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lunes, 3 de noviembre de 2008

Retorno


Esta misma mañana lo he escuchado en la radio: 2.000 familias de ecuatorianos residentes en Murcia, España, han solicitado al Consulado de Ecuador el inicio de los trámites para retornar a su patria. Para ellos es el final de un sueño, justo cuando empezaba a convertirse en pesadilla. Hace apenas unos años veían a España como la Tierra de Promisión: un país europeo, democrático, sumido en una época de prosperidad y en el que se hablaba su lengua materna. Ecuador atravesaba una época complicada y el trabajo escaseaba. Muchos hombres y mujeres echaron mano del espíritu aventurero y se subieron a un avión que aterrizó en un aeropuerto español. Lo habitual en estos casos era simplemente dirigirse al campo o a la huerta más cercana y solicitar empleo. Los españoles nos habíamos ido haciendo tan “señoritos” y remilgados que a algunos les parecía un descrédito y casi una vergüenza tener que agachar el lomo para recolectar tomates o pimientos. Llegó un momento en el que, si pasabas a primera hora de la mañana por los lugares habituales de recogida de jornaleros, la inmensísima mayoría de éstos eran sudamericanos o africanos, brillando por su ausencia los currantes autóctonos. Lo que sucede últimamente es que cada vez hay menos gente aguardando la llegada del viejo autobús que conduce al campo o al almacén agrícola, en el que la producción ha menguado drásticamente. Pero lo peor es la debacle que ha acontecido en torno al mundo de la construcción. Conozco ecuatorianos que se plantearon seriamente permanecer en España por los siglos de los siglos, capataces de obra que con su sudor pudieron pagar la entrada para una vivienda donde vivir dignamente y desde la que retornar a su país tan sólo durante breves períodos vacacionales. La puñetera crisis les ha dejado, como a tantos otros, con el culo al aire, y de repente parece que incluso la precariedad que aún asola Ecuador es una tentación prácticamente irrenunciable. La patria tira mucho para el inmigrante, tanto o más que las tetas para el hombre que se enamora irracionalmente. Es una forma de hablar, apenas una frase hecha, pero su significado siempre está de actualidad y es perfectamente inteligible: por amor somos capaces de cometer no pocas locuras irracionales. Estoy seguro de que hay mucha gente que sabe cómo anteponer el juicio, el interés y la lógica al devenir de los sentimientos, e incluso quienes controlan estos últimos para que no se inmiscuyan en la culminación de sus propósitos. Yo, cada vez que me propongo derrotar al corazón a golpe de pensamiento, acabo mordiendo el polvo. Y lo malo no es que yo sufra, sino que ande haciendo sufrir a quienes me quieren o simplemente me rodean. Esa debería ser la máxima a seguir: “No sufras pero, sobre todo, no hagas sufrir”; algo muy parecido al “Vive y deja vivir” (o al “Vive y deja morir” de James Bond, que es algo menos solidario). Llevo unos días en los que mis habituales calentamientos de cabeza (“neuras”, los llamó alguien) se han agravado cuantitativamente, y mis rezos para que el Hacedor me haga diferente, más parecido a mi prima la canguro o a la hermana de una de mis “ex”, que a mi yo interior, no han sido oídos. Los problemas no se arreglan ni disminuyen, sino que se multiplican y enrarecen. Ahora mismo soy un poco víctima del fin del sueño ecuatoriano al que aludía anteriormente: mi pareja ha escuchado la llamada de sus ancestros y da por hecho que, antes o después, tomará el avión de vuelta que la llevará a reunirse con los familiares que hace años dejó atrás. Hasta cierto punto es lógico; la ilusión del emigrante es que su última y definitiva migración le lleve de vuelta a la tierra en la que nació. Pero, ¿y la gente que ha conocido en su país adoptivo, con la que ha establecido lazos invisibles que en algunos momentos parecieron indisolubles? “Vente conmigo”, me ha dicho, “Vente a vivir conmigo a mi país”. Las sirenas cantaron en la noche, alrededor de un desamparado Ulises al que Itaca se le antojaba casi inalcanzable. Si me pongo a pensarlo, notaré que mis prioridades sólo lo son porque son mías: mis hijos, mis padres, mis amigos, mi trabajo; a ninguno de ellos me los podría llevar conmigo, ni a Ecuador ni a ningún otro sitio. Y quien dejó atrás prioridades similares al vivir y permanecer hasta hoy en un país que no es el que le vio nacer se cree amparado por la justicia y por el derecho cuando me pide que acometa un sacrificio así. ¿Cuál ha de ser mi respuesta a tan inocente proposición? Difícil es, mucho más de lo que a primera vista pudiera parecer. Lo primero en lo que uno piensa es en dos niños aún pequeños a los que necesita como el aire aun cuando no los vea cada mañana; en unos padres cada vez más indefensos que no tienen más apoyo que un servidor; en un puesto de trabajo probablemente mucho más seguro e ilusionante que cualquiera que pudiera obtener allá; en unos colegas que, en la mayoría de los casos, conservo desde que era apenas un crío, y en otros amigos y amigas que, aunque han entrado en mi corazón hace mucho menos tiempo, su huella en él es tan grande como irrellenable sería el vacío si no los viese más. Si la decisión tuviera que tomarla hoy, sería muy fácil. Pero ¿y si el momento decisivo no tuviese que ser el presente, sino que pudiera posponerse cinco, diez, veinte años? Veinte años no son sólo 7.300 días mal contados; suponen toda una vida. Mil cosas pueden haber cambiado de aquí a entonces. Claro que echo mano de mi historial no profesional y me entra un vértigo que me marea. Para mi desgracia, mi relación sentimental más duradera se ha prolongado durante la friolera de… diez años. Miro al cielo y sólo veo nubes, y la mayoría son grises. ¿Dónde aterrizará el avión con destino a mi futuro? Yo no lo sé. Nadie lo sabe. Ni siquiera creo que lo sepa Susanna Tamaro, que hace años publicó su celebérrima novela titulada, a modo de culebrón transalpino, “Donde el corazón te lleve”.

