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domingo, 25 de mayo de 2008

¿EuroVisión? ¡EuroTongo!

Tanto revuelo organizado en torno a la polémica decisión de RadioTelevisión Española de enviar al festival de Eurovisión a un humorista y no a un cantante… y al final, de la forma más injusta, todo quedó en agua de borrajas. O sea, no es que la ganadora, una Rusia defendida por Dima Bilan, que incluso cantó una canción “de verdad”, no reuniese en sí misma los méritos artísticos que se le (pre)suponen a un concursante que espera regresar a su país con un trofeo bajo el brazo (buena melodía, potente interpretación vocal, correcta puesta en escena); es que da auténtica angustia comprobar, llegado el trascendental momento de las votaciones, cómo las predicciones del insigne José Luis Uribarri se iban cumpliendo prácticamente a la perfección. No nos engañemos: el “Chiki Chiki” de Rodolfo Chikilicuatre (alias David Fernández) es una mierda de canción, de éso no hay duda, pero es que lo más probable es que, ni habiendo llevado a Serrat cantando su “Mediterráneo” (en español, claro está), ni a Sabina con “19 Días y 500 Noches” ni a Montserrat Caballé defendiendo el “Hijo de la Luna” de Mecano (por poner tan sólo tres ejemplos de pedazos de canciones) la cosa hubiera sido muy diferente. El viejo zorro Uribarri no se equivoca: Eurovisión ya no es un concurso en el que imperan criterios relacionados con la calidad o la musicalidad (si es que alguna vez lo fue). Se trata, por el contrario, de una triste verbena en la que poco o nada importa, al final, la primera parte, en la que cada país envía al matadero a un tropel de intérpretes que, en la mayoría de los casos, se dejan la piel entonando melodías que les nacen del corazón; no, lo único importante del certamen es la segunda mitad, la votación en la que todos los paísuchos de nueva creación se votan del modo más vergonzoso los unos a los otros, sin importarles a ninguno la calidad intrínseca de su representación musical. Si es que, escuchando las profecías de Uribarri y teniendo nada más que un poquito de memoria histórica, lo podías ver del todo claro: “Fulanito le tiene que dar sus votos a Menganito y a Zutanito, y Gusanito tampoco se va a quedar sin nada”. Y a continuación va Fulanito y, con más o menos teatralidad, distribuye sus puntos del modo que marca su férreo guión, deudor de criterios sociopolíticos y nunca de auténticas exigencias artísticas. Si, al final, la ganadora es una canción medianamente digna, es tan sólo por pura casualidad. De hecho, mis favoritas, Suecia y Portugal, se quedaron muy alejadas de los puestos de cabeza, y tradicionales pesos pesados del certamen (caso de Alemania, Polonia e Inglaterra, que fue última) ocuparon lo que en fútbol llamaríamos “plazas de descenso”. En cuanto a nuestro Chikilicuatre, pienso que lo hizo muy bien, dentro de sus posibilidades y limitaciones. Entiendo que los más puristas renieguen de este falso reggaetón cómico si se compara con temazos como el “La La La” de Massiel (una gran canción dejando aparte todo lo demás), el “Eres Tú” de Mocedades (para mí, la mejor canción española en la historia de este Festival) o el “Yo soy aquel” del inefable Raphael… o, incluso, sin tener que compararlo, y es que de “canción” tiene poco. Pero también he de reconocer que anoche me senté a ver Eurovisión como hacía cuando era un crío, en compañía de mis padres y de mis hijos, y éso no lo hice ni el año pasado ni el anterior ni prácticamente nunca en los últimos quince años (con la excepción de cuando nos representó la triunfita Rosa), y ésto también hay que tenerlo en cuanta. Esperemos que a algún responsable de este evento, tan integrador en sus pretendidos postulados europeístas como impresentable a la hora de permitir que prime la política sobre la música, se le encienda de una vez por todas la lucecita necesaria e impida, no sé de qué manera, que la Fiesta de la Canción se siga convirtiendo en la Verbena del Choriceo y el Peloteo.

jueves, 22 de mayo de 2008

Cine/ "INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL"




