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miércoles, 28 de enero de 2009

Cine/ "REVOLUTIONARY ROAD"


El aparente encanto de la clase media

Revolutionary Road” está gustando mucho, incluso a aquéllos que son incapaces de pronunciar su título para pedirle una entrada a la taquillera de turno. “Vía Revolucionaria” es, creo recordar, el modo en que se denominó la novela de Richard Yates cuando se publicó en España hace unos años. Pero, claro está, titular así a una película puede ser un arma de doble filo, porque uno oye lo de “revolución” y enseguida piensa en “Los Miserables”. Poco de miserables y menos aún de revolucionarios tienen los protagonistas de “Revolutionary Road”, Kate Winslet y Leonardo DiCaprio, al menos en la ficción del film. No hay duda: el principal reclamo de este film no es la novela en que se basa, ni el curriculum de su director Sam Mendes (autor de las estupendas “American Beauty” y “Camino a la Perdidón” y esposo en la vida real de… Kate Winslet), sino, precisamente, el morbo (o no) de volver a ver juntos, doce años después, a los guapos y (todavía) jóvenes protagonistas de “Titanic”, la película más taquillera de la Historia. April (Winslet) y Frank (DiCaprio) Wheeler forman un matrimonio ejemplar y viven una existencia aparentemente feliz en una idílica urbanización llamada precisamente Revolutionary Road. Allí, todas las casas son prácticamente iguales, habitadas por matrimonios jóvenes en los que tan sólo trabajan los maridos y las mujeres realizan las labores domésticas. Cualquiera en su sano juicio sería feliz en un entorno así, en los prósperos Estados Unidos de principios de la década de los 50… Sin embargo, las apariencias engañan y casi nada es lo que parece. Este podría ser el mensaje subliminal de “Revolutionary Road”, que nuevamente se ceba en las miserias de la clase media yanqui, más o menos como sucedía en la citada “American Beauty”, aunque sin el cinismo y peculiar sentido del humor de aquélla. La hipocresía, la masificación social, el aplastamiento del individuo en favor del Colectivo obligado a ser feliz aferrándose al conformismo, el viaje a un destino paradisíaco (París, en este caso) como metáfora de la necesidad de liberación, el adulterio como necesaria válvula de escape, el recurso último al aborto casi como si de un castigo y una condena se tratase… Todos estos temas están presentes en la película, y la resolución de todos ellos es precisa y sutil. Es injusto que “Revolutionary Road” haya sido ninguneada por los académicos de Hollywood, los mismos que ensalzaron “American Beauty”; tal vez la carencia de humor les ha golpeado donde más les duele, una carga de profundidad profundamente dramática contra la falacia del sueño americano. No es casual que el único personaje que se atreve a decir lo que piensa sea precisamente un loco, pero sí es muy sintomático que el actor que lo encarna, Michael Shannon, haya obtenido la única nominación en el apartado interpretativo (ni DiCaprio ni Winslet han sido siquiera considerados, a pesar de que ésta sí ha cosechado diversos premios por su papel). De Shannon tengo que decir, no obstante, que su parecido físico con el gigantesco Richard Kiel (el inolvidable Tiburón, el villano de dientes de acero de “La Espía que me Amó” y “Moonraker”) me hizo temer en más de un momento que no se conformase con ofender a los Wheeler, sino que estuviese a punto de propinarles un bocado de metálica incorrección política. Mucho más delgada que hace doce años (al final tuvo que plegarse a las críticas que se cebaron en ella tras su carnal opulencia en “Titanic”), Kate Winslet, obviamente, borda su personaje, pero a mí quien me sorprendió fue un Leonardo DiCaprio empeñado en convertirse en un gran actor. Por cierto, no sé si alguien más lo ha comentado, pero no sólo DiCaprio y Winslet regresan del reparto de “Titanic”; también les acompaña la entrañable Kathy Bates, que allí interpretara a la insumergible Molly Brown y ahora da vida nada menos que a la madre del loco que sabe leer la realidad que los cuerdos se empeñan en disfrazar de idílica utopía.


Luis Campoy


Lo mejor: Kate Winslet, Leonardo DiCaprio, el guión, la fotografía
Lo peor: que haya sido ignorada en la carrera hacia el Oscar
El cruce:American Beauty” + “Amigos y Vecinos” + "Lejos del Cielo"
Calificación: 9 (sobre 10)

martes, 27 de enero de 2009

Cine/ "SIETE ALMAS"


