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jueves, 23 de octubre de 2008

Políticos con corazón




Diversos acontecimientos acaecidos en estos últimos días nos revelan la faceta más humana de algunos dirigentes políticos de repercusión internacional. Para empezar, y a pesar de que la mayoría de las encuestas le sitúan entre 6 y 12 puntos por encima de su contrincante John McCain, el candidato demócrata a la Presidencia de los USA, Barack Obama, no ha dudado en abandonar la campaña electoral para volar hasta Hawaii, donde se apaga la vida de su abuela, a la que quiere visitar quizás por última vez. Yo entiendo que Obama es humano y humano quiere mostrarse, si bien no tengo muy claro que anteponer sus intereses personales sea, en este instante, lo más conveniente para su carrera, y sin duda los republicanos se lanzarán como lobos a criticarle por “desentenderse” de sus responsabilidades en un momento particularmente crucial, a poquísimos días vista de la cita electoral. Una de sus más acérrimas enemigas, la vicepresidenciable gobernadora de Alaska Sarah Palin, ha creído conveniente cargar a la cuenta de gastos de su partido la fortuna que ha invertido en mejorar su imagen (unos 150.000 dólares en maquillajes, cremas, pintalabios y lacas de uñas), cosa que, con la que está cayendo, debería hacer reflexionar a los sufridos votantes. Yo, desde luego, tengo que reconocer que votaría antes a quien prefiere anteponer los sentimientos al trabajo que a quien aviesamente saca tajada de su proyección pública para pintarrajear su jeta privada. Un poquito más al sur, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirschner ha provocado un terremoto financiero (otro más) de consecuencias aún imprevisibles, al nacionalizar todos los fondos privados de pensiones, hacia los que manifiesta una notable desconfianza. Tantos años de “corralito” para darse de bruces con un “cristinazo” en toda regla. Paralelamente, las dotes de seductor del presidente francés Nicolas Sarkozy parecen haber hecho sonrojar a la canciller alemana Angela Merkel, que en círculos privados (bueno, no tan privados, porque al final sus palabras han trascendido a la opinión pública) se ha quejado de la excesiva elocuencia gestual del gabacho, cuyas manos, al parecer, son largas y dignas del pulpo Manotas. Vamos, que la Merkel está encantada de que Sarkozy la ame, pero sólo aceptaría que su amor fuese platónico. Zapatero, sin embargo, daría lo que fuera a cambio de que el marido de Carla Bruni le pusiese la mano encima durante la cumbre de líderes mundiales a celebrar el próximo mes de noviembre, pero el odiado George Bush ha decidido que aún tiene que hacerle pagar su ofensa a la bandera de las barras y estrellas y no le ha invitado a la fiesta. Para finalizar, ¿cómo no referirme al ínclito José María Aznar, que ayer se burló de las teorías sobre el cambio climático alegando que es absurdo preocuparse por algo que tan sólo afectaría a nuestros tataranietos? Lo de nuestro afamado ex-presidente (seguramente asesorado por el primo de Rajoy, que tiene más peligro que el de Zumosol) es todo un espectáculo en sí mismo, tan pintoresco que más de uno hace tiempo que dejó de llamarle “Aznar” para bautizarle como “Asnar” (pero sólo porque son incapaces de pronunciar la “zeta”, no vayáis a pensar que estamos insultando a nadie).

martes, 21 de octubre de 2008

Cine/ MAX PAYNE


Cine negro y endemoniado

Más que su argumento, en el que ya desde el tráiler se revelaba la presencia de oscuros demonios que acuden prestos a llevarse las almas de sus víctimas, lo que más me aterrorizaba de “Max Payne” era su condición de adaptación de un videojuego, subgénero que ha deparado “joyas” como “Super Mario Bros.”, “Mortal Kombat” o “Resident Evil”. Confieso que durante buena parte de su metraje llegué a pensar que las buenas maneras impuestas por el director John Moore servirían para paliar tan irreparable pecado original, pero el pueril desarrollo de su guión conduce la nave directamente hacia la deriva. Mark Wahlberg es Max Payne, el típico policía que ha perdido a su esposa e hijo de forma trágica y que, desde entonces, relegado a aburridas tareas administrativas, vive obsesionado con el hallazgo de los culpables y la subsiguiente venganza. Un día se cruzará en su camino una misteriosa mujer rusa que acabará conduciéndole hasta una red de fabricación de sustancias estimulantes que potencian la fortaleza física al tiempo que abren los sentidos a la percepción de terroríficas criaturas aladas del más allá…

