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lunes, 30 de noviembre de 2009

Un "Clásico" igualado


El único partido que hace bien el Madrid, y, casualmente, es contra el Barcelona. ¿Casualmente? ¡No! Llevo muchos meses diciendo que el dispendio económico que Florentino efectuó este verano tenía como fin primordial eclipsar los logros del Barça, ¿por qué debería extrañarnos que, por fin y frente a su bestia negra, se les viera un poco de fútbol? En algunos momentos de la primera parte del partido de ayer, confieso que llegué a pensar que ese juego balbuceante que hasta aquel momento habían descrito todos los cronistas (yo jamás los veo jugar) no era sino una cortina de humo, una estratagema, una trampa que bien hubiera podido ser mortal y cuyo único objetivo habría sido pillar al Barcelona con la guardia baja. Porque, seamos sinceros, Kaká y Cristiano casi se nos meriendan con patatas en el primer tiempo, ¿o no?. Creo que el propio Guardiola picó el anzuelo y se vio sorprendido, como sus pupilos, por la defensa adelantada y los pases largos y precisos que a punto estuvieron de aprovechar Ronaldo, Marcelo e Higuaín. ¡Menos mal que Valdés metió la pata... para bien ! Nuevamente Xavi estuvo sofocado por un marcaje asfixiante (cortesía de Xabi Alonso y Lass), cediendo la creatividad a Iniesta, que, lamentablemente, sólo podía apoyarse en Messi y en Keita por delante, dada la ineptitud de Henry. Lo del francés empieza a ser indefendible. Ni recuerdo cuándo fue su última actuación decente; probablemente habría que remontarse al día 2 de Mayo y precisamente frente al Madrid. ¿Qué tal un trueque Henry-Robinho en cuanto se abra el mercado de invierno? (Ojalá, pero no creo que los jeques del Manchester City sean tan pardillos) Lo que es cierto es que el equipo de la capital de España ha mejorado como de la noche al día desde el ya mítico 2-6, y todos los medios de comunicación pro-blancos (entre los que cabría incluir a Digital +, cuya locución no pudo ser más partidista) interpretan lo de anoche como una derrota con sabor a victoria, algo así como el inicio de una segunda fase en la que, por fin, el álbum de cromos de Florentino y Valdano parece que ya está ultimando su proceso de formación. Por fortuna, gracias a la suerte y a Puyol mantuvimos la portería a cero hasta que Pep se bajó del burro y retiró a Tití para dar salida a Ibra, que, en apenas cinco minutos, desatascó el partido. Un golazo de crack que vale no sólo tres puntos sino todo un liderato (el mismo que cedimos hace 8 días por culpa de aquel enésimo fallo de Chygrynskyi); ahora sólo falta mantenerlo. Lo de la expulsión de Busquets me pareció, quizás, demasiado rígido, porque fue evidente que el chaval no pecó de premeditación y sí de bisoñez, y lo del cacareado penalty de Piqué a Cristiano... ¿quién sabe...? Todos los futbolistas marcan su espacio sirviéndose de sus manos, y el ex-balón de oro portugués es lo bastante listo como para fingir un piscinazo. Además, no estaría muy claro, cuando ni siquiera sus propios compañeros lo protestaron demasiado... Yo, aunque me hubiera encantado, no pude ver el partido en los Cines Nueva Condomina de Murcia, única sala de la Región en la que se exhibió, pero el ambiente en el bar lorquino en que lo disfruté era inmejorable. Un llenazo hasta la bandera para todos los restauradores que tuvieran la tele deportiva legalizada (los piratas habían sido convenientemente castigados con el corte ejemplarizante). A partir de ahora comienza otra Liga. Lo importante es que el Barça es líder, como siempre debió ser, y Casillas tendrá que conformarse con ver por su famoso retrovisor... al Sevilla.


Nota:  este artículo pertenece a mi otra página web, "Mi blog azulgrana"

sábado, 28 de noviembre de 2009

Cine/ "CUENTO DE NAVIDAD"


