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jueves, 24 de julio de 2008

Cine/ "POSDATA: TE QUIERO"


Vivo viviendo en ti

A punto de cumplir 30 años, Holly (Hilary Swank) se queda viuda. Su vida, aparentemente, pierde todo el significado, pero el apoyo de su familia y amigos y, sobre todo, la recepción de una serie de cartas escritas antes de morir por su difunto marido, le ayudarán a sobrellevar el vacío.

Este sencillo argumento resume en pocas palabras lo que es y lo que representa esta nueva película de Richard LaGravenese, una “rara avis” dentro del panorama hollywoodiense y que se caracteriza, precisamente, por filmar de vez en cuando películas “raras” o atípicas, como la que más prestigio le ha otorgado, “El Rey Pescador”, que protagonizaron Jeff Bridges y Robin Williams.

La mezcla de géneros (cinematográficos) suele dar lugar a platos difícilmente digeribles para estómagos convencionales. Ya lo decía el otro día con respecto a “Hancock”: la indefinición a la hora de decantarse por uno u otro de los posibles tonos desluce el colorido final del lienzo sobre el que se proyecta la película. ¿Es “Posdata: Te Quiero” una comedia con tintes dramáticos, un drama punteado por apuntes cómicos, una tragicomedia o sencillamente un melodrama premeditadamente ligero? Todas éstas fueron las preguntas que involuntariamente me hice durante un metraje que, sinceramente, se me hizo poco menos que eterno. Pienso que el error fundamental de LaGravenese es el no haber sabido revestir a la parte humorística de la importancia debida, un soplo de nueva esperanza vital con el que sobreponerse a la tragedia. En parte fue justamente ésto lo que me pareció el mayor error de la misma concepción del film: ¿no resulta egoísta que el innegable amor de un hombre que se muere, mezclado tal vez con cierto paternalismo mal disimulado, obligue a su viuda a permanecer aún más lastrada a su recuerdo, impidiendo que ésta consiga rehacer su vida? ¿Es lícito que quien nos quiere, aun intentando que no nos sintamos solos, impida que la herida abierta se cierre según su propio proceso natural de cicatrización?.

Los mayores alicientes de “Posdata: Te Quiero” (“P.S.: I Love You”, título sacado de una canción de los Beatles) vienen de la mano de su reparto, indudablemente atractivo. La fragilidad y/o entereza de la doblemente oscarizada Hilary Swank (actriz que, lamentablemente, me hace sentir un retortijón cada vez que algún personaje de sus películas la califica como “bella”, “hermosa” o similar), la sabiduría de Kathy Bates (también poseedora de un Oscar), cuya simple mirada tiene la virtud de hacer que sus diálogos parezcan superfluos o innecesarios, el descaro de la “amiga” televisiva Lisa Kudrow (“Friends”), la ternura de la “showgirl” Gina Gershon e incluso la muy divertida inocencia y tozudez de Harry Connick, Jr. (que compone una de las más claras muestras de síndrome de Asperger que he detectado en una pantalla) palidecen, no obstante, frente a la testosterona apabullante de la auténtica estrella de la función, un Gerard Butler simplemente encantador que roba todos los planos en los que aparece… y la mayoría en los que su personaje está ausente pero aún cataliza el destino de los vivos.

Lo mejor: Gerard Butler
Lo peor: la indefinición tonal, el empacho de canciones
El cruce: “El Cielo puede esperar” + “El Fantasma y la señora Muir” + “Mi vida”
Calificación: 5,5 (sobre 10)
Luis Campoy

miércoles, 23 de julio de 2008

Cine/ "Las Crónicas de Narnia: EL PRÍNCIPE CASPIAN"


Al menos, no es casposa


Al celebérrimo dicho acerca de que “Nunca segundas partes fueron buenas” sólo cabe oponer, cinematográficamente hablando, unos pocos ejemplos de secuelas que han logrado superar a sus originales: “La Novia de Frankenstein”, “Desde Rusia con Amor”, “El Padrino 2”, “El Imperio Contraataca”, “X-Men 2”, “Spiderman 2” y, muy probablemente, la aún no estrenada aquí “El Caballero Oscuro”. Era previsible, por tanto, que “Las Crónicas de Narnia: El Príncipe Caspìan” no mejorase los réditos de “Las Crónicas de Narnia: El León, la Bruja y el Armario”, aunque, afortunadamente, tampoco los desluce demasiado.

