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viernes, 28 de noviembre de 2008

Cambios de look


Coincidiendo con el inicio de esta nueva (y no dudo que mejor) etapa de mi vida, durante unos días he lucido un nuevo aspecto que confío no tenga que recuperar. Como si de un monje franciscano se tratara, mi cabello parecía recortado tras haber utilizado como molde una ensaladera invertida encasquetada en mi cabeza. Naturalmente, mi carismático y campechano barbero Sebastián no fue culpable íntegramente de este desaguisado. El sólo cumplió mis indicaciones de “igualar y emparejar”, pero lo cierto es que a un barbero le gusta más cortar el pelo que a Leo Messi chupar balones, y el hombre se afanó tanto que mi finísimo cabello lució tan emparejado y tan igualado que los destellos de mi cráneo turgente resplandecían homogéneos por toda la superficie. Estaba claro que algo había que hacer para que mi precaria imagen no quedara irremisiblemente deteriorada, y opté por orientar mis folículos capilares en dirección “norte/sur” y no “oeste/este” como de costumbre, un camuflaje temporal que me pareció honroso. “Veo que has cambiado tu look”, me comentó un compañero mientras yo me lavaba mis manos y él tenía entre las suyas una de sus posesiones más preciadas. “Sí, es que me han cortado tanto el pelo que no puedo peinármelo como antes”, respondí. “Vamos, que te estás quedando calvo y quieres disimularlo”, replicó el meón indomable, haciendo gala de un tacto exquisito. Salí del aseo y otro de los diplomáticos natos que trabajan codo a codo conmigo se me quedó mirando y me espetó: “Mejor que peinarte de esa manera, tendrías que asumir la calvicie como hago yo”. Mi compañera, la única fémina del lugar, al oírlo izó su cabecita por encima del mamparo de cristal que nos separa, y sonrió tenuemente sin decir nada. Menos mal. Alguien dijo una vez que “Quien no se parece a sus padres, es un marrano”, y yo no puedo renegar de mi irrenunciable herencia paterna. Mi padre, mis tíos y mis abuelos tienen o tenían auténticas bolas de billar sobre los hombros, y bastante mérito tiene el haber llegado a mis taytantos años pudiéndome peinar como me he peinado desde la niñez. Aunque tampoco yo disfruté cuando me detenía ante un espejo y lo que veía no se parecía al recuerdo que tenía de mi clásico aspecto. Durante tan aciagas jornadas, traté de conseguir el teléfono de José Bono, el ínclito Presidente del Congreso, que hace poco apareció con la testa repoblada, pero, como no pude averiguar de dónde sacó tan majestuosa melena, opté por llamar a mi amiguete Tomás, que me porporcionó bajo cuerda el número de su tricólogo de cabecera. Por si no lo sabéis, el tricólogo no es el diseñador de los tricornios de la Guardia Civil, sino el dermatólogo que se ha especializado en los dramas capilares. A mí me sigue pareciendo que, para conservar el pelo, lo único infalible es guardarlo en una caja una vez se te ha caído, pero es innegable que en estos últimos tiempos han proliferado diversos tratamientos mágicos que han permitido que tanto Bono como mi amigo Tomás ya no tengan que recurrir a hilarantes bisoñés para no tener que presumir de frente despejada. Yo todavía no me hago a la idea de que hace seis días mi incipiente alopecia era un secreto tan bien guardado como esas hemorroides de las que, por fortuna, aún no disfruto, y ahora, de repente, llevo tatuado en la frente que soy hijo de mi padre. Así que, en tanto en cuanto no me crece un poco el pelamen que aún no se ha caído y me decido a telefonear al tricólogo taumatúrgico, voy a tener que huir de los espejos como quien huye de la peste, y quién sabe si no le acabaré pidiendo a Caballo Loco la cabellera que le cortó al General Custer, a Indiana Jones su sombrero Fedora, a Fernando Alonso su gorra de piloto… o al teniente coronel Tejero su famoso tricornio.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Cine/ "QUANTUM OF SOLACE"


El consuelo de la venganza

Pequeño paso en falso tras la estupenda reformulación del mito bondiano en “Casino Royale”, “Quantum of Solace” no es ni mucho menos la peor película de la serie (título que se disputarían delirios como “El hombre de la pistola de oro”, “Moonraker”, “Diamantes para la eternidad” o “El mañana nunca muere”), pero sí deja un sabor de boca algo agridulce. El principio del film es apabullante; en realidad, DEMASIADO apabullante: una persecución automovilística por tierras italianas, con James Bond/Daniel Craig zafándose de sus enemigos en el interior de un túnel. El ritmo de la secuencia es vertiginoso, una proeza de filmación y sobre todo de montaje, y lo mejor (¿lo peor?) es que, una vez terminada, enseguida tiene lugar otra secuencia de persecución tanto o más movida que la anterior. Naturalmente, se le presupone a cualquier film del agente 007 la proliferación de este tipo de escenas trepidantes e hiperespectaculares, pero, cuando en apenas 15 minutos ya han tenido lugar dos de ellas, y, sin embargo, en el tercio final del film se produce una importante laguna que casi induce al tedio, me temo que algo está fallando. ¿Y qué falla?. Para empezar, el villano. Una de las características de esta nueva etapa con el rubio Craig vestido de smoking es el intento de aferrarse a un realismo, o, mejor dicho, a una especie de “posibilismo” en el que personajes y situaciones sean más “policíacas” que “fantásticas”, con más elementos de “thriller” y menos de “ciencia ficción”. Ello conlleva una “humanización” o “racionalización” de los “malos”, que ya no son tan megalómanos como los Blofeld, Drax o Stromberg de antaño, por lo que también resultan menos amenazadores, menos fascinantes, menos interesantes. Si ya el LeChiffre de “Casino Royale” era uno de los puntos débiles de aquella, por otra parte, estupenda película, este Dominic Greene interpretado sin pena ni gloria por un grisáceo Mathieu Amalric constituye un gravísimo hándicap: como he dicho en infinidad de ocasiones, el héroe vale y destaca tanto más cuanto más “miedo” impone el villano al que ha de enfrentarse; aquí, Greene es un patético don nadie al que, sin su cohorte de guardaespaldas, poco más le queda aparte de unos ojos saltones bastante desagradables. Otro de los fallos es la excesiva supeditación a la citada “Casino Royale”, de la que “Quantum of Solace” es una especie de continuación o secuela. Aunque pocos lo digan, el “intraducible” título original vendría a significar “Una pizca de consuelo”, haciendo referencia a la necesidad de James Bond no sólo de superar el dolor que le produjo la muerte de la hermosa Vesper Lynd (Eva Green) al final de la aventura anterior, sino de vengarla aun a costa de llevarse por delante a todo bicho viviente que se le ponga a tiro. Casi diríase que este 007 más cercano, más sobrio, más duro y más humano se ve obligado, a causa de esta especie de luto, a ser menos promiscuo, por lo que se reduce a la mínima expresión el característico aluvión de espectaculares “chicas Bond”, aquí representadas por una Olga Kurylenko bastante menos sexy de lo que aparecía en “Max Payne” y una mucho más atractiva Gemma Arterton cuyo trágico fin (bañada en petróleo al igual que Shirley Eaton perecía bañada en oro en “Goldfinger”) constituye uno de los momentos inolvidables del film. Indiscutiblemente bien rodada, prodigiosamente montada y deliberadamente supeditada al lucimiento de un Daniel Craig incluso más asentado que en su primera incursión en la serie, “Quantum of Solace” peca, para mí, de un desequilibrio demasiado evidente entre sus escenas de acción y sus momentos de sosiego, perjudicado por la falta de carisma del villano y el exiguo interés de la trama principal, que ya no versa sobre la destrucción del mundo sino sobre el aprovechamiento de los cada vez más escasos recursos naturales. Afortunadamente, las estupendas composiciones de Judi Dench (“M”), Jeffrey Wright (Felix Leiter) y, especialmente, Giancarlo Gianini (“Mathis”), los nuevos secundarios fijos de la serie, suponen una reconfortante y gratificante pizca de consuelo.

