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lunes, 29 de junio de 2009

Peter Pan en blanco y negro







Como ya me ocurriese cuando pasaron a mejor vida Elvis Presley, John Lennon o Freddie Mercury, la muerte de Michael Jackson me dejó conmocionado. Creo que con Michael todos hemos sido un poco injustos; yo, el primero. Mis primeros recuerdos acerca del luego autodenominado “King of Pop” se remontan a la segunda mitad de los años 70, creo que durante el mismo verano en que triunfaba el “YMCA” de los Village People. Por aquel entonces “Jacko” era nada más y nada menos que el benjamín de un grupo de negratas llamado los Jackson Five, y lo cierto es que ya llevaba un montón de años asombrando al mundo con sus piruetas y sus grititos. Niño prodigio a su pesar, el hecho de poseer un evidente don para la música y el baile le esclavizó y le privó de una infancia normal, pero nada de éso parecía importarnos cuando cantábamos y bailábamos su “Blame it on the boogie”: “No le eches la culpa al Sol, no le eches la culpa a la Luna, no le eches la culpa a los buenos momentos; échale la culpa al boogie”. Creo recordar que hubo incluso una serie de dibujos animados que narraba las idílicas andanzas de los “felices” Jackson Five, pero, cuando apareció el super productor musical Quincy Jones, no tuvo ninguna duda respecto a que el único que se merecía una carrera propia era el pequeño Michael. Entre 1978 y 1979 comenzaron a sonar en todas las discos los primeros sencillos de un portentoso primer álbum en solitario que se llamó “Off the wall”: “Rock with you” y, sobre todo, “Don’t stop till you get enough” me abducían cada vez que las escuchaba, y las bailaba y bailaba carente de voluntad propia. Fue también por aquel entonces cuando se estrenó “The Wiz” (“El Mago”), un insulso remake de “El Mago de Oz” en el que todos los personajes estaban representados por actores negros; Diana Ross dio vida a Dorothy y Jacko bordó su Espantapájaros , que tenía un número de lucimiento titulado “You Can’t Win”. En 1981, el director John Landis presentó al mundo su excelente film “Un hombre lobo americano en Londres”, que mezclaba hábilmente el humor con el terror gracias a unos memorables efectos especiales de maquillaje. Cuando llegó la hora de preparar el lanzamiento de su segunda colaboración conjunta, “Thriller”, Quincy Jones tuvo claro que Landis era el realizador indicado para poner en imágenes la canción que daba título al álbum, en la que Michael Jackson se convertía en hombre lobo y luego en zombie, y lideraba un macabro cuerpo de baile compuesto por muertos vivientes. “Thriller”, narrado en off por el insigne Vincent Price, se convirtió en uno de los primeros videoclips de la Historia, y para mí sigue siendo el mejor. Ahora bien, como canción pura y dura, preferí y prefiero la insuperable “Billie Jean”, uno de los picos más altos de la música de baile (alrededor de la cual Michael tejió los oropeles de su leyenda). Lo cierto es que la producción detrás del álbum “Thriller” supuso un antes y un después en el negocio musical, y su sonoridad única me hizo convertirlo en un auténtico hito personal: fue el primer disco compacto que compré. Con la primera nómina calentita en mi recién aperturada cuenta corriente, financié una cadena hi-fi de la marca Philips, y, en cuanto la desembalé, me dirigí a Galerías Preciados a la búsqueda del que ya era el disco más vendido de la Historia. Como anécdota, os contaré que, orgulloso, le mostré el CD recién adquirido a mi vecino Tomás Miguel, y el tipo, vacilón por naturaleza, se las dio de amplio conocedor de aquella nueva tecnología. En su afán de convencerme de que los compact discs eran inalterables e indestructibles, me dijo: “Son tan duros que, si los tiras al suelo, no les pasa nada”. Dicho y hecho: sin que yo pudiera evitarlo, sacó el disco del estuche y lo dejó caer… con tan mala fortuna que se partió en dos. La verdad es que nunca jamás me ha sucedido algo similar, pero aquel frustrado experimento le costó a mi vecino un “Thriller” nuevo e impoluto, que es el que hoy anida en mi estantería. Volviendo a Michael Jackson propiamente dicho, cuando todavía coleaban los parabienes dedicados a su rutilante aventura como solista, se vio obligado a volver a incorporarse a una tardía gira con los Jackson Five, quienes seguro que llevaban bastante mal lo de haber sido abandonados cual colillas afroamericanas. Durante la grabación de una versión del single “Can’t you feel it?” que serviría para ilustrar un anuncio de Pepsi, un accidente con unos focos ocasionó a Michael diversas quemaduras en la cara y el cuero cabelludo, que tuvieron que subsanarse con cirugía estética menor. Para mí que a partir de ahí comenzó la inacabable relación del ídolo con los quirófanos: un injerto de cabello y piel dio paso a un primer retoque de su nariz, y de repente su piel comenzó a aclararse y aclararse como si le hubiesen lavado a conciencia con Ariel. El declaró que padecía una despigmentación cutánea incurable, pero nadie se lo creyó. Todo el mundo pensó que el éxito se le había subido a la cabeza y ya no le bastaba con pertenecer a una minoría étnica: ansiaba formar parte de la supremacía blanca, como si ser un “hermano” fuese una mancha en su expediente.