Como ya dijimos en el momento del estreno de la primera película basada en la saga de C.S. Lewis, “Las Crónicas de Narnia” se concibió de modo contemporáneo y casi paralelo a “El Señor de los Anillos”, dado que los autores de ambas obras eran amigos. Al igual que mucha gente, opino que J.R.R. Tolkien supo dotar de más enjundia mitológica y mayores dosis de dramatismo y aventura a sus relatos llenos de hobbits, elfos y orcos, mientras que Lewis pareció concentrarse más en elaborar metáforas religiosas a partir de las cuales narrar las peripecias de los cuatro hermanos Pevensie, que, cuales modernos Mesías, deben cumplir su destino de liberar a la hermosa tierra de Narnia de la opresión de la malvada Reina Blanca. “El Príncipe Caspian” no aporta absolutamente ninguna novedad a lo ya visto en “El León, la Bruja y el Armario”, aunque sí adolece de una preocupante infantilización y esquematismo, como si los recientes fracasos de “Stardust” y “La Brújula Dorada” hubieran impulsado a los productores a concentrarse en multiplicar los efectos especiales y de maquillaje y las secuencias de batalla, en detrimento de una mayor profundización en la psicología de los personajes.

Si alguien esperaba encontrar en este retorno a Narnia diálogos inteligentes, situaciones realmente dramáticas o un análisis introspectivo de los héroes ya conocidos o de sus nuevos compañeros de armas y antagonistas, se va a quedar con las ganas. Como mucho, cabe celebrar la presencia del joven actor Ben Barnes (que incorpora al Príncipe Caspian del título, el cual debió haberse traducido “Caspio”, como se traduce del inglés el nombre de dicho Mar, y que, en cualquier caso, supera la prueba HS al no poder confirmarse que sobre sus hombros pese la lacra de la caspa), un indudable acierto de casting con el que se pretende forzar un improbable romance entre él y la antaño prometedora Anna Poplewell (“Susan”), quien debería hacerse algo en esos labios que casi no caben en la pantalla. El italiano Sergio Castellito incorpora al malo de la función en un registro de lo más tópico, y la española Alicia Borrachero (“Periodistas”, “Hospital Central”) deambula haciendo de esposa de este último. Incluso se ha traído de vuelta (sin ton ni son, por cierto), a la Reina Blanca a cargo de la reciente ganadora del Oscar Tilda Swinton y al majestuoso león Aslan, nuevamente doblado en inglés por el gran Liam Neeson.

Película familiar que ni se avergüenza de serlo ni aspira a ser otra cosa, hay que reconocerle al “Príncipe Caspian” la apabullante belleza de su fotografía y la espectacularidad de sus combates y batallas, cuya visualización y ejecución rozan la perfección.

Lo mejor: los efectos especiales y las secuencias de batalla
Lo peor: su casi vergonzante infantilismo
El cruce: “Las Crónicas de Narnia: El León, la Bruja y el Armario” + “El Señor de los Anillos: Las Dos Torres”
Calificación: 6,5 (sobre 10)

Luis Campoy

martes, 22 de julio de 2008

Cine/ "HANCOCK"


El héroe capullo

Hay una página web sobre cine (española y cuyo nombre no voy a citar ahora) que consulto frecuentemente con el fin de estar al tanto de rodajes y estrenos allende los mares. Sus noticias, que ellos, a su vez, extraen de diversas webs foráneas, suelen ser más o menos certeras; ahora bien, a la hora de leer las opiniones emitidas por sus críticos de plantilla, tengo comprobado que lo que estos señores opinan es exactamente lo contrario de lo que pienso yo. Va a ser que uno de los dos, o ellos o yo, no tiene ni furcia idea de Cine, si bien no es ése el tema principal del artículo del día de hoy.

