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viernes, 26 de octubre de 2007

Spiderman cambia de bando


Estaba cantado. Yo lo presentía y todos aquéllos que consultan habitualmente las páginas “comiqueras” de internet ya lo sabían: Spiderman ha cambiado de bando. Me refiero, naturalmente, a la macrosaga titulada “Civil War” (supongo que en España no la han traducido como “Guerra Civil” para no darse de bruces con la Ley de la Memoria Histórica), que, poquito a poco, lenta pero inexorablemente, va acercándose a su desenlace, el cual se saldará con la muerte de uno de los más celebrados héroes de la casa Marvel. Pero éso aún está por venir. Lo que acaba de suceder es que el Hombre Araña, hasta ahora seguidor fiel pero renuente de las doctrinas pro-registro de Tony Stark, alias Iron Man, se ha dado cuenta de las injusticias que se están cometiendo con aquellos defensores de la Ley que se niegan a hacer públicas sus identidades secretas y son, consiguientemente, detenidos y encerrados de por vida, cuando no asesinados en combate. Lo malo es que los ojos de Spidey se han abierto a la luz justo después de haber revelado al mundo que se llama Peter Parker y que viene subiéndose por las paredes desde que tenía quince años. Ahora, tanto él como su familia están en el punto de mira de todo el mundo, no sólo de los cientos de villanos a los que ha derrotado en el pasado y andan sedientos de venganza, sino también de la organización paramilitar SHIELD y el resto de fuerzas gubernamentales que, si te declaras en contra de la Ley de Registro, te cazan como a un animal y te confinan en un sofisticado Guantánamo que Reed Richards (Mr. Fantástico) ha construído en la horripilante Zona Negativa. Sigue sin gustarme la idea de que, de repente, todo bicho viviente sepa que Peter Parker y Spiderman son la misma persona, pero he de reconocer que los guionistas arácnidos (Straczynski, David, etc.) le han sacado bastante jugo a la idea, devolviéndole el protagonismo perdido a ilustres secundarios como Flash Thompson, Liz Allan o la olvidadísima Debra Whitman. Ya veremos cómo transcurren los próximos meses, en los que el lanzarredes se unirá a la Resistencia (donde militan el Capitán América, Daredevil, el Halcón y un grupo creciente de vigilantes enmascarados) para seguir justificando su viejo lema de que “Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