El mayor aliciente que sobre el papel presentaba “Max Payne”, la película, era la pretensión de su director de construir un clima propio del cine negro clásico en el que la intromisión de lo fantástico (en este caso, los demonios) constituyese un elemento rupturista e innovador; algo así ya lo habían intentado, con resultados muy apreciables, Alan Parker en “El Corazón del Angel” e incluso Alex Proyas en “Dark City”, por no mentar al sacrosanto Ridley Scott de “Blade Runner”. El problema es que John Moore, que realizó su mejor trabajo con “La Profecía 666” (plagiando casi plano a plano el film original de Richard Donner, todo hay que decirlo), sabe conseguir buenos encuadres y se inventa interesantes movimientos de cámara, pero se concentra tanto en el plano formal que descuida de modo imperdonable el apartado literario. Como ya apuntaba al principio, el libreto de “Max Payne” reúne todos los tópicos del mundo (el poli duro y amargado, el poli bueno de Asuntos Internos, los traficantes rusos sin escrúpulos, la mujer fatal, el villano brutal al que se le ve venir desde lejos y el enemigo inesperado que repentinamente se quita su máscara bondadosa), y lo peor es que el cocktail no está bien batido y, para más INRI, el final del film es tan infantil como previsible.

Siempre me gusta hacer hincapié en el terreno interpretativo, y en esta ocasión hay que decir nuevamente que Mark Wahlberg está de lo más inexpresivo, incluso peor que en “El Incidente”; cada vez se parece más a Jean Claude Van Damme en sus composiciones. El veterano Beau Bridges, hermano de Jeff (que también se ha paseado este año por una peli de acción, “Iron Man”), tiene un papel destacado y en principio es de agradecer la campechanía del actor, pero su personaje está tan mal escrito que se le ve venir a la legua. Lo mejor, sin duda, es la presencia de la ascendente Olga Kurylenko, la nueva chica Bond de “Quantum of Solace”, a cuya belleza y sensualidad le bastan apenas cinco minutos para lograr algunos de los momentos más eróticos que nos ha deparado el Cine en los últimos tiempos (y sin necesidad de exhibirse desnuda).

Luis Campoy


Lo mejor: el ambiente policíaco de la primera media hora, la sensualidad de Olga Kurylenko
Lo peor: el tópico guión, el tópico final, las tópicas actuaciones de la mayoría de los actores
El cruce: “Constantine” + “Dark City” + “El Jardinero Fiel”
Calificación: 6 (sobre 10)

