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lunes, 29 de junio de 2009

Peter Pan en blanco y negro







Como ya me ocurriese cuando pasaron a mejor vida Elvis Presley, John Lennon o Freddie Mercury, la muerte de Michael Jackson me dejó conmocionado. Creo que con Michael todos hemos sido un poco injustos; yo, el primero. Mis primeros recuerdos acerca del luego autodenominado “King of Pop” se remontan a la segunda mitad de los años 70, creo que durante el mismo verano en que triunfaba el “YMCA” de los Village People. Por aquel entonces “Jacko” era nada más y nada menos que el benjamín de un grupo de negratas llamado los Jackson Five, y lo cierto es que ya llevaba un montón de años asombrando al mundo con sus piruetas y sus grititos. Niño prodigio a su pesar, el hecho de poseer un evidente don para la música y el baile le esclavizó y le privó de una infancia normal, pero nada de éso parecía importarnos cuando cantábamos y bailábamos su “Blame it on the boogie”: “No le eches la culpa al Sol, no le eches la culpa a la Luna, no le eches la culpa a los buenos momentos; échale la culpa al boogie”. Creo recordar que hubo incluso una serie de dibujos animados que narraba las idílicas andanzas de los “felices” Jackson Five, pero, cuando apareció el super productor musical Quincy Jones, no tuvo ninguna duda respecto a que el único que se merecía una carrera propia era el pequeño Michael. Entre 1978 y 1979 comenzaron a sonar en todas las discos los primeros sencillos de un portentoso primer álbum en solitario que se llamó “Off the wall”: “Rock with you” y, sobre todo, “Don’t stop till you get enough” me abducían cada vez que las escuchaba, y las bailaba y bailaba carente de voluntad propia. Fue también por aquel entonces cuando se estrenó “The Wiz” (“El Mago”), un insulso remake de “El Mago de Oz” en el que todos los personajes estaban representados por actores negros; Diana Ross dio vida a Dorothy y Jacko bordó su Espantapájaros , que tenía un número de lucimiento titulado “You Can’t Win”. En 1981, el director John Landis presentó al mundo su excelente film “Un hombre lobo americano en Londres”, que mezclaba hábilmente el humor con el terror gracias a unos memorables efectos especiales de maquillaje. Cuando llegó la hora de preparar el lanzamiento de su segunda colaboración conjunta, “Thriller”, Quincy Jones tuvo claro que Landis era el realizador indicado para poner en imágenes la canción que daba título al álbum, en la que Michael Jackson se convertía en hombre lobo y luego en zombie, y lideraba un macabro cuerpo de baile compuesto por muertos vivientes. “Thriller”, narrado en off por el insigne Vincent Price, se convirtió en uno de los primeros videoclips de la Historia, y para mí sigue siendo el mejor. Ahora bien, como canción pura y dura, preferí y prefiero la insuperable “Billie Jean”, uno de los picos más altos de la música de baile (alrededor de la cual Michael tejió los oropeles de su leyenda). Lo cierto es que la producción detrás del álbum “Thriller” supuso un antes y un después en el negocio musical, y su sonoridad única me hizo convertirlo en un auténtico hito personal: fue el primer disco compacto que compré. Con la primera nómina calentita en mi recién aperturada cuenta corriente, financié una cadena hi-fi de la marca Philips, y, en cuanto la desembalé, me dirigí a Galerías Preciados a la búsqueda del que ya era el disco más vendido de la Historia. Como anécdota, os contaré que, orgulloso, le mostré el CD recién adquirido a mi vecino Tomás Miguel, y el tipo, vacilón por naturaleza, se las dio de amplio conocedor de aquella nueva tecnología. En su afán de convencerme de que los compact discs eran inalterables e indestructibles, me dijo: “Son tan duros que, si los tiras al suelo, no les pasa nada”. Dicho y hecho: sin que yo pudiera evitarlo, sacó el disco del estuche y lo dejó caer… con tan mala fortuna que se partió en dos. La verdad es que nunca jamás me ha sucedido algo similar, pero aquel frustrado experimento le costó a mi vecino un “Thriller” nuevo e impoluto, que es el que hoy anida en mi estantería. Volviendo a Michael Jackson propiamente dicho, cuando todavía coleaban los parabienes dedicados a su rutilante aventura como solista, se vio obligado a volver a incorporarse a una tardía gira con los Jackson Five, quienes seguro que llevaban bastante mal lo de haber sido abandonados cual colillas afroamericanas. Durante la grabación de una versión del single “Can’t you feel it?” que serviría para ilustrar un anuncio de Pepsi, un accidente con unos focos ocasionó a Michael diversas quemaduras en la cara y el cuero cabelludo, que tuvieron que subsanarse con cirugía estética menor. Para mí que a partir de ahí comenzó la inacabable relación del ídolo con los quirófanos: un injerto de cabello y piel dio paso a un primer retoque de su nariz, y de repente su piel comenzó a aclararse y aclararse como si le hubiesen lavado a conciencia con Ariel. El declaró que padecía una despigmentación cutánea incurable, pero nadie se lo creyó. Todo el mundo pensó que el éxito se le había subido a la cabeza y ya no le bastaba con pertenecer a una minoría étnica: ansiaba formar parte de la supremacía blanca, como si ser un “hermano” fuese una mancha en su expediente.



