos, fue uno de los primeros films en incorporar efectos infográficos, muy pedestres si se quiere, pero sorprendentes y revolucionarios para aquellos incipientes años 80. La secuela, sin embargo, es una más en una cascada de cien mil películas diseñadas gracias a un potentísimo ordenador, irreprochable en su factura técnica, tan fría como la original pero ya desprovista de su singularidad. Si la historia de Kevin Flynn (Jeff Bridges), quien se introducía en el peligroso juego de ordenador que él mismo había creado y se convertía en una especie de gladiador cibernético, ya resultaba infantil y repetitiva, este “Tron Legacy” (“El Legado de Tron”, para los no anglófilos) no es sino una rutilante y deslumbrante pirotecnia en la que no sólo Flynn sino también su hijo Sam (Garrett Hedlund) se zambullen en un universo de bits y pixels y se hartan de pilotar motos y coches de luz y de lanzar frisbees de colorines. Supongo que si hubiera podido verla en 3-D estaría siendo algo más benévolo (la tridimensionalidad era, precisamente, lo que le confería a la no tan magistral “Avatar” esa calidad suplementaria), pero este nuevo juguete de Disney me parece tanto o más aburrido que el original, igual de pueril pero muchísimo menos revolucionario. Un Jeff Bridges (último ganador del Oscar por “Corazón Rebelde”) ya sexagenario se encarga no sólo de interpretar al envejecido Kevin Flynn sino también a su pérfida y juvenil copia digital, Clu, y me temo que en ambos registros resulta poco creíble. Garrett Hedlund no es sino uno más de los cachorros guapos y saludables de la última cantera del cine yanqui, y, en todo caso, quienes más destacan son los secundarios, con un divertido Michael Sheen, una aguerrida Olicia Wilde y un resultón Bruce Boxleitner, del que casi nadie habla pero que, al igual que Bridges, repite papel 28 años después. Irreprochable en lo visual, “Tron Legacy” es una maquinaria rutilante pero fría, un cuerpo hermoso desprovisto de alma, una copia actualizada y quizás mejorada pero huérfana de originalidad.



Luis Campoy



Lo mejor: los efectos especiales


Lo peor: el exceso de efectos especiales, la poca entidad de los personajes humanos


El cruce: “Tron” + “Matrix” + “Gladiator”


Calificación: 5 (sobre 10)

lunes, 27 de diciembre de 2010

Cochina Navidad

Es una triste pena, pero lo cierto es que, a partir de cierta edad, las Navidades ya no se viven igual.  Incluso mis hijos, que poco a poco van acercándose a la adolescencia, ya no tienen la misma ilusión que hace unos pocos años.  Cada vez se me hace más cuesta arriba tener que montar el belén y el árbol, y me doy cuenta de que me voy haciendo viejo (o así) porque casi pienso más en el follón que implica recogerlos después de Reyes que en la felicidad que conlleva montarlos en fechas pre-navideñas.  En cuanto a la cena de Nochebuena, este año, por segunda vez consecutiva, nos hemos decidido por un cochinillo asado, aunque he de reconocer que darle el punto justo a la piel para que esté crujiente y al interior para que no se ponga duro no es tarea fácil. Si alguno de vosotros se anima a cocinar un bicho de éstos, os aconsejo que no lo saquéis entero a la mesa, y menos si hay niños, porque de verdad que da pena mirarlo ahí muertecito, y verlo cómo va menguando.  Con todo, estaba riquísimo, el muy cochino, y sólo la generosidad de mi madre, que le regaló la mitad que no habíamos podido cenarnos a la muchacha que la cuida, impidió que ayer diese buena cuenta de los restos de "Mou" (éste fue el apelativo cariñoso con el que bauticé al gorrino).  Sea como fuere, todavía nos quedan prácticamente dos semanas de fiestas y ya estoy hasta el gorro de dulces, de nueces y de comidas copiosas.  La pena es que mantenemos las tradiciones más perjudiciales para la salud pero dejamos que se pierdan las más entrañables, como el cántico de villancicos.  Proponerle a un zagalón del siglo XXI que se ponga a cantar "Campana sobre campana" o "Ay del chiquirritín" es casi una misión imposible, entre otras cosas porque prefieren ver el Disney Channel o parlotear en el Messenger o jugar con la Nintendo...  Me pregunto cómo serán las Navidades de dentro de cincuenta años, y me respondo que, como, al fin y al cabo, no voy a vivir para entonces, es preferible no saberlo...

viernes, 24 de diciembre de 2010

¡¡FELIZ NAVIDAD!!

A todos mis lectores y amigos, os deseo para estas Fiestas una manita de paz, amor, alegría, salud y felicidad.  Que seáis muy pero que muy felices.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Ayfón, ayfón, ya (casi) tengo mi iPhone

El Monty tuvo la culpa. Durante la cena de Navidad del CineClub, tanto me vaciló de su iPhone, que mis ya efusivos deseos hacia tal engendro del Maligno se dispararon aún más...




Mi primer móvil lo adquirí a finales del año 2000. Era un Siemens de horrendo diseño que me vendieron, en un pack de dos, en una tienda Movistar, con una molestísima antena exterior y teclas cuyos números se borraban con el sudor de los dedos. Luego, con los puntos o así, adquirí otro Siemens más estilizado pero cuya pantalla se me quebró a las pocas semanas, y luego un Sony Ericsson que se me perdió en un tren, un SHARP GX15 que conllevó el cambio a otro operador, Vodafone, y, posteriormente, un primer Nokia que escogí porque a mi hijo le hacía gracia el anuncio en el que lo promocionaban, y que suponía un nuevo retorno a Movistar. Desde entonces, he sido nokiadicto, salvo por mis dos escarceos con HTC, con dos PDA's cuya dramática historia ya he narrado alguna vez en esta página. Sólo diré que, cuando salió el primer iPhone, yo acababa de hacerme con la HTC Kaiser que tuve más tiempo rota que entre mis dedos, pero, desde que lo ví en una tienda de Alhama, he querido conseguir el famosísimo terminal de Apple… sin éxito.



Ya el año pasado intenté canjear todos mis puntos por el iPhone 3G, pero o no me llegaban o no quedaban unidades en la tienda o ya entonces las condiciones impuestas por Telefónica eran leoninas, así que me conformé con un Nokia N86 que tenía (tiene) de táctil lo que yo de rico. Cuando, mediante una campaña publicitaria sin precedentes, salió a la venta el iPhone 4, nuevamente volví a enamorarme del aparatito con una manzana dibujada en el dorso. El otro día, mi amigo Monty no dejó de exhibirlo ante mis ojos, y cuando me planteé qué regalo podía hacerme a mí mismo para estas Navidades, no tuve ninguna duda.



Claro que conseguir un iPhone no es tan fácil como pudiera parecer... Las operadoras que los controlan son perfectamente conocedoras de su inmenso potencial, y o te lo compras a precio de oro, o sólo te lo dan a cambio de contratar una línea nueva o de realizar una portabilidad (un traslado de una línea de otra compañía). Descartada la primera opción (no está uno para gastarse casi setecientos euros en un capricho), sólo tenía dos posibilidades, y ambas implicaban un cambio de número. Es decir, tanto si hacía una portabilidad (la opción más económica) como si inauguraba una nueva línea, mi iPhone no iba a mantener mi viejo número de teléfono, ése que todo el mundo conoce...



Pero "¿Qué diablos?", pensé, "¡renovarse o morir!", "¡quien algo quiere, algo le cuesta!", y recordé que por algún sitio tenía mi prehistórico GX15 de Vodafone en cuyo interior se albergaba una tarjeta de prepago que compré hace como tres años, cuando unas averías de Movistar me dejaron incomunicado durante días. Conociendo mi suerte, no era de extrañar que, dado el tiempo que no había utilizado esa línea, se hubiese quedado más desfasada que los christmas navideños, así que me ví obligado a entrar a una tienda de Vodafone y comprar una nueva tarjeta (por cierto, por fin se cumplió uno de mis viejos sueños y/o temores: mi nuevo número comenzará por "666").



Ya parecía que todo estaba atado y bien atado, cuando me surgió un nuevo problema: disponer de una nueva línea y un nuevo número no me excluía de continuar pagando el mínimo mensual por la vieja línea y el viejo número, ya que, aunque no lo recordaba, tenía comprometida una permanencia por un año más, hasta enero de 2012.



O séase: mi atracción fatal hacia la criatura de Steve Jobs me iba a obligar a pagar no una sino ¡dos! líneas de teléfono. Puede que cualquier otro hubiese desistido ante tantos impedimentos, pero el hijo de María Fernández, no. Averigüé que la permanencia obligada en una línea de Movistar podía anularse a cambio de la "módica" cantidad de 108 euros más IVA, así que hice cuentas (108 + el coste de la portabilidad sumaban menos que la mitad del iPhone comprado "libre"), y, sintiéndome incluso ahorrador, procedí gustoso a la compra de mi libertad... sólo para comprometerme, en la nueva línea a punto de ser "portabilizada", a una nueva permanencia aún más duradera y, por supuesto, imposible de anular.