lunes, 20 de octubre de 2008

Ni olvido ni perdono


Perdono pero no olvido” es una frase que todos hemos dicho alguna vez, o, al menos hemos actuado en ocasiones de acuerdo con ella. Ser capaz de perdonar a los que nos hirieron es una muestra de nuestra generosidad y madurez, lo cual no implica que tengamos que borrar estúpidamente de nuestro recuerdo cualquier huella de esa herida que pueda servirnos para madurar aún un poco más. Pero, mirándolo bien, en determinados casos, ¿por qué tenemos, siquiera, que perdonar? El perdón, como decía antes, es una demostración de lo generosos y benevolentes que podemos llegar a ser, pero, por otra parte, puede llegar a posibilitar la impunidad de nuestros enemigos u ofensores. Poner la otra mejilla no siempre soluciona la totalidad de los conflictos. Con motivo de las recientes actuaciones promovidas por el más famoso de los jueces españoles, Baltasar Garzón, algunas personas y determinados medios de comunicación (los de siempre) se han puesto en contra de esta Ley de la Memoria Histórica que, dicen, no va hacer otra cosa que reabrir viejas heridas y volver a poner a unos contra otros. Yo no lo veo así. De hecho, me parece que lo realmente extraño es que hasta ahora no se haya adoptado una medida semejante. Casi cuarenta años de opresión, de persecución, de tiranía, de dictadura, ¿y tan sólo basta con que al Régimen fascista le suceda una etapa democrática amparada por una nueva Constitución tras la cual unos cuantos políticos adoptaron la medida de sobreseer los “viejos errores pasados”?. ¿Un documento consensuado por representantes de las viejas ideologías… y los fusilamientos, secuestros, torturas, delaciones, persecuciones y demás atrocidades acaecidas durante el franquismo ya son agua pasada? Por Dios, si es que, leído así, no sólo me causa asombro, sino vergüenza e incluso indignación. No, no creo que la Ley de la Memoria Histórica pretenda hacer que vuelvan a sangrar heridas ya cerradas, sino abrir o reabrir causas penales contra el aparato fascista que auspició tantos y tantos crímenes contra la Humanidad. Para empezar, me parece totalmente lícito permitir que los hijos, nietos y cualquier descendiente de los damnificados de entonces pueda averiguar qué pasó con sus seres queridos, por qué se les asesinó y dónde pueden estar sus cuerpos. Asímismo, no me parece mal que se hayan retirado determinados símbolos del “poderío” y “supremacía” del bando vencedor de nuestra Guerra Civil, concretados en estatuas, bustos y cuadros de plazas y edificios públicos, ni tampoco que se hayan modificado los nombres de algunas calles (esto último es y siempre ha sido práctica habitual tras los cambios de gobierno, y, en mi Alicante natal, era yo un adolescente cuando la “Plaza del Caudillo” pasó a llamarse “Plaza de la Montañeta”). Me parece bien el “fondo” tanto de la Ley como de las iniciativas del juez Garzón, si bien es posible que las “formas” no sean las mejores… pero algo es algo. Lo que importa es que el olvido y el perdón no pueden ser impuestos por el Estado a toda una ciudadanía que lo que debe hacer no es olvidar ni perdonar alegremente, ni tampoco planear tardías y absurdas venganzas o represalias… sino simplemente exigir Justicia. Y éso incluye, también, revisar con lupa algunas actuaciones perpetradas por determinados jerifaltes del lado “rojo” o “republicano” (las famosas ejecuciones supuestamente ordenadas, según algunos, por el venerable Santiago Carrillo en la zona de Paracuellos), que los crímenes que se cometieron durante la Guerra Civil y el período franquista fueron cometidos y ordenados por “criminales” cuyo “color” y forma de pensar no debe eximirles, ni siquiera ahora, de responder (aunque tardíamente) de sus históricos actos.