Imitación a la vida




Cuando era pequeño, era una de mis historias favoritas. Todavía recuerdo cuando leí su adaptación en comic dentro de la colección (ahora reeditada) "Joyas Literarias Juveniles" durante una de aquellas tardes en que mis padres me dejaban al cuidado de mis abuelos. Luego, en el Salón de Actos del colegio, se proyectó la versión musical, "Muchas gracias, Mr. Scrooge", con Albert Finney desempeñando el papel principal, y también me encantó. El caso es que "A Christmas Carol" de Charles Dickens ha sobrevivido al paso del tiempo y a las modas imperantes en cada época y se ha convertido en una de las obras más famosas de la Literatura universal, un canto de esperanza, una alegoría de la superación personal y, junto con "Qué bello es vivir" (que no hay año que no se reponga en alguna televisión), uno de los ingredientes básicos de cada Navidad. En esta nueva aventura cinematográfica, el director Robert Zemeckis ha tenido a bien convertirla en su cuarto proyecto de animación mediante captura de movimiento, tras "Polar Express" y "Beowulf" (que realizó personalmente) y "Monster House" (que tan sólo produjo). Lo primero que tengo que decir es que me parece lamentable que el director de maravillas como la trilogía de "Regreso al futuro", "¿Quién engañó a Roger Rabbit?" y "Forrest Gump" continúe desperdiciando su talento en productos condenados al fracaso, por cuanto, hoy por hoy, y esperemos que durante mucho tiempo, es imposible hacer realidad lo que Zemeckis quiere: que sus criaturas generadas por ordenador adquieran realismo, dramatismo y vida propia. Una cosa es que la tecnología haya conseguido recrear texturas, pelajes y tonalidades que parecen casi reales, y ponerlas al servicio del cine (caso de los modernos films de animación de Pixar o DreamWiorks y de los sofisticados efectos visuales de "2012", "El regreso de la Momia" o "Parque Jurásico", por poner tan sólo unos ejemplos), y otra cosa muy distinta es pretender que la informática suplante a la Naturaleza como generadora de toda la Vida que palpita en una producción de dos horas que aspira a deslumbrar al espectador pero que acaba por resultar irritante. Esto es lo que sucede viendo "Cuento de Navidad", en la que, indiscutiblemente, pueden encontrarse retazos de buen cine, pero que fracasa estrepitosamente cuando apuesta denodadamente por sustituir la emoción por la teórica fascinación ante un despliegue tecnológico que se convierte en un lastre irreversible. Para esta enésima versión del clásico dickensiano, el actor que ha elegido Zemeckis para suceder a los Albert Finney, Michael Caine o incluso el Tío Gilito, que hasta ahora habían encarnado al avaro Ebenezer Scrooge, no es otro que Jim Carrey, del cual, en otras circunstancias, estaría diciendo aquí y ahora que realiza un trabajo sublime, pero que, mediatizado por la funesta técnica de captura de movimiento, no es sino una caricatura, un muñeco que trata de parecer humano y no lo consigue. Carrey se desdobla en un montón de personajes, y, junto a él, también Gary Oldman, Colin Firth o Robin Wright han permitido que su cuerpo se llene de electrodos para convertir en pixels sus gestos y expresiones. Pero todo es en vano. No sólo no se ha avanzado nada desde "Polar Express" (mucho más entretenida, a pesar de que entonces me pareció una especie de montaña rusa enloquecida), sino que yo diría que incluso se ha retrocedido. A ver, ¿para qué hacer que un actor interprete un personaje, a veces de modo excelente, sólo para deconstruir y adulterar su trabajo? Las películas de dibujos animados a la antigua usanza tenían y tienen su gracia, incluso la tienen las de animación digital que no ocultan su naturaleza, pero ésto de intentar dar gato por liebre haciendo pasar por real y corpóreo algo que sólo es un montón de megabytes puede llegar a convertirse en un atentado contra la ética y la estética. Al menos para mí, que se me atragantaron todas las escenas en las que Zemeckis, acompañado por la música de su habitual compinche Alan Silvestri, parece olvidarse de que el relato de Dickens es un monumento a la emotividad y los sentimientos y no sólo una excusa para un derroche de parafernalia computerizada. Sólo me queda preguntarme, con malsana curiosidad: ¿qué pasará con la esperadísima “Avatar” de James Cameron, que ha sido rodada mediante similares técnicas de captura de movimiento…?



Luis Campoy



Lo mejor: el original literario de Charles Dickens


Lo peor: que Robert Zemeckis continúe empeñado en pretender que la animación digital puede sustituir a la humanidad de los actores


El cruce: "Muchas gracias, Mr. Scrooge" + "Polar Express" + "Los Teleñecos en Cuento de Navidad"


Calificación: 5,5 (sobre 10)



miércoles, 25 de noviembre de 2009

Cine/ "La saga Crepúsculo: LUNA NUEVA"

Colmillos, músculos y bostezos








Incluso aunque no hubiera existido una continuación literaria, era obvio que a un éxito tan apabullante como "Crepúsculo" iba a sucederle, sí o sí, una continuación como "Luna Nueva". Lamentablemente, la propia trama urdida por la escritora Stephanie Meyer en la segunda de sus novelas "vampíricas" ya contenía el principal hándicap al que el film iba a enfrentarse: Edward Cullen, el vampiro de tez pálida y labios carmesí, prácticamente no sale. Ha pasado un año desde lo que nos contaba "Crepúsculo", y Bella (Kristen Stewart) y Edward (Robert Pattinson) son ya una pareja socialmente aceptada, sobre la que, no obstante, pesa una maldición sangrienta. Cuando cree que seguir con ella puede ponerla en un peligro constante y letal, Edward decide abandonar a Bella, y la muchacha intenta olvidarle practicando (estúpidos) deportes de riesgo, tras lo cual se permitirá ser cobijada en brazos del fornido Jacob (nuevamente Taylor Lautner), el cual esconde un secretito lupino y peludo...



