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domingo, 30 de diciembre de 2007

Teatro infantil: "EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO"



Ayer tarde estuve en el teatro. No sé si esta sencilla frase constituye en sí misma una noticia, pero no deja de ser una buena noticia para los niños de Alhama, la ciudad donde vivo, el que en estas fechas navideñas una compañía tan importante (al menos dentro de la Región de Murcia) como Alquibla Teatro se acerque a la tierra de ElPozo para poner en escena una obra musical especialmente pensada para los pequeños de la casa. Basada en la conocidísima obra de William Shakespeare, esta versión de “El Sueño de una Noche de Verano”, adaptada por la también actriz Esperanza Clares, pretende agilizar el texto original eliminando no pocas escenas consideradas superfluas y otorgando el protagonismo a las dos parejas humanas formadas por Helena y Demetrio y Hermia y Lisandro. El nudo argumental de la obra original (los amoríos entre Titania, Reina de las Hadas y Oberón, Rey de los Duendes) se desplaza, asimismo, hacia la figura del duende Robín (reinterpretación sui-géneris del Puck del texto shakespeariano), que ejercerá funciones de casamentero (¿o casamentera?; el personaje, aunque encarnado por una mujer, resulta deliberadamente asexuado) entre Oberón y Titania y entre las dobles parejas de humanos, y también hace de actor en la compañía de cómicos de la legua que aporta las mayores dosis de hilaridad (aquí destacaría, sobre todo, a un divertido Jacobo Espinosa). Como indiqué al principio del artículo, la versión de Alquibla incorpora la innovación de transmutarse en musical, si bien no sigue la partitura de Felix Mendelssohn (autor de la no menos célebre pieza del mismo título), sino que incorpora canciones expresamente compuestas por Salvador Martínez. Como suele suceder, el hecho de que los números musicales constituyan la expresión de los pensamientos de los personajes, casi siempre resulta contraproducente para el espectador infantil, salvo que las canciones sean muy, muy pegadizas, pero hay que reconocer que los actores de Alquibla, especialmente Susi Espín y Esperanza Clares, se defienden muy bien en el terreno vocal. Con apenas cinco intérpretes sobre las tablas (todos los miembros de la compañía, a excepción de Lola Martínez, que da vida a Robín/Puck, desempeñan dos y tres papeles, caso del ínclito Pedro Segura) y un espacio escénico diseñado por Antonio Saura que, más que minimalista, yo definiría como nihilista (el único decorado tan sólo consiste en un raso nocturno sobre el que destaca un enorme globo que representa a la Luna, desencadenante, según el escritor, de la pasión romántica del amor), tiene su mérito el que un montón de niños disfruten de ochenta minutos de entretenimiento sin apenas agitarse en las butacas. Gracias a Alquibla por traernos esta simpática mezcla de cultura, música y diversión.

Cine/ Mr. MAGORIUM Y SU TIENDA MAGICA

Imaginamagorium
Es inevitable que en fechas navideñas las pantallas cinematográficas se llenen de películas familiares llenas de historias amables y plagadas de buenas intenciones. En esta ocasión, un Dustin Hoffman ya septuagenario (cómo pasa el tiempo; y es que en su película más popular, “El Graduado”, el actor aparentaba veinte años pero tenía exactamente diez más) se convierte en Mr, Magorium, propietario de una juguetería mágica que decidirá traspasar a su ayudante Molly Mahoney, una encantadora Natalie Portman.

Basada en un guión original de su propio director, Zach Helm, “Mr. Magorium y su tienda mágica” cumple a la perfección lo que enunciaba al principio del artículo: buenas intenciones, entretenimiento familiar y, además, aporta algún que otro destello de imaginación. Lamentablemente, la narración no sabe o no puede ir algo más allá: no se intenta establecer una parábola sobre la dependencia de la infancia actual de los juguetes electrónicos, ni tampoco se traza una moraleja acerca de la niñez ausente y/o solitaria.