Siete libras de puro aburrimiento


No tengo muy claras las equivalencias entre la libra y el kilo(gramo), pero me atrevería a asegurar que, para Will Smith, siete libras valen, casi, casi, lo mismo que veintiún gramos. Al menos ésa debía ser la pretensión del ex–Príncipe de Bel Air cuando aceptó actuar nuevamente para el director de origen italiano Gabriele Muccino, que ya le dirigió hace un año en la lacrimógena “En busca de la felicidad”. "Siete almas” es el título español de “Seven pounds” (literalmente, “Siete libras”), especie de remake encubierto de aquellos “21 gramos” de Alejandro González Iñárritu que tuvieron como estrella a una Naomi Watts que nunca ha sido tan buena actriz. Lamentablemente, Will Smith no ha tenido tanta suerte en esta película edificada para su gloria y lucimiento, pues poco puede lucirse uno cuando su público está bostezando o mirando constantemente la hora (cosa bastante difícil en la oscuridad de una sala de cine, salvo que se eche mano del teléfono móvil). Ben Thomas (Smith) es un inspector de Hacienda dedicado obsesivamente a investigar a determinadas personas (siete en total), con el fin de averiguar si sus comportamientos y actitudes son correctos y sinceros. De una de ellas, una joven cuyo corazón es tan grande que está enfermo y necesita urgentemente un trasplante, acabará enamorándose y decidiéndose a tomar una drástica e irrenunciable decisión. No sé muy bien por qué se me ocurrió ir a ver esta película, pero, si me lo permitís, sí voy a tratar de que vosotros no cometáis mi mismo error. Pocas veces me he aburrido tanto en una sala oscura, y casi nunca, como ese día, había puesto todo de mi parte para echar una cabezadita, que, lamentablemente, no se prolongó más de diez minutos. Como me temo que es poco probable que, en ese ratito que duró mi siesta, el director Muccino lograse invertir la tendencia general del film, me atrevo a dictaminar que “Siete almas” es un tostón de cabo a rabo, una mancha en el curriculum de Will Smith, un “Estrenos TV” que no debería haber encontrado hueco en nuestras pantallas y que, si lo ha hecho, ha sido únicamente por el predicamento de que goza el protagonista de “Soy Leyenda” e “Independence Day”, que, dicho sea de paso, es un tío fenomenal al que la fama no le ha privado de su desparpajo y simpatía naturales. No hay nada en “Siete Almas” que justifique su visión, al menos si hay que pagar por hacerlo: el guión es ñoño a más no poder, los diálogos son torpes como ellos solos y, si acaso, lo único un poco salvable es la fotografía a cargo de Philippe Le Sourd. El tono humanista que pretende otorgarle Gabriele Muccino a su criatura resulta casi risible por lo empalagoso, un recuperado Woody Harrelson parece que aceptó interpretar a un ciego con tal de no ver el ridículo postizo capilar que le han endilgado, y ni siquiera Will Smith raya a gran altura. Una enorme decepción. Un soberano aburrimiento.


Luis Campoy


Lo mejor: no se me ocurre
Lo peor: todo
El cruce: “21 gramos” + “Caballero sin espada”
Calificación: 4 (sobre 10)