jueves, 16 de octubre de 2008

Ser invisible


Y entonces llegó él, con sus patillitas, con su camisetita lila… Yo estaba allí, sentado, en el mesón más lorquino de toda Lorca, mirando cómo se desintegraba el cubito que ocupaba el vaso vacío mientras estaba a punto de comenzar la segunda parte de un Bélgica–España que, si aún permanecía mínimamente vivo, era por una genialidad de un azulgrana (Iniesta) vestido de amarillo. Me alegró ver a mi amigo. De hecho, me encantó, porque es tanto más agradable encontrarte con alguien querido cuanto más tiempo hace que no lo tienes ante los ojos. Más que un amigo, un discípulo, hemos pasado tantas horas hablando de cine que ya casi intuía las películas que íbamos a comentar, e incluso las opiniones que acerca de ellas intercambiaríamos. Pero no. Le miré… me miró… alcé mi mano… sus ojos se agrandaron… y giró la cabeza… en sentido contrario. Oh, cielos, ¡qué horror!. Tal vez no me hubiera visto, tal vez alguno de sus trescientos compañeros de mesa, que casi no acababan de sentarse y ya estaban abordando al camarero, había interferido en su campo de visión. Volví a intentarlo. Fijé mis ojos gafunos (¿gafados?) en él, sostuve la mirada hasta que su testuz me apuntó, y sus pupilas pardas parecieron atravesarme, tanto que fue como si mi esencia se hubiese vuelto intangible, incorpórea, invisible. ¡Invisible! Ya podía colarme en el cine sin abonar la entrada, asegurarme de que mi hijo navega en internet a través de páginas exclusivamente infantiles y, para empezar, abandonar el bar sin consumar el pago de la consumición. Pero ¡quiá!, mi gozo en un pozo: justo entonces, el dueño del mesón pasó por mi lado y bramó: “Hola, Luis”. ¿”Hola, Luis”? ¡Podía verme! Entonces… ¿yo no era realmente invisible?. Mis breves segundos como criatura de ciencia ficción se desvanecieron tan súbitamente como habían comenzado. De repente, recordé aquello de que “No hay mayor ciego que el que no quiere ver”, y, por tanto, “No hay mayor invisibilidad que la de quien no quiere ser visto”. Mi amigo me estaba ignorando. Qué patético. Pero, pensándolo bien, ¿por qué iba a extrañarme? Sufro un caso aún más sangrante, y casi a diario. Mi ex-cuñado, carne de mi ex-carne política y sangre de mi ex-sangre conyugal, pasa todos los días por mi lado como si yo no estuviera, habla a todo bicho viviente menos a mí. ¿Sería la ignorancia ajena lo más propio en mi futuro? ¿Habrían ascendido al “Pasa de Luis” al rango de Deporte Olímpico? Ya estaba tentado de ahogar mis penas en el vaso (cosa harto difícil, tratándose de un vaso vacío) cuando Super Monty, que ya se marchaba, vino directamente hacia mí, se detuvo, me miró, y finalmente me estrechó la mano. La muchedumbre en forma de barrera humana le había impedido verme hasta ahora, afirmó. Entonces sí, hablamos, brevemente, de películas, coincidimos en algunos dictámenes críticos y discrepamos en otros. Un apretón de manos, un deseo de que todo continuase igual de bien o, mejor aún, que mejorase un poquitín y una promesa de volver a vernos pronto, en circunstancias más propicias para la charla distendida y sosegada. España derrotó a Bélgica, comí media ensalada y media fritura de pescado, sorbí todo un cortado, pagué mi cuenta y así terminó el día en que durante unos incómodos minutos soñé que me había vuelto invisible.

martes, 14 de octubre de 2008

Cine/ "QUEMAR DESPUES DE LEER"


Ambición, infidelidad e imbecilidad

Tan sólo unos meses después del estreno de su multipremiada “No es país para viejos”, que le valió a nuestro Javier Bardem un nada discutido Oscar por su interpretación de un psicópata, los Hermanos Coen vuelven a la carga con una nueva propuesta, “Quemar después de leer”, esta vez en tono decididamente humorístico. Un poco en la línea de su celebrada “El Gran Lebowski”, nuevamente los Coen retratan con acidez e ironía a un hatajo de personajes o personajillos que oscilan entre la antipatía y la estupidez. John Malkovich interpreta a un analista de la CIA recién despedido de su cargo y que planea vengarse de sus superiores escribiendo sus memorias, las cuales guarda en un CD-Rom que extravía en un gimnasio y es hallado por una cuarentona adicta a la cirugía estética (Frances McDormand) y su descerebrado compañero (Brad Pitt), los cuales deciden chantajear al analista, cuya esposa (Tilda Swinton) está liada con un antiguo guardaespaldas (George Clooney) que a su vez inicia un romance con el personaje de McDormand. Película coral en el más puro estilo Robert Altman, en la que el espectador se siente sumido en una especie de montaña rusa en la que el protagonismo va oscilando de un personaje a otro, es justo admitir que cuenta con secuencias realmente divertidas que se alternan con otras, también muy logradas, pero más propias de un thriller de espías, si bien entre unas y otras existen demasiadas lagunas carentes de ritmo y algunas subtramas más bien prescindibles (la ejemplarizante infidelidad de la esposa escritora de George Clooney). De algún modo, parece que sea ésta una película “feminista”, pues son las mujeres las que mejor paradas resultan del rosario de sinsentidos que nutren el film: la empleada del gimnasio (McDormand) acaba con el disco en su poder y negociando con la CIA; la doctora encarnada por Tilda Swinton se libra, simultáneamente, de su antipático marido (Malkovich) y de su paranoico amante (Clooney); y la mujer de este último, con un admirador joven y fogoso y numerosas pruebas de infidelidad sobre las que sustentar una demanda de divorcio, podrá dedicarse a vivir del cuento (nunca mejor dicho). Yo diría que en la escritura del guión y, sobre todo, en la puesta en escena, se nota un poco la “precipitación” con la que los Hermanos Coen han facturado este su segundo trabajo en apenas unos meses; sin ir más lejos, el final, aún más brusco y sesgado que el de “No es país para viejos”, pretende resultar tan distante y aséptico que acaba dando la impresión de que los directores se quedaron sin presupuesto a media película y optaron por narrar en “off” la conclusión de su poco edificante historia de ambición, infidelidad e imbecilidad. Los actores, que son, con mucho, lo más atractivo y lo mejor del film, basculan entre lo sublime (John Malkovich), lo sorprendente (Brad Pitt) y lo simplemente correctito (Frances McDormand, George Clooney y Tilda Swinton); pido justa y necesaria nominación como Actor Secundario para Malkovich. Como dato anecdótico, diré que la canción “Grounds for Divorce” de Elbow, que tanto y tan bien sonaba en el tráiler, no aparece por ningún lado durante la proyección del film.
Luis Campoy