Luis Campoy

Lo mejor: Daniel Craig, el arranque, la catarsis final
Lo peor: el desequilibrio entre la excesiva acción y la trama principal carente de interés, el villano a cargo de Mathieu Amalric
El cruce: “Casino Royale” + “Licencia para matar” + “Bajo el fuego”
Calificación: 7 (sobre 10)

martes, 25 de noviembre de 2008

Matrimonio


A veces pienso que llevo escrito en la frente, en letras rojas parpadeantes, “SOY GILIPOLLAS”. Si no, no entiendo por qué me pasan ciertas cosas. Desde que soy capaz de recordar, el ser comprensivo, paciente, respetuoso, tolerante y, sobre todo, confiado no me ha traído más que disgustos. ¿Sabéis que me he casado dos veces? A menudo suelo decir que la primera es casi como no hubiera existido, ya que no se dieron determinados supuestos que se presuponen en el seno de un matrimonio. Sin embargo, al extinguirse el mismo, al cabo de menos de cinco años, tuve que pagar una pensión compensatoria tras cuyo vencimiento la señora o señorita en cuestión me exigía poco menos que una retribución vitalicia. Parece mentira, pero, para subsanar tal despropósito, tuve que recurrir nada menos que a la Audiencia Provincial de Murcia, e incluso a la Iglesia, que me brindó, con toda justicia y toda lógica, la Nulidad Matrimonial. Casi podría decirse que, tras casi dos años de velar religiosamente por el desequilibro económico de mi ex-mujer, salí bien librado del atolladero, pero soy tan imbécil que no me bastó con convivir con la segunda compañera que tuve y acabé casándome con ella, por el Juzgado y también por la Santa Madre. Sobre esta segunda desventura poco tengo que contar: surgieron las clásicas “diferencias irreconciliables” (aderezadas con determinados ingredientes que no vienen al caso) y, nuevamente, lo que empezó tuvo que acabarse. Mantener a dos niños a los que adoras aunque no vivas con ellos es una obligación moral innegociable, y añadir a esas dos pensiones una tercera, de carácter transitorio y cuyo objetivo es ayudar a la subsistencia de su madre en tanto en cuanto encuentra un empleo, no me pareció del todo ilógico, así que durante un tiempo lo pasé francamente mal, ahogado en penurias económicas de las que salí gracias al apoyo de mis padres. Pienso que cualquiera que haya leído hasta aquí podrá entender por qué, aun respetando (como procuro respetar cualquier convicción ajena) la institución matrimonial, considero que, con dos bodas fallidas a cuestas, ya he tenido bastante. De hecho, como tal vez podéis imaginaros, cada vez que he conocido a alguien nuevo, lo primero que me han aconsejado mis familiares y amigos ha sido “… Pero ni se te ocurra volver a casarte”, consejo que hasta el día de hoy he seguido al pie de la letra, no por imposición sino por pura convicción. La realidad es que una pareja funciona exactamente igual casada que “arrejuntada”. La realidad es que casarse no es necesario para amar a alguien, para consagrar tu vida a alguien, y, por el contrario, el fracaso de una relación de pareja es un millón de veces más doloroso cuando, además de la frustración puramente espiritual, intervienen otra serie de componentes que solamente se dan cuando, además de convivir, has pasado previamente por un altar o un juzgado o un lujoso salón municipal. Estaba seguro de que cualquier persona que se fijase en mí entendería y comprendería mi situación y mi razonamiento, estaba convencido de que todo ésto quedaría claro y cristalino… hasta que llegó ella. Era una princesa venida de allende los mares, y lo cierto es que los españolitos son tan xenófobos que mi círculo de conocidos enseguida se posicionó en contra suya. La verdad es que todos hemos oído historias de españoles incautos, por lo general rondando la cuarentena o edades superiores, que iniciaron un romance con una joven latina y, antes de darse cuenta, se vieron tirados en la puta calle, desposeídos de sus propiedades y, además, teniendo que pagar pensiones de separación para la esposa y alimenticias para los nuevos descendientes hispanolatinos. Yo estaba convencido de que las personas importan más que los prejuicios, de que un individuo no puede ser juzgado por su nacionalidad ni su procedencia, e incluso estuve “castigado” un mes sin ver a mis hijos como consecuencia de mi apego a esta relación que ha durado casi tres años. Nunca los múltiples problemas que habíamos tenido se debieron a que esta mujer se comportase según el temido modelo “ecuatoriano” (dicho con todo respeto hacia la inmensa mayoría de bellísimas personas nacidas en aquel país), y nunca jamás ví en ella ninguna otra motivación que no fuese la del amor más puro, altruista e inasequible al desaliento que hasta entonces había conocido. Repentinamente, sin embargo, se ha operado un cambio brutal. El altruismo ha dado paso a los condicionantes, el amor se ha convertido en una circunstancia de carácter secundario. Donde antes se dijo “Te quiero y nunca me perderás” ahora se dice “Quiero casarme”; donde antes se leía “Voy a estar contigo siempre” ahora se atisba a leer “Si no te quieres casar conmigo es porque no me quieres tanto como dices y es mejor que terminemos”. Me pregunto cómo y por qué se operan estos cambios en los corazones y en la mentalidad de las personas. Seguramente hay un millón de razones, pero yo no he visto ni veo ninguna. Sólo sé que, de la noche a la mañana, una licencia matrimonial importa más que una promesa, una exigencia prevalece sobre un sentimiento y celebrar una boda se prefiere a disfrutar toda una vida. Me siento particularmente espeso este martes. Será porque ayer fue festivo en Lorca y me ha afectado negativamente la sobredosis de días ociosos. Creo que nunca había tenido que hacer frente a una situación así. Nunca nadie me había planteado una condición como ésta a cambio de seguir queriéndola, nunca había sentido en la sien el frío acero de una pistola dispuesta a disparar una bala de dolor y olvido si no agachaba la cabeza y pasaba por el aro. Sin embargo, nada de lo expuesto puede cambiar mis principios y mis convicciones, que ya desplegué en esta misma página días atrás: el amor de verdad no pone condiciones, el amor de verdad no pide y mucho menos exige nada, sino que tan sólo da y ofrece todo, sin medida y sin esperar a cambio otra cosa que no sea más amor. Así había sido hasta ahora, exactamente así, pero así ha dejado de ser. ¿Por qué? ¿Por qué esa transformación? Desconozco las causas, los motivos y los porqués. Sólo sé (y parafraseo al genial Groucho Marx, quien dijo aquéllo de que “Nunca sería socio de un club que admitiera como miembro a un tipo como yo”) que nunca podría vivir conmigo mismo si la condición a cambio de estar conmigo fuese aceptar una serie de condiciones.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Cine/ "RETORNO A BRIDESHEAD"


La british campiña, revisitada

Cuando se habla de “Retorno a Brideshead”, todavía hoy se recuerda, con cariño y veneración, una excelente serie televisiva que, sobre la novela homónima de Evelyn Waugh, protagonizaron, a principios de la década de los 80, unos insuperables Jeremy Irons y Anthony Andrews. La trama era levemente escabrosa, aunque el tratamiento era tan sobrio y exquisito que nadie pudo ofenderse. Charles Ryder, un joven de clase media tirando a baja, conoce en la Universidad de Oxford a un estudiante bastante peculiar. Sebastian Flyte alardea tanto de su posición social como de su evidente homosexualidad, y muy pronto invita a Charles a acompañarle a Brideshead, su lujosísima mansión situada en las afueras de Londres. El contraste entre su mediocre existencia y la ampulosidad en la que se desenvuelven los Flyte obnubila al introvertido Charles, que a partir de ese momento reparte por igual su interés amoroso entre Sebastian, su hermana Julia y la propia hacienda de Brideshead. Lo primero que pensé cuando supe del estreno de esta nueva versión cinematográfica fue que era imposible superar el recuerdo del serial en el que se dio a conocer Jeremy Irons, aunque lo cierto es que los resultados del film que ha dirigido Julian Jarrold no son nada desdeñables. Existe una especie de subgénero que podríamos denominar “Clásicos de la Literatura Británica” que siempre se aborda con especial mimo y respeto, y en el que podríamos incluir un sinfín de títulos en su mayoría memorables como “Orgullo y Prejuicio”, “Sentido y Sensibilidad”, “Lo que queda del día”, “Expiación”, “Frankenstein de Mary Shelley” y algunas adaptaciones de Shakespeare como “Hamlet”, “Othello” y “Mucho ruido y pocas nueces”. Todas estas propuestas tienen asegurado al menos el aprobado, ya sea sólo por su exquisita puesta en escena, ambientación, fotografía y música. “Retorno a Brideshead” no es una excepción, si bien no puede decirse que alcance el nivel de calidad del mencionado precedente televisivo ni el sentido del ritmo de las más logradas “Sentido y Sensibilidad” y “Orgullo y Prejuicio”. También es cierto que la novela de Evelyn Waugh da menos juego que las de Jane Austen; ninguno de sus personajes logra escapar satisfactoriamente de la férrea dictadura de la moralidad victoriana y su dramatismo carece del contrapunto de cualquier aporte cómico, con lo que es menos amena, menos digerible para un espectador medio. Tampoco me pareció acertada la elaboración del casting, donde ni Matthew Goode (“Match Point”) ni Ben Whishaw (“El Perfume”) logran tomarles la medida a sus personajes, convertirse en ellos, y sólo las mujeres logran dejar auténtica huella. A este respecto, citar a una bella y sensual Hayley Atwell como Julia, a una sumamente envejecida Greta Scacchi y a una malhumorada Emma Thompson que parece un clon de Helen Mirren, con la salvedad de que Mirren está cada día más joven y Thompson, cada día más vieja.

