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jueves, 28 de mayo de 2009

Triple corona


Triplete. Tres veces campeones. La primera derrota de Cristiano Ronaldo frente al Barça, y, además, proféticamente, vestido de blanco. Miles de sensaciones se me acumulan todavía en las retinas, en las papilas gustativas, en cada rincón de mi alma culé. Es increíble lo que puede llegar a sentirse cuando se culmina de esta manera un sueño que se ha venido soñando, al principio tímidamente, luego y progresivamente cada vez más eufórico. Soy enemigo de cualquier euforia excesiva, y más de aquéllas que no dependen de uno solo. En el caso de este Barcelona, que, haciendo referencia al legendario "Dream Team" dirigido por Johan Cruyff, ya es conocido como el "Pep Team", el mérito de todo ésto que hemos vivido hay que atribuírselo, mal que le pese, a un señor que se llama Josep (Pep para los amigos) y se apellida Guardiola, y que ya dirigía al equipo, desde el campo, cuando era jugador. De éso no hace tanto tiempo (apenas tiene 38 años), pero lo asombroso es dónde estaba él y donde estaba este mismo grupo humano hace tan sólo doce meses. La única experiencia de Pep como técnico había consistido en dirigir al Barcelona B, un equipo plagado de canteranos, de chavales jóvenes curtidos en la cantera blaugrana, La Masía. Pero ¿y los futbolistas que anoche culminaron su gloriosa campaña? Hace un año estaban destrozados anímicamente, desahuciados moralmente tras dos temporadas consecutivas de estériles fanfarronadas institucionales que el virus inoculado por la desidia de Ronaldinho y la indisciplina de Deco les contagió a todos. Sí, básicamente los mismos hombres que antaño parecían unos acabados, ahora deslumbran al mundo. Podríamos decir que más determinante que las llegadas de Alves, Piqué, Keita, Cáceres y Hleb han sido las bajas de Deco y Ronaldinho, las auténticas ovejas negras de un vestuario que, dirigido con mano maestra por Guardiola, ha renacido en la grandeza del juego, la belleza de la deportividad y la ilusión contagiosa por la culminación de un proyecto construido con paciencia y humildad. Con todo, he de decir que anoche, frente al Manchester, mis primeras sensaciones no fueron nada positivas. Había ido a presenciar el encuentro al mismo bar alhameño en el que ya viví el 2-6 frente al Madrid y el cardíaco 1-1 que dejó en la cuneta al Chelsea, pero creo que fue la presencia de mi hijo lo que le confirió al momento un encanto verdaderamente especial. Incluso cuando uno trata de ser un buen padre y dar un buen ejemplo decente y constructivo a sus descendientes, me temo que los nervios o la exaltación contribuyen a que la boca dispare como balas un sinfín de vocablos malsonantes de aquéllos que tanto le gustaban a Don Camilo (José Cela). Como en una colmena nutrida de aficionados de casi todos los colores, pudimos presenciar cómo los primeros compases del juego revelaron que el Manchester iba a por todas, y también que las dos semanas sin jugar habían conseguido que los titulares habituales de Guardiola perdiesen casi todo su ritmo y su repertorio de magia habitual. Cristiano Ronaldo, que todo el mundo sabe que ya es prácticamente madridista, era el más destacado de su equipo, el motor y el pulmón y el ariete más peligroso. Pero la suerte o la habilidad de Valdés impidieron que la pelota entrase, y, tras diez minutos de sufrimiento, la calma regresó con un golazo de Eto'o que Iniesta le sirvió en bandeja, y el camerunés, para variar, no desaprovechó su gran oportunidad de reivindicarse. En el palco, Zapatero y el Rey dieron botes eufóricos ante la mirada sonriente de Platini y Montilla, la seriedad del Príncipe Andrés y la risueña somnolencia de Berlusconi, que más tarde no podría evitar sucumbir a alguna inoportuna cabezada, más imputable a la soporífera actuación inicial de Andrea Bocelli que al toqueteo blaugrana. Con el 1-0, las cosas empezaron a cambiar, y, alrededor del minuto 25, el Barça volvía a ser el Barça de siempre. No obstante, en más de una ocasión se notó la ausencia de Márquez, Abidal y, sobre todo, de Dani Alves. Touré Yayá disputó su peor partido como central, y el centro del campo se resintió al tener que cederle su puesto a Busquets, quien, en cualquier caso, tampoco lo hizo mal. Sylvinho fue finalmente el lateral izquierdo, pero su actuación osciló entre la excelencia y la torpeza, con algunos pases hacia atrás que cortaban abruptamente las jugadas. En la otra banda, si bien es verdad que se echaron en falta las portentosas galopadas y los apoteósicos centros de Alves, es de justicia reconocer el monumental trabajazo de Carles Puyol, un capitán al que todos hubiéramos seguido hasta el fin del mundo. En la segunda mitad llegó el gol de cabeza de Leo Messi, indiscutible vencedor del duelo de estrellas frente a Cristiano, y aún pudo haber alguna otra propinilla que acabó siendo innecesaria. ¿Qué decir de los gladiadores vestidos de azul y grana que se coronaron de laureles a los ojos del Imperio Romano y de prácticamente todo el mundo? Valdés cumplió con solvencia, Piqué estuvo potente pero no prepotente, Eto'o se reencontró con el gol en el mejor momento, Henry lo intentó pero se perdió en sus propias filigranas, Puyol fue más que un gladiador, casi un semi-Dios, Messi dejó algunos relámpagos cegadores de su genio, , Iniesta dio un paso más para convertirse en el deportista más admirado, poseedor de un arte que no empaña las bondades de su corazón, y Xavi... Xavi no sólo fue elegido el mejor jugador de la final, como también lo fue de la pasada Eurocopa, sino que rayó a una altura futbolística que yo pocas veces he visto en un terreno de juego. La serenidad, la paciencia, la precisión, la agilidad de mente y reflejos y la honestidad de este caballero no tienen igual y dudo que exista un relevo que se le pueda comparar. ¡Xavi, no te jubiles nunca! Cuando el árbitro dio el pitido final, todos nos pusimos en pie al grito de "¡Barça, Barça, Barça!", y, a pesar de que Cristiano Ronaldo ya dio muestras de un comportamiento chulesco y antideportivo al que pronto podrá dar rienda suelta y que anoche ya ensayó con el pobre Puyol, no hubo esta vez cánticos antimadridistas. Y bien que se lo hubieran merecido los merengones, tras los últimos artículos de los agitadores Guasch y Roncero, que ayer mismo confesaba que tanto él como el 99,9 % de los madridistas debían estar del lado del Manchester. Pero tranquilos, que, como ya sucedió tras la consecución de la Copa del Rey, hoy mismo surge la figura redentora de Florentino Perez para que los del Barça no tengamos ni veinticuatro horas enteras de hegemonía mediática. Con su blanco merengue se lo coman. Pero no pensemos en un futuro inescrutable, sino vivamos este presente incomparable. Probablemente el mejor Barça de la Historia, el mayor orgullo de los culés, la satisfacción indisimulable para quien ame el Deporte, y todo ello gracias a un hombre que se llama Josep (Pep para los amigos) y se apellida Guardiola.
Nota: la versión orginal de este artículo la he publicado en la página hermana "Mi blog azulgrana" (www.miblogazulgrana.blogspot.com)

martes, 26 de mayo de 2009

Cine/ "NOCHE EN EL MUSEO 2"