En fin, si todo sale según los plazos marcados (la portabilidad no será efectiva hasta dentro de una semana), muy posiblemente ya podré enviar los tradicionales mensajes SMS felicitando el Año Nuevo desde un número también nuevo y, lo que es más importante, desde el aparatito más famoso en el mundo mundial y que se había convertido en otro sueño que, hasta hoy, no me había sido posible cumplir.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Cine actualidad/ "BALADA TRISTE DE TROMPETA"

El payaso que mordió a Franco




Madrid, 1973. El Presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco, pasa con su coche oficial justo por delante de un payaso vestido de obispo y armado hasta los dientes. Segundos después, una terrible explosión lanza por los aires el coche de Carrero, víctima del célebre atentado de ETA conocido como “Operación Ogro”. El payaso no es sino un testigo presencial, pero ni siquiera el magnicidio le aparta de su destino: un Valle de los Caídos más oscuro y lúgubre de lo que jamás se ha visto…



Esta secuencia de “Balada triste de trompeta”, el nuevo film como director de Alex De la Iglesia, Presidente de la Academia del Cine español, es simplemente uno de los muchos momentos afortunados de una película sorprendente y que te deja clavado en la butaca desde el inicio, el cual transcurre en plena Guerra Civil. España y su historia son el escenario perfectamente reconocible en el que se sitúa la historia de Javier, un pobre hombre condenado a ser el Payaso Triste del Circo, el blanco de todas las burlas, la víctima de la crueldad ajena. Cuando se enamora de la trapecista, pareja de su jefe, el violento y sádico Payaso Gracioso, comienza su particular vía crucis, durante el cual, con todo, tendrá la oportunidad de redimirse ante sí mismo de toda una vida de pasividad y cobardía…



Como todas las películas habidas y por haber, "Balada triste de trompeta" es susceptible de ser analizada desde varios puntos de vista, dependiendo del enfoque particular de cada espectador. Si nos atenemos estrictamente al plano argumental, habría que reseñar que se recurre gratuitamente a determinados tópicos harto frecuentes en nuestro cine, que hay un montón de personajes superfluos, que la evolución de los tres protagonistas no está del todo justificada y que en el último tercio del metraje se abusa de una violencia (pienso que) gratuita que parece más propia del género terrorífico. Todos esos inconvenientes, con todo, no desmerecen los grandes logros estéticos del film, que se basan en la portentosa puesta en escena y en la espléndida banda sonora.



Ya desde el principio se aprecia que Alex de la Iglesia está en plena forma como narrador cinematográfico. La maravillosa fotografía de Kiko de la Rica, la composición de los planos y un montaje superlativo te dejan boquiabierto (a mí al menos, así me dejaron), y la partitura firmada por el jumillano Roque Baños es su perfecto acompañamiento. Ya he dicho alguna vez que Baños no tiene ningún pudor a la hora de "inspirarse" en trabajos ajenos (John Williams, James Newton Howard) e incluso propios ("Alatriste"), pero es indudable el poderío de su orquestación, patente sobre todo en unos antológicos títulos de crédito.



Un sensacional Antonio de la Torre como el payaso sádico, un Carlos Areces un pelín deficitario como el payaso triste y una sorprendente Carolina Bang como la trapecista encarnan a los tres protagonistas principales, pero otro de los alicientes de la película es el nutrido elenco de actores secundarios, en el que militan Sancho Gracia, Fernando Guillén Cuervo, Manuel Tejada, José Manuel Cervino, Luis Varela, Terele Pávez, Joaquín Climent, Fran Perea, Fofito o el mismísimo Santiago Segura. Se nota que De la Iglesia mantiene muy buenas relaciones con la mayoría de la familia del cine español.



Desde la Guerra Civil hasta los años setenta, desde "Los payasos de la tele" hasta "Kojak", desde la construcción del Valle de los Caídos hasta las famosas cacerías en las que participaba el Caudillo, todo en "Balada triste de trompeta" (que toma su título de una célebre canción de Raphael) está plasmado con una imaginación y una energía muy pocas veces vistas en nuestro cine. Quizás por éso, yo, personalmente, le perdono sus pequeños defectos y me declaro admirador de sus notabilísimas virtudes. “Balada triste de trompeta” es, para mí, la mejor película de Alex de la Iglesia.



Luis Campoy



Lo mejor: la puesta en escena, la fotografía, la banda sonora, Antonio de la Torre


Lo peor: la violencia granguiñolesca y no del todo justificada


El cruce: “Ay, Carmela” + “El día de la Bestia” + “Muertos de risa” + “Con la muerte en los talones”


Calificación: 9 (sobre 10)

jueves, 16 de diciembre de 2010

La Zarzuela y yo

Mi madre me decía (y me sigue diciendo) que, por mucho que me guste el Cine (con mayúsculas), sin la Música (también con mayúsculas), yo no podría vivir. Y bien cierto que es. El otro día hablaba del impacto que me causó el fallecimiento de John Lennon, pero, durante aquellos años 70 y 80, yo ya tenía gustos musicales tan amplios y tan eclécticos como ahora. Lo mismo me impresionaba un disco de The Beatles que el "Ommadawn" de Mike Oldfield que el "Album de Oro" de Serrat o la última banda sonora de John Williams. También me encantaba la Zarzuela. Oía a mi madre cantar la "Mazurka de las sombrillas" y el "Caballero del alto plumero" de Luisa Fernanda y poco a poco me iba introduciendo en un mundo maravilloso que, lamentablemente, ya entonces iba quedando lejos de los gustos del público mayoritario. Creo que lo primero que compramos fueron un par de discos de Alfredo Kraus (¿qué mejor voz para iniciarse en el mal llamado "género chico"?), y luego la Caja de Ahorros Provincial de Alicante tuvo a bien regalarnos una recopilación de preludios e intermedios "modernizados" que se titulaba "Zarzuelas favoritas". Allí estaban la citada "Luis Fernanda", "La Parranda", "Gigantes y cabezudos", "Marina" y otras muchas, y todas me parecieron maravillosas y todas quise conocerlas en su instrumentación original. En Navidades, los Reyes Magos me trajeron un par de LP's que cosntituyeron para mí todo un tesoro de valor incalculable: una edición de "Luisa Fernanda" realizada por el sello Alhambra, cantada por Teresa Berganza, Julián Molina y Antonio Blancas, y otra de "Los Gavilanes", de la casa Hispavox, con Renato Cesari, Pilar Lorengar y Pedro Lavirgen en los papeles principales. Precisamente "Los Gavilanes" se convirtió, desde aquel instante, en mi zarzuela preferida, la que más veces he escuchado y más veces he visto. Porque el siguiente paso, claro está, era ir a ver cuantas zarzuelas pudiera. Mientras mis amigos y compañeros practicaban disciplinas extraescolares como el judo o el karate, yo aprovechaba para escaparme al Teatro Principal cada vez que asomaba las narices cualquier pequeña o gran Compañía lírica, de ésas que entonces daban trabajo a un buen número de cantantes, actores y bailarines que se pasaban casi toda la vida viajando por España y por la América latina. La que más veces acudí a ver fue la "Compañía Lírica Española" de Antonio Amengual, en la que actuaban profesionales tan maravillosos como Marisol Lacalle, María Dolores Travesedo, el etéreo Miguel de Alonso, el campechano Tomás Alvarez, Rubén Garcimartín, Ana María Amengual (que siempre he creído que era hija del propio director, aunque igual podía haber sido su hermana), o un jovencísimo Enrique Ruiz del Portal, que entonces era "tenor cómico" pero ya brindaba excelentes composiciones como la que realiza actualmente como el mesonero Thenardier de "Los Miserables".

Me recuerdo, casi siempre solo, en un lejano anfiteatro (donde la entrada era más barata), escudriñando con mis prismáticos para no perderme detalle de los rasgos de los artistas y de los detalles de los decorados que, obviamente, en su mayoría servían tanto para "Luisa Fernanda" como para "La del manojo de rosas", tanto para "Marina" como para "La tabernera del puerto". La de horas que me pasé en aquel teatro, con los ojos abiertos como platos, los oídos extasiados y las palmas de las manos echando humo de tanto aplaudir... Muchas veces incluso me colaba en los camerinos al final de las funciones, y así obtuve unos cuantos autógrafos que durante años conservé como lo que eran, auténticos tesoros. Luego, con el paso de los años, las sucesivas crisis económicas y los cambios en el gusto de los consumidores, poco a poco fueron espaciándose más y más este tipo de representaciones, de modo que la llegada de una compañía de zarzuela ha acabado por convertirse en un fenómeno poco menos que extraordinario. Desde que vivo en la provincia de Murcia, hace ya casi 25 años, apenas recuerdo haber podido ver 8 o 10 zarzuelas en directo, aunque, éso sí, todas las compañías que se atreven a desplazarse hasta aquí tienen la deferencia de terminar su actuación con el maravilloso "Canto a Murcia" de "La Parranda".



Un mal día de hace cuatro años, cuando, durante una mudanza, me ví obligado a deshacerme de los viejos discos LP que ya tenía en su correspondiente traducción en compact disc y no encontré a nadie a quien poderlos regalar, deposité en un frío contenedor un montón de grabaciones de zarzuela, y sólo días después, cuando ya era tarde, recordé en que dentro de las carpetas de aquellos discos era donde guardaba mi adorada colección de programas de mano autografiados por aquellos héroes de la música que tan feliz me habían hecho durante mi niñez y mi juventud. Ya no veré más la firma de aquéllos a quienes llegué a considerar mis amigos, y que habían sonreído al niño tímido y gafotas que yo era, mientras, con las caras aún empolvadas de maquillaje, se avenían a trazarme una dedicatoria que para mí significaba tanto como si me la hubiera escrito el mismísimo Caruso. No veré sus firmas, pero conservo imborrables mis recuerdos, recuerdos de aquellos años inocentes en que la Zarzuela me hizo tan feliz.

martes, 14 de diciembre de 2010

la noche que murió John Lennon

Como casi todo el mundo, yo sabía quiénes eran o habían sido Los Beatles, e incluso podía recitar sus nombres de carrerilla: John, Paul, George y Ringo. En la radio había escuchado sus canciones más famosas ("Submarino amarillo", "Yesterday", "Ob-La-Di, Ob-La-Da") y hasta sabía que el motivo de su separación tuvo que ver con las diferencias irreconciliables que surgieron entre John Lennon y Paul McCartney, pero hasta que un vecino llamado Tomás Miguel me prestó su LP "La Banda de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta" no me hice una verdadera idea de lo que para el mundo de la música habían representado aquellos genios de Liverpool. Tenía yo 16 años, y conseguí que mi padre me comprase las mejores recopilaciones que por aquel entonces existían del cuarteto, dos discos dobles popularmente conocidos como el "Disco rojo" y el "Disco azul", en cuyas portadas aparecían los Beatles en contrapicado, es decir, fotografiados desde el suelo, apoyados en una barandilla y evidenciando perfectamente el paso del tiempo. El escenario y los músicos eran los mismos, pero en la portada del disco rojo aparecían cuatro chicos modositos con el pelo corto y perfectamente rasurados, mientras que en la del disco azul podía verse a los cuatro tal y como eran poco antes de separarse, melenudos, barbudos y máximos exponentes de la moda hippie. Todo un logro visual que no pasó inadvertido.



