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martes, 31 de marzo de 2009

Mis películas/ "SANGRE" (1995)




Mi segunda película… mi última película

Hay un momento en la vida en el que uno se cree capacitado para lograr casi cualquier cosa. Naturalmente, han de darse las circunstancias adecuadas y hay que disponer de unos mínimos materiales y humanos, pero, en esos instantes, el optimismo te emborracha como si se tratase de la más hipnótica ambrosía. Corría el año 1992 y apenas había acabado el rodaje de “El Butanero Siempre Llama Dos Veces”, mi primera “película” (si así puede llamarse a un film amateur grabado en video doméstico), cuando ya estaba pensando en la posibilidad de continuar mi “carrera” rodando una segunda. Como ya dije en el artículo acerca de “El Butanero…”, pasé meses poniendo en práctica una incansable campaña publicitaria tanto en prensa como en radio e incluso en la televisión local, de modo que mi nombre, más por hastío y pesadez que por auténticos méritos, llegó a ser más o menos conocido en Lorca, la ciudad en la que entonces vivía, sobre todo en el ámbito, digamos, cultural. Cuando me planteé la posibilidad de emprender una nueva aventura videocinematográfica, lo primero que tuve que hacer fue decidir el género y el tono del nuevo film. Durante las vacaciones de Semana Santa de aquel año anduve trabajando en una hipotética secuela de “El Butanero…”, e incluso hilvané unas cuantas ideas en un boceto de guión. No obstante, pensé que era preferible no encasillarme tan pronto, por lo que pasé algunos meses escribiendo un cuento corto que devino en guión. Acababa de estrenarse la bellísima versión de Francis Ford Coppola del “Dracula” de Bram Stoker, por lo que se me ocurrió que no estaría mal seguir la estela del Maestro y perpetrar un relato de vampiros, al que aderecé con algunos toques de humor “marca de la casa”. “Sangre” fue su breve y contundente título. Una vez redactada la base estrictamente literaria, procedía convertir el relato en guión, actividad en la cual invertí unas dos semanas de trabajo vespertino, pues sólo podía dedicarme a ello al concluir mi trabajo de verdad, el que me daba de comer, y que me tenía atado durante las mañanas. Lo bueno de haber dedicado casi dos años a “El Butanero…” fue que mis ambiciones y mis sueños habían sido convenientemente curados de espanto merced a unas generosas dosis de realidad, así que los escenarios en los que iba a desarrollarse la acción iban a ser mínimos y estarían perfectamente controlados: una iglesia, un tanatorio, una oficina, una playa, una estación de tren y, ante todo, un caserón misterioso en el que transcurriría la acción principal. En cuanto al elenco, nada de multitud de personajes con diálogo y un centenar de “cameos” de amiguetes: tan sólo tres actrices tendrían voz y voto, y los hombres (todos los hombres) tendrían condición de secundarios.
Cuando publiqué el artículo retrospectivo acerca de “El Butanero…” recuerdo haber dicho que “algunos de los mejores diálogos escritos por mí” aparecen en aquella primera película. Los que redacté para “Sangre”, eran muchísimo más complejos y barrocos, y llegó un momento en que comprendí que, para recitarlos, necesitaba actrices DE VERDAD, no simples aficionadas. Surgió, nuevamente, la necesidad de hacer un casting, y mi todavía latente popularidad, aun, como digo, limitada a determinados sectores pseudo culturales, me permitió extender un boca-a-boca que, durante un viernes de agosto en el que gocé de vacaciones, reunió en un local deshabitado ubicado en una de las calles principales de Lorca hasta a seis aspirantes a vampira. Todas ellas leyeron su diálogo ante la cámara de mi colaborador Luis Sanz, que inicialmente iba a ser el productor de “Sangre”, pero la verdad es que no me hizo falta visualizar las pruebas grabadas para comprender quién era la que mejor lo había hecho. A Juana Elvira ya la había tenido en “El Butanero…”, pero su papel fue breve como un suspiro y no le dí oportunidad de exhibir su excelente entonación y su pronunciación perfecta, cualidad esta última difícil de encontrar en una murciana de a pie (con todo mi respeto y afecto para mis amigos murcianos). A pesar de que algunos colaboradores se fijaron más en su estatura que en su capacidad interpretativa, yo lo tuve clarísimo y le adjudiqué el papel protagonista de Margaret, la mujer de veintiocho años que jamás ha tenido la menstruación y a la que el fallecimiento de su hermana Valeria, a la que creía muerta desde hacía largo tiempo, permite empezar a conocer los secretos inconfesables que durante siglos han acompañado a las hembras de su familia. Valeria se había suicidado en lugar sagrado (el atrio de una iglesia) empalándose en una afilada estaca de madera, y la pobre Margaret, conmovida ante la contemplación del cuerpo inerte de la hermana perdida y recuperada, comete el error de desear poder despedirse de ella antes de que abandone para siempre este valle de lágrimas. Esa noche y en medio de una tormenta, el fantasma de Valeria se le aparece a Margaret y la previene del riesgo de convertirse en una criatura mitológica cuando se decida a perder la virginidad que aún la acompaña. La sangre, según le dice, convierte a las niñas en mujeres, pero a las mujeres de su estirpe las transforma… en monstruos. Margaret, naturalmente, prefiere pensar que la charla nocturna con su difunta hermana no ha sido más que una pesadilla, y, años después, cuando se enamora de un compañero de trabajo llamado Stefan y junto a él pasea por una romántica playa, sucumbe primero a la ingenuidad del amor (en la arena que lamen las olas, dibujan un corazón en cuyo interior encierran sus nombres: “Stefan + Margaret”) y, posteriormente, a la llamada, largo tiempo desoída, del sexo y de la sangre. A la mañana siguiente, Margaret descubre que, simultáneamente a la pérdida de su virginidad, le ha sobrevenido la primera regla. A su lado yace Stefan muerto, exangüe, primera víctima de una nueva existencia vampírica a la que Margaret, como su hermana, como su madre, habrá de entregarse durante el resto de sus días. Sólo la reaparición de Valeria pondrá algún orden en el caos que es ahora su mente, mientras, en una romántica playa, las olas lamen un corazón y van borrando las letras que encierra hasta revelar la última y profética verdad: “STEFAN + MARGARET”… “S E AN M RG RE “… “S AN G RE “.