jueves, 22 de enero de 2009

Spiderman: un nuevo día




Parece mentira y sé que, como mínimo, me merezco unas largas vacaciones en Guantánamo antes de que el Presidente Obama lo cierre para siempre… pero, por muy imperdonable que pueda resultar, todavía no había hablado de los importantísimos y trascendentales cambios que han acontecido en mi cómic favorito. Que me encantan los cómics lo deberíais saber de sobra, y que mi héroe de toda la vida es y ha sido Spiderman es de dominio público. Hay héroes más fuertes, más poderosos, más altos e incluso más listos y más guapos, pero, para mí, Spiderman es el más próximo, el más humano, el más… real. Cualquiera podríamos ser Spiderman; hasta yo habría podido serlo. Porque en él lo importante no es que poséa la fuerza y agilidad proporcionales de una araña, sino que, por dentro, bajo la máscara, está Peter Parker, un joven tímido al que sus condiscípulos rechazan por ser un “empollón”, que vive acuciado por los problemas personales y profesionales, que ha sufrido inmensamente por amor, y que vive asfixiado por el deseo y la necesidad de hacer las cosas bien y por la obligación de ser responsable para con sus semejantes, ya que “todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Joder, si es que casi estoy describiéndome a mí mismo (aunque yo no llevo leotardos ni lanzo telarañas por las muñecas). Concebido como contrapartida adolescente de Superman, Spiderman comenzó su andadura siendo un adolescente de quince años al que una araña alterada radioactivamente confería todas sus habilidades. Peter Parker al principio no supo qué hacer con tantos poderes y, en un primer momento, trató de labrarse una carrera en el mundo del espectáculo, pero el trauma sufrido tras el asesinato de su tío Ben a manos de un ladrón al que él no quiso detener le condujo directamente al mundo de los héroes disfrazados que dedican sus esfuerzos a proteger a la Humanidad. La clave del éxito del Hombre Araña siempre ha sido su cercanía, su proximidad, lo fácil que era para los lectores identificarse con un personaje así, tímido e introvertido cuando es Peter Parker, pero divertido y dicharachero cuando es Spiderman, y que sufre los mismos agobios que cualquier hijo de vecino. Con el paso del tiempo, los sucesivos editores al mando de la compañía que lo publicaba, Marvel Comics, trataron de adecuarlo a la evolución de los tiempos y se empeñaron en que creciese, al igual que crecían sus fans. Así, Peter dejó el instituto, entró en la Universidad, se echó novia, la perdió trágicamente, abandonó el hogar familiar y se independizó, comenzó a trabajar primero de fotógrafo y después como profesor auxiliar, y, finalmente se casó con su segundo gran amor e incluso tuvo una hija. Fuimos muchos los que pensamos que un personaje como era el Spiderman original debió haberse mantenido fiel a su esencia. Todos nos casamos, es cierto (y algunos más de una vez), pero un héroe de cómic pierde gran parte de su autenticidad cuando sus aventuras se ven privadas de la libertad de la soltería, de la alegría de la independencia, de la frescura de la juventud que era su marca de fábrica. Pero el editor de turno se empeñó en dar luz verde a la historia en la que Peter Parker se casaba con su segunda novia formal, la supermodelo Mary Jane Watson, y, años después, otro jerifalte de Marvel dio el visto bueno a una trama en la que Mary Jane quedaba embarazada, sólo para dar a luz a una niña que, nada más nacer, era secuestrada por el archivillano arácnido por excelencia, un Duende Verde que acababa de retornar de entre los muertos (o casi). Tan descontentos quedaron los lectores con aquella historia, que de la pobre niña nunca más se supo (hasta que la recuperaron en la colección de “SpiderGirl”, la cual acontece en una especie de futuro alternativo sin conexión con el mundo real). Otros intentos de evolucionar a Spiderman fueron la llamada “Saga del Clon” (primer intento de cepillarse al “maduro” Peter Parker y sustituirlo por un clon de sí mismo que no estaba casado ni tenía ataduras), la muerte y posterior “resurrección” de su tía May (la anciana que le cuidó desde que sus padres murieron, siendo un bebé) y, finalmente, la revelación pública de su identidad, que se produjo durante la macro saga “Guerra Civil”. Lo cierto es que Spiderman, como personaje, había acabado siendo poco menos que su propia antítesis. Ya no era un adolescente, estaba casado, los problemas le habían quitado las ganas de bromear y ni siquiera su identidad era un secreto. El nuevo editor en jefe de Marvel, Joe Quesada, dijo “Hasta aquí hemos llegado. Se acabó. Urge una vuelta a los orígenes”. Pero ¿cómo anular de un plumazo más de veinte años de historietas?. La solución, desde luego, no fue la mejor ni la más brillante. Durante la Guerra Civil entre los superhéroes, la querida Tía May había sido herida, por alguien que ya no atentaba contra Spiderman, sino contra Peter Parker, toda vez que el hombre era ya tan conocido como el héroe. Destrozado por la culpa, Peter/Spiderman trataba por todos los medios de salvar la vida de su tía. De nada servían los argumentos de todos sus conocidos, en el sentido de que, al fin y al cabo, se trataba de una anciana que ya había vivido una larga vida y que, de un modo o de otro, tenía que morir. Peter no soportaba la idea de haber sido el culpable (involuntario), así que, desesperado y al borde de la locura, hacía un pacto con el Diablo. Habéis leído bien, el Diablo; el diablo particular de Marvel Comics, llamado Mefisto. Cuando todas las otras alternativas habían fracasado, Mefisto le ofrecía a Peter la salvación de su tía, siempre y cuando se le entregara lo más hermoso que existía en la vida del joven: su matrimonio con Mary Jane. Personalmente, me parece una historia pillada por los pelos, pero los chicos de Marvel querían a toda costa recuperar a su icono dicharachero y juvenil, y esa manera era tan efectiva como cualquier otra. Peter y Mary Jane acceden a lo requerido por Mefisto, y en torno a ellos se hace la oscuridad. Al despuntar un nuevo día, Peter vuelve a ser un solterón que vive con su tía May, que está sana y salva, y su amigo Harry Osborn (hijo del Duende Verde) ya no está muerto sino vivo, y nadie sabe que Peter Parker es Spiderman, y Mary Jane, que ha roto con Peter, decide poner tierra de por medio para no sufrir al encontrarse con su ya ex–novio. Todo es viejo pero quiere parecer nuevo: nuevos enemigos, nuevos personajes secundarios que se añaden a los de siempre pero que llevaban años siendo descuidados, e incluso nueva forma de publicación. Se han cancelado las colecciones más prescindibles y menos significativas, y, a cambio, la serie “madre”, “The Amazing Spiderman”, pasa a publicarse tres veces al mes, tres números realizados por un equipo de guionistas y dibujantes que va rotando y no se repetirá, al menos en los meses sucesivos. Las ventas parecen haber acompañado, pero son muchos los lectores (sobre todo, veteranos) que se han desenganchado, en la creencia de que era mejor la evolución del personaje que su retroceso casi a su prehistoria. Yo sigo leyéndolo, como siempre o casi siempre, y ya estoy deseando que llegue a España ese episodio que acaba de publicarse en Estados Unidos y en el que el Hombre Araña, apoyándose en su instinto arácnido, tiene que distinguir entre el verdadero Presidente Obama y un impostor encarnado por el villano conocido como el Camaleón.

