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sábado, 26 de septiembre de 2009

Cine/ "MALDITOS BASTARDOS"



Reinventando la Historia




Desde hace tiempo vengo dando cuenta en esta misma página de la inacabable sucesión de films recientes que demonizan el fenómeno del nazismo mientras, con mayor o menor sutileza, hacen apología del pueblo judío. Tras “El niño con el pijama de rayas”, “Resistencia” y “Valquiria”, nos llega ahora este último trabajo de Quentin Tarantino, “Malditos bastardos”, en el que los villanos son, obviamente, los pérfidos nazis y los héroes, cómo no, unos aguerridos soldados norteamericanos de ascendencia judía. Adaptación o remake de un film italiano titulado “Aquel maldito tren blindado” de Enzo G.Castellari (rebautizado para el mercado anglosajón como “E.G. Castell”), “Inglorious Basterds” vendría a significar algo así como “Bastardos sin gloria”, haciendo referencia a que los métodos de estos tipos no eran precisamente ortodoxos, por mucho que el fin que perseguían (la aniquilación de los perversos alemanes nacionalsocialistas) sí fuese, desde el punto de vista de quienes padecieron el Holocausto en particular y la II Guerra Mundial en general, bastante reivindicable. Estamos en plena contienda y, mientras Hitler afianza su ocupación en Francia, con la búsqueda, captura y exterminación de todos los judíos franceses como principal prioridad, el comando de “Bastardos” liderados por el teniente Aldo Raine (Brad Pitt) persevera en su misión de infiltrarse en territorio europeo y dar buena cuenta de cuantos nazis encuentra a su paso, no conformándose con asesinarlos (perdón, ejecutarlos) sino que, además, les corta la cabellera al más puro estilo comanche. Así las cosas, los destinos de los muchos personajes que pueblan el film se cruzan en un cine donde Goebbels y el propio Hitler pretenden proyectar una película protagonizada por un héroe de las S.S., momento y lugar que la dueña del local, una judía cuya familia fue asesinada por el maquiavélico coronel Hans Landa (Christoph Waltz) pretende convertir en su peculiar pira funeraria, mientras Raine y sus Bastardos eligen el mismo emplazamiento para perpetrar un atentado definitivo contra el Führer y la plana mayor del III Reich… Al igual que todas las de Tarantino, “Malditos Bastardos” es una película que es imposible valorar e incluso comprender hasta que no comienzan a aparecer sus títulos de crédito finales. De hecho, el peculiar estilo del director-guionista (personajes aparentemente sin ninguna conexión entre ellos hablan y hablan de cualquier asunto trivial y el espectador no logra establecer la relación entre ellos hasta muchos minutos después) consiguió provocar en mí un desconcierto inicial que luego dio paso a una sensación de frustración que sólo cambió a manifiesta admiración durante el último tercio del relato. Tampoco ayuda el flojo doblaje español del film, que se ceba particularmente con un pésimo Brad Pitt que adopta una innecesaria actitud chulesca que resulta contraproducente para con la mayoría de los otros personajes. Pitt es, pues, el reclamo de cara a la galería, sobre todo para aquéllos que, no muy cinéfilos ellos, desconocen quién es Quentin Tarantino, pero en demasiados momentos se convierte en una especie de lastre que hace que la historia no termine de levantar el vuelo. Lástima. Sobre “Malditos bastardos” podría aplicarse el mismo rosario de quejas que ya formulaba en mi crítica acerca de su anterior “Death Proof” (a saber: un principio laaaargo y tedioso, unos diálogos estirados cual chicle verbal), pero, éso sí, entonces aparece un señor llamado Christoph Waltz (actor austríaco ya cincuentón y hasta ahora prácticamente desconocido) que se adueña de la película y nos regala un auténtico recital de villanía, sutilieza, ominosidad e inteligencia; pocas veces surge de la nada un talento como el de este hombre y, junto con Sharlto Copley (la revelación de “Distrito 9”), son lo mejor que he descubierto en una pantalla en los últimos meses. Otro enorme hallazgo es Melanie Laurent, que da vida a la judía propietaria de la sala cine que, muy cinéfila ella, no tiene otra idea que quemar vivos a los nazis utilizando como combustible rollos y rollos de celuloide: el Cine como arma, el Cine como cura, el Cine como destino final. Tarantino se atreve a reinventar la Historia en esa última y enorme secuencia, y la verdad es que no resulta contraproducente presenciar cómo unos “bastardos” que hasta entonces habían parecido tener más bien pocas luces se erigen en vengadores de la Humanidad. Porque otro de los “peros” aplicables al film es lo poco creíbles que resultan los comandos liderados por Raine, tipos de apariencia vulgar y estúpida que en ningún caso podrían infundir pavor en tan insignes y recurrentes villanos como desde siempre han resultado ser los nazis. Algo confusa en su afán de forzar situaciones que den pie a los inacabables diálogos tan queridos por su director, muy violenta en su exhibición de cómo se arranca una cabellera y algo pesada en sus primeros compases, “Malditos bastardos” va poco a poco ganándose al espectador y provocando la admiración de quienes, tras peñazos como “Jackie Brown” o “Death Proof” habíamos comenzado a recelar de un tipo que ha aprendido mucho sobre cómo planificar y rodar con tensión y espectacularidad y que se llama Quentin Tarantino.