La vinculación de la ya protagonista Juana Elvira con algunos responsables del Teatro Guerra de Lorca me facilitó mucho las cosas. En una de las salas diáfanas del Teatro construímos un decorado que pudimos enriquecer merced a aportaciones personales. Pero espera… ¿he dicho “pudimos”, en plural…? ¡Síííííí! Por primera vez, disponía de un equipo de verdad. En aquel tiempo, realizaba un programa radiofónico denominado “Pantalla Grande”, que trataba (lo habéis imaginado) de Cine, y algunos de los oyentes que me llamaban de forma habitual estuvieron encantados de colaborar en el “rodaje” de una “película”. Uno de ellos, Domingo Jiménez, se erigió en actor, y fue mi primer “Stefan”. He dicho “primer” por la sencilla razón de que no fue el único. Cuando llevábamos tres jornadas de rodaje, una serie de circunstancias de índole personal se confabularon para que “Sangre” se quedase en nada, y, al igual que me sucediera con “El Butanero…”, el proyecto experimentó una de esas demoras que, en la mayoría de los casos, se convierten, a la larga, en cancelaciones sine die.
Al año siguiente, quise retomar toda la parafernalia que rodeaba a la película más o menos a partir de donde la habíamos dejado, pero todo fueron problemas. Ya no tenía productor, el protagonista se había ido a estudiar fuera y el decorado había sido desmantelado y utilizado en una decena de obras teatrales. Pero había un guión que me parecía bastante bueno, tenía, al menos, mi pequeña cámara de 8 mm (¡y hasta un trípode!) y la protagonista indiscutible, Juana Elvira, continuaba interesada y disponible. Alrededor de ella me empeñé en reconstruir todo un universo de ilusión, lo cual habría de producirme más quebraderos de cabeza de los que podría explicaros con palabras. En cualquier caso, del frustrado intento de rodaje del año anterior aún conservaba un palo de madera seccionado en dos mitades, que simulaba la estaca en la que la vampira Valeria se empalaba, y lo primero que tuve que hacer fue encontrar, precisamente, a la víctima del empalamiento. La “Valeria” ideal se llamó Inma Guillén, y creo que aún sigue en la Compañía estable del Teatro Guerra. Entre ella y Juana, además de una chispeante química interpretativa, había cierto aire familiar (eran primas), y las evidentes diferencias de estatura ya las subsanaría del mejor modo posible. Mi amistad (que se desintegró, años después, en el mismo ácido en el que a algunas personas se les diluye su Fe en la condición Humana) con el vicepresidente artístico del Paso Blanco me abrió las puertas una mañana de sábado nada menos que a la Iglesia de Santo Domingo, y allí mi amigo interpretó con verdadero ahínco al sacerdote que se lleva el susto de su vida al encontrar el cadáver asaeteado de la infortunada Valeria. En el interior del llorado Cristal Cinema, el último cine “de los de antes” que quedaba en Lorca, rodamos el descenso de Margaret hasta el depósito de cadáveres, y la morgue en sí misma la localicé en el vestuario de la tristemente célebre subestación transformadora del barrio de La Viña (ya próxima a ser desmantelada tras haberse quejado los vecinos de que era foco de diversos casos de cáncer). La debutante Agueda Rubio dio vida a una antipática pero divertida “Doctora Helsing”, la forense encargada de certificar el suicidio de Valeria, y recuerdo que fue en aquel improvisado escenario donde, durante un dificilísimo monólogo, Juana Elvira pudo y debió aspirar a todos los premios existentes en el firmamento amateur. Varias gestiones después, la Asociación de Pensionistas del Barrio lorquino de San Pedro nos cedió su local social para convertirlo, durante apenas tres semanas, en la casa de Margaret, y a lo largo de aquel período estuvimos, Juana, Inma y yo, encerrados en lo que tratamos de convertir en una antigua casona propensa a recibir visitas espectrales. Dicen los hosteleros que lo mejor de su local son los clientes, y yo tengo que admitir que lo mejor de “Sangre” son las interpretaciones de sus dos protagonistas, que supieron entender a la perfección el tono entre terrorífico, melodramático y humorístico latente en mi libreto.
Sólo quedaba encontrar al “Stefan” definitivo, y quiso la casualidad que mi amigo Luis González Cuadrado, que en un hilarante momento de “El Butanero…” ya protagonizara una escena de cama con Juana Elvira, estuviese disponible para convertirse en el hombre que, también en una cama, arrebata la virginidad a Margaret… pagando un altísimo precio, todo hay que decirlo. Tanto para la localización de la playa que necesitábamos como para la elaboración del complicado efecto especial que permitió que dentro de un corazón de arena barrido por las olas no sólo permaneciesen desafiantes las seis letras que conforman la palabra “SANGRE”, sino que de ellas brotara un torrente de hemoglobina, conté con la muy inestimable colaboración de un compañero llamado Miguel Blaya, quien, por si faltaba algo, incluso se desmelenó como actor en un breve papel. El último día de rodaje, ya completado totalmente su paso al “lado oscuro”, una rutilante Margaret/Juana Elvira, que había sustituído su look inicial de luto doloroso o blanco virginal por un sofisticado vestido de color rojo sangre, se contoneó sensualmente en las inmediaciones de la recientemente inaugurada Estación de Autobuses de Lorca.
Al igual que años atrás, volví a contar con el compositor José Luis Lizarán para elaborar e incluso interpretar la banda sonora original de la película, y, también como sucediera en “El Butanero…”, escribí una canción que titulé “En la oscuridad” y que el cantante lorquino Juanchi Ruiz, al frente de su grupo de entonces, “Distrito 16”, interpretó, como mandan los cánones, de modo totalmente altruista. El montaje definitivo fue, sin embargo, competencia mía en su totalidad, pues mi antiguo colaborador Luis Sanz ni pudo producir la película ni mucho menos montármela, si bien una calurosa tarde recuerdo haber sudado la gota gorda en su estudio mientras realizábamos los títulos de crédito. La última tarea que me quedaba por hacer era grabar la narración en off con la voz de Margaret e ir insertándola en la pista stereo a la que mi viejo video Sony me permitía acceder, fase que, lamentablemente, se quedó en un primer borrador que ya nunca se completaría. “Sangre”, cuyo proceso creativo me ví obligado a dar por finalizado en 1995 (tres años después de haber concebido su guión), nunca jamás se exhibió en público. Por razones que no vienen al caso, las horas y horas de rodaje y montaje sólo revirtieron en lo que podríamos llamar un triste “copión” en VHS, el cual, cuando, hace pocos meses, intenté pasarlo a DVD empleando mis métodos caseros, comprobé con inesperada tristeza que presentaba una lesión me temo que irreversible en su tracking horizontal. Es lo que suele pasar con el cine amateur. Los resultados raramente satisfacen al espectador externo, y sólo el creador que ha invertido en su obra un millón de horas imposibles de recompensar es capaz de hallar, a pesar de todo, motivos sobrados para la satisfacción e incluso, ¿por qué no admitirlo?, el orgullo.