Aquéllos fueron sus años de mayor gloria: se hinchó a ofrecer conciertos y giras, paseó por doquier su particular estilo de baile conocido como “moonwalk” (paseo lunar), ostentó el mayor número de imitadores que jamás se había visto, acometió el lanzamiento de un nuevo álbum, “Bad” (cuyo videoclip promocional filmó el gran Martin Scorsese), adquirió los derechos de casi todas las canciones de The Beatles, se asoció con Lionel Richie para poner en marcha la macrofundación USA for Africa (de la cual nació la celebérrima canción “We are the world”, interpretada a coro por Jackson, Richie y la mayoría de las estrellas del pop y el rock de entonces, como Stevie Wonder, Bruce Springsteen o Cindy Lauper), rodó la película “Moonwalker” (prácticamente una sucesión de clips de sus temas más conocidos) y a punto estuvo de protagonizar una versión de “Peter Pan” para su amigo Steven Spielber, que finalmente interpretó… Robin Williams. Comenzaba la década de los 90 y, a pesar de todos los logros artísticos que acabo de citar, lo cierto y verdad es que, si por algo se hablaba de Michael, era por sus crecientes y cada vez más preocupantes excentricidades, y, sobre todo, por su radical cambio de look. Su piel era ya más blanca que la misma leche, y el tema estrella de su nuevo disco se titulaba, precisamente, “Black or White”. Nuevamente fue John Landis el encargado de filmar un espléndido videoclip en el que, junto a Jacko, actuaba otro niño prodigio, Macaulay Culkin, protagonista de “Solo en casa”, y en cuya parte final se mostraban todas las variedades étnicas que poblaban la Tierra, mediante un despliegue de efectos especiales elaborado por los mismos artífices de “Terminator II”. “Black or White” supuso un prematuro canto de cisne, pues nunca más volvió a rayar tan alto. Se casó con Lisa Marie Presley, la hija del legendario Elvis, pero el matrimonio le duró un suspiro. Su apariencia física era la de un extraño ser asexuado, y yo fui uno de los que pensó que ese matrimonio era una efímera tapadera. Enseguida vinieron las denuncias por pederastia, que él desmentía con la boca pequeña pero que intentó solventar sobornando generosamente a los denunciantes. En su rancho llamado “Neverland” (“Nunca jamás”, inequívoca muestra de su acusadísimo complejo de Peter Pan, el niño que no quería o no podía crecer) levantó un parque de atracciones y dio rienda suelta a todos sus traumas infantiles causados por un padre que le exprimió sin piedad y quién sabe si incluso llegó a abusar sexualmente de él, y se dejó llevar por el bienestar que le suponía estar rodeado de pequeños fans. Demasiado bienestar. Tras las acusaciones de pederastia, él mismo confesó inocentemente que le encantaba dormir con niños, sin que “dormir” tuviese otras connotaciones aparentes que las de permanecer en la misma cama charlando hasta el advenimiento del sueño. Sí, el sueño se trocó en pesadilla, y su rostro cada vez más deforme (fruto de una cirugía practicada por cirujanos a los que sólo les importaba que el paciente estaba dispuesto a pagarles lo que le pidieran) se erigió en caricatura de un estrellato que se ensombreció demasiado pronto. Michael se volvió a casar, llegó a tener hasta tres hijos pero nuevamente fue acusado de pederastia, y su predicamento popular se vino abajo. Sus últimos discos se quedaron desfasados casi antes de ser publicados, y, durante la última década, parecía más un monstruo de feria que un Rey del Pop (título que le otorgó su amiga y fan incondicional Elizabeth Taylor) venido a menos. Yo mismo recuerdo haberles dicho a mis hijos que el pobre Michael Jackson se había vuelto loco, de lo cual ahora casi me arrepiento un poco. Al menos, sí siento una tremenda compasión por este personaje, que en su día supo revolucionar al mismo tiempo la música y el baile. Tenía 50 años y, de repente, se dio cuenta de que, ahora sí, se hacía mayor irreversiblemente, y su talento y su arte parecían haber quedado anclados en una Prehistoria de luces de neón, pantalones de pitillo y calcetines blancos.

