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martes, 27 de noviembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "MICHAEL CLAYTON"


No sé muy bien a qué huele un Oscar, pero está claro que los creadores de “Michael Clayton” la han concebido para que desprenda áureos aromas de cinematográfica fragancia. El film protagonizado por George Clooney posée, sobre todo y ante todo, aquéllo que yo y otros muchos echamos de menos en la mayoría del cine comercial de hoy en día: un buen guión. Su director, Tony Gilroy, se había dedicado hasta ahora a la escritura, y suyos son los libretos de películas tan diversas como “El abogado del diablo”, “Dolores Claiborne”, “Armageddon” (ah, pero ésta ¿tenía guión?), “Prueba de vida”, “El mito de Bourne” y “El ultimátum de Bourne”. Era lógico, pues, que, para su debut en la dirección, se haya pertrechado detrás de una buena historia, en la que la trama, algo enrevesada, nunca olvida, sin embargo, la entidad y la identidad de sus personajes.

Michael Clayton, el protagonista del relato, no es exactamente un abogado, aunque lleva tropecientos años trabajando para un prestigioso bufete de Nueva York. La profesión de Clayton es, básicamente, la de “arreglador” o, como diría Cervantes, “desfacedor de entuertos”, tarea que realiza echando mano de sus conocimientos legales, pero, sobre todo, de lo aprendido en la universidad de las calles. Trufado de problemas profesionales, económicos y personales, se enfrenta a un caso que a punto está de costarle la vida, y es entonces, cuando escapa milagrosamente de la explosión de una bomba colocada en su coche, cuando se toma un respiro para recordar lo sucedido en las últimas semanas de su frustrada existencia.

Mirando la ficha de “Michael Clayton”, enseguida podremos deducir dos o tres cosas interesantes. La primera, que, como ya dije al principio de este artículo, se nota que la base argumental está sólidamente apuntalada. La segunda, la presencia como actor del realizador Sydney Pollack, nos remite directamente a cierto tipo de cine que tan bien ha cultivado este señor, con ejemplos tan luminosos como “Los tres días del Cóndor” o “La Tapadera”. Pero es que, además de actuar, Pollack también produce “Michael Clayton”, y esto se nota: la peripecia del hombre acosado que tiene que erigirse en héroe a la fuerza frente a un sistema que antaño le protegía, ya formaba parte del argumento de los dos títulos que acabo de citar, así como de la saga de Jason Bourne, que, como antes mencioné, constituyó uno de los trabajos más destacados del Tony Gilroy escritor. Finalmente, si os digo que el mismísimo George Clooney es otro de los productores del film, no os sorprenderá el evidente cuidado depositado tanto en la concepción general del personaje como en la ajustada interpretación de Clooney. Quizás para no preocupar demasiado a sus fans, la película empieza por el final, como si lo que se pretendiera fuera tranquilizar al espectador con un “No te preocupes, que, aunque Clayton las va a pasar canutas, va a salir indemne del atentado”.

No sería de extrañar que George Clooney recibiese una nominación al oscar como protagonista, pero no es menos cierto que quienes más ocasiones de lucimiento saben aprovechar son, como tantas veces sucede, los secundarios más avispados, en este caso una excelente Tilda Swinton (que sabe dotar de una creíble humanidad a su malévola e inhumana ejecutiva agresiva) y un sublime Tom Wilkinson, uno de los locos más lúcidos y entrañables que hemos visto en los últimos tiempos.

Algo más larga de lo que hubiera debido ser y con un final quizás demasiado eufórico, “Michael Clayton” puede considerarse, en el fondo, como una muestra tardía del ya extinto “star system”, pero no cabe duda de que, al menos, no defrauda ninguna de las expectativas creadas, ni a efectos de entretenimiento ni, principalmente, intelectuales.