Como he dicho antes, la historia diseñada por Meyer pretendía someter a una durísima prueba al amor que se profesan Bella y Edward, y, por tanto, la ausencia de este último le convertía poco menos que en un personaje anecdótico dentro de la trama. Para el libro (que no he leído… ni leeré), tal pérdida podía resultar asumible, pero, para la película, es un escollo insalvable, toda vez que, precisamente, la razón principal del predicamento de "Crepúsculo" entre las teenagers era la presencia de Robert Pattinson, elegido ya uno de los hombres más sexies del mundo. Con Pattinson ausente del argumento, los productores se ven obligados a a) inventarse excusas poco afortunadas para que el actor aparezca en forma de sueños y premoniciones y b) otorgar demasiado protagonismo a una trama que está torpemente desarrollada y peor interpretada, la bobalicona amistad-sin-derecho-a-roce entre Bella y el hombre lobo Jacob, que se pasa media película semi desnudo y luciendo bíceps y pectorales a tutiplén. Para las jovencitas aulladoras que llenaban la sala y para el público gay (que, normalmente, es más recatado, al menos en el cine), no digo yo que los musculitos de Taylor Lautner no tengan su aquél, pero no me cabe duda de que el resto de los seres humanos bien podría haber sido beneficiado con el privilegio de eludir una hora y pico de pasteleo y diálogos de fotonovela. Sólo al final, durante las escenas que se rodaron en Italia, el film levanta el vuelo y consigue sobreponerse a sus deplorables tres primeros actos, lo cual coincide, "casualmente", con la reaparición de Robert Pattinson, quien, para regocijo y/o desesperación de las fans, incluso le pide matrimonio a una Bella que quiere chupar y que se le chupen (la sangre, no penséis mal). Fotografiada bellamente por el español Javier Aguirresarobe (lástima de talento desperdiciado), a mí "Luna Nueva" me ha decepcionado bastante, e incluso llegué a preguntarme por qué me gustó "Crepúsculo". Quizás soy uno de los pocos mortales no adolescentes, no femeninos y no gays que prefieren la (tan criticada por muchos, cosa que no entiendo) dirección de Catherine Hardwicke en "Crepúsculo" a la sensiblería más bien infantil de Chris Weitz, quien parece que, tras haber dirigido mi adorada "Un niño grande", se debió dar un buen porrazo en la cabeza, lo cual ha ocasionado chichones como "La brújula dorada" y, ahora, "Luna Nueva". A destacar, para cinéfilos impenitentes, las breves apariciones de Graham Greene ("Bailando con lobos"), Michael Sheen ("El desafío: Frost contra Nixon") y Dakota Fanning ("La guerra de los mundos"), que acaban constituyendo los inesperados alicientes de la función.



Luis Campoy



Lo mejor: haber tenido que sentarme en la primera fila del cine porque la sala estaba absolutamente abarrotada (ya no recordaba una experiencia así)


Lo peor: la hora y pico de película en la que no aparece Robert Pattinson, cuya química con Kristen Stewart es lo único que realmente sostiene la función


El cruce: "Crepúsculo" + "Jóvenes ocultos" + "Un hombre lobo en París" + “Underworld” + "El talento de Mr. Ripley"


Calificación: 5 (sobre 10)


viernes, 20 de noviembre de 2009

20-N


No es la primera vez que hablo de aquel día. Era, como hoy, 20 de Noviembre, y yo tenía... ¡ufff...! escasamente doce añitos. El sábado anterior, nuestro vecino Arturo nos visitó y, mientras comíamos patatas fritas y aceitunas, escuchamos en la televisión uno de los últimos partes facilitados por el Equipo Médico Habitual en los que se daba cuenta de que Francisco Franco, uno de los militares europeos menos respetados, golpista convencido y orgulloso, autoproclamado salvador de la Patria, reciente impulsor de varias ejecuciones de etarras que los intelectuales de vanguardia no pudieron impedir, agonizaba entre tubos y aparatos respiratorios. Todo lo que ha empezado debe acabar algún día, incluso una dictadura que ya duraba casi cuarenta años, y, una mañana, un tipo llamado Arias Navarro, vicepresidente o así, lloró ante los televidentes al anunciar solemnemente aquéllo de "Españoles: Franco ha muerto". Las emociones de la gente común y corriente contenían un poco de todo: los inequívocamente adeptos se sentían solos y desolados, los meramente simpatizantes se preguntaban cómo serían sus vidas a partir de ahora y los muchos que llevaban décadas soñando con ese momento brindaban con champán en la más estricta intimidad. Los niños, todos los niños, parecíamos militar, sin saberlo, en este último bando, el del rojerío inconsciente. Porque todos estábamos alborozados con los tres días de luto que implicaban unas minivacaciones inesperadas, casi un preámbulo de la Navidad. El Colegio Sagrado Corazón de los Hermanos Maristas de Alicante cerró las puertas y los "pobres" alumnos nos vimos obligados a buscarnos la vida, cada uno como mejor pudo. No sé si alguno se quedó en casa haciendo deberes, pero mi amigo Fele y yo nos fuimos al famoso barranco de Benalúa, y no precisamente para lamentarnos de que el Tío Paco nos hubiese dejado para siempre. Entre hojarasca y ramitas de árboles, corrimos y jugamos y, cuando languideció la tarde, ya teníamos pensado lo que íbamos hacer los dos próximos días. Nada menos que, celebrar, a nuestro modo, el solemne entierro del Dictadorísimo, perdón, del Generalísimo. Echamos mano de todos nuestros muñecos (incontables vaqueros de Comansi, cinco o seis Geypermans y, sobre todo, un montón de Madelmans), y los disfrazamos con uniformes de papel pintarrajeado. Esos serían los soldados de infantería, aquéllos los legionarios (ni la cabra nos faltaba), y los de más allá se convertirían en la Guardia Mora. Yo tocaba el tambor y mi amigo silbaba la famosa marcha "Los Voluntarios", mientras una época oscura se iluminaba con un rayo de esperanza para un país en el que los niños, ignorantes de la trascendencia de tales acontecimientos, tan sólo se congratulaban de haber quedado huérfanos de escuela durante tres días.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Cine/ "2012"