EL RETORNO DEL AUTENTICO HEROE




El otro día, con motivo de su premiere mundial en el Festival de Cannes, leí el comentario de un periodista de la cadena SER que afirmaba que “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal”, cuarta entrega de la saga iniciada en 1981 con “En busca del Arca Perdida”, era “más de lo mismo”. Por su parte, una redactora del diario “El Mundo” confesó que “se había aburrido mortalmente” mientras la veía. Sobre el primer comentario, y ya tras haber visto la película hace apenas unos minutos, he de decir que AFORTUNADAMENTE es más, mucho más de lo mismo: aventura, humor, amistad, magia, misterio y extraordinaria partitura musical. En cuanto a lo dicho por esa mujer que casi se jactaba de haber sido víctima del aburrimiento… lo siento, querida, pero me das auténtica PENA.

Naturalmente, quien ésto escribe no es un espectador precisamente neutral, pues todavía recuerdo nítidamente el momento en que “En busca del Arca Perdida” me deslumbró cuando tenía 18 añitos recién cumplidos, mientras la veía en un cine de Alicante al lado de mi amigo José Antonio. Los dos siguientes capítulos, “Indiana Jones y el Templo Maldito” (que sólo muy recientemente hemos conocido que era una “precuela” de la anterior) e “Indiana Jones y la Ultima Cruzada” (donde Indy compartía desventuras con su padre) conformaron una trilogía en la que aprendimos que el Bien siempre triunfa sobre el Mal, que el verdadero poder de lo Divino radica en el alma de los humanos y que el clasicismo rutilante es un oasis en medio de la vorágine del cine moderno cada vez más dependiente de los efectos especiales. Las películas de Indiana Jones no han envejecido un ápice y dudo mucho que jamás lo hagan, y su efecto en el espectador es exactamente el mismo que hace 27, 24 o 19 años. Por éso es tan de agradecer el ansiado regreso del mismo equipo creativo de siempre (George Lucas, creador y productor; Steven Spielberg, director; John Williams, compositor; y Harrison Ford, actor, icono e insustituible protagonista). Por éso considero que es un mérito incuestionable haber sabido reconstruir una nueva aventura alrededor de las mismas bases de las otras tres, recuperando sus elementos comunes y trivializando el evidente deterioro del héroe arqueólogo, deterioro que tan sólo se concreta, afortunadamente, en muchas canas y algunas arrugas, pero que no ha podido ni podrá doblegar el espíritu del personaje, justo éso que, si sabemos cuidarlo como se merece, nunca se nos arrugará.

Desde el plano inicial (que nuevamente homenajea el logotipo de Paramount Pictures, esta vez en la forma de un minúsculo montículo de tierra) hasta esa imagen del sombrero Fedora de Indy rodando por el suelo, ante nuestros ojos se despliega un torrente de fotogramas en los que un director que ya no es precisamente adolescente pretende y consigue hacer progresar al único personaje al que ha tutelado en todas sus apariciones fílmicas, llevándolo desde los años 30, en los que se desarrollaban sus primeras hazañas, hasta la década de los 50, cuya banda sonora era el rock’n’roll de Bill Haley & His Comets y en la que millones de americanos creían a pies juntillas que los marcianos habían aterrizado en 1947 en el desierto de Roswell y que los comunistas eran el enemigo terrícola a batir. No por casualidad son los rusos los nuevos oponentes del Dr. Jones, toda vez que los nazis habían caído en el olvido una vez concluída la Segunda Guerra Mundial.