Quizás no podría recuperar el terreno perdido, pero, al menos, sí podía intentar un retorno digno y, en el peor caso, despedirse a lo grande. Concertó para este mes de julio una serie de conciertos en Londres (primero 10, más tarde 50) y contrató a un preparador físico (Lou Ferrigno, el Increíble Hulk televisivo) junto al que volver a ponerse en forma. Dicen las lenguas viperinas que llevaba años tomando drogas, y quienes le apreciaban preferían describirle como un hipocondríaco que consumía toneladas de fármacos para aplacar cualquier mínimo dolor real o imaginario o incluso para intentar demorar el deterioro inevitable. Los últimos coletazos de su fortuna los gastó en abogados y médicos personales, uno de los cuales prácticamente vivía exclusivamente para atender sus mil y una patologías. Probablemente a los medicamentos que ya tomaba se unió en estas últimas semanas una nueva andanada de pastillas destinadas a potenciar el desarrollo muscular o a aplacar los dolores que a un cuerpo que ya se ha hecho sedentario le causa el intento de volver a convertirlo bruscamente en un cuerpo atlético. Tras dos autopsias (y las que quedan), parece que el ataque al corazón que se llevó a Jackson al verdadero País de Nunca Jamás se debió a la acción conjunta de un cocktail de medicamentos. Ha muerto el hombre, pero es ahora cuando el mito puede nacer. Yo lo que más siento es la inoportunidad, la suprema injusticia de esta muerte. Porque un artista tan enorme como Michael Jackson llegó a ser se merecía una última oportunidad de reivindicarse, esa última oportunidad que le esperaba a tan sólo quince días vista. La Muerte podía haber sido un poco más paciente, el Cielo podía haber esperado un poco más al niño que, como Peter Pan, no quiso o no supo convertirse en adulto.

martes, 16 de junio de 2009

Cine/ "NO-DO"


