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martes, 30 de septiembre de 2008

Cine/ "TROPIC THUNDER (Una guerra muy perra)"


Salvar al soldado Stiller

Los minutos iniciales de “Tropic Thunder” revisten una crudeza casi insoportable. Es cierto que lo primero que el actor/director Ben Stiller nos enseña son tres trailers de sendas películas falsas protagonizadas por los tres actores que todos sabemos que hacen de actores que protagonizarán la película cuyo rodaje vamos a presenciar, pero, aun así, ver a un soldado acribillado a balazos y con sus manos convertidas en patéticos muñones, a otro de cuyo cráneo mana un sangriento géiser y a un tercero con los intestinos saliéndose de su vientre, no resulta precisamente agradable y remite a los primeros quince minutos de esa obra maestra llamada “Salvar al soldado Ryan”, de Steven Spielberg. Pero Stiller no es Spielberg, y enseguida su propuesta deriva hacia la comedia grotesca y gamberra, ésa que no duda en echar mano de las flatulencias y las ventosidades cada dos por tres. Me pregunto por qué determinados comediantes consideran que para el público es tan necesario contemplar un recital de pedos y eructos, como si resultase imposible prescindir de tan soeces aditamentos.

“Tropic Thunder” va de guerra. Es decir, va de unos actores que están rodando una película bélica, pero resultan tan poco creíbles que su director decide trasladar el lugar de rodaje a un entorno verdaderamente hostil para que se sientan realmente motivados, con tan mala fortuna que acaban en manos de unos guerrilleros de verdad. Cine dentro del cine, cine inmerso en la realidad, realidad que supera a la ficción. Para mí, las expectativas creadas por el tráiler y por el aluvión de críticas muy positivas quedaron algo defraudadas cuando terminé de ver la película. Hace ya tiempo que vengo pensando que no tengo ni puta idea de cine, que no puede ser casualidad que tantas películas señaladas por los (otros) críticos como “obras maestras” (“Wall-E”, “El Caballero Oscuro”) a mí no me lo parezcan, y que, sin embargo, otros productos considerados “menores” (“Mamma Mía”, “Wanted”) por esos mismos líderes de opinión a mí sí me hagan disfrutar. ¿Qué se le va a hacer? Yo soy yo, y me niego a puntuar con sobresaliente lo que a mí me parece notable, como me niego a santificar productos que para mí no merecen ni siquiera la beatitud.

Como tantas veces tengo que puntualizar, lo mejor de “Tropic Thunder” es su (espléndido) reparto. Para empezar, vuelvo a reclamar un oscar para ese inmenso artista que es Robert Downey, Jr., que aquí interpreta a Kirk Lazarus, un actor australiano rubio y que presume de cambiar de registro y aun de personalidad en cada nueva película (burla muy descarada de Russell Crowe). La carrera de Downey, Jr, que parecía destinado a convertirse en el mejor actor del mundo y se quedó en el mejor cliente de las clínicas de desintoxicación de los USA, tras probar todo lo bebible y todo lo esnifable, atravesaba su momento más bajo cuando, el año pasado, David Fincher le ofreció un papel pequeño pero agradecido en su magnífica “Zodiac”. A partir de ahí, el hombre ha hecho borrón y cuenta nueva y acaba de cosechar su mayor éxito personal con “Iron Man” y da la impresión de que finalmente ha sentado la cabeza. En “Tropic Thunder”, Downey, Jr. lleva al límite la obsesiva meticulosidad tan criticada a Marlon Brando, Robert De Niro o el propio Russell Crowe cada vez que se enfrentan a un nuevo papel, de forma que Lazarus/Downey Jr. es capaz de realizarse una operación cutánea para poder interpretar a… un negro (vamos, lo de Michael Jackson… pero al revés). Magnífica la actuación de Robert Downey, Jr., simplemente genial. Ben Stiller, aquí también director, se reserva el papel con más protagonismo, un actor encasillado en papeles de héroe de acción (alusión a Sylvester Stallone) que fracasó en su intento de realizar una interpretación “seria” encarnando a un retrasado mental tipo Forrest Gump. Jack Black, tan sobreactuado como en él es habitual, pone la nota malsonante (o, mejor dicho, maloliente) encarnando a un actor famoso por haber dado vida a toda una familia de gordos flatulentos (chiste a costa de Eddie Murphy en “El Profesor Chiflado 2”). Junto a este trío estelar, en papeles más pequeños pero muy agradecidos, podemos encontrar a Steve Coogan (que interpreta al director de la ficticia película… poco antes de desintegrarse en mil pedazos), Matthew McCounaghey (el infatigable agente del personaje de Ben Stiller), Tobey Maguire (que aparece únicamente en uno de los trailers del principio) y unos casi irreconocibles Nick Nolte y Tom Cruise, este último maquillado para parecer calvo y obeso, a semejanza del ejecutivo de Paramount Pictures que se atrevió a rescindirle el contrato hace un par de años.

No sabría decir si “Tropic Thunder” (subtitulada en nuestro país “Una guerra muy perra”) es una película de guerra con toques de humor o una comedia con ribetes bélicos, y aquí radica, como es habitual, el quid de la cuestión. Estoy seguro de que a todos esos otros críticos, que tanto la ensalzan, les “ponen” la mixtura y la indefinición, pero para mí, si la mezcla no es perfecta, el cocktail peca de demasiado amargo o de demasiado dulce, y, en este caso, mi paladar me dice que algo falla en el tono, en el aura que envuelve a este film que, por otra parte, constituye una grata sorpresa. Porque lo cierto es que “Tropic Thunder” está sorprendentemente bien planificada y montada, alguna de sus escenas de acción podrían ser dignas de una película bélica “de verdad” y, sobre todo, la práctica totalidad de los actores (no olvidemos que el director es, él mismo, un actor) realizan interpretaciones más que correctas y, todos, están muy dirigidos. Tal vez un humor menos soez y algo menos de truculencia hubieran beneficiado al resultado final del film, pero no voy a negar que me lo pasé bastante bien mientras lo veía.

Luis Campoy


Lo mejor: Robert Downey, Jr., las escenas de acción
Lo peor: Jack Black, el exceso de ventosidades
El cruce: “Salvar al soldado Ryan” + “Platoon” + “Apocalypse Now” + “John Rambo” + “Héroes fuera de órbita”
Calificación: 8 (sobre 10)

lunes, 29 de septiembre de 2008

Televisión/ ATR 4.0



Con algo de retraso debido a diversos eventos deportivos (los Juegos Olímpicos, la Copa Davis) y tragedias imprevisibles (el accidente del avión de SpanAir), se ha estrenado la nueva temporada (la cuarta) de esa serie que, quienes me leéis, sabéis que llevo siguiendo desde hace algún tiempo, “Amar en tiempos revueltos”.

Como he escrito en alguna que otra ocasión, me hice devoto de este serial porque, debido a que trabajo en una ciudad diferente a aquélla en la que vivo, suelo comer bastante tarde, y en mi casa siempre comemos frente a la televisión… con ésta encendida. A esas horas (alrededor de las 4 de la tarde) la oferta televisiva no era demasiado ilusionante, y en un panorama tan yermo, dominado por culebrones venezolanos o seriales de acá clonados de otros de allá (“Yo soy Bea”), el relato producido por Diagonal TV para la 1 de TVE me pareció una propuesta inteligente y atractiva, tan atractiva que empecé a verla como quien no quiere la cosa y, casi un año después, aún me dura la atracción. Cierto es, no obstante, que en la anterior temporada confluyeron una serie de factores temáticos que, en conjunto y aun individualmente, me interesaron vivamente, a saber: una productora de cine, un complot para asesinar a Franco, el retrato de una familia cuyo patriarca era un cabecilla del Movimiento falangista… Lo que me pregunto es: si yo fuese un recién llegado a la serie, desconocedor de todo su pasado, ¿me habría enganchado a “Amar en tiempos revueltos” a juzgar por lo visto hasta ahora en esta cuarta temporada?

La respuesta a la anterior pregunta es harto difícil. O no tanto. Es decir, NO, creo que, siendo como soy yo y desarrollándose la serie como se está desarrollando ahora, no me hubiera atraído como me atrajo hace un año. Pero la sigo viendo, y creo que lo seguiré haciendo. Porque los guionistas son astutos y calculadores y han repetido la táctica de no cerrar una temporada y, al cabo de un mes o dos, comenzar la temporada siguiente con el nuevo elenco de protagonistas. No, los libretistas de “Amar en tiempos revueltos” son unos manipuladores natos y prácticamente nos han cambiado de temporada y de reparto sin que apenas nos hayamos dado ni cuenta. Ello quiere decir que no acaba uno de “desencariñarse” de los “viejos” protagonistas cuando ya está aprendiendo a encariñarse de los nuevos. Porque ésta y no otra es la base del éxito de los culebrones de sobremesa: tanto y tanto ver a los mismos personajes y actores, tanto y tanto compartir sus alegrías y sus sinsabores, tantos y tantos días frente a ellos, que al final acabas no frente sino dentro, dentro de la trama, dentro de sus vidas de ficción.

Madrid, 1950. En la castiza Plaza de los Frutos, el centro neurálgico, el motor de la convivencia, continúa siendo el Bar El Asturiano, a cuyo cargo están Manolita (Itziar Miranda) y Marcelino (Manuel Baqueiro), a quienes apoyan Pelayo (José Antonio Sayagües), padre del anterior, y Enriqueta (Paloma Tabasco), esposa en segundas nupcias de este último. Manolita es, también, el nexo de unión de lo viejo con lo nuevo, del pasado en forma de negocio familiar con el futuro representado por unos Grandes Almacenes que constituyen un trasunto de El Corte Inglés: trabaja en jornada partida como dependienta de la sección de Corte y Confección, y en los ratos libres continúa ayudando a su marido y sus suegros en el bar. Los Grandes Almacenes Rivas son uno de los nuevos escenarios creados para esta temporada. En ellos, además de Manolita, trabajan las dos nuevas protagonistas de la serie, Ana (Marina San José) y Teresa (Carlota Olcina), juntas codo con codo en el día a día pero terriblemente diferentes en su origen y forma de vida. Teresa es hija de Pascual García (Pep Ferrer), el ex-presidiario al que conocimos en los últimos capítulos de la anterior temporada, un comunista honrado que malvive realizando chapuzas tras haber permanecido largos años en la cárcel a causa de su ideología. Hace poco le ha seguido a Madrid el resto de su familia, que hasta entonces vivía en el pueblo: su esposa Carmen (Pepa Pedroche) y sus hijos Teresa y Alfonso (Alex García), muchacho de sangre caliente y pensamiento político opuesto al de su progenitor. El quinteto de habitantes de la modesta casa de los García se completa con Simón (Angel Pardo), amigo y ex-compañero de presidio de Pascual, que vive realquilado y sueña con dedicarse al dibujo de comics. Sin que Teresa lo sepa, su mejor amiga Ana, a la sazón compañera de trabajo en los Grandes Almacenes, oculta un importante secreto: en realidad es la hija única de Ramón Rivas, el dueño de la empresa, tratando de conocer desde dentro el negocio que un día heredará. Los secretos son el pan de cada día en la lujosa vivienda de los Rivas. Ramón (Manuel Bandera) vive rodeado de mujeres: su hija Ana, su esposa Marta (Clara Sanchís) y su madrastra Encarnación (Cristina de Inza), viuda de su padre, con el que contrajo matrimonio cuando éste era ya anciano y ella todavía una jovencita arribista. Pero nada es lo que parece; Rivas, recién nombrado “Empresario del Año”, ganó el título en una partida de póquer celebrada en la famosa cocktelería “Morocco”, con cuya nueva gerente, la ex-joyera Julieta (Lola Marceli) vive un tórrido romance; por su parte, doña Encarnación no se limita a ejercer de matriarca de la familia Rivas, sino que, conforme pasan los capítulos, puede percibirse que es ella y no Ramón quien mueve los hilos de la familia y de la empresa, pudiendo palparse una creciente tensión en el ambiente, a la que sólo aparentemente es ajena la joven Ana. Además de la humilde casa de los García, el lujoso entorno en el que se desenvuelven los Rivas, el “Asturiano” y el “Morocco”, los otros escenarios de esta cuarta edición de “Amar en tiempos revueltos” son el estudio fotográfico donde viven y trabajan Sole (Ana Villa) y su marido Juanito el Grande (Roberto Mori); la prisión provincial donde se halla recluído Juanito el Chico (Jorge Monje), convertido en cabeza de turco del derrumbe de una nave de los Grandes Almacenes; y la comisaría de policía, en la que el inspector Héctor Perea (Javier Collado) y el subcomisario Ovidio Salmerón (Miguel Ortiz) tratan de hacerse la cama mutuamente mientras investigan las timbas ilegales que se celebran en el Morocco y los asesinatos de mujeres cometidos por un escurridizo psicópata…

