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domingo, 23 de agosto de 2009

Cine/ "CORAZON DE TINTA"

Más allá del País de Oz

Fui a ver esta película no sin ciertas expectativas y, lamentablemente, salí bastante defraudado. Tuvo que ver algo el hecho de haberla visto en uno de esos cines de verano en los que la posibilidad de estar al fresco comiendo pipas y demás frutos secos debería compensar las múltiples deficiencias de un local al aire libre donde la calidad de la imagen es, siendo generosos, mediocre, y el sonido es simplemente inaudible, indefendible, intolerable. Pero, en cualquier caso, lo que se plasmaba en la pantalla era uno de los casos más flagrantes de “quiero y no puedo”, de “tengo los medios pero no sé qué hacer con ellos”. Basado en una novela de Cornelia Funke, el guión de “Corazón de tinta” cuenta una historia sospechosamente similar a la de “Más allá de los sueños” (la de Adam Sandler, no la de Robin Williams), en la que un hombre tiene la cualidad de que los cuentos que le cuenta a su hija logran hacerse realidad, una realidad no siempre halagüeña. Héroes y criaturas fantásticas salidas de relatos como “El Mago de Oz” comparten existencia con no menos fantásticos pero terribles villanos escapados de dichos cuentos. Como digo, el planteamiento es ingenioso, los medios de producción son bastante holgados (incluyendo la partitura a cargo del español Javier Navarrete, que autoplagia su composición para “El Laberinto del Fauno”) e incluso el reparto es prometedor: Brendan Fraser, Paul Bettany, Helen Mirren, Jim Broadbent, Andy Serkis y un breve cameo de Jennifer Connelly. Sin embargo, el director no es ni Peter Jackson ni Guillermo del Toro sino el muy irregular Iain Softley, que en ningún momento sabe a qué tenerse en cuanto al tono que debe conferirle a la película, que oscila entre la aventura y la comedia infantiloide, ese subgénero en el que los actores, incluso los más prestigiosos y consagrados (caso de Helen Mirren) se sienten revestidos del derecho a actuar como payasos sobreactuados. Lo dicho: una pena.

Luis Campoy

Lo mejor: el diseño de producción, la música de Javier Navarrete
Lo peor: el humor sólo apto para niños retrasados, Helen Mirren
El cruce: “Más allá de los sueños” + “La historia interminable” + “Lady Halcón”
Calificación: 5 (sobre 10)