3 comentarios :

bichito dijo...

Si soy una de esas amistades que no hace mucho entraron en tu corazón....Gracias, de todo corazón.
Te echaría de menos si lo hicieras, por q de la misma manera, también entraste en mi corazón.

Anónimo dijo...

gracias por compartir "tus sentimientos en EL blogg..."

Eres un Buen hombre...no me extraña que te quieran llevar hasta el fin del mundo...

yo tambien te hubiera llevado, si fuese el caso.

y por supuesto tambien te echaria de menos si te fueras.

si te pudiera dar un consejo seria que Tu debes estar... con todos aunque a veces la distancia impida un poco estar mas cuerpo a cuerpo.

Es verdad los hijos, los padres, el trabajo, los amigos, la vida de uno no es facil cambiarla, aunque si no tienes en cuenta todo esto, es muy sencillo.

mucha suerte siempre en todo aquello que emprendas o quieras realizar.

una amiga.

MARISA

Luis Campoy dijo...

No siempre uno puede mostrarse como realmente es. Por diversas circunstancias (vergüenza, timidez, inoportunidad del momento elegido...), la mayor parte de las veces pasa la vida y alrededor nuestra pasan las personas sin poder llegar hasta su corazón y, lo que es incluso peor, permitirnos recibirlas dentro del nuestro. Os agradezco vuestros mensajes, bichito y marisa, más de lo que os podáis imaginar, porque sé que provienen de la sinceridad, porque no persiguen fin alguno, porque dáis vuestro afecto... sin esperar nada a cambio, sin aspirar obtener un premio tras un tiempo de amistad. Mil gracias y mil besos a las dos.