Con respecto a "Hancock", la nueva y decepcionante película de Will Smith, nuevamente he podido constatar que lo que yo pienso se parece a lo que piensan los señores antes citados como una sardina a un cordero. Ya el calificativo que he empleado resume mi opinión ante este film, que pretende reirse en serio (o dramatizar en broma) del cada vez más manido tema del super-héroe cuestionado por los ciudadanos a los que trata de ayudar. Hancock (Smith) es un tipo antipático y borrachín que, inmune a las balas y condenado a no envejecer, no repara en los graves daños que provoca a la hora de detener a los muchos maleantes que infectan la ciudad. Cuando un día salva la vida a un experto en marketing más bien panoli (Jason Bateman) acepta someterse a un lavado público de imagen, aunque lo que realmente le motiva no es tanto la labia del asesor como la atracción irrefrenable que siente hacia su esposa (Charlize Theron).

El guión de "Hancock" fue escrito hace 12 años por un vietnamita llamado Vincent Ngo, y ha pasado por infinidad de manos antes de caer en las de Peter Berg (director) y Will Smith (protagonista y, asímismo, productor). Sobre este último poco hay que decir, salvo que, sin ser precisamente un intérprete shakespeariano, ha evolucionado satisfactoriamente desde los tiempos de "El Príncipe de Bel Air", y en la actualidad es probablemente el actor más taquillero de Hollywood y, por tanto, uno de los más poderosos. En cuanto a Berg, en realidad se trata de otro de esos actores que se acaban metiendo a director, y entre sus obras están títulos como "Very Bad Things" o la reciente "La Sombra del Reino".

"Hancock", a mi juicio, presenta una serie de inconvenientes que pesan más que sus virtudes. Para empezar, como película de superhéroes no tiene fuste ninguno, ya que se limita a presentar a un individuo poderoso trufado de tópicos (alcoholismo, socarronería, alienación) y que no tiene oportunidad de demostrar su auténtica valía, dado que no existe villano o amenaza que esté a su altura. Como película de humor es más bien torpe, y, excepción hecha de dos gags muy puntuales, basa toda su comicidad en la reiteración de vocablos como "capullo", poco recomendables para los niños. Como melodrama romántico tiene aún menos que aportar, pues la verdadera esencia de su subtrama (que no voy a desvelar por respeto a quienes no la hayáis visto) tan sólo se desarrolla en el último tercio del film, y no sólo resulta pillada por los pelos sino que es más bien risible.

¿Qué ofrece, pues, este “Hancock”? Aparte de la presencia de Will Smith y de la belleza de Charlize Theron, más bien poco; ni siquiera sus efectos visuales están a la altura de las circunstancias, y lo único que exhiben es, básicamente, el caos por el caos. Lástima que el carisma de Smith y la entregada composición de Theron no logren mejorar el mal sabor de boca que deja la floja actuación de Jason Bateman (qué pena, con lo bien que estuvo en “Juno”). Pero bueno, estamos en verano, y en esta época lo que proliferan son las películas intrascendentes sin otra ambición que la de llenar las arcas de sus productores. Y, como borreguitos que somos, los espectadores les seguimos el juego, algunos alentados por los gurús de determinado blog de cine en español.

Lo mejor: Will Smith
Lo peor: Jason Bateman, el guión, la sorprendente levedad de su sér
El cruce: “Superman Returns” + “El Sr. y la Sra. Smith”
Calificación: 4,5 (sobre 10)


Luis Campoy

viernes, 18 de julio de 2008

Comerciales (I)


Hoy se me ha ocurrido dedicar unas líneas a la televisión, aunque no a una serie o programa convencional, sino a esas pequeñas piezas que pueden llegar a hacernos lamentar que entre dos bloques de publicidad se inmiscuyan fragmentos de películas, concursos o culebrones. Los anuncios (o “comerciales”, si nos atenemos a la traducción directa del inglés) constituyen en ocasiones auténticas obras de arte y llevan tras de sí un proceso de rodaje y post-producción que en nada tiene que envidiar al que ha requerido la realización de una película de largo metraje. Concebir y llevar a cabo un buen spot, que resulte atractivo, fácilmente memorizable y que grabe en nuestra mente las bondades del producto que pretende vendernos no es tarea fácil. Muchas veces las compañías publicitarias contratan para dirigirlos a prestigiosos realizadores cinematográficos, y, en otro millar de ocasiones, se produce un proceso diametralmente opuesto: algunos directores de cine se han forjado en el mundo de la publicidad (caso de los hermanos Ridley y Tony Scott o David Fincher, entre otros).