El día de mañana ni siquiera la independencia evitará el fin de los días





A principios de los años 70, Hollywood intentó hacer frente, una vez más, al imparable avance de la TV, y, tras probar el CinemaScope y el primitivo 3-D, se lanzó a producir películas que narraban terribles desastres y que sólo alcanzarían sus máximas cotas de espectacularidad si se visionaban en la pantalla grande de una sala de cine. Así nació el llamado “cine de catástrofes” (rebautizado por algunos graciosos como “cine catastrófico”, por los penosos resultados de algunas tardías propuestas), que tuvo en “Aeropuerto”, “El coloso en llamas”, “Terremoto” y “La aventura del Poseidón” a sus más insignes representaciones. La fórmula era siempre la misma: reunir a un reparto de viejas glorias y hacerles pasar las de Caín mientras sufrían incendios, naufragios, accidentes aéreos y terribles terremotos. Las 4 películas que he citado fueron, justamente, las más destacadas y también las más afortunadas de tal estirpe, pero hubo muchas, muchísimas más, tantas que, al final, el público se hartó y acabó ignorándolas, con lo que también los estudios dejaron de producirlas y sólo en contadas ocasiones se han vuelto a realizar films de temática e intenciones similares. Uno de los que siguen aferrándose a tan destructivo subgénero es el alemán Roland Emmerich, al que poco debe gustarle la Tierra en que vive porque no hace más que inventar ficciones en las que ésta es destruída una y otra vez. Primero lo intentó en “Independence Day”, luego con “El día de mañana” y nuevamente se pone manos a la obra con “2012”. Basada en oscuras profecías basadas en el hecho de que el Calendario maya (y también el egipcio) concluye exactamente el día del solsticio de invierno del año 2012 (es decir el 21-12-12), conocido popularmente como “El fin de los días”, tras lo cual el mundo que conocemos se extinguirá para siempre, engullido por las fuerzas de la Naturaleza, la nueva película de Emmerich contiene, una tras otra, las claves que han caracterizado a todas sus obras anteriores: falta de originalidad, copia sistemática de modelos precedentes, personajes arquetípicos y unilineales, diálogos torpes y poco elaborados, y, éso sí, acción sin límite y espectacularidad a raudales. Este señor se crió en su Alemania natal disfrutando las grandes obras del fantástico estadounidense, y, poquito a poco, ha ido abriéndose camino hasta el punto de aportar al género grandes taquillazos, lo cual no implica, necesariamente, que haya sido capaz de cuajar una sola buena película. “2012” no es ni mucho menos la excepción, y lo primero que hay que decir es que quien se conforme con verla en internet o pirateada en el ordenador se va a llevar el chasco más grande de su vida, porque lo único que merece la pena de su larguísimo metraje es la espectacularidad de sus efectos especiales (necesaria una pantalla gigante) y la potencia de su sonido digital, características ambas que palidecen, hoy por hoy, en la intimidad de nuestros domicilios, por mucha pantallita de plasma o equipos 5.1 que nos hayamos comprado. Si no fuese por lo estrictamente cinematográfico (la capacidad de hacer creíble lo increíble, la habilidad de convertir lo inverosímil en verosímil, la innegable fascinación de las escenas de destrucción masiva), “2012” sería incluso más floja que cualquier episodio del más repelente culebrón venezolano de sobremesa. Porque ya tiene delito conseguir que incluso John Cusack, uno de los actores más sólidos de su generación, actúe con la misma desgana que, por ejemplo, el Nicolas Cage de sus últimos trabajos. De alguna manera, como luego indicaré al final, “2012” no es sino un refrito de dos de los trabajos antes mencionados de Emmerich, “Independence Day” y “El día de mañana” (hay que echarle morro a la vida para pasarse la ídem repitiendo los mismos temas una y otra vez), y el papel de Cusack está prácticamente calcado de los que hicieron Will Smith y Dennis Quaid en los films citados, o, lo que es lo mismo, inspirado “casualmente” en el que desempeñaba el referido Nicolas Cage en la irregular “Señales del futuro”. Por su parte, el estupendo Chiwetel Ejiofor sería el equivalente al Jeff Goldblum de “Independence Day”, mientras que un avejentado Danny Glover recupera el rol de Presidente de los USA, heroico y viudo, aunque, eso sí, con bastante menos suerte que el que encarnaba Bill Pullman en “I.D.”. Incluso el iluminado Woody Harrelson, tan sobreactuado como de costumbre, parece clonar a Brent Spiner en el film sobre la invasión marciana. La originalidad de “2012” es, pues, nula, su moralina (a la hora de la muerte, las familias olvidan sus diferencias, sobre todo, las causadas por los divorcios y separaciones) parece copiada de los folletos de los Testigos de Jehová, y el giro final de los acontecimientos hacia la construcción de una nueva Arca de la Alianza resulta tan sólo una versión tecnológica de “Sigo como Dios”. Lo único que la salva, lo único que me hace recomendar su visión EN CINE es su portentoso despliegue de efectos especiales, que en un par de secuencias (las que ilustran la huída por los pelos del protagonista por entre los terremotos de San Francisco y el accidentado despegue de la avioneta en el Parque Nacional de Yellowstone) me hicieron exclamar, para mis adentros: “¡Esto es cine!”. La sensación dura, ciertamente, pocos minutos, pero esos minutos valen la pena.