Lo mejor: los actores, en especial John Malkovich y Brad Pitt
Lo peor: el final, demasiado elíptico
El cruce: “Fargo” + “El gran Lebowski” + “No es país para viejos”
Calificación: 7,5 (sobre 10)

lunes, 6 de octubre de 2008

Cine/ "EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS"


El Holocausto para niños

Para empezar, confieso que me cuesta mucho referirme a esta película según reza su (artificioso) título en español. Para mí, la traducción correcta de “The Boy in the Striped Pyjamas” no es “El niño con el pijama de rayas”, sino “El niño del pijama a rayas”, así que me disculparéis si en algún momento me confundo…

Como últimamente estoy leyendo tantos comics (consecuencia de compartir esta afición con mi hijo, que prefiere que yo lea los que le interesan y luego se los cuente), tengo un poco abandonada la lectura de libros, así que ni siquiera había oído hablar del de John Boyne que otorga su título y su razón de existir a la película, y que, según parece, ha sido uno de los más vendidos de estos últimos años. La acción, tanto de la obra literaria como de la cinematográfica, se inicia en el Berlín de finales de los años 30, donde Bruno, un niño de 8 años, vive en una lujosa mansión con su padre, militar, su madre y su hermana mayor. La vida de todos cambia cuando al padre lo trasladan a un nuevo destino donde, según explica a su familia, va a desempeñar una misión muy importante para su patria. Tan elevado cargo obliga a todos a mudarse a un caserón en el campo, donde Bruno observa que hay demasiados soldados y ningún amigo con quien jugar. Sin embargo, desde su ventana, el niño alcanza a divisar una especie de granja donde todos los “granjeros” van vestidos igual: se trata del tristemente célebre campo de concentración de Auschwitz.

Aunque se me antoja bastante improbable, confieso que no he podido constatar si hubiera sido históricamente posible que un niño de ocho años vulnerase la custodia paterna y transgrediera la vigilancia militar para aproximarse a un campo de concentración no una, sino diez, quince o veinte veces; desde luego, sí me parece absolutamente increíble que, con una simple pala, el mismo mozalbete fuese capaz de cavar un túnel por el que acceder al otro lado de la alambrada (si tan fácil es entrar, igual de sencillo hubiera sido salir, ¿o no?). Por lo tanto, creo que hay que afrontar “El niño con el pijama de rayas” no como una historia realista, sino como una especie de fábula con una moraleja terrorífica y brutal. Un cuento infantil en el que el ogro (el padre de Bruno) recibirá un muy merecido castigo a su perversidad, si bien el héroe no obtendrá un premio sino más bien… un martirio (perdón para quienes no hayan leído el libro ni visto la película).