Luis Campoy
Calificación: 8 (sobre 10)

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Adiós, Fernando, adiós


Dicen que casi todos los genios tienen mal genio. Es un juego de palabras, pero se ajusta casi siempre a la verdad. Pues bien, el mayor cascarrabias de la cinematografía española acaba de fallecer, a la no muy temprana edad de 86 años. Su algo deteriorada imagen pública en ningún caso debe mezclarse con su indiscutible talento como cineasta, en calidad tanto de actor como de director. Descansa en paz, Fernando, y ojalá no te vayas “A la mierda” (tu frase favorita) sino al Cielo.

martes, 20 de noviembre de 2007

¡Cómo te cuidas, Raúl!

Devorado por la fama de “Drácula”, su personaje más popular, el actor Bela Lugosi dormía, al final de su vida, en un ataúd. Ahora hemos sabido que el capitán del Real Madrid, Raúl (de apellido González) duerme en una cámara de hipoxia, en la que se simula una estancia en una altura muy elevada. Este tipo de aparamenta estaba hasta ahora destinada a atletas y, sobre todo, ciclistas, que tienen que estar acostumbrados a ejercitarse en superficies situadas a muchísimos metros de altitud. Por cierto, la definición literal de “hipoxia” es “Trastorno por el que todo el cuerpo, o una parte del mismo, se ven privados del suministro de oxígeno”. Seguramente el viejo Lugosi carecía del riego cerebral necesario y por eso se creía un vampiro. ¿Se creerá acaso Raúl que es un ciclista? ¿Será en la cámara de hipoxia donde entrena la mayor parte de las veces, al igual que hacía Ronaldinho en su maravilloso gimnasio VIP? ¿Le pedirá Luis Aragonés que le deje utilizarla un par de noches a cambio de convocarle para la Eurocopa? ¿Contendrá, acaso, el anillo de Raúl (ése que besa compulsivamente cada vez que marca algún gol) una versión reducida de su juguetito y se estará “chutando” nitrógeno ante la inocente mirada de los árbitros? Confieso que me siento inquieto a la hora de formular tan desasosegantes preguntas, tanto que voy a tener que agenciarme urgentemente una cámara hiperbárica (más fácil de conseguir que la de la hipoxia ésa), o, al menos, una cámara fotográfica para tratar de “cazar” al “ciclista” del Bernabeu durante su visita a Murcia este fin de semana.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "LEONES POR CORDEROS"



Para definir una película como “Leones por corderos”, hay que echar mano de un adjetivo que le haga justicia: “extraña”, “distinta”, “original”, “única”. Claro que, con los dos últimos, probablemente estaríamos exagerando. Digamos, pues, que este nuevo film de Robert Redford como director no es un producto convencional, comenzando por su escasa duración (cosa que, en estos tiempos en que los superhéroes, los piratas y los aprendices de brujo permanecen en pantalla durante prácticamente el doble de minutos que necesitarían, es muy de agradecer) y continuando por la inusual dispersión de su foco argumental, que nos hace pensar en una especie de versión politizada de las tramas “corales” tan queridas por autores como Altman o Berlanga, con la diferencia de que, en los ejemplos que acabo de mencionar, todas las subtramas acababan confluyendo en un momento u otro, cosa que no sucede en el caso que ahora comentamos.

Podría decirse que en “Leones por corderos” se nos cuentan tres historias a través de tres minipelículas que han sido montadas las unas sobre las otras. En la primera de ellas, una veterana periodista entrevista a un joven senador que le anticipa un plan gubernamental para recrudecer la ofensiva estadounidense en Afganistán. En la segunda, presenciamos la odisea de dos soldados norteamericanos desgajados de su pelotón precisamente en tierras afganas, completamente a merced del frío y de la milicia talibán. Finalmente, el tercer foco argumental está centrado en un viejo (o, mejor dicho, “maduro”; por mucho que acabe de cumplir setenta y un años, Robert Redford se merece cualquier calificativo menos “viejo”) profesor universitario que intenta vencer el absentismo y el pasotismo de uno de sus alumnos.

