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viernes, 14 de noviembre de 2008

Amor incondicional


Mi madre lleva dos días llorando. Las decepciones, las frustraciones y la desilusión hay que purgarlas con lágrimas. Y ¿qué es esta puta Vida sino un eterno Purgatorio disfrazado de vistosos oropeles? El destino de un padre no es sino sufrir por su hijo, así tenga tres meses o cincuenta años. A veces, incluso se sufre pensando en los posibles malos tragos que deberá afrontar el vástago cuando su sufrido progenitor ya lleve años muerto y enterrado. Esto es lo que le sucede a mi madre desde que le expliqué cuáles eran las “condiciones contractuales” que la “parte contratante” me impone para mantener vigente nuestro tácito “contrato amoroso”. Para ella (la que me parió), éso de tener que plantearme siquiera la posibilidad de tener que recorrer un montón de miles de kilómetros cuando quiera ver a mis hijos (sus nietos) es algo terrible… Supongo que tan terrible como puede ser para un padre ecuatoriano tener que hacerse a la idea de que su hija pudiera quedarse a vivir por siempre a los mismos miles de kilómetros de distancia, y tan sólo podría pasar junto a ella unos breves días de vacaciones cada cierto tiempo. Es un conflicto eterno de difícil resolución: nunca llueve a gusto de todos, nunca se puede tener todo en la vida y siempre hay que renunciar y ceder un poco… o quizás un mucho. En una de sus composiciones menos reivindicables, el inefable Camilo Sesto ya canturreaba aquéllo de que “En la pareja siempre hay uno que se queja” (¡olé la poética inspiración!). Quizá Camilo, en la simplista lógica de su canción, no contaba con que hay veces en que los motivos para quejarse están tan justificados como cuando los emparejados tienen a sus familias respectivas viviendo en continentes diferentes, con todo un océano de por medio. Hasta aquí estamos todos de acuerdo en que el precio a pagar a cambio de seguir disfrutando y sufriendo las mieles del amor es muy, muy elevado. No todo el mundo estaría dispuesto a satisfacer tan altísimo coste si llegase el momento de tomar una decisión. Pero es que, precisamente, lo primero es plantearse cuándo es ese momento, cuándo es preciso pararse a reflexionar y adoptar una determinación inexorable. Hay quienes siguen pensando que hay que vivir de cara al “día de Mañana”; yo, a causa de mis propias experiencias, únicas e intransferibles (vamos, como las de cualquiera), sólo sé y sólo puedo vivir el “día de hoy”… o de la semana o el mes que viene, ya me entendéis. Me he dado cuenta de que tratar de elucubrar ahora sobre aquéllo que me sucederá dentro de diez, de quince o de veinte años es un calentamiento inútil de neuronas. No entiendo cómo se puede programar el reloj del Porvenir y, evidentemente, no concibo la existencia en función de los “intereses” o de los “beneficios” que podré obtener como consecuencia de haber permanecido al lado de una persona a la que, teóricamente, tan sólo me unieron lazos afectivos. No, lo mío no es la Bolsa. Ni tampoco la negociación diplomática. Todavía no entiendo cómo soy capaz de escuchar la temida frase “Mis condiciones son…” y no salir corriendo en dirección contraria. Las “condiciones” me repatean el escroto con consecuencias imprevisibles. De hecho, creo que el día que convertimos en palabras pronunciadas de viva voz nuestro reconocimiento de que, por mucho que afirmamos amar a alguien, nuestro amor NO es incondicional, las probabilidades de que esa persona acceda a permanecer a nuestro lado disminuyen hasta una cifra aproximada del cincuenta por ciento. Si damos a elegir a alguien entre “blanco” o “negro”, cualquiera de las dos opciones tiene los mismos visos de ser aceptada. De algún modo, es como si, cuando pretendemos que alguien nos elija en detrimento de otra posibilidad que nos aterra siquiera considerar, ingenuamente estuviéramos empujándole hacia ella. Poner condiciones es jugar con fuego, y uno de los dos, el condicionante o el condicionado, puede acabar quemándose. Por éso, es mejor apagar el incendio antes de que se desate en toda su virulencia, y nada mejor que hacerlo desde la reflexión y la madurez. Antes de que el Señor se bajase de la cruz y antes incluso de que Noé se sacase el título de piloto náutico, ya se sabía que el Amor conllevaba un listado interminable de pequeñas y grandes renuncias, de grandes y pequeños sacrificios. Para que dos puedan ser felices, uno tiene que ceder. Tampoco es cuestión de que el que cede tenga que ser siempre el mismo. Pero cuando se analiza una situación y se admite su gravedad y hay que asumir que, para continuar al lado de alguien, hay que dejar de lado el egoísmo y renunciar al bien propio a cambio de procurar el bien de quien nos ama y al que amamos, se debe tener muy claro por qué o para qué se ha estado, se está y se piensa seguir estando al lado de ese alguien. Y la única razón válida, como siempre digo, es el amor sincero y desinteresado. Anteponer una serie de condiciones a la entrega en cuerpo y en alma puede provocar que nuestra alma y nuestro cuerpo sean cada vez menos deseados y menos necesitados, y por éso debemos ser lo bastante maduros como para asumir que, una vez descubiertas las cartas que guardábamos bajo la manga, la partida pueda desarrollarse a un ritmo vertiginoso y finalmente podamos perder todo lo que hasta entonces habíamos ganado. El amor es lo único importante, lo único que podemos dar y esperar recibir, y el día que tenemos que vivir es el día de hoy, no el de mañana. Espero que mi madre deje de llorar, porque las decisiones drásticas sobre el futuro hay que adoptarlas en el momento oportuno a tenor de las circunstancias reales que se presenten entonces, y yo me declaro absolutamente incapaz de decidir ahora lo que haré o dejaré de hacer cuando, laboral y familiarmente, sea mínimamente lógico el plantearse la conveniencia de dejarlo todo por acatar las exigencias unilaterales de un amor no demasiado incondicional.

2 comentarios :

bichito dijo...

Lo único que una madre no podría soportar, es la ausencia "eterna" de sus hijos. Así que una madre haría cualquier cosa por no ver sufrir a sus hijos...si pudiera, hasta intentaría volver a mimarlo dentro de su útero, con tal de que nadie ni nada ajeno le haga daño. Por que es su mayor y preciado "tesoro". Reiría si con ello ve a su vástago feliz, aunque por dentro sea un río de lágrimas. Eso me lo ha dicho muchas veces mi madre a mí. Y sé que es cierto. Por que yo soy madre y sé el significado de esas palabras. Si yo soy feliz...ella es feliz. Si me ve triste...ella está triste.
Espero y deseo que tu madre haya dejado de llorar. Por que también es triste ver a una madre llorar.

Besitos

Luis Campoy dijo...

Bueno, por fin a alguien le importa el daño que pueden sufrir los inocentes que son como daños colaterales del egoísmo ajeno. Te agradezco que preguntes. Sí, mi madre ya no está en fase de llorar. La fase en la que está entrando ahora es la de que le han cambiado radicalmente todas las opiniones que antes tenía acerca de ciertas personas, y si antes decía que "Quiere a quien me hace feliz", ya puedes imaginarte lo que empieza a sentir ahora respecto a quien me hace sufrir. En fin, así es la vida.