Luis Campoy

Lo mejor: la ambientación, la fotografía, Emma Thompson.
Lo peor: no poder contener algunos bostezos durante su segundo acto, la floja composición de Ben Whishaw
El cruce: “Expiación” + “Lo que queda del día” + “Sentido y Sensibilidad”
Calificación: 8 (sobre 10)

miércoles, 19 de noviembre de 2008

De ecografías y empastes

Tarde de médicos en Lorca. Ayer, justo cuando estaba abriéndose al público el fabuloso centro comercial Parque Almenara, dotado de bolera, tiendas de ropa, hamburgueserías, salas de cine y un hipermercado de la cadena Eroski (por cierto: ningún Eroski tiene el mismo encanto que el de Ronda Sur en Murcia), este humilde servidor de vuestros intelectos tuvo que quedarse anclado en una ciudad que, de momento, sólo utilizo para trabajar y que, si ayer dejé que me retuviera, no fue por ningún motivo lúdico ni agradable. Tengo que admitir que me soliviantan bastante estas necesarias actividades relacionadas con la salud, que siempre es mejor afrontar en buena compañía; claro que ayer tuve que afrontarlas solo, que es lo que suele suceder cuando no hay nadie que te quiera, o cuando quienes te quieren tienen menos de once años o residen a más de cuarenta kilómetros de distancia. El caso es que, una vez cumplida mi jornada laboral, fue poquísimo el tiempo del que dispuse para meterme algo entre pecho y espalda, y no se me ocurrió otra cosa que almorzar en La Aldea de mis amores. Lo hice de pie, en la barra, y todavía no sé qué fue lo que comí. La nueva cocinera, muy joven y guapa ella, se expresaba en un idioma ininteligible forjado a base de g’s y de sonrisas, y, tras una especie de estofado, me sirvió un plato de pequeños trozos de carne en salsa acompañados de puré. El prototipo de flan casero todavía se derretía en mi garganta cuando me subí al coche rumbo a la primera de mis citas médicas. Como hacía en un pasado próximo, dejé el coche en el parking de la Plaza de San Vicente (bien custodiada por la Comisaría de Policía), y recorrí los aledaños de la calle Corredera sumido en recuerdos buenos y malos. Al llegar a la clínica, tuve que esperar de pie ante un mostrador de madera (creo que no fue hasta entonces cuando acabó de bajar el flan de marras), y luego en una sala de espera, donde tuve tiempo de devorar un par de comics hasta que me llamaron. Para mi gusto, hacía demasiado poco tiempo que no me tumbaba en una camilla, y la frialdad de la enfermera (“Bájese los pantalones”) no me tranquilizó los nervios crecientes. Tras un rato mirándome los calzoncillos azules desde una perspectiva horizontal, entró en escena un señor con bata blanca que me preguntó qué síntomas me habían conducido a aquel destino. “Soy miope, no me gusta el ejercicio físico y prefiero crecer mentalmente a correr”, pensé yo, para mis adentros, pero lo que le conté al galeno fue lo del posible cólico nefrítico. “Cójase el pene con la mano y póngalo hacia arriba”, susurró sin tartamudear; “Si hubieras sido mujer y voluptuosa, quizás no hubiera hecho falta que me lo pidieras”, fue mi silenciosa réplica. Un ecógrafo bañado de frío gel recorrió impunemente mi intimidad (se me hizo raro que quien me tocara los huevos no fuese mujer ni parlase audio latino), una y otra vez, y, como no parecía encontrar nada, el operario me inquirió: “Pero ¿dónde le duele?”. “Aquí”, señalé, y el matasanos apretó tanto el electrónico artilugio que, si no me hubiera dolido con anterioridad, hubiera acabado por hacerlo. Pero la exploración no obtuvo los frutos deseados. No había niño, y creo que tampoco alien. Eso al menos era lo que decía el informe contenido en un sobre cerrado destinado a mi urólogo, y que yo forcé (al sobre, no al urólogo) para quedarme tranquilo.


Me sobraba hora y media hasta la hora de la segunda cita de la tarde, y nada mejor que matar el tiempo tomándome una Vichy en la cafetería próxima a mi ex-trabajo. “¿Qué, Luis? ¿Has ido ya a Machala?”, me preguntó Juan, el camarero ecuatoriano. “Todavía no”, respondí; “Ni creo que vaya si es el precio de un chantaje”, añadió mi subconsciente. Llegué a la sala de espera del dentista 30 minutos antes de lo convenido, y entré a la consulta casi un cuarto de hora después de lo acordado (entre medias, más comics pendientes se deslizaron neuronas abajo). Allí estaba Ismael, el segundo Ismael de mi vida clínica (el primero anteponía un “Don” a su nombre y era mi pediatra), y me ofreció una mano empolvada que desprendió una nubecita blanca cuando se la estreché. Y luego dicen que yo me conservo bien… El tal Ismael ha debido hacer un pacto con algún odontólogo del Averno, porque está exactamente igual que hace veinte años; será por la buena higiene bucal. Me hizo sentar en uno de esos sillones que parecen saldos de Guantánamo (por las torturas a que uno se ve sometido en ellos), se caló unos guantes con la pericia de un matón profesional y blandió una jeringuilla cuya aguja se clavó en mi pobre encía… casi sin que yo me diera cuenta, todo hay que decirlo. Y ¿qué pretendía conseguir el batablanca con aquella primera inyección? Muy sencillo: que mi lengua no opusiera resistencia a la segunda. Cuando ya era absolutamente incapaz de sentir nada en el lado derecho de mi boca (¿dónde venderán las anestesias que te impidan sentir nada en el corazón?), Ismael se asomó al balcón de mis fauces (menos peligrosas que las de Dick, Moby Dick) y dijo que, para empezar, había que realizar una limpieza completa. Al acabar la misma, a nuestro alrededor se había levantado una montaña de sarro, y por fin pudo dar comienzo el proceso que había motivado mi visita: un laborioso empaste, aún más laborioso de lo previsto ya que los agujeritos a cubrir se habían multiplicado, y ahora eran dos. Como en el “Todo a 100”, a la hora de ir a pagar, una eternidad más tarde, la enfermera tecleó en su calculadora y me informó de la cuenta: “Han sido tres trabajos: una limpieza y dos empastes. Tres por cincuenta = CIENTO CINCUENTA”. Ahí se me acabó el efecto de la anestesia. Joder, siempre he sostenido que éso del dentista era lo peor que le puede pasar a uno: se pasa más miedo que en Halloween, se sufre más que en el purgatorio y encima te cobran como si en vez de dolor te hubiesen llenado de orgasmos. Mis teorías quedaron confirmadas… como casi siempre. Antes de marcharme, mi amigo Ismael me dijo que tenía que volver porque había detectado tres caries más, y que lo que más le había alegrado era haberme podido hacer la limpieza. “La necesitabas mucho”. Pues sí, tío, pero ya puestos, hubiera necesitado aún más una limpieza de mente o una anestesia del corazón, y de éso me quedé con las ganas, aunque sí que es cierto que salí más ligero de peso: seis kilos menos de sarro y tres billetes grandes menos en mi cartera.

martes, 18 de noviembre de 2008

Cine/ "SOLO QUIERO CAMINAR"