martes, 20 de enero de 2009

Orgasmos económicos



Hasta ahora conocíamos los orgasmos convencionales, los de toda la vida, los que surgen como culminación de un coito o relación sexual. Como mucho, habíamos oído hablar, también, de los “orgasmos democráticos” que el socialista Pedro Zerolo afirmaba que solía sentir cuando conocía las sucesivas reformas en materia social llevadas a cabo por su jefe de filas José Luis Rodríguez Zapatero. Ahora, un psicólogo inglés llamado Thomas Pollet ha descubierto los “orgasmos económicos”, ya que cree haber averiguado que el número de orgasmos que una mujer es capaz de sentir va en función de su convicción de que su pareja va a ser capaz de resolver sus problemas económicos. Ya me imagino a la mujer de Bill Gates, o a la de Rupert Murdoch, o incluso a Victoria Beckham, poliorgásmicas perdidas. Este comentario personal es de corte humorístico, pero la aseveración enunciada por el galeno británico no lo es. Al parecer, sobrevive en todos nosotros, tanto hombres como mujeres, un gen de supervivencia que nos impulsa inconscientemente a copular con el fin de asegurar la continuidad de nuestra especie. Por ello (siempre citando las teorías del loquero anglosajón), aun después de tantos millones de años de evolución, no podemos evitar disfrutar más del sexo cuando nuestro acompañante puede proporcionarnos mayores garantías de estabilidad y futuro. “Menuda chorrada”, pensé yo. Ahora resulta que ese elevado porcentaje de mujeres que casi nunca gozan de un orgasmo tiene que echarle la culpa de su anorgasmia a la insolvencia de sus maridos. O que, partiendo de esa misma base, las que disfrutan orgasmos “vaginales” o “clitorianos” son víctimas inconscientes de la crisis económica, que, misteriosamente, les afecta más a unas zonas erógenas que a otras. En otros tiempos, se pensaba que “no existen mujeres anorgásmicas sino hombres inexpertos” (menudo bofetón en los morros para la comunidad lesbiana), y la pionera doctora Shere Hite teorizó, en su famoso Informe, sobre los infalibles efectos orgásmicos del chorro de la ducha hábilmente manipulado. Hay quien piensa que las señoras que no se conforman con uno sino que son capaces de experimentar, uno tras otro, cuatro, seis o hasta una docena de orgasmos seguidos no tienen más remedio que estar fingiéndolos. “Pero ¿fingir para qué?”Pues para que su amante se quede complacido, orgulloso, se sienta muy machote”. Claro. Si Meg Ryan lo bordó en aquel bar de “Cuando Harry encontró a Sally”, cualquier mujer es capaz de hacerlo, ¿no?. En fin, no sé. Nunca me ha gustado pensar que fingir, ni éso ni nada, sea necesario ni positivo en una relación sexual. Creo que, simplemente, unas mujeres tienen más facilidad que otras, lo cual no es ni bueno ni malo. Tal vez, quien sólo alcanza un orgasmo, pero muy intenso, lo disfruta más que quien obtiene siete orgasmitos leves. En cuanto a los hombres, también habrá de todo, pero, fingir, fingir, no conozco a ninguno que lo sepa hacer con propiedad. Gimotear o jadear podemos hacerlo cualquiera, pero un géiser lácteo sólo se emite una vez, y luego hay que irse al descanso con el rabo entre las piernas, a la espera de la resurrección de la carne. Excepto que uno sea John Holmes en sus buenos tiempos, o Rocco Siffredi… o Nacho Vidal. O, si hacemos caso a las teorías expuestas al principio del artículo, que tu compañera de cama sea Alicia Koplovitz, o Madonna… o la Duquesa de Alba. Pero, mire usted, en este último caso, e incluso aunque la supervivencia de toda la especie humana se vaya al garete, mejor quedarse anorgásmico o hasta pitopáusico.

lunes, 19 de enero de 2009

Casi perfectos




Allá por el mes de Septiembre publiqué un artículo titulado “Goles son amores” en el que, a pesar de que, por aquel entonces, el buen juego ya parecía despuntar en los pupilos adiestrados por Pep Guardiola, me quejaba, algo preocupado, de la falta de gol de la que el Barça adolecía. ¡Cómo han cambiado las cosas en estos cuatro meses!. Dando la razón a quienes apostaron por él por ser un “hombre de la casa” y quitándosela a quienes le tachaban de “bisoño” e “inexperto”, Guardiola ha logrado algo mucho más importante que transformar su equipo en una fábrica de goles: ha cambiado la mentalidad de sus jugadores (que son casi todos los mismos que se arrastraban sin pena ni gloria en los últimos tiempos de la era Rijkaard), ha recuperado para su personal humano la ilusión, el orgullo y la voracidad. Este Barcelona tiene hambre de (buen) fútbol, y desde cualquier parte del mundo a Guardiola le llueven halagos unánimes. El, sin embargo, oculta sus ambiciones detrás de un muro de modestia y de prudencia. Cuando el otro día alguien le preguntaba si al principio de la temporada podría haber soñado con estar donde estaban y jugar como jugaban, Pep se limitó a contestar: “Yo no sueño, cuando llego a mi casa por las noches estoy tan cansado que no puedo ni soñar”. El sábado, en la rueda de prensa tras la goleada (5-0) al Deportivo de La Coruña de Miguel Angel Lotina, Leo Messi, probablemente el futbolista más creativo, más veloz y más determinante de la actualidad, declaró humildemente que si él era bueno, era tan sólo “porque el equipo le hacía bueno”. Casi parece mentira que los Dioses del Olimpo sepan ser tan terrenales y tan deportivos. El propio Lotina, uno de esos entrenadores maduros y campechanos (como Camacho, como Preciado, como David Vidal), rebosantes de sabiduría y también de gracejo, dijo que los azulgrana jugaban tan bien que dejaban fascinado a todo el mundo, y que lo único malo era cuando uno no podía admirarlos porque tenía que enfrentarse a ellos (anteriormente, sobre la propia evolución positiva de su equipo, había dicho, sarcástico: “Hombre, ni antes éramos la última mierda que cagó Pilatos, ni ahora somos el Bayern de Múnich”. ¡Fabulosa frase!). Con todo, no siempre le salen a Pep las cosas perfectas. El está empeñado en mantener su política de rotaciones (todos sus jugadores son buenos y todos deben poder y saber jugar, y, además, hacerlo de modo homogéneo, manteniendo siempre su estilo característico), y se da el caso de que la semana pasada el Barcelona tuvo que disputar dos partidos, uno de ellos de Copa del Rey ante el Atleti de Madrid y el otro de Liga ante el Depor, y en la alineación inicial de cada uno de ellos tan sólo repitieron ¡3! (tres) de once jugadores. Pues bien, la teoría es muy bonita, pero en la práctica no es mismo conferirle el protagonismo a Messi que a Hleb, a Eto’o que a Bojan, y, sobre todo, a Puyol que a un Martín Cáceres que, de momento, no ha justificado su contratación. En esos encuentros disputados por los suplentes es indudable que también la suerte se ha vestido de color blaugrana, esa suerte que sólo aparece cuando se la invoca con tesón, entereza y coraje.

viernes, 16 de enero de 2009

"Probablemente Dios no existe"




