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martes, 1 de abril de 2008

Televisión/ "AMAR EN TIEMPOS REVUELTOS": morbo de sobremesa

No siempre nos damos cuenta del inmenso poder que tiene la televisión. La “caja tonta”, como se la suele denominar a raíz de su facilidad para idiotizarnos o aborregarnos, es como las grandes novelas de aventuras de épocas pretéritas, pero a lo bestia: una ventana al mundo (a los mundos reales y a los inventados), un pozo sin fondo relleno de fantasía, una todopoderosa capacidad para hacernos pensar y sentir.

La verdad es que llevo meses pensando en escribir sobre “Amar en tiempos revueltos”, un caso atípico, al menos para mí, dentro del género que atiende al desprestigiado nombre de “culebrón de sobremesa”. Empecé a engancharme a esta serie en el verano del año pasado, y lo cierto es que ver uno y otro día a unos personajes bien construídos y generalmente bien interpretados te acaba por convertir poco menos que en su “amigo”, su “cómplice”, un “testigo” de su devenir por esa ficción catódita pero asimilable. “Amar en tiempos revueltos” es una producción de Diagonal TV para Televisión Española que, en realidad, constituye una especie de “remake” o adaptación de un producto anterior, “Temps de Silenci”, obra de los mismos creadores y que había triunfado previamente en Cataluña. Desde Julio de 2005, fecha del estreno de la versión “nacional”, sus creadores literarios, Josep M. Benet i Jornet, Rodolf Sirera y Antoni Oneti ubicaron su acción, inicialmente, al poco de acabar la Guerra Civil española, si bien, a lo largo de sus tres temporadas, el período histórico en el que se enmarca ha ido abriéndose hasta llegar, en los episodios que actualmente se emiten, casi a los años cincuenta del siglo pasado. La acción principal de esta telenovela transcurre en un Madrid de cartón piedra por el que deambula un tropel de personajes que tratan de reflejar (al menos, al principio) la realidad cotidiana de la época: obreros, falangistas, cabareteras, curas y camareros, gente rica y gente pobre con la que muchos españoles tienen por fuerza que identificarse, ya sea porque su edad les permitió vivir aquellos tiempos (revueltos) o porque (como en mi caso) las pequeñas historias que en ella se refieren están contadas de un modo ejemplar, utilizando diálogos vivos y creíbles, situaciones que se presumen cotidianas y temáticas fácilmente extrapolables a ésa y a cualquier otra época. No sé si por suerte o por desgracia, cuando yo comencé a verla (en la segunda temporada) ya no estaban sus primigenios protagonistas, Rodolfo Sancho, Ana Turpín, Pilar Bardem, Héctor Colomé o Félix Gómez, pero quienes desempeñaban los nuevos papeles principales, Ana Otero, Inma Cuesta, Begoña Maestre, Manu Fullola y Iago García, lo hacían lo bastante bien como para conseguir que un declarado enemigo de los culebrones se interesara por sus desventuras.