Luis Campoy



Lo mejor: Christoph Waltz, Melanie Laurent, toda la secuencia final en la sala de cine

Lo peor: Brad Pitt, el doblaje, la banda sonora llena de música de películas del oeste (pudo funcionar en “Kill Bill” pero no aquí)

El cruce: “Doce del patíbulo” + “Los violentos de Kelly” + “Top Secret”

Calificación: 9 (sobre 10)


Maldito bastardo


En la Edad Media, los señores feudales ejercían el llamado “derecho de pernada” sobre las doncellas que servían en sus territorios. Esto es, se creían con derecho a disfrutar sus favores sexuales tan sólo por el hecho de tenerlas empleadas. Muchos siglos después, cuando esta jodida crisis económica que no quiere abandonarnos obliga a muchas personas humildes a aceptar casi cualquier trabajo que se les presenta, todavía existen determinados empresarios que se creen que pueden disponer del tiempo libre de sus trabajadoras, so pena de perjudicarlas muy seriamente si no acatan sus exigencias. Algunos de estos tipos tienen la habilidad y la paciencia suficiente como para seleccionar a muchachas acuciadas por la necesidad , algunas de ellas inmigrantes solas con hijos a su cargo o problemas burocráticos, y pasarse meses o años camelándoselas con falsas actitudes generosas, protectoras y paternalistas, hasta que llega el momento en que la trabajadora se ve coaccionada y se siente forzada a compensar la amabilidad del jefe permitiéndole acceder a su vida privada o, lo que es peor, directamente a su cuerpo. El acoso laboral ha existido desde siempre y para siempre existirá, pero, desgraciadamente, no todas las mujeres acosadas tienen la suerte de poder resistirse y salir impunes. Las represalias si no se accede al requerimiento del jefe suelen acabar siempre en lo mismo (empeoramiento de las condiciones laborales o, directamente, el despido), pero muchas de las víctimas no se atreven a denunciar este abuso porque no disponen de pruebas fehacientes y porque no pueden costear un proceso judicial o no quieren exponerse a que, habiendo sacado a la luz su taras administrativas, les salga el tiro por la culata. Es en estos casos cuando el abusador siempre gana. Porque a él no le importa la calidad del trabajo y muchos menos el bienestar de su trabajadora. Tan sólo poder beneficiársela, sentirse su dueño y señor. Como en la Edad Media. Qué poco hemos avanzado.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tan joven y tan viejo



