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viernes, 19 de diciembre de 2008

"¿Es usted Luis?"


Cuando alguien con quien tengo cierta confianza de repente deja de hablarme de “” para volver a llamarme de “usted”, como cuando no nos conocíamos ni de vista, me pongo a temblar. “Algo malo me va a decir”, pienso en lo más recóndito de mi subconsciente. El caso es que ayer volví a quedarme en Lorca al acabar mi jornada laboral, y ¿qué mejor sitio para comer que el mismo bar en el que desayuno todas las mañanas?. “Where Everybody Knows Your Name”, decía el estribillo de la canción de cabecera de la maravillosa serie “Cheers”, en la que Ted Danson daba vida al dueño de una taberna tan acogedora que los clientes que entraban en ella se sentían como en casa, ya que “todo el mundo conocía su nombre”. Eso mismo me sucede a mí en el Bar La Aldea, donde almuerzo cada día desde más de un año. Eran las tres y media y estaba inmerso en la finalización del menú, cuya composición nominal, por cierto, era incapaz de recordar. “¿Qué era eso tan rico cubierto de tomate frito?” “Huevos al plato” “Ah, sí, un plato sí había, y me parece que uno o dos huevos también. ¿Y esa carne adobada?” “Ahí sí que me pillas”, contestó mi subconsciente, “Era una especie de filete, pero no me preguntes más porque yo también lo ignoro”. El postre que tenía entre manos era más fácil de identificar, entre otras cosas porque venía envasado en una tarrina de plástico que rezaba “Mousse de Chocolate”. Ya estaba terminándomelo cuando la propietaria del establecimiento, desde la barra, me miró y me habló. “¿Es usted Luis?”, escuché que me decía. “Uyyy… Mala barraca….”, pensé yo cuando la barwoman, con la que hablaba a diario, había retrocedido a los tiempos oscuros del desconocimiento y volvía a dirigirse a mí como quien se refiere a alguien a quien en su puñetera vida ha visto. “Er… Sí…”, atiné a contestar, mientras los nervios empezaban a burbujear en mi interior. Un segundo después, la camarera se encaminó hacia mí, como en cámara lenta, portando en su mano un plato que contenía un vaso que albergaba un líquido dorado en el que flotaba lo que parecía ser una bolsita rematada en un hilo y una pequeña etiqueta. Automáticamente se proyectó en mi mente la famosa secuencia de “Encadenados”, de Alfred Hitchcock, en la que Ingrid Bergman está a punto de ser envenenada y la cámara se recrea impúdicamente en la taza que contiene el veneno destinado a causar su muerte. Como quiera que me vio dubitativo y posiblemente lívido ante el vaso incógnito, la mesonera me preguntó: “¿Ocurre algo?” Alcé la vista y traté de esbozar una sonrisa: “No, nada…” “¿No era así como lo querías?” “¿Mande?” “El tewi”. “¿Qué tewi?” “Pero si te pregunté si querías un tewi… y me dijiste que sí… ¿No te gusta cómo te lo he preparado?”. Creo que me sonrojé hasta niveles indescriptibles. “¿Es usted Luis?” fue lo que yo escuché. “¿Quieres un tewi?” fue lo que ella realmente dijo. “QUIE-RES-UN-TE-WI” versus “ES-US-TED-LUIS”. La similitud métrica y fonética era total. Me eché a reir, aliviado. Ya no me había vuelto un desconocido para la tabernera. Ni siquiera me importó que ella, probablemente a causa de un súbito ataque de amnesia, no recordase que lo que yo acostumbro a pedir es un café con leche (ca-fé-con-le-che) y nunca jamás un tewi (híbrido nacido de padre acuático y madre alcohólica adicta al whisky, y rebajado con unas hierbecillas muy british), el cual, por cierto, ni siquiera fui capaz de terminarme, a pesar de que puse todo mi empeño en abrirme a esos nuevos placeres gustativos.

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