Hasta ahí mi (no tan breve como hubiera deseado) resumen de lo visto hasta ahora en los primeros capítulos de “ATR 4.0”. ¿Qué os parece? ¿Os hubiérais enganchado a un serial en función de estos parámetros argumentales? Yo, honestamente, pienso que no, así que creo que es necesario volver a elogiar los aspectos más técnicos de la serie, como, por ejemplo, la fotografía, el tratamiento del color y la más que aceptable interpretación de la mayoría de los actores, con la muy preocupante excepción de la que se supone que es la principal protagonista (de hecho, es la primera que aparece en los títulos de crédito), la joven y desgarbada Marina San José, que, por cierto, en la vida real es hija de Ana Belén (y el cantante Victor Manuel) pero a la que aún le queda un larguísimo camino por recorrer si pretende emular los niveles de su famosa mamá. En cuanto a la ambientación, siempre tan meticulosa en temporadas anteriores, sorprende un poco el hecho de que algunos de los decorados actuales “canten” tanto a reciclaje (la casa de los Rivas es la misma que la de los Roldán en la anterior temporada; la oficina de Ramón Rivas fue la de la productora Numancia Films; la casa de los García se parece sospechosamente a la del profesor Alvaro Iniesta, mientras que la de los dueños de El Asturiano recuerda demasiado al piso franco en el que se escondían Fernando y Alicia en “ATR 3.0”). Lo mejor, sin duda, es la posibilidad de llegar a engancharse, día tras día, a unos personajes a los que acaban haciendo creíbles sus muy competentes intérpretes, que se desenvuelven en un entorno sociopolítico perfectamente reconocible y en el que todos quienes hemos vivido nuestra vida en esta España, no siempre democrática, encontramos fácilmente motivos para identificarnos.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Ríos de lluvia caen sobre mi cabeza


¿Por qué los meteorólogos nunca se equivocan cuando predicen lluvia? Muchas veces me he arriesgado a seguir sus doctos consejos y encaminarme hacia la playa en un día supuestamente soleado… sólo para mojarme sin necesidad de haber descubierto mis carnes serranas a la curiosidad de los otros bañistas frustrados. O sea, basta que el Hombre (o la Mujer) del Tiempo anuncie “Sol” para que la sonrisa de los angelitos se trueque en llanto acongojante, pero, sin embargo, si tales agoreros climáticos anuncian “Lluvia”, lo que cae no es sólo una leve y liviana llovizna, sino un auténtico diluvio del copón. Anoche, una vez más, lo pude verificar por mí mismo. Superadas las divergencias que hace unos días refería, vuestro seguro servidor y su (mi) pareja acordamos sacar de paseo a los cuatro cachorrillos que componen nuestra colectiva camada, y nada mejor que aventurarnos en un recinto ferial lorquino cuyas atracciones estaban secándose tras el chaparrón de la tarde. Sí, es cierto, la meteorología había vaticinado fuertes precipitaciones y estábamos en alerta naranja, pero ya sabéis hasta qué punto la insistencia de un niño puede obnubilar un par de mentes adultas que deberían haber sido más sensatas y previsoras. Lo cierto es que ya había estado lloviendo durante un buen rato y los querubines de allá arriba daban muestras de querer propiciar una cierta bonanza, así que cargué el coche de chiquillos y lo aparqué lo más cerca posible del Recinto Ferial de Lorca, justo al lado de un precioso macizo de rosas. De noche todas las flores son pardas, pero sus mecanismos de defensa no se relajan; cuando trataba de salir del vehículo, mi hija se arañó la pierna con las espinas del rosal, y, como espinas, sus gritos se me clavaron en los oídos y en el corazón. No tuve otra salida que llevarla de vuelta a casa, por lo cual fue la única que no sufrió la venganza del Dios de la Lluvia. Cuando, después de haber vuelto a aparcar junto a un rosal muy similar al anterior, me encaminaba raudo y veloz hacia la Feria, comenzaron a derramarse sobre mi cabeza angelicales lágrimas insólitamente copiosas y cada vez más gruesas. Como no disponía de limpiaparabrisas en las gafas, el río de lluvia anegó mi campo visual y hubo un momento en que no era capaz de ver nada; fue más o menos cuando mi cabello se convirtió en césped recién regado y me planteé presentarme al concurso de Míster Camiseta Empapada 2008. Por fortuna para la ética y la estética, no llegué a formalizar la inscripción, y entre cántaros logré alcanzar el recinto en el que la inmensa mayoría de las atracciones ya estaban oscuras y enmudecidas, con decenas de personas apretujándose bajo los mínimos techados de la Tómbola y la pista de Coches de Choque. Yo me guarecí durante unos segundos en la Casa del Terror, y así, totalmente silenciosa y sumida en un silencio sepulcral, fue cuando más terrorífica me pareció. Finalmente logré acceder hasta donde me aguardaba el resto de la troupe, y mi hijo me sorprendió con una perla de su ingenuidad: “Papá, creo que esta lluvia ha sido culpa mía por haberme empeñado en venir a la Feria”. Fueron unos instantes de ahogo e hidrocución e indudablemente lo pasé mal bajo la tormenta, pero, mientras los revivo ahora, me parecen unos recuerdos tremendamente entrañables… y divertidos.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Cine/ "VICKY CRISTINA BARCELONA"




El Allen más almodovariano

¿Enfermo incurable de cine a sus setenta y pico años? ¿Deseoso de cambiar de estilo en un loable intento de auto renovación? ¿Acuciado por las deudas y necesitado de sacar pasta cómo y de donde sea? Sinceramente, me inclino por esta última opción. Porque “Vicky Cristina Barcelona” no es sólo una mala película de Woody Allen, absolutamente indigna del talento creador de “Annie Hall” y “Hanna y sus Hermanas”, sino que es mala sin más. De hecho, si cualquiera de los participantes en el rodaje de este engendro se atreviese a filtrar la noticia de que no fue Allen quien ¿escribió? el ¿guión? ni tampoco quien ¿dirigió? a los actores durante la filmación, yo me lo creería a pies juntillas. Lo malo es que “obsequiarnos” con un pestiño así se le puede perdonar a un debutante, a un primerizo al que se le puede otorgar el beneficio de la duda y esperar que mejore en trabajos sucesivos… pero, llamándose “Woody Allen” y hallándose ya, por ley de vida, en el inevitable final de su carrera, lo único que se puede pedir y esperar de tal señor es que se aleje del cine y, si acaso necesita continuar siendo mínimamente creativo, se concentre en la música (por cierto, si sois fans impenitentes de Allen os comunico que el 31 de Diciembre estará en Murcia tocando el clarinete).

“Vicky Cristina Barcelona” (título repelente y poco imaginativo donde los haya) cuenta la historia de dos jovencitas norteamericanas (llamadas, cómo no, Vicky & Cristina) que vienen a Barcelona a pasar dos meses de verano. Una de ellas está terminando un master universitario sobre la cultura catalana, y la otra es una artista necesitada de inspiración. La inspiración y la cultura las encontrarán juntas y al mismo tiempo, personificadas en un artista bohemio que las enamorará y cambiará su forma de entender la vida y el mundo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que hace ya años que las películas de Woody Allen no son precisamente éxitos en su país de origen. Si su prestigio se mantiene más o menos intacto es debido al boca a boca que aún pervive entre los actores norteamericanos, y, principalmente, al beneplácito de los críticos europeos. Tampoco es que Allen haya sido nunca un fabricante de blockbusters, pero sus películas cada vez dan menos dinero y el hombre ha tenido que buscarse las habichuelas allá donde ha podido. Tan neoyorkino como siempre ha sido, en los últimos tiempos se ha visto a rodar sistemáticamente en Europa (donde como digo, son más numerosos sus admiradores), primero en Inglaterra y ahora en España, donde supuestamente se comprometió a rodar tres películas, que al final se han quedado reducidas a una… la que nos ocupa. Es decir, lo primero fue el compromiso contraído de entregar una obra que transcurriese en nuestro país, y, a continuación, determinar cuál iba a ser el argumento y naturaleza del producto en cuestión.

Tal vez el hecho de estar en España y tener enfrente a Javier Bardem y Penélope Cruz ha hecho que al viejo Allen se le vaya la olla y se crea por un momento que no es Woody Allen… sino Pedro Almodóvar, y es que, mala como es, la película sería más digerible y menos indigesta si fuese Almodóvar y no Woody su máximo responsable. El característico estilo que todos considerábamos asociado al director de “Manhattan” está tan diluído que de él sólo sobreviven dos o tres diálogos mínimamente afortunados y un inconfundible “tic” en la interpretación de la mayoría de los actores, que parece que no pueden actuar sin tartamudear como suele hacer el propio Allen. Esa vulgar Barcelona de postal (con tópicos enclaves en la Padrera y el Parc Güell) resulta, paradójicamente, tan ficticia e impersonal como la casa asturiana en la que vive el padre poeta del pintor al que encarna Bardem, y a los quince minutos ya dan ganas de vomitar cada vez que se repite el sempiterno acompañamiento musical (la canción “Barcelona” del grupo catalán Giulia y los Tellarini y el ya arcaico “Entre dos aguas” de Paco de Lucía).