jueves, 25 de octubre de 2007

Agresion en el tren


Casi todos sabéis que mi pareja es de nacionalidad ecuatoriana; ecuatoriana, como esos casi cien mil (se dice pronto) compatriotas suyos que residen en España en la actualidad (sin contar, claro está, a los que no están debidamente censados). ¿Cómo no iba a dedicar, pues, unas líneas a ese lamentable incidente acaecido el pasado día 7 de octubre en uno de los pocos trenes que aún funcionan en Catalunya? Las imágenes han dado la vuelta al mundo en apenas tres días y todos las hemos visto infinidad de veces: a la altura de Colonia Güell, un joven con apariencia de skin se dirige a la parada del ferrocarril mientras habla por su teléfono móvil, cuando, de repente, al comprobar que uno de los dos pasajeros que viajan en el vagón es una muchacha con obvios rasgos sudamericanos, comienza a insultarla (“inmigrante de mierda”), le soba un pecho, la agrede varias veces y, cuando ya parecía que iba a bajarse y dejarla en paz, aún le propina una monumental patada en plena cara. El energúmeno en cuestión tiene 21 años y el viernes pasado, tras ser identificado merced a la grabación efectuada por la cámara de seguridad del tren, fue detenido por la Guardia Civil, pero, sorprendentemente, fue puesto en libertad a las pocas horas al no personarse la Fiscalía en el momento en que iba a ser juzgado. Tan atroz disparate legal no ha pasado desapercibido para nadie, y desde el Gobierno ecuatoriano se ha exigido a su homólogo español que se aplique un castigo ejemplarizante sobre el elemento en cuestión, que esta misma tarde aún estaba de copas con sus amigotes, a pesar de que, con toda probabilidad, mañana mismo volverá a pasar a disposición judicial, esta vez para pasar un tiempecito en chirona, donde tan merecidamente debería estar pudriéndose ya. Pero no nos engañemos. La importancia superlativa de este suceso ha sido magnificada por coincidir en el tiempo con la visita del presidente de Ecuador, Rafael Correa, que hace menos de una semana estuvo de visita en Lorca, con el claro propósito de llevarse de vuelta a su país a tantos compatriotas como pueda. ¿Acaso se ha aprovechado este suceso para tratar de convencer a la colonia ecuatoriana de que en España no se les quiere y que, por tanto, es mejor que regresen ipso facto a su patria? Muy probablemente no, ya que el anhelado retorno de los hijos pródigos traerían consigo la pérdida de suculentas divisas. Creo, por tanto, que es mejor que tratemos de centrarnos en la naturaleza evidente de lo que estamos analizando, que no es tanto la violencia de corte racista o xenófobo como la violencia en sí misma, ¿o acaso los hechos serían menos execrables si la víctima hubiese sido madrileña, gaditana o manchega? El mundo está loco y sus pobladores también, y, bajo la apariencia de normalidad en la que vivimos la mayoría, subyace otra realidad plagada de tribus urbanas (skins, punkies, grunges, emos, etc.) que no siempre promueven la paz y la armonía. Ante la prueba evidente de que un joven ha agredido a una persona, habría que aplicar la Ley sin contemplaciones, sin paliativos y sin miramientos, y el dato de la condición inmigrante de uno de los dos no debería ser tan importante: el agresor debe ir a la cárcel y ser confinado en ella durante todo el tiempo que le corresponda, no por ser racista sino por ser un bárbaro incivilizado. Otra cosa es que, de modo preocupante, vaya extendiéndose una oleada de xenofobia hacia aquéllos que nos visitan, sin que, en la mayoría de las ocasiones, nos demos cuenta de que el sudamericano o moro en cuestión cumple la importantísima labor social de ejecutar aquellas labores ingratas que el españolito acomodado no quiere llevar a cabo. Por el contrario, está cada vez más extendida la teoría de que los inmigrantes comparten nuestros privilegios pero no nuestras obligaciones, chupan descaradamente de nuestro bote de beneficios sociales y nos privan de ocupar la cama hospitalaria que legítimamente nos correspondería. Yo quiero romper una lanza a favor de estas personas que no han venido a nuestro país a pasar unas vacaciones, sino a trabajar duro para mantener a sus familiares de allende los mares, y que, en la inmensa mayoría de los casos, tan sólo son gente humilde que ha cometido el error de creer que en España, la Madre España, iban a encontrarse mismamente como en su propia casa.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Cine: mi comentario sobre "EL ORFANATO"


No cabe duda de que Juan Antonio Bayona, director de “El Orfanato”, tiene buen gusto. Al menos, le gustan las mismas películas (de terror) que a mí. Prueba de ello es que los modelos de este film que representará a España en la carrera hacia el Oscar han sido obras tan destacadas como “El Resplandor”, “Los Otros”, “Poltergeist” o “Dark Water (La Huella)”. Y no puede decirse que la jugada le haya salido mal a este caballero, que ha contado con unos estupendos Belén Rueda y Fernando Cayo como acertados protagonistas. La línea argumental de “El Orfanato” puede resumirse en un breve apunte: una mujer (Rueda) adquiere el vetusto edificio que, siendo niña, albergó el orfanato en que se crió, y se muda a vivir en la vieja casona junto con su marido (Cayo) y su hijo adoptado, con la intención de convertirlo en escuela para niños discapacitados. Al poco de instalarse, comienzan a registrarse sucesos extraños aparentemente relacionados con los huérfanos que antiguamente habitaron el orfanato, que culminan con la misteriosa desaparición del hijo del matrimonio…