Los otros en el orfanato

Es curioso cómo los minutos finales de una película pueden dar al traste con las buenas sensaciones que te había hecho experimentar hasta ese momento. "NO-DO", gracias a una correcta puesta en escena y, sobre todo, a una sorprendente banda sonora a cargo de Alfons Conde, a quien yo no conocía, había sabido crear un clima desasosegante y a ratos terrorífico, pero un estúpido desenlace digno de la peor tradición del cine de horror setentero deudor de "El exorcista" arruinó las expectativas creadas. Yo todavía recuerdo aquellos "No-Dos" (Noticieros Documentales) que, por Ley, acompañaban la proyección de cada película y que se hacían tanto más soporíferos e intragables cuanto más avanzaba la Transición. En "NO-DO", el film, se expone la rocambolesca teoría de que, en los años cuarenta, la Santa Madre Iglesia auspiciaba la realización de documentales "paralelos" a los oficiales, en los que se reflejaban cuantos sucesos supuestamente paranormales eran investigados, con consecuencias nada halagüeñas para quienes pretendían engañar a los eclesiásticos. Casi cincuenta años después de que se filmase uno de aquellos "No-Dos" en un caserón reconvertido en colegio y en el que tres pobres niñas fueron "silenciadas" junto a los desdichados reporteros autores del documental, una familia compuesta por el matrimonio y su bebé recién nacido se traslada a la vieja casa. La madre lleva diez años sometida a tratamiento psiquiátrico desde la muerte trágica de su primera hija, y, nada más entrar en el viejo edificio, comienza a captar presencias sobrenaturales que nadie más que ella puede de percibir... Ana Torrent, que fuera la niña de "Cría Cuervos", la estudiante metomentodo de "Tesis" y la policía de la recientemente clausurada serie "UCO", interpreta con bastante convicción a la madre, secundada por un soso y hierático Francisco Boira, que hace de marido escéptico, y un excelente Héctor Colomé (de la primera temporada de "Amar en tiempos revueltos") que interpreta a un sacerdote experto en destapar falsos milagros. Como apuntaba al principio del artículo, lo más significativo de la película es la soltura con la que el director Elio Quiroga (autor de la muy extraña "Fotos") adapta (por no decir plagia) el estilo de un sinfín de títulos terroríficos ambientados en la casa encantada de turno, con toneladas de referencias a "El resplandor", "Terror en Amityville" , "Dark water" y "La centinela", aunque lo más evidente es su nada disimulada revisitación de "Los otros" y "El orfanato". Dicen que en tiempos de crisis el público trata de aliviar sus penas contemplando cómo otras personas sufren aún más que ellos, aunque sea en una pantalla de cine, y es cierto que en "NO-DO" esta premisa se cumple religiosamente (nunca mejor dicho). Ana Torrent lo pasa terroríficamente mal, casi tanto como Belén Rueda en "El orfanato" o Nicole Kidman en "Los otros", si bien en aquellas ocasiones los guionistas se esforzaron un poco más. Si la mayor parte del metraje de "NO-DO" parecía constituir un agradecido homenaje a los títulos citados, realizado desde el respeto y la elegancia, todo se hunde en los últimos cinco minutos, llenos de tópicos y con la absurda aparición de una criatura monstruosa poseedora de una doble hilera de colmillos. Más que miedo, este final da pena.

Luis Campoy

Lo mejor: Ana Torrent, la música de Alfons Conde
Lo peor: desde el principio se intuye que la hija de Torrent (papel que borda, todo hay que decirlo, la actriz infantil Miriam Cepa) sólo existe en la imaginación de la madre; el final es de los que dan ganas de estrangular a los guionistas
El cruce: "El orfanato" + "Los otros" + "La centinela" + "Terror en Amityville" + “La habitación del niño” + “La niebla”
Calificación: 6 (sobre 10)

sábado, 13 de junio de 2009

Cine/ "TERMINATOR: SALVATION"