Al igual que ya sucediera con su predecesora estrenada en 2007, “Noche en el Museo 2” es una de esas películas que un crítico de cine puede valorar en su justa medida nada más viendo su tráiler. Muy poco, poquísimo hay que decir acerca de esta secuela que no dijésemos con motivo de su antecesora de 2009. Nuevamente somos testigos de las peripecias de Larry Daley (Ben Stiller), que ha cambiado su oficio de guardia nocturno del Museo de Historia Natural de Nueva York por el de gerente de su propia empresa de fabricación de artículos de Todo a 100. Sin embargo, cuando sus viejos amigos, las figuras que cobran vida por las noches, son trasladados a otro museo, el Smithsonian de Washington, Larry no tiene otro remedio que volver a su antiguo empleo para poner orden en el cotarro... Probablemente, el descomunal éxito de "Noche en el Museo" pilló por sorpresa a todos sus artífices. Realmente, los ingredientes "culpables" de tal suceso no eran originales ni especialmente meritorios. Un tono de comedia blanca y familiar, un puñado de actores capaces de atraer a diferentes generaciones de espectadores (Stiller, Robin Williams, Dick Van Dyke e incluso Mickey Rooney) y, sobre todo, unos efectos especiales que, no siendo desdeñables, tampoco eran gran cosa. Sin embargo, fue tal la respuesta popular que la continuación parecía obligada, como tal vez pudiera serlo, dentro de un par de años, una eventual tercera entrega que complete la trilogía. De hecho, si sus responsables se tomasen auténtico interés y exprimiesen a fondo sus neuronas, ¿por qué no ir dedicando "Noches en el Museo" a salas tan importantes como el Louvre o el Prado?. El problema radica, justamente, en que esta segunda vuelta de tuerca al mismo tema da tan preocupantes muestras de agotamiento que es evidente que ni la inspiración ni el talento son el rasgo distintivo de sus artífices. Aparte del ridículo teñido capilar que luce un Ben Stiller que parece que se niega a exhibir los atributos del paso del tiempo, y de la muy notoria ausencia del gran Dick Van Dyke, todo lo demás es un deja vu tan molesto que más que una continuación parece que lo que estamos presenciando es un remake. Aparte de contadísimos guiños de guión nunca desarrollados debidamente (Al Capone y sus esbirros aparecen fotografiados siempre en blanco y negro; las cabezotas móviles de Einstein aportan la solución al enigma) o de mínimos aciertos de visualización (los protagonistas se introducen dentro de un par de conocidas obras de arte, algo que, por cierto, creo recordar que ya sucedía en "Looney Tunes, de nuevo en acción", todo lo demás es un carrusel en el que tienes la sensación de haber estado, un simple entretenimiento familiar políticamente correcto frente al cual las palomitas, al menos, no se atragantan.



Luis Campoy

Lo mejor: Amy Adams, la música de Alan Silvestri
Lo peor: la sensación de Deja Vú, la desaprovechada aparición de Darth Vader
El cruce: “Noche en el Museo” + “Los Cazafantasmas” + “Gremlins 2”
Calificación: 5 (sobre 10)

viernes, 22 de mayo de 2009

Pues de mí nunca abusaron...




... y, que yo sepa, de ninguno de mis compañeros, tampoco. El otro día se hicieron públicas diversas noticias acerca de los miles y miles de niños irlandeses de los que supuestamente abusaron los curas católicos de aquel país. Lo mismo se ha dicho, en estos últimos años, acerca de religiosos procedentes de Filipinas, Brasil o, especialmente, Estados Unidos. ¿Por qué tantos sacerdotes católicos son tan propensos a esas actitudes? Me temo que puede deberse a que sobre ellos pesa un severo voto de castidad, que no afecta a los curas o pastores de otras Iglesias. Yo nunca he entendido por qué, para ser sacerdote o monja, que, al fin y al cabo, implica mirar hacia Dios ayudando a tus congéneres a encontrar el buen camino, no se pueden tener pareja o hijos. ¿Acaso, por querer a tu esposo-a o a tus hijos, ya no puedes amar a tu prójimo y, sobre todo, amar a Dios? ¿Acaso por vivir una vida normal, en la que, además de respirar, comer, beber, dormir o caminar, ejerzas también la función sexual, ya no eres válido para servir al Creador? Son cosas que jamás he podido comprender y que, todavía hoy, no me entran en la cabeza. Con tanta represión y tanta privación, lo que a veces se promueve son, justamente, barbaridades como éstas; que, cuando uno es débil y no sabe hacer frente a sus necesidades, les dé rienda suelta de un modo no sólo enfermizo o antinatural, sino peligroso para con quienes son aún más débiles y más indefensos están. Sin embargo, no penséis que pasarse los días enteros, y aun las noches, rodeado de gente que viste hábitos, sotanas o alzacuellos entraña un riesgo latente para cualquiera. Lógicamente no puedo dar la cara por todos los españolitos que se han pasado la infancia y adolescencia entre crucifijos, pero sí doy fe de que a mí lo único que me pusieron encima fue la medalla de oro (o plata) por figurar a final de curso en el Cuadro de Honor. Fueron nueve los años que yo pasé en el Colegio Sagrado Corazón de Alicante, regido por los Hermanos Maristas, y, aunque entonces nos quejábamos de lo mucho que nos hacían estudiar (por no hablar de lo mucho que nos hacían rezar), la verdad es que el primer año que "escapé" de la tutela mariana me lo pasé sin tener que dar palo al agua, y es que el nivel que teníamos los chicos de Maristas era, con todo respeto, mil veces superior al que ostentaban los estudiantes sujetos a la disciplina laica: al acabar 1º de BUP en el Sagrado Corazón, yo sabía más que quienes empezaban 3º en el Instituto Jaime II en el que recalé. Por lo demás, lo único que ví que los rígidos hermanos (que no eran negros aunque sí lo eran algunas de sus chaquetas y, ocasionalmente, sotanas) le tocaran a alguno de nosotros fue el lóbulo de la oreja; ¡menudos tirones se llevó el pobre Canillas! También creo recordar, pero entre brumas traicioneras, que sobre las palmas de las manos o las nalgas de los más díscolos se abatió alguna regla vengadora, “regla” no en el sentido de "normativa" o "ley", sino en el de “tabla de madera decorada con centímetros y milímetros cuya caricia puede resultar bastante dolorosa”. En cuando a lo de que, durante ciertos ejercicios espirituales de fin de semana en un recóndito seminario de Orgegia, uno de mis compañeros apareciese aún más pálido de lo habitual tras afirmar que uno de los curas le había pasado la mano por la pierna, nunca supe si el roce en cuestión obedeció a un gesto de limpio afecto por parte del religioso o bien a alguna sucia predisposición del alumno a encontrar el Mal donde no lo había, pero sí es cierto que los demás condiscípulos lo recibimos con más sorna que temor, siendo incapaces de darle la más mínima importancia. Nunca pensé que llegaría a decir ésto, pero al cuidado del Hermano Inocencio y el Hermano Marino, y los maestros seglares Musola o Barbié pasé algunos de los mejores años de mi vida, y mis tíos, que también fueron alumnos maristas, llevaron a sus hijos, mis primos, a aquel mismo Colegio, y mis primos han llevado allí a sus propios hijos, y, cuando tantas generaciones mantienen su confianza puesta en la misma orden religiosa, será porque, hablando en plata, son más los curas buenos que los curas malos. ¿O no?.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Dilema cafetero