“Leones por corderos” ya aparece en muchas de las quinielas para los próximos Oscar, premios a los que el Redford director no es ajeno (recordemos que fue “oscarizado” precisamente por su film de debut, “Gente Corriente”). Sin embargo, no se trata, ni mucho menos, de una película redonda. La dispersión argumental que pretende hacerla tan original acaba jugando en su contra, pues los tres episodios no están precisamente compensados. Los protagonizados por el propio Redford (el profesor universitario) y la periodista (Meryl Streep) y el senador (Tom Cruise) se sustentan única y exclusivamente sobre el carisma de estos tres monstruos del cine; los comportamientos y diálogos de sus personajes nos importan muchísimo menos que el magnetismo de sus intérpretes. Por contra, la parte que transcurre en Afganistán, con los dos marines que deciden permanecer juntos hasta el final mientras sus compañeros tratan vanamente de rescatarlos, adolece de un interés sustancialmente inferior, debido al anonimato en que viven sus actores.

No sé si Redford era consciente de ésto o no, pero pienso que el espectador medio de “Leones por corderos” está deseando que el senador Cruise se calle su bocaza manipuladora y que las hazañas bélicas de los pobres soldaditos pasen lo antes posible, con tal de disfrutar simplemente de la presencia del que fuera, treinta o cuarenta años atrás, uno de los hombres más atractivos del mundo. Tal vez sin pretenderlo, el rubio actor de rasgos un pelín apergaminados (más por una cirugía insatisfactoria que por el paso del tiempo) se erige en el máximo aliciente de su obra, asfixiando todas las demás consideraciones dramáticas, bélicas y políticas. Por cierto, haciendo un juego de palabras ciertamente fácil e impropio de mí, diré que los “lobos” Robert Redford y Meryl Streep se meriendan con patatas al “cordero” Tom Cruise, cuya composición consiste básicamente en ofrecernos, uno detrás de otro, todos sus “tics” habituales.

Luis Campoy
Calificación: 6,5 (sobre 10)

martes, 13 de noviembre de 2007

Un nuevo blog


Esta tarde ha nacido un nuevo blog, un espacio alternativo que dedico calurosamente a quienes me acusaban de padecer una especie de enfermedad que un simpático lector bautizó como "incontinencia de teclado". Breve y conciso, jugoso y escueto. Puesto que vivo y escribo en este rincón privilegiado de la geografía española, he decidido otorgarle el nombre del Valle que me acoge: quedáis invitados a bucear para pescar las "Perlas del Guadalentín".


Coronado de problemas


Cuando escribí hace unas semanas sobre la situación actual de la Monarquía en España, traté de dejar bien clara mi postura, que conjugaba dos realidades bien distintas. Por un lado, el lado más humano, admito que don Juan Carlos y su prole borbónica más directa (Reina, Príncipe, Infantas y algún que otro consorte) me caen bien. Mas, por otra parte, me pregunto (y no sé contestarme yo solo) si es estrictamente necesaria la existencia, tal cual la conocemos, de una Institución de tan carísimo mantenimiento como la Monarquía. En el pie de página de aquel artículo recibí varios comentarios al respecto, señal de que la gente tiene forjada una muy necesaria opinión, pero todo éso que en aquellos momentos dijimos tal vez haya que reformularlo a consecuencia de lo sucedido la pasada semana, que, recordémoslo, comenzó polémica por el viaje de los Reyes a Ceuta y Melilla y terminó aún más polémica tras el rifirrafe entre el Monarca y el presidente venezolano Hugo Chávez.