Noche de fútbol. Noche de fiesta, si juega mi Barça. Gracias a la medida gubernamental que favorece a una de esas plataformas televisivas que no podemos ver en nuestras casas ni Pep Guardiola ni yo, para ver el partido en directo no queda otro remedio que buscarse un bar dotado de la infraestructura necesaria. Lleno casi total para ver a los azulgranas, ya que dudo mucho que el muy respetable Racing de Santander tenga tanto tirón entre los alhameños. Hasta ahí todo bien. Una cervecita, un bocadillo y un poquito de charla con el hincha culé de mi derecha, uno de los pocos que no escupen una apestosa nube de humo. El Barcelona empieza bien y continúa aún mejor. Un juego, como siempre, exquisito y agresivo, basado en el control y la posesión, dos goles en veinte minutos y una explosión de vítores y aplausos cada vez que los nuestros completan una jugada que parece más bien un rondito de entrenamiento. Todos disfrutamos como niños. ¿Todos...? No. A mi izquierda, un chavalín de no más de 20 años que viste de blanco y porta un enorme vaso con hielo que no debe contener precisamente zumo de melocotón, comienza a pronunciar los prolegómenos de un discurso que debe haberle escuchado a sus mayores y que, imparable, va creciendo en intensidad. "Putos catalanes", es lo primero que dice. El de mi derecha y yo nos miramos pero no le damos mayor importancia. A continuación, el de la camiseta blanca demuestra su amor por tal color y lo manifiesta apoyando a cualquiera que pueda perjudicar a los barcelonistas. "Vamos, quítasela a ese hijo de puta catalán", le grita a un anónimo jugador del Racing a quien él no conoce ni yo tampoco, pero que en ese momento representa la antítesis de lo que tanto parece odiar. Intento ser comprensivo y admito que yo, que tengo otros ideales y también otro carácter, también apoyo inconscientemente a cualquier equipo que juega contra el Madrid, si bien me guardo muy mucho de vociferar virulentamente mis opiniones, y menos en un entorno en el que teóricamente mi sentir es minoritario. Una acción llena de testosterona por parte de Sergio Busquets es ignorada por el árbitro, y mi vecino brama: "¡El árbitro, el árbitro también es catalán: malditos catalanes hijos de puta!". Pocos minutos después, tras una jugada entre Xavi y Messi que ataja la defensa racinguista, todos los que disfrutamos del juego culé sin compartir las tesis separatistas de Joan Laporta prorrumpimos en un frustrado "¡Uyyyyy!". "¿Uyyyyy? ¡Uyyyyyy os voy a dar yo a todos vosotros, hijos de puta catalanes de mierda!”, oigo a mi derecha. Yo, como todos sabéis, no soy catalán ni aspiro a serlo, pero me siento cada vez más molesto ante los exabruptos del señorito. Hasta el momento, no obstante, todo parece ser fruto de un posicionamiento político quién sabe si simplemente españolista; sin embargo, en una acción del duro Eric Abidal, que derriba a un futbolista santanderino, escucho una frase que, por sí sola, acaba de retratar al interfecto. "¡Tú, negro hijo de puta, mono de mierda, te vamos a matar!" . Confieso que estuve a punto de girarme y decirle algo a mi vecino, pero ví con el rabillo del ojo que el nivel del vaso que sostenía había descendido hasta una quinta parte, y que su semblante estaba desencajado. No soy persona que solucione las diferencias ideológicas mediante los puños, y menos cuando los insultos no van dirigidos directamente a mí o mis familiares, así que la prudencia me hizo callar. Todavía algún que otro "Jódete, catalán de mierda" si Xavi erraba un pase, o "Que te den por culo, negro cabrón" si Keita recibía una patada, y enseguida el descanso, en el que tan conspicuo defensor de los derechos humanos (de los fascistas y racistas inhumanos) estuvo casi callado. Casi. Un muchacho sudamericano al que conozco le palmeó la espalda amistosamente y le dijo en tono de broma: "Ya veo que te gusta ver jugar al mejor equipo del mundo". "¿El mejor equipo del mundo? Cállate, cállate, que tú eres quien más motivos tiene para callarse; tú, que ni siquiera eres español. Sudaca de mierda... Sois todos iguales, hijos de puta, que sólo venís a España para ver qué nos podéis quitar a los españoles".  Dos ecuatorianos que estaban sentados delante giraron la cabeza, pero algo debieron ver en los ojos del mozo, que se dieron la vuelta al instante. Ya en los segundos cuarenta y cinco minutos, el sueco Zlatan Ibrahimovic se tuerce el tobillo causándose un esguince, y, a mi izquierda, se escuchan risas y palmas: “Toma, toma, éso te pasa por ser catalán hijo de puta”. De repente, el Racing rompe la defensa del Barcelona y el rapado Víctor Valdés encaja un gol, ciertamente espectacular. “Coño, qué golazo, qué de puta madre, el mejor del partido, luego llegarán los hijos de puta catalanes del “Sport” y dirán que fue mejor el del tamagochi”. ¿Tamagochi? Arqueé las cejas disimulando que le estaba prestando más atención al neonazi alhameño que al gran Michael Robinson televisivo, y poco tuve que esperar para aclarar mis dudas, porque Guardiola decidió sustituir a Leo Messi por Andrés Iniesta, y, mientras el argentino salía del campo (recibiendo, todo hay que decirlo, los aplausos de los aficionados del Racing), el apóstol de la tolerancia chilló: "Vete a tomar por culo, enano tamagochi catalán de mierda". Acto seguido y como a cámara lenta, se giró y se dirigió a los parroquianos que trataban de concentrarse en el partido: "Y vosotros, catalanes hijos de puta, ni rechistéis, que os meto una hostia que os arranco la cabeza". Nadie dijo nada. A veces es mejor callar, a veces es preferible no demostrar a esas personas que se les presta atención y que incluso se les da importancia a sus desagradables palabras, quién sabe si repetidas a partir de algún modelo poco ejemplarizante y magnificadas por el alcohol. Concluyó el encuentro, los jugadores abandonaron el césped del Nuevo Sardinero y los clientes fueron saliendo del bar. Me dirigí a mi amigo Jesús, el dueño del establecimiento, para comentarle la actitud de mi compañero de asiento, y él trató de quitarle importancia: "Mira, no le hagas caso, mucho ruido y pocas nueces. Nunca viene por aquí y hoy le ha dado por aparecer. Pero, vamos, que es de los que hablan mucho y no hace nada" "Pero molesta", dije yo. El tabernero se encogió de hombros; al fin y al cabo, todos somos clientes que pagan sus consumiciones y no le producen desperfectos materiales en el local. Lo que me parece patético es que personas tan jóvenes, que apenas han empezado a caminar, tengan ya tan grabados a fuego los rasgos indelebles del peor fascismo, el peor racismo, la peor xenofobia. Ya lo véis, un chaval de apenas 20 años, arrastrando los traumas de varias generaciones airadas, dispuesto y predispuesto a granjearse el odio de sus semejantes. Pobre españolito de tan equivocada españolidad, viviendo los odios que le han sido inculcados. A los 20 años… tan joven y tan viejo.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Cine/ "AÑO UNO"