Técnicamente irreprochable, “El Orfanato” puede considerarse, desde ya, una de las cinco mejores películas de suspense y terror jamás rodadas en nuestro país. A pesar de que el guión es poco o nada original, el espectador cae atrapado desde el mismísimo inicio en la trampa de una realización minimalista donde, afortunadamente, casi siempre se insinúa o se sugiere más de lo que se muestra, servida por una bella fotografía, un soberbio diseño de producción y, especialmente, una utilización modélica del sonido. En cuanto a la banda sonora, compuesta por Fernando Velázquez, básicamente cumple su función de resultar inquietante, aunque en algunos pasajes resulta petulante y excesiva. En el apartado actoral, el peso recae sobre los hombros de una Belén Rueda conmovedora y creíble, que consigue transmitir más su sufrimiento que la sensación de que está actuando, lo cual en ciertos momentos le juega alguna mala pasada, por cuanto su dicción no es siempre inteligible. En cualquier caso, mi enhorabuena a esta actriz, que se va a hinchar (merecidamente) a premios. A su lado, además de la breve participación de Geraldine Chaplin y una recuperada Montserrat Carulla, hay que destacar, muy especialmente, al todavía poco conocido Fernando Cayo, que ya hacía un papelón en “Diario de un skin” y que en “El Orfanato” ejerce de auténtico robaplanos.

Sinceramente, me hace feliz que una película española consiga traer a los cines a tantos espectadores como está congregando esta producción auspiciada por el mexicano Guillermo del Toro (director, entre otras, de “El Laberinto del Fauno”). El debutante J. A. Bayona realiza un extraordinario trabajo de creación de clima de desasosiego, y triunfa de modo apoteósico en las escenas en las que la presencia de lo paranormal sólo se intuye o se refleja en la mirada aterrorizada de Belén Rueda. Sin embargo, aunque es aplaudible la casi total ausencia de efectos digitales y de maquillajes truculentos, “El Orfanato” pierde fuelle en su tercio final, más o menos a partir de la llegada de los parapsicólogos calcados de “Poltergeist”. La visualización de los “niños fantasmagóricos” como si de personajes corpóreos se tratase resta capacidad de convicción al film, y, concretamente, tanto el final como el breve epílogo chirrían innecesariamente, como si se quisiese convertir en cuento de hadas lo que hasta el momento era un estupendo relato de horror. No obstante, la puesta en escena es tan buena y la interpretación de Belén Rueda tan desgarradora, que, para mí, “El Orfanato” se merece un sobresaliente.
Luis Campoy
Calificación: 9 (sobre 10)

martes, 23 de octubre de 2007

¡Ay, qué cacao!


Hay que ver…. Toda la vida creyendo que la Península Ibérica era un espacio geográfico en el que coexistían dos países (Portugal y España) y, mira por dónde, un senyor llamado Josep Lluis Carod-Rovira me abrió los ojos a otra realidad hasta entonces ignota: los países no son dos, sino cuatro, y a los hasta ahora conocidos hay que sumar otro par: Catalunya y Euskadi. Yo imaginaba que lo de “País Vasco” y “Paisós Cataláns” no era sino una especie de jerigonza política, un eufemismo sin implicaciones legales, un placebo para separatistas recalcitrantes. Pero la tozudez del Lehendakari, por un lado, y la soberbia del Vicepresident, por otro, han hecho que me replantée determinadas cuestiones. Por ejemplo: ¿cómo es posible que un tipo tan claramente comprensivo, respetuoso y tolerante como yo, cada vez que escucho hablar a Carod, se acuerde tanto y tan reiteradamente de los grandes machos cabríos y de los pobres niños abandonados por madres que se vieron obligadas a ganarse la vida vendiendo sus favores sexuales?. En todas las realidades hay un fondo y una forma, y la segunda a veces resulta alterada y distorsionada por cómo nos es presentada su envoltura. Lo que dijo la otra noche Carod-Rovita en el programa de La 1 “Tengo una pregunta para usted” puede resultar mínimamente coherente y aun comprensible como entelequia, como teoría o como utopía. Los catalanes no son separatistas, ni nacionalistas, sino independentistas. Los catalanes no se consideran españoles, sino simplemente catalanes. Otra cosa es que a mí me guste más o menos este concepto, pero, adecuadamente enunciado, al menos puede someterse a un análisis mesurado y sosegado. El problema es que la socarronería y la mala leche de don Josep Lluis no sólo no ayuda a que Catalunya sea mejor vista por el resto de España, sino que la convierte en una especie de Anticristo para los que defienden a rajatabla la Unidad sociopolíticogeográfica. Como simpatizante del Barça, estoy acostumbrado a que mis conocidos me llamen “catalán” cuando jaleo los éxitos del club de Messi y Ronaldinho, pero me siento tan malherido como cualquiera cuando escucho decir a alguien que se le plantean mil y un problemas cuando trata de abrirse camino en una parte de España en la que el español es un idioma secundario. ¿Cómo hemos ido dejando que ocurran estas cosas? Me parece muy legítimo que nuestros vecinos del nordeste quieran conservar su acervo cultural, pero ¿cómo hemos consentido que la lengua catalana se imponga de esta manera al castellano? Por Dios, ya no es sólo que existan dos Españas (la de izquierdas y la de derechas) sino que, además de éstas, existen no-sé-cuántos países en un mismo territorio, cada uno de ellos con pretensiones de autonomía total y excluyente, cada uno de ellos con un idioma diferente y diferenciador, cada uno de ellos dispuesto a tener su propia Selección de fútbol, su propia bandera y sus propios interlocutores con el resto del mundo. No tengo ni furcia idea de cómo se ha podido llegar a ésto, pero el destino final de este cacao no va a ser divertido ni agradable para ninguno.

