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jueves, 25 de septiembre de 2008

Ríos de lluvia caen sobre mi cabeza


¿Por qué los meteorólogos nunca se equivocan cuando predicen lluvia? Muchas veces me he arriesgado a seguir sus doctos consejos y encaminarme hacia la playa en un día supuestamente soleado… sólo para mojarme sin necesidad de haber descubierto mis carnes serranas a la curiosidad de los otros bañistas frustrados. O sea, basta que el Hombre (o la Mujer) del Tiempo anuncie “Sol” para que la sonrisa de los angelitos se trueque en llanto acongojante, pero, sin embargo, si tales agoreros climáticos anuncian “Lluvia”, lo que cae no es sólo una leve y liviana llovizna, sino un auténtico diluvio del copón. Anoche, una vez más, lo pude verificar por mí mismo. Superadas las divergencias que hace unos días refería, vuestro seguro servidor y su (mi) pareja acordamos sacar de paseo a los cuatro cachorrillos que componen nuestra colectiva camada, y nada mejor que aventurarnos en un recinto ferial lorquino cuyas atracciones estaban secándose tras el chaparrón de la tarde. Sí, es cierto, la meteorología había vaticinado fuertes precipitaciones y estábamos en alerta naranja, pero ya sabéis hasta qué punto la insistencia de un niño puede obnubilar un par de mentes adultas que deberían haber sido más sensatas y previsoras. Lo cierto es que ya había estado lloviendo durante un buen rato y los querubines de allá arriba daban muestras de querer propiciar una cierta bonanza, así que cargué el coche de chiquillos y lo aparqué lo más cerca posible del Recinto Ferial de Lorca, justo al lado de un precioso macizo de rosas. De noche todas las flores son pardas, pero sus mecanismos de defensa no se relajan; cuando trataba de salir del vehículo, mi hija se arañó la pierna con las espinas del rosal, y, como espinas, sus gritos se me clavaron en los oídos y en el corazón. No tuve otra salida que llevarla de vuelta a casa, por lo cual fue la única que no sufrió la venganza del Dios de la Lluvia. Cuando, después de haber vuelto a aparcar junto a un rosal muy similar al anterior, me encaminaba raudo y veloz hacia la Feria, comenzaron a derramarse sobre mi cabeza angelicales lágrimas insólitamente copiosas y cada vez más gruesas. Como no disponía de limpiaparabrisas en las gafas, el río de lluvia anegó mi campo visual y hubo un momento en que no era capaz de ver nada; fue más o menos cuando mi cabello se convirtió en césped recién regado y me planteé presentarme al concurso de Míster Camiseta Empapada 2008. Por fortuna para la ética y la estética, no llegué a formalizar la inscripción, y entre cántaros logré alcanzar el recinto en el que la inmensa mayoría de las atracciones ya estaban oscuras y enmudecidas, con decenas de personas apretujándose bajo los mínimos techados de la Tómbola y la pista de Coches de Choque. Yo me guarecí durante unos segundos en la Casa del Terror, y así, totalmente silenciosa y sumida en un silencio sepulcral, fue cuando más terrorífica me pareció. Finalmente logré acceder hasta donde me aguardaba el resto de la troupe, y mi hijo me sorprendió con una perla de su ingenuidad: “Papá, creo que esta lluvia ha sido culpa mía por haberme empeñado en venir a la Feria”. Fueron unos instantes de ahogo e hidrocución e indudablemente lo pasé mal bajo la tormenta, pero, mientras los revivo ahora, me parecen unos recuerdos tremendamente entrañables… y divertidos.

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