Era el año 1979, y, ya por separado, los Beatles seguían dando guerra. Con la única excepción de Ringo Starr, de quien no recuerdo ningún éxito en solitario, tanto George Harrison como Paul y John solían asomarse habitualmente a las radiofórmulas de la época (léase, cómo no, los "40 Principales"). De Paul me había gustado "Don't Say Goodbye Tonight", y de George, "Blow Away", pero ni la una ni la otra podían compararse con esa maravilla que John había creado y que se titulaba "Imagine", todo un himno contra la injusticia y la desigualdad.



John Lennon era un tipo que gustaba mucho a los jóvenes pero solía caerle mal a los mayores. No se le perdonaban algunas declaraciones chulescas ("Los Beatles somos más famosos que Jesucristo"), no gustaba su pacifismo militante, no eran bien recibidos sus desnudos junto a su musa Yoko Ono (respecto a ella, nunca fue más cierto aquéllo de que la belleza reside en el interior de las personas), estaban muy mal vistos sus coqueteos con las drogas y, por supuesto, aquellos carcas detestaban las pintas que se gastaba el ex-Beatle, con aquellas barbas y aquellas melenas desgreñadas. Pero en 1980, cuando sacó su álbum "Double Fantasy", John Lennon volvió a primera plana de la actualidad, y parecía un hombre distinto, un hombre nuevo. Había dejado la droga, llevaba el pelo más corto y más limpio y se había afeitado, y lo mejor de todo era que su música era igual de buena. Hacía cinco años que no grababa ningún disco, y sus nuevas canciones "Woman" y, sobre todo, "(Just like) Starting Over", me engancharon desde el principio.



La mañana del día 9 de Diciembre de 1980 iba a ser para mí como cualquier otra. Me desperté temprano, y, antes de salir hacia el Instituto, me detuve un momento en la cocina, donde mi madre me tenía preparado su riquísimo vaso de leche chocolateado con ColaCao. En la radio, comenzó a sonar precisamente "(Just Like) Starting Over" ("Como si empezásemos de nuevo"), y entonces un locutor interrumpió la canción para anunciar que John Lennon había sido asesinado la noche antes frente a su casa de Nueva York. Un perturbado llamado Mark David Chapman, lector obsesivo de "El guardián entre el centeno" de J.D. Salinger y fan fatal de Lennon, había disparado cinco veces sobre su ídolo, seis horas después de haber obtenido de él un autógrafo que John le firmó en la carpeta del disco "Double Fantasy" que Chapman llevaba consigo.



Aquélla fue una de las veces que más he llorado en toda mi vida. Sin poder evitarlo, los ojos se me llenaron de lágrimas de tristeza y, sobre todo, de rabia. ¿Por qué no sólo un músico, un cantante, sino un pacifista, un defensor de los derechos de las personas, tenía que morir así, en plena juventud? No lo entendía, y, treinta años después, aún sigo sin entenderlo. Leí "El guardián entre el centeno" y en aquel relato sobre las desventuras de Holden Caulfield no hallé ni una sola frase que pudiera conducir a Chapman a acometer tal atrocidad. Tampoco quise creer en la presunta maldición que se cernía sobre el Edificio Dakota, que era el nombre de aquella lúgubre mole de cemento y hormigón en la cual John vivía y ante la cual fue acribillado, y que asímismo fue donde otro loco homicida, Charles Manson, había asesinado a la esposa del director de cine Roman Polanski, Sharon Tate, en plena vorágine de lo que había parecido ser un ritual satánico.



No era la primera vez que un músico famoso moría de forma prematura y violenta. Ni sería la última. Pero John Lennon, para mí, era algo especial: era el cerebro de Los Beatles (Paul era el corazón), era el autor de "Imagine", era un modelo y un ejemplo para los jóvenes, con todo lo bueno y lo malo que éso podía llevar consigo. En todas las partes del mundo, millones y millones de personas se congregaron aquella noche para escuchar y cantar juntas "Imagine" y "Give Peace a Chance", y aún recuerdo cómo, meses después, el querido alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván dedicó una calle al malogrado cantante (refiriéndose a él como "John LennoX", supongo que gajes de la edad). Lo cierto es que cuando un músico famoso se va antes de tiempo (caso de Elvis Presley, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin y, posteriormente, Freddie Mercury o Kurt Cobain), su voz no se apaga, su nombre no se olvida y, la mayoría de las veces, nace una leyenda.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Cine actualidad/ "LAS CRÓNICAS DE NARNIA: La travesía del Viajero del Alba"

Pobre fantasía




A diferencia de su prima hermana, "La brújula dorada", que, basada en la saga de novelas juveniles de Philip Pullman, no pasó de su primer y muy decepcionante film inaugural, la saga de "Las Crónicas de Narnia", inspirada en los libros de C.S. Lewis, llega a su tercera entrega cinematográfica, que se titula "La travesía del Viajero del Alba".



Mientras Inglaterra en pleno se moviliza contra la Alemania nazi, los más pequeños de los hermanos Pevensie, Edmund y Lucy, vuelven nuevamente al reino mágico de Narnia, esta vez acompañados por su insoportable primo Eustace. Junto al recién nombrado Rey Caspian, tendrán la responsabilidad de averiguar cuál es el origen de una misteriosa bruma verdosa que abduce a cientos de narnianos que desaparecen sin dejar rastro, entre ellos, siete nobles compañeros de armas del padre de Caspian...



Sobre las evidentes o evidentísimas similitudes entre los libros (y las películas) pertenecientes a las series de "Las crónicas de Narnia" y "El Señor de los Anillos" ya hemos hablado con motivo del estreno de los dos films narnianos precedentes, pero nunca está de más recordar que los autores de ambos, C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien, fueron contemporáneos y amigos en la vida real, de modo que parece ser que no pudieron evitar compartir determinados puntos de vista y no pocos recursos literarios. Lewis, sin embargo, era mucho más religioso que Tolkien, y, por éso, a poco que nos esforcemos, podremos hallar en su obra un sinfín de referencias pseudobíblicas. Con todo, a la hora de dar el salto al cine, sólo la primera parte, "El león, la bruja y el armario", conservó algunas reminiscencias religioso-moralizantes, mientras que sus dos continuaciones, "El príncipe Caspian" y la que ahora nos ocupa, "La travesía del Viajero del Alba", apuestan más decididamente por la aventura y dejan de lado la teología y la metafísica.



Eso sí, a nivel aventurero parece que este tercer capítulo navega por aguas algo menos inspiradas y bastante más humildes. La falta de presupuesto se evidencia en todos y cada uno de sus fotogramas, lo cual da un poco de pena porque algunos efectos digitales (la aparición de las sirenas, el retorno de la bruja mala que interpreta Tilda Swinton) "cantan" de lo lindo. Sí, se nota que en estos años la saga de "Las crónicas de Narnia" ha cambiado de manos, y parece que la actual poseedora de la franquicia, 20th Century Fox, no ha podido o no ha querido igualar los dispendios económicos que Disney realizó en los dos primeros títulos. Así, y a pesar de que tras las cámaras, en sustitución del original Andrew Adamson, tenemos a todo un veterano como Michael Apted (apto realizador de "Quiero ser libre" y "Gorilas en la niebla"), el producto final es un quiero y no puedo que nunca llega a aportar las dosis de espectacularidad necesarias. Escenarios más bien cutres, escenas de masas con los mínimos figurantes y una triste ausencia de caras conocidas en el reparto de secundarios, son algunas de las deficiencias de las que adolece este film. Es como un hermano pobre tanto de "El Señor de los Anillos" como de "Harry Potter", que parece ser otra de sus fuentes de inspiración, al menos desde el punto de vista visual.



Respetuosa con su origen novelesco pero algo desilusionante, "La travesía del Viajero del Alba" (que es el nombre del velero en que viajan los protagonistas) tiene unos pocos hallazgos notables (el modo en que al final se abren las aguas del mar, remitiendo, cómo no, a la inmortal "Los diez mandamientos"), pero se hace un poco pesada porque sus supuestas maravillas fantásticas no maravillan como deberían. ¿Agotamiento de la saga? Pudiera ser... En cualquier caso, y dado que los protagonistas originales, los cuatro hermanos Pevensie, ya no protagonizan los siguientes relatos de C.S. Lewis (cediendo el testigo al citado primo Eustace, tan repelente que casi sería preferible pagar con tal de no verlo), puede que éste sea el momento idóneo para que "Las Crónicas de Narnia" se tomen un bien merecido descanso, como ya hizo, prematuramente, “La brújula dorada”. Algunos padres se lo agradeceríamos...