“Mr. Magorium…” posée un diseño de producción realmente excepcional (obra de Therese DePrez), y una gran partitura de Alexandre Desplat (también autor de “La Brújula Dorada”). Pero no deja de ser un film demasiado infantil en el que la gesticulante composición de Hoffman (perennemente encasillado en sí mismo desde Rain Man”) y la insípida presencia de Jason Bateman (¿alguien recuerda que reemplazó a Michael J- Fox en la secuela de “De pelo en pecho”?) resultan tan molestas que ni siquiera la dulzura de Natalie Portman puede contrarrestarlas. Tampoco el enésimo niño prodigio de Hollywood, Zach Mills, ávido coleccionista de sombreros (Magorium lo es de zapatos) contribuye a hacer de la película una obra mayor.

Inspirada (o más bien subvencionada) por las tiendas de la franquicia Imaginarium, donde únicamente destaca “Mr. Magorium…” es en la creación de la juguetería que se erige en verdadera protagonista, un espacio fantástico en el que los juguetes cobran vida (sin que nadie explique por qué… ni falta que hace) y en donde, hacia el final, la nula química existente entre Natalie Portman y Jason Bateman hace imposible la existencia de una historia de amor entre ambos, cosa que no deja de ser de agradecer porque, en el fondo, el único romance que puede intuirse es el que se insinúa (muy púdicamente) entre la joven dependienta y el anciano juguetero, que tuvo la delicadeza de morirse antes de que la ñoñería se adueñara totalmente del film.

Luis Campoy

Lo mejor: Natalie Portman y la banda sonora
Lo peor: las cejas de Dustin Hoffman
El cruce: "Solo en Casa 2" + "Pequeños Guerreros"
Calificación: 6 (sobre 10)

Cine/ SOY LEYENDA

El último hombre vivo... y su perro



Podía haber sido casi una obra maestra, y se queda en una correcta película de ciencia ficción. La clave para que “Soy Leyenda” no pase a la Historia del Cine, o al menos, del Cine Fantástico, no radica en lo que le falta, sino, más bien, en lo que le sobra.

Tras la vertiginosa propagación de un virus que parece haber borrado del mapa a la totalidad de la especie humana, el científico militar Robert Neville (Will Smith) se ha convertido en el último hombre vivo que recorre las inmensas avenidas de una Nueva York en cuyos rincones sombríos se refugia una violenta colonia de criaturas que bien podríamos definir como… vampiros.

Los primeros tres cuartos de hora de “Soy Leyenda” rozan lo magistral. La enorme metrópoli deshabitada, perdida su batalla contra la naturaleza (los ciervos pululan libres por entre sus calles, y los leones los aguardan, listos para cazarlos), los mayores y más modernos comercios del mundo dolorosamente vacíos, los prodigiosos avances tecnológicos de la Humanidad, inútiles cuando no existen humanos que los disfruten… Will Smith está, también, más que correcto, creíble tanto en su impresionante fortaleza física como también en la fragilidad de su ánimo (la soledad es tan aplastante que se ve obligado a mantener largas conversaciones con su perro, y hasta con los maniquíes que ha ubicado en calles y tiendas para que le hagan algo de compañía). Si la película hubiese durado cuarenta y cinco minutos, estoy seguro de que se hubiese convertido, parafraseando su título, en una leyenda. Pero ésto es Hollywood y los jerifaltes de los Estudios no iban a consentir que una de sus megaestrellas se pasease por un film pesimista, apocalíptico y casi con tintes de documental.

Como decía al principio, los problemas de “Soy Leyenda” arrancan cuando su director, Francis Lawrence, decide que ha llegado la hora de que visualicemos a los “buscadores de sombra” (nombre demasiado poético para los vampíricos antagonistas). El aspecto de estos chupasangres es tan poco original (hermanos gemelos de los de “Underworld” e incluso de algunas de las criaturas menos “fashion” de “Entrevista con el vampiro”) que, como digo siempre, mejor hubiera sido imaginarlos que verlos; tan desilusionante e innecesario alarde visual ya lastró irreparablemente películas anteriores como “Señales” o “La Joven del Agua”, por poner sólo un par de ejemplos recientes.