Desperdiciando celuloide




Harold Ramis es uno de esos personajes que viven de las rentas. Con una carrera ya larga como guionista, de vez en cuando se permite el lujo de dirigir largometrajes, y hace ya bastante tiempo dio en la diana con uno de ellos: “Atrapado en el tiempo” (también conocida por su título original, “El día de la marmota”). No cabe duda de que aquella película, inteligente, divertida y deliciosa, cautivó a millones de personas en todo el mundo, y es en la que todos pensamos cuando leemos en un cartel “Dirigida por Harold Ramis”. Lamentablemente, ninguno de esos nuevos trabajos (con una sola excepción: “Una terapia peligrosa”) resulta mínimamente satisfactorio, y casi todos se cuentan por decepciones. Lo de “Año Uno” es el colmo: si me dicen que quien la ha dirigido ha sido el peor Mel Brooks (otro que tal) o incluso Mariano Ozores, también me lo creo. La sensación que uno tiene viendo a Jack Black y Michael Cera haciendo de cavernícolas es de una frustración tan molesta que dan ganas de partirle la cara a Ramis… sin quitarle las gafas que le caracterizan (fue el “Cazafantasmas” intelectual). Parece mentira que, a estas alturas del siglo XXI, cuando uno quiere ser gracioso a costa de la Historia, la Prehistoria y la Biblia, no se le ocurra otra cosa que recurrir al eructo, la palabra soez, el machismo y la burla de la homosexualidad. Caín y Abel y Sodoma y Gomorra son la excusa de estúpidas cuchufletas que casi nunca funcionan. A excepción de tres o cuatro gags tampoco demasiado afortunados, todo lo que vemos y padecemos en “Año Uno” es humor de desecho, chistes de saldo, y, lo que es peor, estética de programa televisivo de la peor calaña. Michael Cera (el padre del hijo de Ellen Page en “Juno”) parece un subnormal profundo, Jack Black se interpreta a sí mismo (más o menos lo que hace siempre) y Harold Ramis va a tener que elegir un proyecto acojonantemente irresistible si quiere que pague por volver a ver una película suya.