¿Es mejor “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal” que sus tres ilustres predecesoras? Tomo aliento y humildemente hago auto-introspección y tengo que confesar que… no. Pero tampoco es mucho peor. Pienso que se trata de la atmósfera de ese tiempo en el que transcurre, menos inocente y menos optimista, y también de que, en algunos momentos, lo que anteriormente he catalogado como virtud… se torna en inconveniente: resulta demasiado obvio que no sólo se continúa la saga anterior, sino que lo que se pretende es repetir cada uno de sus ingredientes. Así, allá donde hubo un Arca perdida, una Piedra robada o un Cáliz fugazmente recuperado, tenemos ahora un cráneo vitrificado; allá donde nos maravilló una persecución en el desierto, ahora nos deja boquiabiertos otra bastante similar, esta vez enmarcada en la selva sudamericana; la villana soviética que encarna Cate Blanchett desempeña el mismo papel de la Alison Doody de “La Ultima Cruzada”; John Hurt maximiza el concepto de profesor despistado que llevó a cabo el fallecido Denholm Elliott (al que en el nuevo film se le rinde tributo, mediante un cuadro y una estatua); Ray Winstone aúna en uno solo los papeles que anteriormente hicieran Paul Freeman y John Rhys-Davies; y el recién llegado Shia LaBeouf retoma un rol similar al del malogrado River Phoenix. Mas, allá donde lo nuevo casi empieza a sabernos a viejo, aparece, casi como un gigante mítico, un maravilloso e inconmensurable Harrison Ford que probablemente nunca ha sido tan buen actor como en esta ocasión. Su media sonrisa, su perfecto equilibrio entre el ratón de biblioteca y el profanador de tumbas y, sobre todo, su portentosa composición física (¿qué importa que SEPAMOS que casi tiene 66 años, cuando VEMOS todo lo que aún es capaz de hacer) son un regalo para el cinéfilo que todos, todos llevamos dentro.

Por mucho que, quizás, no llegue al nivel de los tres primeros capítulos, “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal” es tan BUENA que está muy por encima de cualquier película de aventuras de las que se hacen en la actualidad. Y no parece que tenga que ser, forzosamente, el fin de la franquicia. Ese plano al que aludía antes, en que el sombrero de Indiana Jones se desliza hasta los pies del hijo del arqueólogo, llamado Mutt (al que interpreta un Shia LaBeouf muchísimo menos inspirado que en “Transformers” y visiblemente acongojado ante la idea de actuar junto a Ford y bajo la batuta de Spielberg), que, mientras comienza a sonar la archipopular fanfarria compuesta por John Williams, hace ademán de calárselo… y se queda con las ganas, porque papá Indy pasaba por allí y se lo asienta en su venerable cabeza, es lo suficientemente revelador: Indiana Jones no hay más que uno, y se llama Harrison Ford. Como dije antes, compadezco un poco a la muchacha que decía haberse aburrido mientras veía esta película, porque justamente ésto, para mí, es el Cine: magia, aventura, humor, entretenimiento, espléndida fotografía y música prodigiosa. Gracias, John Williams. Gracias, George Lucas. Gracias, Steven Spielberg. Y, sobre todo, gracias, muchas gracias, Harrison Ford.

Lo mejor: Harrison Ford, el respeto a la fórmula y las convenciones de la saga
Lo peor: el abuso de la fórmula y las convenciones de la saga
El cruce: “En busca del Arca Perdida” + “Indiana Jones y el Templo Maldito” + “Indiana Jones y la Ultima Cruzada” + "Expediente X"

Calificación: 8,5 (sobre 10)

Luis Campoy

miércoles, 21 de mayo de 2008

Cine/ "SPEED RACER"

Fernando Alonso a todo color


Ante un producto como "Speed Racer" uno no sabe muy bien a qué carta quedarse. ¿Se trata de una obra personalísima e innovadora o de un capricho carísimo y fallido? Si juzgamos por los primeros resultados de taquilla, parece que más bien lo segundo; y sin embargo ... Hay momentos en esta nueva película de los Hermanos (¿o deberíamos decir "hermanas"?; uno de ellos se dice que se ha transexualizado) Wachowski, creadores de la trilogía "Matrix", en los que quien ésto suscribe se quedó auténticamente con la boca abierta. Adaptación tardía de una célebre teleserie de dibujos animados de origen japonés, "Speed Racer" (estúpido juego de palabras que, por un lado, significa "corredor veloz" pero que, en realidad, tan sólo designa a un muchacho cuyo nombre de pila es "Speed" y que tiene por apellido "Racer") asume tan fervientemente su condición de comic que no duda en aunar lo mejor de la estética innovadora de otros dos films inspirados en sendos tebeos: "Dick Tracy" y "300". Del primero toma prestada su paleta cromática compuesta de colores puros y chillones, mientras que del segundo recupera la ejecución tecnológica tan propia del séptimo arte del siglo XXI: tan sólo los actores tienen una existencia real y corpórea, mientras que todo lo demás (escenarios, decorados, vehículos, efectos especiales) ha sido generado por ordenador. Si por algo cautivó el primer "Matrix" a miles de aficionados de todo el mundo fue porque supo combinar la parafernalia tecnológica con un sustrato argumental de connotaciones filosóficas, metafísicas y religiosas. Ese es el punto flaco de "Speed Racer", que en ningún momento logra revestir de fondo a la forma, otorgar sustancia al artificio. ¿O acaso ni siquiera lo pretendía? Lo cierto es que, desde que comienza hasta que termina, la película es una montaña rusa visual desprovista de enjundia, un manjar deliciosamente presentado que, cuando se le hinca el diente, sabe a… nada. El guión de cualquiera de los episodios de la serie original probablemente superaría con mucho al de su ambiciosa adaptación, y los actores elegidos para incorporar a sus personajes unidimensionales (John Goodman, Susan Sarandon, Christina Ricci, Matthew Fox y el protagonista Emile Hirsch) difícilmente volverán a estar tan mal dirigidos y desaprovechados.