Luis Campoy



Lo mejor: la visualización de las aguas del mar separándose


Lo peor: la notoria precariedad presupuestaria, la copia en 3-D (el film no se rodó originariamente en tal sistema, y doy fe de que la película no necesita para nada esa tecnología tan sofisticada y que tanto encarece el precio de las entradas)


El cruce: "Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario" + "Piratas del Caribe" + "Shrek" + "Los diez mandamientos"


Calificación: 5,5 (sobre 10)

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Musicales en escena/ "LOS MISERABLES"

 Más que un musical… una gozada



Hasta que, en la noche del pasado sábado, la orquesta no atacó los primeros compases del preludio de "Los Miserables", todavía no acababa de creerme que uno de mis mayores sueños estaba haciéndose realidad. Después de tantos años de amar profundamente este maravilloso musical escrito por Alain Boublil y musicalizado por Claude-Michael Schönberg en 1980 a partir de la famosa novela de Víctor Hugo, por fin iba a poder entrar directamente dentro de él... y sin necesidad de tener que desplazarme hasta Londres, donde en la actualidad se está representando no en uno sino en dos teatros, ya que el Queen’s Theatre continúa ofreciendo, 25 años después, el montaje original de la pieza tal como ha sido exhibido desde 1985, mientras que en el Barbican puede verse una nueva versión actualizada que es hermana gemela de la que el pasado día 18 de Noviembre debutaba en el Teatro Lope de Vega de Madrid y que fue la que, lleno de expectativas, yo pude disfrutar.



A la hora de plantearme este artículo, no sabía si empezar por hablar de las (muchísimas) cosas que me entusiasmaron o de los (pocos) aspectos que no me convencieron, pero, tras arduas deliberaciones internas conmigo mismo, he llegado a la conclusión de que es preferible exponer primero los defectos, con el fin de que, más adelante, las virtudes brillen doblemente. Lo primero que tengo que decir acerca de esta representación que presencié en el Lope de Vega es que... no me hubiese gustado tener que verla en el Lope de Vega. Conozco la trayectoria de este castizo y entrañable local, que ha albergado decenas de fastuosos musicales a lo largo de sus ilustres décadas de historia, pero uno, enamorado irredento de "Les Miserables", hubiese deseado poder disfrutarla en un teatro algo mayor, o al menos en uno con un escenario más grande, donde sus movimientos de masas y sus escenas de acción hubiesen destacado aún más. Asimismo, no puedo evitar pensar que, en un teatro de mayores dimensiones, el foso de la orquesta también hubiera sido mayor, y, por tanto, hubiesen podido acumularse más músicos. Con todo, éstas no dejan de ser trivialidades subjetivas sin importancia.

Para mí, el error más grave que puede achacarse a esta nueva versión en castellano de la obra es la mediocridad de sus cantables. Como dije años atrás en un primer acercamiento a este tema, uno de los principales aciertos de la adaptación inglesa había sido que las letras parecían escritas originariamente en la lengua de Shakespeare, con lo que era todavía más fácil que este musical se convirtiera en un fenómeno universal sin precedentes. Sin embargo, lo cierto es que el nuevo texto en español perpetrado por Albert Mas Griera deja bastante, bastante que desear. Pasajes mal traducidos (¿alguien puede explicarme por qué el número de presidiario de Jean Vallean pasa del "2-4-6-0-1" original al "2-3-6-2-3"? ¿sólo por prosodia?), estribillos sin vigor ni garra y abuso de locuciones facilonas ("monsieur", es decir, "mesié" y "fatal" se utilizan a tutiplén) hacen que algunas canciones pierdan parte de su encanto y creo que incluso impiden el lucimiento de los intérpretes. Cuando uno tiene que cantar o recitar un buen texto tiene más posibilidades de lograr la excelencia que cuando se enfrenta a un cúmulo de vulgaridades. Así, temas primordiales como "Stars", "Empty chairs at empty tables" o incluso mi fragmento favorito, "On my own" poseen letras españolas tan poco conseguidas que algunas no apetece ni cantarlas, lo cual es una auténtica lástima. No sé por qué no se ha mantenido íntegra la traducción de la versión que produjo Plácido Domingo en 1992 (sólo se conservan unos pocos fragmentos), que, si bien tampoco era ni mucho menos perfecta, al menos sonaba mejor al oído. Algo parecido sucedió con la nueva andadura de "Jesucristo Superstar" exhibida hace un par de años, que prescindió de las letras de la versión que inmortalizaron Camilo Sesto y Teddy Bautista y su pésimo soporte literario hacía aguas por todos lados, ensombreciendo la magnífica labor de los vocalistas.



En lo que se refiere a los aspectos más conseguidos de esta nueva producción, hay que celebrar, en primer lugar, el gran nivel del elenco artístico. Ante todo, es justo destacar el soberbio trabajo de los dos protagonistas principales, Gerónimo Rauch como Valjean e Ignasi Vidal como Javert. Nacido y formado en Argentina, Rauch posée todas las virtudes del tenor operístico y no escatima un derroche de voz en todos sus finales, si bien para mi gusto abusa un poquitín de los falsetes. Su participación en el reciente concierto del vigésimo quinto aniversario junto a nada menos que el glorioso Colm Wilkinson es también inolvidable. Vidal acababa de ser Judas en "J.C. Superstar" y aquí de nuevo da vida al villano de la historia, con una presencia intimidatoria y un poderío vocal incontestable. Ellos dos fueron los más aplaudidos al final, los únicos que levantaron al público de sus asientos. A continuación quiero citar a Enrique R. del Portal, poco menos que un viejo amigo al que llevo viendo desde siempre en mil y una zarzuelas y que, paradójicamente, ya participó en el montaje de "Los Miserables" de 1992 (allí incorporando a Enjolras). Su mesonero Thenardier se luce soberbiamente en cada número, hilarante y detestable a la vez. Es el perfecto robaescenas, y lo mismo puede decirse de la estupenda Eva Diago, que representa a su oronda esposa. Fantine corre a cargo de Virginia Carmona, cuya versión de "I dreamed a dream" no tiene la espectacularidad de las de Patti LuPone o incluso Susan Boyle (hay que ser justos y agradecerle a esa señora lo mucho que ha hecho para popularizar la obra), pero al menos ha mejorado con respecto a los ensayos difundidos en YouTube.

En la función que yo presencié quiso la casualidad que no actuara Guido Balzaretti, el Marius titular, sino su suplente, Edgar Martínez, que resolvió la papeleta sin brillo pero con dignidad; tampoco podía esperarse mucho más, con las cursiladas que estaba obligado a recitar. Casi idénticas palabras valdrían para Lydia Fairén recreando a la tierna Eponine, el personaje más dual del relato; para mí tiene un romanticismo irresistible y además canta dos temazos como la citada "On my own" y "A little fall of rain", aunque, claro, no destacan especialmente con esas letras españolas tan cutres (así y todo, no se lo digáis a nadie, pero confieso que cuando la esforzada voz de la Fairén comenzó a entonar la primera de las dos canciones mencionadas, casi se me saltaron las lágrimas de la emoción, y hasta me pellizqué para asegurarme de que no estaba simplemente soñando que veía "Los Miserables"). Cosette es, de entre los papeles destacados, el menos favorecido musicalmente (apenas tiene un solo, "Castle on a cloud", y encima lo canta la Cosette niña, y no la adulta), así que poco me esperaba de Talía del Val, quien, por cierto, se repitió demasiado en los finales barrocos llenos de gorgoritos. En cuanto al "eurovisivo" Daniel Diges, compone un seductor Enjolras, si bien me chocó que llegase sobrado a las notas altas pero se ahogase un poco en las graves; más o menos lo mismo que les pasaba a "Fantine" y "Eponine", aunque, claro, ellas son mujeres... La calidad de los coros, sobre todo los femeninos, me dejó alucinado, y esa orquesta que en principio me pareció que podía quedarse corta, realizó un trabajo tan soberbio que casi llegué a sospechar que aquel sonido provenía de un disimulado playback, absurda idea de la que los ensayos de los profesores antes de la representación y los ágiles movimientos de la batuta del director musical Alfonso Casado me hicieron desistir. El caso es que no se les fue ni una nota ni tuvieron el más mínimo fallo. Sobresaliente o, mejor aún, matrícula de honor, para la orquesta y los coros.



Por lo que respecta a la puesta en escena, ya sabía que "Los Miserables" había sido pionera en innovaciones técnicas desde su estreno en los años 80, pero este nuevo montaje superó todas mis ilusiones. Decorados móviles, plataformas giratorias, proyecciones y retroproyecciones, alucinantes efectos de luz y sonido, sorprendentes hallazgos estéticos a partir de algunas pinturas obra del propio Víctor Hugo... La prisión que se convierte en campo, y, posteriormente, en fábrica, y luego en muelle, y a continuación en concurrida calle parisina... La sensacional batalla en la barricada (que los actores, en un alarde de osadía, mientras se enfrentan a un enemigo invisible, libran dándole la espalda al público durante larguísimos minutos), llena de explosiones, disparos en Dolby 5.1 y cegadores fogonazos de luz… La alcantarilla en la que se introducen Valjean y Marius, representada de tal modo que estos dos personajes, y luego el despreciable Thenardier, parecen realmente sumidos en un sinuoso túnel… El espectacular suicidio de Javert, que salta desde un puente y al que vemos volar mientras cae hacia las aguas imaginarias del Sena… Puestos a ponerme un poco borde, solo podría alegar que se echa en falta algo más de emoción en las apariciones de los fantasmas, uno de los platos fuertes del montaje primigenio. Cuando, mientras un convaleciente Marius canta "Empty chairs at empty tables", surgen de entre las sombras los espectros de sus compañeros muertos, solo vemos a un grupo de actores cuyo papel creíamos concluído y retornan brevemente con insípida frialdad; ahí los técnicos de luminotecnia no anduvieron del todo finos, y pienso que, si tan solo los "aparecidos" se hubiesen acercado más a los rostros las velas que recogen del suelo, igual hasta el efecto hubiera sido algo más aterrador… (Por cierto, ¿sólo a mí me chocó que en esa canción, que se traduciría como "Sillas vacías ante mesas vacías"… ¿no hubiese ni una silla ni una mesa en el vacío Café…?).