Increíble e inconcebible en su planteamiento (que una chica tan estable como el personaje que encarna Rebecca Hall se cuelgue de ese modo de un vulgar latin lover sólo por retozar una noche con él no se lo tragan ni siquiera los que se atrevan a aceptar que una muñequita rubia como Scarlett Johansson se lanza a un absurdo menage-a-trois con Bardem y una desequilibradísima y peligrosa Penélope Cruz), penosa en su realización (el ralentí que Allen emplea como elipsis cuando Hall y Bardem están a punto de hacer el amor en pleno parque público hace provocar el sonrojo) y simplemente mediocre en su vertiente literaria, los únicos atractivos de “VCB” cabe hallarlos en su elenco actoral. Javier Bardem parece que actúa con el piloto automático, pero su encanto animal es innegable; Penélope Cruz está realmente atractiva aunque a nadie se le escapa que está mil veces sobreactuada; Scarlett Johansson luce preciosa, tal vez más que nunca, pero su mezcla de ingenuidad, voluptuosidad y extrema tolerancia hubieran necesitado de una actriz con muchos más recursos; la mejor de todos es, sin duda, Rebecca Hall, cuya “Vicky” está perfectamente matizada en cada una de sus reacciones, por mucho que algunas de ellas, vistas desde fuera, chirríen a causa de su poca credibilidad dramática.

Decepción. Desencanto. Irritación. Todo ésto fue lo que sentí mientras veía “Vicky Cristina Barcelona”, la peor película hecha jamás por Woody Allen. Sinceramente… no os la recomiendo.


Luis Campoy

Lo mejor: Rebecca Hall
Lo peor: el modo en que se retratan los tópicos enclaves barceloneses, el rótulo que afirma que un bodrio así está “Escrito y Dirigido por Woody Allen”
Calificación: 4 (sobre 10)

martes, 23 de septiembre de 2008

El "Quijote" de los comics: "WATCHMEN"


“Quis custodies ipsos custodies?”… “Who watches the watchmen?”… “¿Quién vigila a los vigilantes?”… Bajo este enigmático slogan subyace el espíritu del que está considerado como uno de los mejores comics de todos los tiempos. Se publicó en 12 entregas entre 1985 y 1986 y sus autores fueron el guionista Alan Moore y el dibujante Dave Gibbons. Visto desde la perspectiva de hoy en día, puede interpretarse que el trazo de Gibbons, sin ser torpe o confuso, no responde al modelo de espectacularidad o detallismo que los dibujantes más cotizados de la actualidad infieren a sus trabajos. Sin embargo, el modélico guión de Moore, tan rico en connotaciones sociopolíticas, tan bien estructurado en base a una trama principal y otras subtramas que la complementan, no ha perdido en absoluto su vigencia, su interés, su apabullante calidad.

Estamos en 1986. Nueva York. Los superhéroes, también denominados “vigilantes”, llevan años prohibidos por decreto, condenados al olvido por una normativa gubernamental. Sin embargo, su existencia es más necesaria que nunca. El mundo está aterrorizado ante la posibilidad de una guerra atómica entre las dos grandes potencias (Estados Unidos y la URSS), y cada día que pasa crece la psicosis colectiva acerca de que la reciente invasión de Afganistán por parte de los soviéticos será la chispa que haga detonar la III Guerra Mundial. A pesar de la prohibición, algunos de los héroes no han cesado del todo su actividad. Uno de ellos, apodado El Comediante, es brutalmente asesinado. Un antiguo compañero suyo, Rorschach, que se niega a resignarse a la inactividad, inicia una investigación personal que le lleva al convencimiento de que existe un meticuloso plan para destruir moral o físicamente a los vigilantes que continúan vivos y aún serían capaces de volver a la acción si acaso se les necesitase (Búho Nocturno, Dr. Manhattan, Ozimandias y Espectro de Seda).

Muchos años atrás, un grupo de vigilantes conocido como The Minutemen se veía obligado a cesar su actividad, y sus miembros se disgregaban para siempre. Sin embargo, no todos iban a afrontar la inactividad del mismo modo. Edward Blake (El Comediante) continuaría desarrollando trabajos “sucios” para el gobierno de los EEUU, en operaciones secretas en lugares como Corea o Vietnam. Jon Osterman, alias Dr. Manhattan, también sigue trabajando para el aparato gubernamental, concretamente en el terreno de la investigación acerca de la desintegración del átomo, proceso en el que él mismo había perdido todo atisbo de humanidad al desintegrarse y volverse a recomponer en forma de una criatura azul de poder poco menos que ilimitado. Búho Nocturno (Dan Drieberg) y Rorschach (Walter Kovacs) han seguido su carrera mientras les ha sido posible, formando una pareja sorprendentemente bien avenida a pesar de sus diferencias. Drieberg es un ricachón que siempre ha tratado de destinar sus dineros a luchar contra la injusticia, pero finalmente acepta la realidad y su pintoresca nave, el “Arquímedes” y sus gadgets acaban por dormir el sueño de los justos en los sótanos de su casa. Rorschach jamás ha acatado ni acatará la obligación de cesar su actividad, ya que considera que el crimen es una enfermedad que simplemente hay que exterminar. Sus métodos son bastante expeditivos, y su rostro real no lo conoce absolutamente nadie; bajo su máscara (una asfixiante superficie blanca sobre la que palpitan, negras, las manchas que utilizan los psicólogos para realizar la prueba de asociación visual conocida precisamente como “Test de Rorschach”) oculta las miserias de una infancia de sufrimiento, marginación y malos tratos. Adrian Veidt es considerado unánimemente El Hombre Más Inteligente de la Tierra, y también es uno de los más ricos. Aunque ya no lucha contra el crimen bajo su personalidad de Ozimandias, ha sacado pingües beneficios a fuerza de comercializar su imagen (muñequitos articulados que reproducen su figura, ataviada con ropajes pseudo egipcios, y la de su mascota Bubastis, un lince mutado genéticamente) y es lo bastante listo como para entender que todo aquél que tiene cerebro y dinero no tiene por qué quedarse cruzado de brazos mientras el mundo se limita a temblar ante la posibilidad de un holocausto nuclear. Finalmente, el toque femenino lo aporta Laurie Juspeczyk, también conocida como “Espectro de Seda II”, que heredó tanto el apodo como la vocación aventurera de su madre, la cual, en su juventud, tuvo un roce muy poco agradable con El Comediante. Laurie ha pasado los últimos años viviendo con el Dr. Manhattan, pero la frialdad y carencia de sentimientos de éste la desespera hasta el punto de tener que refugiarse en los brazos del mucho más sensible y humano Dan Drieberg, alias Búho Nocturno.

El impactante asesinato de El Comediante (machacado a golpes y arrojado al vacío desde su ático) y la investigación posterior de Rorschach constituyen el punto de partida de “Watchmen”, que es mucho, muchísimo más que un simple tebeo para niños. De hecho, si no se tratase de una “novela gráfica” sino simplemente de una “novela”, seguramente estaríamos hablando de uno de los títulos fundamentales de la literatura de los últimos 25 años. Pero claro, el hecho de que, como complemento y contrapunto a los espléndidos textos de Alan Moore aparezcan ilustraciones en las que puede verse a personajes disfrazados, predispone a muchísima gente a dudar de la seriedad o la madurez de la obra. Como todo el mundo sabe, existe un odioso prejuicio generalizado hacia los comics, y no sólo se considera “inmaduro” o “infantil” a quien los lee o colecciona, sino que se comete el error de meter en el mismo saco a “Mortadelo y Filemón” y a “The Ultimates”, a “El Guerrero del Antifaz” y a “The Authority”, a “Esther” y a “Batman: The Dark Knight Returns”. Craso error. El comic es, para quien lo afronta sin prejuicios, todo un arte en sí mismo, el Noveno Arte, y, desde luego, la calidad literaria de sus especímenes más ilustres nada tiene que envidiar a la de un buen libro “para adultos”. “Watchmen” sólo utiliza a los superhéroes como excusa y como metáfora, pero su inteligentísima mezcla de thriller de acción, denuncia social, parábola política y alegato antinuclear merece que incluso un lector “serio” le dé una oportunidad.

No sería difícil establecer paralelismos entre algunos de los protagonistas de “Watchmen” y otros héroes archiconocidos del panorama comiquero internacional. Obviamente, El Comediante es una especie de reverso tenebroso del Capitán América (ambos trabajan para el gobierno de su país, pero los elevados ideales de este último contrastan con el cinismo y pragmatismo de El Comediante), Búho Nocturno y Rorschach reflejan, desdoblada en dos, la personalidad de Batman (Búho Nocturno aspira únicamente a hacer el bien, pero Rorschach considera que lo primero de todo es la aniquilación y el exterminio de los malvados), el Dr. Manhattan sería un Capitán Marvel a la inversa y Ozimandias una mezcla de Superman y Thor… sin superpoderes. No oculto que, de todos ellos, mi favorito es Rorschach, no por su comportamiento agresivo y violento, sino por su perseverancia en su sangrienta cruzada contra el mal, por su conducta aparentemente simple y elemental, que revela que, bajo su apariencia humana de fealdad y brutalidad, subyace el deseo primitivo de imponer la justicia sobre la injusticia, la paz sobre la violencia… aunque, para ello, tenga que ser más violento que nadie.

A pesar de la proliferación de adaptaciones cinematográficas de casi todos los comics habidos y por haber (de “Asterix” a “Batman: El Caballero Oscuro”, de “Superman” a “Hellboy”, de “Spiderman” a “Wanted”, de “X-Men” a la inminente “The Spirit”), hasta ahora parecía que una obra tan compleja y adulta como “Watchmen” era poco menos que inadaptable. Sin embargo, tras alcanzar la gloria con su excelente “300” (basada, también en una novela gráfica, obra de Frank Miller), el joven director Zack Snyder anunció que su próximo proyecto volvería a tener a un comic como punto de partida, y sería nada menos que… “Watchmen”. Los aficionados de todo el mundo se posicionaron rápidamente a favor o en contra de tal empresa: en contra, porque las obras maestras, como sucede con todo aquéllo que veneramos o idolatramos, demasiado fácilmente suelen defraudarnos cuando se las adapta a un medio diferente de aquél para el que fueron concebidas (las películas inspiradas por otros trabajos del mismo Alan Moore como “La Liga de los Hombres Extraordinarios”, “Desde el infierno” o, en menor medida, “V de Vendetta” constituyeron ejemplos concluyentes de este axioma); y a favor, porque el buen resultado de “300” permite albergar fundadas esperanzas, y porque ¿qué diablos? ya iba siendo hora de que una de las mejores historietas de la Historia tuviera su oportunidad de llegar al gran público que no lee comics pero sí va al cine. Según parece, y al igual que hiciera en su celebrada narración de la gesta de Leónidas y sus 300 espartanos, Zack Snyder de nuevo ha prescindido del uso de decorados tangibles, rodando todos y cada uno de los planos ante pantallas verdes sobre las que posteriormente se han añadido los escenarios virtuales generados por ordenador, y, para dar vida a sus “Watchmen” de celuloide, ha reunido un reparto poco menos que inescrutable, ya que el único nombre mínimamente conocido es el de Billy Crudup como Dr. Manhattan y junto a éste aparecen los de los oscuros Patrick Wilson (Búho Nocturno), Jackie Earle Haley (Rorschach), Jeffrey Dean Morgan (El Comediante), Matthew Goode (Ozimandias) y Malin Akerman (Espectro de Seda). La fecha inicialmente prevista para el estreno de la película es el 6 de Marzo de 2009, pero hace unas semanas saltaba la noticia de que una disputa sobre los derechos de explotación del material gráfico original enfrentaba a dos compañías de distribución (Warner Bros. y 20th Century Fox), por lo que el film, cuya posproducción está finalizando en estos momentos, podría demorar su exhibición hasta un año más (2010)… o incluso nunca llegar a verse. Para amenizar la (acaso larga) espera, y también para que quienes no conozcáis el comic podáis daros una idea de lo que es y a lo que ha dado lugar, os dejo la dirección de la página web, donde está a vuestra disposición su espléndido y muy adictivo tráiler, sin duda, el mejor que yo he visto en mucho, muchísimo tiempo.
Luis Campoy