Lo mejor: la fantasía subyugante de su puesta en escena
Lo peor: la nadería de su (tras)fondo
El cruce: “Cars” + “Dick Tracy” + “300”

Calificación: 5,5 (sobre 10)

Luís Campoy

jueves, 8 de mayo de 2008

Sin vergüenza

Hace unos días decía, en mi artículo titulado “Adiós a la Liga”, que, aunque fuese una paradoja para un culé confeso como yo, lo mejor que le podía pasar al Barça era ser eliminado de la Champions y quedar no segundo, sino tercero en la Liga. Parece que mis súplicas han sido oídas por el Hacedor, y ahora sólo falta que e resto de mis deseos se cumpla: que se marche Rijkaard (pobre hombre), que se le dé finiquito a media plantilla y que tanto Joan Laporta como Txiki Begiristain sean muy pronto poco más que un mal sueño. Con respecto a esto último me temo que me voy a quedar con las ganas, pero sí es inevitable la marcha del técnico holandés y el adiós de algunos jugadores que nunca han llegado a cuajar (Ezquerro, Thuram, Gudjohnssen…) y de otros que antaño (hace una eternidad de cuatro años) nos hicieron realmente felices, caso de Deco o Ronaldinho. Este último, a juzgar por algunas informaciones difundidas por determinadas fuentes que son de todo menos barcelonistas, está tan destrozado físicamente que ya no podrá volver a jugar en la élite (qué bien si lo lee Berlusconi, ¿verdad?, así el Barça se quedará sin los 40 millones de euros que estaba a punto de percibir del Milan), pero es que, a juzgar por lo que entreví anoche (tan sólo fui capaz de permanecer frente al televisor hasta que Raúl marcó el primer gol), el resto de sus compañeros están destrozados psíquicamente. Hicieron el pasillo a los merengones y éstos se dieron el paseíllo triunfal después de propinar la puntilla y el descabello al morlaco catalán, al que también cercenaron las dos orejas y el rabo (por no mentar otros atributos claramente extrapolables). Así lucieron durante noventa minutos los Laporta Boys: sin orejas ni rabo, sin ideas, sin ambición, sin ilusión, sin amor propio… sin vergüenza. ¡Sinvergüenzas!. Se me ocurren muchos más calificativos, pero las meras palabras no van a resolver los problemas. Dicen que será el lampiño Pep Guardiola el sucesor de Rijkaard, cosa que puede que garantice el continuismo del espíritu Cruyff del añorado Dream Team, pero yo me temo que quien debería haber recalado en el banquillo azulgrana en este momento es un técnico con mano de hierro tipo Mourinho. Espero equivocarme yo, porque, si se equivocan ellos, vamos a tener que seguir haciendo pasillos y aguantando humillaciones y burlas de los medios de comunicación pro-madridistas (que son bastantes), y maldita la gracia que éso me hace.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Demasiadas primarias