viernes, 21 de agosto de 2009

TV/ De la cuarta a la quinta

Quienes me seguís sabéis bien que apenas veo la TV, y que el único programa que sigo asiduamente es… un culebrón de sobremesa, “Amar en tiempos revueltos”. En estos días, como cada año por estas fechas, está acabándose la temporada en curso, y ya se prepara el advenimiento de la nueva, que, si ningún accidente aéreo ni desgracia similar se interpone, comenzará a principios de septiembre. Es ahora, pues, el momento en que el equipo de guionistas de la serie están tratando de cerrar las tramas abiertas, algunas de las cuales supondrán la despedida para algunos queridos personajes habituales, y, al mismo tiempo, ceder el testigo a los nuevos actores y actrices que nos acompañarán cada tarde y durante todo un año. Sobre cómo se ha dado carpetazo a la cuarta entrega del serial y más aún, cómo se han solventado la mayoría de las pequeñas historias que en ella han tenido lugar, cabría exponer múltiples opiniones. La mía es que lo mejor que hay que agradecerle a la cuarta temporada es que nos haya servido para darnos cuenta de lo buena que fue la tercera. Así de claro. Yo ya soy un espectador fiel y creo que muy, muy, pero que muy mala tendría que tornarse para dejar de seguirla, pero sí admito sus múltiples fuegos de artificio, la banalidad de muchísimas situaciones y lo mecánico de las actuaciones de algunas de sus estrellas. Porque una cosa es encariñarse con un personaje, y otra cosa no darse cuenta de que el actor que le da vida, su forma de entonar sus diálogos, y las circunstancias en las que se mueve se repiten más que una fabada asturiana. También el desenlace atribuído a algunos de los caracteres más destacados podría ser de lo más cuestionable. Que a Angel Pardo y a Pep Ferrer se les despache con la excusa de un viaje transcontinental y un largo ingreso en prisión casi resulta soportable, que a Miguel Ortiz se le haya otorgado el rol de psicópata recalcitrante no se hace del todo increíble, que incluso el apuesto Manuel Bandera y la ahora inválida Clara Sanchís se abandonen a unas eternas vacaciones en Venecia suena moderadamente ñoño… pero Cristina de Inza, la brillantísima “Encarnación Llanos, viuda de Rivas”, una villana en la estela de la mismísima Angela Channing de “Falcon Crest”, se merecía un final más lucido que una borrachera y un desnucamiento accidental. Naturalmente, 52 semanas a razón de cinco episodios diarios ponen a prueba la imaginación y la coherencia de cualquiera, y los guionistas de “ATR” no son la excepción. En el recuerdo quedan ya no sólo los exquisitos modales y el pintalabios de Encarna, sino también los devaneos con el alcohol y la droga de la desdichadísima Julieta (Lola Marceli), la doble muerte, en dos personajes diferentes, de Jorge Monje, las breves pero jugosas apariciones de Silvia Marty (desnuda hace pocas semanas en “Intervíu”), la defensa de la libertad personificada en la ciega Adelaida y su hermano homosexual César, militantes comunistas de los que nunca más se supo, y el sádico bofetón en la cara de los seguidores más veteranos al traer de vuelta a adorados personajes de anteriores temporadas como Andrea Robles (Ana Turpín), Fernando Solís (Carlos García) o Mario Ayala (Cristóbal Suárez) sólo para matarlos o humillarlos. Para la quinta temporada se anuncian cambios importantes, como la marcha de un personaje emblemático como la fotógrafa Sole (Ana Villa), quien emigra a Alemania para tratar de curar a su marido Juanito el Grande (Roberto Mori), o quién sabe si también la clausura de la cocktelería Morocco, en la que se han desarrollado, todo hay que decirlo, algunas de las tramas más soporíferas de estos últimos meses. Continúan la castiza familia del Bar El Asturiano así como los jóvenes Marina San José (la ricachona Ana Rivas, dueña ahora del emporio que lleva su apellido), Carlota Olcina (Teresa García, íntima amiga… demasiado íntima amiga de la anterior), Alex García (Alfonso García, boxeador aficionado, hermano de Teresa y pretendiente de Ana) y Javier Collado (el inspector de policía Héctor Perea), así como toda la fauna de secundarios que pululan por los Almacenes Rivas, la Comisaría y, cómo no, la entrañable Plaza de los Frutos. Entre las nuevas incorporaciones que ya han ido apareciendo o aparecerán en estos próximos días tenemos a Nacho Fresneda (un actor que me encanta desde que aparecía en “Hospital Central” y que aquí también, por cierto, hace de médico), la sensual Bárbara Lennie (que da vida con bastante solvencia a una mujer de la calle que igual te ofrece su cuerpo que te roba la cartera y, si te descuidas, el corazón), Pep Munné (un preso político víctima de sus ideas), Benito Rabal (nieto del gran Paco) o Cayetana Guillén Cuervo, miembro de la insigne familia de actores y presentadora del programa cinematográfica “Versión Española”. Todos ellos tienen por delante doce mesecitos para conquistar nuestra atención y seguir manteniendo la altísima audiencia de una serie, que, como si de un documental acerca de las costumbres de la España de los años 50 del pasado siglo se tratara, acaba de ser vendida exitosamente allende los mares.

sábado, 15 de agosto de 2009

Cine/ "ENEMIGOS PÚBLICOS"


