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jueves, 18 de septiembre de 2008

"Acércate al pueblo gitano"


Este era, literalmente, el texto de un cartel promocional que anunciaba unas jornadas de hermanamiento (acercamiento) entre las comunidades paya y gitana de Alicante, que una mañana apareció colgado en el instituto Jaime II, donde yo estudiaba en aquel año 1978. Aquel cartel permaneció así, intacto, menos de 24 horas, porque al día siguiente algún gracioso ya se había ocupado de realizar una importante puntualización revelando el sentir popular con respecto a tan hermosa utopía socio cultural: “Acércate al pueblo gitano… y volverás sin reloj”. Durante años hemos pensado que ese racismo que todos atribuíamos a la retrógrada raza blanca dominante en los Estados Unidos de América (tan bien reflejado en series como “Raíces”) nada tenía que ver con la realidad imperante en esta España nuestra, que no era nada racista y en la que se miraba igual de bien al blanco que al negro… sin pararse a pensar, claro está, en cómo se miraba a los gitanos, concentrados (hacinados) en barrios periféricos y que raramente se cruzaban en el día a día de la mayoría de nosotros. Yo mismo, entre mis múltiples sueños irrealizables de la adolescencia, albergaba la secreta ilusión de tener un amigo negro y otro gitano. No pudo ser. Al menos, no ha podido ser hasta el momento presente. Y es que, lamentablemente, miro hacia atrás y, en cualquier momento pasado en el que logro rememorar la presencia de uno o varios gitanos en mi vida, la actitud de éstos no es precisamente acogedora ni conciliadora. Me recuerdo paseando con mi amigo Fele por la “replaceta” del barrio de Benalúa y teniendo que apartar a empujones a un par de gitanitos pequeños y sucios que pretendían quitarnos los tebeos que íbamos leyendo; al día siguiente, esos mismos gitanillos, sólo que acompañados de cuatro cinco hermanos o allegados, nos atacaron en el mismo lugar, golpeándonos y escupiéndonos de un modo que hacía un poquito difícil el interesarse por su ancestral cultura. Recuerdo a una gitana llamando a la puerta de mi casa y saludando a mi padre con el clásico “Dame argo”; mi madre se apiadó de la pobre mujer y le dio un hato de ropa mía, de cuando yo era pequeño, con la que podría vestir más adecuadamente al churumbel cubierto de jirones que portaba en brazos. Un ratito después, cuando salí de casa para comprar el pan, encontré aquellos mismos pantaloncitos y jerseys tirados en medio de la calle, pisoteados por los peatones que dudo que tuviesen pensado asistir esa mañana a ninguna jornada de hermanamiento con la comunidad gitana. Recuerdo, también, estar desayunando en el bar “Select” de Lorca, leyendo el periódico mientras degustaba un riquísimo donut cubierto de azúcar glaseado; una gitana me abordó por detrás, llevando de la mano a un gitanito de unos cinco años que debería haber estado en el colegio, y me espetó, de una manera no demasiado amable, que su niño tenía hambre. Miré la cara de aquel pequeño, de tez algo más oscura pero con ojos igual de vivos y necesitados, y le dí la mitad del donut que estaba a punto de echarme a la boca. La gitana, que lo que realmente quería era dinero y no comida, recibió mi aportación con tanto desaire que lo arrojó al cenicero más próximo, lleno de colillas todavía humeantes, y admito que tampoco entonces sentí curiosidad por sumergirme en las tradiciones de la raza calé. Ayer mismo fui testigo de un nuevo episodio de esta historia interminable de encuentros y, sobre todo, desencuentros. Acababa de llegar a cierto locutorio al que, por razones no precisamente telefónicas, suelo acudir con relativa frecuencia, y me llamó la atención encontrar, entre la troupe habitual de ecuatorianos, bolivianos, argelinos y marroquíes, a un grupito de gitanos (tres muchachitas y un chico) que, con su deje inconfundible, despotricaban en voz alta. Enseguida quedó claro el motivo de su irritación: dio la casualidad de que el teléfono desde el que pretendían llamar no lograba establecer la comunicación, o quién sabe si acaso habían marcado mal o si Teléfonica había registrado cualquier interrupción en su flujo de datos. El caso es que una de las gitanas salió de la cabina chillándole a la empleada que “el aparato no funcionaba”, a lo que ésta le respondió que quizás estaba averiado, que probase desde otra de las cabinas. La gitana, de unos dieciocho o diecinueve años, la miró con los ojos torvos y le dijo “¿Qué me vaya a otra cabina…? Tú eres una hija de puta. Así te pique un alacrán en el ojo y te lo arranque. ¡Hija de puta!”. Sus compañeros, preparados para vengar cualquier ofensa real o inventada contra la dignidad de su estirpe, prorrumpieron en insultos semejantes y, no satisfechos con ésto, esparcieron por el suelo todos los folletos que hasta entonces se hallaban pulcramente ordenados en pequeñas montañitas sobre el mostrador. Cuando salieron y ya parecía que la cosa había terminado, los cuatro hijos de Faraón volvieron a entrar y, sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo, el gitanito macho cogió la papelera que había junto a la puerta y la volcó sobre la cabeza de la dependienta más próxima, y verla llena de papeles arrugados y el suelo cubierto de botes, chicles y colillas debió parecerles sumamente divertido, porque los cuatro se alejaron riéndose con sonoras carcajadas. Podría parecer que un comportamiento así me quitó las ganas de averiguar más cosas acerca de los gitanos, pero aún pude enterarme de algo más: si tanto les irritó a los susodichos que el teléfono no funcionase fue porque solían acudir frecuentemente al locutorio, hablar durante horas… y luego marcharse sin pagar. ¡Olé la raza calé!. Lo siento, si acaso alguno de vosotros sois de ascendencia gitana y os parecen racistas mis palabras. Pero… ¿racistas? Por Dios Santo, si racismo no es sino la predisposición a juzgar negativamente a alguien tan sólo atendiendo a la raza a la que pertenece. De lo que yo hablo no es de discriminar a las personas en función de su sangre o el tono de su piel, sino de que no sólo uno sino diez, cien, mil individuos pertenecientes a determinada etnia llevan cientos de años dándoles a sus compatriotas todas las razones del mundo para mirarles mal, para esperar lo peor de ellos, para tenerles no recelo sino auténtico miedo. Pero lo que me gustaría no es empujar a los payos a aplastar a los gitanos, que al fin y al cabo son minoría, sino más bien todo lo contrario. ¿Por qué es tan difícil encontrar en la vida cotidiana ejemplos constructivos de gitanos decentes y honrados? ¿Por qué no se les ocurre a los patriarcas de las comunidades calés aleccionar a sus congéneres no en el odio sino en el respeto, no en la bravuconería sino en la educación? ¿Por qué no se dan cuenta estas personas de que cada uno de ellos son embajadores permanentes de su raza y de que nunca se les va a empezar a mirar bien mientras continúen comportándose como energúmenos vociferantes, como chulos amedrentadores, como vagos que prefieren ejercer de “vigilantes” de un parking antes que tratar de incorporarse legalmente al mercado laboral?.

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