A diferencia de otros musicales actualmente en cartel como “Chicago” o “Mamma Mía!”, “Los Miserables” posée una riquísima base literaria (la famosa e inolvidable novela de Víctor Hugo, inspirada a su vez en hechos reales), pero es a partir de su transformación en musical cuando el relato trasciende las fronteras de las artes y los géneros. Pocas veces tan hermosas melodías han sido tan amadas por el público de todo el mundo, y este éxito apoteósico que dura veinticinco años (treinta, si contamos el concepto original francés) no podría explicarse si no es en base a las emociones que genera, las cuales, obviamente, vienen respaldas por una inteligencia, un talento y una perseverancia simplemente extraordinarias. Cameron Mackintosh nos hizo felices a millones de adeptos cuando estrenó “su” obra en 1985, y la nueva producción que ahora puede disfrutarse en Madrid es, también, un oasis de felicidad en esta época tan sórdida. Su hermosa historia de redención, amor y libertad, su inteligentísima alternancia de drama y comedia, sus bellísimas canciones y la asombrosa puesta en escena del Lope de Vega se merecen todo mi respeto y mi agradecimiento. Gracias infinitas a Stage Entertainment, y a Alfonso Casado, y a Gerónimo y a Ignasi y a todo el reparto y cuerpo técnico, por regalarnos algunos de los mejores instantes de nuestras “miserables” vidas.



Luis Campoy



Lo mejor: la orquesta, los coros, la impresionante puesta en escena, Gerónimo Rauch, Ignasi Vidal, Lydia Fairén, Enrique del Portal


Lo peor: las traducciones de las letras, los actores infantiles, Talía del Val


Calificación. 9 (sobre 10)

martes, 7 de diciembre de 2010

"Miserable" otoño en Madrid

Había estado bastantes veces en Madrid, pero siempre por motivos laborales y nunca por placer.  ¿Y qué mayor placer que presenciar "Los Miserables", mi musical favorito, en el castizo Teatro Lope de Vega, situado en el mismísimo corazón de la Gran Vía...?  Sobre mis impresiones acerca de la obra propiamente dicha, ya publicaré próximamente un artículo pormenorizado, pero, para abrir boca, tengo que decir que en absoluto defraudó mis elevadísimas esperanzas.  Tampoco la ciudad de Madrid en sí, tras un viaje de cinco horas en tren que había empezado en una estación casi fantasmagórica (por la oscuridad y el frío de la madrugada lorquina, que se traducían en calles, salas de espera y andenes poco menos que desiertos), y culminó en una Atocha hiperconcurrida y mucho menos fría de lo que se podía presagiar.  Tampoco se percibía a primera vista el presumible caos que la huelga de los controladores había provocado, y que el Ejército tuvo que paliar sin tener que levantarse en armas contra el Gobierno.  Lo primero que realmente me sorprendió fue el precio de los taxis.  Cuando, en plan “señorito”, me subí a aquel enorme vehículo, presuponía que se me iban a ir no menos de veinticinco euros, pero el precio final fue mucho más razonable:  siete euros con ochenta.  Claro que es posible que los taxis sean de las pocas cosas baratas en la Capital.  Eso y los bocadillos de calamares…  Cuando ví las cartas de precios en los escaparates de los lujosos restaurantes que bordeaban el Paseo del Prado, busqué denodadamente un Chino, y luego un McDonald’s, y éste estaba  tan atestado que finalmente recalamos en un pequeño garito donde pudimos degustar su famoso bocata de calamares acompañado de perniciosas pero riquísimas cortezas de cerdo.  Poco menos que como cerdos tendrían que sentirse los que tasan los productos de la cadena de cafeterías Starbucks, donde un trozo de tarta de chocolate rancio cuesta 3,50 euros.  Ni siquiera la contemplación de la fuente de Neptuno tras el escaparate justifica tal atraco a mano armada…  Un poco más allá, el Museo del Prado se alza aristocrático mientras Velázquez, pincel en mano, otea el horizonte en busca de modelos que inmortalizar.  Algunos de ellos, como escapados de “Las Meninas”, presiden la balconada de una famosa tienda de artículos toledanos, conformando un despliegue de arte callejero que tenía como banda sonora la performance de una pintoresca banda de jazz que igual tocaba el “White Christmas” de Irving Berlin que el “C’Est si bon” de Louis Armstrong.  Ya subiendo hasta el hotel, sólo había que desplazarse unos metros para encontrarse con el Congreso de los Diputados, en cuya fachada (engalanada con rojas banderolas que recordaban que se celebraba la fiesta anual de la Constitución) y junto a cuyos regios leones todos los pánfilos no podemos evitar fotografiarnos.  Me chocó que, a poquísimos pasos de allí, tuviese su sede la ¿Iglesia? de la Cienciología, famosa no por su doctrina sino por su pésima reputación (son muchos los que la tildan de secta) y, sobre todo, por contar con adeptos tan ilustres como Tom Cruise o John Travolta. 

Tras una pequeña confusión con las tarjetas de apertura de la habitación que habíamos contratado, una mínima siesta y un interesante pero edulcorado telefilm sobre el psychokiller Ted Bundy, la noche madrileña se abrió en toda su luminosidad multicolor.  Al fondo, la Cibeles, a lo lejos la Puerta de Alcalá y ante mis ojos la Gran Vía, coronada por el rascacielos con el rótulo luminoso de Schweppes en el que supuestamente se rodó la escena final de “El Día de la Bestia” (en realidad se filmó en un decorado mucho menos peligroso).  El alumbrado navideño representaba este año un estilizado skyline, y en la plaza de Callao se erguía el famoso y gigantesco abeto ornamentado, ante unos cines homónimos en los que se proyectaban “Harry Potter” y “Entrelobos”.  Cenar en aquella zona un sábado por la noche es poco menos que una misión imposible, y por eso fue por lo que, una vez concluido el musical, pude averiguar que algunos restaurantes de comida rápida mantienen sus puertas abiertas hasta casi la madrugada.  El Kentucky Fried Chicken, no obstante, se empecinó en mantener su rígido horario de cierre y, si se suponía que echaban la persiana a la una en punto, así lo hicieron, incluso cuando tan sólo pasaban dos minutos y tenían a dos hambrientos clientes en la puerta.  Ellos se lo perdieron, porque en el portal contiguo el McDonald’s hizo su agosto en diciembre y vendían tantas hamburguesas como en su hora punta.  El segundo taxi que cogí aquel día no me costó mucho más caro que el anterior, y eso que estábamos más lejos y el trayecto nocturno se hubiera podido prestar al abuso.  El domingo por la mañana, quienes sí abusaron fueron los muchachos de cierto bar de la calle Prado, que te entregan una carta de precios que al final es sólo orientativa, porque sólo se indica lo que suelen cobrar de lunes a viernes, que se incrementa por arte de magia los sábados, domingos, y fiestas de guardar.  Me guardé de entrar en el Jardín Botánico (qué pena, no ví la estatua que inspiró a Radio Futura) porque mi breve estancia madrileña tocaba a su fin, y tenía comprometida una visita al Retiro.  En lugares como éste es donde uno quisiera retirarse, incluso a los sesenta y siete zapaterianos años.  Qué maravilla, qué hermosura, qué sensación de paz…  No llegué a encontrar a ese burro (no sé si realmente existe o no) como el que un día me dijo Santiago Segura que se sentía cuando sus fans no paraban (parábamos) de hacerle fotos, pero todo lo que hallé me impresionó…  favorablemente.  Tanto verde, tanto arte…  El arte que me gusta realmente es el de las bellísimas esculturas que me hacían pararme cada dos por tres (Toulouse-Lautrec, Galdós, el Angel Caído…), y por eso me dejó frío la torre que se exponía en el Palacio de Cristal, majestuosa vista desde lejos pero que en realidad estaba construída con cubos de plástico y sillas de la playa.  ¿Arte conceptual o tomadura de pelo…?  El último trayecto, también en taxi, me condujo de vuelta a Atocha, donde, en un restaurante llamado Passion Food (os lo digo para que evitéis acudir a tal sitio), se resarcieron con creces de lo que yo había considerado hasta entonces un viaje más o menos barato:  más de 40 euros a cambio de un par de menús en los que el plato fuerte era un entrecot que, después de pasarlo dos veces por la plancha, aún continuaba sangrando.  A sangre y fuego defendieron los protagonistas de “Los Miserables” sus elevados ideales de libertad, y, pensando en ello, el momento culminante pero no el único inolvidable de aquellas veintiséis horas, ocupé nuevamente mi asiento en el Altaria, donde acabó como había empezado un viaje de ida y vuelta en el que, sin embargo, hice realidad uno de mis mayores sueños.  Y eso, de verdad, sí que no tiene precio…

viernes, 3 de diciembre de 2010

Musicales de mi vida/ "LES MISERABLES"

El musical que conmovió al mundo


En el día de hoy, voy a dar rienda suelta a una de mis grandes pasiones y voy a hablaros de… un musical; pero no de un musical cualquiera, sino de “El Musical que conmovió al mundo”: “Les Misérables”. Lo que os presento a continuación no es sólo el rendido tributo de un aficionado a la música y al teatro, sino asímismo un estudio más o menos exhaustivo de las circunstancias que rodean a un espectáculo de tanto éxito y que lleva 25 años ininterrumpidos de éxito en los escenarios de todo el mundo. Y ¿qué mejor momento para hacerlo que precisamente ahora, cuando nuevamente vuelve a estar en cartel en los escenarios madrileños…?