Luis Campoy



Lo mejor: los efectos especiales


Lo peor: los actores, los diálogos, la obsesión de Roland Emmerich por destruir el mundo


El cruce: “Independence Day” + “El día de mañana” + “Señales” + “La aventura del Poseidón” + “Sigo como Dios” + “Deep Impact”


Calificación: 9,5 (para las secuencias de efectos especiales) / 3,5 (para el resto)


jueves, 12 de noviembre de 2009

"El placer está en tus manos"


La Junta de Extremadura ha editado unos folletos destinados a ser estudiados en la asignatura de Educación Sexual que llevan por título "El placer está en tus manos". En ellos, entre otras cosas, se explican diferentes técnicas masturbatorias, así como el uso de consoladores y vibradores para obtener el mayor grado de satisfacción. Yo, como todos sabéis, me considero una persona liberal, tolerante y progresista, pero, ¿qué queréis que os diga?, algunos de estos avances sociotecnológicos me sobrepasan. En mis tiempos, ya añejos, los curas nos decían que la masturbación producía ceguera y sordera y poco menos que cáncer, y que, además, constituía un gravísimo pecado mortal. Recuerdo que la primera vez que escuché tal palabro (“monstur… ¿qué…?”) no tenía ni repajolera idea (nunca mejor dicho) de lo que me estaban hablando. En aquella época (que se refleja bastante fidedignamente en el serial "Cuéntame cómo pasó"), era absolutamente inconcebible que un padre explicara a un hijo (por no decir una madre a una hija) cómo debía masturbarse para obtener mayor repercusión placentera. Y ni os cuento lo que hubiera pasado si al Hermano Inocencio se le ocurre una mañana dejar de adoctrinarnos acerca de los octoedros y los piritoedros para, en su lugar, informarnos exhaustivamente de cómo frotarnos el cilindrín que todos llevamos incorporado, hasta que sintamos un gustirrinín embriagador. Lo del onanismo (nombre científico de la actividad que estamos analizando) era una realidad que se vivía de modo íntimo y muy soterrado, y sólo entre amigos de mucha confianza se atrevía uno a admitir que cometía tan horroroso pecado. "Pues a mí me gusta más si lo hago de pie", decía uno. "A mí lo que me mola es parar cuando estoy a punto de terminar", revelaba otro. A mi primo, siempre tan ocurrente, le dio por visitar varias heladerías y, una vez allí, les preguntaba a las sufridas camareras: "¿Me das una paja?", tras lo cual tenía que salir por piernas y, obviamente, tomarse el granizado empinando el codo. Eso sí, todos estábamos convencidos de que esa erupción cutánea que presentaba la faz de Fulanito se podía perfectamente denominar "grano pajero", por lo que se llegó a extender la muy poco documentada creencia acerca de que el mejor remedio para el acné era la abstinencia. No digo yo que tales supersticiones no deban ser erradicadas (o no) en pleno siglo XXI mediante la docencia más aséptica, pero de éso a que en el Colegio te enseñen cómo hacerte una paja, y, además, si eres chica (o no), te expliquen cómo meterte un consolador, para mí media un trecho bastante considerable. Hay cosas que, si se las explicita demasiado, pierden todo su encanto. Además, para todos los que nos hemos hecho adultos en otra época, me temo que es poco menos que inaceptable la idea de que a nuestros hijos se les enseñe, además de cuántas son dos por dos o de quién descubrió América, cómo hacer éso que a todos nosotros siempre se nos dijo que era nocivo y pecaminoso, un peligro casi letal para el cuerpo y para el alma.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Soy malo

Para todos aquéllos que me teníais por una buena persona, puede que leer este artículo sea, más aún que una mera decepción, un contundente puñetazo en el estómago. Para quienes sospechábais de la existencia de un perverso gen maligno en mi personalidad, puede que aquí halléis la evidencia que andábais buscando. Porque anoche, amigos y amigas, disfruté como un enano. ¡¡¡El Real Madrid, el Mejor Club de Fútbol del Siglo XX (ja), el autoproclamado Mejor Equipo del Mundo (jajaja), eliminado de la Copa del Rey a las primeras de cambio y, lo que es peor, humillado por un modesto Segunda B!!! El "alcorconazo" pasará a los anales de la Historia no sólo como la última encarnación del mito de David contra Goliat, sino como imborrable bofetón en la mejilla del Sr. Florentino Pérez, que, incapaz de asumir los éxitos del Barcelona, pensó que la solución a todos los males merengues pasaba por comprar todo aquéllo que no se sabe fabricar (la calidad, el talento, el arte). Porque, por muy buenos jugadores que haya fichado (a precio de oro, éso sí), no ha logrado formar un verdadero equipo. No existe unidad, ni equilibrio, ni compañerismo. Ni siquiera un director de orquesta capaz de conseguir que sus excelentes instrumentistas interpreten al unísono la melodía apropiada.