Fue a principios de la tercera temporada (verano de 2007) cuando comencé a dedicar una hora y cuarto diarios a seguir más o menos asiduamente esta serie, de la que en la actualidad me confieso, sin pudor alguno, fan incondicional. La trama central que se viene desarrollando durante estos últimos meses tiene como protagonista a Alicia Peña (Sara Casasnovas), una jovencita inteligente y liberal que se ha criado en Francia y que tiene que quedarse a vivir en España tras la muerte de su padre (Emilio Gutiérrez Caba). Sus tíos (Antonio Valero y Marta Calvó) la acogen más o menos a regañadientes, y muy pronto los puntos de vista demasiado “modernos” de Alicia chocarán con las rígidas costumbres ultramoralizantes impuestas por el régimen franquista. En su camino se cruzarán don Alvaro Iniesta (Jesús Cabrero), su profesor de Derecho romano en la Universidad, así como Fernando Solís (Carlos García) y su socio Roberto (Miguel Angel Romo), empleados de una productora cinematográfica cuyo propietario, don Paco Valpuesta (Eusebio Lázaro), es, asimismo, el dueño del lujoso café-licorería Morocco. Pero en la Plaza de los Frutos hay muchas más historias que se entrecruzan. La fotógrafa Sole (Ana Villa) tiene un hijo, fruto de su relación prohibida con el Padre Angel (Marco Martínez), que fue obligado por el párroco don Senén (Joan Llaneras) a marcharse a otra parroquia. La condición de madre soltera de la muchacha, algo impropia de la época, no impide que los Juanitos (Roberto Mori y Jorge Monje), mecánicos de un taller de bicicletas, le deparen frecuentes atenciones, hasta que el mayor de ellos acaba proponiéndole matrimonio y reconociendo a su hijo. Por su parte, en la joyería “La Estrella” no es oro todo lo que reluce: la bella y sensual Julieta (Lola Marceli), mantiene un tórrido affaire con un joven (precisamente el prometido de la prima de Alicia), lo cual no pasará desapercibido para su celoso marido don Adriano (Luis Hostalot), que, además de como joyero, ejerce de prestamista. Si la citada licorería Morocco se caracteriza por su apariencia lujosa (hasta la prostitución que allí se desarrolla, bajo manga, se desenvuelve de modo elegante), en el bar “El Asturiano” se viven cambios con respecto a las anteriores temporadas de la serie. El propietario Pelayo (José Antonio Sayagües) y su esposa Enriqueta (Paloma Tabasco) han decidido hacerse cargo de la cantina de la Universidad, por lo que al frente del establecimiento han quedado Marcelino (Manuel Baqueiro) y Manolita (Itziar Miranda). Como digo, a partir del verano pasado viene desgranándose esta tercera temporada que, hasta hace poco, tenía siete ejes bien definidos: el personaje de Alicia y el irresistible influjo de su encanto sobre todos aquellos varones que la rodean (el profesor Iniesta, Fernando, su primo Carlos y hasta su tío Hipólito); los avatares de la productora Numancia Films, bajo cuya fachada se esconde una insospechada trama de agentes dobles que buscan asesinar a Franco mientras simulan estar buscando células comunistas; la infidelidad de Julieta y los avatares de su difícil matrimonio con el despiadado Adriano; el enamoramiento de Sole y Juanito el grande, que deviene en boda; la sexualidad reprimida del tío de Alicia, despertada por la llegada de ésta, y los devaneos con la castidad de su esposa Regina, que tiene al metomentodo don Senén como interesado asesor espiritual; las vivencias universitarias narradas desde el punto de vista de los estudiantes, sus profesores y los camareros que atienden a ambos; y el devenir diario de los clientes que comen y beben en el bar “El Asturiano”. Es precisamente en este último escenario donde se desarrolla gran parte de la subtrama que, muy posiblemente, está llamada a causar una mayor polémica, cosa que, si no se ha producido ya, sólo debe haber sido porque las cifras de audiencia de la serie no son tan estratosféricas como las de productos más llamativos pero de inferior calidad, como “Sin tetas no hay paraíso”, de Tele 5. Como dije anteriormente, el Morocco no es sólo un lujoso club en el que se cierran negocios en un ambiente selecto, sino que sus paredes esconden también el ejercicio de la prostitución, si bien de forma soterrada y sin el conocimiento de sus propietarios legales. Es uno de los camareros del local, Hilario, que “chulea” a una atractiva prostituta llamada Maribel, quien abre la veda de la caza de vírgenes con las que satisfacer los bajos instintos de sus clientes más depravados. La tal Maribel conoce fortuitamente a una pobre infeliz llamada Margarita (Rebeca Valls), muchacha de pocas luces aquejada de algún tipo de retraso mental, sobrina del matrimonio formado por Manolita y Marcelino y que oficia como camarera, cocinera y “chica para todo” en El Asturiano. Durante meses y con tanta astucia como perseverancia, Maribel finge tener una hermana “especial” como Margarita y, poquito a poco, se gana la confianza y aun la amistad de la joven, e incluso vence parcialmente el recelo de sus tíos. Estamos hablando de que está en juego no sólo el engaño a un personaje televisivo común y corriente, sino el presumible abuso a un disminuido psíquico, por lo que, sinceramente, yo esperaba que los planes de los desalmados quedarían tan sólo en un intento que sería frustrado en ultimísima instancia. Sin embargo, la semana pasada se produjo la consumación del secuestro de Margarita, engatusada por los falsos oropeles de un mago que iba a actuar exclusivamente para ella. Poco de mágica tuvo la escena en la que Maribel doblegaba la desconfianza de la desgraciada, pero el instante en que se abrió la puerta de la habitación en la que supuestamente iba a tener lugar el espectáculo de ilusionismo y Margarita vio el rostro del llamado Gran Mago, a quien pareció reconocer, mereció ser adscrito al género terrorífico. Incluso en aquel momento, pensé que los guionistas no se atreverían a llegar tan lejos: por amor de Dios, se trata de una serie que se emite en horario de sobremesa, con multitud de niños pululando ante la pequeña pantalla, y, lo que me parece más significativo, vuelvo a insistir en el hecho de que la pobre víctima es una deficiente mental. Pero me equivoqué, y al inicio del siguiente episodio, Margarita yacía con el rostro molido a golpes tras haber sido cruelmente violada, y, para más INRI, era convencida por la odiosa Maribel de que lo mejor era que se olvidara de sus tíos porque les había mentido para ausentarse de El Asturiano y porque lo que había hecho era “sucio y pecaminoso”. En momentos como éste es cuando se ejemplariza lo que decía al principio del artículo respecto a la facilidad del medio televisivo para que el espectador pueda llegar a empatizar con determinados personajes si éstos están realmente bien concebidos e interpretados. Yo hubiera hecho lo que fuera por evitarle tanto sufrimiento a ese ser inexistente hecho de palabras y rayos catódicos, pero ni siquiera fui capaz de negarme a contemplar, capítulo tras capítulo, su brutal martirio y degradación. Todos los días miro los periódicos y nunca veo un anuncio en letras grandes hablando de que las asociaciones pro-defensa de los disminuídos psíquicos hayan presentado una queja formal contra TVE y su culebrón “Amar en tiempos revueltos”, por lo que es de temer que la deriva a la que parecen haberse abandonado los reputados escritores del relato no vaya a ser cortapisada por nada ni por nadie. Más allá del destino trágico al que un personaje de ficción puede ser legítimamente sometido por su creador, debería imponerse el derecho de las personas más desfavorecidas a no tener que presenciar a diario cómo uno de los suyos es vejado de una forma despiadada, y también de los niños que asisten, sin entenderlo, al sufrimiento de un sér con el que, por naturaleza, les había resultado fácil identificarse. Obviamente, me diréis: “Si no te gusta lo que ves, cambia de canal”. Y la verdad es que he comenzado a pensar en hacerlo. Pero, un día sí, y otro, también, no puedo evitar seguir teniendo fe en la bondad inherente a todas las criaturas de Dios (incluídos los guionistas), y, además, cuando empieza a sonar la canción “Volver a comenzar”, entonada por la ex-triunfita Nuria Fergó y que sirve de banda sonora a la hermosa cabecera de “Amar en tiempos revueltos”, algo tira de mí hacia la pantalla chica y hacia la “1” de Televisión Española, y tan sólo espero que la presente situación dure lo menos posible o que, en cualquier caso, quienes tengan poder para ello exijan a los responsables de la cadena que pongan fin a tan innecesario morbo de sobremesa.