Jack Sparrow contra Batman

Realmente tenía ganas de ver esta película, quizás por su director, quizás por sus actores, quizás, simplemente, por su temática… Lo primero que hay que dejar claro es que “Enemigos públicos” decepciona un poco. Narra la historia más o menos verídica del peligroso gangster John Dillinger, uno de los criminales más buscados en toda la historia de los USA, y del agente del FBI que finalmente lo capturó. En su época, bastante similar a ésta que estamos viviendo ahora, se acababa de producir una de las mayores crisis económicas que el mundo ha visto (el crack del 29), y el reparto de la riqueza era tan injusto que las diferencias sociales quedaban más patentes que nunca. Sólo por esta razón se explica el hecho de que Dillinger y su banda, ladrones de bancos que se jactaban de perpetrar un atraco en el tiempo récord de 1 minuto y 40 segundos, gozaran de una inmensa popularidad entre las clases bajas; a nadie se le escapaba el hecho de que, si bien era cierto que desvalijaban al poderoso (la institución financiera), respetaban siempre a los humildes y jamás se llevaban un centavo de los clientes que sorprendían en los bancos que atracaban. Por todo ello es por lo que la prensa comparaba sus andanzas con las del no menos célebre bandido británico Robin Hood, llegando ambos a erigirse, para algunos, en verdaderos héroes populares. El director de “Enemigos públicos”, Michael Mann, goza de gran predicamento en la industria del Cine tras haber sido artífice de la televisiva “Corrupción en Miami” (así como de su versión cinematográfica) y de títulos como “El último mohicano”, “El dilema”, “Heat” o “Collateral”, por lo que cada una de sus películas se espera como agua de Mayo; además, no cabe duda de que el reparto elegido para este nuevo film (Johnny Depp como Dillinger y Christian Bale como Melvin Purvis, el agente del FBI que le persigue) resultaba, a priori, sumamente atractivo. No obstante, varios son los problemas que surgen mientras se contempla la película. Para empezar, resulta un poco molesto que Dillinger y su banda sean presentados como héroes que causan fascinación por su modus operandi y su modo de vida, que incluye coches lujosos y ropas caras, mientras que Purvis y el FBI en general parecen unos pardillos incompetentes. Además, Johnny Depp debería maldecir el día en que Jack Sparrow se cruzó en su camino, porque desde entonces parece marcado por una especie de estigma gestual y la mayoría de sus miradas y sus muecas nos hacen pensar en el célebre pirata, lo cual resta credibilidad al personaje que está desempeñando. El hecho de tener que asistir a la glorificación de un villano que no acaba de resultar entrañable y de no poder empatizar, tampoco, con los policías que le persiguen, hace que el espectador se sienta incómodo. Las secuencias de acción son, éso sí, excelentes, aunque tal vez un poco demasiado abundantes y reiterativas, y acompañadas por una molesta banda sonora que provoca más distanciamiento que emoción. Casi todo lo demás es irreprochable (ambientación, vestuario, fotografía, montaje…), y ¿quién lo iba a decir?, al amanerado Johnny Depp y al soso Christian Bale les ganan la partida la maravillosa francesita Marion Cotillard (“Piaf”) y el estupendo Jason Clarke, que interpretan, respectivamente, a la novia y al lugarteniente de Dillinger, quien, por cierto, fue abatido por el FBI a la salida de un cine en el que había ido a ver una película… de gangsters.



Luis Campoy

Lo mejor: la ambientación, los ojos de Marion Cotillard
Lo peor: que Johnny Depp no logre emocionar con su personaje y que Christian Bale siga abonado a los roles introvertidos y silenciosos
El cruce: “Los intocables de Eliot Ness” + “Bonnie & Clyde” + “Le llaman Bodhi” + “Heat”
Calificación: 8 (sobre 10)

jueves, 13 de agosto de 2009

Cine/ "G.I. Joe"