Como he dicho antes, la millonada estratosférica e inmoral que ha desembolsado Florentino perseguía, prioritariamente, eclipsar los logros futbolísticos del proyecto culé liderado por una persona sencilla e inteligente como Pep Guardiola. Basta recordar cómo todas las ruedas de prensa que dio el Sr. Pérez en las postrimerías de la temporada pasada coincidían, casualmente, con los días después de las victorias del Barça, lo cual implica tres cosas: primera, Floren pretendía deslucir los méritos de Messi y compañía; segunda, dado que, lógicamente, sus apariciones públicas estaban programadas con antelación, el hombre estaba dando por hecho que su acérrimo enemigo iba a adjudicarse los títulos en disputa; y tercera, su monomanía no era tanto devolver la gloria al Real Madrid como arrebatársela al Barcelona. Yo nunca he sido madridista, pero tampoco había sido tan antimadridista como soy y me confieso ahora. Y toda, toda la culpa es de don Florentino Pérez. De él y de los Manolo Lama, Tomás Guasch, Tomás Roncero y demás merengones de corazón, que confunden sus preferencias personales con prepotentes y grandilocuentes juicios de valor tan petulantes como ridículos, y que, incapacitadas sus mentes para asimilar que un equipo vestido de azul y grana jugase mejor que ellos, mejor que nadie, prefirieron acechar su declive como buitres, y, como hienas enloquecidas, acuñaron aquel despropósito acerca del "canguelo" que supuestamente experimentaban los de Guardiola al ver que los blancos acortaban distancias y que, justa y poéticamente, culminó en un chorreo histórico (2-6 en el Bernabeu). ¿Quién se cagó anoche, Tomás Guasch? Yo lo que me quedé fue ronco de tanto gritar "¡Alcorcón, Alcorcón, Alcorcón!" mientras escuchaba por la radio el inconcebible desastre (juro que yo estaba convencido de que el Madrid, aun sin jugar a nada, iba a echar mano de su casta y su orgullo para remontar la eliminatoria) sufrido por Raúl, Kaká, Higuaín y el resto de la banda. Tanto disfruté escuchando cómo los próceres albinos de la SER narraban la hecatombe, que me arriesgué a bajarme al bar para presenciar por televisión el último cuarto de hora de partido, sabedor de que era poco menos que imposible que en apenas 15 minutos los de Pellegrini marcaran los 4 goles que necesitaban para forzar la prórroga. Lo que ví en aquel establecimiento atestado de madridistas taciturnos y cabizbajos y simpatizantes culés enfervorizados, fue a un Real Madrid hecho pedazos, enfermo de impotencia y rebasado por un Alcorcón disfrazado de Villarreal al que sólo ese psicópata balompédico llamado Pepe conseguía frenar. Lo dicho: disfruté como un enano. Con permiso de los enanos. Y con mis disculpas y mi pésame para mis amigos merengues.

Rivalidad regional


Hoy, ración doble de fútbol. Me piden que escriba un artículo sobre el partido que enfrentó, el pasado domingo, al Murcia y al Cartagena. La verdad es que nunca se me hubiera ocurrido hacerlo, ya que, como todos sabéis, mis simpatías futbolísticas las concentro en mi equipo de toda la vida, el Barça, y mis antipatías, lógicamente, son para el eterno rival, el Madrid. Lo del derby regional murciano, siendo un tema que me interesa (vivo en la Comunidad de Murcia, ¿qué diablos?), no tenía pensado que fuese tema monográfico de un post, pero, bien mirado, ¿por qué no?. Como sucede en los enfrentamientos Barça-Madrid, se trata de todo un clásico, magnificado por el hecho de enfrentar a dos clubes que representan a las ciudades más importantes de la región, las que acaparan el mayor volumen demográfico, económico y político, siendo, además, Cartagena, el objeto de reivindicación independentista de quienes consideran que la llamada "Ciudad Departamental" se merece desgajarse de su rival y tener categoría de provincia (o cantón) por sí misma. Yo siempre he pensado que lo de la "provincialidad" de Cartagena era una hermosa utopía carente de base lógica, tratándose de un territorio pequeño en el que vive un contingente humano que no justificaría tamaño separatismo, pero estoy seguro de que tal pensamiento ya me convierte, a los ojos de cualquier cartagenero, en partidario del centralismo (regional), y, por tanto, en simpatizante del Real Murcia. Pues no. Es cierto que estoy más al tanto de la trayectoria del club pimentonero que de la del albinegro, pero sólo porque, donde yo tengo acceso a la prensa escrita, la edición del periódico "La Verdad" que se distribuye es la de Murcia y no la de Cartagena, y, lógicamente, se presta más atención al equipo local que al distinguido rival. En cualquier caso, es de dominio público que ambas entidades están siguiendo caminos absolutamente contrapuestos. El Murcia logró ascender hace un par de temporadas a Primera División, la cual le vino ostensiblemente grande, y sus malos resultados hicieron que el presidente Jesús Samper (que no vive en la capital del Segura y sólo muy raramente acude a su palco) destituyera al entrenador que había logrado el ascenso, Lucas Alcaraz, nombrando en su lugar a un Javier Clemente en horas bajas que no sólo no evitó el regreso del equipo a Segunda sino que, tras un inicio de temporada lamentable, a su vez fue relevado por un tal José Miguel Campos, que tuvo la fortuna del principiante y encadenó una serie de victorias consecutivas. No obstante, se demostró que la flauta había sonado por una caprichosa casualidad, porque el Murcia se las vio y se las deseó para no continuar su descenso imparable a Segunda B. El advenimiento de la temporada 2009-2010 ha sido pésimo para los pimentoneros, que, a fecha de hoy, todavía no han ganado un solo encuentro en Liga, mientras que su enemigo secular, el Cartagena, actualmente rebautizado con el simpático apelativo de “Efesé” (transcripción literal de “F.C.”, iniciales de “Fútbol Club”), tras una campaña triunfal en la categoría de bronce, se ha revelado como uno de los “gallitos” de la Segunda División. El duelo fratricida del pasado domingo se presentaba lleno de morbo pero se presuponía desigual, y así fue: los carthagineses se merendaron sin piedad alguna a los panochos. Como consecuencia, los unos son líderes de la tabla clasificatoria, y los otros, un poco más colistas. Los cartageneros, si todo acabase como está ahora, disputarían la liguilla de ascenso a Primera División, mientras que los murcianicos se sumirían de cabeza en las profundidades abisales de la Segunda B. Así es la vida. La máxima rivalidad regional, por una vez, no tuvo justa equivalencia en la mínima rivalidad deportiva.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Cine/ "Michael Jackson's THIS IS IT"