Menuda movida la que se ha montado alrededor de una astuta campaña publicitaria que se ha iniciado en los autobuses urbanos de Barcelona, en la que, en letras bien grandes, se cuestiona la existencia de Dios. Lógicamente, los creyentes se han echado las manos a la cabeza, y muchos de ellos han emprendido una campaña paralela aunque en sentido contrario. Ateos vs. creyentes. Pero ¿existe Dios realmente? Ahora que vivimos en una sociedad en la que la libertad de pensamiento, de expresión y de religiosidad están vigentes, ya se puede dudar incluso de éso. ¿Quién creó a quién? ¿Dios al Hombre…. o el Hombre a Dios? Desde siempre, los seres humanos hemos mirado hacia arriba, hacia lo alto, dando gracias a algo o a alguien por haber nacido, por existir, por seguir viviendo un día más. ¿Qué o quién creó el Universo y la Vida? ¿Acaso todo viene de una génesis espontánea? Yo, como la mayoría de vosotros, he sido educado dentro de una cultura en la que se daba por segura la existencia de un Dios Omnipotente, Creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible y lo invisible. Ese Dios tuvo un hijo devenido en hombre, que dio su vida por todos nosotros, sus congéneres humanos. ¿Cómo no íbamos a estarle agradecidos? ¿Cómo no íbamos a adorar, prácticamente sin rechistar, al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, a la Santa Madre y a toda la cohorte de santos, beatos y ángeles celestiales? Durante mis años de educación Marista, ni yo ni mis compañeros éramos capaces de discutir la existencia de tales personajes, incluso aun cuando sus historias se publicaban en textos de notorio carácter simbólico, incluso aun cuando casi siempre aparentaban desoir la mayoría de nuestras súplicas o peticiones. Luego, cuando vas haciéndote mayor, te van sucediendo cosas a ti mismo o bien eres testigo impotente de tantas injusticias, que no puedes evitar pensar “Si Dios existiera, no podría consentir ésto”. Que sí, que ya sé aquello del “libre albedrío”, del “Dios aprieta pero no ahoga” y demás razonamientos, y todos ellos me parecen muy respetables. Creo que todo este asunto depende de nuestra capacidad y de nuestra necesidad de sentir Fe. La fe es la creencia ciega en algo que no podemos ver, pero cuya existencia no podemos dudar (lo de “creencia ciega en algo que no podemos ver” me ha quedado de Cine, ¿eh?). Y la verdad es que todos creemos en algo. Es necesario creer. Hay quien cree en una divinidad cristiana que se llama “Dios”, quien lo hace en una alternativa musulmana que atiende por “Alá”, quien le reza a “Buda” o incluso quienes veneran a… Maradona. Pero está claro que Maradona sólo tiene divina la mano, y a lo que me estaba refiriendo era a deidades entre cuyo principal mérito figura el de haber creado la Vida a partir de la Nada. ¿Vida a partir de la Nada? ¿Pero éso no lo hizo la Madre Naturaleza? Joder. Si es que, con tantos credos y creencias, se nos forma en el cerebelo tal batiburrillo de pensamientos y razonamientos que ya no sabemos a qué atenernos. Si nuestro Dios, se llame como se llame, es realmente el único y verdadero, ¿por qué permite que tantos impostores le quiten adeptos? Pero, si no se trata de un Dios macho sino de la Naturaleza como metáfora de la hembra en cuyo vientre se genera la existencia, ¿por qué la mayoría de los entes divinos reciben apelativos masculinos?. Ya lo véis, en este tiempo de crisis, de crisis económica, política y moral, los valores bursátiles no son los únicos en venirse abajo, y me temo que el único que dio en la diana, el único que no se equivoca, fue el amigo Descartes, quien acuñó una de las frases más célebres de la Historia: “Pienso… luego existo”.

jueves, 15 de enero de 2009

Capturarlo o matarlo




El pérfido Osama Bin Laden, auténtica némesis de cualquier occidental no musulmán y no terrorista, ha difundido uno nuevo de sus comunicados emitidos desde ninguna parte, y en él propugna, cómo no, la Yihad o Guerra Santa contra los infieles (con especial mención a los judíos y aliados) y advierte al presidente electo Obama de que va a heredar el mismo legado de odio y destrucción que acompañó al inefable George W. Bush. Obama, de un modo que no me parece muy acorde con su talante, ha declarado que tales amenazas son ladridos propios de un perro poco mordedor (y que si no muerde, o muerde poco, no es sino porque ha sido acosado tanto, que no tiene armas ni acólitos directos con los que morder) y que, en cualquier caso, está deseando “capturarlo o matarlo”. Hombre, por mucho que Osama y Obama sean, incluso antes de iniciarse oficialmente su “romance”, enemigos a muerte irreconciliables, me choca un poco que no se anteponga más rotundamente el principio de la justicia sobre el del asesinato, pues creo que todos opinamos que a un criminal es mejor juzgarlo, condenarlo y aplicarle el castigo dictaminado por sus jueces que no limitarse a aniquilarlo primitivamente, alimentando, como en este caso, la aureola del mozo Bin Laden, que se convertiría en una especie de “mártir” del Islam. O sea, no es que el clon barbudo del madridista Raúl (¿os habéis fijado en el razonable parecido existente entre ambos iconos?) no se merezca la muerte propia por tanto que ha ocasionado y planificado la muerte ajena, pero ¿no es mejor que sea juzgado por las leyes de los hombres y no directamente exterminado en aras de la Ley del Talión?. En fin, que el culebrón Obama-Osama casi aún ni ha empezado y promete ponerse muy, muy pero que muy interesante.

martes, 13 de enero de 2009

Cine/ "RESISTENCIA"