Como en las sedes de muchas empresas, en la mía disponemos de una máquina de café. En principio y durante casi un año, el aparatejo estaba trucado o así, de modo que podías sacar la consumición que te apetecía sin tener que depositar nada a cambio. Muchos fueron los chocolates que bebí de ese modo, y muy pocos los cafés, tan temeroso de la tensión como indulgente con el azúcar. Mis compañeros, sin embargo, son en su mayoría cafeteros… además de bastante cotillas. Cada vez que espontáneamente parodiábamos "Cámera Café" a alguno se le ocurría formularme alguna pregunta subidita de tono referente a mi vida sentimental, cuando no directamente criticar o, aún peor, burlarse de ciertas cosas que, desde fuera, pueden verse como un culebrón pero que desde dentro duelen como una herida que no se cierra. Los que somos tímidos, los que somos mansos, parece que llevamos dibujada en la frente una diana que nos convierte en blanco de las burlas y las críticas por parte de quienes se sienten cualificados para juzgar o humillar a los que saben que no van a saber replicarles. No os extrañará si os confieso que llegué a preferir que mi “chocolatada” coincidiese con los momentos en que la sala de ocio estaba deshabitada. Tiempo después, la máquina de café dejó de ser gratuita, y había que depositar una moneda de 50 céntimos como contrapartida del producto a retirar. Entre unas cosas y otras, yo fui poco a poco alejándome del aromático aparato, y es posible que haga dos meses que no piso la sala en la que ocupa un lugar preferente. Me decía: "¿Para qué voy a gastarme medio euro en una consumición en vaso de plástico cuando, apenas cruzando la calle, tengo un hermoso y amplísimo bar en el que me atienden tan cordialmente y donde puedo darle gusto al gaznate a cambio de un euro escaso?”. Así había venido siendo… hasta hoy. Esta mañana, uno de los organizadores de los eventos lúdico-festivos que tienen lugar en estas oficinas me ha abordado pidiéndome 20 euros “para café, leche condensada, vasos, servilletas, etc., etc. etc.”. “No te hagas el remolón, que eres el único que todavía no ha colaborado”. Ganas me han dado de responderle “ni he colaborado, ni pienso hacerlo, que, al fin y al cabo, hace tiempo que no os hago gasto alguno”, pero, incluso en esos momentos, procuro ser cauto y prudente. El mero hecho de que hayan recabado mi colaboración implica que cuentan conmigo, incluso cuando “contar conmigo” signifique sablearme para luego, encima, hacerme objeto de de burlas y cotilleos. ¿Sabéis…? Los que somos tímidos, los que somos mansos, creo que no deberíamos aislarnos en nosotros mismos, refugiarnos en una concha invisible mientras los otros se ríen a carcajadas en la habitación de al lado. Imagino que mañana aportaré mis 20 eurillos… incluso a sabiendas de que voy a seguir sin hacer uso de ellos. Porque no quiero ser el “marginado”. Porque no quiero ser el “solitario”. Porque no quiero ser el “bicho raro”.

martes, 19 de mayo de 2009

¿Informar o deformar?


Cada vez discrepo más de determinados métodos de los que hace gala mi emisora de referencia, la Cadena SER. Y no sólo en materia deportiva (ya sabéis que me tiene hasta los mismísimos el notorio y nada disimulado madridismo de sus comentaristas). La COPE, por otra parte, me parece un sermón episcopal disfrazado de mítin ultraderechista, o al revés. Como ésto siga así, me veo sustituyendo la radio por la música. Mientras llega ese momento, sigo sintonizando la cadena del grupo PRISA, si bien me irrita su perseverancia en perseguir todo aquéllo que supuestamente hace mal el Partido Popular. Yo no sé si, realmente, para los periodistas de la SER, los errores del PP tienen más relevancia y más interés ciudadano que los que comete el PSOE, o si se trata de que, desde lo alto, reciben consignas que les incitan a ser condescendientes con los socialistas, pero implacables con los peperos. Me da en la nariz que lo que sucede es lo segundo, y que, además, obtienen determinadas "ayuditas" que les facilitan el que sus informaciones antiderechistas estén particularmente bien documentadas. Sólo así se explica, por ejemplo, el constante acoso y derribo al que vienen sometiendo a Francisco Camps, presidente de la Comunitat Valenciana. Que sí, que no dudo que sea verdad que le hayan podido regalar uno o dos trajes, o diecisiete, joder, que no discuto que ese personajillo conocido como "El Bigotes" sea su "amiguito del alma" o que las palabras "Correa" y "Gürtel" representen su talón de Aquiles, pero de éso a que en cualquier informativo de la SER haya que dedicarle la mitad del tiempo, y no precisamente para elogiar su gestión, creo que media un abismo. O sea, no digo que estos respetables locutores se inventen las noticias que difunden, sino que resulta descarado que a unas les confieren más repercusión que a otras; ¿o acaso ningún concejal, alcalde o presidente autonómico de ideología izquierdosa es digno de la misma crítica destructiva, de idéntica persecución, de igual constante descrédito?. El ritmo, la agilidad, la ejecución técnica y, en general, la programación de la SER me parecen mil veces mejores que los de la Distinguida COPEtencia, pero, chicos, en serio, se os ve demasiado el plumero. Y éso acaba cansando.

lunes, 18 de mayo de 2009

Cine/ "ANGELES Y DEMONIOS"


El Código Bernini


A menudo, en un ataque de humildad, confieso en este mismo espacio que no sé nada de cine. Porque sólo desde la ignorancia puedo entender que existiese tal unanimidad hace tres años a la hora de denostar "El Código DaVinci" como la que parece haber ahora para ensalzar a su secuela, "Angeles y Demonios". Claro que también puede que se trate de una forma más bien cobarde de reconocer tardíamente las virtudes de una saga que viene dirigiendo con buen pulso Ron Howard, quien hace lo que puede con los guiones que le pasan en base a las novelas de Dan Brown. En "Angeles y Demonios" se muestran los fastos que la Iglesia tiene que llevar a cabo tras la muerte de un Papa y que culminarán con la fumata blanca que anuncia la elección de un nuevo pontífice, todo ello bajo la amenaza de una terrible secta conocida como los Illuminatti, que ha robado una bomba antimateria y pretende hacerla estallar causando la destrucción del mismísimo Estado Vaticano. El único hombre en todo el mundo capaz de desenredar los diabólicos acertijos urdidos por los Illuminatti es el profesor Robert Langdon, vetado hasta ahora por la Iglesia pero a quien no tienen otro remedio que pedirle urgente ayuda... A "El Código DaVinci" se le criticó todo y no se le elogió nada, y ya en su momento dije (y mantengo) que éso olía a campaña a gran escala para evitar que el "herético" relato de Brown consiguiese interesar al público librepensador (incluso a mí me dejaron un comentario, obviamente anónimo, llamándome "hereje", y todo porque defendí la película). Lo que se consiguió, naturalmente, fue que, mientras la crítica decía perrerías del film, la taquilla echase humo, y es que basta con prohibir o censurar algo para multiplicar la curiosidad de los espectadores. Tres años después, se estrena la adaptación de la primera novela de Dan Brown protagonizada por Robert Langdon, si bien reconvertida aquí en secuela. Un plano del film refleja, para mí, la auténtica filosofía del mismo. La cámara se detiene en unas botas de hombre, que fotografía causando un efecto ciertamente amenazador, y a continuación asciende lentamente, revelando los cordones, el empeine y luego... nada. Se trata de unas botas vacías, y el público que prácticamente abarrota la sala se ríe, y quizás alguno recordó que ese mismo gag ya aparecía, mucho más apropiadamente, en "Top Secret", la loca comedia del trío ZAZ. Con todo, es justo reconocer que mucho ha mejorado Ron Howard en estos últimos años; se notaba en "El desafío: Frost contra Nixon", al menos en la parte que yo ví hasta que me rebelé contra la piratería (prefiero no ver una película a verla vilmente repicada en internet). Sin embargo, sigue faltándole cierta madurez, cierta seriedad, cierta convicción en que lo que cuenta es una historia posibilista y no un cuento de hadas. Gran parte de "Angeles y Demonios" está dedicada a ilustrar, con gran detallismo, la liturgia y la parafernalia con la que el Vaticano celebra el entierro del Papá fallecido y la elección y proclamación de su sucesor; parecen secuencias diseñadas por el director de segunda unidad, y, en cualquier caso, su excelente montaje no puede obviar que su solemnidad se da de palos (por no decir de hostias) con la irrupción forzada de algunas concesiones melodramáticas. Sin ir más lejos, que el nuevo Pontífice se vista por primera vez la tiara y demás atavíos en presencia de un extraño, para más INRI, un reconocido ateo (Langdon / Hanks en el epílogo del film), le quita toda credibilidad a lo que acabamos de ver. Pero es que lo que acabamos de ver no sólo contiene escenas muy bien resultas, sino algunas memeces que causan hilaridad. En la escena inicial, ¿por qué algunos de los científicos hablan en francés -subtitulado para profanos- y otros en un ridículo español (inglés en el original) con acento francés? ¿Era necesario que en la primera aparición de Robert Langdon -Tom Hanks- se mostraran tan impúdicamente los michelines y la prominente barriga del actor? Son tan obvias las intenciones de Howard de hacernos aparecer al joven Camarlengo (la máxima autoridad de la Santa Sede durante el período "electoral", aquí encarnado por Ewan MacGregor) como bueno y heroico y al Cardenal Strauss (Armin Mueller-Stahl) y el jefe de la Guardia Suiza (Stellan Skarsgard) como villanos, que resulta inevitable intuir que, al final, las cosas son justo lo contrario de lo que parecen. El suspense, por tanto, brilla por su ausencia, y sólo queda en "Angeles y Demonios" la habitual intriga prolífica en citas culturales habitual de Dan Brown, la tensión que dimanan las secuencias de acción y, por supuesto, la belleza de la Roma neoclásica, trufada de Iglesias y preñada de esculturas hermosas y misteriosas obra de artistas como Rafael o Bernini, el cual fue, según el film, uno de los principales "Iluminados" y cuyas creaciones esconden la respuesta al enigma que pone en peligro a la Cristiandad.