Chilis con gangsters

Una de las películas que ví durante mi reciente viaje a Alicante fue “Sólo quiero caminar”, algo así como una tardía secuela de “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”, debut en la dirección de Agustín Díaz Yanes, quien también dirige esta segunda entrega, con Victoria Abril protagonizando ambos títulos (por cierto, espero que no os molestéis si os revelo que, definitivamente, no habrá tercera parte, o, al menos, no con la misma protagonista). Ya el tráiler de “Sólo quiero caminar” me dejó clavado en la butaca, y con muchísimos deseos de verla. Mis expectativas no se han visto defraudadas en absoluto. Nunca deja de sorprenderme que en esta España de nuestros amores haya quien sepa rodar y montar tan estupendas películas “de género”, y el propio Díaz Yanes es todo un virtuoso, como ha demostrado tanto en la aventura épico-histórica (“Alatriste”, en la que sólo rechinaba el confuso y apretujado libreto, nunca la puesta en escena) como en el thriller policíaco (“Nadie hablará…” y el título que estamos ahora comentando). Dura, a veces cruel, lúcidamente violenta, “Sólo quiero caminar” (que toma su título de la canción de Camarón y Paco de Lucía) cuenta la historia de dos gangsters mexicanos (Diego Luna y José María Yazpik) cuyo imperio criminal hace aguas por culpa de unas mujeres españolas de armas tomar (Victoria Abril, Ariadna Gil, Pilar López de Ayala y Elena Anaya). Dicen los productores del film que una historia así sólo hubiera tenido cabida en México o Rusia, y que la Casa de Putin les resultaba menos atractiva que la patria de Alejandro Fernández. Así pues, retomando al personaje de Gloria Duque (Abril) y parte del entorno gangsteril de “Nadie hablará…”, Díaz Yanes y su elenco femenino cruzaron el charco y rodaron este virulento policíaco que parece que ha molestado menos a los auténticos mafiosos chicanos que “Gomorra” a la Camorra napolitana; al menos, su guionista y director no ha tenido que ocultarse del mundanal ruido. A quien sí debería molestar lo que se ve en el film es al colectivo feminista, porque es vergonzoso e indignante el modo en que se retrata la conducta hipermachista de la inmensa mayoría de los mexicanos, para quienes las mujeres son poco más que putas a las que, con suerte, se las puede reciclar para convertirlas en limpiadoras o, como mucho, criadoras de hijos. Sólo el personaje de Diego Luna parece escapar a este repugnante estereotipo, y ¡así le va al pobre…! Todos sabemos que, en general, en Sudamérica todavía existe un machismo dominante, asumido, desgraciadamente, por muchas señoras que acaban aceptando que su ciclo vital no está completo si no obtienen determinados beneficios a cambio de su entrega, y, tratando de transgredir este destino, es como Elena Anaya se juega el tipo forjando un plan que sus compañeras deberán llevar a cabo en la mejor tradición del subgénero de robos y atracos al estilo de “Rififí”, “Rufufú”, “Topkapi”, “Atraco perfecto”, etc., etc., etc. Analizar la verosimilitud de tan rocambolesco plan me parece innecesario, pero sí tengo que alabar nuevamente el gran trabajo de puesta en escena, dirección de actores y montaje, así como las composiciones de Ariadna Gil, Pilar López de Ayala y José María Yazpik. Definitivamente, me ha gustado esta película. En realidad, he notado que, últimamente, son los thillers (“Wanted”, “Red de mentiras”), cuanto más violentos, mejor, lo que más me hace disfrutar en una sala de cine. Será que dejarse llevar ante tan artístico despliegue de violencia es lo mejor para no pensar en la propia realidad.



Luis Campoy


Lo mejor: Ariadna Gil, José María Yazpik, Pilar López de Ayala, la realización, el montaje
Lo peor: Victoria Abril, la patética imagen que se da del machismo del pueblo mexicano
El cruce: “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto” + “El mariachi” + “Rififí”
Calificación: 9 (sobre 10)

lunes, 17 de noviembre de 2008

Inconformismo



Menudo cambio. Normalmente, mis fines de semana los pasaba en mi casa, invirtiendo mi tiempo en aumentar y embellecer mi colección de música o cine, a veces sacando a pasear a mis progenitores y salir, salir, tan sólo salía durante aproximadamente una hora, a algún sitio cercano al cuartel general al que había que regresar antes de que las responsabilidades asumidas tocasen retirada. Salvo algunas excepciones en las que mi paciencia se sentía colmada, dí por bueno todo aquéllo y, gozoso, lo asumía como la única alternativa viable. El caso es que uno se acostumbra a todo y, en consecuencia, cuando se sale de la propia casa el viernes y no se retorna hasta el domingo, resulta tan inesperado como gratificante. A un tiro de piedra de menos de hora y media, Alicante sigue en pie, llena de alicientes, llena de expectativas, llena de recuerdos. También está llena de comics, aunque ahora un poco menos tras haberme traído yo unos cuantos. Es parte del ritual: desayuno en la Plaza Nueva frente al Aquarium, periplo turístico-comercial que suele terminar con mi brazo cansado de soportar el peso de una bolsa cargada de historietas, aperitivo, comida, café, cine, tal vez más cine, tal vez más café, tal vez paseo en barco, tal vez un poco de marcha, y, finalmente, un descanso muy merecido tras tantas experiencias agotadoras y, tal vez, otras que lo son aún más pero no se pueden transcribir aquí; descanso que suele ser reparador cuando los perros no ladran a la luna y las prostitutas del piso de abajo no resuelven sus diferencias con sus clientes a grito pelado. Si es que, incluso cuando se vive un día casi perfecto, nos despertamos a la mañana siguiente con la sensación de que el nuevo día tiene que ser aún mejor que el anterior, cuando no con la amargura de que ni siquiera todo el bagaje adquirido durante tan hermoso fin de semana nos acaba de llenar la despensa emocional de cara a los largos días laborables que se sucederán. Somos incorregibles, los humanos. Con nada nos conformamos. Y en nuestro propio inconformismo tenemos la causa y la consecuencia de nuestro patético exceso de humanidad.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Amor incondicional