Luis Campoy



Lo mejor: nada


Lo peor: todo


El cruce: “La loca Historia del mundo” + “La vida de Brian” + “Cavernícola”


Calificación: 4 (sobre 10)


miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cine/ "DISTRITO 9" ("District 9")


Ciencia ficción sucia y realista



Cada cierto tiempo, me asalta la sensación de que soy un cateto, un advenedizo, un inconsciente... cinematográficamente hablando. Suele ser cuando determinados críticos, determinadas revistas y blogs parece que se ponen de acuerdo a la hora de encumbrar y ensalzar sin paliativos a ciertas películas que, lamentablemente, a mí se me antojan, como mucho, correctas. ¿Títulos? "Brokeback Mountain", "El caballero oscuro", "Wall-E", y, ahora, "Distrito 9", films todos ellos en los que no es difícil encontrar numerosas virtudes pero a los que, desde mi punto de vista, les falta un laaargo trecho para alcanzar el nivel de excelencia y la categoría de obra maestra que esos gurús del celuloide les atribuyen. En el caso de "Distrito 9", ayer leí que era "la mejor película de ciencia ficción de los últimos 30 años" y que se hallaba al mismo nivel de "Blade Runner". Muy poco se le pide a una obra de estas características para elevarla a tales altares, o bien se pretende que la lisonja obvie el análisis imparcial de alguien a quien no le doran la píldora las distribuidoras y exhibidores. Que sí, que este “Distrito 9” (no me dá la gana referirme a ella como “District Nine”, tal y como pretende la publicidad) es una propuesta original, llena de logros y méritos y ciertamente muy interesante, pero ¡por favor…! ¿compararla con “Blade Runner”…? ¿O con “Alien”…? ¿O con “RoboCop”…? ¿O con “Terminator 2”…? ¿O con “El Imperio Contraataca”…? Una vez vista (en una sala de cine, como debe ser), una vez reposada durante cinco días, me atrevo a decir que se trata de un trabajo bien hecho, con inteligencia y con suficiencia de medios, pero no deja de ser un tipo de cine, fantástico o no, que, personalmente, no me entusiasma, no me fascina, ni siquiera me entretiene. Así de claro soy. ¿De qué va “Distrito 9”? Según nos cuenta, los extraterrestres llegaron a la Tierra hace 20 años, y no se dirigieron a Nueva York, como es habitual, sino a Johannesburgo, en Sudáfrica. Su gigantesca nave aún sigue flotando en el cielo, pero sus centenares de ocupantes fueron desalojados y desde entonces viven hacinados en un ghetto denominado “Distrito 9”, del que ahora se pretende expulsarlos para recluirlos en un nuevo emplazamiento tanto o más denigrante. Más de una vez me he visto obligado a confesar que, por alguna razón, las películas que transcurren en lugares “exóticos” no suelen gustarme; las zonas deprimidas de Africa, Asia o incluso Sudamérica gozan de unas condiciones fotográficas y unas posibilidades cromáticas inigualables, pero suelen contener tales índices de miseria que uno acaba sufriendo tanto que la ficción se funde con la realidad. Eso no quita para que, de vez en cuando, films puntuales como “Red de mentiras”, “Ciudad de Dios” o, sobre todo, “Slumdog Millionaire”, sí me hayan causado una buenísima impresión. Mientras veía “Distrito 9” agradecí no haber sabido casi nada acerca de su (imprevisible) argumento, pero me molestó sobremanera que lo único que se haya divulgado acerca de ella constituyese una especie de chantaje cinéfilo, algo así como “Si no te gusta, es que no tienes ni puta idea”. Pues bueno, me da igual que quien alguna vez confió en mis supuestos conocimientos ahora se vea defraudado, pero lo cierto y verdad es que “Distrito 9” no me fascinó, no me enamoró y (nunca mejor dicho) ni siquiera me abdujo. Es innegable que su comienzo es muy original, utilizando la táctica del (falso) documental para narrar una historia de ciencia ficción que tiene mucho más de lo primero que de lo segundo, y tan realista introducción no presagia el giro a la acción que acontece en su segunda mitad. Pero también es cierto que resulta difícil identificarse, conectar emocionalmente, con sus dos protagonistas. Uno de ellos es humano, Wikus Van De Merwe (Sharlto Copley), encargado del desahucio de los alienígenas; el otro es uno de los extraterrestres, amoroso padre de un pequeño alien que sueña con conocer el planeta del que proviene su especie. Tan improbable es aceptar que el aburrido y desagradable Wikus acabe resultando ser un action hero como que su socio de allende las estrellas cambie bruscamente de forma de pensar y acabe convirtiéndose en el único amigo del terrícola. El ghetto en el que se hacinan los aliens (una especie de bichos bípedos del tamaño de un hombre que, por cierto, están tan bien hechos que en todo momento parecen reales) se erige en clarísima metáfora del afortunadamente erradicado apartheid, pues no por casualidad se ha enmarcado la historia en Sudáfrica y no en los USA, y en él conviven, más o menos pacíficamente, los inmigrantes del espacio y una despreciable fauna humana integrada por vendedores sin escrúpulos, traficantes de droga, contrabandistas de armas e incluso prostitutas que no tienen reparos en cohabitar con las criaturas. En tan pintoresco escenario, el funcionario que debía desalojar a los visitantes acaba convirtiéndose en uno de ellos, sufriendo en su propio cuerpo las injusticias que ellos padecen, y viéndose perseguido por una especie humana que sólo ostenta la supremacía en virtud de las armas pero no de su supuesta humanidad. Grandísima interpretación del casi aficionado Sharlto Copley, que de “Distrito 9” parece que va a pasar a encarnar a Murdock en la versión cinematográfica de “El Equipo A” que coprotagonizarían Liam Neeson y Bradley Cooper. Y ¿cómo no admitirlo?, excelente trabajo de dirección del recién llegado Neill Blomkamp, auspiciado por Peter El Señor de los AnillosJackson, quienes, de momento, ya han conseguido que su hábil campaña publicitaria haya llevado a los cines a millones de adeptos a la ciencia ficción que me pregunto si realmente consideran que “Distrito 9” está al mismo nivel de los grandes clásicos del género. A mí, lamentablemente, no me lo parece…
Luis Campoy