Luis Campoy

Lo mejor: la fotografía de las iglesias romanas, las secuencias de acción
Lo peor: hasta un ciego ve venir el desenlace desde el mismo inicio
El cruce: “El Código DaVinci” + “La Profecía” + “Jungla de Cristal: La Venganza”
Calificación: 6,5 (sobre 10)

viernes, 15 de mayo de 2009

Pitos



Ayer lo comentaba de pasada, pero la actualidad manda y pienso que procede extenderse un poco más acerca del fenómeno del pito. Más de una vez he manifestado mi desacuerdo con esa irrespetuosa manera de expresar descontento con alguien o algo, sobre todo cuando se trata de un equipo visitante que, luchando en la cancha con el titular, no tiene más remedio que soportar la presión y el desprecio del público anfitrión; claro que, bien mirado, debe ser aún peor que te piten quienes deberían ser tus propios seguidores o admiradores, señal de que no estás haciendo las cosas nada bien. Lo sucedido el miércoles durante la final de la Copa del Rey trasciende bastante la dimensión de ambos supuestos, por cuanto no se faltó al respeto a un equipo de fútbol, a un organismo deportivo, sino a una institución oficial como la Corona, representada in situ por los Reyes de España y simbolizada por la melodía que debería emocionar a cualquiera que haya nacido en este país. Lo malo de todo ésto no es que la tele de todos, Televisión Española, se atreviese a obviar el suceso cuando estaba ocurriendo en directo y luego lo ofreciese en diferido, y además manipulado; lo peor es que se supiera de antemano que los vascos y catalanes más separatistas habían convocado una pitada masiva durante la interpretación del Himno nacional, y que absolutamente nadie se atreviese a hacer nada por evitarlo. O sea, ¿hacia dónde estamos yendo a parar? Yo soy del Barça, como todos sabéis, pero no tengo por qué respaldar ni justificar ni mucho menos defender a sus seguidores más radicales, los que no sólo confunden el deporte con la política, sino que se aprovechan de uno para ejercer demagógicamente la otra. Mientras no se demuestre lo contrario, Cataluña y el País Vasco forman parte de un colectivo llamado España, y, ya que existe un conglomerado de leyes que respaldan tal aseveración, también debería existir una batería de castigos para quienes vulneren tal principio. ¿Por qué nadie se atreve a tomar medidas ejemplarizantes como, por ejemplo, suspender (sí, suspender) el partido de fútbol en tanto en cuanto no se garantice la audición respetuosa de la Marcha Real? ¿Por qué no se obliga a las instituciones deportivas implicadas a que conminen a sus seguidores a ejercer, como mínimo, el silencio y el respeto, so pena de ser fuertemente sancionadas? De verdad, parece mentira que las cámaras de todas las televisiones del mundo se paseasen por el rostro de todos esos vándalos anticonstitucionales y ninguno de ellos pueda ser siquiera amonestado. Infringir la Ley y la Constitución debería ser castigado, ofender a los representantes del Estado no tendría que salirle gratis a nadie, y burlarse de los símbolos que tanto significan para muchos otros españoles sería necesario que deparase muy serias consecuencias para los infractores. Vale, sería complicado identificar uno a uno a todos los hinchas del Barça y el Athletic que formaron parte del coro de silbadores, y meter en la cárcel o siquiera multar individualmente a aquéllos que sí pudieran ser identificados constituiría una medida tremendamente impopular. Pero, allá donde la sanción individual podría resultar contraproducente, pienso que debería emerger la condena al colectivo que auspicia a los individuos infractores, de modo que, ante una gravísima falta como la que se cometió el trece de mayo, los dos clubes que auspician a los irreverentes deberían ser conminados a desvincularse públicamente del sentido de la irreverencia y, en caso contrario, el club que persistiera en la real afrenta debería ser apartado de la competición en cuestión durante el ejercicio siguiente. Por muy bien que jueguen al fútbol… y por mucho que a muchos nos doliera.

jueves, 14 de mayo de 2009

Un nuevo blog... y van tres



En un día tan especial como hoy (especial por lo que sucedió ayer), me he decidido a poner en marcha un nuevo proyecto, un blog que albergará todos aquellos artículos largos o cortos que tengan que ver con el Fútbol Club Barcelona. Os invito, cómo no, a visitarlo de vez en cuando. ¡Visca el Barça! ¡Viva la libertad de expresión!

Se levantó la primera





El día 13 de Mayo, lejos de ser una jornada gafe para el Barcelona y el barcelonismo, se convirtió en una jornada épica y poco menos que histórica, ya que marca el inicio oficial de la Era Guardiola, al menos en lo que a títulos se refiere. Decía Pep hace unas semanas que el buen juego desarrollado por el equipo de nada serviría “si no levantaban nada”. Se refería, naturalmente, a copas y trofeos, pero lo que estaba claro era que, en cualquier caso, ya habían logrado levantar la moral de los culés, la autoestima de los simpatizantes del azul y el grana, y a mí me habían levantado del sofá cientos de veces para celebrar cada uno de sus magníficos goles. Anoche, además, levantaron la primera Copa: la del Rey. Lamentable espectáculo el que se vivió en el estadio de Mestalla en los prolegómenos del encuentro, con las hinchadas “separatistas” (catalanes y vascos) silbando al unísono el Himno Nacional español, momento bochornoso que, incomprensible e injustificadamente, nos birló la retransmisión de Televisión Española, la cual prefirió conectar con Bilbao y con la Ciudad Condal (lo cual le ha valido el cese al Director de Deportes de la cadena pública); yo sigo sin entender por qué se lucha tan denodadamente por la consecución de un Título, por qué, cuando se consigue, se conserva con tanto mimo en una vitrina, y, paradójicamente, se humilla de ese modo a los símbolos y a las (reales) personas que lo representan. Afortunadamente, pocos fueron los incidentes que se registraron: un bote arrojado por un energúmeno sobre la cabeza de Dani Alves, un estúpido corte de mangas de Touré Yayá, que empañó la consecución de su maravilloso golazo, y, sobre todo, un tsunami. Un tsunami blaugrana que barrió a un Athletic de Bilbao que, no obstante, salió en tromba y logró un golazo a cargo de Toquero (como es habitual, en jugada a balón parado, grandísimo problema que Pep Guardiola no parece saber corregir), aunque, poquito a poco, se fue desinflando al tiempo que se henchían las alas del ave de presa azulgrana. Las dudas y titubeos de la primera mitad dieron paso a una verdadera y deslumbrante exhibición de Messi, Xavi, Bojan y compañía que los madridistas, sin recordar lo que les sucedió a ellos hace pocas fechas, hoy atribuyen a la dejadez del rival. Nada más lejos de la realidad. Los bilbaínos, a diferencia de, por ejemplo, el Chelsea, salieron a jugar al fútbol, lo mejor que supieron, y es precisamente en tales circunstancias cuando se demuestra quién juega más, quién juega mejor. El resultado de esa noche memorable, la primera cosecha de una temporada grandiosa, es un título que sabe a gloria, una copa que vale su peso en plata. Y lo mejor de todo es que tan sólo se trata de la primera. Tanta felicidad azulgrana no podía dejar impasibles a nuestros eternos y cordiales rivales, y, precisamente previendo lo que ayer sucedería, es por lo que Florentino Pérez escogió el día de hoy para presentar su candidatura a la Presidencia del Real Madrid: un patético y espero que estéril intento de robar protagonismo a quien se lo tiene bien merecido por su entrega, por su calidad y por la espectacularidad de su juego.