¿Qué queréis que os diga? A mí me parece muy bien que los enclaves españoles ubicados en territorio marroquí (esas ciudades de Ceuta y Melilla en las que uno piensa como lugar de destino de los servicios militares de la mayoría de sus vecinos) tengan y exijan el derecho a sentirse tan españoles como el resto de ciudades radicadas en la Península Ibérica, pero ¿hubiera suscitado la misma polémica una visita del Presidente Español que la que ha desatado la comparecencia de los Monarcas? Para los marroquíes es cosa cotidiana rendir pleitesía a su adorado Rey, llámese Hassan, Mohamed o Mustafá, pero, probablemente, el hecho de que el lejano descendiente de los Reyes Católicos y Santiago Matamoros se dé un real garbeo por sus desiertos no hace sino sacarles de quicio. También podríamos recordar, sin ir más lejos, lo que nos fastidió a los españoles que el peñón de Gibraltar fuera escenario de una de las escalas del viaje de novios de los recién casados Carlos y Diana de Gales, y estoy casi seguro de que, de haber sido doña Margaret Thatcher la que se hubiera dejado caer por la Roca, las iras hubieran sido menos flatulentas. O sea, es más común y está más generalizado en todo el mundo que quien te visita sea un gobernante electo que se renueva cada cuatro años, y lo de que un miembro de una familia real extranjera aterrice en tus dominios tiene más de provocación que de diplomacia. O así lo veo yo.

En cuanto a la ya famosísima reyerta entre don Juan Carlos y el Presidente de Venezuela acaecida el pasado sábado durante la Cumbre Iberoamericana celebrada en Chile, creo que hay que tener las ideas muy claras y la sangre muy fría. Estamos de acuerdo en que Chávez es un impresentable, pero, aunque todos así lo sospechemos, no hay pruebas determinantes de que sus plebiscitos hayan sido amañados, por lo que, nos guste más o nos guste menos, es el gobernante legítimo y democrático del pueblo venezolano. Eso quiere decir que se le debe atribuir un cierto respeto, por muy impertinente, soez y gilipollesca que sea su actitud. Como sér humano, entiendo que a nuestro Rey se le hinchasen las narices ante los desvaríos de don Hugo, pero, políticamente hablando, mandar callar a otro dirigente no es una maniobra demasiado recomendable, por mucho que la frase lapidaria de don Juan Carlos (“¿Por qué no te callas?”, así, expresada de tú a tú, sin “usted” ni zarandajas de por medio) haya dado la vuelta al mundo y haya pasado directamente al olimpo de las frases célebres (junto al “Si no se habla de mi libro, me voy” de Paco Umbral, el “A la mierda” de Fernando Fernán Gómez o el “No es lo mismo estar jodido que jodiendo” de Camilo José Cela). Tampoco estuvo bien que, durante la posterior intervención del líder sandinista Daniel Ortega, ex amigo de nuestro país en la época de Felipe González, el Rey se levantara y cediera al impulso de abandonar una reunión en la que el nombre de España estaba siendo objeto de críticas y ataques no del todo justificados. Entendedme bien: a mí, como persona humana, estoy seguro de que me hubieran dado ganas no sólo de mandar callar a Chávez sino de mandarle a tomar por culo, y no sólo plantar a Ortega sino también patearle sus bolas nicaragüenses… pero pienso que debe haber una diferencia entre la campechanía, naturalidad y primitivismo del ciudadano de a pie y la serenidad, mesura y cortesía exigibles a todo al que ostenta y ejerce un cargo público. Cuando un rival político esgrime el insulto o la descalificación sin venir a cuento, lo más correcto no es, obviamente, sacar el revólver y derribarle de un tiro certero en la nuca, como tampoco poner pies en polvorosa y dejar al otro con la palabra en la boca, sino replicarle y derrotarle con argumentos convincentes. Eso más o menos fue lo que trató de hacer Zapatero, que incluso venció sus reticencias ideológicas para romper una lanza a favor del bocazas de José María Aznar, pero lo de don Juan Carlos a mí me pareció, aun entendiéndolo y comprendiéndolo con el corazón, un error político que puede comprometer los intereses de nuestro país. Lo dicho, entre unas cosas y otras, en estos últimos tiempos la monarquía española, que empieza a ser cuestionada por una parte de la sociedad, se ha coronado no de oro, perlas y piedras preciosas… sino de problemas, muchos problemas.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "RESIDENT EVIL: EXTINCION"


