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sábado, 26 de septiembre de 2009

Maldito bastardo


En la Edad Media, los señores feudales ejercían el llamado “derecho de pernada” sobre las doncellas que servían en sus territorios. Esto es, se creían con derecho a disfrutar sus favores sexuales tan sólo por el hecho de tenerlas empleadas. Muchos siglos después, cuando esta jodida crisis económica que no quiere abandonarnos obliga a muchas personas humildes a aceptar casi cualquier trabajo que se les presenta, todavía existen determinados empresarios que se creen que pueden disponer del tiempo libre de sus trabajadoras, so pena de perjudicarlas muy seriamente si no acatan sus exigencias. Algunos de estos tipos tienen la habilidad y la paciencia suficiente como para seleccionar a muchachas acuciadas por la necesidad , algunas de ellas inmigrantes solas con hijos a su cargo o problemas burocráticos, y pasarse meses o años camelándoselas con falsas actitudes generosas, protectoras y paternalistas, hasta que llega el momento en que la trabajadora se ve coaccionada y se siente forzada a compensar la amabilidad del jefe permitiéndole acceder a su vida privada o, lo que es peor, directamente a su cuerpo. El acoso laboral ha existido desde siempre y para siempre existirá, pero, desgraciadamente, no todas las mujeres acosadas tienen la suerte de poder resistirse y salir impunes. Las represalias si no se accede al requerimiento del jefe suelen acabar siempre en lo mismo (empeoramiento de las condiciones laborales o, directamente, el despido), pero muchas de las víctimas no se atreven a denunciar este abuso porque no disponen de pruebas fehacientes y porque no pueden costear un proceso judicial o no quieren exponerse a que, habiendo sacado a la luz su taras administrativas, les salga el tiro por la culata. Es en estos casos cuando el abusador siempre gana. Porque a él no le importa la calidad del trabajo y muchos menos el bienestar de su trabajadora. Tan sólo poder beneficiársela, sentirse su dueño y señor. Como en la Edad Media. Qué poco hemos avanzado.

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