Mi madre lleva dos días llorando. Las decepciones, las frustraciones y la desilusión hay que purgarlas con lágrimas. Y ¿qué es esta puta Vida sino un eterno Purgatorio disfrazado de vistosos oropeles? El destino de un padre no es sino sufrir por su hijo, así tenga tres meses o cincuenta años. A veces, incluso se sufre pensando en los posibles malos tragos que deberá afrontar el vástago cuando su sufrido progenitor ya lleve años muerto y enterrado. Esto es lo que le sucede a mi madre desde que le expliqué cuáles eran las “condiciones contractuales” que la “parte contratante” me impone para mantener vigente nuestro tácito “contrato amoroso”. Para ella (la que me parió), éso de tener que plantearme siquiera la posibilidad de tener que recorrer un montón de miles de kilómetros cuando quiera ver a mis hijos (sus nietos) es algo terrible… Supongo que tan terrible como puede ser para un padre ecuatoriano tener que hacerse a la idea de que su hija pudiera quedarse a vivir por siempre a los mismos miles de kilómetros de distancia, y tan sólo podría pasar junto a ella unos breves días de vacaciones cada cierto tiempo. Es un conflicto eterno de difícil resolución: nunca llueve a gusto de todos, nunca se puede tener todo en la vida y siempre hay que renunciar y ceder un poco… o quizás un mucho. En una de sus composiciones menos reivindicables, el inefable Camilo Sesto ya canturreaba aquéllo de que “En la pareja siempre hay uno que se queja” (¡olé la poética inspiración!). Quizá Camilo, en la simplista lógica de su canción, no contaba con que hay veces en que los motivos para quejarse están tan justificados como cuando los emparejados tienen a sus familias respectivas viviendo en continentes diferentes, con todo un océano de por medio. Hasta aquí estamos todos de acuerdo en que el precio a pagar a cambio de seguir disfrutando y sufriendo las mieles del amor es muy, muy elevado. No todo el mundo estaría dispuesto a satisfacer tan altísimo coste si llegase el momento de tomar una decisión. Pero es que, precisamente, lo primero es plantearse cuándo es ese momento, cuándo es preciso pararse a reflexionar y adoptar una determinación inexorable. Hay quienes siguen pensando que hay que vivir de cara al “día de Mañana”; yo, a causa de mis propias experiencias, únicas e intransferibles (vamos, como las de cualquiera), sólo sé y sólo puedo vivir el “día de hoy”… o de la semana o el mes que viene, ya me entendéis. Me he dado cuenta de que tratar de elucubrar ahora sobre aquéllo que me sucederá dentro de diez, de quince o de veinte años es un calentamiento inútil de neuronas. No entiendo cómo se puede programar el reloj del Porvenir y, evidentemente, no concibo la existencia en función de los “intereses” o de los “beneficios” que podré obtener como consecuencia de haber permanecido al lado de una persona a la que, teóricamente, tan sólo me unieron lazos afectivos. No, lo mío no es la Bolsa. Ni tampoco la negociación diplomática. Todavía no entiendo cómo soy capaz de escuchar la temida frase “Mis condiciones son…” y no salir corriendo en dirección contraria. Las “condiciones” me repatean el escroto con consecuencias imprevisibles. De hecho, creo que el día que convertimos en palabras pronunciadas de viva voz nuestro reconocimiento de que, por mucho que afirmamos amar a alguien, nuestro amor NO es incondicional, las probabilidades de que esa persona acceda a permanecer a nuestro lado disminuyen hasta una cifra aproximada del cincuenta por ciento. Si damos a elegir a alguien entre “blanco” o “negro”, cualquiera de las dos opciones tiene los mismos visos de ser aceptada. De algún modo, es como si, cuando pretendemos que alguien nos elija en detrimento de otra posibilidad que nos aterra siquiera considerar, ingenuamente estuviéramos empujándole hacia ella. Poner condiciones es jugar con fuego, y uno de los dos, el condicionante o el condicionado, puede acabar quemándose. Por éso, es mejor apagar el incendio antes de que se desate en toda su virulencia, y nada mejor que hacerlo desde la reflexión y la madurez. Antes de que el Señor se bajase de la cruz y antes incluso de que Noé se sacase el título de piloto náutico, ya se sabía que el Amor conllevaba un listado interminable de pequeñas y grandes renuncias, de grandes y pequeños sacrificios. Para que dos puedan ser felices, uno tiene que ceder. Tampoco es cuestión de que el que cede tenga que ser siempre el mismo. Pero cuando se analiza una situación y se admite su gravedad y hay que asumir que, para continuar al lado de alguien, hay que dejar de lado el egoísmo y renunciar al bien propio a cambio de procurar el bien de quien nos ama y al que amamos, se debe tener muy claro por qué o para qué se ha estado, se está y se piensa seguir estando al lado de ese alguien. Y la única razón válida, como siempre digo, es el amor sincero y desinteresado. Anteponer una serie de condiciones a la entrega en cuerpo y en alma puede provocar que nuestra alma y nuestro cuerpo sean cada vez menos deseados y menos necesitados, y por éso debemos ser lo bastante maduros como para asumir que, una vez descubiertas las cartas que guardábamos bajo la manga, la partida pueda desarrollarse a un ritmo vertiginoso y finalmente podamos perder todo lo que hasta entonces habíamos ganado. El amor es lo único importante, lo único que podemos dar y esperar recibir, y el día que tenemos que vivir es el día de hoy, no el de mañana. Espero que mi madre deje de llorar, porque las decisiones drásticas sobre el futuro hay que adoptarlas en el momento oportuno a tenor de las circunstancias reales que se presenten entonces, y yo me declaro absolutamente incapaz de decidir ahora lo que haré o dejaré de hacer cuando, laboral y familiarmente, sea mínimamente lógico el plantearse la conveniencia de dejarlo todo por acatar las exigencias unilaterales de un amor no demasiado incondicional.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Cine/ "RED DE MENTIRAS"



Yo fui un espía (casi) adolescente

Confieso, de entrada, mi suprema admiración al señor Ridley Scott, director de “Red de mentiras”, no tanto por la calidad intrínseca de la totalidad de sus últimos productos, sino por el ansia infatigable de continuar activo, de seguir legando al séptimo arte una serie de trabajos como mínimo estimables, a pesar de haber rebasado ya la frontera de los 70 años. Tanto él como el otro septuagenario ilustre que ahora me viene a la cabeza, Clint Eastwood, son un par de auténticos ejemplos a seguir. Mientras que los recién llegados a ésto del Cine no tienen ninguna prisa por estrenar sus nuevos trabajos, que espacian a razón de dos ó tres años como mínimo, Scott y sobre todo Eastwood acuden fieles a su cita anual con sus fans, especialmente este último, que en este 2008 ha realizado no una sino dos películas.

Pero centrémonos en “Red de mentiras”. Para empezar, tengo que decir que, sin considerarme racista en absoluto, me temo que estoy totalmente predispuesto a que cualquier película que transcurre en Africa o en Oriente Medio constituya un hándicap absoluto para mí, es decir, que el entorno en que se desarrolla la acción me resulta muy poco atractivo, por no decir más bien desagradable. Ni “El Exorcista II: El Hereje”, ni “El Jardinero Fiel”, ni “Black Hawk Derribado” (dirigida, por cierto, por el propio Ridley Scott) ni la más reciente “Diamante de Sangre” (que también protagonizó Leonardo Di Caprio) son precisamente santo de mi devoción, y si acudí al cine más próximo para ver esta peli fue tan sólo por la presencia en su ficha técnico-artística de los ilustres nombres de su realizador y su pareja protagonista.

Leonardo DiCaprio interpreta al mejor y más chulo agente de la CIA en Oriente Medio, y Russell Crowe a su inmediato superior. Ni que decir tiene que, dado que se trata de un film de aventuras producido a mayor gloria de su rutilante estrella masculina, todavía un ídolo para las quinceañeras de todo el mundo, el film está trufado de detalles que patentizan lo guapo y lo listo y lo bueno y lo valiente y lo hábil que es el inefable Leo. En este sentido, las coincidencias con la citada “Diamante de Sangre” son numerosísimas: escenarios similares, comportamientos similares… composición muy similar a cargo de DiCaprio, uno más que llama a la puerta del clan de los actores-que-se-empeñan-en-interpretarse-a-sí-mismos (John Wayne, Harrison Ford, Fernando Tejero, etc., etc., etc.). Menos mal que por allí anda Russell Crowe, uno de mis intérpretes favoritos, un auténtico camaleón que no sólo se transforma físicamente (aquí aparece envejecido, barrigudo y odiosamente antipático) sino que se saca de no sé dónde un repertorio de gestos y de miradas que varían de una película a otra. Hace unas semanas le ví en “El Tren de las 3:10”, y de verdad que el forajido de allá y el jerifalte de la CIA de acá parecen encarnados por personas distintas. Imagino cómo debe divertirse Ridley Scott con éste su actor fetiche, al que recurre siempre que tiene ocasión, y al que primero le hizo ponerse cachas para “Gladiator” y luego descuidarse hasta lo indecible para esta “Red de mentiras”.

En “Red de mentiras” pueden encontrarse montones de defectos, como también bastantes virtudes. Tratándose de un film de espías, la complejidad en el guión se da por supuesta, y ello conlleva, lógicamente, la existencia de inacabables líneas de diálogo en las que se nos cuenta todo aquéllo que no podemos percibir nosotros mismos, y donde se citan los nombres de los personajes en los que tenemos que fijarnos especialmente. Por fortuna, la pericia visual de Ridley Scott acaba por imponerse a la morosidad de un libreto con bastantes altibajos, y en el que no faltan la estúpida e innecesaria historia de amor (como recuerdo que dice con motivo de “Diamante de Sangre”, ¿cómo iban a permitir los productores de la cinta que Leonardo Di Caprio, con lo reguaperas que es, no tenga un romance, aunque sea metido con calzador?) y el lamentable aunque esperado final feliz, en el que a los árabes aliados de la CIA tan sólo les falta cantar “The Star Spangled Banner” y enarbolar una bandera llena de barras y estrellas mientras les dan para el pelo a los malísimos árabes que no comulgan con la doctrina del Tío Sam. En cualquier caso, hay que destacar que el ritmo de las primeras secuencias y del último cuarto de hora de metraje son excelentes, que la fotografía y el montaje te dejan boquiabierto y que, Mark Strong, el actor que interpreta a Hani, el aliado casi incondicional de la CIA en las provincias árabes, es todo un hallazgo y compone un personaje sencillamente fascinante.