EL ARGUMENTO

Francia, 1815. Han pasado casi 30 años de la primera y gran Revolución, pero, para los más humildes, las cosas no han mejorado mucho. Jean Valjean es un pobre hombre, que, aunque dotado de una excepcional fuerza física, lleva 20 años sufriendo la brutalidad de la cárcel de Toulon, dirigida por el fanático Javert, policía de moral inflexible que antepone sus fanáticos principios y su exacerbada fe religiosa a cualquier otra consideración. El “terrible” crimen de Valjean fue robar un mendrugo de pan para dar de comer a su sobrino moribundo, pero para Javert es simplemente un convicto más, un número (“2-4-6-0-1”) que, grabado a fuego en el pecho del reo, le marcará para toda la vida ante sus semejantes. Cuando Valjean recibe la carta amarilla de libertad condicional, Javert le advierte de que tendrá que presentarse periódicamente ante él, y un ingenuo Valjean sale al mundo pensando que volver a ser libre es el regalo más maravilloso que ha podido recibir. Craso error: nada más abandonar la prisión, tiene sobradas ocasiones para comprobar que las cosas no son tan fáciles. Su condición de exconvicto le convierte en ciudadano de segunda clase, su salario es la mitad que el de los demás hombres y ni siquiera se le permite hospedarse en un albergue de mala muerte. Desesperado y a punto de derrumbarse, Valjean recibe la ayuda del bondadoso Obispo de Digne, que le acoge en su casa. Sin embargo, malherida su alma por tantas injusticias y sufrimientos, nuestro hombre roba la vajilla de plata del Obispo y trata de huir, tan sólo para ser nuevamente arrestado. Pero entonces, algo inesperado sucede: el Obispo dice a las autoridades que la plata aprehendida a Valjean no era fruto de un robo sino de un regalo, e incluso le entrega unos candelabros de mucho más valor. Impresionado al comprobar cómo un desconocido es capaz de depararle tanta bondad, Valjean cree hallarse ante una segunda oportunidad y jura rehacer su vida y vivirla no sólo con un nuevo talante sino bajo una nueva identidad, por lo cual infringe la libertad condicional y escapa de la jurisdicción de Javert.

Al cabo de 8 años, Valjean, que ahora se hace llamar Monsieur Madeleine, es no sólo un rico empresario propietario de una fábrica (que montó con el dinero de la plata del Obispo), sino el Alcalde de la pequeña localidad en la que vive, Montreuil-sur-Mer. Una de las trabajadoras de la fábrica, Fantine, tiene una hija secreta, Cosette, fruto de un desliz de juventud con un hombre que las abandonó, y, por no ser capaz de cuidar de la pequeña, la tiene bajo la custodia de Thenardier, un despreciable mesonero. Descubierta su condición de madre soltera y ante la pasividad (o desconocimiento) de Valjean/Madeleine, Fantine es despedida y de repente se ve en la calle y carente de ingresos con los que continuar pagando a Thenardier el sostenimiento de su hija. Acuciada por la necesidad, Fantine va dando tumbos hasta que se ve obligada a vender sus pocas alhajas, su cabello y, finalmente, su propio cuerpo en calidad de prostituta. Denunciada por un cliente con el que no quiso acostarse, es arrestada por Javert, quien ha sido también destinado a Montreuil, si bien la intervención de Valjean evita en última instancia su ingreso en prisión. Javert no reconoce inicialmente a Valjean en la persona del Alcalde, pero un acto heroico de éste, al levantar él solo el enorme peso de un carruaje para salvar a su conductor, le hace pensar en aquel hombre de extraordinaria fuerza que conoció en Toulon tantos años atrás, y al que nunca ha dejado de perseguir por romper su libertad condicional. Sin embargo, un vagabundo acusado de ser el convicto Jean Valjean acaba de ser detenido y va a ser juzgado, de resultas de lo cual irá ineludiblemente a la cárcel. Valjean duda: si se identifica como el auténtico prófugo, será él quien vaya a prisión y sus empleados quedarán sin su patrón, pero, si calla, su alma se condenará por no evitar el sufrimiento de un inocente. En realidad, no hay mucho que pensar, y el “Alcalde” se presenta en el tribunal y desnuda su pecho donde todavía subsiste su número de convicto. Antes de ir a la cárcel, visita a Fantine, gravemente enferma, y mientras ella muere en sus brazos, le promete que cuidará de su pequeña Cosette. En ese momento se presenta Javert, y Valjean, ya sin su “disfraz” de alcalde, le suplica que demore su arresto tan sólo 3 días, el tiempo necesario para recoger a Cosette y traérsela consigo. Javert se muestra, como siempre, inflexible, y, tras un forcejeo, Valjean consigue escapar y emprende el camino hacia Montfermeil, donde está el mesón en el que vive la pequeña, a quien los Thenardier tratan como a una criada, desnutrida a pesar del dinero que enviaba Fantine y sometida a continuos castigos y vejaciones, mientras que a Eponine, la hija natural de los mesoneros, se le consienten todo tipo de caprichos. Después de un breve regateo, Thenardier acepta entregar a Cosette a Valjean, a cambio de 1.500 francos.

Transcurren 9 años más, estamos en 1832, y en París vuelven a coincidir los destinos de todos estos personajes. Valjean y Cosette viven bajo identidades falsas, y ella (que ya es una mujer a punto de alcanzar la mayoría de edad) se ha criado creyendo que el hombre a quien llama “Papá” es su padre verdadero, pero ignorando todo acerca de él así como de la procedencia del dinero que disfrutan. Son tiempos difíciles y la pobreza y la miseria han convertido a muchos parisinos en “miserables”. La desigualdad de clases es tan evidente que los burgueses como Valjean parecen vivir en un mundo aparte, mientras que los pobres se hacinan en suburbios donde se multiplican los mendigos, las prostitutas y los “hijos de la calle” como Gavroche, un pícaro rapazuelo que frecuenta la compañía de los jóvenes estudiantes que sueñan, como soñaron sus abuelos, con la Revolución y la Libertad. El Gobierno está corrompido y hace oídos sordos al gemir de la mayoría de ciudadanos que pasa calamidades, y sólo un miembro del gabinete, el General Lamarque, parece dispuesto a ayudar a los menesterosos. Javert ha sido nombrado Inspector de Policía y Thenardier, que cayó en la ruina al cerrar su mesón, lidera una peligrosa banda de malhechores. Un día, la pandilla de Thenardier, en la que también milita (contra su voluntad) su hija Eponine, trata de atracar en plena calle a Valjean y Cosette, pero se lo impide la aparición del joven estudiante Marius Pontmercy, que tiene en Eponine a su más fiel amiga, ignorando que ella está perdidamente enamorada de él. Entre Marius y Cosette surge un romántico amor a primera vista, al tiempo que Thenardier reconoce a Valjean como el hombre que años atrás le “compró” a la niña a quien tenía como criada. Cuando Javert, alertado del intento de robo, acude al lugar del suceso, Cosette y su padre se escabullen entre la multitud, y el perverso Thenardier aprovecha para delatar a Valjean. Javert, siempre implacable, jura que, pase lo que pase y pese a quien pese, no descansará hasta tener entre rejas al antiguo presidiario. Cuando Marius se reúne con sus amigos estudiantes en el Café ABC, éstos le notan sutilmente diferente, y se burlan de él por haberse rendido a las mieles del amor. En ese momento, el pequeño Gavroche se presenta portando la noticia de que el General Lamarque ha muerto. Enjolras, el líder de los aspirantes a revolucionarios, decide que el día del entierro de Lamarque será la ocasión idónea para alzarse en armas contra las fuerzas de seguridad, para lo cual anima a los estudiantes a buscar dentro de sí mismos el valor necesario para unirse a la cruzada en pos de la libertad. Más ilusionado por el amor recién encontrado que por los elevados ideales, Marius le pide a Eponine que le lleve hasta la casa de Cosette, situada en la rue Plumet, y, una vez allí, los dos jóvenes se declaran su mutuo amor, mientras Eponine llora en silencio su incapacidad de intentar siquiera revelarle sus sentimientos a su amado Marius. Es entonces cuando Thenardier y su banda intentan asaltar la casa de Valjean, si bien Eponine les impide salirse con la suya gritando para alertar a los ocupantes de la mansión. Cosette le dice a su padre que ha sido ella quien gritó, al percibir a unos merodeadores en las proximidades, por lo que el antiguo convicto tiene el presentimiento de que Javert está de nuevo tras su pista. “Debemos marcharnos lejos de aquí”, dice, provocando la desazón tanto en Cosette como en Marius. Llega el día del entierro de Lamarque, y los estudiantes levantan una enorme barricada en la rue de la Chanvrerie, haciendo acopio de armas y municiones para enfrentarse a la Guardia Nacional. Javert, que no se limita a perseguir a su eterno rival, se infiltra entre los sublevados haciéndose pasar por soldado renegado, con la intención de espiarles y, al tiempo, facilitarles datos falsos que contribuyan a su derrota. Marius, debatiéndose entre su lealtad a Enjolras y el resto de sus compañeros y el amor por Cosette, escribe una carta de despedida a ésta y le pide a Eponine que se la lleve. La muchacha, disfrazada de chico y con el corazón destrozado por el amor que siente por Marius y éste jamás recibirá, abandona la relativa seguridad de la barricada y llega hasta la rue Plumet, donde entrega la carta a Valjean, que promete hacérsela llegar a Cosette. De regreso, Eponine imagina que Marius la acompaña mientras recorre las calles plateadas por la lluvia, pero, cuando está subiendo a la barricada, una bala perdida la alcanza en la espalda. Feliz porque, aunque su vida se extingue, se halla por fin en brazos de un desconsolado Marius, Eponine muere; es la primera víctima de la nueva revolución. Los estudiantes consiguen repeler los primeros ataques de los soldados, pero, cuando Javert trata de confundirles con sus falsas informaciones, su identidad es descubierta por el pequeño Gavroche. Enjolras ordena que Javert sea fusilado de inmediato acusado de traición, pero, en ese momento, un hombre fornido se aproxima a la barricada: es Valjean, que acaba de leer la carta de Marius y ha desistido de sus planes de partida, al considerar que su deber es proteger al hombre que tanto ama a su hija. Al ver a Javert prisionero e indefenso, Valjean pide a Enjolras que se lo entregue, supuestamente para ejecutarle él mismo; sin embargo, una vez a solas, el ex-presidiario desata a su carcelero y le invita a que se marche libre. Javert, incapaz de entender, advierte a Valjean que éso no va a cambiar nada entre ellos, que, en cuanto recupere la libertad, continuará persiguiéndole hasta el final. Valjean, impertérrito, le replica que, después de veinte años de esconderse, ya está cansado de escapar, así que, en cuanto acabe la contienda, si sobrevive le estará esperando en su casa de la rue Plumet. A continuación regresa junto a los revolucionarios, y, velando el sueño de Marius, reza para que nada malo le suceda. Los acontecimientos se precipitan: los menesterosos y oprimidos por los que tanto han luchado no han dado la cara, y los estudiantes se ven solos y sin apoyo. Las fuerzas de seguridad les conminan a rendirse, pero Enjolras responde que, si ellos caen, otros se alzarán en nombre de la Libertad. Marius, Enjolras y los demás estudiantes pasan su última noche en vela antes del ataque final, que sorprende a los estudiantes desprovistos de munición. Gavroche, desoyendo los ruegos de sus compañeros, se aventura entre el fuego cruzado tratando de recoger balas de las cartucheras de los soldados caídos, pero es herido de muerte y expira sintiéndose un héroe para los niños de la calle. La batalla decisiva es devastadora y la cruda realidad se impone; la Guardia Nacional aplasta a los insurgentes, y la sangre de Enjolras y los demás corre por las calles y las alcantarillas de París. Todos mueren a excepción de Valjean y Marius, que, sin embargo, resulta muy malherido. Demostrando su gran fortaleza, Valjean toma en brazos al inconsciente Marius y corre por las alcantarillas, aunque el esfuerzo y la tensión le pasan factura y se desmaya entre los fétidos charcos. El infame Thenardier, que nunca cesa en su villanía, ahora se dedica a rapiñar los cadáveres de los caídos (ya lo había hecho en la batalla de Waterloo), y, hallando en la cloaca los cuerpos de Valjean y Marius, se aproxima creyendo que el joven está muerto, circunstancia que aprovecha para robar un anillo que lleva en su mano pero sin siquiera molestarse en mirarle la cara. Minutos después, cuando Valjean despierta, vuelve a cargar sobre sus hombros a Marius y sale de la alcantarilla, urgido por la gravedad de las heridas del joven….. sólo para encontrarse al incansable Javert. Nuevamente, Valjean suplica al inspector que le conceda unas horas para llevar al muchacho al hospital y luego regresar para entregarse, y Javert, en un momento de debilidad, accede a su petición. Es más de lo que el inflexible inspector puede soportar. Toda una vida de estricto cumplimiento de la legalidad, de velar por la moralidad y los mandamientos de Dios…. y un ladrón, un convicto, un prófugo, le ha obligado a incumplir su deber. La posibilidad de haber perseguido injustamente durante 20 años a un hombre bueno, que además le perdonó la vida cuando lo lógico era que le hubiera matado, y el hecho de haberse visto obligado a quebrantar unos principios de los que nunca dudó, le ofuscan de tal modo que su mente estalla y el estólido inspector Javert se suicida arrojándose desde el puente a un embravecido río Sena.