James Bond contra Hitler

Cada vez que aparece en pantalla el rótulo de “Basado en hechos reales”, me pongo a temblar. Muchas veces, las peores películas y telefilms tienen su base argumental en una anécdota entresacada de los periódicos o en las memorias de tal o cual personaje, y, merced a este dato, parece que los guionistas o los realizadores tienen el real derecho de abandonarse a la desidia creativa en beneficio de la supuesta fidelidad histórica. En este caso, lo que nos cuenta “Resistencia” tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial. Cuatro (o, mejor dicho, tres y medio, ya que el más pequeño era un crío que apenas podía sostener un arma) hermanos polacos, los Bielski, judíos ellos, desafiaron a los ocupantes nazis y no sólo salvaron su propio pellejo escondiéndose en los bosques bielorrusos durante años, sino que, en el más puro “estilo Schindler”, propiciaron la salvación de otros ¡mil doscientos! judíos escapados de los ghettos de la zona. Pienso que, leído así, el argumento aparenta ser bastante poco creíble, así que no es de extrañar que, a pesar del demostrable y documentado basamento histórico, el modo en que el director Edward Zwick nos presenta los hechos es más propio de una fábula moralizante. Lo malo es que el momento presente (con Israel masacrando sin piedad los territorios de la Franja de Gaza, llevándose por delante a todos los inocentes palestinos que se encuentra al paso y desoyendo las crecientes protestas internacionales) es muy poco proclive a vendernos hazañas protagonizadas por héroes judíos, así que sería mejor que tanto este film como el reciente “El niño con el pijama de rayas” o el inminente “Valkiria” los encuadrásemos dentro del subgénero “Qué malos fueron (casi todos) los nazis”. El duro Daniel Craig, actual titular del smoking del agente 007, da vida a Tuvia Bielski, una especie de Moisés moderno que se erigió a sí mismo en líder y mesías de los fugados. La interpretación de Craig no es ni buena ni mala, sino todo lo contrario. Con el mismo corte de pelo y los mismos gestos de James Bond, el espectador da por hecho que cualquiera que se ponga bajo su tutela va a estar protegido y a salvo. Liev Schrieber (ocasional sustituto de William Petersen en “C.S.I.” y el villano Dientes de Sable en el próximo spin-off de Lobezno) y un talludito Jamie (“Billy Elliott”) Bell incorporan a los otros hermanos Bielski adultos, con la misma corrección y asepsia. Sí, todo en “Resistencia” acaba siendo correcto pero aséptico, más bien previsible, sin llegar a provocar el aburrimiento pero tampoco suscitando el entusiasmo. La fotografía es, sin duda, la gran baza del film, algo que ya magnificó a otros films de Edward Zwick como “Leyendas de Pasión” y “El Ultimo Samurai”; la banda sonora, sin embargo, no alcanza ni de lejos las cotas de las compuestas por James Horner o Hans Zimmer en aquellos títulos, pues el compositor de “Resistencia”, James Newton Howard, se limita, como ya hiciera el propio Zimmer en “Enemigo a las Puertas”, a clonar los melancólicos violines de John Williams para su oscarizada “La Lista de Schindler”. Carente del habitual final épico y dramático que caracterizaba a los mejores trabajos de Edward Zwick (“Tiempos de Gloria” y “El Ultimo Samurai”), “Resistencia” posée un desenlace que hace sonrojar por lo improbable que parece, si bien los últimos coletazos de su “verosimilitud histórica” todavía nos narran más gloria y fortuna para la mayoría de los Bielski. Quedémonos, pues, con la frondosidad de los bosques y la casi idílica convivencia de los pobrecitos judíos que sobrevivieron a la barbarie nazi merced al inquebrantable heroísmo del mejor agente secreto de Su Majestad británica.

Luis Campoy

Lo mejor: la fotografía
Lo peor: la improbable huída nocturna de cientos de judíos del ghetto custodiado por los nazis más despistados que se han visto en años, la huída por el páramo descubierto justo después (qué puta casualidad, oiga) de que el último avión alemán haya sobrevolado la zona.
El cruce: “La Lista de Schindler” + “Exodo” + “Che: El Argentino”
Calificación: 6,75 (sobre 10)

lunes, 12 de enero de 2009

Cine/ "BIENVENIDOS AL NORTE"


Éxito incomprensible

Que una película como “Bienvenidos al Norte” haya batido todos los récords de taquilla en Francia, desbancando a “Titanic” o “El Señor de los Anillos” sólo puede ser calificado, desde mi punto de vista, con un adjetivo: INCOMPRENSIBLE. Un funcionario de Correos, deseoso de ser trasladado con su familia a las soleadas playas del Sur, opta a una plaza reservada a minusválidos fingiendo una parálisis, tan torpemente que, como castigo, sus superiores le mandan durante dos años a un pueblecito del Norte, donde supuestamente, el frío es poco menos que polar y la gente, una especie de seres toscos y primitivos. Viendo “Bienvenidos al Norte” no puede evitar rememorar, con las lógicas reservas, aquella estupenda serie estadounidense titulada “Doctor en Alaska”, que venía a contar una historia similar, aunque con muchísimas más ambiciones y mejores resultados intelectuales y estéticos. En ambos casos, un individuo tiene que enfrentarse a una serie de miedos y prejuicios respecto a lo desconocido, y no sólo los superará con éxito sino que llegará un momento en que no querrá abandonar aquellas tierras a las que en principio temía acceder. No voy a decir que “Bienvenidos al Norte” carezca de alicientes (la simplicidad de las pequeñas cosas de la vida, el valor de la amistad), pero en el tono asumido por el director y co-protagonista Dany Boon pesan demasiado la idiosincrasia y el chauvinismo galos, tanto que, para disfrutar plenamente la película, no sólo hay que ser francés sino ser capaz de entender la multitud de giros idiomáticos que caracterizan a ese dialecto que hablan los “pueblerinos” que acaban por robar el corazón del funcionario urbanita encarnado por un mediocre Kad Merad. Desde “La cena de los idiotas” hasta las dos partes de “Los Visitantes”, pasando por las tres entregas de “Asterix y Obelix”, quienes hemos estudiado inglés desde niños hemos tenido oportunidad de acercarnos, a través del cine cómico, a un país y una cultura que no deja de sorprendernos por el uso y abuso del histrionismo, del chiste soez o gutural y por la desnuda sencillez del “fondo”. Escenas como las del restaurante, en la que se logra provocar la risa del espectador a base de muecas y casi rebuznos, contribuyen no poco a emparentar el film con esas viejas películas hispánicas filmadas por el inefable Mariano Ozores que, afortunadamente, en nuestro país han sido superadas por comedias mucho más inteligentes como “Fuera de carta” o “El Amor perjudica seriamente la salud”. Lo dicho: si ésto es lo que hace que los franceses acudan en tropel a llenar los cines de su país… con su pan (baguette) se lo coman.