6 comentarios :

Anónimo dijo...

Oye y que ha pasado con Margarita? Ya no sale, algo malo debe haberle pasado

Anónimo dijo...

Sinceramente creo que ni los guionistas saben que le ha pasado. Tiene toda la pinta de que están ideando alguna manera de seguir con ese hilo.

Luis Campoy dijo...

Bueno, ya que lo dices, amigo/amiga "anónimo/anónima", yo creo que la pobre está muerta. Al final del último episodio en el que apareció, el infame camarero Hilario intentaba estrangularla, y a partir de ese instante... de ella nunca más se supo.

Anónimo dijo...

A mi en general la serie me gusta, aunque me parece que Zapatero a los adultos nos esta imponiendo la asignatura de la ciudadania con esta novela. Los de izquierdas son todos muy buenos y de gran corazón aunque a Margarita solo la llora su tía Manolita que es el personaje que más me gusta. Y los de derechas son malos de lo peor... un tío que se va de prostitutas por que su piadosa mujer ha hecho una promesa de conservarse "pura" durante seis meses por el accidente de su hijo. Pero todavía hay que hilar más el hilo ... lo que le ocurre a Sr Roldán como ser depravado de derechas siente una pasión pecaminosa por su sobrina. Pero también es cierto que todo los hombres se tiene que enamorar de Alicia (la liberal), su primo hermano, camilo, el profesor, el policia Jesús... el único que falta es que don Sénen también se contaguie de la fiebre aliciana.

Luis Campoy dijo...

Estoy de acuerdo en que, de un tiempo a esta parte, se les ha ido la mano a los guionistas a la hora de "demonizar" a quienes representan al Régimen, caso de Hipólito, quien, en un principio, parecía resistir la tentación "aliciana" y cuando hablaba lo hacía exponiendo ideas ultraconservadoras pero no exentas de lógica y moral.

Anónimo dijo...

me gusto mucho el capitulo de ayer, era la primera vez que todos aparecian juntos. pobre jesus, su shuleria le a perdido.

chema