Pero lo que realmente lastra las posibilidades de “Soy Leyenda” de erigirse en digna heredera de clásicos del género como “La Amenaza de Andrómeda” es, una vez más, esa necesidad de ciertos sectores de la América más tradicionalista de realizar, siempre y en todo momento, monumentos y homenajes a la Familia y a la institución que representa. Los molestísimos flash-backs en los que se narra la muerte de la esposa e hija del protagonista (que acaban por quebrar irremisiblemente el ritmo del relato) y, sobre todo, la aparición, en el último tercio, de la mujer y el niño que se alojan en la casa de Neville, no hacen sino arruinar el buen sabor de boca que uno conservaba hasta ese momento, pues su misión dramática parece, tan sólo, la de maquillar el muy logrado clima de pesimismo que Lawrence había sabido construir, provocando, al mismo tiempo, la derrota y la (heroica) destrucción del héroe.

Probablemente la mejor de las tres versiones realizadas de la fascinante novela de Richard Matheson (las otras dos las protagonizaron Vincent Price y Charlton Heston), “Soy Leyenda” será recordada por tres momentos realmente bien conseguidos: el paseo inicial del protagonista por la Quinta Avenida neoyorquina asolada por la maleza, y que culmina con la cacería del ciervo abortada por los leones; el adrenalítico instante en que Smith, herido al escapar de la trampa que le han tendido los vampiros, tiene que arrastrase hacia su vehículo mientras los rayos del sol van diluyéndose en el crepúsculo; y, sobre todo, la formidable interpretación del actor mientras se ve obligado a matar a su perro, instante que el director narra, muy inspiradamente, en off, utilizando una elipsis visual verdaderamente memorable.

Luis Campoy

Lo mejor: la primera media hora y la secuencia de la puesta de sol

Lo peor: el desenlace granguiñolesco

El cruce: "La Amenaza de Andrómeda" + "El Día Después" + "Underworld"


Calificación: 8 (sobre 10)

Cine/ LA BUSQUEDA: El Diario Secreto

¿Secuela o remake?
Secuela poco menos que inevitable del éxito de taquilla de hace tres años, “La Búsqueda: El Diario Secreto” constituye, ante todo, un entretenimiento limpio, familiar y que no sólo no ofende la inteligencia del espectador sino que, si uno se esfuerza por participar activamente de su trama, puede incluso aumentar su nivel cultural. Atacada, no obstante, por los críticos más antinorteamericanos, puede achacársele el sempiterno defecto de que los héroes son todos ellos paradigmas de lo que se conoce como “WASP” (White, Anglo Saxon, Protestant: Blanco, Anglosajón y Protestante), o, lo que es lo mismo, yanquis de pura cepa, listísimos, buenísimos y guapísimos que se conocen al dedillo la historia de su país y que veneran su Constitución como si se tratase de la Biblia y a su Presidente como si fuese una especie de Dios hecho hombre.

Casi como si de un Indiana Jones moderno y tecnológico se tratase, el cazatesoros Ben Gates (Nicolas Cage) ha continuado su carrera tras haber encontrado el maravilloso tesoro de los Templarios, y ahora se enfrenta al reto de limpiar el buen nombre de su familia, ya que su bisabuelo ha sido implicado en la conspiración que costó la vida al presidente Abraham Lincoln. Con el propósito de demostrar la inocencia de aquél, Gates y su habitual equipo de colaboradores (compuesto por su ex–esposa, su padre y su amigo Riley) tendrá que recorrerse media Europa y buena parte de Norteamérica para, de paso, hallar la mítica ciudad de oro de Cíbola, que, oh, sorpresa, subyace soterrada en las faldas del Monte Rushmore, la famosísima formación rocosa sobre la que se esculpieron las efigies de los presidentes Washington, Jefferson, Roosevelt y el propio Lincoln.