Luis Campoy

Lo mejor: el canto a la amistad y a la simplicidad de la existencia
Lo peor: que un producto así pueda batir récords de taquilla en alguna parte del mundo
El cruce:Doctor en Alaska” + “Los Visitantes
Calificación: 5 (sobre 10)

viernes, 9 de enero de 2009

Lo peor de la Navidad



Lo peor de la Navidad es que se termina. Se pasa, se va, y no vuelve hasta el año siguiente. En una de esas cajas, a veces (mal) llamadas “cestas” y que contuvieron botellas de vino y turrones, no caben las sonrisas, los villancicos y las pequeñas o grandes nostalgias acaecidas durante tantas fechas entrañables. A veces, ni siquiera caben las figuritas del Belén o las guirnaldas del árbol que las ocupaban antes de las Pascuas y que un día reemplazaron a los turrones y los vinos originales. Esta mañana, en el bar donde desayuno, aún seguía luciendo, altivo en su intermitencia, el abeto que custodia su entrada, y sobre la vitrina expositora seguía estando el Belén de cartulina recortado y coloreado por los hijos del propietario. Pero ¿de qué me quejo? En mi oficina las navidades siguen vigentes, en forma de enormes figuras policromadas que yo mismo, a instancias de mi querido encargado, distribuí sobre un lienzo de terciopelo encarnado, y que están condenadas a mantenerse en tal lugar en tanto en cuanto mi encargado no me ordene lo contrario. Por mi parte, el mismísimo día siete, en cuanto llegué de trabajar, me puse manos a la obra, y entre mi padre y yo desbaratamos todas las alegorías del Nacimiento que con tanta ilusión y algarabía mis niños colocaron o jalearon un mes atrás. Esa es otra razón para que el final de las Fiestas me ponga tan triste: cuando se instala el Belén tengo ayudantes infantiles y suenan de fondo los villancicos, mas, a la hora de retirarlo, mi único colaborador tiene ochenta y tres años y ni canta ni apenas oye (el pobre) las melodías navideñas… ni casi ninguna otra.

Vuelven las Perlas del Guadalentín




Quiero recordaros que está a vuestra disposición mi “otro” blog, “Perlas del Guadalentín” (http://www.perlasdelguadalentin.blogspot.com/) en el que desde principios de año estoy tratando de escribir a diario, artículos breves para quienes, con todo cariño, me suelen acusar de padecer una gravísima “incontinencia de teclado”. Naturalmente, “Historias e Historietas” (http://www.luiscampoy.blogspot.com/) seguirá adelante con su habitual estilo, ¡faltaría más!.