Muñecos de acción
Hace diez años, un señor llamado Stephen Sommers nos regaló una película absolutamente sorprendente en cuanto que supo aunar la aventura en el más puro estilo Indiana Jones con la comedia casi paródica y el terror heredado de la Serie B de los años 30 del pasado siglo. Se tituló “La Momia” y, sin ser tampoco esa “obra maestra” que los chicos de cierto blog de cine se empeñan en considerar, sí es cierto que Sommers fabricó un divertimento de primer orden que, a mi modesto entender, incluso superó en la subsiguiente secuela, “El Regreso de La Momia”. Capaz de lo mejor y también de lo peor, Sommers nos defraudó a todos con la horrenda “Van Helsing”, y ahora pretende recuperar el terreno perdido con “G.I. Joe”, puesta de largo de los célebres muñecos articulados de la compañía Hasbro. Son tiempos extraños en los que la imaginación escasea tanto que ya no basta encontrar la inspiración en los libros, la televisión o los comics, y quién sabe si, después de los juguetes y los juegos de mesa (también se hallan en preproducción sendas películas basadas en el “Monopoly” y el “Cluedo”), lo próximo podrían ser deportes olímpicos como el yo-yo o las canicas. Bromas aparte, esta primera entrega de la posible franquicia “G.I. Joe” nos introduce a estos soldados de élite que utilizan tácticas y armas especiales. En el origen de la denominación de este equipo estaría un viejísimo comic bélico editado durante la II Guerra Mundial y que también daría el salto al cine, si bien, según los ejecutivos de Hasbro, “G.I. Joe” serían las iniciales de “G.I.” (“Government Issue”, es decir, “Unidad Gubernamental”) más el apelativo “Joe”, que es, como todos sabemos, uno de los nombres más comunes en yanquilandia. Detenernos de este modo en el análisis etimológico del título de un producto como éste es, en cualquier caso, una rotunda pérdida de tiempo, como, por otra parte, lo sería profundizar mínimamente en su argumento pueril e infantiloide, que tan sólo sirve para mostrarnos a los valientes y guapos “Joes”, sus sofisticadas armas y sus perversos villanos, la organización criminal paramilitar Cobra, al servicio de un temible fabricante de armas. Para hablar de “G.I. Joe” bastaría con copiar y pegar casi todo lo que dije con respecto a “Transformers 2”, ésto es: el ¿guión? es una sarta de tonterías previsible de principio a fin, los actores prácticamente no actúan, el director está más pendiente del ensamblaje de los efectos digitales en el subsiguiente proceso de montaje que de la propia fase de filmación y, oh casualidad, el protagonista había sido novio de la antagonista, el hermano de ésta se revela como maquiavélico villano y la mayoría de los soldaditos que militan en los dos bandos podrían ganarse la vida sin otras armas que sus pectorales, abdominales y firmes glúteos. Todo muy muy realista, vaya. Pero, una vez liberados del compromiso del más mínimo rigor y de cualquier pretensión intelectual, hay que admitir que los efectos están bastante conseguidos, que las peleas y combates resultan entretenidos y que hay una secuencia, la demolición de la Torre Eiffel por parte de los Cobras, que probablemente permanecerá en nuestra memoria cuando ya no seamos capaces de recordar que “G.I. Joe” contó en su nómina actoral con yogurines como Channing Tatum, Sienna Miller y Rachel Nichols, graciosillos como Marlon Wayans o veteranos como Dennis Quaid, Jonathan Pryce y Christopher Ecclestone.

Luis Campoy

Lo mejor: las secuencias de acción
Lo peor: la banalidad de los diálogos, la nulidad de los intérpretes, la irritante banda sonora de Alan Silvestri
El cruce: “Superman II” + “Street Fighter” + “El Rdetorno del Jedi”
Calificación: 6 (sobre 10)

miércoles, 12 de agosto de 2009

Cine/ "UP"