lunes, 22 de septiembre de 2008

ETA, suma y sigue


Es el tema del día. Supongo que la mayoría, como yo, os habréis despertado con la desagradable noticia de que ETA había vuelto a matar. Cuando tengo que explicarle a un niño, o a un inmigrante, el origen de esta inacabable sed de violencia que enfrenta a los vascos (a algunos vascos) con el Estado español, siempre les digo que la complejidad del asunto se debe a su longevidad histórica. Aunque la banda terrorista ETA propiamente dicha eclosionó durante la dictadura de Francisco Franco, el espíritu separatista o distanciador de los habitantes del País Vasco viene de muchos siglos atrás. Incluso si analizamos su lengua autóctona, el euskera, veremos que, a diferencia del catalán o incluso el gallego, nada tiene que ver su ortografía o su fonética con la lengua castellana. Así pues, es a la Historia, al idioma e incluso a su carácter algo peculiar a lo que determinados sujetos atribuyen su derecho natural a no ser españoles… sino, simplemente vascos. ¿Pero cómo dejar de ser españoles cuando, geográfica y políticamente, se ven ligados a esa unidad territorial llamada España? A finales de los años 50 empezó a operar una organización de carácter terrorista denominada Euskadi Ta Askatasuna (Euskadi y Libertad), cuyas siglas se hicieron terriblemente populares casi de inmediato. Ni siquiera el gabinete ultrarrepresor de Franco pudo aplastarles, y no pudo porque, mal que nos pese a muchos, estos señores tienen una gran cobertura popular. No se trata de cuatro asesinos sedientos de sangre que matan en contra de la voluntad de sus paisanos; muchos de sus paisanos apoyan sus ideales, y, por desgracia, incluso justifican sus métodos. No sé si debe ser genético, pero, mientras que a mí y a la mayoría de los demócratas sólo se nos ocurre la vía del diálogo para tratar de conseguir lo que deseamos, hay quien considera lícito el ejercicio de la fuerza bruta. La violencia es consustancial a la mismísima especie humana (ya conocéis aquéllo de “El Hombre es el lobo para el Hombre” o lo de “De entre todas las criaturas, sólo el Hombre mata por placer y no por necesidad”), y lo peor para las mentes crédulas y pusilánimes es darse de bruces con algún caudillo manipulador que les convenza de que cualquier método es legítimo para obtener el fin deseado (Maquiavelo dixit). ¿Cómo expulsar de “su” país a los invasores opresores españoles? Pues exterminando a sus dirigentes locales, o a los representantes de sus cuerpos de seguridad. Políticos, militares, guardias civiles, policías y ertzainas son sus objetivos favoritos a la hora de la eliminación, mientras que, cuando el apoyo ciudadano no es todo lo generoso que ellos consideran, se dedican a recolectar fondos adicionales mediante el secuestro y la extorsión. Todo sea por la causa. ¿Cómo erradicar de una vez para siempre esta lacra de inmunda violencia? No hay fórmulas mágicas, y sólo se me ocurren dos posibilidades: o por la fuerza, o mediante el diálogo. Ya he expuesto más arriba lo retrógrada e inhumana que me parece cualquier acción armada, así que sólo se me ocurre factible la vía del diálogo, entendiendo que, para dialogar, las dos partes deben estar dispuestas a llegar a un punto de acuerdo y a ceder lo que haya que ceder. Y, por supuesto, para sentarse a platicar con una banda de asesinos que se ocultan tras un pasamontañas, lo primero es que se desenmascaren y que, a continuación, entreguen las armas como muestra de buena voluntad. Esto fue lo que ocurrió durante la frustrada tregua de hace dos años, impulsada demasiado alegremente por un Zapatero empeñado en obtener el Premio Nobel de la Paz. No sé muy bien qué fue lo que se les prometió a los dirigentes etarras que se sentaron a negociar con los representantes socialistas, pero el chocolate del loro caducó antes de lo previsto, y, desde entonces, parece que los integristas de la txapela están rearmándose a marchas forzadas, perpetrando acciones cada vez más audaces. Como la de esta madrugada, que ha arrebatado la vida a un hombre de 46 años que simplemente estaba cumpliendo su trabajo en el destino que le habían impuesto, y que no tenía nada que ver con la administración de los derechos ancestrales que determinados vascos creen poseer sobre sus territorios.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Tuyos, míos... nuestros (Parte II)


Todos mis amigos separados que tienen hijos salen con los hijos de sus novias sin importarles que puedan encontrarse con los suyos propios”. A veces, uno se mira al espejo, incluso desgreñado y barbudo como estoy yo ahora, y se reconoce sin problemas. O sea, soy yo, no me cabe duda, soy yo y no otra persona con la que alguien próximo a mí me pueda confundir. Soy yo, con mis innumerables defectos y mis exiguas virtudes. ¿”Todos mis amigos separados…”? Supongo que habrá, como lo hay para cada cosa, una estadística científicamente infalible acerca de cómo reaccionaría un padre separado que ama a sus hijos cuando se los tropieza en la Feria pero a quienes está montando en las atracciones no es a ellos… sino a los hijos de su pareja. Tal vez la sola idea de dedicar unos minutos de una soleada mañana de domingo a escribir sobre ésto sea ya una estupidez en sí misma. Pero yo soy yo, no soy un “amigo separado” cualquiera, y mis sentimientos, dudas y remordimientos son los míos y no los de otro. No lo puedo evitar, imaginar que me veo poco menos que obligado a salir con los hijos de mi novia sin poder llevar, también, a los míos, me genera tristeza, me genera, incluso, culpabilidad. Por supuesto que sé y entiendo que no todos tenemos la vida tan cuadriculada como yo, que sé qué días me corresponde ser yo quien saque a pasear a mis hijos, y por supuesto que admito que, cuando se acepta a una persona, se la acepta con todas sus circunstancias y todas sus consecuencias. Pero que, después de tantas explicaciones sobre cómo soy, lo que la otra persona percibe sean excusas, y que la conclusión final para una hora de conversación sea una especie de ultimátum, un “¿Lo tomas o lo dejas?” sin más alternativas posibles que un “” o un “No”, me parece absolutamente, dramáticamente injusto. Odio que me pongan condiciones. Es cierto que uno puede intuir que, en multitud de devenires de la existencia, hay implícitos determinados condicionantes indirectos, pero su ambigüedad nos permite convencernos de que somos nosotros mismos quienes nos imaginamos encajonados entre la espada y la pared. Sin embargo, el hecho de tener que llegar a expresar con palabras coherentes y verbalizadas que el futuro de una relación está condicionado a la aceptación de un determinado planteamiento al que llevas oponiendo años y años de íntimas aclaraciones, me resulta, como mínimo, muy poco ilusionante. Suceda lo que suceda en el futuro, me temo que siempre habrá un “antes” y un “después” de este momento.

viernes, 19 de septiembre de 2008

¿Existe España?


Dicen que todo adolescente, o, por extensión, toda persona, se enfrenta antes o después a una angustiosa crisis existencial. Preguntas como “¿Quién soy?”, “¿De dónde vengo?”, “¿A dónde voy?”, “¿Se comerá Pep Guardiola las uvas como técnico del Barça?” (bueno, esta última quizás no) nos las hemos hecho absolutamente todos, en un momento u otro de nuestra vida. Ahora, a nivel nacional y colectivo, hemos de interrogarnos con una nueva y desasosegante duda: “¿Existe España para los norteamericanos?”. El otro día, el candidato republicano a la Casa Blanca, míster John McCain, accedió a responder a las preguntas de varios medios de comunicación, entre los que se hallaba una corresponsal de Radio Caracol de Colombia, que a su vez trabajaba de free-lance para la Cadena SER española. Tras unos primeros minutos en los que McCain, al igual que antes había hecho su futura vicepresidenta Palin, se limitó a recitar casi de memoria el manual de estilo de su partido, fue preguntado por la citada periodista colombiana acerca de su predisposición a recibir en audiencia al presidente Zapatero de España. Todos sabemos que son dos los motivos por los que nuestras relaciones con el Tío Sam no atraviesan su mejor momento: uno, Zapatero, cuando todavía era líder de la oposición, se negó a ponerse en pie al pasar la bandera estadounidense durante un desfile militar; y dos, nada más acceder a la presidencia, cumplió su promesa electoral de retirar las tropas españolas de Iraq. Para estos yanquis ultrapatrióticos, hijos de Rambo y de Chuck Norris, el desprecio a la enseña de las barras y estrellas y el abandono de las posiciones en terreno iraquí constituyen sendas afrentas difícilmente perdonables, y por descontado que el cumplimiento de una promesa electoral no tiene absolutamente ningún valor para ellos. El caso es que McCain inicialmente se hizo el loco y se fue por las ramas respondiendo estupideces como que “él recibiría a cualquier dirigente que fuese amigo de su país”, pero, cuando la radiofonista colombiana insistió (hasta un total de cuatro veces) en su requerimiento sobre la persona del presidente español, el muy republicano evidenció que, una de dos, o no tiene ni puta idea de quién coño es Zapatero, o es incapaz de situar en un mapa a una nación como España, de la que, por cierto, proviene el segundo idioma más hablado en su nación. Cualquiera de estas dos posibilidades acojona un poco teniendo en cuenta que, como más de una vez he dicho en esta misma página, McCain o su rival Obama van a ser quienes dirijan los destinos del país más poderoso del mundo mundial, en el que, aunque ciertos incultos de poder hiperdesarrollado no lo sepan, existe una nación en cuyo patronímico aparece una letra (la “Ñ”) que ellos son incapaces de pronunciar correctamente. Está claro que yo, si pudiera hacerlo, no votaría a un matusalem fascista y algo garrulo, sino a un hombre muchísimo más joven, aparentemente más inteligente y de talante más liberal, pero… tampoco olvidemos que hace tan sólo unos meses, durante su gira por varios países europeos, Barack Obama visitó Berlín Londres y París… pero no Madrid, lo cual provocó que un simpatizante republicano como parece ser Mariano Rajoy acusara a ZP de haber provocado el desinterés de los norteamericanos para con nosotros. Sea como sea, sería menester que nuestros embajadores más reconocidos como Pau Gasol, Rafa Nadal, Antonio Banderas, Pedro Almodóvar, Penélope Cruz o Javier Bardem no cejaran en su justo empeño de situar en el mapa mundi a nuestra piel de toro asaeteada inmerecidamente por las banderillas de la ignorancia.

jueves, 18 de septiembre de 2008

"Acércate al pueblo gitano"