Un aceptable nuevo comienzo

Más que el triunfo de los humanos sobre las máquinas, "Terminator: Salvation" representa el triunfo del idioma inglés sobre el español. Una cosa es que llevemos 25 años asumiendo que el vocablo anglófono "Terminéitor" suena mejor que el castellano "Terminador"; otra cosa es que nos veamos obligados a referirnos a esta cuarta entrega como "Terminéitor: Salvéision", rizando el rizo de la anglofilia y el extranjerismo. Disquisiciones lingüísticas aparte, me consta que mucha gente se ha visto sorprendida por el estreno de un cuarto capítulo de una franquicia que parecía agotada tras la no muy afortunada "Terminator 3". Pero, como diría Jack el Destripador, vayamos por partes. Hace ahora veinticinco años llegaba a nuestros cines una producción relativamente modesta realizada por un joven y todavía poco experimentado director llamado James Cameron, en la que dos personajes venidos del futuro, uno bueno, Kyle Reese (Michael Biehn) y otro malo, un robot Terminator modelo T-800 (Arnold Schwarzenegger), trataban de localizar a una muchacha llamada Sarah Connor (Linda Hamilton). Sarah estaba destinada a ser la madre de John Connor, el hombre que, muchos años después, lideraría a los humanos en su lucha contra las máquinas, las cuales conquistarían la Tierra tras una jornada aciaga conocida como "El Día del Juicio Final". Huyendo del Terminator, el cual posée de un potencial destructivo casi ilimitado, Reese y Sarah Connor acababan enamorándose, y de ese amor nacería un niño al que Sarah pondría por nombre... John. 25 años (34 según la cronología interna de la saga) y tres películas después, "Terminator: Salvation" nos cuenta cómo John Connor (con los rasgos de Christian Bale) ha conseguido, efectivamente, sobrevivir al Día del Juicio Final y es uno de los miembros más respetados de la Resistencia, un ejército paramilitar que aglutina a los cientos de hombres y mujeres que han decidido hacer frente a los Terminators dirigidos por Skynet (el superordenador que adquirió conciencia y programó a todas las máquinas para que sometieran y asesinaran a sus creadores y a la Humanidad en general). La obsesión de John no es sólo destruir a cuantos Terminators pueda, sino, sobre todo, localizar a un todavía adolescente Kyle Reese (recordemos: su futuro padre) para que los robots no le encuentren primero y pueda así viajar al pasado para dejar embarazada a su madre (la cual murió en algún momento entre “Terminator 2” y “Terminator 3”), con lo que se asegurará la continuidad de la Historia tal como la conocemos. Paralelamente, entra en escena un hombre llamado Marcus Wright (Sam Worthington) cuya memoria ha sido borrada y que esconde un terrible secreto que ni él mismo conoce... Si el primer "Terminator" de James Cameron fue una sorpresa por su ingenioso argumento y, sobre todo, por sus efectos especiales (algunos de los cuales, aun siendo muy novedosos para su tiempo, vistos hoy en día, demuestran haber envejecido mal), la segunda entrega, "Terminator 2: El Día del Juicio Final" constituyó un éxito rotundo, rebasando ampliamente al de la película original. La incorporación de técnicas informáticas todavía no superadas convirtió a este film en un auténtico hito, uno de esos sucesos que marcan un antes y un después y hacen que el Cine en particular y la tecnología en general dén un paso de gigante. Como no hay dos sin tres, todavía aparecería un ya cincuentón Schwarzenegger en una tercera parte, "Terminator 3: La rebelión de las máquinas", de la que se alejaría Cameron (que lleva 12 años, desde "Titanic", sin estrenar película alguna) y que finalmente rodaría Jonathan Mostow, presentando un producto no del todo desdeñable pero que estaba a años luz de la primera y, sobre todo, de la segunda aventura. Se supone que esta "Terminator: Salvation" marca el inicio de una segunda trilogía, y he de decir que no es en absoluto un mal comienzo. Tenía el hándicap de contar como director con el inefable McG, responsable de la horrorosa "Los Angeles de Charlie" y su inenarrable continuación, pero hay que reconocer que, sin ser (ni tampoco pretenderlo) una obra maestra, este cuarto eslabón contiene numerosos alicientes y supera ampliamente a la floja "Terminator 3". Son varios los puntos fuertes de "Terminator: Salvation"; sin ir más lejos, unos efectos especiales que rozan la perfección; una fotografía “quemada” que retrata magníficamente ese mundo post-apocalíptico en el que terribles robots de diversos tamaños asesinan, exterminan o "cosechan" a los humanos, con los que pretenden realizar innombrables experimentos; una partitura de Danny Elfman que incorpora nuevas melodías pero sabe recuperar la sonoridad del tema original de Brad Fiedel; y una realización de McG que no es ni mucho menos tan mala como la mayoría nos temíamos. Pero lo mejor del film es, por un lado, la estupenda composición de Sam Worthington, un actor que va a ser estrella (recordemos que en el reparto también están Bryce Dallas Howard, Anton Yelchin – Chekov en la nueva “Star Trek” - , Helena Bonham-Carter y Michael Ironside, este último cada vez más parecido a Jack Nicholson), y, por otro, el reencuentro con un viejo amigo/enemigo: el Terminator T-800 original, al que da vida un anónimo y fornido Ronald Kickinger cuyo rostro ha sido sustituído digitalmente por el de... Arnold Schwarzenegger. Terminator ha vuelto, y, si las posibles nuevas entregas son, como mínimo, tan buenas como ésta, esperemos que para quedarse.