Nota: este mismo artículo lo publico simultáneamente en mi nuevo blog dedicado al F.C. Barcelona, www.miblogazulgrana.blogspot.com

miércoles, 13 de mayo de 2009

Hasta siempre, Antonio Vega



Ayer se marchó para siempre Antonio Vega, gran compositor e intérprete y alma máter del mítico grupo Nacha Pop. Cuando escuché en los telediarios que lo que se lo llevó fue una neumonía que en realidad enmascaraba un cáncer, no pude evitar una sonrisa. Que sí, que estoy seguro de que padeció esas enfermedades, pero lo que minó su salud no fue precisamente una célula cancerosa o un resfriado de grandes proporciones. Al igual que otros artistas trágicamente desaparecidos (Enrique Urquijo, Antonio Flores, Jim Morrison, Kurt Cobain, etc.), Antonio Vega era un músico como la copa de un pino, pero no puede decirse que la música fuese su única droga. Vamos, que era un héroe en busca de heroína, un hombre que de la CocaCola sólo conocía la mitad, la primera mitad. En el concierto conmemorativo del cuarenta aniversario de los Cuarenta Principales, daba auténtica pena verlo. Parecía un muerto viviente, un zombi que sólo se sostenía en pie apoyado en su innegable talento. Con su primo Nacho García Vega fundó Nacha Pop y compuso temas memorables como “La chica de ayer” (título, por cierto, de cierta serie que Antena 3 TV ha venido emitiendo estos últimos domingos) o “El sitio de mi recreo”. Posteriormente, el grupo se disolvió y Antonio se lanzó en solitario, aunque hace poco se había reunido con Nacho para intentar una nueva aventura al frente de la clásica banda. Parece que su salud, terriblemente deteriorada por mil y una adicciones, por mil y un excesos, incluso había mejorado algo. Pero ayer nos dejó y se fue a reunirse con su amada Marga, con la que no llegó a tener el hijo que añoraba, una de sus pocas asignaturas pendientes. Lamentablemente, del famoso dicho atribuído a James Dean, “Vivir deprisa, morir joven y dejar un bello cadáver”, me temo que a Antonio Vega sólo puede concedérsele el beneficio de la primera aseveración, pues, cuando se fue, ni siquiera la segunda (tenía 51 años) se le ajustaba ya. Pero los genios nunca se van del todo, y, prueba de ello, son algunas maravillosas letras que revelaban la torturada pero inagotable inspiración de un poeta al que no olvidaremos. Hasta siempre, Antonio Vega.

Remedios para el día después






Me da la impresión de que el Gobierno sigue a la deriva en materia socio-sanitaria, y ello a pesar de que Bernat Soria (por cierto, qué decepción) haya sido sustituído por Trinidad Jiménez. Parece ser que la verdadera responsable de todo lo que estamos bibiendo, perdón, viviendo, es Bibiana Aído, empeñada en que la igualdad que su Ministerio propugna consiste en poner a disposición de las mujeres una serie de medidas tan igualitarias y novedosas como polémicas. Primero fue la posibilidad de que las jóvenes de dieciséis años pudiesen abortar sin consentimiento paterno, y ahora se pretende acercar a cualquier hija de vecino la llamada “píldora del día después”. Este mágico medicamento es, para unos, una especie de anticonceptivo que funciona con efectos retroactivos, y para otros, simplemente, un preparado abortivo. Sea lo que sea, pienso que el problema no es tanto el resultado final sino el enfoque que se le ha dado. ¿Cómo se puede entender que un medicamento así se ponga a disposición de las niñas que, por ejemplo, no pueden votar, ni casarse, ni solicitar un préstamo, ni obtener el carnet de conducir? ¿De verdad es lógico que una pitufa que anteayer jugaba con muñecas, y anoche jugó a otras cosas, pueda ir esta mañana a la Farmacia a comprarse la pastillita en cuestión y se la vendan sin más? ¡Pues vaya ejemplo estamos dándoles a nuestros descendientes! En otro tiempo, los padres (o las madres) hablaban con los hijos (o las hijas) tratando de explicarles lo que significaban el sexo y el amor, entre los cuales se suponía que existía algún tipo de vínculo, alguna relación. Con esta iniciativa de Jiménez y Aído se a ido (perdón, se ha ido) demasiado lejos: no sólo se desliga totalmente el placer del sentimiento, sino que se libera a los jóvenes españolitos de sensaciones tan dolorosas pero tan necesarias y formativas como la responsabilidad y los remordimientos. Qué fácil parece todo en el mundo maravilloso de Trinidad y Bibiana… Ya no hay por qué reservarse para una persona realmente especial y casi no es necesario tomar precauciones durante el coito (como mucho, para no llevarse alguna sorpresita en forma de enfermedad no deseada). ¿Para qué, si casi todas las consecuencias se pueden subsanar el día después con una simple tableta, o, si no, basta con hacerse practicar una intervención de la que los papás no tienen por qué enterarse? De verdad que me consideraba muy liberal y muy avanzado, pero determinados avances me parecen más bien terribles retrocesos a nivel moral, de los que no sé si nuestra sociedad estará preparada para recuperarse.

lunes, 11 de mayo de 2009

Cine/ "STAR TREK"