Este era, literalmente, el texto de un cartel promocional que anunciaba unas jornadas de hermanamiento (acercamiento) entre las comunidades paya y gitana de Alicante, que una mañana apareció colgado en el instituto Jaime II, donde yo estudiaba en aquel año 1978. Aquel cartel permaneció así, intacto, menos de 24 horas, porque al día siguiente algún gracioso ya se había ocupado de realizar una importante puntualización revelando el sentir popular con respecto a tan hermosa utopía socio cultural: “Acércate al pueblo gitano… y volverás sin reloj”. Durante años hemos pensado que ese racismo que todos atribuíamos a la retrógrada raza blanca dominante en los Estados Unidos de América (tan bien reflejado en series como “Raíces”) nada tenía que ver con la realidad imperante en esta España nuestra, que no era nada racista y en la que se miraba igual de bien al blanco que al negro… sin pararse a pensar, claro está, en cómo se miraba a los gitanos, concentrados (hacinados) en barrios periféricos y que raramente se cruzaban en el día a día de la mayoría de nosotros. Yo mismo, entre mis múltiples sueños irrealizables de la adolescencia, albergaba la secreta ilusión de tener un amigo negro y otro gitano. No pudo ser. Al menos, no ha podido ser hasta el momento presente. Y es que, lamentablemente, miro hacia atrás y, en cualquier momento pasado en el que logro rememorar la presencia de uno o varios gitanos en mi vida, la actitud de éstos no es precisamente acogedora ni conciliadora. Me recuerdo paseando con mi amigo Fele por la “replaceta” del barrio de Benalúa y teniendo que apartar a empujones a un par de gitanitos pequeños y sucios que pretendían quitarnos los tebeos que íbamos leyendo; al día siguiente, esos mismos gitanillos, sólo que acompañados de cuatro cinco hermanos o allegados, nos atacaron en el mismo lugar, golpeándonos y escupiéndonos de un modo que hacía un poquito difícil el interesarse por su ancestral cultura. Recuerdo a una gitana llamando a la puerta de mi casa y saludando a mi padre con el clásico “Dame argo”; mi madre se apiadó de la pobre mujer y le dio un hato de ropa mía, de cuando yo era pequeño, con la que podría vestir más adecuadamente al churumbel cubierto de jirones que portaba en brazos. Un ratito después, cuando salí de casa para comprar el pan, encontré aquellos mismos pantaloncitos y jerseys tirados en medio de la calle, pisoteados por los peatones que dudo que tuviesen pensado asistir esa mañana a ninguna jornada de hermanamiento con la comunidad gitana. Recuerdo, también, estar desayunando en el bar “Select” de Lorca, leyendo el periódico mientras degustaba un riquísimo donut cubierto de azúcar glaseado; una gitana me abordó por detrás, llevando de la mano a un gitanito de unos cinco años que debería haber estado en el colegio, y me espetó, de una manera no demasiado amable, que su niño tenía hambre. Miré la cara de aquel pequeño, de tez algo más oscura pero con ojos igual de vivos y necesitados, y le dí la mitad del donut que estaba a punto de echarme a la boca. La gitana, que lo que realmente quería era dinero y no comida, recibió mi aportación con tanto desaire que lo arrojó al cenicero más próximo, lleno de colillas todavía humeantes, y admito que tampoco entonces sentí curiosidad por sumergirme en las tradiciones de la raza calé. Ayer mismo fui testigo de un nuevo episodio de esta historia interminable de encuentros y, sobre todo, desencuentros. Acababa de llegar a cierto locutorio al que, por razones no precisamente telefónicas, suelo acudir con relativa frecuencia, y me llamó la atención encontrar, entre la troupe habitual de ecuatorianos, bolivianos, argelinos y marroquíes, a un grupito de gitanos (tres muchachitas y un chico) que, con su deje inconfundible, despotricaban en voz alta. Enseguida quedó claro el motivo de su irritación: dio la casualidad de que el teléfono desde el que pretendían llamar no lograba establecer la comunicación, o quién sabe si acaso habían marcado mal o si Teléfonica había registrado cualquier interrupción en su flujo de datos. El caso es que una de las gitanas salió de la cabina chillándole a la empleada que “el aparato no funcionaba”, a lo que ésta le respondió que quizás estaba averiado, que probase desde otra de las cabinas. La gitana, de unos dieciocho o diecinueve años, la miró con los ojos torvos y le dijo “¿Qué me vaya a otra cabina…? Tú eres una hija de puta. Así te pique un alacrán en el ojo y te lo arranque. ¡Hija de puta!”. Sus compañeros, preparados para vengar cualquier ofensa real o inventada contra la dignidad de su estirpe, prorrumpieron en insultos semejantes y, no satisfechos con ésto, esparcieron por el suelo todos los folletos que hasta entonces se hallaban pulcramente ordenados en pequeñas montañitas sobre el mostrador. Cuando salieron y ya parecía que la cosa había terminado, los cuatro hijos de Faraón volvieron a entrar y, sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo, el gitanito macho cogió la papelera que había junto a la puerta y la volcó sobre la cabeza de la dependienta más próxima, y verla llena de papeles arrugados y el suelo cubierto de botes, chicles y colillas debió parecerles sumamente divertido, porque los cuatro se alejaron riéndose con sonoras carcajadas. Podría parecer que un comportamiento así me quitó las ganas de averiguar más cosas acerca de los gitanos, pero aún pude enterarme de algo más: si tanto les irritó a los susodichos que el teléfono no funcionase fue porque solían acudir frecuentemente al locutorio, hablar durante horas… y luego marcharse sin pagar. ¡Olé la raza calé!. Lo siento, si acaso alguno de vosotros sois de ascendencia gitana y os parecen racistas mis palabras. Pero… ¿racistas? Por Dios Santo, si racismo no es sino la predisposición a juzgar negativamente a alguien tan sólo atendiendo a la raza a la que pertenece. De lo que yo hablo no es de discriminar a las personas en función de su sangre o el tono de su piel, sino de que no sólo uno sino diez, cien, mil individuos pertenecientes a determinada etnia llevan cientos de años dándoles a sus compatriotas todas las razones del mundo para mirarles mal, para esperar lo peor de ellos, para tenerles no recelo sino auténtico miedo. Pero lo que me gustaría no es empujar a los payos a aplastar a los gitanos, que al fin y al cabo son minoría, sino más bien todo lo contrario. ¿Por qué es tan difícil encontrar en la vida cotidiana ejemplos constructivos de gitanos decentes y honrados? ¿Por qué no se les ocurre a los patriarcas de las comunidades calés aleccionar a sus congéneres no en el odio sino en el respeto, no en la bravuconería sino en la educación? ¿Por qué no se dan cuenta estas personas de que cada uno de ellos son embajadores permanentes de su raza y de que nunca se les va a empezar a mirar bien mientras continúen comportándose como energúmenos vociferantes, como chulos amedrentadores, como vagos que prefieren ejercer de “vigilantes” de un parking antes que tratar de incorporarse legalmente al mercado laboral?.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Goles son amores...


Hacía semanas que no hablaba del Barça, más que un club… el club de mis amores. Y lo amo (hombre, tanto como un ser humano puede amar a una entidad o institución cuya actividad, bien ejecutada, le hace feliz), incluso a pesar de su actual estado de incertidumbre, incertidumbre que, para mí, no resolvió la goleada (3-1) de anoche frente al Sporting de Lisboa. De hecho, me gustó bastante más el juego del equipo el pasado sábado contra el Racing de Santander, incluso durante una primera mitad en la que Pedrito (por favor, léase “Pedro”), Busquets y Hleb pasaron por encima de Henry, Iniesta y Messi. Sí, aquella noche sabatina (que no sabática) vibré como hacía tiempo (meses) que no vibraba, y sólo me entristeció la muy preocupante falta de pegada de los azulgrana. Johan Cruyff, el gurú metomentodo, piensa más o menos como yo, aunque va algo más lejos, ya que afirma que el equipo hacía años y años que no jugaba tan bien. Venga, Johan, no exageremos, que tampoco es para tanto (parece como si este tío fuese amigo íntimo de Laporta, como si hubiese sido mentor de Guardiola cuando éste era jugador… y, ahora que lo pienso, realmente es amigo personal del Presidente, y realmente fue él quien entrenaba a Pep en el Dream Team… qué cosas). Como ya sucediera en la pretemporada, se vieron destellos de un fútbol precioso y preciosista, pero, a diferencia de lo que caracterizó a aquellas semanas de julio y agosto, la guinda, los goles, brillaron por su ausencia. ¿Y qué pasa con los goles? Yo no lo entiendo, o no lo quiero entender. Mirad lo de anoche: primer gol, Márquez, un defensa; segundo gol, Eto’o, un delantero… pero de penalty; y tercer gol, Xavi, un centrocampista. Que quienes tengan que asumir la tarea de taladrar la portería contraria sean los medios y los defensores y que los atacantes natos tan sólo sean capaces de meter un gol a balón parado, y con la facilidad de no tener a jugadores enemigos por en medio, son pésimas noticias para un club como el Barcelona. Porque sí, Henry ha sido o fue uno de los mejores jugadores de Europa, pero parece que la suerte le sonríe tan sólo cuando viste la camiseta de su selección; Eto’o se deja la piel en cada partido, corriendo como un antílope campo arriba, campo abajo… pero sólo es capaz de marcar si es de penalty; Messi dribla de lo lindo y se regatea hasta a los banderines de córner, pero hace siglos que no transforma él mismo las ocasiones que genera; y Alves, Iniesta, Bojan o el mismo Pedro(-ito) demuestran, siempre que juegan, su incontestable calidad, pero, si no llega Super Xavi desde atrás para sentenciar, otro gallo nos cantaría. Hay que fichar, Laporta, Pep y Txiki; en el mercado de invierno hay que rascarse la faltriquera y traerse a algún elemento con garantías de hacer goles, ya sea foráneos como Huntelaar, Adebayor o Drogba, o, preferentemente, “nacionales” como Güiza (por muy mal que me caiga éste), Villa o Agüero. Joder, el Kun sí que sería un lujo para nuestra delantera, y una garantía que no ofrecen los que tenemos ahora. Lo digo en serio, por muchos tantos que cosechen quienes tienen como obligación crear el juego propio o destruir el ajeno, NECESITAMOS, como agua de mayo, individuos que materialicen goles, y no los necesitamos en Mayo… sino ya, entre Diciembre y Enero, tan pronto como se abra el providencial Mercado de Invierno.

martes, 16 de septiembre de 2008

Cine/ "LA ISLA DE NIM"



Sola en la casa de la isla

Demasiado frecuentemente, el devenir de cualquier obra (ya sea musical, literaria, teatral o cinematográfica) depende de que se respete escrupulosamente la llamada “regla de los tres actos” (planteamiento, nudo y desenlace), en el sentido de que el interés debe ser creciente y cada uno de los actos debe superar en intensidad y trascendencia al anterior. Justo lo contrario es lo que sucede con “La Isla de Nim”. Sobre el papel, la historia tiene su miga. Un científico viudo vive con su hija Nim en una isla perdida en el Pacífico, de la que, para evitar molestas intromisiones en su intimidad, ha evitado divulgar las coordenadas. Cuando, en mitad de una exploración oceánica, el científico desaparece, la niña no sabe a quién recurrir, y sólo se le ocurre pedir ayuda al aventurero protagonista de las novelas que más le gustan, con el que contacta a través del correo electrónico. Claro que quien contesta a su e-mail no es el inexistente héroe literario, sino su creadora, la cual se llama exactamente como su personaje pero es bastante menos aventurera y aguerrida que éste…