Luis Campoy

Lo mejor: los efectos especiales, Sam Worthington, la aparición del Terminator original
Lo peor: la niña que acompaña a Kyle Reese
El cruce: "Terminator" + "La guerra de los mundos" + "Soy leyenda"
Calificación: 8,5 (sobre 10)

miércoles, 10 de junio de 2009

Cine/ "LOS MUNDOS DE CORALINE"


Las apariencias engañan

Raras veces me sorprende una película. Virtud o defecto, el caso es que leo tantos artículos y tantas críticas sobre cada film que se prepara, se rueda o se estrena que, si tengo oportunidad de verlo, suelo saber casi exactamente a qué voy a enfrentarme. Con “Los mundos de Coraline” me pasó justamente lo contrario, entre otras cosas porque se trata de una película de animación, una de ésas que normalmente no me apetece ver a mí pero que tengo que “tragarme” por obligación, ya que mis hijos quieren que los lleve a verla. La verdad es que, cuando uno es padre y tiene que tragarse tantas horas de dibujos animados en la tele, en el DVD y en las salas de cine, llega un momento en que acaba hasta el gorro, y sólo muy contados “cartoons” parecen a priori revestir cierto interés. Lo único que sabía de este producto era que su director era Henry Selick, realizador de la celebrada “Pesadilla antes de Navidad” que produjo Tim Burton. Su argumento, que yo desconocía, es el siguiente: Coraline es hija única y se traslada con sus padres a una nueva casa. Su existencia no puede ser más aburrida y gris, pero de noche sueña con una especie de mundo paralelo al que accede a través de un pasadizo y en el que sus padres son aparentemente iguales pero mucho más cariñosos y divertidos, si bien en lugar de ojos tienen… botones. Lo primero que llama la atención de “Los mundos de Coraline” es su banda sonora, envolvente y subyugante, obra de Bruno Coulais, el célebre compositor de “Los chicos del coro”. La música, por sí sola, es capaz de crear un universo fantástico en el que el misterio y el terror acaban haciendo acto de presencia. Porque, como podéis imaginar, nada es lo que parece y ni el mundo nocturno de Coraline es un Paraíso ni sus “segundos padres” la quieren tanto y tan desinteresadamente como aparentan. Me niego a revelar más detalles, y tampoco lo creo necesario. Sólo me reafirmo en lo que dije anteriormente: como no había leído nada acerca de ella, tan sólo esperaba encontrar la típica comedia familiar llena de humor y buenas intenciones, pero lo que hallé fue una fascinante propuesta fantástica que me hizo agitarme en la butaca y pasar, incluso, algo de miedo. Animada según el procedimiento tradicional de “stop motion” (o “cuadrito por cuadrito”, como se le llama por estos lares), se agradece que el uso del ordenador se haya limitado a unas pocas secuencias (existe otra versión en 3-D que, lamentablemente, no fue la que yo tuve ocasión de ver); ya está bien de tanto pixel y tanto dixel, que hace que todas estas películas acaben pareciendo iguales. Trufada de referencias a ilustres predecesoras del género fantástico (el nombre de la protagonista se pronuncia “Coralain”, que suena casi igual que el de la niña CarolAnne de “Poltergeist”, que, por cierto, también permanecía recluída en una dimensión poblada por seres inicialmente acogedores que luego no la dejaban volver a casa; asimismo, diversos detalles me recordaron a “Bitelchús” de… Tim Burton, o al episodio dirigido por Joe Dante dentro de “En los límites de la realidad”), no sé si “Los mundos de Coraline” puede llegar a ser demasiado terrorífica para los niños más pequeños, pero tengo que reconocer que los adultos no se “desaniman” como en otras películas animadas, y eso tiene su mérito.