Al espectador que tenga fresca en la memoria la primera entrega de la serie, todo lo que acontece en la secuela le sonará a dejà-vu, a algo ya visto, por no decir que en algunos momentos parece que nos hallamos no sólo ante una continuación sino ante una especie de remake. La originalidad no es, pues, el principal hito de este film que, sin embargo, me parece muy digno de ser recomendado. En primer lugar, si se afronta desde una perspectiva puramente lúdica, no se hace aburrido en casi ningún momento (a excepción de un pequeño bache originado por su nada disimulada intención de apologizar a favor del estamento familiar, que, en el fondo, es el auténtico tesoro que motiva la búsqueda de los protagonistas), y secuencias como la de la trepidante persecución en las calles londinenses están excelentemente planificadas, filmadas y montadas. Claro que lo mejor de todo es el regalo para un cinéfilo que supone ver reunidos, en una misma película, a actores tan dispares como Nicolas Cage (que cada vez se muestra más interesado por los dígitos del cheque y menos por la calidad intrínseca de los proyectos que acepta), Jon Voight (joven promesa en los años 60 y 70 al que hoy tan sólo se reconoce por ser el padre de Angelina Jolie), Diane Kruger (la bella pero algo sosa Helena de “Troya”), Justin Bartha (toda una revelación, al menos para mí, en su composición de fiel escudero que aporta los más logrados toques humorísticos), Ed Harris (este hombre no es que convierta en oro todo lo que toca… pero casi), Harvey Keitel (otro que vive de las rentas de tiempos mejores) y una impagable Helen Mirren recién despojada del regio maquillaje que la convirtiera en “La Reina” de Inglaterra). Con todo, el que se lleva el gato al agua, y en tan sólo dos secuencias, es el estupendo Bruce Greenwood, visto en “Yo, robot” o “Doble traición” y que aquí encarna a un Presidente de Estados Unidos bastante más atractivo e inteligente que el paleto de George W. Bush.


Luis Campoy

Lo mejor: el Presidente de los USA encarnado por Bruce Greenwood
Lo peor: las semejanzas con la primera parte
El cruce: "La Búsqueda (1)" + "El Código DaVinci" + "Con la muerte en los talones"
Calificación: 7,5 (sobre 10)

lunes, 24 de diciembre de 2007

Lo que no le habíamos pedido a Papá Noel


Anoche, antes de acostarme, navegué un rato por los entornos bloggeros pro-barcelonistas y descubrí que las portadas de las ediciones digitales de los dos “tebeos” del Barça, el “Sport” y “El Mundo Deportivo” coincidían, sospechosamente en un mismo titular: “Pesadilla antes de Navidad”. Muy bueno, sí. Enhorabuena para las mentes pensantes que habían acuñado la misma idea en dos rotativos distintos de la Ciudad Condal. En cualquier caso, es innegable el acierto de quienes se sintieron inspirados por aquella estupenda película de animación obra de Tim Burton. Pesadilla antes de Navidad. ¡Guau! Yo había reunido a casi toda mi familia (la más adulta, al menos) en torno al partido y he de reconocer que, si de algo estaba seguro, era de que el Barça NO iba a perder, NO PODÍA perder en su campo, un Camp Nou que hasta ese momento había sido un fortín inexpugnable, incluso cuando, fuera de casa, los azulgrana se habían mostrado incapaces de conseguir una victoria. La alineación inicial planteada por ambos técnicos, Bernardo Schuster y Paco Rijkaard parecía más o menos adecuada, y perdonadme lo de Paco Rijkaard, porque lo de este señor anoche fue Paco… paco… pa’cogerlo y zumbarle de hostias hasta en el pasaporte. Vamos hombre, ¿no te diste cuenta a los quince minutos de que Ronaldinho no era más que un fantasma, una sombra de sí mismo, y no sólo no podía terminar un regate, sino que era un verdadero estorbo para el equipo, incluyendo esos córners que botó con la torpeza de una niña de guardería? Pero muchacho, ¿de verdad pensaste que, con el Madrid ganando por 0-1, a pesar de su notoria falta de inspiración, podías permitirte el lujazo de dejar en el banquillo a dos jóvenes prometedores y con hambre de gol como Bojan y Giovani? ¡Que estábamos en Navidad, por amor de Dios! ¡Que los 100.000 culés que atestaban el estadio se merecían un poco más de respeto! Creo que si el soseras de Rijkaard tuviese un par de… arrestos, debería no sentar más su culo holandés en el banquillo que antes ocupó Cruyff, y largarse hoy, ahora, ya en el mercado de invierno, cuando podríamos no sólo reemplazarle a él con un entrenador duro y agresivo (¿qué tal Mourinho?), sino también sacarnos de encima al dentolas brasilenho, aunque no traigamos a nadie en su puesto, y, de paso, enseñarle la puerta de salida también a Tití Henry, que, el pobre, tampoco da más de sí. Lo peor de una derrota humillante, vergonzosa y tan jodida como la de anoche no es sólo el hecho de a todos los culés nos estarán machacando los madridistas con burlas y chanzas bien merecidas, sino que lo más seguro es que no sirva para nada. Porque, o mucho me equivoco, o todo va a seguir igual en Can Barça, y ni se cesará a Rijkaard ni se venderá a Ronaldinho ni a Henry y ni siquiera se le dará una patada en las napias a Txiqui Begiristain, que, si algo tiene “chiqui”, desde luego no es la nariz. Es que ésto no hay quien lo arregle, porque estamos exactamente como estábamos al final de la temporada pasada, o, mejor dicho, mucho peor, porque sólo nos queda media Liga y tenemos al Madrid nada menos que a siete puntos, lo que implica que no sólo tenemos que ganar tres partidos seguidos sino que los de Raúl y compañía tienen que perderlos, y éso sí que suena a utopía navideña. O se hace algo radical e inminente (sustitución del técnico y traspaso de una o dos ovejas negras durante el mercado invernal) o ya podemos estar preparándonos para otra Liga en blanco (sí, sí, en blanco madridista, a eso me refería).