Todavía con la resaca a cuestas de nuestros propios comicios, no dejan de llegarnos noticias de esas otras elecciones que marcarán de forma inexorable el destino del mundo. Porque, mal que nos pese, el nombre de quien ostente la Presidencia de los Estados Unidos de América tendrá para todos una importancia evidente e inevitable. Si no créeis lo que os digo, pensad tan sólo en lo que ocurriría si se produjese un nuevo atentado en territorio USA y, como consecuencia y/o represalia, el Presidente electo decidiese emprender una cruzada contra el Mal en la que arrastrase a todos sus amigos y aliados (categoría esta última en la que estarían englobados todos los países miembros de la OTAN, Spain incluída). Por ello, no está de más, hacer un breve comentario acerca de esa interminable campaña que más parece una guerra civil en la que están inmersos los dos candidatos demócratas, Barack Obama y Hillary Clinton. Hace ya semanas que los republicanos nominaron a ese abuelete llamado John McCain (no confundir con John McClane, el personaje a quien da vida Bruce Willis en la saga de “La Jungla de Cristal”… si bien puede que el republicano y el poli cinematográfico sí coincidan en cierto modo expeditivo de entender la existencia, a golpe de sangre y fuego, no en vano los dos tienen un acusado pasado militar), pero tantas y tantas primarias están desgastando notablemente al Partido Demócrata, incapaz de plantear una estrategia clara y definitiva mientras no se decida cuál es su verdadero líder. Personalmente, no escondo mi predilección por Obama, a quien se le ve íntegro, idealista y conciliador, ni tampoco mi rechazo a la señora Clinton, que me da la impresión de que tan sólo pretende desprestigiar a su rival con el claro propósito de saciar su mono de Despacho Oval, quién sabe si como velada venganza contra su marido adicto a la falacia y la fellatio. A ver si Hillary, que cada día está más lejos de obtener la nominación, reflexiona a tiempo y, en lugar de ahondar aún más en la herida fratricida, se aviene a colaborar en la campaña de su enemigo y sin embargo compañero de filas, por el bien de todos, incluídos vosotros que me leéis.

domingo, 4 de mayo de 2008

Cine/ "FUERA DE CARTA"


ENREDO ENTRE FOGONES

Fui a verla porque me gustó el tráiler, porque me encanta Javier Cámara y porque sabía que había sido escrita y dirigida por Nacho García Velilla, uno de los artífices de la ya casi mítica “7 vidas”, la serie más longeva de la televisión española, que se despidió hace pocos años pasando el relevo a “Aída”. No me arrepiento de haber pagado los 5 euros y medio que me costó la entrada para ver “Fuera de carta”. Al contrario, me lo pasé genial, conecté con casi todos los personajes y me reí como hacía tiempo que no me reía en una sala oscura. Maxi (Cámara) es un chief homosexual que regenta el restaurante Xantarella, en pleno Chueca (el barrio gay de Madrid). En su juventud, Maxi tuvo dos hijos en el seno de un matrimonio de conveniencia, y ahora, mientras trata de conseguir por todos los medios que su local sea incluído en la prestigiosa guía Michelín, se enfrenta no sólo a un affair romántico con un apuesto ex-futbolista argentino, sino a la forzosa convivencia con los hijos a los que abandonó y nunca volvió a ver. Que Javier Cámara es uno de los actores de comedia más sólidos de nuestros días es ya un hecho innegable, y lo demuestra enlazando un rodaje con otro (algo bastante inusual en la cinematografía española). También es verdad que los diálogos y la dirección de García Velilla están pensados para su lucimiento, y que se ha puesto a sus pies un espléndido elenco de secundarios entre los que destacan Lola Dueñas, los veteranos Chus Lampreave y Luís Varela y un sobreactuado Fernando Tejero que lleva años viviendo de las rentas de su portero Emilio de “Aquí no hay quien viva”. Divertida e hilarante pero, al mismo tiempo, sensible y respetuosa con las subtramas que desarrolla (la aceptación de la propia identidad sexual y el acercamiento entre padres e hijos largo tiempo ausentes), “Fuera de carta” es una muestra más de que, cuando se cuenta con los talentos y las aspiraciones adecuadas, el cine español es capaz de congregar a un público numeroso y, lo que es más importante, entretenerlo colmando sus expectativas.