Permitidme que os hable ahora de algunos anuncios que me gustan, que me alegran la sobremesa cuando los veo. El primero de ellos, que para mí es simplemente magistral, es en realidad una “reposición”, puesto que ya lo hemos contemplado en campañas anteriores. Me estoy refiriendo al del Gran Premio de verano de la ONCE, un premio tan elevado, tan brutal, que alguien definió como “heavy”. Para ilustrarlo, nada mejor que fusionar los conceptos “heavy” y “verano” en una hilarante historia acerca de una comuna de heavymetaleros que “toman” una localidad playera en la que desarrollan su característico modus-vivendi. La canción de fondo, “The Final Countdown” (“La Última Cuenta Atrás”) del grupo Europe está excelentemente bien coreografiada gracias a un montaje virtuoso en el que se reflejan todos los estereotipos de esta pintoresca fauna urbana. En dos palabras (Jesulín de Ubrique dixit): a-cojonante. Un “10” para todos quienes lo han hecho posible. Otro que me agrada es el de Telefónica/Movistar (también estrenado el año pasado), que a su vez adapta una canción de 1980 titulada “Ma quale idea”, que dio a conocer al italiano de voz ronca Pino d’Angio. En esta ocasión se mezclan los tópicos discotequeros de la época con la llamada irresistible de la playa, la arena y las olas, y el resultado es muy, muy satisfactorio. Bastante menos me gustan los que tanto proliferan últimamente, relacionados con productos milagrosos que reducen el colesterol y mantienen a raya la tensión. En uno de ellos, dos actores que se me antojan hermanos discuten entre sí porque uno de ellos, un poco descuidado, ha permitido que se le atasque el fregadero al mismo tiempo que la colesterolemia amenaza con obstruir sus venas y arterias. La sutileza de la metáfora es comparable a la de un elefante paseando grácil por una cristalería. Pero lo que más me repatea las entrañas es que los dobladores de este engendro poséen dos de las mejores y más profesionales voces que se pueden encontrar en este mundillo, lo cual contribuye a que todo suene “artificial”. Las personas comunes y corrientes no hablan ni pronuncian ni modulan así; a partir de ese momento, lo que nos dicen, al menos a mí, ya no me parece convincente. Finalmente, sin abandonar la publicidad “saludable”, otro de los comerciales que me irritan es el de un potingue que supuestamente ayuda a que la presión sanguínea se mantenga en cifras enciclopédicas. Dos equipos formados por hombres y mujeres que visten, respectivamente, camisetas azules y rojas, tiran de una cuerda en direcciones opuestas. Naturalmente, los buenos llevan la camiseta azul y los malos la roja (lo prohibido). La frase lapidaria “A veces comes con sal” ejemplifica el sentido de la propuesta. ¿A veces…? Bueno, no sé en qué país viven los guionistas del panfleto en cuestión, pero, que yo sepa, en España la sal es el condimento básico de cualquier comida, y, en cualquier caso, tan perjudicial es ABUSAR de ella como SUPRIMIRLA de la dieta. Lo mismo pasa con el azúcar y con casi todo: no hay que prescindir de nada, sino encontrarle el “punto”, la justa medida. Todos sabemos que tomar productos excesivamente salados y llevar una vida sedentaria no es lo más recomendable, pero de éso a pretender convencernos de que, por ingerir determinado bebedizo, el consumidor va a mejorar su calidad de vida, media un largo trecho, el mismo que separa una minipelícula extraordinaria de un bodrio impresentable.