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "LA BRÚJULA DORADA"


El cine fantástico juvenil está de moda, incluso entiendo por “fantástico” lo que es, básicamente, aventura decorada con algún toque de ciencia ficción, y por “juvenil” lo que en realidad peca de excesivamente ñoño o excesivamente violento. Más o menos desde que las 3 entregas sucesivas de “El Señor de los Anillos” reventaran las taquillas de medio mundo, se ha ido haciendo casi inevitable que en cada nueva Navidad se lance a bombo y platillo algún producto comercial destinado a toda la familia, aunque el sector al que se pretende llegar es, como dije al principio, el de los jóvenes y adolescentes. Enmarcada en esta tendencia y, en un año en el que dos films de características similares como “Los seis signos de la luz” y “Stardust” (sobre todo el primero) han fracasado estrepitosamente, “La Brújula Dorada” se emparenta claramente con “Las Crónicas de Narnia”, que sí funcionó bien hace un par de temporadas y contará con su inevitable secuela para el próximo 2008.

Según lo expuesto por Philip Pullman en su trilogía novelesca (compuesta por los consabidos volúmenes más gruesos que los brazos de de Sylvester Stallone en los primeros trailers de “John Rambo”), existe un mundo paralelo al nuestro, en el que se mezclan y coexisten estilos arquitectónicos contrapuestos, el rudimentarismo de la época medieval con la alta tecnología, y en el que todos los seres humanos van acompañados de su alma, que se manifiesta visible y corpóreamente en la forma de diferentes animales que se denominan “dimons”. Una especie de universo alternativo no muy diferente, en el fondo, al expuesto por J.K. Rowling en su saga acerca de Harry Potter, donde también coexistían dos realidades que sólo a veces se entrecruzaban, la de los magos y la de los meros humanos o “muggles”.

A mí “La Brújula Dorada” me ha parecido un poquitín decepcionante, a pesar de que sus vestuarios, decorados, banda sonora (a cargo del ascendente Alexandre Desplat, autor de la maravillosa partitura para “La joven de la perla”) y efectos visuales sean ciertamente admirables. Pero, aun admitiendo que, para condensar un libro voluminoso en una película de menos de dos horas, hacía falta arrancar bruscamente sin perder tiempo en explicaciones redundantes, el inicio del film es demasiado abrupto y los pilares de su universo se fundamentan en tan sólo diez minutos (que, por cierto, constituyen lo mejor de todo, desde el punto de vista visual, junto con la apabullante batalla final) tras los cuales el espectador está obligado a tener asumidas todas las convenciones de tan novedoso universo, entre otras la que tanto ha molestado a la Iglesia Católica, ofendida por el hecho de que las almas se paséen transmutadas en gatos, perros y monos. Tampoco el argumento principal resulta excesivamente atractivo, y se limita a reproducir la eterna historia del inocente perseguido por los villanos y defendido por generosos héroes imprevistos, y el momento en que los dos secundarios principales son revelados como los verdaderos progenitores de la heroína recuerda sospechosamente a la escena cumbre de “El Imperio Contraataca”.