Vuelve la aventura espacial

Hasta ahora, hablar de “Star Trek” era, en España, algo así como clamar en el desierto, donde sólo unos pocos entusiastas se refugiaban en un oasis de frikismo. Lo más conocido de esta saga espacial (por no decir lo único) eran, sin duda, las orejas puntiagudas del vulcano Sr. Spock y el parecido de éste con el ya ex-lehendakari Ibarretxe, y todo lo demás sonaba a chino intergaláctico, a galimatías sideral. Las comparaciones con el otro buque insignia de la ciencia ficción moderna, las “Guerras de las Galaxias” de George Lucas, habían venido siendo inevitables y esta segunda opción había sido la mayoritariamente escogida. Pero tener el pasado como base no siempre te predispone favorablemente para afrontar el porvenir, y, no por casualidad, el subtítulo de esta nueva “Star Trek” es “El futuro comienza”. De verdad que no pensaba iniciar mi crítica comparando de este modo ambas franquicias, pero, ya puestos, tengo que decir que, si analizamos ambos especímenes, es evidente que Lucas resulta claramente derrotado. J.J. Abrams, algo así como el nuevo genio de la Televisión tras los éxitos de sus series “Alias” y “Perdidos”, tenía ciertamente un bagaje cinematográfico más bien escaso (apenas había dirigido la no del todo satisfactoria “Misión: Imposible III” y producido “Monstruoso”), pero ha demostrado tomarse muy en serio la revitalización de “Star Trek”, lo cual ha conseguido no sólo técnica y estéticamente sino, sobre todo, literaria y conceptualmente. Es cierto que a bordo de una nave espacial que vuelve a llamarse “Enterprise” vuelve a viajar una tripulación interracial que nuevamente comandan unos personajes que siguen llamándose Kirk, Spock y Doctor McCoy, pero el tono entre cómico y camp del que adolecían los últimos films protagonizados por el reparto original (William Shatner, Leonard Nimoy, DeForest Kelley, etc.) ha dado paso a una atmósfera vibrante en la que la fantasía y la aventura se imponen al narcisismo y la endogamia que tanto complacían a los trekkies más acérrimos pero tanto molestaban al resto de los mortales. En esta “Star Trek 2009” (me chocó muchísimo que un repelente rotulito con el dígito correspondiente a este año apareciese innecesariamente durante los títulos de crédito) se ha emprendido, creo, el único camino posible para rejuvenecer la saga y tratar de incorporar nuevos adeptos. Si la primera aventura para la pantalla grande (la, por otra parte, aburridísima “Star Trek: La Película”, de 1979) recuperaba al elenco interpretativo de la serie televisiva original y lo mantenía, durante seis episodios, mostrándonos su progresiva decrepitud, y la séptima entrega y las tres siguientes marcaban la puesta de largo de la “Nueva Generación” comandada por el Comandante Picard (Patrick Stewart), lo que Abrams ha hecho ha sido retomar los entrañables personajes primigenios pero adjudicándoles nuevos rasgos juveniles con los que narrar su historia desde el comienzo. Así, presenciamos la última misión del padre del futuro Capitán Kirk, la infancia de éste y de su futuro mejor amigo Spock, los primeros tiempos de ambos en la Academia de acceso a la Flota Estelar y la composición de la tripulación de la nave señera de la misma, una USS Enterprise cuya primera misión será la de enfrentarse al villano Nero, el romulano que causó la muerte del padre de Kirk cuando pretendía vengarse del yo futuro de Spock. Viajes espaciales, viajes temporales, pequeñas dosis de humor, gigantescos decorados y mucha acción son las características de un film que, si todo va bien, no sólo va a romper taquillas sino que volverá a poner en marcha una franquicia cuya nueva entrega (la 12) debería ver la luz en 2011. Como las comparaciones son odiosas pero inevitables, es muy tentador no sólo establecer un paralelismo entre “La Guerra de las Galaxias” y “Star Trek”, sino, especialmente, entre esta nueva génesis y la “Star Trek” original. Es aquí donde un servidor, cuyo corazoncito trekkie se ha curtido en mil batallas al lado de los intérpretes clásicos, encuentra los únicos motivos para la crítica. A excepción de Zachary Quinto, cuyo Spock, indudablemente, no sólo raya a gran altura sino que se erige en lo mejor de la película, y del ingeniero Scotty al que da vida el británico Simon Pegg, todos los demás actores adolecen de una preocupante falta de carisma, en especial un Chris Pine que deberá mejorar muchísimo si quiere hacer olvidar a William Shatner, que supo bordar al Capitán Kirk dotándolo de gallardía, chulería y fragilidad (y en cuyo favor jugaba, todo hay que decirlo, el hecho de que casi siempre le ponía la voz en español el mejor de nuestros dobladores, el insigne Constantino Romero). Dicen que Shatner se negó en redondo a participar en el nuevo film al enterarse de que la extensión del papel ofrecido a Leonard Nimoy (el eterno Spock, que sí vuelve a hacer de sí mismo) superaba a la que a él le habían propuesto, y ello confirma los rumores acerca de la terrible rivalidad que siempre vivieron ambos actores en la vida real. En cualquier caso, es de suponer que este nuevo y joven reparto vivirá una larga y próspera vida, a bordo de una Enterprise que ha sabido convertirse en una nave mítica a cuyo puente de mando el espectador con ansias de fantasía no puede evitar subirse, convertido nuevamente en un adolescente al que mueve la ilusión de viajar a nuevos mundos a los que ningún ser humano ha llegado anteriormente.

Luis Campoy

Lo mejor: la recuperación de la aventura y la fantasía más irresistibles, el trepidante inicio, los títulos de crédito finales, Zachary Quinto
Lo peor: las inevitables concesiones a los trekkies más fanáticos (demasiadas criaturas extrañas, sobre todo la que acompaña a Scotty, la participación más bien innecesaria de Leonard Nimoy), la composición algo irregular de Chris Pine como Kirk
El cruce: “Star Trek II: La Ira de Khan” + “Star Trek VI: Aquel país desconocido” + “Perdidos en el espacio”
Calificación: 9 (sobre 10)

jueves, 7 de mayo de 2009

Cine/ "X-Men Orígenes: LOBEZNO"



El origen del Hombre-X más popular

Fue tras el buen taquillaje cosechado por “X-Men 2” (2003) cuando comenzó a hablarse de dos “spin-offs” (películas derivadas protagonizadas no por todos los personajes de una franquicia sino solamente por alguno o algunos de ellos) que tendrían como estrellas a dos iconos mutantes con posibilidades comerciales: Lobezno (héroe) y Magneto (villano). Del film sobre el Amo del Magnetismo sólo se sabe que está en preproducción y que, en principio, el gran Sir Ian McKellen no se ha opuesto a volver a ponerse el casco; en cuanto al otro producto, ya es una realidad triunfante: “X-Men Orígenes: Lobezno” se estrenó el pasado fin de semana en todo el mundo y, sólo en Estados Unidos ,ya conseguía amasar casi 90 millones de dólares. Todo un récord. A pesar de que mi “Hombre X” favorito siempre fue Cíclope, no cabe duda de que los guionistas de los comics Marvel tuvieron claro, desde su debut, en la “segunda génesis” de la Patrulla-X, que era Lobezno quien cautivaba a un mayor número de lectores, y poco a poco el (anti)héroe de las garras de adamántium ha ido enganchando a más y más adeptos, no sólo por sus instintos animales y su poder regenerativo, sino por su actitud rebelde, individualista, un poco chulesca, un poco machista. Tanto estos rasgos psicológicos como su mismo aspecto físico (en los tebeos es más bien bajito, hipervelludo, con un cabello indomable que se encrespa formando orejas lupinas) han sido convenientemente suavizados en las películas, tanto más cuanto más popular va siendo su intérprete, Hugh Jackman, lo cual no deja de ser un contrasentido si tenemos en cuenta que “X-Men Orígenes: Lobezno” cuenta, como su propio nombre indica, el origen de Lobezno, y es, por tanto, una precuela, hallándose ubicada temporalmente ANTES de lo acaecido en la primera entrega de la saga, estrenada en el año 2000. Jackman, más conocido por haber sido elegido “el hombre más sexy del mundo” que por sus dotes interpretativas, sigue siendo un tipo simpático (ver su paso por el programa “El hormiguero”) al que la popularidad no parece habérsele subido a la cabeza. Lamentablemente, el actor tampoco parece saber imponer su potencial mediático a la hora de exigir que sus papeles estén bien definidos, y, lo más preocupante, muchas de sus elecciones (“La lista” es el ejemplo más evidente) son bastante desacertadas. Independientemente de su citado triunfo comercial, hay que reconocer que media un verdadero abismo (de calidad, de intensidad… de satisfacción) entre “X-Men Orígenes: Lobezno” y los dos primeros “X-Men” dirigidos por Bryan Singer, e incluso “X-Men III, la decisión final”, que realizó Brett Ratner, fue bastante más afortunada. Los ejecutivos de Marvel, que últimamente han decidido tomar el control de sus creaciones y producen por sí mismos los films basados en sus personajes, se han equivocado bastante a la hora de elegir al director (Gavin Hood) encargado de poner en imágenes este producto y, sobre todo, de dar el visto bueno a un guión banal, pueril y predecible que sólo sirve para acumular personajes secundarios cuyos fantásticos poderes justifican el derroche de efectos especiales que, junto con el indudable carisma de Hugh Jackman, constituyen el único atractivo de la función. Con 40 años cumplidos, es verdad que Jackman tiene una envidiable buena forma física, pero no es menos cierto que ni el físico ni el carisma pueden contrarrestar el infantilismo de los diálogos y la simpleza de una trama en la que sólo tres caracteres masculinos (Lobezno, su hermanastro Dientes de Sable y el Coronel Stryker, un militar que pretende convertir a ambos en soldados invencibles) tienen un mínimo peso específico, en detrimento del desfile de “freakis” que ni se sabe de dónde vienen ni importa mucho a dónde van. A destacar solamente las interpretaciones de Liev Schrieber, recientemente visto en “Resistencia” y que tiene muchas más ocasiones de lucimiento que el actor que dio vida al primer Dientes de Sable en “X-Men”, y de Danny Huston, que, con todo, compone un Stryker menos interesante que el que trazó el gran Brian Cox en “X-Men 2”. Producto de consumo rápido y para disfrutarlo al compás de los chasquidos de las palomitas, la mayor hazaña de “X-Men Orígenes: Lobezno” ha sido conseguir llevar al cine (no en Lorca, evidentemente, donde, como es habitual, mi hijo y yo estábamos casi a solas) a una horda de aficionados que eligieron verla en pantalla grande a pesar de que, hace dos meses, algún tipo sin escrúpulos decidió colgarla, pirateada, en internet. Todo un dato, todo un detalle.