lunes, 15 de octubre de 2007

De feria en feria


Nunca sabe uno cuándo va a caer en brazos de un súbito, irrefrenable y efímero arrebato de inspiración. A la hora de iniciar estas líneas, viajo en un tren con destino a Madrid, y lo cierto es que no tengo ni la más remota idea de dónde estoy. No sé dónde estoy, pero sí sé de dónde vengo. Vengo de una Feria que sucedió a otra Feria que a su vez llenó el breve vacío dejado por una Feria anterior. Cuando uno vive a caballo entre dos ciudades, pasan estas cosas. Y, si tienes niños pequeños en esa edad en la que los sueños aún pueden hacerse reales y viajan a bordo de un tiovivo, el resultado es siempre el mismo: sus caritas se llenan de satisfacción al mismo tiempo que tu monedero se queda alopécico. Aún recuerdo los últimos tiempos del reinado de la peseta: las atracciones feriales nos costaban veinte duros, y ya nos parecían caras. Ahora, cada viaje de un infante en el “Ratón Vacilón” o en el “Dragón” de turno te cuesta la friolera de dos euros y medio. He citado los nombres de dos de los entretenimientos mecánicos con más predicamento entre la gente menuda, pero, haberlos, los hay mucho, mucho peores. Mi hijo suspira por subirse a todo aquéllo que desafíe al vacío, a la fuerza gravitatoria y a la cordura misma, y yo tengo que recurrir a mil y una excusas para evitar esa mareante agonía que hace que las tripas se junten con las amígdalas, y viceversa. Hay gente a la que le divierte pasarlo mal, pero a mí simplemente me da pánico. La última vez que subí en el más vacilón de los ratones, hice la mitad del recorrido con los ojos cerrados. Y la penúltima, mi hija, de tanto apretar las mandíbulas, perdió un diente (de leche). Confieso que me sentía más tranquilo cuando los niños eran más pequeños y pugnaban por sentarse en el Troncomóvil o en la Carroza de Cenicienta. Pero, sin temor a equivocarme, puedo afirmar que ha llovido mucho desde aquel entonces, y ahora lo mínimo que exigen es el “Dinosaurio”, hermano bastardo del “Dragón”, cuya única diferencia con respecto a aquél es que no te mareas hasta el final del viaje, justo cuando se acaba el billete. Otro aliciente que he encontrado en el “Dinosaurio” que se monta en Alhama de Murcia es el gracejo de su acomodador y animador, un auténtico “showman” provisto de un amplio repertorio de grititos, chorreos de aire comprimido y cachiporrazos a granel. Todo un espectáculo, él solito. Pero, sin duda alguna, la sorpresa del año ha sido una versión infantil del célebre “Toro Mecánico” que se llama “El Rodeo de Lucky”. Lo de Lucky, naturalmente, viene del célebre vaquero del comic francés, y, en lugar de toros encabritados, lo que hay son caballos desbocados que saltan y se contonean al ritmo de una pegadiza y persistente melodía. Bueno, en realidad se trata, no de una, sino de dos canciones del subgénero que podríamos denominar “spaghetti country”, que fue popularizado por artistas tan insignes como Dinamita Pa’ Los Pollos, Los Coyotes, Los Rebeldes, Coyote Dax o el mismísimo Loquillo. En concreto, tras una ardua investigación que no me deparará un Pulitzer, pude averiguar que los dos temas que se escuchan en “El Rodeo de Lucky” (y en la práctica totalidad de los Toros Mecánicos ambulantes) pertenecen (¡oh, sorpresa!) a un grupo llamado Zapato Veloz, que gozó de cierta fama gracias a su muy conocida “Tractor Amarillo”. Puede que no sea una obra maestra de la música “folk” made in Spain, pero hay que reconocer que los músicos que la grabaron sabían lo que se hacían (su guitarra eléctrica suena casi idéntica a la del Morricone de “La muerte tenía un precio”) y, ya casi llegando a Madrid en esta noche oscura, su melodía pegadiza y pegajosa es uno de mis mejores recuerdos de estas últimas Ferias.