lunes, 7 de julio de 2008

Políticas de izquierdas


Como todas las personas, soy yo y también soy lo que han hecho de mí. Quiero decir que, por una parte, tengo las convicciones que, durante mi vida adulta, he ido considerando que son las justas y correctas, pero, al mismo tiempo, conservo el poso de lo que quienes me moldearon durante mis años mozos trataron de inculcarme. Lo de que el PSOE, partido actualmente en el poder en nuestro sufrido país, pretende realizar “políticas de izquierda” no debería ser noticia, o, al menos, no tanto como lo está siendo estos días. Se supone que una formación que expande su ideología hacia el lado zurdo debería ejecutar su mandato de modo consecuente, pero no siempre ha sido tan evidente que se pretende alejar las costumbres y las normas morales de lo que hasta ahora solía ser cotidiano. Por ejemplo, lo de que voten los inmigrantes, a mí me parece magnífico y fabuloso, y tan lógico que no entiendo por qué estamos en el siglo XXI y no ha sido una realidad hasta ahora. Supongo que el racismo o, mejor dicho, la xenofobia, son los responsables de la desconfianza y marginación de quienes no nacieron en este país en el que todos vivimos. Parece irrefutable el razonamiento de que, ya que tienen la obligación de estar censados y con papeles en regla, ya que han de acatar la ley, también deben disponer del derecho a ayudar a que las leyes se promulguen y se cumplan. Sin embargo, con respecto a la “laicidad” y el aborto me confieso algo más dubitativo. Mi yo consciente, ése que se deja regir por la frialdad del intelecto deductivo, siempre ha defendido la libertad de la mujer a decidir sobre la continuidad o no del embarazo; de no ser así, podríamos pensar que se trata de una especie de castigo a la promiscuidad o la imprevisión, convirtiendo en inmutable aquello que fue simplemente fortuito. Sin embargo, mis años en un colegio de curas me hacen un poquito difícil de aceptar la actual tesitura pretendida por las mujeres socialistas con respecto a una ley de plazos, o, al menos, hacen que me dé un pequeño retortijón cuando pienso en ello. Que sí, que me parece lógico que sea la persona que lleva incrustado el embrión de la nueva vida quien decida si la deja fructificar o no, pero no estoy convencido al cien por cien de que la libertad sea lo único a tener en cuenta. Luego está el tema de los símbolos religiosos, que, en el fondo, o en el fondo del fondo, no debería ser tan relevante. Por Dios, estamos hablando tan sólo de símbolos, imágenes, iconos. Sólo los extremistas (abanderados por cierta emisora con la que normalmente estoy COPEtamente en desacuerdo) podrían ser capaces de afirmar que la no exhibición pública de un crucifijo constituye una especie de prohibición de la religión cristiana. Nada más lejos de la realidad: yo no llevo colgada del cuello la foto de mis hijos, y no por no llevarla los quiero menos. Tampoco quiere decirse que quien presume de su catolicismo ostentando una cruz o una medalla sea más o mejor cristiano que quien prefiere no ser tan explícito. Y es cierto que el progreso y los avances sociales han permitido que España (como cualquier país civilizado) ya no sea monoteísta, por lo que se ha decidido que es más práctico retirar los iconos de una religión que tener que incluir los de las otras cinco o seis religiones mayoritarias; faltaría sitio en cualquier lugar público si hubiese que colgar la efigie de Cristo, y la de Mahoma, y la de Buda, y la de John Smith, y la de L. Ron Hubbard. Supongo que por éso se pretende llevar a la práctica el viejo dicho de “O todos, o ninguno” (por no decirlo de otro modo, que, en este contexto, se antojaría algo improcedente: “O todos moros, o todos cristianos”). Lo cual no es óbice para que uno, que, como dije antes, se hizo persona entre monjas y curas y que durante años fue obligado a rezar mil rosarios y un millón de avemarías, no pueda evitar recordar, con cierta añoranza, aquellos crucifijos que presidían todas las aulas, no sé si como austero adorno o como exteriorización de una doctrina impuesta que, niños todos, nos dejábamos imponer sin hacernos demasiadas preguntas.

sábado, 5 de julio de 2008

La maldición de los electrodomésticos


Tal vez podría parecer que mi condición de empleado de cierta empresa eléctrica debería conllevar cierta predisposición a que los aparatos electrodomésticos fuesen benévolos e incluso amistosos para conmigo. Nada más lejos de la realidad.

Hace unas semanas os contaba la rocambolesca odisea que viví cuando me decidí a agenciarme la mejor PDA del mercado, pero aquéllo, ya felizmente superado, tan sólo fue una más de una sucesión de desventuras que un día pienso convertir en el guión de un culebrón de sobremesa con todas las papeletas para el éxito. A veces pienso que soy un gafe de la electrónica y la informática, y ejemplos concluyentes no me faltan.