Luis Campoy

Lo mejor: la música de Bruno Coulais
Lo peor: que pueda llegar a ser demasiado terrorífica
El cruce: “Pesadilla antes de Navidad” + “En los límites de la realidad” + “Bitelchús” + “Poltergeist”
Calificación: 8 (sobre 10)

lunes, 8 de junio de 2009

Cine/ "LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES"



Thriller a la sueca

Desde que tengo que leer comics por un tubo para luego contárselos a mi hijo, y desde que se me acumulan las recopilaciones de música descargada de internet sin que se entere González Sinde, tengo poco tiempo para leer libros. Fenómenos literarios como "El niño con el pijama de rayas" o los últimos éxitos de Ken Follett o Ruiz Zafón me han sido casi totalmente ajenos y sólo me generan auténtico interés cuando se convierten en películas. Eso es lo que me ha sucedido con "Los hombres que no amaban a las mujeres", primer volumen de la trilogía "Millennium" del ya fallecido novelista sueco Stieg Larsson. Desconozco si los otros dos volúmenes que componen dicha trilogía tienen algo que ver con las tramas o los personajes que aparecen en esta primera obra, por lo que voy a limitarme a contaros someramente su trama argumental. Un periodista que se cree incorruptible es condenado a seis meses de cárcel por haber hurgado demasiado en los secretos de cierto poderoso empresario. Mientras se plantea si presentar o no un último recurso que impida su ingreso en prisión, acepta el encargo de investigar el paradero de una joven desaparecida cuarenta años atrás, lo cual le obligará a aceptar la ayuda de una pintoresca hacker junto a la que se sumergirá en una oscura trama de macabros asesinatos de mujeres... Al parecer, los libros de Stieg Larsson han cosechado un tremendo éxito en toda Europa, y es su viuda quien se ocupa ahora de gestionar los beneficios que aún siguen generando. Una característica que me llamó la atención de "Los hombres que no amaban a las mujeres" (cuyo título original debería haberse traducido como "Los hombres que odiaban a las mujeres", lo cual es casi lo mismo pero no es igual) es que no elude ciertos aspectos tremendistas y truculentos que, de haberse tratado de, por ejemplo, una producción standard norteamericana, seguramente se hubieran obviado. Me refiero, evidentemente, al largo episodio de la joven Lisbeth con su pervertido tutor, narrado de modo brutal y casi obsceno, recreándose en la perversión del hombre como pretendiendo clarificar y justificar la actitud y comportamiento de la muchacha. Otra de las ventajas de hallarnos ante una producción europea (sueca, por más señas) y no hollywoodiense, es la interpretación a cargo de desconocidos pero estupendos actores que, algunos de ellos, constituyen verdaderos hallazgos. Me refiero, en primer lugar, a Noomi Rapace, que da vida a una Lisbeth sencillamente inolvidable, frágil y aguerrida a la vez, enternecedora en lo gestual y dotada de un peculiar atractivo difícilmente clasificable. Todo un hallazgo. También me causó muy buena impresión el protagonista Michael Nyqvist, una especie de Jürgen Prochnow en versión algo más joven (tiene 49 años), al que auguro una excelente proyección internacional a partir de ahora. Sí, a veces nos olvidamos de que también en Europa sabemos hacer buen de cine de género, con actores, escritores y técnicos autóctonos que nada tienen que envidiar a sus mucho más famosos colegas de allende al Océano. La factura técnica de "Los hombres que no amaban a las mujeres" resulta más que correcta, orgullosa de su condición de thriller y apoyada en una banda sonora convencional pero muy efectiva. Alguien comentaba a la salida del cine que la película se le había hecho "algo larga", y debo confesar que a mí no me sucedió tal cosa. Más bien al contrario, y, lo que considero más importante, me hizo preguntarme cuántas más subtramas aparecerían en el libro y no llegaron a asomarse a la pantalla, lo que sin duda constituye el germen de un renovado deseo de lectura. A pesar de algunas concesiones a la galería (el villano, una vez descubierto, pierde un tiempo precioso en contarle al héroe con pelos y señales la historia de sus crímenes, lo que permite que, finalmente, reciba su merecido; el malo, en definitiva, paga sus maldades con su vida, y los buenos son premiados por su bondad), me gustó bastante este film que ha dirigido Niels Arden Opley y que apuesto a que, a no mucho tardar, será objeto de un remake a cargo de la cinematografía yanqui, aligerado, eso sí, de sus contenidos más morbosos.