Luis Campoy

Lo mejor: el carisma animal de Hugh Jackman, la interpretación de Liev Scheriber, los títulos de crédito iniciales
Lo peor: el guión en general y los diálogos en particular, el desfile de personajes secundarios, la mayoría desaprovechados
El cruce: “X-Men III, la decisión final” + “Rambo”
Calificación: 6 (sobre 10)

miércoles, 6 de mayo de 2009

Cine/ "SEÑALES DEL FUTURO"



Chasco apocalíptico

Me vais a perdonar que, por una vez, introduzca en un artículo un importante SPOILER; si no lo hago, no voy a poder expresarme con la suficiente claridad, y, además, como suele decirse, si no lo hago… reviento. Pero ¿qué demonios es un “spoiler”? Se trata de un dato referido a una película (o novela, u obra de ficción de cualquier tipo) que, normalmente, no debería facilitarse a aquellos espectadores o lectores que aún no han disfrutado la obra en cuestión, ya que podría chafarles la posible sorpresa de su desenlace. Sin embargo, en un caso como el de “Señales del futuro”, considero que contar el final es absolutamente necesario para explicar por qué, pudiendo haber sido una película excelente, se queda simplemente en una película frustrante (y frustrada) y decepcionante. Su director se llama Alex Proyas y en su bagaje se incluyen tres films más que aceptables, todos ellos adscritos al género fantástico: “El cuervo”, “Dark City” y “Yo, robot”. En los primeros minutos de “Señales del futuro”, Proyas demuestra un dominio considerable de la técnica cinematográfica, sobre todo a la hora de retratar el contraste entre los luminosos años 50 y la oscura época en la que ahora vivimos. El film da comienzo en 1959, cuando los niños de un colegio estadounidense (¿cómo no?) introducen en una “cápsula del tiempo” (un cilindro metálico diseñado para conservar su contenido aséptico e inmutable) una serie de dibujos en los que plasman su infantil visión del mundo futuro. Una de las alumnas, sin embargo, lo que confía a la cápsula temporal es solamente un papel en el que escribe una inacabable sucesión de números, que van a parar, una vez abierto el cilindro 50 años después, a un niño con problemas de audición cuyo padre, un profesor de astrofísica (Nicolas Cage), no tardará en descubrir un tremendo secreto: los números reflejan las fechas en las que se han producido terribles tragedias o desastres naturales comprendidos entre 1959 y 2009, además del número de muertos que se cobró cada suceso y las coordenadas terrestres de cada uno de los emplazamientos. ¡La niña de 1959 había realizado un sinfín de profecías… y tres de ellas están a punto de cumplirse!. La primera de ellas se refiere a un accidente de avión que tiene lugar a escasos metros del profesor, la segunda es un descarrilamiento del Metro de Nueva York que el personaje de Cage, aun proponiéndoselo, no puede evitar, y la tercera y última… nada menos que el fin del mundo. ¿A que el argumento, así contado, resulta de lo más interesante? Con algunos pequeños reparos debidos a ciertos apuntes de guión que recuerdan la habitual ñoñería y sensiblería inherentes a, por ejemplo, Steven Spielberg, el director Alex Proyas consigue atrapar al espectador, fascinarlo gracias su cuidada planificación, su fotografía llena de claroscuros y, especialmente, una sobresaliente partitura de Marco Beltrami que recuerda poderosamente a Bernard Herrmann. Incluso la aparición de unos misteriosos personajes a los que, en principio, tan sólo se divisa desde lejos, contribuye a acentuar la sensación de misterio que en ocasiones se aproxima al terror. Sin embargo, en la última parte del film se introducen algunos cambios conceptuales que dan al traste con todo lo bueno que hasta ese momento habíamos disfrutado. En primer lugar, el profesor Nicolas Cage pretende ser más listo que el FBI y trata, él solito, de impedir un posible atentado que va a tener lugar en el Metro neoyorquino; a continuación, se revela que los extraños seres que se aparecen a los protagonistas son ¡¡extraterrestres!!; por si fuera poco, una vez llegado el día del Fin del Mundo, descubrimos que, tanto el niño protagonista como la nieta de la profetisa infantil (que son los únicos en oir en sus mentes la “voz” de los alienígenas), han sido elegidos por los visitantes para procrear una nueva raza humana, por lo cual son abducidos tras la llegada de ¡¡una nave espacial!! en la que se montan mientras sus salvadores revelan su verdadera apariencia. El careto que se le queda a uno cuando, tras un correcto planteamiento y un excelente desarrollo, se ve obligado a presenciar un desenlace tan estúpido, apenas puede describirse con palabras. Señor Proyas, que ésto no es ciencia ficción para niños (sin ir más lejos, la reciente y mediocre “La montaña embrujada”), que se suponía que iba a tratarse de una fábula apocalíptica respaldada por no pocos razonamientos científicos… El hecho de que se utilicen tan acertadamente tragedias recientes como el 11-S, el tsunami de Indonesia o el Huracán Katrina, que se muestre tan convincentemente el dolor de las personas, que incluso se consiga una buena interpretación de Nicolas Cage, para luego tirarlo todo por la borda llenando la pantalla de marcianitos y platillos volantes supone, simple y llanamente, un insulto para la inteligencia del Respetable. Pero lo peor es que, por si la visión de los E.T.’s y su nave espacial no era suficiente para producirnos vahídos e incluso retortijones, el epílogo final, con los niños vestidos de blanco impoluto, sus cabellos ondeando al viento, mientras corretean por un Edén paradisíaco, provoca verdaderos deseos de vomitar. Qué pena, qué desperdicio, tan buenas formas cinematográficas para tan risible y patética resolución. (Y repito: perdonadme por los spoilers).