Para justificar un final durísimo, mortalmente ejemplarizante como pocas veces se ha visto, tanto el novelista como el director no dudan en utilizar todas las trampas argumentales habidas y por haber. Yo mismo me pasé media película pensando, y a veces murmurando, cosas como “Hijos de puta”, “Cabrones” y otras lindezas semejantes dedicadas a esos monstruos nazis que tantísimo daño han hecho a la Humanidad y que aquí aparecen más malos e impíos que nunca. El padre de Bruno, sin ir más lejos, justifica cobardemente sus crímenes aludiendo a su condición de militar afecto a la obligación y al deber; a sus hijos y esposa los trata con frialdad y a los judíos como meros animales (llega a decir de ellos que “Ni siquiera son personas”), pero es que a su propio lugarteniente (un nazi malísimo y que, además, disfruta siéndolo: golpea brutalmente al niño judío amigo de Bruno, coquetea con la hermana de 12 años de éste y mata a palos al pobre judío al que explotan como esclavo), del que demuestra ignorar incluso su nombre de pila, no duda en denunciarlo tras averiguar que el padre de éste, intelectual y poco adicto al Reich, prefirió exiliarse antes de vivir bajo el yugo de Hitler. Joder, ¡qué canallas son todos estos tipejos!, ¡se merecen mil veces todo lo malo que les pueda venir!.

Pero no me malinterpretéis: cada cierto tiempo, es necesario que surjan manifestaciones de todo tipo que recuerden a la gente la barbarie que Adolf Hitler y los de su calaña cometieron, con el fin de que, a través de la revisión del pasado, se evite que tales atrocidades puedan volver a cometerse en el futuro. “La Lista de Schindler” y “La vida es bella” desempeñaron esta función hace unos años, y ahora le toca el turno a “El niño con el pijama de rayas”, y creo, sinceramente, que un film como el que nos ocupa debería ser de obligada visión en los colegios. Otra cosa es que la película en sí misma despliegue mejor o peor su armamento cinematográfico. Como he dicho antes, el guión no puede ser más manipulador y tendencioso, si bien es de agradecer que sus responsables hayan tenido el valor de desarrollarlo hasta sus últimas consecuencias. La dirección a cargo de Mark Herman (del que sólo he visto una película anterior, la simpática “Tocando el viento”) parece que intenta ser, paradójicamente, pulcra y aséptica, y, así, los momentos más duros no se visualizan directamente, sino que tan sólo conocemos sus consecuencias (de la cremación de los judíos únicamente vemos el humo que vomitan las chimeneas del campo; de la muerte del pobre Pavel, el médico reciclado en criado que cura la rodilla del niño protagonista, sólo percibimos el terrible sonido de los golpes; el dramático destino del desdichado Bruno apenas podemos intuirlo o verlo reflejado en los rostros de su familia, pues el plano final del film no muestra otra cosa que los “pijamas” de rayas de los prisioneros judíos, uniforme masificador durante su esclavitud y del que incluso deben despojarse en el momento de su muerte). La música del gran James Horner no es nada del otro mundo, si bien al menos logra no volver a plagiarse a sí mismo repitiendo por enésima vez las mismas melodías de “Braveheart” y “Titanic”. Y en el terreno actoral sólo cabe mencionar a la excelente Vera Farmiga, que ya me encantó en “Infiltrados”, al frío y antipático David Thewlis (el “ogro” del cuento) y al pequeño Asa Butterfield, que interpreta a Bruno y que parece haber sido clonado a partir de Joe Breen, el niño de “Las cenizas de Angela”, versión Alan Parker.

Acabo este comentario con una vuelta de tuerca sobre una conocidísima frase de Nicolás Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. Si una película como ésta, con todos sus defectos, consigue mantener viva la memoria de la tragedia más horrorosa acaecida jamás en Europa y probablemente en el mundo entero, si, mostrando de nuevo aquella monstruosidad, se consigue que algo así jamás vuelva a repetirse, “El niño con el pijama de rayas” habrá merecido la pena.

