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lunes, 19 de octubre de 2009

Todos contra el aborto



Tal y como muchos sospechábamos, la manifestación convocada el pasado sábado en contra de la reforma de la Ley del Aborto finalmente no se ha conformado con criticar la reforma de la legislación vigente, sino que su verdadera pretensión era condenar la existencia del aborto en sí mismo. Entramos en el túnel del tiempo. Volvemos a los tiempos en los que determinados sectores de población se concentraban frente al teatro en el que se representaba "Jesucristo Superstar" o a los cines en los que e exhibían "La última tentación de Cristo" o "Yo te saludo, María" y se postraban de hinojos suplicando a los potenciales espectadores que no entrasen a presenciar tan heréticos espectáculos. Lo peor no es sólo que la multitud, jaleada desde el púlpito por curas, sacristanes y obispos, expresara un pensamiento y un sentimiento al que, indudablemente, tienen derecho, sino que delante estuvieran (a título personal, faltaría plus) determinados dirigentes del PP, partido que en sus 8 últimos años de Gobierno no hizo absolutamente nada por modificar o incluso derogar tan polémica Ley. Mi opinión personal sobre el tema ya la he expresado alguna vez (creo que la mujer, obviamente, tiene ciertos derechos, pero en según qué casos y nunca cuando el feto ya tiene más de 9 ó 10 semanas), pero éso de que algunos de esos fanáticos ultracatólicos tachen a quienes abortan de "asesinas" y comparen la interrupción del embarazo con la violencia de género me parece bastante excesivo. En el fondo, todo se reduce al clásico "Si tengo libre albedrío, ¿por qué no puedo decidir lo que hago con mi propio cuerpo?", sólo que aderezado con sabrosos aditivos que, manipulados con habilidad, pueden convertir a un creyente en una marioneta. Naturalmente, el hecho de que el PP presida oficiosamente la manifestación tiene muy poco de oficioso, y menos cuando Aznar, Aguirre, Mayor Oreja e incluso Cospedal no tuvieran reparo alguno en exhibirse ante la Prensa. O sea, por mucho que uno pretenda expresar en público su pensamiento individual, su apoyo explícito a una u otra tendencia no puede evitar interpretarse como adoctrinamiento para los que le siguen (y, si no, que nos lo digan a los culés con respecto al impresentable Joan Laporta). La manifestación del sábado, con toda su impronta de nobleza y limpieza moral, no fue sino una nueva zancadilla para el gobierno de Zapatero, una nueva encuesta pública de pérdida de apoyo popular, lo cual se traduce en pérdida de votos. Ahora, Rajoy dice que va a tratar de impedir que la corrosiva e inoportuna reforma de una Ley que parecía acatada en silencio sea tramitada parlamentariamente. Y digo yo: don Mariano, si no te gusta la reforma, pues ya somos dos, te deseo suerte y a ver si consigues que despropósitos tales como el aborto libre para cualquier adolescente de 16 años no llegue a ser nunca una realidad; pero, si lo que subyace en el fondo de tu alma no es sólo el rechazo a la ampliación de lo legislado sino la tardía anulación del decreto existente, te pregunto: ¿por qué cuando estabas en el Gobierno no te acordaste de darle carpetazo a toda la Ley? ¿Será quizás porque los socialistas han sido estúpidamente ingenuos al pretender engrandecer los derechos de las feministas justamente en la sima de su impopularidad? ¿O será que vosotros habéis sido implacablemente astutos al aprovechar precisamente este momento para atacarles donde más les duele (arrebatándoles un buen puñado de votos)?.

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