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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tan joven y tan viejo



Noche de fútbol. Noche de fiesta, si juega mi Barça. Gracias a la medida gubernamental que favorece a una de esas plataformas televisivas que no podemos ver en nuestras casas ni Pep Guardiola ni yo, para ver el partido en directo no queda otro remedio que buscarse un bar dotado de la infraestructura necesaria. Lleno casi total para ver a los azulgranas, ya que dudo mucho que el muy respetable Racing de Santander tenga tanto tirón entre los alhameños. Hasta ahí todo bien. Una cervecita, un bocadillo y un poquito de charla con el hincha culé de mi derecha, uno de los pocos que no escupen una apestosa nube de humo. El Barcelona empieza bien y continúa aún mejor. Un juego, como siempre, exquisito y agresivo, basado en el control y la posesión, dos goles en veinte minutos y una explosión de vítores y aplausos cada vez que los nuestros completan una jugada que parece más bien un rondito de entrenamiento. Todos disfrutamos como niños. ¿Todos...? No. A mi izquierda, un chavalín de no más de 20 años que viste de blanco y porta un enorme vaso con hielo que no debe contener precisamente zumo de melocotón, comienza a pronunciar los prolegómenos de un discurso que debe haberle escuchado a sus mayores y que, imparable, va creciendo en intensidad. "Putos catalanes", es lo primero que dice. El de mi derecha y yo nos miramos pero no le damos mayor importancia. A continuación, el de la camiseta blanca demuestra su amor por tal color y lo manifiesta apoyando a cualquiera que pueda perjudicar a los barcelonistas. "Vamos, quítasela a ese hijo de puta catalán", le grita a un anónimo jugador del Racing a quien él no conoce ni yo tampoco, pero que en ese momento representa la antítesis de lo que tanto parece odiar. Intento ser comprensivo y admito que yo, que tengo otros ideales y también otro carácter, también apoyo inconscientemente a cualquier equipo que juega contra el Madrid, si bien me guardo muy mucho de vociferar virulentamente mis opiniones, y menos en un entorno en el que teóricamente mi sentir es minoritario. Una acción llena de testosterona por parte de Sergio Busquets es ignorada por el árbitro, y mi vecino brama: "¡El árbitro, el árbitro también es catalán: malditos catalanes hijos de puta!". Pocos minutos después, tras una jugada entre Xavi y Messi que ataja la defensa racinguista, todos los que disfrutamos del juego culé sin compartir las tesis separatistas de Joan Laporta prorrumpimos en un frustrado "¡Uyyyyy!". "¿Uyyyyy? ¡Uyyyyyy os voy a dar yo a todos vosotros, hijos de puta catalanes de mierda!”, oigo a mi derecha. Yo, como todos sabéis, no soy catalán ni aspiro a serlo, pero me siento cada vez más molesto ante los exabruptos del señorito. Hasta el momento, no obstante, todo parece ser fruto de un posicionamiento político quién sabe si simplemente españolista; sin embargo, en una acción del duro Eric Abidal, que derriba a un futbolista santanderino, escucho una frase que, por sí sola, acaba de retratar al interfecto. "¡Tú, negro hijo de puta, mono de mierda, te vamos a matar!" . Confieso que estuve a punto de girarme y decirle algo a mi vecino, pero ví con el rabillo del ojo que el nivel del vaso que sostenía había descendido hasta una quinta parte, y que su semblante estaba desencajado. No soy persona que solucione las diferencias ideológicas mediante los puños, y menos cuando los insultos no van dirigidos directamente a mí o mis familiares, así que la prudencia me hizo callar. Todavía algún que otro "Jódete, catalán de mierda" si Xavi erraba un pase, o "Que te den por culo, negro cabrón" si Keita recibía una patada, y enseguida el descanso, en el que tan conspicuo defensor de los derechos humanos (de los fascistas y racistas inhumanos) estuvo casi callado. Casi. Un muchacho sudamericano al que conozco le palmeó la espalda amistosamente y le dijo en tono de broma: "Ya veo que te gusta ver jugar al mejor equipo del mundo". "¿El mejor equipo del mundo? Cállate, cállate, que tú eres quien más motivos tiene para callarse; tú, que ni siquiera eres español. Sudaca de mierda... Sois todos iguales, hijos de puta, que sólo venís a España para ver qué nos podéis quitar a los españoles".  Dos ecuatorianos que estaban sentados delante giraron la cabeza, pero algo debieron ver en los ojos del mozo, que se dieron la vuelta al instante. Ya en los segundos cuarenta y cinco minutos, el sueco Zlatan Ibrahimovic se tuerce el tobillo causándose un esguince, y, a mi izquierda, se escuchan risas y palmas: “Toma, toma, éso te pasa por ser catalán hijo de puta”. De repente, el Racing rompe la defensa del Barcelona y el rapado Víctor Valdés encaja un gol, ciertamente espectacular. “Coño, qué golazo, qué de puta madre, el mejor del partido, luego llegarán los hijos de puta catalanes del “Sport” y dirán que fue mejor el del tamagochi”. ¿Tamagochi? Arqueé las cejas disimulando que le estaba prestando más atención al neonazi alhameño que al gran Michael Robinson televisivo, y poco tuve que esperar para aclarar mis dudas, porque Guardiola decidió sustituir a Leo Messi por Andrés Iniesta, y, mientras el argentino salía del campo (recibiendo, todo hay que decirlo, los aplausos de los aficionados del Racing), el apóstol de la tolerancia chilló: "Vete a tomar por culo, enano tamagochi catalán de mierda". Acto seguido y como a cámara lenta, se giró y se dirigió a los parroquianos que trataban de concentrarse en el partido: "Y vosotros, catalanes hijos de puta, ni rechistéis, que os meto una hostia que os arranco la cabeza". Nadie dijo nada. A veces es mejor callar, a veces es preferible no demostrar a esas personas que se les presta atención y que incluso se les da importancia a sus desagradables palabras, quién sabe si repetidas a partir de algún modelo poco ejemplarizante y magnificadas por el alcohol. Concluyó el encuentro, los jugadores abandonaron el césped del Nuevo Sardinero y los clientes fueron saliendo del bar. Me dirigí a mi amigo Jesús, el dueño del establecimiento, para comentarle la actitud de mi compañero de asiento, y él trató de quitarle importancia: "Mira, no le hagas caso, mucho ruido y pocas nueces. Nunca viene por aquí y hoy le ha dado por aparecer. Pero, vamos, que es de los que hablan mucho y no hace nada" "Pero molesta", dije yo. El tabernero se encogió de hombros; al fin y al cabo, todos somos clientes que pagan sus consumiciones y no le producen desperfectos materiales en el local. Lo que me parece patético es que personas tan jóvenes, que apenas han empezado a caminar, tengan ya tan grabados a fuego los rasgos indelebles del peor fascismo, el peor racismo, la peor xenofobia. Ya lo véis, un chaval de apenas 20 años, arrastrando los traumas de varias generaciones airadas, dispuesto y predispuesto a granjearse el odio de sus semejantes. Pobre españolito de tan equivocada españolidad, viviendo los odios que le han sido inculcados. A los 20 años… tan joven y tan viejo.

2 comentarios :

Maya dijo...

Gran crónica la tuya, y tienes toda la razón: ¿que clase de futuro estamos engendrando?...

Saludos Muchos!!

Luis Campoy dijo...

Mucha gente me habla de este artículo; la verdad es que lo que digo en el que acabo de postear con relación al programa "Curso del 63" tiene bastante que ver. Saludos.