Luis Campoy

Lo mejor: Russell Crowe, Mark Strong, el arranque, la fotografía en general
Lo peor: algunas lagunas centrales que hacen bostezar, la poco creíble historia de amor, el final demasiado feliz
El cruce: “Spy Game” + “Munich” + “Diamante de Sangre”
Calificación: 7,75 (sobre 10)

lunes, 10 de noviembre de 2008

Entre el corazón y la razón


A veces me parece que mi mundo no es el mismo en el que viven mis semejantes, que mi concepto de la Vida ni siquiera se parece al que tienen las personas que me rodean. No sé si estaré cayendo en la paranoia, en una especie de teoría de la conspiración en la que soy el blanco constante de las maquinaciones del Destino, pero desde el día en que me parió mi madre (desafortunado día, me temo) no dejo de pensar que soy como un patito feo en un mundo de cisnes, como un círculo en un mundo de cuadrados. No me entiende ni mi padre. Mi padre… Qué desilusión tiene que experimentar este hombre cada vez que me mira: soy del Barça, voto al PSOE, estoy se-separado y lo más parecido a una relación estable que he tenido en los últimos años me ha tenido yendo y viniendo a los brazos de una mujer ecuatoriana. Si hubiera tenido que hacer caso de los sabios consejos de mi progenitor, mis vítores deportivos serían para Raúl y no para Messi, hubiera debido emular al Santo Job en lugar de separarme y, en caso de asumir la separación y tener que buscar novia nueva, no debería haberme conformado con menos que una viuda rica o, en su defecto, una soltera, sin hijos y con piso propio y casa en la playa. Ay, los padres… Los padres y, en general, la familia e incluso muchos de nuestros amigos, cumplen la bendita misión de velar por nuestros propios intereses mejor que nosotros mismos. Siempre hay entre quienes nos quieren (desinteresadamente, por supuesto) la certeza y la convicción de que saben exactamente lo que nos conviene, y no se retraen a la hora de hacernos partícipes de sus teorías tendentes a mejorar el curso de nuestra existencia. Es tanta su generosidad en este sentido, que a veces merecerían ser premiados con un oportuno correctivo en forma de “¡Basta ya! ¡Déjame vivir mi propia vida!” o alguna otra rimbombante expresión similar. Hay una delgada línea que separa el lícito, lógico y encomiable desvelo de la monótona y sempiterna intromisión en los parámetros que libremente hemos seleccionado para que rijan nuestro devenir. A este punto es, en cualquier caso, al que quería llegar desde el principio de este artículo. Libre albedrío, se le llama al hecho de que un sér humano sea capaz de decidir por sí mismo; el mi caso, lo de “libre” es un eufemismo sobre una actitud que me parece tan coherente como poco menos que suicida. A mí me pasa como a quien se lanza de un avión en pleno vuelo y, cuando llega la hora de abrir el paracaídas, tira de la anilla pero el dispositivo no se abre; en ese instante, uno sólo puede relajarse y disfrutar el paisaje, contemplando estoicamente cómo se acerca, veloz e inexorable, el suelo en el que se estampará como si fuese un sello. Sé cuál es el fin que me espera (¡marchando otra dosis de infelicidad!), pero en mi interior soy incapaz de abrir el paracaídas, y el peso muerto de éste sobre mi espalda hace que la caída sea aún más vertiginosa… si bien una especie de milagro se produce a ultimísima hora y, en lugar de hacerme fosfatina contra el asfalto, obtengo una prórroga de otro par de años en los que seguiré cayendo sin acabar de caer del todo. Este pasado verano tuve una certeza y tomé una determinación. Empezaba a estar seguro de lo que sentía, es decir, de que lo que sentía ya no era lo mismo que había sentido, de que mi corazón podía y debía volver a latir desde cero. Conocí a alguien, un alguien maravilloso, y todo parecía de color de rosa hasta que sentí que en mi pecho rebrotaba la flor que creía marchita o arrancada de cuajo. En medio de un tremendo ataque de vértigo, supe que arrastraría en mi caída a aquella persona cuyo único pecado había sido ilusionarse conmigo, y tomé la decisión de ser consecuente, que en aquel contexto equivalía a ser sincero. Naturalmente, la música que acompañó aquella escena no la interpretaban melifluos violines, sino voces humanas prorrumpiendo en críticas y regañinas. Aun así, hice lo que me pareció correcto: hacer caso al corazón. Como siempre. Y así me ha ido. Y así me va. Pero ya soy mayorcito y estoy demasiado crecido para retornar al vientre de mi madre y pedirle que me vuelva a parir, así que lo que toca es apechugar con lo que se tiene y practicar la sanísima dieta a base de “ajo” y “agua”. Soy un caso perdido, y está visto que los sapientísimos consejos de todo bicho viviente no pueden cambiarme. Sólo sé actuar a golpe de ventrículo, aunque tenga que desoir las voces de mi padre, de mis amigos y hasta de los hermanos y las hermanas que no poseo. Pero para ser tan jodidamente inmune al buen juicio hay que valer; no basta con entrenarse. La mayoría de la gente está acostumbrada a que siempre venga alguien que les meta en la cabeza tres o cuatro conceptos básicos acerca de lo que es y lo que debería ser su vida, qué es a lo que deberían aspirar y cuál es el mínimo con el que deberían conformarse. También influye, claro está, la educación que hemos recibido y el ejemplo que vemos reflejado en los demás. Para ellos, para esta feliz y conformista mayoría, lo natural es seguir la estela y asumir el papel, y, finalmente, volver al redil. Yo, en mi calidad de oveja negra, quiero pero no puedo, y mi pobre padre está tan descontento de mis decisiones, regidas por el corazón y no por la razón, que si me deja finalmente la herencia será tan sólo para que no se la quede Hacienda. ¿Qué puedo alegar en mi defensa? No se me ocurre nada. En todo caso, una esperanza: al final, cuando nuestros mayores ya no estén y las voces asesoras se hayan callado, lo que cuenta no es lo dóciles u obedientes que hemos sido, y ni siquiera el bienestar material, la posición social o la seguridad económica, sino solamente los sentimientos que nos inundaron, y cuyo caudal pudimos ignorar o bañarnos en él. Lo mío, naturalmente, no es apartarme… sino mojarme. Soy así, más de letras que de ciencias, más del corazón que de la razón, y no puedo evitarlo; pero, ¿qué diablos?, tampoco me avergüenzo.

viernes, 7 de noviembre de 2008

No todos los dibujos son infantiles


Ayer leí en un periódico que una institución llamada ATR (siglas no de “Amar en Tiempos Revueltos”, sino de la “Asociación de Telespectadores y Radioyentes”) clamaba al cielo en relación a lo inconveniente que era la aclamada serie “Los Simpson” para el público netamente infantil. Este es un viejo tema al que alguna vez he aludido en esta misma página: no todo aquéllo que se cuenta mediante la utilización de dibujos animados es de consumo apto para niños. El ejemplo que ponía entonces era el de la serie japonesa “Shin Chan”, que me parece repelente por su feísmo y altamente inconveniente para nuestros hijos por su apología del gamberrismo y la desobediencia. Ahora vuelven a escucharse nuevas críticas contra “Los Simpson” y otros títulos avalados por la misma productora, 20th Fox TV, tales como “Futurama” o “Padre de familia”. Con respecto a “Futurama”, poco tengo que decir, porque creo que no he sido capaz de ver un capítulo completo, por puro aburrimiento y desinterés, pero sí me he tragado a veces “Padre de familia”, y lo primero que he pensado es en apagar el televisor o, simplemente, cambiar de canal. “Padre de familia” es como “Los Simpson”, pero aún más ácida, más pesimista y mucho más cutre. Yo, como sabéis, soy un miembro más de la comunidad de separados del mundo, y tal vez no puedo pretender que mi modelo de familia (actualmente vivo con mis padres) sea el mejor de todos los posibles, pero me siento perfectamente cualificado para abjurar de una serie supuestamente infantil en la que la mayoría de los personajes son negativos, movidos por intereses egoístas o materialistas y en la que en todo momento resulta evidente que el amor y los sentimientos brillan por su ausencia. Por supuesto que, cuando uno va cumpliendo años y conoce de primera mano ciertas realidades acerca de la vida en sí misma y de sus mecanismos y de la naturaleza de determinadas apariencias sociales, comprende que los dibujitos animados al estilo Walt Disney reflejan un mundo utópico e irreal, pero yo soy como soy y pienso que crecer contemplando cómo los personajes se quieren y se reconcilian es mejor que haciéndolo siendo testigos de sus odios, rencillas y miserias humanas. “Los Simpson” me parece una serie excelente, mil veces mejor que “Padre de familia”, y, cada vez que tengo oportunidad de ver algún capítulo, me maravilla la inteligencia de sus creadores. El problema es que, aunque no pueda negársele su capacidad de entretenimiento y la indiscutible calidad de su factura, eso no la convierte en “infantil”. Sus geniales diálogos implican un conocimiento de los recovecos del idioma que un niño todavía no posée, las constantes referencias socio-político-culturales que la nutren pasan desapercibidas a cualquiera que no siga la evolución de la política, la sociedad, la televisión y el cine estadounidense y, como expresé anteriormente, muchos comportamientos de los miembros de la familia Simpson y de sus vecinos son de todo menos ejemplarizantes para nuestros niños. ¿Qué hacer ante un caso como éste? Yo, por el momento, no me he decidido a prohibirles a mis hijos, de 8 y 10 años, que continúen siguiendo las hazañas de Bart, Homer y compañía, pero sí procuro que no vean “Shin Chan” y pienso hacer lo mismo, de una vez por todas, con respecto a “Padre de familia”. En cualquier caso, la culpa no es de los niños y tampoco ha de ser totalmente imputable a los padres, sino que también hay que reprocharles a los programadores de las cadenas de televisión que se emitan estos productos nada infantiles (a pesar de su apariencia) en horario inequívocamente “familiar”.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Yes, We Can