Correctamente interpretada por una excelente y bellísima Nicole Kidman, un visto y no visto Daniel “Bond” Craig, una brújula montada en una escóbula (perdón, una bruja montada en una escoba) encarnada por Eva Green, un Sam Elliott haciendo de…. Sam Elliott y una prometedora Dakota Blue Richards (tocaya de Dakota Fanning, la niña de “La Guerra de los Mundos”; ¿por qué tantas niñas prodigio se llaman “Dakota”?), lo cierto es que la sala en la que ví “La Brújula Dorada” estaba llena casi a reventar la noche de su estreno, y eso es algo que siempre me emociona, cosa que, ahora que nadie nos oye, os confieso que la película no consiguió. En absoluto.

Luis Campoy
Calificación: 6,5 (sobre 10)

La abuelita de Kundera

“La abuelita de Kundera” era una canción de Joan Manuel Serrat incluída en su álbum “Nadie es perfecto”, de 1994. Naturalmente, el título hacía referencia al célebre escritor checo Milan Kundera, autor, entre otras obras, de “La Insoportable Levedad del Ser”, pero la letra no hablaba precisamente de levedades sino de un asunto de considerable peso específico. Se trataba de efectuar un paralelismo entre las circunstancias históricas que envolvían tanto a la antigua Checoslovaquia como a esta querida España nuestra durante las décadas de los años 40 y 50 del siglo pasado. En ambos países gobernaba un régimen dictatorial que había llegado al poder no con el respaldo del sufragio del pueblo, sino con el fragor de las armas de fuego. En ambos países se respiraba en aquella época una aparente sensación de calma y apenas se tenía noticia de sucesos violentos (asesinatos, robos, violaciones, etc.), pero, muchas veces, el hecho de que algo no trascienda, no se convierta en noticia, no quiere decir que ese “algo” no constituya una realidad soterrada. Todo ésto viene a cuento de una conversación de la que fui testigo hace unos días y en la que volvió a aflorar, como florido boomerang ideológico, ese malhadado axioma que reza “Con Franco estábamos mejor”. A mí se me revuelven las tripas cuando, en plena Democracia, alguien manifiesta tan encendido anhelo de unos tiempos afortunadamente pasados en los que sólo los niños, los adeptos al régimen y los conformistas (siempre que fuesen castellanoparlantes, católicos y heterosexuales, claro está), podían desarrollar una existencia normal, mientras que los disidentes (o simplemente opositores), los librepensadores y los homosexuales se veían abocados a la clandestinidad o al exilio. Como venía a decir Serrat (otro damnificado por el franquismo tras exigir representar a España en el festival de Eurovisión… cantando en catalán), es bien cierto que en aquella nación de posguerra apenas trascendían delitos y los que pensaban de modo “distinto” nunca salían a la luz pública, pero ¿de verdad nadie se da cuenta de que lo primero era debido a la implacable acción de la Censura (que purgaba, con desinformación, los pocos fallos que pudieran escapar al omnipresente control policial), y lo segundo, a un potentísimo aparato de represión? Yo creo que muchas de las personas que todavía hoy añoran aquellos tiempos de “paz y felicidad” junto al Caudillo, Carmen Collares, los Martínez-Bordiú y compañía, no se dan cuenta de que, en realidad, lo que añoran no es tanto una era de mayor prosperidad como su propia e irretornable juventud. Y no digo que en aquellos días no hubiese paz y no existiese la felicidad, sino tan sólo que, como sucede en cualquier aspecto de la vida, también para esta percepción ultraoptimista existe una contrapartida bastante menos idílica, la de aquéllos que pensaban y sentían lo que el Antiguo Régimen consideraba que no se debía pensar ni sentir. Vivamos hacia delante, queridos españoles, labremos nuestro porvenir a nuestro gusto y tratemos de superar aquella época mitificada tanto en nuestra memoria como en la de la abuelita de Milan Kundera.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "BEOWULF"


Completando una especie de tríada de oro de la épica medieval (junto con el “Cantar de Roldán” y el “Cantar de Mío Cid”), “Beowulf” fue escrita por un poeta anónimo alrededor del siglo X de nuestra era, y narra la historia de un bravo guerrero oriundo de lo que hoy conocemos como Suecia, que acude a la llamada de auxilio del anciano Hrothgar, monarca danés cuyo reino estaba siendo asolado por Grendel, un gigante aparentemente invencible. Beowulf, que es el nombre del intrépido vikingo, consigue dar muerte al monstruo, pero aún tiene que enfrentarse a su terrorífica madre, Wotja, tras lo cual será proclamado nuevo Rey. Muchos años después y ya al filo de la vejez, Beowulf deberá exterminar a un dragón que ha vuelto a poner a prueba la frágil estabilidad del país…