Lo mejor: la sorprendente interpretación de Sharlto Copley, el diseño de los extraterrestres


Lo peor: el choque entre el exceso de realismo del principio y el giro a la fantasía de la parte final


El cruce: “Alien Nación” + “Enemigo mío” + “La mosca” + “RoboCop”


Calificación: 8 (sobre 10)

jueves, 3 de septiembre de 2009

Para lo que hay que oir...

Todo un verano teniendo que escuchar una interminable sarta de gilipolleces tiene luego estas consecuencias. Gripe A, crisis, paro, golpes de calor, diálogo social, escuchas ilegales, persecución política, y, sobre todo, Cristiano Ronaldo, Kaká y el fantasma de Michael Jackson no podían sino provocarme fatales consecuencias en mis tiernos pabellones auditivos. Una otitis acompañada de un cultivo de hongos más ponzoñosos que las setas venenosas ha sido lo que el otorrino me ha diagnosticado. Además, me ha extraído un yacimiento de cera que hubiera hecho feliz a la mismísima abeja Maya. ¿Os han hecho alguna vez una limpieza de oído? Primero te echan un chorro de agua oxigenada, y luego el doctor y su asistente te meten en la oreja un tubo de longitud inverosímil del que brota un líquido que disuelve el tapón de cera que te había estado turbando. Esto de la otitis es el paradigma del enemigo silencioso e invisible. Parece mentira que algo tan cotidiano, tan humilde y tan poquita cosa como una oreja pueda doler tanto y producirte tanto desasosiego cuando presenta un mal funcionamiento. ¿Y la pérdida de calidad de vida que supone pasar de una audición en stéreo a una recepción en mono? Los monos evolucionados que somos los seres humanos poseemos una maquinaria tan precisa y sofisticada que, hasta que alguno de sus componentes no desentona del resto, no nos damos cuenta de lo bien diseñados que estamos. Aunque a veces, volviendo al caso del oído, casi resultemos beneficiados con alguna sordera galopante; total, para lo que hay que oir…