He soñado con Obama. Es decir, esta mañana, casi madrugada, cuando me desperté, ya sabía que Obama iba a convertirse en el nuevo Presidente de los Estados Unidos de América, porque en mi sueño, en mis sueños, había sido testigo de su victoria. Ayer no lo tenía nada claro; las últimas encuestas revelaban un peligroso acercamiento de John McCain en la intención de voto, sustentado, sobre todo, en un vendaval de prejuicios acerca del color de la piel del candidato demócrata. Que sí, que, para muchos norteamericanos, el principal atractivo de McCain respecto de Obama es que aquél es blanco. Estas últimas semanas he oído y he leído numerosos vaticinios a cargo de analistas políticos, y la mayoría coincidían en que, a la hora de depositar el voto, muchos de los que, en la teoría, apoyaban al senador demócrata por Illinois, posiblemente “recularan” en el instante en que comprendieran que iban a dotar de poderes casi absolutos a un afroamericano, a un descendiente de esclavos… a un negro, vamos. Soy incapaz de entender cómo comenzaron las desigualdades entre las personas a causa de la tonalidad de su piel; o sea, ¿por qué el color de la epidermis puede ser tan relevante, y no, por ejemplo, el del cabello o el de los ojos? Tal vez es que soy ingenuo, probablemente un pobre iluso digno de conmiseración. Lo que hace diferentes a unos seres humanos de otros es tan sólo el color de sus actos, el aroma de sus decisiones morales. Incluso en este caso, antes de juzgar a nadie habría que intentar comprenderle, identificarse con él. Pero vivimos en un planeta llamado Tierra y estamos en el siglo XXI, y todo lo que he dicho hasta ahora son sólo teorías, prácticamente quimeras o utopías. Es cierto y es innegable que el mundo está dividido, enfrentado, y que las diferencias raciales son una evidencia, como también lo son las religiosas, las culturales, las económicas o las armamentísticas. Por éso, ayer me acosté con el temor de que el soplo de esperanza que representaba Barack Obama se asfixiara en la persona de un John McCain que no inspiraba ni esperanza, ni confianza, ni ilusión. Sin embargo, en mi sueño se han hecho reales los sueños adolescentes de toda una vida creyendo que el alma importa más que el cuerpo, que la razón debe prevalecer sobre la fuerza, que el juicio se sobrepondrá al prejuicio. Casi me ha dado miedo encender la radio por si me equivocaba, por si Luis el iluso se llevaba uno más de sus habituales chascos; pero no, esta vez no. El mundo ha cambiado, al menos un poquito, en la madrugada del cuatro al cinco de noviembre de dos mil ocho. Todavía es posible dejarse llevar por la esperanza, caminar en pos de un sueño. Pero no nos engañemos: el sueño no lo ha hecho posible Obama, sino quienes, por una vez, han dejado de lado el miedo, el odio y los prejuicios para tomar una decisión macerada en sus corazones. Ojalá que el primer hombre de color que ostentará la presidencia de la nación más poderosa de la Tierra sepa no defraudar las inmensas expectativas que tantos de nosotros hemos edificado en torno a él. ¿Podemos cambiar la Historia, cambiar el Destino, cambiar el mundo? ¡Yes, We Can!.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Retorno


Esta misma mañana lo he escuchado en la radio: 2.000 familias de ecuatorianos residentes en Murcia, España, han solicitado al Consulado de Ecuador el inicio de los trámites para retornar a su patria. Para ellos es el final de un sueño, justo cuando empezaba a convertirse en pesadilla. Hace apenas unos años veían a España como la Tierra de Promisión: un país europeo, democrático, sumido en una época de prosperidad y en el que se hablaba su lengua materna. Ecuador atravesaba una época complicada y el trabajo escaseaba. Muchos hombres y mujeres echaron mano del espíritu aventurero y se subieron a un avión que aterrizó en un aeropuerto español. Lo habitual en estos casos era simplemente dirigirse al campo o a la huerta más cercana y solicitar empleo. Los españoles nos habíamos ido haciendo tan “señoritos” y remilgados que a algunos les parecía un descrédito y casi una vergüenza tener que agachar el lomo para recolectar tomates o pimientos. Llegó un momento en el que, si pasabas a primera hora de la mañana por los lugares habituales de recogida de jornaleros, la inmensísima mayoría de éstos eran sudamericanos o africanos, brillando por su ausencia los currantes autóctonos. Lo que sucede últimamente es que cada vez hay menos gente aguardando la llegada del viejo autobús que conduce al campo o al almacén agrícola, en el que la producción ha menguado drásticamente. Pero lo peor es la debacle que ha acontecido en torno al mundo de la construcción. Conozco ecuatorianos que se plantearon seriamente permanecer en España por los siglos de los siglos, capataces de obra que con su sudor pudieron pagar la entrada para una vivienda donde vivir dignamente y desde la que retornar a su país tan sólo durante breves períodos vacacionales. La puñetera crisis les ha dejado, como a tantos otros, con el culo al aire, y de repente parece que incluso la precariedad que aún asola Ecuador es una tentación prácticamente irrenunciable. La patria tira mucho para el inmigrante, tanto o más que las tetas para el hombre que se enamora irracionalmente. Es una forma de hablar, apenas una frase hecha, pero su significado siempre está de actualidad y es perfectamente inteligible: por amor somos capaces de cometer no pocas locuras irracionales. Estoy seguro de que hay mucha gente que sabe cómo anteponer el juicio, el interés y la lógica al devenir de los sentimientos, e incluso quienes controlan estos últimos para que no se inmiscuyan en la culminación de sus propósitos. Yo, cada vez que me propongo derrotar al corazón a golpe de pensamiento, acabo mordiendo el polvo. Y lo malo no es que yo sufra, sino que ande haciendo sufrir a quienes me quieren o simplemente me rodean. Esa debería ser la máxima a seguir: “No sufras pero, sobre todo, no hagas sufrir”; algo muy parecido al “Vive y deja vivir” (o al “Vive y deja morir” de James Bond, que es algo menos solidario). Llevo unos días en los que mis habituales calentamientos de cabeza (“neuras”, los llamó alguien) se han agravado cuantitativamente, y mis rezos para que el Hacedor me haga diferente, más parecido a mi prima la canguro o a la hermana de una de mis “ex”, que a mi yo interior, no han sido oídos. Los problemas no se arreglan ni disminuyen, sino que se multiplican y enrarecen. Ahora mismo soy un poco víctima del fin del sueño ecuatoriano al que aludía anteriormente: mi pareja ha escuchado la llamada de sus ancestros y da por hecho que, antes o después, tomará el avión de vuelta que la llevará a reunirse con los familiares que hace años dejó atrás. Hasta cierto punto es lógico; la ilusión del emigrante es que su última y definitiva migración le lleve de vuelta a la tierra en la que nació. Pero, ¿y la gente que ha conocido en su país adoptivo, con la que ha establecido lazos invisibles que en algunos momentos parecieron indisolubles? “Vente conmigo”, me ha dicho, “Vente a vivir conmigo a mi país”. Las sirenas cantaron en la noche, alrededor de un desamparado Ulises al que Itaca se le antojaba casi inalcanzable. Si me pongo a pensarlo, notaré que mis prioridades sólo lo son porque son mías: mis hijos, mis padres, mis amigos, mi trabajo; a ninguno de ellos me los podría llevar conmigo, ni a Ecuador ni a ningún otro sitio. Y quien dejó atrás prioridades similares al vivir y permanecer hasta hoy en un país que no es el que le vio nacer se cree amparado por la justicia y por el derecho cuando me pide que acometa un sacrificio así. ¿Cuál ha de ser mi respuesta a tan inocente proposición? Difícil es, mucho más de lo que a primera vista pudiera parecer. Lo primero en lo que uno piensa es en dos niños aún pequeños a los que necesita como el aire aun cuando no los vea cada mañana; en unos padres cada vez más indefensos que no tienen más apoyo que un servidor; en un puesto de trabajo probablemente mucho más seguro e ilusionante que cualquiera que pudiera obtener allá; en unos colegas que, en la mayoría de los casos, conservo desde que era apenas un crío, y en otros amigos y amigas que, aunque han entrado en mi corazón hace mucho menos tiempo, su huella en él es tan grande como irrellenable sería el vacío si no los viese más. Si la decisión tuviera que tomarla hoy, sería muy fácil. Pero ¿y si el momento decisivo no tuviese que ser el presente, sino que pudiera posponerse cinco, diez, veinte años? Veinte años no son sólo 7.300 días mal contados; suponen toda una vida. Mil cosas pueden haber cambiado de aquí a entonces. Claro que echo mano de mi historial no profesional y me entra un vértigo que me marea. Para mi desgracia, mi relación sentimental más duradera se ha prolongado durante la friolera de… diez años. Miro al cielo y sólo veo nubes, y la mayoría son grises. ¿Dónde aterrizará el avión con destino a mi futuro? Yo no lo sé. Nadie lo sabe. Ni siquiera creo que lo sepa Susanna Tamaro, que hace años publicó su celebérrima novela titulada, a modo de culebrón transalpino, “Donde el corazón te lleve”.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Cine/ "LOS AÑOS DESNUDOS"


