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domingo, 21 de septiembre de 2008

Tuyos, míos... nuestros (Parte II)


Todos mis amigos separados que tienen hijos salen con los hijos de sus novias sin importarles que puedan encontrarse con los suyos propios”. A veces, uno se mira al espejo, incluso desgreñado y barbudo como estoy yo ahora, y se reconoce sin problemas. O sea, soy yo, no me cabe duda, soy yo y no otra persona con la que alguien próximo a mí me pueda confundir. Soy yo, con mis innumerables defectos y mis exiguas virtudes. ¿”Todos mis amigos separados…”? Supongo que habrá, como lo hay para cada cosa, una estadística científicamente infalible acerca de cómo reaccionaría un padre separado que ama a sus hijos cuando se los tropieza en la Feria pero a quienes está montando en las atracciones no es a ellos… sino a los hijos de su pareja. Tal vez la sola idea de dedicar unos minutos de una soleada mañana de domingo a escribir sobre ésto sea ya una estupidez en sí misma. Pero yo soy yo, no soy un “amigo separado” cualquiera, y mis sentimientos, dudas y remordimientos son los míos y no los de otro. No lo puedo evitar, imaginar que me veo poco menos que obligado a salir con los hijos de mi novia sin poder llevar, también, a los míos, me genera tristeza, me genera, incluso, culpabilidad. Por supuesto que sé y entiendo que no todos tenemos la vida tan cuadriculada como yo, que sé qué días me corresponde ser yo quien saque a pasear a mis hijos, y por supuesto que admito que, cuando se acepta a una persona, se la acepta con todas sus circunstancias y todas sus consecuencias. Pero que, después de tantas explicaciones sobre cómo soy, lo que la otra persona percibe sean excusas, y que la conclusión final para una hora de conversación sea una especie de ultimátum, un “¿Lo tomas o lo dejas?” sin más alternativas posibles que un “” o un “No”, me parece absolutamente, dramáticamente injusto. Odio que me pongan condiciones. Es cierto que uno puede intuir que, en multitud de devenires de la existencia, hay implícitos determinados condicionantes indirectos, pero su ambigüedad nos permite convencernos de que somos nosotros mismos quienes nos imaginamos encajonados entre la espada y la pared. Sin embargo, el hecho de tener que llegar a expresar con palabras coherentes y verbalizadas que el futuro de una relación está condicionado a la aceptación de un determinado planteamiento al que llevas oponiendo años y años de íntimas aclaraciones, me resulta, como mínimo, muy poco ilusionante. Suceda lo que suceda en el futuro, me temo que siempre habrá un “antes” y un “después” de este momento.

2 comentarios :

bichito dijo...

No, no estoy de acuerdo con la frase con la que inicias tu comentario.
Me pongo en la misma situación, y tiene que ser duro, muy duro cruzarte con los propios hijos, además, si los que te acompañan no son los de uno. ¿Cómo vas a dejar que se te cruzen sin que te dé un vuelco el corazón?. Me estoy poniendo en situación...y se me encoge el estómago.
Suerte.
Saludos; Bichito

Luis Campoy dijo...

Lo del "nudo en el estómago" es una buena descripción para lo que creo que podría sentir. De todas formas, he de decir que el diálogo posterior a la publicación del artículo ha allanado un poco las diferencias. Gracias por estar ahí.