Luis Campoy

Lo mejor: la valentía del durísimo final, la madre interpretada por Vera Farmiga
Lo peor: el maniqueísmo, la artificiosidad de algunas situaciones argumentales
El cruce: “La lista de Schindler” + “La vida es bella” + “Hair”
Calificación: 7 (sobre 10)

miércoles, 1 de octubre de 2008

Diez años

¿Sabes, cariño?; fue el mejor día de mi vida. Aquella mañana me había escapado un ratito del trabajo y me hallaba en la Radio, donde todos los contratados y todos los colaboradores íbamos a participar en un programa en directo en el que presentaríamos la nueva programación de Invierno. Era la época en la que yo hacía “Pantalla Grande” todos los martes a las nueve de la noche, una hora de cine en la que me desgañitaba pidiendo llamadas que nunca entraban. Pero aquella mañana sí hubo una llamada: alguien llamó a la emisora, y pidió hablar conmigo, y yo me puse al teléfono, y, cuando colgué, me despedí precipitadamente de los compañeros radiofónicos y no volví a mi trabajo, sino que corrí hacia el garaje para sacar el coche. Confieso que estaba asustado cuando recogí a tu madre y a tu abuela, pero ellas sonreían: tú estabas a punto de llegar, casi mes y medio antes de lo previsto. Tenías tantas ganas de venir a este mundo que no pudiste esperar hasta noviembre, y la mamá, que muy temprano había roto aguas, no pudo sacarte por sí misma y una señora tuvo que hacerle un corte en la barriga para que salieras. Yo no fumo, pero aquel día hubiera agradecido ser fumador y poder sujetar entre las manos una docena de cigarrillos; hay quien dice que éso calma los nervios. Al cabo de un rato, por delante de la sala de espera pasó una cajita de cristal en la que dormía un niño pequeño y sonrosado, un muñequito con una pulsera en torno a la muñeca y vestido apenas con un gigantesco pañal. Antes que tú y después de ti pasaron otros bebés en urnas parecidas, pero tanto tu abuela como yo supimos al instante que ése era nuestro niño. Como habías corrido tanto para nacer, medías muy poquitos centímetros y pesabas muy poquitos gramos, y el médico decidió que debías quedarte unos días en el hospital, hasta que te pusieras más fuerte y pudiéramos llevarte a casa. Cuando nos preguntaron a tu madre y a mí si ya sabíamos el nombre que te íbamos a poner, no lo dudamos ni un instante: “Jorge”; el nombre más bonito del mundo. A través de los cristales de la incubadora, te ví respirar y moverte, y era como un sueño. Un trocito de mí que estaba fuera de mí, una parte de mi vida que vivía por sí misma. Mirándote, ya imaginaba nuestra existencia, nuestro futuro. Cuando te cayeras dando tus primeros pasos, yo estaría allí para levantarte; cada vez que me necesitaras, allí estaría yo para socorrerte. Sin embargo, las cosas no fueron tan fáciles, o simplemente no fueron como las soñé aquel día. Pero el hecho de no poder verte todas las mañanas y todas las noches no quiere decir que cada mañana y cada noche no piense en ti; todo lo contrario. Ahora vivimos a algunos kilómetros de distancia, una distancia que no es real sino solamente física, pero siento que cada día estamos más cerca. Cuando tengo un problema, cuando alguna vez estoy triste, me imagino buscando las palabras para explicarte lo que me ocurre (aunque, mientras pueda, evitaré contarte aquellas penas que yo pueda seguir sufriendo a solas); cuando me siento feliz o cuando estoy alegre, retengo ese instante en mi memoria para contártelo en cuanto te vea. Más de treinta años nos separan, y, sin embargo, eres como un mejor amigo con el que puedo compartir la afición por el cine y los comics y la música, y hasta la frustración cuando el Barça hace el ridículo y tengo que explicarte por qué, a pesar de todo, hay que seguir siendo fieles a nuestros gustos y nuestras convicciones, porque éso es lo que nos hace ser nosotros mismos. Diez años han pasado desde que llegaste, y parece que haya sido un suspiro. La vida es así, hijo mío: los momentos felices son tan breves como un parpadeo, pero las horas tristes parece que no van a terminar; a veces, por hacer lo que nos parece correcto, tenemos que sufrir y hacer sufrir a quienes nos importan; pero nunca hay que perder la paciencia ni la confianza en uno mismo, ni la esperanza de mejorar. Por éso, no dejes de lado a Godzilla, no renuncies a tus Pokémon, no reniegues ni siquiera de aquel dibujo que te salió mal; no olvides el nombre de ningún dinosaurio, ni de ningún superhéroe, ni dejes de crear personajes imaginarios que nacen de tu interior como tú naciste, tan hermoso y tan real, hace hoy nada menos que diez años.