- Ordenadores: sería imposible enumerar las veces que he tenido que formatear mis computadoras y reinstalar todos los programas. Unas veces ha sido por la vil intromisión de un maléfico virus, y otras porque me he portado como un chiquillo “manifacero” que, tratando de eliminar archivos supuestamente innecesarios, he inutilizado determinados programas que sí los necesitaban. Pero no siempre ha sido culpa mía. El primer ordenador con Windows 3.1 que compré, hace como quince años, venía con tantos problemas de hardware que, durante las sucesivas visitas del técnico, acabamos haciéndonos íntimos amigos (saludos, Matías). Hace mucho menos tiempo, empezaron a sucederse una infinidad de anomalías en la parte dura que me permitieron batir todos los records mundiales de formateo, reinstalación y reformateo del PC, hasta que descubrimos que el trastorno se generaba en una placa base prematuramente envejecida cuya sustitución acabó con tal retahíla de incidentes.

- Reproductor MP4: compré uno debido a que la super PDA carecía de la función de radio, y el aparatito elegido tenía un arañazo en la pantalla que me obligó a llevárselo al vendedor para que me lo cambiase por otro. El nuevo, sin embargo, tardaba tantas semanas en venir que, finalmente, regresé al comercio y me llevé nuevamente el arañado, que, a los pocos días, sufrió un golpe que lo dejó hecho añicos. Empecinado en mi objetivo, adquirí un nuevo modelo, que parecía una virguería… hasta que lo desembalé y comprobé que todas las memorias se borraban solas y las fotos que hoy cargaba, mañana eran irreconocibles para el software del aparato. Naturalmente, me lo cambiaron por otro, que es el que todavía hoy utilizo… con un golpecito en la pantalla del que, lamentablemente, he sido yo el involuntario responsable.

- Disco Duro multimedia. Para jubilar definitivamente el aparato de video VHS, compré un disco duro multimedia marca BluSens, baratito y lleno de Gigas (500) y prestaciones, pero el hijodesumadre grababa tan mal que, aplicándole la máxima resolución que permitía, los programas grabados tenían la misma calidad de sonido e imagen que las prehistóricas películas del CineExín, y, cuando traté de devolverlo en la tienda en la que lo adquirí, no quisieron o no pudieron acceder a mi demanda, porque había cometido el imperdonable error de tirar la caja de embalaje original. Meses después, me decidí a comprar otro bicho similar, aunque de una marca diferente (Woxter), y, cuando fui a probarlo, me horroricé al comprobar que, tanto el menú como todo lo que reproducía, se veía en blanco y negro. Marché raudo y veloz al MediaMarkt donde lo adquirí (lógicamente, el más alejado de mi domicilio), y me lo cambiaron sin problemas por otro igual que… llegado a casa, también se veía en B/N. Mosqueado y profundamente indignado, tuve la ocurrencia de probarlo en otro televisor que poseo, idénticamente igual, por cierto, que el anterior, y así fue cómo averigüé que las tres entradas de euroconector del TV del comedor eran tan incompatibles con el Woxter como Raúl con Luis Aragonés, por lo cual me ví obligado a echar mano de mi proverbial fortaleza física para permutar la televisión que tenía en el salón con la que, apenas usada, dormía en mi dormitorio (con el consiguiente desplazamiento del aparatoso mueble del comedor y el desalojo de los platos, bandejas, vasos, libros y videos que albergaba). En fin, al menos parece que el resultado ha merecido la pena.