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Síndrome postvacacional

Usualmente, suelo ser víctima propiciatoria del "Síndrome Post-Vacacional". Esto sucede, normalmente, cuando resulta insoportable el contraste entre la libertad e inacción que caracterizan a un largo período ocioso frente a la esclavitud inherente a la actividad normal. A mí, sin embargo, lo que me llenaba de pesar no era la vuelta al trabajo en sí, sino la simple ausencia de mis hijos, compañeros inseparables durante todas mis vacaciones, y que, coincidiendo con mi retorno a mis lides profesionales, vuelven al lado de su madre. Sin embargo, este año está siendo más llevadero el trauma, y no porque no eche de menos a mis pequeñajos. La verdad es que tengo planes inminentes que afectarán no poco a mi futuro, y una consecuencia directa de esos planes sería tener más cerca a los cachorrillos, con lo que es de suponer que podría verlos con mucha más frecuencia. Esa ilusión me ha ayudado lo indecible, de forma que he conseguido no llorar tanto su ausencia para concentrarme en la planificación de un futuro a corto plazo que espero sea el mejor posible para ellos y también para mí. Los padres y los hijos se necesitan mutuamente, y por éso me cuesta tanto entender esos casos en los que el progenitor elige la opción de poner de por medio cientos o miles de kilómetros de distancia. Sé que a veces se trata de pura y estricta necesidad profesional, pero no comprendo cómo puede uno sobrevivir sumido en la añoranza si estuvo en su mano el evitarla. No somos todos iguales, y yo pertenezco al bando de los más débiles y necesitados, los dependientes, los enganchados, los que no soportan la distancia y la ausencia de sus niños.

martes, 1 de septiembre de 2009

Cine/ "RESACÓN EN LAS VEGAS"

Fenómenos extraños
¡Y decían que "Poltergeist" (1982) era una peli acerca de "Fenómenos Extraños"...! Para fenómenos extraños, lo de "Resacón en Las Vegas", el film más taquillero del año en Estados Unidos y uno de los que más han recaudado en lo que va de década. Están locos estos yanquis, que diría Obelix. Yo fui a verla hace más de una semana y todavía no sabría decir si me gustó o no. Dos o tres carcajadas, un puñado de buenas canciones en su banda sonora y un derroche de vulgaridad y mal gusto que me hizo dar gracias al Cielo por no haber llevado a mis hijos. Tres treintañeros deciden dar a un amigo, a punto de cometer el absurdo error de casarse, una despedida de soltero que nunca olvidará y, para ello, nada mejor que embarcarse en un viaje en coche a Las Vegas, ciudad del ocio y el vicio en la que piensan darse un atracón de sexo, drogas y alcohol. Sin embargo, unas pastillas de éxtasis fraudulento les borran la memoria respecto a lo sucedido durante su noche salvaje en la Ciudad del Juego, y durante, la subsiguiente mañana de resaca, son absolutamente incapaces de recordar qué sucedió y, lo qué es peor, dónde demonios está el colega que iba a casarse... Comedias gamberras las ha habido en todas las épocas, tanto más audaces cuanto más permisivas hayan sido las moralidades imperantes en cada momento. La de ahora, a juzgar por productos como "Resacón en Las Vegas", es muy, muy, pero que muy tolerante. ¿O acaso soy yo todo un retrógrado? Debo confesar que no me emborracho y jamás tomo drogas, así que no sé si mi "conservadurismo" puede que me presuponga un poco en contra de este tipo de historias en las que se apologiza el hedonismo y todos los personajes se mueven en base a impulsos primitivos de pura satisfacción sensorial. Eso sí, me sorprendió el dominio de la técnica del que hace gala el director de este engendro, un tipo llamado Todd Phillips y que puede presumir de haber convertido en estúpida nadería una serie de culto como "Starsky & Hutch". Pero las cosas son como son: los encuadres, la composición de los planos y la iluminación son realmente excelentes, cosa que me temo que no fue precisamente lo que atrajo a los norteamericanos a los cines. ¿Se tratará, entonces, de una solidaridad generacional para con un retrato desvergonzado de su poco idílico modo de vida? Tal vez ésa sea la explicación. Bradley Cooper (la revelación del film, un actor con futuro), Ed Helms, Zach Galifianakis (otra revelación, aunque, en este caso, debida a su inefable comportamiento), Justin Bartha (el socio de Nicolas Cage en "La Búsqueda"), una desmejorada Heather Graham y un fondón Mike Tyson al que, además de los tigres y las jovencitas, le gusta practicar su derechazo al ritmo del "In the air tonight" de Phil Collins integran el reparto de esta cosa que a mí, personalmente, no me ha parecido lo más divertido que he visto en esta última década.
Luis Campoy
Lo mejor: la puesta en escena (justo en lo que nadie se fija)

Lo peor: que la juventud de verdad sólo pueda aspirar como modelo de diversión a un cocktail salvaje de drogas, alcohol y sexo como el que aquí se describe

El cruce: "Despedida de soltero" + "Airbag" + "Jo, qué noche"

Calificación: 5 (sobre 10)