He visto el tráiler de “La Isla de Nim” decenas de veces, y es realmente encantador. El entorno paradisíaco, el influjo del mar, la libertad, el miedo infantil a quedar desvalida, las exóticas mascotas y el indudable gancho de los protagonistas (Jodie Foster, Gerard Butler y la ascendente Abigail Breslin) parecían augurar un producto entretenido y una comedia deliciosa. Sin embargo, el caramelo se me atragantó casi desde el principio. Si uno pretende afrontar esta película desde un punto de vista más o menos realista, no hay por dónde cogerla. El mero hecho de hacernos creer que una niña y su padre pueden vivir solos en una isla desierta, disfrutando de todas las comodidades habidas y por haber (electricidad obtenida a partir de enclenques paneles solares, correo electrónico) y manteniendo su ubicación en secreto a pesar de que el padre ha publicado un montón de artículos en varias revistas científicas internacionales, ya se antoja un poquito difícil de creer. Pero aceptar el hecho de que una niña pre-adolescente, inteligentísima por más señas, crea realmente que está contactando con un héroe ficticio a lo Indiana Jones, y que la creadora de éste, psicótica y agorafóbica, que hace años que ni siquiera se atreve a salir de su casa ni siquiera para recoger la correspondencia, acepte emprender un viaje de miles de kilómetros sólo para ayudar a una lectora infantil que, lógicamente, podría estar burlándose de ella, ya es mucho exigir al espectador. Queda, únicamente, la vía alternativa más socorrida, que es la misma que expuse ayer cuando escribía mi comentario acerca de “Wanted”: ya que es imposible tomársela mínimamente en serio, tratemos de aceptar que “La Isla de Nim” no es una película que transcurre en un universo real, sino un luminoso cuento infantil poblado de piratas de pacotilla y animales casi disneyanos a los que sólo les falta hablar. Supongo que las sucesivas secuencias en las que se visualizan diversos pasajes mediante dibujos animados pretenden respaldar esta teoría, y, en este sentido, casi se le puede perdonar al film su tono ligero y casi frívolo. Sin embargo, hay un no-sé-qué repelente, disuasorio, alrededor de todo este tinglado: la maquinaria no acaba de funcionar, a pesar de que la mayoría de las piezas son de primera calidad. Tal vez sea la pretensión del tándem de directores de clarificar todos los detalles demasiado pronto, como tratando de justificar el bochornoso happy end que hasta para un cuento de hadas resultaría insoportablemente edulcorado; tal vez sea la indigesta mezcolanza de géneros, que pasa de la comedia de situación al relato de aventuras y luego al drama y de repente retorna a la comedia más hilarante sólo para intentar convencernos de que un pacífico biólogo es poco menos que un superespía con más recursos que MacGyver y que su hija es capaz, ella solita, de ahuyentar a los intrusos que amenazan con profanar la virginidad de su isla… Tal vez el auténtico sustrato argumental del film podría ser éste: una niña a punto de convertirse en mujer lucha por no caer víctima del complejo de Electra y no enamorarse de su padre, el único hombre en mil kilómetros a la redonda, por lo que se trae del mundo real a una mujer escritora que confía secretamente en que acabará conquistando a su “papá” y erigiéndose, por tanto, en su “mamá”. Esto… ¿a que es mejor mantenerse en el nivel superficial y asumir que “La Isla de Nim” es una luminosa comedia para niños?.

Jodie Foster, que se prodiga poco o nada en el terreno de la comedia, digamos, ligera, encarna a la escritora Alexandra Rover, a la que no aporta más que un montón de muecas y la facilidad para recibir algunos porrazos con los que, supongo, espera humanizar su imagen de diva más bien antisociable. Abigail Breslin, la protagonista infantil de “Pequeña Miss Sunshine”, quiere abandonar la niñez haciendo de rubia Blancanieves a la que los animalitos de la jungla protegen de todo mal, y el casi hiperactivo Gerard Butler incorpora no a uno sino a dos personajes: por un lado, da vida al idolatrado padre de Nim y, por otro, encarna al intrépido aventurero Alex Rover, siguiendo el ejemplo de las representaciones teatrales de “Peter Pan”, en las que, tradicionalmente, el actor que interpreta al Sr. Darling (el padre de Wendy y sus hermanos) hace también de su reverso más tenebroso, el Capitán Garfio. Introspecciones psicoanalíticas aparte, “La Isla de Nim” no llega a ser un pestiño insoportable pero tampoco se acerca a las cotas de entretenimiento y fantasía a las que en teoría podía aspirar.

Luis Campoy

Lo mejor: los paisajes
Lo peor: la indefinición, el hiperfelicísimo e hiperrosa desenlace, las trampas perpetradas por Nim y que remiten, demasiado obviamente, a “Solo en casa”
El cruce: “Robinson Crusoe” + “Tarzán de los monos” + “Tras el corazón verde” + “Solo en casa”
Calificación: 5 (sobre 10)

lunes, 15 de septiembre de 2008

Cine/ "WANTED (Se busca)"


Espectáculo demasiado espectacular


Para mi pesar, no he leído el comic de Mark Millar “Wanted”, en el que se inspira la película del mismo título, pero sí conozco bastante bien la obra y la forma de trabajar de este afamado guionista, y, para empezar por algún sitio, tengo que decir que resulta evidentísimo que el guión de “Wanted”, el film, respeta más bien poco su estilo y la complejidad de sus diálogos. Sin embargo, el espectáculo visual que propone el director ruso Timur Bekmambetov me resultó apabullante e irresistible prácticamente de inicio a fin.

Wesley Gibson (James McAvoy) es un muchacho que vive una existencia gris y más bien desgraciada. Su padre abandonó a su madre nada más nacer y nunca dio señales de vida, su oronda jefa le ningunea y su novia le engaña con su mejor amigo. Un día su mundo cambia radicalmente cuando una bella mujer llamada Fox (Angelina Jolie) le invita a unirse a una sociedad secreta llamada La Hermandad, liderada por Sloan (Morgan Freeman), un tipo majestuoso pero letal que le cuenta que durante mil años han formado parte de una estirpe de asesinos de élite con ramificaciones por todo el mundo, un clan del que Wesley forma parte por derecho propio ya que su padre, recién fallecido en “acto de servicio” era el miembro más mortífero y prestigioso.

Para no andarnos por las ramas: “Wanted” NO es una gran película, NO tiene un buen guión, sus actores NO realizan la mejor interpretación de sus carreras y, por descontado, NO es (ni pretende ser) realista ni lógica ni creíble. Ya lo he dicho. Sin embargo, le otorgo un mérito importantísimo: su director, el citado Timur Bekmambetov (“Guardianes del día” y “Guardianes de la noche”), sin ser absolutamente original (gran parte de los logros visuales de “Wanted” ya aparecían en, por ejemplo, “Matrix”) se esfuerza por no contar su esquemática historia de un modo convencional, intenta y consigue forjarse un estilo propio, sabe componer encuadres y logra cuajar un envoltorio que compensa con creces las carencias de su contenido. Como en ningún momento trata de engañarnos respecto a que lo que nos presenta es una fábula totalmente de ficción, una especie de “Patito feo” con pistolas, muchas pistolas, se permite la licencia de realizar una oda a la violencia como terapia de choque contra la mediocridad. Repito: teniendo en cuenta que siempre queda claro que nos hallamos ante un cuento (por no decir… un cómic) que en ningún momento busca la verosimilitud y el realismo, no tengo nada que objetar. Bueno, algo sí: por muy bien rodadas que estén todas sus secuencias, hay un momento en que cansa un poco tanta parafernalia, tanto “más difícil todavía”, tanto rizar el rizo de la espectacularidad. Algunos recortes en su ambición de impactar no le hubieran venido nada mal.

Como he dicho antes, ninguno de sus protagonistas pasará a la historia por esta película, pero, aún así quiero destacar el buen hacer de James McAvoy, que ya me gustó bastante en “Expiación”, la sensualidad de otro mundo de Angelina Jolie y la magnificencia de Morgan Freeman, al que te dan ganas de venerar haga lo que haga, ya sea encarnar a Dios o dirigir una despiadada hermandad de asesinos.


Luis Campoy

Lo mejor: la puesta en escena, no pretender resultar realista ni creíble, Morgan Freeman
Lo peor: las escenas de acción empiezan resultando admirables y acaban haciéndose pesadas a causa de tanto exceso de espectacularidad
El cruce: “Matrix” + “Rambo” + “El Padrino”
La frase: “Tú eres mi hijo” (loable intento de no repetir el “Yo soy tu padre” de “El Imperio contraataca”
Calificación: 7 (sobre 10)

viernes, 12 de septiembre de 2008

Bocazas in-Clemente


Javier Clemente ha vuelto a liarla. Esta vez en Murcia, donde entrena al principal equipo de la Región, tras ser contratado en las postrimerías de la temporada pasada por el presidente del club, Jesús Samper, al parecer amigo personal del técnico de Baracaldo. A mí Clemente no me cae bien, vaya éso por delante. Creo que personifica de modo lamentable todos los tópicos y todos los defectos atribuídos y atribuibles al carácter vasco. Su genio, sus prontos, su entonación engolada y prepotente, su forma de gesticular… Le recuerdo de cuando dirigía a la Selección española de fútbol, una época aciaga (como casi todas las épocas anteriores a la actual) en la que nuestros jugadores se arrastraban como almas en pena por los estadios de medio mundo, dando una imagen lamentable de la que Clemente, sin embargo, se negaba a responsabilizarse, y durante muchísimos meses pareció que no había forma humana de que tal individuo se comportase de un modo medianamente digno y presentara su oportuna dimisión. Como digo, hacia el final de la temporada 2007-2008 aterrizó en Murcia, con la misión de intentar impedir el descenso a Segunda División del club pimentonero, al que Lucas Alcaraz parecía empeñado en devolver al “infierno” del que él mismo le había rescatado un año antes. Clemente no sólo no enderezó el rumbo de la nave, sino que, si cabe, la hundió un poco más o, al menos, dio la impresión de que la hundía aún más rápido. Nadie le reprochó nada, pues estaba claro que el Murcia era un enfermo terminal al que ni un milagro podría salvar. Fue entonces cuando el presidente Samper le ofreció quedarse un año más, si acaso aceptaba la “deshonra” de entrenar a un equipo de Segunda División. Javier se lo pensó y, finalmente, aceptó la oferta, exigiendo, éso sí, control total sobre la plantilla; es decir, se cepilló a la mayoría de los jugadores existentes y se pasó el verano fichando a los especímenes más exóticos de aquí y de allá. Consecuencia: dos partidos de liga = dos derrotas, pésima imagen del equipo, pitos de los sufridos aficionados panochos y múltiples rifirrafes con futbolistas, preparadores físicos y periodistas. Es en este último terreno donde más esmero, dedicación y entrega está demostrando, especialmente con aquéllos que se muestran más críticos con su gestión (léase la Cadena SER). Ayer, en rueda de prensa, después de insultar al pobre corresponsal de turno de dicha emisora, aprovechó para bajar un par de peldaños más en la escala de su propia autodegradación. Recordó Clemente su conocida animadversión hacia Manolo Lama, periodista deportivo de la SER (y de Cuatro, y del diario As), más que nada porque Lama le ha venido propinando innumerables “hachazos” desde tiempos casi inmemoriales, los cuales el vasco no ha olvidado… ni olvidará. Tampoco Lama, madridista de vocación y de todo menos objetivo cuando está narrando un partido del Madrid, me cae demasiado bien, pero no hay derecho a que se confundan de modo tan bochornoso la vida profesional y personal de nadie. Lo que vino a recordar Clemente fue que, en 1985, tras un gravísimo accidente sufrido por el comentarista de la SER, él tuvo la dignidad de mandarle un telegrama deseándole una pronta recuperación. “Claro que, viéndolo de un modo egoísta”, puntualizó Clemente, “a juzgar por cómo me ha seguido criticando desde entonces, pienso que a mí me hubiera venido mejor que Manolo Lama se muriese en aquel accidente”. Estas palabras ya han dado la vuelta al mundo, lo cual no se sabe si es bueno o malo para el Real Murcia (víctima del carácter y, quizá, la incompetencia del entrenador vasco), pero para Javier Clemente debería ser nefasto, aunque sólo sea porque desearle la muerte a alguien tan sólo porque critica nuestros defectos representa lo más vergonzoso para quien vive del deporte: no saber asumir una derrota, no saber perder.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Cine/ "EL TREN DE LAS 3:10"