Luis Campoy

Lo mejor: los primeros cuarenta y cinco minutos, el accidente aéreo, la música de Marco Beltrami
Lo peor: los últimos cuarenta y cinco minutos, los marcianitos y su nave espacial, el horrendo epílogo
El cruce: “Señales” + “El incidente” + “E.T.” + “Bambi”
Calificación: 5 (sobre 10)

martes, 5 de mayo de 2009

Felicidad indescriptible




A estas alturas de la vida y, sobre todo, a estas alturas de la Liga, intentar convencer a un “hincha” del Real Madrid o del Barcelona de que el fútbol no es más que un juego no sólo es una misión casi imposible, sino una pretensión tan inútil como patética. Como pasa con todas aquellas cosas que nos gustan tanto que acabamos asumiéndolas como necesarias, el llamado Deporte Rey acaba imponiendo su reinado en nuestros corazones, que ya laten al compás del “Hala Madrid” o el “Cant del Barça”, máxime cuando se aproxima la fecha decisiva del encuentro en que han de medir sus fuerzas ambos rivales ancestrales. Este año, el duelo en la cumbre sí iba a ser rotundamente decisivo, porque era poca la diferencia de puntos que los separaba y porque, innegablemente, el Madrid había hecho una segunda vuelta espectacular, logrando una progresión de victorias épicas que se antojaba casi imparable. El Barcelona, por su parte, parecía estar empezando a pagar el precio de continuar disputando tres competiciones (Liga, Champions y Copa del Rey), y sus últimos compromisos los había solventado con empates que a poco habían sabido. La prensa deportiva madrileña llevaba semanas calentando el ambiente de un modo sencillamente infame, aludiendo a que el equipo catalán (el cual, indudablemente, estaba desarrollando un juego deslumbrante que enamoraba a todo el planeta) estaba experimentando un “canguelo” insoportable mientras se acercaba el día en que tendrían que visitar el Santiago Bernabeu, y, como consecuencia de ese desajuste estomacal, se había puesto en marcha un “cagómetro” que, decían, había hecho agotarse las existencias de papel higiénico en la Ciudad Condal. Liderados por Tomás Guasch, Tomás Roncero y algunos otros individuos despreciables que, con su conducta injustificable, escupían a diario sobre la honestidad y la integridad de la profesión periodística, los diarios “Marca” y “As” nos habían faltado gravísimamente al respeto a todos los aficionados culés. Mirad, yo puedo ser fanático del Barça hasta la muerte, y, como tal, desear deportivamente que nuestro máximo rival, el Real Madrid, pierda todos sus encuentros (incluyendo los partidillos de entrenamiento), pero, de éso a despreciar el talento de sus jugadores y burlarme cruelmente del valor de sus corazones y el fervor de sus simpatizantes, media un abismo que un periodista, un reportero, un informador, jamás debería haber cruzado. Yo mismo, lo confieso, había empezado a preocuparme, a sentirme amargado por el efecto que una posible derrota en el Bernabéu podía haber ejercido en los futbolistas de Pep Guardiola, y ya me preparaba para que aquella ventaja de doce puntos de la que disfrutábamos en Diciembre de 2008 quedase reducida a tan sólo uno, ante la mofa y el escarnio de los más agresivos fanáticos merengues. No obstante, un Madrid-Barça es, en sí mismo, uno de los mayores espectáculos deportivos que pueden presenciarse, y un evento así no quise limitarme a vivirlo entre las cuatro paredes de mi casa, por lo que acudí, como en otras ocasiones, al alhameño Gran Bar, uno de los reductos más pro-barcelonistas que conozco. Tuve que ir una hora antes para coger buen sitio, (in)cómodamente sentado frente a la pantalla gigante, pero os aseguro que muy pronto empezó a merecer la pena. Es curioso y no deja de sorprenderme cómo un club español como el azulgrana tiene tantos seguidores foráneos (mayormente ecuatorianos, marroquíes y senegaleses), y tal vez pudiéramos atribuirlo al talante más abierto de la capital catalana e incluso a la existencia de otro “Barcelona” en Ecuador, pero prefiero pensar que se debe al encanto de ese fútbol alegre y espectacular que constituye la seña de identidad del equipo ya desde los tiempos de mi idolatrado Johan Cruyff. Centrándonos en el partido propiamente dicho, lo cierto es que el Real Madrid comenzó con buen pie, aprovechando la mediocridad defensiva del Barcelona (uno de los pocos puntos débiles, por no decir el único, de este equipo maravilloso) para encarrilar el encuentro con un engañoso 1-0 a cargo de Higuaín. Pocos minutos les duró la euforia. A pase de Messi, Tití Henry clavó el gol del empate y el Bernabeu poco menos que enmudeció, pero es que, casi a continuación, el aguerrido capitán Carles Puyol, tras varias semanas en las que sus actuaciones habían sido justamente criticadas, saltó al aire y, con un potentísimo testarazo, batió nuevamente a Casillas. No sólo habíamos empatado sin aparentar nerviosismo, sino que, a mitad de la primera parte, ya ganábamos al Madrid en su sagrado Templo. Para colmo de los colmos, un Xavi tan inteligente como pícaro robó una pelota casi imposible y le puso a Messi en bandeja el 1-3 que fue celebrado por los parroquianos de mi bar como si se hubiese hallado la cura milagrosa para la gripe porcina, o, mejor aún, para la crisis económica. Hasta ese momento, los tres o cuatro valerosos madridistas que se habían atrevido a festejar el tanto de su equipo y habían ovacionado algunos de los regates de Robben habían seguido dejándose oir tímidamente, pero alguien a mi lado comenzó a vociferar “¡Barça, Barça, Barça, Barça!” y todos los demás nos sumamos al coro como una única garganta, un solo corazón. Yo sabía que, durante el descanso, Juande Ramos les leería bien la cartilla a sus pupilos y el Madrid saldría en tromba y a por todas, y mis temores se confirmaron cuando Sergio Ramos, nefasto como lateral, se las ingenió para batir de cabeza a Víctor Valdés. El 2-3 pudo dar alas a los merengues, pero la gacela Henry se pegó una galopada que culminó con Casillas nuevamente en el suelo y el balón dentro de las redes. El palo fue monumental para Raúl y los suyos: cuando más se habían acercado, más lejos se quedaban, y en todos los sentidos. Más, muchos más gritos de “¡Barça, Barça, Barça!”, y mi garganta comenzaba a enronquecerse. Henry, incisivo y letal; Messi, vertiginoso e imparable; Eto’o, tan falto de puntería como generoso en la entrega; Iniesta, angelicalmente desestabilizador; Touré, rocoso; y, sobre todo y por encima de todos, Xavi, simplemente magistral, destrozaron al Real Madrid en todas sus líneas.

El 2-4 ya hubiera supuesto un justo correctivo y un resultado contundente, pero Leo Messi quería presentar su candidatura al Balón de Oro, y no podía hacerlo con racanería. Un vecino culé ciertamente poco respetuoso perdió la cabeza y recuperó el histórico “¡Madrid, cabrón, saluda al Campeón!” que tantas críticas le granjeó al bueno de Eto’o tres años atrás, pero a fe mía que era casi imposible no corear tan pegadizo estribillo. Cuando, ya en las postrimerías del encuentro, Gerard Piqué, un chico de la cantera que acababa de volver al redil y ya era imprescindible tanto en el Barcelona como en la Selección, le dio la puntilla a San Iker con un devastador 2-6 más propio de un partido de tenis que de uno de fútbol, la locura enfervorizada campó a sus anchas. Eran tantos los aficionados que se habían ido acercando al Gran Bar para vivir aquel acontecimiento que ya no cabían en el local y se les oía aplaudir desde la calle, y yo me dí un par de abrazos con un par de ilustres desconocidos mientras sentía los ojos humedecidos. Sí, todos sabemos que el fútbol es sólo un deporte y el deporte no es más que un juego, pero en la tarde-noche del sábado, dos de Mayo de Dos Mil Nueve, muchos seguidores del Fútbol Club Barcelona experimentamos uno de los momentos más felices de todas nuestras vidas, y estoy seguro de que, dentro de muchos años, todavía mis nietos se acordarán de aquella gesta histórica que espero que a todos los Apóstoles del Canguelo les tapase sus bocazas con un pestilente chorreo de su propia medicina.