Como supongo que todos sabréis, “Resident Evil: Extinción” es la tercera entrega de una popular saga cinematográfica basada en un célebre videojuego que permite al jugador cepillarse sin ton ni son a miles y miles de viscosos zombies, con la única excusa de que han sido contaminados por un terrorífico virus aparentemente incurable. Siempre con una (bellísima) Milla Jovovich como cabecera de reparto, este tercer capítulo del “Mal Residente” se limita a plagiar descaradamente la estética (y aun la filosofía vital) de la muy imitada “Mad Max 2” (George Miller, 1981), y todavía le sobra tiempo para llenarse de obvias alusiones a “Alien: Resurrección”, “Aliens, El Regreso” e incluso “La matanza de Texas”.

Que a un film como éste se le presuponen y exigen efectivos efectos especiales no es algo nuevo, como tampoco lo es comprobar que dicha premisa se cumple con creces. Por lo demás, dedicarle un análisis profundo sería un ejercicio de retórica vacía, por cuanto no hay mucho que decir. El guión es de todo menos original e inteligente, los personajes son (absolutamente todos) unidimensionales, intercambiables y prescindibles y los actores actúan de memoria, como si el director estuviese concentrado en meter sustos con calzador y agradecer a sus productores la deferencia de haberle sacado de su merecido ostracismo. Este realizador se llama Russell Mulcahy y en los 80 dirigió una excelente película, “Los Inmortales” (con Christopher Lambert y Sean Connery), tras lo cual pareció empeñarse en erigirse, trabajo tras trabajo, en su peor enemigo, llegando a unos niveles tan catastróficos que es un milagro que le hayan permitido continuar dirigiendo.

Tan infectada de chiclés y cargada de tópicos como (¿por qué no admitirlo?) amena y entretenida, “Resident Evil: Extinción” sirvió para que un servidor pasara la noche de Halloween en una sala de cine en la que un montón de aficionados brincaban y chillaban sin cesar. No es mucho, pero tampoco está mal para esta época en la que tantos cinéfilos optan, cuales zombies descerebrados, por rendirse al virus de la descarga pirata a través de Internet.


Luis Campoy
Calificación: 4,5 (sobre 10)

martes, 6 de noviembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "SUPERSALIDOS"


Confieso que fui a ver “Supersalidos” única y exclusivamente porque leí ciertas críticas que le otorgaban auténticas constelaciones de estrellas y casi la tildaban de “obra maestra”. Naturalmente, se trató de veleidades lisérgicas de crítico novato y, si este film puede catalogarse de “magistral”, a mí se me puede proponer para el Nobel de Literatura. No obstante, sí es cierto que en “Supersalidos” (“Superbad”, “Supermala”, si nos atenemos a su título original) sí concurren determinadas circunstancias que uno no hubiera podido encontrar en los “albóndigas”, “porky’s” o “american pies” de turno (haciendo balance de esos títulos sobre adolescentes cachondos que inevitablemente hacen las “delicias” de cada generación de espectadores). El hilo argumental de esta (cómo no) producción norteamericana no da para una línea de este comentario (dos jovenzuelos en celo tratan de ligar desesperadamente), pero hay que admitir que sus diálogos están francamente bien construídos, con largas parrafadas en el más puro estilo tarantino, y la sucesión de situaciones (equiparables a niveles de algún videojuego) por las que atraviesan sus tres potagonistas masculinos tienen ciertos toques de originalidad. Mas si por algo destaca “Supersalidos” es por su inesperada, brillante y casi magistral elección de actores. Si existiese un Oscar al mejor casting, este año tendría que ser para quien confeccionó el reparto de este “sleeper” que, casi sin comerlo ni beberlo, ha amasado una auténtica fortuna en las taquillas de medio mundo. Todos los actores que desfilan por el film reúnen en su físico y proyectan en su interpretación una autenticidad pocas vistas en una pantalla. Es casi como si estuviésemos presenciando un documental sobre la estupidez, la vulgaridad y la voracidad sexual: chapeau tanto para Michael Cera, Jonah Hill y Christopher Mintz-Plasse (estupendos jóvenes protagonistas) como para cada uno de los fabulosos secundarios y, sobre todo, para el casi debutante Greg Mottola, proveniente del mundillo televisivo. Bastante menos divertida de lo que me habían dicho, tampoco me resultó tan buena como me esperaba, pero, pensando en ella casi una semana después de haberla visto, “Supersalidos” es, más que una comedia para descerebrados, un agudo e imaginativo retrato generacional.