Los días pasan y pronto la revolución es tan sólo un recuerdo. Marius, convaleciente, sueña con sus amigos muertos en la barricada, y, en cuanto se recupera, pide a Valjean la mano de Cosette. Valjean accede, pero decide no asistir a la boda y, por el contrario, emprender una última huída, pensando que, si alguien descubre su pasado de ex-convicto, ello arruinará la vida de su hija. Antes de partir, le confiesa su secreto a Marius, pero sin revelarle que fue él quien le sacó de la barricada. El día de la boda, los Thenardier irrumpen en mitad de la celebración y el infame mesonero intenta chantajear a Marius revelándole que su suegro es en realidad un ex-presidiario que la noche en que cayó la barricada asesinó a un pobre muchacho en las alcantarillas. Como prueba, le enseña el anillo, su propio anillo, y Marius y Cosette comprenden de golpe la bondad, el sacrificio y los sufrimientos de Valjean. Ambos corren al encuentro del anciano, pero éste está a punto de emprender el viaje definitivo, no en pos de una engañosa sensación de libertad, sino de la liberación definitiva. Los fantasmas de Fantine y Eponine se le aparecen para acompañarle a un lugar lejano donde ninguna cadena le volverá a encadenar. Abrazado por Cosette y Marius, Jean Valjean expira con una sonrisa en los labios y recordando que “amar a otra persona es verle la cara a Dios”. La revolución de los estudiantes ha fracasado y la odisea personal de Valjean llega a su fin, pero todas las historias de amor y sacrificio dejan una huella que nadie puede borrar, y todos Les Miserables de la Tierra jamás desistirán en su búsqueda de una luz que les ayude a escapar del valle de la oscuridad…….



HISTORIA DE UN MUSICAL



Como cualquier obra inmortal, “Les Miserables”, escrita por Victor Hugo en 1862, ha tenido mil y una adaptaciones en múltiples formatos, tanto en teatro como en cine y televisión; las más famosas versiones cinematográficas son las de 1935, dirigida por Richard Boleslawski y protagonizada por Fredric March (Valjean) y Charles Laughton (Javert), y la que en 1998 interpretaron Liam Neeson como Valjean, Geoffrey Rush como Javert, Claire Danes en el papel de Cosette y una demacrada Uma Thurman dando vida a Fantine, dirigidos todos ellos por el sueco Bille August. Asímismo, existe una serie de televisión (editada en formato de DVD) realizada por Josée Dayan en 2000 y que contó en su reparto con Gerard Depardieu (Valjean), John Malkovich (Javert), Virginie Ledoyen (Cosette), Enrico Lo Verso (Marius), Charlotte Gainsbourgh (Eponine) y Christian Clavier (Thenardier). Pero de lo que pretendo hablaros es de la versión musical, y ésta, como tal, tiene su origen en un espectáculo teatral que se representó a partir del 18 de Septiembre de 1980 en el Palais des Sports de París, con un éxito relativo; sus autores, Alain Boublil (letra) y Claude-Michael Schönberg (música), ignoraban, con toda seguridad, la repercusión de la criatura a la que acababan de dar a luz. Lo cierto es que, una vez concluídas las representaciones previstas, tal vez todo hubiera quedado reducido a un moderado triunfo de no ser por la intervención de tres hombres que aportaron a la leyenda de “Les Misérables” casi tanto como sus propios autores.



El primero de ellos fue el productor británico Cameron Mackintosh, que tuvo ocasión de hacerse con una copia del álbum “conceptual” grabado en 1981 por los mismos intérpretes de la obra original, y no sólo intuyó sus (enormes) posibilidades sino que se enamoró verdaderamente de ella, por lo que compró los derechos y en 1985 presentó su propia versión en Londres. El segundo nombre al que cabe aludir es el del letrista y adaptador Herbert Kretzmer, que hizo mucho, muchísimo más que traducir las letras del francés original al inglés. Kretzmer “reconstruyó” de arriba a abajo el libreto de la obra (que comenzaba cuando Valjean ya es propietario de la fábrica en la que trabaja Fantine), utilizando diversos fragmentos de partitura con el fin de encajar nuevas escenas en las que detallar más fielmente todos los avatares de la historia narrada por Victor Hugo. En tercer lugar, ya que hablamos de los máximos responsables del longevo éxito de “Les Miserables”, hay que citar al cantante y actor Colm Wilkinson, que ha interpretado a Jean Valjean tanto en Londres como en Broadway (y en las respectivas grabaciones de ambos espectáculos) así como en el maravilloso concierto conmemorativo del décimo aniversario del estreno londinense. Colm Wilkinson se dio a conocer al público internacional cuando prestó su voz al Che en el disco original de “Evita” en 1976 (aunque en los créditos figuraba simplemente como “C.T. Wilkinson”), pero, indudablemente, alcanzó su cénit al interpretar al protagonista de “Les Miserables”, un papel sumamente difícil porque exige una potencia vocal impensable para la mayoría de cantantes actuales de pop y rock.



El 8 de Octubre de 1985 se produjo el estreno oficial en la capital británica (concretamente en el Barbican Theatre), y 2 años después, también bajo producción de Mackintosh, “Les Mis” (ése es el apelativo cariñoso al que aluden a la obra sus miles de fans) cruzó el charco y arrasó en Broadway, con unos índices de aceptación tan increíblemente altos que el espectáculo se puso de moda en los circuitos culturales de aquí y de allá y la imagen de la pequeña Cosette que constituye el logotipo de su cartel promocional se convirtió en uno de los iconos de los años 90, fecha desde la cual se ha representado en prácticamente la totalidad de las capitales del mundo y en todos los idiomas, con un éxito que no cesa.