Aquéllos fueron sus años de mayor gloria: se hinchó a ofrecer conciertos y giras, paseó por doquier su particular estilo de baile conocido como “moonwalk” (paseo lunar), ostentó el mayor número de imitadores que jamás se había visto, acometió el lanzamiento de un nuevo álbum, “Bad” (cuyo videoclip promocional filmó el gran Martin Scorsese), adquirió los derechos de casi todas las canciones de The Beatles, se asoció con Lionel Richie para poner en marcha la macrofundación USA for Africa (de la cual nació la celebérrima canción “We are the world”, interpretada a coro por Jackson, Richie y la mayoría de las estrellas del pop y el rock de entonces, como Stevie Wonder, Bruce Springsteen o Cindy Lauper), rodó la película “Moonwalker” (prácticamente una sucesión de clips de sus temas más conocidos) y a punto estuvo de protagonizar una versión de “Peter Pan” para su amigo Steven Spielber, que finalmente interpretó… Robin Williams. Comenzaba la década de los 90 y, a pesar de todos los logros artísticos que acabo de citar, lo cierto y verdad es que, si por algo se hablaba de Michael, era por sus crecientes y cada vez más preocupantes excentricidades, y, sobre todo, por su radical cambio de look. Su piel era ya más blanca que la misma leche, y el tema estrella de su nuevo disco se titulaba, precisamente, “Black or White”. Nuevamente fue John Landis el encargado de filmar un espléndido videoclip en el que, junto a Jacko, actuaba otro niño prodigio, Macaulay Culkin, protagonista de “Solo en casa”, y en cuya parte final se mostraban todas las variedades étnicas que poblaban la Tierra, mediante un despliegue de efectos especiales elaborado por los mismos artífices de “Terminator II”. “Black or White” supuso un prematuro canto de cisne, pues nunca más volvió a rayar tan alto. Se casó con Lisa Marie Presley, la hija del legendario Elvis, pero el matrimonio le duró un suspiro. Su apariencia física era la de un extraño ser asexuado, y yo fui uno de los que pensó que ese matrimonio era una efímera tapadera. Enseguida vinieron las denuncias por pederastia, que él desmentía con la boca pequeña pero que intentó solventar sobornando generosamente a los denunciantes. En su rancho llamado “Neverland” (“Nunca jamás”, inequívoca muestra de su acusadísimo complejo de Peter Pan, el niño que no quería o no podía crecer) levantó un parque de atracciones y dio rienda suelta a todos sus traumas infantiles causados por un padre que le exprimió sin piedad y quién sabe si incluso llegó a abusar sexualmente de él, y se dejó llevar por el bienestar que le suponía estar rodeado de pequeños fans. Demasiado bienestar. Tras las acusaciones de pederastia, él mismo confesó inocentemente que le encantaba dormir con niños, sin que “dormir” tuviese otras connotaciones aparentes que las de permanecer en la misma cama charlando hasta el advenimiento del sueño. Sí, el sueño se trocó en pesadilla, y su rostro cada vez más deforme (fruto de una cirugía practicada por cirujanos a los que sólo les importaba que el paciente estaba dispuesto a pagarles lo que le pidieran) se erigió en caricatura de un estrellato que se ensombreció demasiado pronto. Michael se volvió a casar, llegó a tener hasta tres hijos pero nuevamente fue acusado de pederastia, y su predicamento popular se vino abajo. Sus últimos discos se quedaron desfasados casi antes de ser publicados, y, durante la última década, parecía más un monstruo de feria que un Rey del Pop (título que le otorgó su amiga y fan incondicional Elizabeth Taylor) venido a menos. Yo mismo recuerdo haberles dicho a mis hijos que el pobre Michael Jackson se había vuelto loco, de lo cual ahora casi me arrepiento un poco. Al menos, sí siento una tremenda compasión por este personaje, que en su día supo revolucionar al mismo tiempo la música y el baile. Tenía 50 años y, de repente, se dio cuenta de que, ahora sí, se hacía mayor irreversiblemente, y su talento y su arte parecían haber quedado anclados en una Prehistoria de luces de neón, pantalones de pitillo y calcetines blancos.