Luis Campoy
Calificación: 6 (sobre 10)

lunes, 5 de noviembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "40 GRADOS"


Mientras asistía al multitudinario estreno lorquino de “40 grados”, ópera prima de mi amigo Domingo Jiménez, no pude evitar retroceder quince años en el tiempo, hasta el momento en que yo mismo estrené mi propia ópera prima, “El Butanero siempre llama dos veces” en el olímpico año de 1992. Tanto en uno como en otro caso, el ingrediente principal, más allá de un derroche de medios técnicos o el seguimiento escrupuloso de cualquier manual de teoría cinematográfica, era el factor humano, el sustrato puramente emocional: la ilusión.

Una película como “40 grados” (como en su día lo fue “El Butanero…”) es mucho más que un film entendido en sentido convencional. Es, ante todo, una hazaña, un logro, un hito. Un monumento a la constancia, al tesón, al más altruista amor al (séptimo) arte. Por eso, no sería justo analizarla bajo los mismos parámetros que solemos esgrimir para juzgar la última obra de Almodóvar, Spielberg o Scorsese. Por el contrario, ante un trabajo de estas características hay que correr un muy tupido velo ante sus defectos (que los tiene) y esforzarse por jalear sus logros (que también la adornan).

Hace unas semanas escribía acerca de “Un plan brillante” y la enmarcaba dentro del subgénero de “robos y atracos”. “40 grados” milita en esa misma división (obviamente, desde unos parámetros muchísimo más modestos), por cuanto su historia se centra en dos hombres que planean realizar un robo a un casino controlado por una banda mafiosa. Por exigencias de la producción, la ciudad en la que se haya emplazado dicho casino no es otra que Murcia (elección harto improbable, temáticamente hablando), una Murcia por la que pululan gangsters y yonkis de medio pelo, sudamericanos sin un pelo de tontos y mujeres de armas tomar.

Me atrevería a decir que los más de 90 minutos de duración de “40 grados” son su principal hándicap y acaban corriendo en su contra, pero, claro está, tampoco la duración de mi “Butanero”, vista desde mi experiencia actual, podría considerase un aliciente sino, más bien, una especie de lastre. Cuando uno está empezando, desea manifestar su capacidad para narrar una historia y adornarla con chistes y gags acaso prescindibles, inconsciente de que, a veces, la concisión hubiera sido una alternativa preferible. En cualquier caso, en “40 grados” pude apreciar, aparte del entusiasmo pasional antes citado, abundantes destellos de originalidad, así como buenas ideas visuales y una acertada utilización de los efectos de sonido. Incluso alguno de los actores consigue cuajar un buen trabajo (más apoyados en su desparpajo natural que en el seguimiento de sus diálogos), con mención muy especial para mi querido amigo Monty, que cuenta sus breves apariciones por triunfos populares aplaudidos por la platea.

Domingo Jiménez ha co-escrito, co-protagonizado, montado, co-producido, co-dirigido y estrenado su primera película, y además lo ha hecho con una amplia repercusión popular y bajo el auspicio del Cineclub Paradiso (imprescindible institución lorquina a la que, por cierto, me congratulo en haber pertenecido), y la dimensión de un logro como éste sólo es comprensible para quienes hemos pasado por una experiencia similar. El mérito de este chico de Lorca no voy a ser yo el primero ni el último en exponerlo, pero sí quiero felicitarle por el nivel técnico alcanzado y, sobre todo, por la tenacidad en llevar a cabo la consecución de su sueño. Un fuerte abrazo y mi sincera enhorabuena, Domingo Antonio.