“Les Miserables”, más que un simple show musical, es prácticamente una ópera (o, al menos, una ópera rock, con la utilización, además de elementos propios de la orquesta tradicional, de percusiones y sintetizadores, tan de moda en los 80), en el que los papeles principales están definidos según los patrones clásicos. Así, el tenor, la voz masculina viril pero abierta a los agudos, representa al protagonista (Valjean), y también a alguno de los secundarios considerados “positivos” (Marius); Javert, el antagonista, es un barítono, como también lo es el mesonero Thenardier; Fantine y Eponine son mezzos y Cosette debe tener un registro un poco más alto, es decir, de soprano. La estructura musical (dividida en dos actos) es compacta y compleja, con un pequeño prólogo instrumental que enseguida da pie a una de las melodías recurrentes de la obra (“Work Song”, que más adelante es la base de “Look Down”), y contiene, según la mejor tradición operística, maravillosas arias (las más célebres son “On my own”, que canta Eponine, y “I dreamed a drem”, a cargo de Fantine, aunque casi todos los personajes principales tienen su propio “solo”: “Soliloquy” y “Bring him home” concebidas para lucimiento de Valjean; “Stars”, tema de Javert; “Castle on a cloud”, sencilla y pegadiza melodía infantil que ilustra la desolación de la niña Cosette; o “Empty chairs at empty tables”, asignada al rol de Marius), aunque también encontramos duetos como “A heart full of love” (Cosette y Marius) o “A little fall of rain” (Eponine y Marius) y números corales tan pegadizos como la divertida “Master of the house” (Thenardier, su mujer y los clientes del mesón), la emocionante “Do you hear the people sing?” (Enjolras y el resto de estudiantes revolucionarios, que también cantan “Drink with me”) y, sobre todo, “One more day”, que interpretan prácticamente todos los personajes de la obra, narrando cada uno de ellos sus inquietudes y motivaciones y que fue elegida como “el mejor número musical de la Historia”.



¿Cuáles son las razones de un éxito tan apoteósico como “Les Miserables”? La primera de ellas es, evidentemente, la conocida base literaria de Victor Hugo, una de las pocas novelas de las que todo el mundo ha oído hablar y en la que cualquiera puede encontrar algún elemento con el que identificarse: el valeroso proceso de redención de Valjean, el romance (que, ciertamente, roza la cursilería) de Marius y Cosette o el idealismo y espíritu de sacrificio del grupo de estudiantes que encabezan Marius y Enjolras. En segundo lugar, existe un motivo de índole musical, definitivo y definitorio tratándose prácticamente de una ópera, como es la calidad de la partitura y la accesibilidad de sus melodías, con algunos temas como “I dreamed I dream” u “On my own” que son tan conocidas que casi todos las hemos escuchado alguna vez sin saber que se trataba de piezas procedentes de un musical (os confesaré que yo comencé a interesarme por la obra después de conocer una espléndida versión de “I dreamed a dream” cantada por Patti LuPone). En tercer lugar, es preciso destacar la espectacularidad de la puesta en escena de la obra, que fue pionera en la utilización de plataformas giratorias y que contiene no sólo momentos intimistas, románticos y cómicos, sino, sobre todo, épicas batallas trufadas de efectos especiales que van mucho más allá del realismo dramático que uno espera encontrar en un show de estas características.



Si algo de lo que os acabo de contar os hace interesaros por esta maravillosa obra, daré por bien empleadas las largas horas que he invertido en la redacción de este ensayo con el que pretendo homenajear merecidamente a mi musical favorito (los otros son, por este orden, “Jesus Christ Superstar”, “Evita” y “El Fantasma de la Opera”). En el caso de que os apetezca conocer a fondo “Les Miserables”, os puedo recomendar las grabaciones en las que mejor podréis apreciar sus méritos musicales, las cuales podréis localizar sin dificultades a través de internet (y líbreme Dios de indicaros si debéis pagar o no por haceros con ellas). La versión original francesa tiene el interés de ser el germen de lo que vino después, aunque la instrumentación es un tanto decepcionante y los cantantes, sobre todo Maurice Barrier, el intérprete de Valjean, más bien mediocres. La adaptación de Broadway tiene un buen sonido y supuso la continuidad de algunos de los artistas que previamente habían triunfado en los escenarios londinenses. Asímismo, existe una versión “sinfónica” que es la más completa a todos los niveles, ya que es la única que contiene todos los fragmentos que se representan pero que casi nunca se habían grabado antes, si bien tiene el hándicap de que Valjean está interpretado por Gary Morris, que hace lo que puede pero no tiene la calidad de Colm Wilkinson. Así pues, si me permitís un consejo desinteresado, yo en vuestro lugar trataría de hacerme con la versión cantada por el reparto que estrenó la obra en Londres, es decir: Colm Wilkinson (Valjean), Roger Allam (Javert), Patti LuPone (Fantine), Michael Ball (Marius) y Frances Ruffelle (Eponine). Claro que más emocionante es la grabación del concierto del décimo aniversario, que se celebró el 8 de Octubre de 1995 en el Royal Albert Hall de Londres, con un “reparto soñado” (dreamcast) en el que destaca un maravilloso Colm Wilkinson (¿cómo no?), brillantemente acompañado por Philip Quast (que ya había sido Javert en Sydney y también en la versión sinfónica), Michael Ball (Marius en Londres), Ruthie Hensall (Fantine en Broadway) y Lea Salonga (Eponine en Londres), además de la Royal Philharmonic Orchestra dirigida por David Charles Abell. Este histórico recital, que también está editado en DVD (aunque no en nuestro país; yo lo adquirí a través de la web de subastas e-bay, aunque me consta que está disponible en Internet) destacaba por ser la única grabación completa en la que se podía ver a los cantantes vestidos tal y como actuaron sobre los escenarios, ya que, por más que lo he buscado, no he hallado jamás una representación filmada, por lo que empiezo a dudar que exista. Pero, ay, el tiempo pasa, y nunca en balde, y hace pocas semanas se celebraba, en el O2 Arena también de Londres, el concierto conmemorativo del vigésimo quinto aniversario del estreno en tierras británicas de “Les Misérables”, toda una efemérides apoteósica en la que han actuado algunos de los más destacados intérpretes que han representado o aún continúan representando la obra a lo largo y ancho del Orbe, amén de algún que otro invitado sorpresa. El ecléctico “cast” de tan formidable evento lo encabezan Alfie Boe como Valjean, Norm Lewis como Javert, Lea Salonga dando ahora vida a Fantine, Katie Hall (Cosette), Samantha Barks (Eponine) y, atención, Nick Jonas, uno de los temibles Jonas Brothers, metiéndose en la piel de Marius. Está a punto de ponerse a la venta el DVD grabado en vivo durante dicho concierto, y yo ya estoy haciendo las primeras gestiones para conseguirlo.



Por lo que respecta a nuestro país, en 1992 llegó por primera vez “Los Miserables” al Teatro Nuevo Apolo de Madrid, con producción a cargo de nuestro tenor internacional Plácido Domingo (quien renunció a interpretar ningún papel). Esta versión en castellano permaneció en cartel durante casi 2 años, representada por un elenco en el que figuraban Pedro Ruy Blas (considerado entonces el mejor Valjean en lengua no inglesa), Miguel del Arco (Javert), Gemma Castaño (Fantine), Margarita Marbán (Eponine), Luisa Torres (Cosette) y, haciendo de Marius, Carlos Marín, uno de los actuales componentes del famoso grupo pseudo-operístico “Il Divo”. En el portal de videos YouTube podéis encontrar diversas grabaciones de aquella Compañía, que también fue inmortalizada en un doble CD. Finalmente, el día 18 de Noviembre de este mismo año 2010, se estrenaba, nuevamente en Madrid, un nuevo montaje de “Los Miserables”, con algunos elementos escenográficos inspirados en bocetos del mismísimo Victor Hugo y con un reparto encabezado por Gerónimo Rauch (Valjean), Ignasi Vidal (Javert), Virginia Carmona (Fantine), Guido Balzaretti (Marius), Lydia Fairén (Eponine), Talía del Val (Cosette), Enrique R. del Portal (que en 1992 fue Enjolras y ahora se convierte en Thenardier), Eva Hidalgo (Madame Thenardier) y, como máximo aliciente, la presencia de nuestro último representante eurovisivo, Daniel Diges, incorporando al líder revolucionario Enjolras. La obra, que se representa en el Teatro Lope de Vega, permanecerá en cartel hasta el próximo mes de Enero, tras lo cual iniciará una gira que la llevará, entre otros destinos, a Nueva York, formando parte de los lujosos eventos que conmemoran el ya comentado vigésimo quinto aniversario del debut de la versión inglesa de la obra.



Para concluir, y si acaso leyendo este artículo os han entrado ganas de entrar en el universo de “Les Miserábles”, os remito a la página web oficial del espectáculo, The Official Les Misérables Website (http://www.lesmis.com/), donde podréis escuchar fragmentos de varias canciones, ver fotos de algunos números o incluso videoclips de varios de ellos. Quién sabe si de esta manera os entrarán ganas de cantar hermosos himnos de amor y libertad e incluso de subiros a una estilizada barricada para participar en persona de las desventuras del hombre llamado Jean Valjean y de aquéllos que lucharon y murieron por la causa de la Libertad. Como se dice en el número final de la obra: “¿Os uniréis a nuestra cruzada? / ¿Seréis fuertes y os mantendréis a mi lado? / Más allá de la barricada / ¿no hay un mundo que os gustaría ver? / ¿Oís cantar al Pueblo? / Decidme, ¿no escucháis a lo lejos los tambores? / Es el Futuro lo que nos traen… / …cuando llegue Mañana”…



Luis Campoy



Nota:  es la segunda vez que publico este artículo en este blog.  La primera versión, del año 2006, ha sido, con mucho, el artículo más leído de todos los que he escrito hasta ahora, y también el que más comentarios ha recibido.