Desnudando conciencias
Si una película como “Los Años Desnudos” hubiese sido rodada en Estados Unidos, si sus protagonistas no se llamasen Candela Peña, Goya Toledo y Mar Flores sino (por poner un ejemplo) Scarlett Johansson, Keira Knightley y Julia Roberts y a cargo de su dirección no estuviesen Dunia Ayaso y Félix Sabroso sino Paul Thomas Anderson o Jason Reitman, seguramente todos habríamos sido machacados por una publicidad que nos hablaría de “una obra maestra del cine americano, precedida de un fervoroso reconocimiento crítico y un inigualable éxito de taquilla”. Pero claro, ésto es España, nuestra industria cinematográfica está bajo mínimos, la gente tan sólo conoce a directores como Almodóvar, Amenábar o Santiago Segura y quienes pagarán una entrada de cine por ver esta película serán cuatro gatos… por no decir tres y medio.

Tras una trayectoria un tanto desigual jalonada por títulos como “Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mí”, “Descongélate” o “Chuecatown”, el tándem formado por Dunia Ayaso y Félix Sabroso nos sorprende con este retrato increíblemente lúcido de unos tiempos recientes que, mirándolo bien, duraron tanto como un breve suspiro de libertad. La muerte de Franco en 1975 conllevó multitud de lógicos cambios, entre ellos, la abolición de una rígida censura que hasta entonces había impedido no sólo pensar sino simplemente mostrar. En muy pocos meses comenzaron a estrenarse películas prohibidas por diversas razones (“El gran dictador”, “Senderos de gloria” o “La naranja mecánica”) y casi de la nada surgió una industria paralela que empezó a producir como rosquillas una serie de films clonados unos de otros en los que las bellas protagonistas aprovechaban cualquier mínima excusa para mostrar sus cuerpos desnudos, algo absolutamente impensable durante la dictadura. El hambre de sexo era mucha, pero el hartazgo fue brutal. Tras cinco o seis años que parecieron interminables en los que se realizaron decenas y decenas de estos subproductos clasificados “S”, el público empezó a darles la espalda, y quienes lo que querían era visualizar secuencias menos light y más explícitas derivaron hacia las nuevas salas “X”, que a su vez fueron masacradas por la llegada del video doméstico y los sex-shops.

El ascenso y caída del cine “S” está personificado en la historia de tres mujeres, Sandra, Lina y Eva, quienes, por diferentes circunstancias, coinciden en el plató en el que se rueda una película en la que deben interpretar, respectivamente, a dos monjas y una abadesa cuyos hábitos están prestos a deshabitar sus lozanos cuerpos. A partir de ahí encadenan un rodaje con otro, logrando una cierta popularidad en los ambientes pseudoculturales de la época, hasta que una de ellas (Eva: Mar Flores) se casa con un productor de películas “normales”, otra (Lina: Goya Toledo) se hunde en el abismo de las drogas y se convierte en una de las primeras víctimas del SIDA y sólo la tercera (Sandra: Candela Peña) consigue salir adelante labrándose una cierta reputación como actriz dramática y ya no necesita desnudarse para triunfar.

Como dije al principio, me sorprendió mucho la madurez con que Ayaso & Sabroso retratan una época tan cercana como fácilmente reconocible, que fotografían con tonos cálidos (¡esos filtros en las escenas eróticas!) para las escenas de los años setenta y en colores fríos para la parte que se desarrolla en los ochenta, mientras a nuestros oídos acuden una vez más una multitud de canciones e intérpretes casi perdidos en el túnel del tiempo (Manolo Otero, Baccara, “Yo también necesito amar” de Ana y Johnny, “Estoy bailando” de las Hermanas Goggi, “Soul Dracula”, etc. etc. etc.); incluso la banda sonora original, compuesta por Lucio Godoy, recuerda poderosamente a las que se escuchaban en aquel tipo de cine tan “especial”. Todo un acierto, también, en la parte sonora.

La primera escena del film, en la que una cándida Candela Peña se desnuda durante un casting ante un director al que no se llega a ver y que oficia como punto de vista subjetivo del espectador, refleja en apenas tres minutos el significado de “Los Años Desnudos”: la inocencia de un pueblo hasta entonces oprimido derivó en la exhibición gratuita de todo lo que antes había estado vetado, y las actrices que tan populares se hicieron en aquellos años (Susana y Blanca Estrada, María José Cantudo, Agata Lys, Bárbara Rey, etc.) no exhibían su anatomía tan generosa y desinteresadamente como los más puritanos pensaban, sino que se sentían obligadas a ello si querían desarrollar su vocación interpretativa, aunque también había quienes lo hacían simplemente porque era una forma rápida de escapar de la pobreza y el anonimato. Dando fe de ello aparece en un “cameo” la citada Susana Estrada, bastante envejecida y ajada, interpretando a una reportera que entrevista a uno de los supuestos directores de aquellos bodrios, que es quien pronuncia una frase que bien podría servir como slogan y carta de presentación del film: “Mis películas no sólo sirven para desnudar señoras; también desnudan conciencias”.

Con numerosos desnudos integrales a cargo de una entregada Candela Peña (aquí, más que nunca, sí que puede decirse que lo exigía el guión), una más que correcta hembra y una más que excelente actriz, unos diálogos inspirados y, como dije antes, una ambientación sobresaliente, cabe destacar en el seno de esta “película de actrices” a un par de actores poco conocidos (Luis Zahera y Antonio de la Torre) que ofrecen un muy buen trabajo y, a título prácticamente anecdótico, la presencia de Jorge Monje, uno de los secundarios habituales del serial “Amar en tiempos revueltos”.

Luis Campoy

Lo mejor: Candela Peña, la ambientación, la fotografía
Lo peor: no se me ocurre nada
El cruce: “Boogie Nights” + “Cuéntame cómo pasó” + “Torrente”
Calificación: 9 (sobre 10)