Quizás no podría recuperar el terreno perdido, pero, al menos, sí podía intentar un retorno digno y, en el peor caso, despedirse a lo grande. Concertó para este mes de julio una serie de conciertos en Londres (primero 10, más tarde 50) y contrató a un preparador físico (Lou Ferrigno, el Increíble Hulk televisivo) junto al que volver a ponerse en forma. Dicen las lenguas viperinas que llevaba años tomando drogas, y quienes le apreciaban preferían describirle como un hipocondríaco que consumía toneladas de fármacos para aplacar cualquier mínimo dolor real o imaginario o incluso para intentar demorar el deterioro inevitable. Los últimos coletazos de su fortuna los gastó en abogados y médicos personales, uno de los cuales prácticamente vivía exclusivamente para atender sus mil y una patologías. Probablemente a los medicamentos que ya tomaba se unió en estas últimas semanas una nueva andanada de pastillas destinadas a potenciar el desarrollo muscular o a aplacar los dolores que a un cuerpo que ya se ha hecho sedentario le causa el intento de volver a convertirlo bruscamente en un cuerpo atlético. Tras dos autopsias (y las que quedan), parece que el ataque al corazón que se llevó a Jackson al verdadero País de Nunca Jamás se debió a la acción conjunta de un cocktail de medicamentos. Ha muerto el hombre, pero es ahora cuando el mito puede nacer. Yo lo que más siento es la inoportunidad, la suprema injusticia de esta muerte. Porque un artista tan enorme como Michael Jackson llegó a ser se merecía una última oportunidad de reivindicarse, esa última oportunidad que le esperaba a tan sólo quince días vista. La Muerte podía haber sido un poco más paciente, el Cielo podía haber esperado un poco más al niño que, como Peter Pan, no quiso o no supo convertirse en adulto.

3 comentarios :

Anónimo dijo...

Yo ahora cuando veo en Televisión a la madre y el padre de esta criatura, pienso...

¿no se dejaba ayudar? o no le hacían ni "p" caso?...

Lo que sí es verdad, es que nunca nadie necesitó tanto a una familia, pero eso sí una familia que le quisiera, que le diera buenos consejos, que le ayudara...

¡Que triste debe haber sido su vida!

Nunca mejor dicho...EL DINERO NO DA LA FELICIDAD.

Con respecto al Michael Jackson de la letras, tengo que decirte, que esta publicación está a un nivel de un excelso escritor como eres tú, mi querido, mi viejo...(perdón por lo de viejo) es por la canción...mi amigo.

besitos

Marisa

Luis Campoy dijo...

Sé por experiencia (cosas que he vivido a través de personas que he conocido) que quienes viven dentro del mundo del espectáculo (teatro, cine, música, etc.) son, en realidad, muy sensibles y muy, muy, muy pero que muy frágiles. Necesitan obtener a toda costa el beneplácito de quienes les rodean. El problema es que a menudo no saben elegir a esos “privilegiados” que revolotean a su alrededor y que, lamentablemente, suelen ser personas sin escrúpulos que tan sólo pretenden enriquecerse a costa del famoso de turno. Por éso, este tipo de estrellas son tan vulnerables y, en definitiva, tan propensas al fracaso y, por ende, al dolor. Hay un sabio refrán español que dice: “Quien bien te quiere, te hará llorar”, y éso significa que las personas que realmente nos quieren por lo que somos, y no por el beneficio que de nosotros pueden obtener, serán quienes nos digan sinceramente qué es lo que hacemos mal, mientras que los interesados y los falsos se limitarán a dorarnos la píldora y darnos la razón… como a los tontos. El pobre Michael, que en muchos aspectos era un genio, fue un bobo y un pardillo a la hora de elegir a sus personas de confianza. Eso y sus propios traumas fue lo que le destruyó. Un beso, fiel lectora, fiel amiga.

Anónimo dijo...

Buenas D. Luis ya se hechaba de menos tus comentarios y como no podia ser de otra manera con el noticion de Michael Jackson. Interesante tu experiencia con los nuevos CDs y tu amigo. La verdad es que la musica no me entra o mejor dicho entra y sale simplemente, hay otros acontecimiento a los que puedes ligar tus experiencias en la vida, pero bueno esta gracioso el episodio.En fin la vida continua y nosotros que la veamos. Un saludo.

Alburkerke.