Arriba… y más allá

Tengo que empezar diciendo que no recuerdo haber visto nunca una animación digital mejor resuelta que la de “Up”, la nueva producción de Disney, la nueva película de Pixar. Lo cual no quiere decir que de repente me haya alineado del lado de esa marabunta de críticos que se han empeñado en que Pixar solamente factura Obras Maestras. Ya con “Wall-E” discrepé muy seriamente de esa aseveración, porque parece que vivimos una época de tanta crisis, incluso intelectual, que ya llamamos “Obra Maestra” a casi cualquier película que nos complace temática y/o técnicamente. No, amigos, una Obra Maestra no se cuaja de un día para otro ni tampoco de un año para otro, y, en mi modesta y humilde opinión, son poquísimas las que pueden catalogarse con tan elogioso calificativo (“Casablanca”, “Ciudadano Kane”, “Río Bravo”, “El Padrino” y alguna que otra joya perteneciente a la época muda). Pixar ha realizado, indudablemente, muchas buenas películas, unas mejores que otras, y esta “Up” es, como mínimo, bastante más amena y entretenida que la soporífera “Wall-E” (Dios Mío, ¿será que tuve un mal día cuando casi me dormí con las desventuras de aquel robotijo recogedor de chatarra?). De la mano del director Pete Docter (“Toy Story 2”, “Wall-E”) y el productor ejecutivo John Lasseter (“Monstruos, S.A.”, “Buscando a Nemo”, “Los Increíbles”…), “Up” nos cuenta la historia de un vendedor de globos jubilado que, notando próximo el final de su vida, se embarca junto a un pequeño boy scout en una aventura en la que su propia casa servirá de improvisada aeronave. No cabe duda de que es digno de elogio el valor que han tenido los de Pixar a la hora de otorgar el protagonismo del film a un par de septuagenarios (el héroe y el villano, una especie de Capitán Nemo que, en lugar de un submarino, tripula un dirigible), al lado de los que, en ocasiones, el niño explorador no parece sino un pesado lastre. Como dije al principio, el aspecto visual del film es prácticamente inmejorable en todos los sentidos: color, fondos, profundidad y una animación superlativa a la que, por cierto, no le hace la más mínima falta el 3-D, sistema en que yo la ví. Otro de los alicientes es el atractivo cinéfilo de comprobar cómo el protagonista es un calco del Spencer Tracy de la última época y el antagonista podría ser una recreación de un anciano Kirk Douglas, mientras que la extraordinaria partitura de Michael Giacchino se erige en acompañamiento preciso y emotivo de una obra sorprendentemente deudora de Julio Verne y, nunca mejor dicho, recomendable para los públicos de todas las edades.

Luis Campoy

Lo mejor:
la animación, la música y, muy especialmente, la prodigiosa secuencia inicial en blanco y negro en la que, en poquísimos minutos, se nos narra la vida del protagonista y su esposa fallecida
Lo peor: el alucinante exceso de vitalidad y energía que se le atribuye al anciano Carl (¿recordáis cómo los mismos críticos que ahora ensalzan a “Up” criticaban a Harrison Ford en “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal”)
El cruce: “Cinco semanas en globo” + “20.000 Leguas de Viaje Submarino” + “El faro del fin del mundo” + “La Isla Misteriosa”)
Calificación: 9 (sobre 10)

martes, 11 de agosto de 2009

Libros/ "Millennium 1: LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES"