lunes, 5 de enero de 2009

Violencia en la Franja de Gaza



Narcisista, egomaníaco, a veces pierdo el sentido de la oportunidad y de la utilidad pública y dejo pasar temas trascendentales que están conmoviendo al mundo entero. Uno de ellos sería el recrudecimiento del conflicto judío-palestino que está sembrando de cadáveres y, lo que es peor, de odio, ese segmento de la Tierra conocido como Oriente Medio. Hace pocos días, Israel iniciaba una tremebunda ofensiva aérea contra la denominada “Franja de Gaza”, entelequia de la que todos hemos oído hablar mil veces pero de la que tal vez hemos pasado olímpicamente. He investigado un poco el tema y he descubierto que la dichosa Franja tiene una importancia estratégica desde tiempos inmemoriales, ya que se trata de un territorio de apenas 40 kilómetros de largo que bordea la costa del Mediterráneo entre Israel (Asia) y Egipto (Africa) y que, paradójicamente, ostenta una de las densidades de población más altas del planeta: casi un millón y medio de palestinos y más de 7.000 israelíes malviven en aquellas fértiles tierras que acabarían por desecarse. Los primeros ocupantes de la zona fueron los egipcios, a los que luego sucedieron los filisteos, los asirios, los babilonios y los griegos de Alejandro Magno. En el siglo VII fue tomada por los árabes y posteriormente los cruzados la liberaron a principios del XII, si bien los turcos se hicieron con ella en las postrimerías del mismo siglo. En manos otomanas permaneció hasta la Primera Guerra Mundial, momento en que los ingleses la tomaron bajo su mando y la convirtieron en el llamado “Mandato Británico de Palestina”, otorgándola, como si de un Paraíso se tratara, a un sinnúmero de judíos que vivían dispersos por Europa, sin importar el pequeño dato de que la población autóctona era, en su inmensa mayoría, de ascendencia árabe. Lo mismo sucedió con otras áreas próximas como Cisjordania, los Altos del Golán y parte de Jordania. Tras varios años de convivencia más o menos pacífica entre israelíes y musulmanes, empezaron los conflictos étnicos en Palestina en 1929, los cuales no fueron óbice para que, con el advenimiento del mayor villano de la Historia, Adolf Hitler, miles de judíos se refugiaran en la zona, arrinconando aún más a los árabes primigenios. Estos, lógicamente, no permanecieron impasibles, y comenzó la Revuelta Arabe que hizo que los ingleses se replantearan sus propósitos iniciales, por lo que en 1948 Inglaterra anunció el fin del Mandato, lo cual no sólo impediría nuevos asentamientos judíos sino que, con el beneplácito de las Naciones Unidas, provocaría la partición de los territorios. Esto conllevó la indignación de los judíos, que desembocó en la proclamación del Estado de Israel, visto con buenos ojos por los USA del presidente Truman. En medio de un tremendo rifi-rafe, los países árabes vecinos (con Egipto a la cabeza) invadieron Palestina y no depusieron las armas hasta la firma de un armisticio en 1949, tras lo cual resultó que los judíos se llevaban una tajada mucho mayor de la mitad contemplada en la primera previsión de Naciones Unidas. La Franja de Gaza quedó bajo control egipcio, pero las sucesivas escaramuzas bélicas (Guerra de Suez, Guerra de los Seis Días) permitieron que Israel acabase anexionándosela. Durante 45 años los judíos gobernaron con brazo de hierro, y de muy mala gana cedieron casi todo su control cuando en 1994 los Acuerdos de Oslo les obligaron a permitir que el 80 % de la Franja pasase a la recién nacida Autoridad Nacional Palestina. Israel demostró su mal perder con la imposición de durísimas sanciones, un bloqueo asfixiante y el recrudecimiento de las acciones militares contra el movimiento de resistencia islámico conocido como Hamás, que ha sido considerado “terrorista” por la mayor parte de la comunidad internacional. Los objetivos de Hamas son comparables a los del extinto IRA o nuestra ETA (la liberación de un territorio que consideran ocupado injustamente por un opresor foráneo), pero la respuesta de Israel a sus reiteradas “intifadas” ha sido más bien desproporcionada. Que sí, que es cierto que el pasado 27 de diciembre Hamas lanzó, como solía ser habitual, diversos ataques sobre poblaciones israelíes, pero la dureza aplicada por los israelíes ha rozado la brutalidad: los bombardeos, los ataques aéreos y la tremebunda ofensiva terrestre aún en curso ya han dejado más de 500 muertos palestinos en tan sólo 9 días. El presidente Simon Peres declina hacer caso a las crecientes peticiones populares de alto el fuego que recorren el mundo entero, y desde aquí, desde un modestísimo blog que tantas veces mezcla lo personal con lo trascendental, lo frívolo con lo social, tan sólo puedo adherirme al breve manifiesto pronunciado por el insigne Daniel Barenboim mientras dirigía hace cuatro días el Concierto de Año Nuevo: “PAZ EN EL MUNDO Y JUSTICIA EN ORIENTE MEDIO”. Sería, sin duda, uno de los mejores regalos de Reyes para la Humanidad.

domingo, 4 de enero de 2009

Año Viejo, Año Nuevo


Por fin quedó atrás. Mi 2008 se desvaneció sin mucho estrépito, en una bruma con olor a gamba asada y regusto a sidra. Fue un año extraño, con algunas cosas buenas y demasiadas malas. Un año en el que sufrí bastante y, lo que es peor, hice sufrir, que es lo más imperdonable. Tuve entre mis brazos, rozándola con la punta de los dedos y al alcance de los labios a la Felicidad encarnada en mujer, y lo único que se me ocurrió fue dejarla escapar. Siempre lo digo: no sé funcionar bajo los auspicios de la razón, sino a golpe de corazón. Y el corazón golpea con una dureza brutal. Habían sido años duros, años de idas y venidas, de una huída en espiral que me alejaba y me traía de vuelta a lo que llegué a pensar que era un amor sincero y honesto, superviviente a una y mil adversidades. Lamentablemente, estaba ciego y sordo ante la realidad, no quise ver ni quise escuchar las advertencias de quienes habían tratado de hacerme despertar. Al final, acabé despertando, y, por fortuna, no fue demasiado tarde. Supongo que es como el viejo chiste del escorpión que pide ayuda al elefante para cruzar un río, y, a mitad de la travesía, el instinto se sobrepone a la lógica y le pica, aun a sabiendas de que, hundiéndose uno, morirán los dos. Algunas personas son lo que son y no pueden dejar de serlo, y antes o después afloran sus instintos o sus necesidades o la simple crudeza de sus más íntimos planteamientos, y todo el amor que dieron no era una entrega desinteresada sino los primeros plazos de la compra de un futuro de seguridad. Pero el genuino amor ni se compra ni se vende, y una decepción tan brutal hace despertar a cualquiera. Yo desperté en el fondo de un pozo de dolor y también de remordimientos, y una mano blanca y generosa me ayudó a trepar hacia la luz. No tengo palabras para agradecer tanta ternura y tanta fe. Una fe en mí que ni yo mismo hubiera tenido. Gracias a Ti, el último mes de mi 2008 me permitió despedir el año con esperanza y no desde la frustración, y tan sólo lamento que el primer día de 2009 lo viviese hecho una piltrafa humana derretida en vómitos y diarreas. Malditos virus, no respetan ni siquiera la ilusión de comenzar con optimismo el que puede ser el mejor año de nuestras vidas. Que para todos vosotros, queridos lectores, también pueda llegar a serlo.