Luis Campoy

Lo mejor: el clima de suspense y los dos protagonistas
Lo peor: el desenlace, lleno de tópicos y excesivamente feliz
El cruce: “El silencio de los corderos” + “Bienvenidos al Norte” + “Femme Fatale”
Calificación: 8,5 (sobre 10)

jueves, 4 de junio de 2009

Cine/ "HANNAH MONTANA"


Una nueva estrella para el firmamento juvenil



El pasado domingo mi hija tomó su Primera Comunión, y, por si fuera poco, el lunes fue su Santo. ¿Cómo no acceder a llevarla al cine a ver la película de “Hannah Montana”, por mucho que a mí me apeteciera más bien poco tal idea? Por si queda alguien que no lo sepa, Hannah Montana es un producto de Disney y su filial televisiva, Disney Channel. En realidad, se llama Miley Cyrus y es la hija de Billy Ray Cyrus, aquel híbrido entre rockero, cantante de country y fornido leñador que hace años popularizó el pegadizo tema “Achy Breaky Heart”. Parece que el bueno de Billy Ray decidió un buen día que no sólo de country vive el hombre, y no dudó en darle la alternativa a su más digna heredera, en torno a la cual la todopoderosa Disney urdió una serie familiar acerca de una muchacha de campo (“country”, en inglés) que lleva una doble vida y, sin que la mayoría de sus conocidos lo sepa, se pone una peluca rubia, se sube a un escenario y se convierte en la estrella juvenil Hannah Montana. Tras varias temporadas en antena y millones de discos vendidos, lo natural era dar el salto al cine, cosa que se produce ahora con un éxito sensacional; en España, sin ir más lejos, desbancó en su primer fin de semana a la mismísima “Star Trek”. La verdad es que no hay mucho que decir acerca de “Hannah Montana”, que no es sino el enésimo eslabón de una larguísima cadena de producciones “disneyanas” destinadas a mantener unida a la familia. Claro que también Steven Spielberg lleva intentando ésto toda su vida, y, sin embargo, sus logros son bastante más encomiables. “Hannah Montana” la ha dirigido Peter Chelsom pero podía haberla firmado Robert Stevenson (artífice de los mayores éxitos de la productora de Mickey Mouse en los años sesenta y setenta) o cualquier otro artesano impersonal. Lo mejor que puede decirse de esta película es que no enseña nada malo a nuestros hijos (sobre todo a nuestras hijas), que el tono de comedia permite que su hora y media pase rápida y que incluso alguna de sus canciones resulta agradable. Los actores de apoyo (Emily Osment, Jason Earles, Melora Hardin, un Barry Bostwick bastante avejentado y el propio Billy RayCyrus, que también vigila a su hija desde la serie de TV) no tienen la más mínima ocasión de lucirse y su interpretación es convencional a más no poder. Sólo Miley Cyrus (algo así como la nueva Marisol yanqui) puede permitirse el lujo de llamar la atención, y es cierto que la muchacha lo borda en todo momento, tanto cuando es simplemente la dulce Miley como cuando canta y baila bajo la peluca de Hannah. Ha nacido una nueva estrella, aunque hay que reconocer que el revuelo que se ha formado en torno a ella no tiene ninguna justificación de índole cinematográfica.

Luis Campoy

Lo mejor: Miley Cyrus
Lo peor: su falta de originalidad (es tan convencional y previsible que no es necesario ni verla)
El cruce: “Tú a Boston y yo a California” + “Un rayo de luz” + “Quiero ser libre”
Calificación: 6 (sobre 10)