Agatha Christie conoce a Easton Ellis





Hacía más de dos años, probablemente tres, que no conseguía acabar un libro. Y no porque hubiera dejado de leer. Simplemente, el hecho de ser padre de un niño amante de los comics pero no muy deseoso de contemplar otra cosa que los espectaculares dibujos, unido a mi propia y reconocida atracción por tales muestras del llamado “Noveno Arte” hizo que, sin apartarme de mi inquietud por estar al tanto de todo lo que publican los periódicos de información general, deportivos y, muy especialmente, las revistas de cine, una vez dejé de recurrir al tren como medio de locomoción habitual, la lectura tranquila y sosegada fue escapándose de mi lista de ocupaciones diarias. Hasta ahora. Acabo de terminar “Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres”, el primer volumen de la exitosa trilogía que su autor, Stieg Larsson, no pudo ver publicada al sufrir un fatal ataque al corazón en 2004, a los 50 años de edad. No cabe duda de que Larsson, antiguo corresponsal de guerra y enemigo declarado de los grupos neonazis que proliferan por su Suecia natal, habría alucinado en colores con la descomunal repercusión mediática que sus obras han causado. Multitud de personajes de la cultura y la política se declaran abiertamente admiradores suyos y lectores de su obra, una obra que, ahora que no me oye nadie, habría que preguntarse si merece realmente tanto revuelo. Yo, hace cosa de unos meses, comencé a escuchar diversos anuncios radiofónicos (patrocinados, claro está, por la Editorial Destino, que es quien publica “Millennium” en España) en los que se creaba una gran expectación, con motivo tanto de la publicación del segundo libro como del estreno de la película basada en el primero, dirigida por un más que eficiente Niels Arden Oplev. Finalmente sucumbí a la tentación y entre en el universo Millennium por el atajo más fácil: el cine. La película, como comenté en esta misma página en su momento, me pareció interesante y me mantuvo en vilo durante todo su metraje, y creo que fue justamente las buenas vibraciones que me causó lo que me hizo decidirme a comprarme el libro, cosa que hice hace un mes y medio, período en el que, todo hay que decirlo, no he podido abandonarme a la lectura con la disciplina y asiduidad que hubiera sido menester. Hoy, una vez cerrada la última página de “Los hombres que no amaban a las mujeres”, ya puedo expresar una opinión bastante fundada y fundamentada. Stieg Larsson domina a la perfección el lenguaje tecnológico y conoce de primera mano los entresijos financieros, bursátiles y macroeconómicos de su país, así como, lógicamente, el funcionamiento de una revista de investigación. Como suele suceder, Larsson no duda en erigirse en protagonista de su propia obra, camuflando su identidad bajo el alter ego de su héroe Mikael Blomkvist, periodista incorruptible que, condenado por difamar a un poderoso industrial de reminiscencias gangsteriles, acepta el encargo de resolver un misterio que data de casi cuarenta años atrás. Mas no ha sido precisamente el héroe quien más interés y adeptos ha suscitado, sino la heroína, una joven anoréxica y aquejada del Síndrome de Asperger llamada Lisbeth Salander. Quizás porque, como dije anteriormente, lo primero que hice fue ver la (modélica) adaptación cinematográfica, nada de lo que he ido leyendo posteriormente en el libro me ha resultado particularmente novedoso ni original, salvo, en todo caso (y discúlpenme los “millennaristas” más fanáticos), la preocupante facilidad de Larsson para aburrir al lector más pintado con páginas y páginas repletas de innecesarias explicaciones acerca de la política y la economía suecas y la ficticia familia Vanger. Algo que también me hizo fruncir un poco el entrecejo fue la descripción del modo de vida imperante en Suecia tal y como nos lo cuentan el escritor y/o el par de traductores que el libro ha requerido. Para empezar, los dos protagonistas, Mikael y Lisbeth, deben consumir como veinte litros de café al día, y su alimentación básica consiste en atiborrarse a sándwiches (no es de extrañar que Stieg Larsson, quien, además de seguir esta misma dieta, se fumaba un sinfín de cigarrillos diarios, acabara, el pobre, como acabó), pero es que, o los suecos son el pueblo más abierto y acogedor sobre la faz de la tierra, o los traductores ignoran que el lector español está acostumbrado a que dos personajes que no se conocen absolutamente de nada empiecen por tratarse de “usted”, mientras que en “Millennium” dos completos desconocidos que sobrepasan la cuarentena automáticamente se hablan de “tú”. Eso sí, la introspección psicológica está muy bien llevada, sobre todo en lo referente al personaje bombón de Lisbeth Salandar, cuya idiosincrasia y actitudes no cabe duda de que están reflejadas de modo inmejorable (lo cual agradezco al difunto Larsson, ya que una persona muy cercana a mí está también diagnosticada como Asperger). Como si se tratase de un cocktail de Agatha Christie y Bret Easton Ellis con unas gotitas de nuestro Arturo Pérez-Reverte con sabor escandinavo, esta primera entrega de la trilogía “Millennium” constituye, salvando los hándicaps antes mencionados, un inteligente divertimento que me hubiera encantado descubrir a través del libro y no de la película, porque, por ejemplo, ahora ya no podré imaginarme a Kalle Blomkvist sin el aspecto de Mikael Nykvist ni a una Lisbeth Salander que no tenga los rasgos de la extraordinaria Noomi Rapace, aparte de que, luego de comprobar que el film reconstruye de modo impecable todos los sucesos de la novela, las páginas puramente descriptivas de ésta se hacen tan farragosas como prescindibles. Estoy deseando comenzar, hoy mismo, la lectura del segundo libro, “Millennium 2: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”, pues me he propuesto terminarlo antes del estreno español de su inevitable versión cinematográfica, también proveniente de Suecia y con el mismo elenco actoral, el cual, según mis últimas informaciones, finalmente se producirá en nuestro país el viernes 16 de Octubre. ¡¡Joder, sólo tengo dos meses para leerme 749 páginas!! Mejor que me ponga en marcha cuanto antes…