6 comentarios :

Anónimo dijo...

Algún día tendrías que hacer tus propias peliculas... ya sabes que a veces los sueños se cumplen.

¿quien te iba a decir a tí que cuando empezaste este tu humilde blogger a la fecha ibas a contar con más de sesenta y cinco mil y pico de personas que han pasado por él.

Siempre he creído en la inteligencia y en las personas que apuestan por aquello que les gusta fervientemente...por eso siempre apuesto por tí.

UN GRAN BESO

MARISA

Katy Cristina dijo...

Eres una persona única, me has enseñado a valorar muchas cosas, a ver la vida de forma diferente y por eso quiero desearte mucha suerte en todos los próximos proyectos que tengas.

Luis Campoy dijo...

Marisa: Mi querida amiga, con dos películas a cuestas, por mucho que se trate de películas amateur hechas con cuatro cuartos y que se nota a la legua que son de aficionado, de momento, me doy por satisfecho. Pero prometo que, si algún día me decido a meterme en otro proyecto cinematográfico, buscaré apoyos entre todos los que ahora me animáis, jajaja. saludos.

Luis Campoy dijo...

Katy Cristina: Gracias. Todos somos únicos, de un modo o de otro, pero gracias.

Anónimo dijo...

Luis, que buenos recuerdos me han aflorado a la mente, leyendo y recordando esos momentos donde rodastes Sangre y coincidian con mis primeros meses de conocerte.
Por favor mandame un e-mail con este comentario, ya que quiero leerlo tranquilamente y no puedo.
Un abrazo de tu amigo.

José Ruiz Montalvan

Luis Campoy dijo...

¿Ya hace diecisiete años que nos conocemos? Joder, Jose, ¡cómo pasa el tiempo! Un abrazo.