“Beowulf”, la película que ha dirigido Robert Zemeckis, respeta en líneas generales el argumento del poema original, si bien aproximándose más a la reinterpretación en clave de comic llevada a cabo por el famoso autor Neil Gaiman. Supongo que, dado que la intención de Zemeckis era continuar transitando los caminos del cine de animación (que ya había tanteado en “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”, “Polar Express” y “Monster House”), dio órdenes a sus guionistas (Gaiman y Roger Avary, co-autor de “Pulp Fiction”) de que construyeran una película de dibujos “para adultos”, y nada mejor que hacerlo a base de glorificar la violencia (al lado de este “Beowulf”, la brutalidad de “Apocalypto” y “300” sí que parece cosa de niños) y de “oscurecer” el tono del relato a golpe de truculencia. Por ejemplo, se sugiere de modo más que sutil que Grendel es hijo del rey Hrothgar, que copuló con su monstruosa madre, pero es que también se acusa de bestialismo al propio Beowulf, quien, asimismo, habría cedido a los monstruosos encantos de Wotja, con la que habría concebido al mismísimo dragón al que al final de su vida tendrá que derrotar. Todo ello sin mencionar pequeños detalles como que Beowulf, que se define como “Príncipe de la lujuria”, se pasea desnudo en más de una ocasión y, además de yacer con la monstrua madre, se casa con la joven viuda del rey Hrothgar, engañándola años después con una jovencita que bien podría haber sido su hija.

Al igual que ocurriera el año pasado con “Happy Feet”, la perfección técnica de la animación que sustenta “Beowulf” hace que durante la mayoría del metraje de la cinta uno se pregunte si lo que está viendo es una película de dibujos o una de imagen real convencional. La respuesta es que se trata de un híbrido, porque, aunque es cierto que las imágenes que vemos sí han sido recreadas a base de pixels y megabytes, lo primero que hizo Robert Zemeckis fue rodar la mayor parte de las escenas con un entregado equipo de actores (Anthony Hopkins, Angelina Jolie, John Malkovich, Robin Wright y, en menor medida, Ray Winstone), que actuaron con un millón de sensores pegados a sus cuerpos y rostros, para dar lugar a un proceso llamado “Performance Capture” (captura de la interpretación), mediante el cual el fruto de sus dotes interpretativas era directamente transferido a un ordenador que los convertía en clones digitales de sí mismos.

Como película de acción, hay que admitir que “Beowulf” sigue dignamente la estela de la citada “300”, así como de las algo más antiguas “El guerrero número 13” o “Conan el Bárbaro”, y creo que me hubiera gustado más si no hubiese pretendido ser una maravilla tecnológica sino simplemente una buena película de aventuras. Porque los máximos “peros” que se le pueden imputar derivan, precisamente, de su condición de film de dibujos animados, ya que, como dije anteriormente, es demasiado violenta, oscura y escabrosa como para ser recomendable para un público netamente infantil (mi hijo, al que, algo incautamente, llevé conmigo al cine, se pasó casi todo el tiempo tapándose los ojos), pero es que, por muy bien hecha que está en su mayoría, algunas expresiones y movimientos de los personajes “cantan” a ciberlápiz que da gusto, lo cual da al traste con la sensación antes apuntada de que lo que estábamos presenciando era una cinta de acción real. Personalmente, hubiese preferido una versión de tan épica historia rodada por actores de carne y hueso a la usanza tradicional, o, en su defecto, una versión animada con menos pretenciosidad y menos truculencia. Pero, en fin, lo que hay es lo que hay y este “Beowulf” constituye un entretenimiento adulto de primer orden, un goce para los sentidos de la vista y el oído (la partitura de Alan Silvestri, a pesar de que plagia algunos compases de “El guerrero número 13”, obra del insigne Jerry Goldsmith, es simplemente magnífica) y un prodigio tecnológico ante el que hay que descubrirse.

Luis Campoy
Calificación: 8,5 (sobre 10)