Fuera de onda


Reconozco que no recuerdo haber subido a “El Tren de las 3:10” original, que en 1957 condujo el artesano Delmer Daves, con Glenn Ford y Van Heflin como pasajeros principales. De aquel viejo film lo que mejor conozco, y casi de memoria, es la preciosa balada entonada por el recientemente fallecido Frankie Laine, todo un clásico de la música pseudo country en su vertiente más western. Como para conmemorar el quincuagésimo aniversario de la película, Hollywood produce un remake que acentúa los aspectos psicológicos e introspectivos de la novela de Elmore Leonard, cuyo argumento es el siguiente: un peligroso ladrón de diligencias es capturado en un pueblo de mala muerte, y su custodia confiada a un ranchero acuciado por las deudas, quien tendrá que vigilarlo hasta que llegue el tren en el que el facineroso emprenderá su último viaje, con destino a la prisión estatal de Yuma. Muchas cosas han cambiado en Hollywood y en el mismo Séptimo Arte en estos 50 años: Frankie Laine ya no está entre nosotros, las baladas country ya no suelen acompañar los títulos de crédito de ningún film y, definitivamente, el western ha dejado de estar de moda. Prueba de ello es que, si en los buenos tiempos se producían 50 ó 60 películas “de vaqueros” al año, ahora el estreno de una de ellas es todo un acontecimiento; de hecho, el título del que os hablo ha tardado más de un año en llegar a nuestras carteleras, a pesar de tener en su reparto a dos primeras figuras como Russell Crowe y Christian Bale. Las razones del relativo fracaso de este nuevo “Tren de las 3:10” (cuyo título original, “3:10 to Yuma”, prescinde del medio de locomoción pero añade el destino) hay que buscarlas, obviamente, en su adscripción al género western, cuyo último éxito en taquilla puede remontarse a los ya lejanos tiempos de “Bailando con lobos”, “Sin perdón” o “Leyendas de pasión” (esta última, la más moderna de todos, se estrenó allá por 1993), pero también a su apuesta decidida por potenciar la psicología en detrimento de la acción. El director James Mangold, entre cuyas obras anteriores se hallan “CopLand”, “Identity” y mi favorita personal, “En la cuerda floja” (biopic del cantante Johnny Cash), ha sabido entresacar de este género secular la mayoría de sus ingredientes clásicos, aunque algunos aparezcan en muy pequeñas dosis. Así, volvemos a ver una diligencia (si bien, en este caso, fuertemente blindada y custodiada por agentes de la famosa agencia Pinkerton) asaltada por forajidos, una familia de rancheros apegada a la tradición y a la Biblia, pueblos de calles polvorientas en los que no faltan la oficina del sheriff y el Saloon regentado por una camarera que en tiempos fue bailarina de can-can, largas cabalgadas a través de desiertos interminables, tiroteos en los que en teoría debería morir hasta el apuntador, túneles y vías de ferrocarril construídos por trabajadores chinos e incluso indios tendiendo una emboscada nocturna a los blancos que se han atrevido a adentrarse en sus dominios. Personalmente, me ha encantado esta película, aunque quienes me conocéis ya podíais presuponerlo en cuanto os he dicho que el protagonista es Russell Crowe, uno de mis tres o cuatro actores favoritos. Crowe, comportamiento “civil” o extracinematográfico aparte, es un auténtico monstruo de la interpretación, que siempre está perfecto y que se sigue esforzando por cambiar de registro film tras film. Su “Ben Wade”, el (teórico) villano de la función, destila carisma por los cuatro costados, y es tan creíble cuando asesina, sin escrúpulo aparente, a un miembro de su propia banda como cuando seduce con apenas tres miradas y cuatro palabras a la dueña del saloon. Simplemente sensacional. Frente a él, un Christian Bale que, para variar, puede lucirse sin tener que disfrazarse de hombre murciélago, aunque nuevamente su buen hacer queda un tanto eclipsado por el carisma del malo de turno. Poblada de innumerables aciertos de guión (una de las cosas que más me gustó fue que la aportación de cada personaje es realmente significativa, no como comparsas supeditadas a la acción sino como seres humanos provistos de su efímero pero brillante momento de gloria), pero también algo renqueante en su apología de la moral y la honestidad llevadas al límite (¿fui yo el único que fue incapaz de creerse que el personaje de Christian Bale sea capaz de jugarse su vida y el futuro de su familia por el mero compromiso de custodiar a un asesino durante cuya vigilancia han ido muriendo, uno tras otro, todos los alguaciles profesionales que le acompañaban? Y ¿no resulta casi irrisorio que el temido pistolero, líder de una banda de asesinos sanguinarios, acepte, aunque sólo sea por hacer el paripé, correr el riesgo de llegar a la estación de tren bajo el fuego cruzado de sus propios esbirros?), “El Tren de las 3:10” pretende revivir lo mejor del cine del Oeste y se queda a medio camino, quizás, también, porque mezcla demasiados “oestes”: los decorados filmados en brillante technicolor ceden protagonismo en favor del polvo y la mugre tan característicos del “spaghetti western” (y, además, la música de Marco Beltrami tiene inequívocas resonancias de Morricone), pero el tren cuya llegada inquietaba a Gary Cooper se detiene en un pueblo copiado de los films crepusculares de Clint Eastwood.

Luis Campoy

Lo mejor: Russell Crowe, el atraco a la diligencia blindada y el tiroteo final
Lo peor: la fantasmagórica aparición de los indios, el increíble leit-motiv moralizante
El cruce: “El Tren de las 3:10” (1957) + “El Jinete Pálido” + “Sin perdón”
Calificación: 8 (sobre 10)

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Septiembre húmedo


Dirán los meteorólogos que las precipitaciones que estamos sufriendo estos últimos días son meras manifestaciones del cambio de ciclo climático que conduce de forma inexorable hacia el otoño… Yo prefiero pensar que, una vez más, la tristeza que llevamos dentro escapa hacia el exterior en forma de lluvia no siempre purificadora. Por mil y una razones, no podemos evitar entristecernos. Se acaba el mes de agosto, se acaban las vacaciones, los niños están a punto de volver a su entorno natural y académico, los adultos se reincorporan a sus obligaciones y, si tanto proliferan en Septiembre las fiestas municipales, es para hacernos mitigar la pena galopante. Pero, como digo, no siempre los cielos derraman sobre nosotros un llanto solidario y purificador. La otra noche pareció como si un cenagal se abatiera sobre nosotros y nuestros vehículos aparcados inocentemente al raso. Ayer por la mañana, las calles aparecían tan globalizadas que todos los coches eran iguales: marrones, teñidos de barro, camuflados de ocre. Qué vergüenza, tener que viajar en semejantes engendros de la locomoción más marrana. Qué alivio, ayer por la tarde, cuando algunos los sacamos del lavadero nuevamente limpitos y relucientes. Qué cabreo monumental, esta mañana, cuando un nuevo chaparrón nos ha hecho recordar que el Cielo ha oído nuestras súplicas y tiene reservada AGUA PARA TODOS… éso sí, en los momentos más inoportunos. Dicho de otro modo: lo mejor para atraer la lluvia no son las rogativas ni las procesiones ni los gorgoritos desafinados; lo auténticamente infalible es lavar el coche el día antes, dejarlo deslumbrante y aparcarlo en la calle al despuntar una mañana que se presume soleada. La lluvia, que hasta ese momento se había hecho de rogar, nos bendecirá entonces con una intensidad especialmente cuantiosa, y, la mayoría de las veces, acompañada generosamente de barro o granizo.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Cine/ "CHE: El Argentino"


Extraña película. Mientras la veía, sólo era capaz de pensar en sus evidentes limitaciones presupuestarias, en su ritmo tedioso y en su mensaje de estéril reivindicación. Sin embargo, por la noche, recordé con agrado los más nimios pero afortunados detalles, sus hermosos diálogos libertarios y, por encima de todo, la poderosa interpretación de su protagonista, Benicio del Toro. A diferencia del otro Del Toro, Guillermo, director de “El Laberinto del Fauno” y “Hellboy”, Benicio, puertorriqueño de nacimiento, ha realizado toda su carrera (actoral) en el seno de los Estados Unidos, si bien tratando de mantenerse al margen de las producciones más descaradamente comerciales. Su físico, digamos, poco convencional le ha catapultado hacia papeles dramáticos y desgarrados, y no es de extrañar que el director Steven Soderbergh, que ya le dirigió en la premiada “Traffic”, le confiase el reto de dar peso y credibilidad a una de las más famosas serigrafías del siglo XX. Ernesto Guevara, apodado “Che” por su muy argentina interjección, de la que en casi ninguna frase se despegaba, era un estudiante de medicina de inquieta mentalidad, que tropezó con un joven Fidel Castro a quien apoyó en su cruzada de liberación del pueblo de Cuba, la cual, como casi todas las cruzadas, no se libró precisamente en los foros parlamentarios sudamericanos, sino en las sierras y montañas cubanas, desde donde los guerrilleros fueron avanzando hasta acceder a una Habana de la que lograron expulsar al odiado general Fulgencio Batista. De que el Che Guevara haya pasado de ser un simple y oscuro revolucionario, sucio y barbudo, a convertirse en un icono e ídolo de masas tienen la culpa dos factores: en primer lugar, la famosa foto tomada por Alberto Korda, y, en segundo, la dramática muerte del Che, acaecida cuando sólo tenía 39 años, víctima de una emboscada urdida por el ejército boliviano con la colaboración de la CIA estadounidense. Pero todo esto último no aparece en el film que estoy comentando, “Che – El Argentino”, a la sazón primera entrega de un díptico que se completará dentro de unos meses con el estreno de la segunda parte, “Che – Guerrilla”. No soy capaz de imaginar lo que debe ser asistir a la proyección conjunta de ambas películas, sumando una duración total aproximada de cuatro horas y media llenas de miseria, injusticia, violencia, idealismo y traición. “El Argentino” alterna una narración más o menos lineal con la comparecencia, en 1964, del Che Guevara ante la Asamblea de las Naciones Unidas, filmada en blanco y negro para resultar más aséptica y documentalista. Benicio del Toro está ciertamente impresionante, tan creíble en su encarnación del estudiante tímido e idealista de su juventud como del curtido guerrillero que dividió a la opinión pública mundial entre quienes pensaban que era un héroe del pueblo y los que opinaban que era un terrorista genocida sin escrúpulos. Francisco Rabal, Gael García Bernal e incluso Antonio Banderas (en “Evita”) habían interpretado antes al Che, pero no me cabe duda de que la creación de Benicio del Toro será la que pase a la posteridad, aunque me temo que el film de Steven Soderbergh no va a tener la repercusión deseada, entre otras cosas porque es muy difícil instruir y aleccionar mientras se está provocando el aburrimiento del público.
Luis Campoy
Calificación: 6 (sobre 10)

viernes, 5 de septiembre de 2008

¿Y si al final ganara McCain?