Lo mejor: el guión, Javier Cámara y Lola Dueñas
Lo peor: la enésima vuelta de tuerca de Fernando Tejero a su famoso portero televisivo
El cruce: “Ratatouille” + “Una jaula de grillos”
Calificación: 8,5 (sobre 10)

Luís Campoy

viernes, 2 de mayo de 2008

Cine/ "I R O N M A N"

El Hombre y la Máquina


Ha nacido un artesano solvente, un director competente. Como actor, Jon Favreau era un secundario más, un nombre perdido en el reparto de comedietas vulgares hiper-americanas. Sin embargo, ya en “Zathura” dio muestras de saber cómo afrontar la dirección de una película de aventuras nada tópica y revestida de emoción. Su salto al cine de gran presupuesto lo ha dado con este “Iron Man”, nueva adaptación de un comic de Marvel que en España se publicó con su traducción literal, “El Hombre de Hierro”. Cuenta la historia de Anthony “Tony” Stark, playboy millonario gracias a la fabricación y venta de armas que, después de ser apresado por revolucionarios afganos que dan un pésimo uso a las mismas armas supuestamente defensivas que él fabricó, decide construir una armadura bajo la cual iniciará una carrera superheroica destinada a combatir el Mal. Con claras reminiscencias de Batman, si algo caracteriza a Iron Man es su debilidad física, que se suma a su inicial debilidad moral. A pesar de que su arrogancia y chulería serán sustituídas por un desconocido arrebato de altruismo y responsabilidad, lo cierto es que Tony depende de su tecnología mucho más de lo que la gente supone. Como consecuencia de su secuestro en Afganistán, sufre una incurable dolencia cardíaca que sólo consigue mantener a raya gracias al implante de un generador bioenergético que a su vez es la fuente de energía de la armadura que le convierte en el Hombre de Hierro. El hombre y la máquina, el héroe y el antihéroe se ven obligados a coexistir y, lo que es más, a convivir. Con un gran presupuesto que se traduce en una puesta en escena realmente brillante, y un guión serio e inteligente, más “adulto” que el de la mayoría de adaptaciones comiqueras, tan sólo faltaba encontrar el reparto que lo hiciese realmente atractivo. Y creo que ningún otro actor hubiese podido ser más adecuado que Robert Downey, Jr. para dar vida al protagonista. Downey Jr., famoso por sus escarceos con la droga, que durante años le tuvieron alejado de los platós cinematográficos, se recuperó no hace mucho de sus adicciones y, tanto física como psíquicamente, realiza una composición extraordinaria de este hombre cínico y hedonista que sabe reflexionar a tiempo y reconducir su existencia para reparar el mal que él mismo había causado. Frente a él, un rapado Jeff Bridges que no sabe o no puede trascender el tópico del amigo/enemigo, un prometedor Terrence (“Crash”) Howard que tendrá mayor protagonismo en la inevitable secuela (se convertirá en “Máquina de Guerra”, sosías negro de Iron Man) y que aquí tiene que luchar contra un doblaje poco menos que estúpido, una pelirroja Gwyneth Paltrow que hace de adorable y enamorada secretaria de Tony Stark y, como en toda adaptación de un comic Marvel es habitual, el cameo de un incombustible Stan Lee a quien el protagonista confunde con Hugh Heffner, el inefable propietario de la revista “PlayBoy”. Uno de los méritos que le encontré a “Iron Man”·, la película, fue que los excelentes y apabullantes efectos especiales resultaban tan lógicos y creíbles que no chirriaban especialmente; es decir, resultaban tecnológicamente necesarios y científicamente justificables. Pero lo mejor, como ya apuntaba antes, es el hecho de que el director Jon Favreau se haya dirigido a un público eminentemente adulto, pues sólo los mayores sabrán apreciar en toda su complejidad las referencias políticas, el nihilismo y socarronería del personaje principal y, sobre todo, la excelente interpretación de un Robert Downey Jr. que, por fin, parece que puede volver a erigirse en el gran actor que su debilidad física y moral le impidieron llegar a ser.




Lo mejor: el guión, Robert Downey, Jr.
Lo peor: que, para contentar a los más fanáticos del cómic, el film deba concluir con una pelea demasiado larga y poco creíble
El cruce: “Batman” + “Rambo III” + “RoboCop”
Calificación: 8,75 (sobre 10)

Luís Campoy