Esto es lo que hay




Parece que fue ayer cuando estaba yo desayunando y leyendo el periódico (o viceversa; a veces no sé cuál de las dos tareas es más importante y satisfactoria) y me alegré (sí, confieso que me alegré) cuando conocí que al bueno de Michael Jackson, ese extraño ser que antaño fue un músico excepcional, posteriormente devino en autoproclamado Rey del Pop y últimamente se había quedado en una especie de monstruo de feria, se le brindaba la oportunidad de volver a actuar en una serie de conciertos a celebrarse en Londres en Julio de este mismo año. Pocos meses después, volvía yo de Alicante con mis hijos cuando leí en internet que Jacko había fallecido a los 50 años, víctima de un fulminante ataque al corazón. Sus conciertos londinenses nunca se celebraron, pero, durante su preparación, a alguien se le había ocurrido la idea de rodar un "making of" de los ensayos, y éso es lo que ahora Kenny Ortega, director musical de la gira, ha convertido en un documental que sirve de canto del cisne al finado cantante y bailarín. Obviamente, "This is it" defraudará y aun aburrirá a quienes esperaban ver una biografía de Michael Jackson, a los que ansiaban escuchar insólitas revelaciones de sus propios labios e incluso a quienes confiaban en que sus colaboradores se explayaran largando secretos acerca de las intimidades del personaje (recordemos que, cuando los servicios sanitarios se personaron en la residencia de Jacko para tratar de salvar su vida, informaron de que el cadáver presentaba signos de anorexia, estaba cubierto de punciones y hematomas en los brazos y su cabeza era víctima de una severa alopecia; como todos sospechábamos, Michael hacía años que usaba pelucas). Por el contrario, el film resulta una muy agradable sorpresa para quienes amamos el cine, el teatro, la música y el espectáculo en general, y, sobre todo, para quienes sigan siendo fans sinceros de Michael Jackson, el Artista. Kenny Ortega ha realizado un trabajo excelente alternando las tomas grabadas durante los agotadores ensayos (se rumorea que el final de Jackson se precipitó por su empeño en recuperar la forma física que sus años de frikismo le habían robado) con entrevistas a músicos y técnicos de sonido y vestuario, y escenas del rodaje de los videoclips que iban a acompañar a los números musicales que se representarían en directo. Yo, desde ya, postulo a "This is it" al Oscar al mejor montaje, al mejor sonido, a la mejor coreografía y, por supuesto, al mejor documental. Lo primero que sorprende (aunque no debería; recordemos, joder, que se trata de Michael Jackson, el creador de "Thriller", "Billy Jean" y "Black or White") es el portentoso sonido digital, que te traslada no sólo a cualquiera de los ensayos sino a una utopía de lo que hubiera sido asistir a los conciertos, cuyas entradas, por cierto, se agotaron nada más ponerse a la venta. Todos y cada uno de los músicos que acompañaban a Jackson resultan ser intérpretes de primerísima clase (desde los guitarristas hasta el batería, pasando por el bajista y, sobre todo, el teclista que sostiene con Jacko una simpática discusión), cuya intención no era disfrazar las miserias de un pirado pederasta sino reversionar, mejorando, en algunos casos, auténticos hitos de la música. Por su parte, Michael Jackson muestra inocentemente su fragilidad como ser humano a quienes sus fans y, más aún, sus instrumentistas, a quienes tiene a sueldo pero seguramente hubieran trabajado gratis con tal de estar cerca de él, veneran e idolatran casi como si se tratase de un dios. Cada una de las sugerencias de Michael, cada una de sus tímidas reprimendas, van acompañadas de un "Dios os bendiga" o un "Os lo digo con todo amor, A-M-O-R", cosa que a algunos puede parecernos una soberana gilipollez pero quién sabe si puede ser precisamente éso lo que justificaba tanto cariño y tanto respeto no sólo por parte de sus admiradores sino de sus compañeros de profesión. Mención aparte merece el despliegue vocal y coreográfico del benjamín de los Jackson Five, que no olvidemos que estaba a puntito de cumplir 51 años, edad en la que no todo el mundo es capaz de cantar y sobre todo de bailar como en los momentos gloriosos de la juventud. Sobre el cante, diremos que Jackson, a pesar de que en sus últimas actuaciones públicas en alguna que otra entrega de premios había mostrado sospechosos síntomas de haber perdido la voz, básicamente cumple bastante bien con la reinterpretación de sus clásicos (aunque a veces se ahoga un poco, tras lo cual enseguida pide disculpas a los músicos alegando que "no quiere forzar la voz") y aun se permite algún gorgorito funky "a capella". En lo referente al baile, es indudable que el hombre estaba en el buen camino de recuperar la agilidad felina y algunas de las acrobacias que le inmortalizaron, si bien su famoso "moonwalk" ("paso lunar") no aparece por ningún lado, (ni siquiera en la que es, para mí, su mayor creación, "Billy Jean"), como tampoco la inclinación sobrehumana (ni Harold Lloyd, Donald O'Connor o nuestro simpático Locomotoro habían logrado algo similar) que tanto llamó la atención en el video de "Smooth Criminal", que se ha vuelto a rodar en la mejor tradición de "Cliente muerto no paga", alternando imágenes de Jacko con fotogramas de Rita Hayworth en "Gilda", así como de Humphrey Bogart y Edward G. Robinson. También se ha rodado un insulso remake de "Thriller" que no le llega a la suela del zapato al original de John Landis, y se desvelan secuencias impactantes de los nuevos clips para "They don't care about us", "I wanna be startin' somethin'" o "Earth Song". Digno epitafio para un artista que murió tratando de recuperar la gloria que él mismo dilapidó, "This is it" no es morbosa ni tampoco desmitificadora, pero sí constituye un excelente testimonio de cómo se forja y se mantiene un artista, de la trastienda del espectáculo, del esfuerzo que se requiere para dar a luz un show de primerísima categoría. A mí me fascinó.