Cuando a todos en Europa ya les duelen las rodillas de tanto postrarse ante el candidato demócrata a la Presidencia de los EEUU, Barack Obama, llega su rival republicano y se apunta un tanto que puede ser decisivo. En un artículo anterior acerca de este mismo tema, ya anticipaba que lo mejor para una formación política con aspiraciones de gobierno era lograr cuanto antes la unidad interna, la pacificación intestina, y por éso consideraba que debía cesar la rivalidad entre las dos cabezas visibles del partido, Obama y la senadora Hillary Clinton, quien haría bien en abandonar sus veleidades personales e integrarse en la candidatura de su “oponente”. Pero claro, yo, al igual que la mayoría de los analistas, observadores y curiosos, pensaba que, tan pronto como retirase su alternativa, Clinton se convertiría automáticamente en la “Número Dos” de Mr. Barack, su futura vicepresidenta; los hasta entonces antagonistas trabajando juntos, reuniendo en torno a ellos a la totalidad de los votantes demócratas, más ilusionados y motivados que nunca. Pero no. Tras pensárselo durante algunas semanas, Obama ignoró olímpicamente a la ex-Primera Dama y designó al maduro Joe Biden como su segundo de a bordo, probablemente convencido de que su propia (y muy criticada por todos) inexperiencia se vería contrarrestada por la sobrada veteranía de Biden. La bisoñez tamizada por la experiencia, la juventud equilibrada por la madurez. Pero, ay, apenas unas semanas después, el vetusto y acartonado McCain se descuelga con una decisión de ésas que, tal vez sin casi proponérselo, son capaces de voltear completamente la tortilla. El duro septuagenario se va de cacería a la inhóspita Alaska y encuentra un auténtico filón: Sarah Palin, casi treinta mil años más joven que él, tanto o más reaccionaria, retrógrada y facha… pero muchísimo más guapa. Y no, no es que los gobernantes gobiernen mejor si son guapos que si son hijos de Picio, pero hay que reconocer que el contraste entre el vejestorio ex-marine y la todavía lozana Palin, acentuado por el hecho de que, a pesar de representar al ala conservadora y retrógrada de la sociedad yanqui, los republicanos estén dispuestos a entregar el segundo mayor grado de responsabilidad a una mujer, ha tenido un efecto rotundamente explosivo. Todo el mundo habla de Sarah Palin, aunque sólo sea para criticar sus planteamientos ultraconservadores, como promover la abstinencia sexual (a pesar de que su hija, embarazadísima a los diecisiete años, no parece comulgar con esta teoría) o potenciar (¡olé el ecologismo responsable!) la construcción de centrales nucleares, pero, paralelamente, ¿quién demonios habla de Joe Biden?. Creo que Obama ha metido la pata, y esa equivocación puede costarle muy cara, no sólo a él sino a la esperanza de auténtico cambio que representa. Por mucha sabiduría vital que atesore, Biden, además de ser un ilustre desconocido fuera de los USA, es un ancla que puede lastrar a los demócratas, mientras que Palin, por muy chapada a la antigua que sea su ideología, representa un soplo de aire fresco, una inyección de vitalidad para los republicanos. Quedan dos meses de apasionante campaña electoral, y parece que Barack puede ganarle la partida a McCain en los debates televisivos, pero no hay que olvidar que los norteamericanos son más dados a fijarse en los detalles más nimios y estúpidos que en la capacidad intelectual de sus futuros dirigentes.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Cine/ "HELLBOY II: El Ejército Dorado"

Imaginación al cuadrado



El club de las “segundas partes que son mejores que las primeras” tiene un nuevo socio: “Hellboy II” mejora con creces los resultados del primer título de la serie, también dirigido por el mexicano Guillermo Del Toro. ¿Qué ha cambiado entre uno y otro film? Probablemente, la madurez y el prestigio creciente de Del Toro (sobre todo después de las estupendas “El Laberinto del Fauno” y “El Orfanato”, esta última solamente como productor) han convencido a los mandamases de los estudios yanquis y a él mismo de que era capaz de acometer proyectos de mucha mayor envergadura; prueba de ello es que ya está preparando “El Hobbit”, la precuela de “El Señor de los Anillos”, que dirigirá de un tirón pero se estrenará dividida en dos entregas. Volviendo a “Hellboy II”, lo más llamativo es el modo en que se ha enriquecido el universo (cinematográfico) del diablo rojo de larga cola y cuernos recortados, riqueza visual y alegórica que sobrepasa la que contienen los comics de Mike Mignola en los que se inspira. Lo de menos es la simpleza del planteamiento básico, que recuerda sospechosamente al de “El Regreso de La Momia” y su continuación, “La Tumba del Emperador Dragón”: una criatura fantástica debe resucitar a un ejército legendario, cuyo control le permitirá sojuzgar a toda la Humanidad. Al villano de turno se enfrentarán los ya conocidos héroes de la función, esto es, el carismático Hellboy (Ron Perlman), su pareja Liz Sherman (Selma Blair) y el hombre pez Abe Sapien (Doug Jones), a los que acompaña esta vez un personaje nuevo, Johann Krauss, una especie de nube de gas confinada en un traje de buzo. Lo que diferencia a “Hellboy II” de la mayoría de títulos de acción recientes es el tiempo que se toma en analizar los sentimientos y motivaciones de todos sus protagonistas, tiempo que, inevitablemente, supone un pequeño lastre para que el ritmo de la película sea, por así decirlo, más vigoroso. Es la apuesta de Del Toro, su decisión personal: prefiere potenciar el retrato humano en detrimento de la acción, con lo cual existen numerosas lagunas que harán bostezar a más de un espectador. Sin embargo, todo se olvida cuando llegan las deslumbrantes secuencias en las que brilla más que nunca la prodigiosa inventiva de don Guillermo. No os miento cuando os digo que me pasé media proyección casi boquiabierto, alucinando ante el desfile de criaturas y, sobre todo, la creación de ambientes y universos. Portentosa imaginación, tanta que… casi diría que brilla en exceso, que el director se ha pasado tratando de embutir tantos conceptos en una sola obra. Ron Perlman, el carismático protagonista, parece haber dado con el papel de su vida, después de tantísimos años obligado, por su físico tan “especial”, a confinarse en papeles de monstruo o “freak”; todavía recuerdo cuando interpretaba al “león” protagonista de la serie de TV “La Bella y la Bestia”, con tanta majestuosidad y sensualidad que daba pena ver las caras de las espectadoras femeninas cuando veían el verdadero rostro del intérprete bajo la máscara. Perlman es el mejor Hellboy posible, aunque, sinceramente, no sé si Guillermo Del Toro es el director más indicado para confinar eternamente su inmenso talento en más secuelas de este comic tan peculiar.
Luis Campoy

Lo mejor: la imaginación apabullante de Guillermo del Toro
Lo peor: el exceso de fantasía en algunas secuencias, los bajones en el ritmo
El cruce: “Hellboy (I)” + “El Regreso de La Momia” + “Harry Potter y la Cámara Secreta”
Calificación: 8 (sobre 10)

martes, 2 de septiembre de 2008

Cine/ "Star Wars: THE CLONE WARS"


Dejad que los niños se acerquen (aún más) a mí


Lo mejor de “Star Wars: The Clone Wars” (¿de verdad no se le ha ocurrido a nadie la brillante idea de titularla “La Guerra de las Galaxias: Las Guerras Clon”?; no, claro que no, estamos tan colonizados por la anglodominación que ya todo nos suena bien...) es que ha conseguido que ya no sean “La Amenaza Fantasma” y “El Retorno del Jedi” los peores títulos de la saga galáctica.

Supongo que será porque uno, cuando es padre y tiene dos niños hambrientos de ver cuantas películas de animación se estrenan, acaba saturándose de ver tanto píxel y megapíxel, pero tengo que admitir que la expectación que sentía cuando fui a ver “Las Guerras Clon” (me permitiréis que yo sí me atreva a denominarla así) no se parecía, ni de lejos, a la que me embargaba cuando acudí a los estrenos de “La Guerra de las Galaxias”, “El Imperio Contraataca”, “La Venganza de los Sith” o incluso “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal”, por citar tan sólo los títulos de algunos otros trabajos producidos por el abuelete George Lucas. O sea, ya adolecía de un cierto pre-juicio negativo, más o menos inconsciente pero innegable, que muy pronto se confirmó. Que sí, que las secuencias de batallas espaciales están magníficamente bien resueltas, que el colorido es maravilloso y que da gusto reencontrarse una vez más con Obi-Wan Kenobi, Anakin Skywalker y Padme Amidala, pero el tono infantil es más evidente que nunca (cosa que en títulos más ilustres como “Ratatouille”, “Los Increíbles” o incluso el primer “Shrek” no resultaba tan molesto), los trazos de los personajes tienen un estilo que bordea la caricatura, las texturas y los cabellos parecen de plástico y, lo peor de todo, el guión es un mero esqueleto al que el envoltorio digital no dota de la necesaria sustancia. Pero tampoco seamos crueles: lo que Lucas nos vende como cine es sólo televisión, pues se trata ni más ni menos que del episodio piloto de una serie que se estrena en la tele USA el próximo año. Todo vale con tal de continuar rentabilizando el merchandising de sobras conocido, todo vale con tal de exprimir la gallina de los huevos galácticos.

Situada cronológicamente entre los episodios II (“El Ataque de los Clones”) y III (“La Venganza de los Sith”), me temo que no puede considerarse a “Las Guerras Clon” una propuesta satisfactoria. Demasiado infantil, demasiado aburrida y demasiado previsible, hay que reseñar que la música original de John Williams ha sido vilmente profanada por un insulso y rockero Kevin Kiner y que los espectadores españoles que presencian la versión doblada han tenido más suerte que los yanquis, ya que en la V.O. a la inmensa mayoría de los personajes animados los doblan actores desconocidos, pero en nuestro país recuperamos nuevamente las voces que hemos escuchado en la última trilogía de la saga.


Luis Campoy

Lo mejor: las secuencias de acción
Lo peor: el guión, el estilo de dibujo, la rigidez de las texturas
El cruce: “El Ataque de los Clones” + “El Retorno del Jedi”
Calificación: 5 (sobre 10)