- Video VHS. En 22 años he adquirido tantos reproductores de video que apenas puedo contarlos. El mejor que he tenido era un Sony stereo hi-fi con el que monté mis dos películas como realizador videocinematográfrico, y, si finalmente se descuajaringó, fue tan sólo por la muchísima guerra que le dí. El que compré para sustituirlo (un JVC) se lo quedó mi ex–mujer cuando me separé, pero era la bastante bueno como para decidirme a adquirir otro igualito, que el pasado domingo fui a utilizar para reproducir en él (para su posterior conversión a DVD utilizando el disco duro multimedia del que os acabo de hablar) el primero de los dos mencionados films que componen mi breve filmografía, pero detecté que el cabezal del VCR estaba sucio, así que me armé de valor y desarmé el aparato para limpiarlo con un algodón impregnado en alcohol. Creo que tienen razón quienes afirman que el alcohol es pernicioso para la salud, porque el bicho se negó a funcionar… hasta que, repentinamente, lo hizo, y la calidad de la cinta era tan buena que renació en mí el optimismo. Sin embargo, justo después de haberlo vuelto a atornillar, el viejo JVC se apagó solo… y desde entonces yace muerto o durmiendo el sueño de los justos. Otro cualquiera hubiera mandado a tomar viento a las viejas cintas de VHS, pero el menda lerenda se fue al punto de venta más próximo de la cadena Expert y encargó un video LG stereo Hi-Fi Nicam y provisto de 6 cabezales, por el que tuve que pagar ná menos que 100 euros. Todo sea por mi “Butanero” y mi “Sangre”, las únicas hijas de mi inspiración cinematográfica… Mas, cuando ayer fui a reproducir mi ópera prima en el novísimo videorreproductor, me maravillaron dos cosas: la primera, la buena calidad del sonido, y, la segunda, las molestas bandas de distorsión que aparecían cuando la imagen era emitida a través del euroconector. No hay duda, alguien me había echado un enorme mal de ojo, pero ni así me rendí. Tiré para Expert y les conté la historia, y tuve la suerte de que, previsores ellos, habían pedido no uno, sino dos videos LG. Me llevé el que habían dejado en exposición en la tienda, y pude comprobar que a) la imagen emitida por el euroconector era cojonuda y b) el sonido era plano, sin brillo, monofónico; la opción “Hi-Fi” venía inhabilitada de fábrica. Ahí sí que tuve que sentarme a reflexionar y a replantearme los parámetros elementales de mi existencia. ¿Con qué video me quedo? ¿Con el que tiene la mejor imagen y el peor sonido, o con el que se escucha de maravilla y se ve con tanta distorsión que parece la vida narrada por la COPE?

martes, 1 de julio de 2008

Tras la cortina


Detesto ir al médico. Esta es una de las conclusiones que obtengo cuando realizo una introspección a fondo por los entresijos de mi forma de sér. Yo, que siempre estoy aconsejando a todo el mundo que acuda al galeno más próximo al menor síntoma de que algo no anda bien, soy reacio a más no poder a la hora de predicar con el ejemplo. Ayer, sin embargo, me arriesgué a contravenir esa norma mía no escrita, y pedí cita con la doctora que hasta ahora me ha tenido como invisible paciente. Con todas estas jovencitas recién salidas de la Facultad de Medicina pasa siempre lo mismo. Te atienden cordiales y sonrientes, tuteándote (no seáis mal pensados: he dicho “tuteándote”, no “puteándote”) a las primeras de cambio, como para romper el hielo, pero, si el motivo de la consulta obliga a que tengas que exhibir tu varonil anatomía (vamos, a quedarte en pelotillas sin casi haberos presentado), comienzan a llamarte de “Usted” sin darse cuenta. El motivo de mi visita, según su punto de vista, requería que realizase una torpe imitación de Kim Basinger en “Nueve Semanas y Media” – sólo que sin música de Joe Cocker -, y la médica me indicó que, una vez stripteaseado, me tumbase boca arriba en la camilla situada tras la cortina. Estaba yo hecho un pelele, indefenso y con los pantalones bajados, con la susodicha palpándome aquí y allá, y entonces va la Doctora Quinn y me espeta, con voz algo temblorosa: “Tendrá que bajarse éso, bueno, bajarse o subirse o ladeárselo un poco, como quiera, pero tengo que explorar también lo otro”. Estas mujeres… No les basta con sacártelo todo y dejarte en calzoncillos; todavía quieren más. El caso es que aquella pobre chica se puso a jugar con un par de pelotas bastante más pequeñas que ésas que están de moda ahora (las que chutan con tanto arte David Villa y Fernando Torres), mientras yo no sabía si reir, llorar o recordarle que, si se sentía estresada, existían otras cosas que podría estrujar sin luego tener que sentirse culpable. Pero todo fue en vano. Hábilmente, la doncella de la blanca bata despejó el peligro y desplazó la pelota al tejado del especialista de turno, al que, a través de la enfermera, debería pedirle cita. ¿Lo véis? Todo aquel mal trago, con despelote incluído, para que me sintiese como en casa… de citas. ¿Tanto ruido para tan pocas nueces? ¿Acaso no pude de mis pudendas partes haberme ahorrado tan gratuita exhibición? Y ¿cómo será el próximo profesional sanitario que me toque los huevos? Preguntas sin respuesta que me acojonan, perdón, acongojan, mientras me convenzo de que es mucho menos comprometido aconsejar a los otros que visiten al médico, mientras yo contemplo la corrida tras la barrera.