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viernes, 22 de mayo de 2009

Pues de mí nunca abusaron...




... y, que yo sepa, de ninguno de mis compañeros, tampoco. El otro día se hicieron públicas diversas noticias acerca de los miles y miles de niños irlandeses de los que supuestamente abusaron los curas católicos de aquel país. Lo mismo se ha dicho, en estos últimos años, acerca de religiosos procedentes de Filipinas, Brasil o, especialmente, Estados Unidos. ¿Por qué tantos sacerdotes católicos son tan propensos a esas actitudes? Me temo que puede deberse a que sobre ellos pesa un severo voto de castidad, que no afecta a los curas o pastores de otras Iglesias. Yo nunca he entendido por qué, para ser sacerdote o monja, que, al fin y al cabo, implica mirar hacia Dios ayudando a tus congéneres a encontrar el buen camino, no se pueden tener pareja o hijos. ¿Acaso, por querer a tu esposo-a o a tus hijos, ya no puedes amar a tu prójimo y, sobre todo, amar a Dios? ¿Acaso por vivir una vida normal, en la que, además de respirar, comer, beber, dormir o caminar, ejerzas también la función sexual, ya no eres válido para servir al Creador? Son cosas que jamás he podido comprender y que, todavía hoy, no me entran en la cabeza. Con tanta represión y tanta privación, lo que a veces se promueve son, justamente, barbaridades como éstas; que, cuando uno es débil y no sabe hacer frente a sus necesidades, les dé rienda suelta de un modo no sólo enfermizo o antinatural, sino peligroso para con quienes son aún más débiles y más indefensos están. Sin embargo, no penséis que pasarse los días enteros, y aun las noches, rodeado de gente que viste hábitos, sotanas o alzacuellos entraña un riesgo latente para cualquiera. Lógicamente no puedo dar la cara por todos los españolitos que se han pasado la infancia y adolescencia entre crucifijos, pero sí doy fe de que a mí lo único que me pusieron encima fue la medalla de oro (o plata) por figurar a final de curso en el Cuadro de Honor. Fueron nueve los años que yo pasé en el Colegio Sagrado Corazón de Alicante, regido por los Hermanos Maristas, y, aunque entonces nos quejábamos de lo mucho que nos hacían estudiar (por no hablar de lo mucho que nos hacían rezar), la verdad es que el primer año que "escapé" de la tutela mariana me lo pasé sin tener que dar palo al agua, y es que el nivel que teníamos los chicos de Maristas era, con todo respeto, mil veces superior al que ostentaban los estudiantes sujetos a la disciplina laica: al acabar 1º de BUP en el Sagrado Corazón, yo sabía más que quienes empezaban 3º en el Instituto Jaime II en el que recalé. Por lo demás, lo único que ví que los rígidos hermanos (que no eran negros aunque sí lo eran algunas de sus chaquetas y, ocasionalmente, sotanas) le tocaran a alguno de nosotros fue el lóbulo de la oreja; ¡menudos tirones se llevó el pobre Canillas! También creo recordar, pero entre brumas traicioneras, que sobre las palmas de las manos o las nalgas de los más díscolos se abatió alguna regla vengadora, “regla” no en el sentido de "normativa" o "ley", sino en el de “tabla de madera decorada con centímetros y milímetros cuya caricia puede resultar bastante dolorosa”. En cuando a lo de que, durante ciertos ejercicios espirituales de fin de semana en un recóndito seminario de Orgegia, uno de mis compañeros apareciese aún más pálido de lo habitual tras afirmar que uno de los curas le había pasado la mano por la pierna, nunca supe si el roce en cuestión obedeció a un gesto de limpio afecto por parte del religioso o bien a alguna sucia predisposición del alumno a encontrar el Mal donde no lo había, pero sí es cierto que los demás condiscípulos lo recibimos con más sorna que temor, siendo incapaces de darle la más mínima importancia. Nunca pensé que llegaría a decir ésto, pero al cuidado del Hermano Inocencio y el Hermano Marino, y los maestros seglares Musola o Barbié pasé algunos de los mejores años de mi vida, y mis tíos, que también fueron alumnos maristas, llevaron a sus hijos, mis primos, a aquel mismo Colegio, y mis primos han llevado allí a sus propios hijos, y, cuando tantas generaciones mantienen su confianza puesta en la misma orden religiosa, será porque, hablando en plata, son más los curas buenos que los curas malos. ¿O no?.

3 comentarios :

Anónimo dijo...

Recuerdo la primera vez que fui al psicólogo. Llevaba puestas mis gafas de sol. Era incapaz de mirarle a la cara. Solo lloraba y lloraba. Demasiado tiempo tragándome esas lágrimas que con nadie podia compartir. El tiempo ha pasado. Intento pensar que fue una horrible pesadilla, no lo consigo, asi que me pongo a pensar en otras cosas que me hagan mas felices. No perdono, no olvido....pero eso va conmigo allá donde vaya. Tengo que vivir. Por mí, y por los que me quieren.

Luis Campoy dijo...

Cuando redacté este artículo simplemente quise, por un lado, romper una lanza en favor de esos Hermanos Maristas de Alicante que me parecen dignos de respeto, y, por otro, narrar mi clásica "batallita" en la que afloraban mis andanzas juveniles. No imaginaba que iba a remover así los sentimientos de ningún lector. En culaquier caso, estoy seguro de que hablar de ello, simplemente desahogarte de este modo, es mejor que guardarlo en un rincón de tu mente en la que sólo debería haber remordimientos por algo malo que hicieras, en el caso de que hayas hecho algo malo alguna vez (y sufrir abusos por parte de alguien no es hacer algo malo, sino sólo un castigo al que te sometió injustamente la vida). Creo, también, que siempre hay alguien con quien compartir lo más íntimo, alguien que te quiera honestamente y que tenga un poco de sensibilidad. Ojalá todo ésto, incluso aunque no puedas olvidarlo, puedas superarlo cada día un poquito más.

Anónimo dijo...

En el cine Navas había un tipo cincuentón que se sentaba junto a jovencitos para tocarles durante la sesión. Yo fui una de sus víctimas y sé de otro, también de Maristas,al que le pasó lo mismo. No creo que la condición consagrada de una persona tenga que ver con la atracción por jovencitos. Más bien tiene que ver con actitudes homosexuales, porque esto está muy documentado históricamente (se llama efebofilia).