Luis Campoy



Lo mejor: las canciones, el sonido, las coreografías


Lo peor: el trato reverencial y a veces servil que los músicos deparan a Michael Jackson;  el soso remake de "Thriller"


El cruce: "Moonwalk" + "All that jazz" + "El último vals"


Calificación: 9 (sobre 10)


jueves, 5 de noviembre de 2009

Cine/ "AGORA"




El show de la lapidación



Piedra aquí y piedra allá, lapídame, lapídame..." Siendo un poco cruel, ése es el único slogan que se me ocurre para definir esta última película de Alejandro Amenábar, estrenada a bombo y platillo hace unas pocas semanas y que ha obtenido un éxito desmesurado. ¿Por qué tantos espectadores que apenas van al cine se han puesto de acuerdo en ir a ver "Agora"? Creo que se juntan una serie de factores: la indiscutible "buena pinta" de su factura técnica, el nombre y la belleza de Rachel Weisz, y, sobre todo, la poco menos que tácita obligación de respaldar una película española que osa plantar cara a un cine americano que se caracteriza por desplegar una espectacularidad de la que adolece la práctica totalidad de nuestra producción nacional. A mí, personalmente, "Agora" me pareció un pestiño insufrible, un peñazo de proporciones... épicas. Pero no me hagáis mucho caso. Nunca he ocultado que suelo ir a contracorriente, que me niego a adherirme a la opinión generalizada que otorga categoría de obras maestras a, por ejemplo, "Wall-E", "El Caballero Oscuro" y "Gran Torino". Mal que les pese a los críticos especializados y a vosotros, mis lectores, yo manifiesto mi propia opinión, y ésta se basa en que son pocas las buenas películas y mínimas las obras maestras. Hace muchísimos años, cuando yo era un adolescente que se pasaba los sábados en el improvisado CineClub que organizaban los Hermanos Maristas de Alicante, ya tuve un primer percance con otro film en el que un científico era víctima del fanatismo religioso; se trataba del célebre "Galileo" de Liliana Cavani, y, lo siento, me reafirmo en que a mí "Agora" me ha resultado tanto o más intragable. Que sí, que está muy bien hecha, que es muy espectacular y todo éso, pero... ¿y qué?. La historia que nos narran Amenábar y su compinche Mateo Gil glorifica la figura de Hipatia, una astrónoma alejandrina que pagó con su vida su vocación investigadora, su necesidad de anteponer la Ciencia a la superchería, la lógica y la razón a la demagogia y el terrorismo pseudorreligioso. Respeto mucho a los más de dos millones y medio de personas que han llenado los cines en los que se proyecta, pero a mí "Agora" se me hizo eterna, una interminable tomadura de pelo. Una gran actriz (Rachel Weisz) y un gran actor (Michel Lonsdale, que hace de su padre) se codean con un elenco de intérpretes mediocres que recitan diálogos estúpidos que parecen escritos por los guionistas de "Aguila Roja". ¿De verdad puede creerse alguien que los habitantes de la Alejandría de aquella época se expresaban de un modo tan pueril, tan chabacano y tan vulgar? ¿Son admisibles los "floridos" diálogos ("Puta", "Zorra") que se escuchan durante la escena final, cuando Hipatia es detenida por una turba de pirados que la conducen hacia su holocausto? ¿En base a qué criterios se ha elegido a actores tan inadecuados y tan poco creíbles como Oscar Isaac, que hace de Prefecto cuando es prefectamente inadecuado e incluso risible para ese papel? ¿No había ningún actor español libre para encarnar a alguno de los personajes principales o siquiera a cualquiera de los secundarios? ¿Acaso hay alguna ley no escrita que diga que para triunfar en el mercado anglosajón hay que prescindir absolutamente de los intérpretes "made in Spain"? Mirad, amigos y amigas, en la genial "La Vida de Brian" de los Monty Python ya se ridiculizaba el fanatismo y el sectarismo de los que hacen de la Fe la bandera de su intolerancia, e incluso se presentaban varias lapidaciones que resultaban, éso sí, bastante menos sonrojantes que las que Amenábar nos regala. Mas no quiero ser totalmente injusto con "Agora": la entrega de Rachel Weisz es conmovedora, la música de Dario Marianelli es sobresaliente y la reconstrucción de los fastos alejandrinos es sencillamente apoteósica, pero a una buena película, por no decir a una obra maestra, hay que pedirle mucho, muchísimo más.





Luis Campoy



Lo mejor: Rachel Weisz, la factura técnica


Lo peor: los diálogos, el resto de los actores, la sensación de que si hablas mal de esta película estás perjudicando al Cine español


El cruce: "Alejandro Magno" + "La vida de Brian" + "Galileo"


Calificación: 5 (sobre 10)