sábado, 13 de octubre de 2007

Cine: mi comentario sobre "UN PLAN BRILLANTE"


Me siento eufórico, ésto es casi inaudito: he tenido oportunidad de ver en cine tres películas en seis días, ¡y dos de ellas son buenas o muy buenas! La menos “potable” de las tres ha resultado ser “La extraña que hay en ti” (obviamente, acabará siendo, con mucho, la más taquillera), pero tanto la excelente “Promesas del Este” como esta “Un Plan Brillante” poséen gratificantes dosis de calidad.

Lo primero que me llama la atención de “Un Plan Brillante” es lo mismo que comentaba a propósito de “Promesas del Este”: la apreciable evolución experimentada en el estilo narrativo de su director, un Michael Radford cuyas obras más conocidas eran hasta ahora “1984” y “El Cartero y Pablo Neruda”. La parábola futurista y el melodrama rural dan paso ahora a un exquisito thriller adscrito al subgénero de “robos y atracos”, del que últimamente habíamos podido contemplar muestras como “Plan Oculto” de Spike Lee (nótese que en todas estas películas sobre ladrones lo fundamental es tener un buen “plan”… al menos en el título).

La historia que nos cuenta “Un Plan Brillante” transcurre en el Londres de los años 60, concretamente en el seno de la “Londinense de Diamantes”, la más poderosa industria diamantífera (¿o se dice “diamántistica”?) mundial, en cuya sede principal trabaja Laura xxxxx (Demi Moore), una ejecutiva ambiciosa pero abnegada, dedicada en cuerpo y alma a su profesión hasta el punto de no haber sido capaz de formar una familia. Otro de los anónimos empleados de la corporación es el sufrido Hobbs (Michael Caine), al borde de la jubilación pero que no ha sido relevado de las más sufridas tareas de limpieza. Es justamente Hobbs quien concibe un plan para apropiarse de lo que en principio parece ser una minúscula cantidad de diamantes que sus jefes “nunca echarían de menos”, idea que expone a una Laura que está a punto de ser despedida, justo tras haber promovido una importantísima operación con los socios rusos de la compañía. Laura y Hobbs, una pareja insólita e imposible, deciden unir fuerzas justo cuando la Londinense acaba de reforzar su seguridad con un “sofisticado” entramado de cámaras de vigilancia…

Debo decir que, probablemente, el punto más débil de “Un Plan Brillante” es, paradójicamente, su máximo reclamo publicitario: el regreso de Demi Moore a la cabecera de una película. Moore tuvo un efímero reinado en las taquillas a principios de los años 90, concretamente desde que “Ghost” la hizo famosísima, pero su empeño en desnudarse en aquel bodrio titulado “Strip-Tease” hundió su carrera de modo casi irreparable. Ahora vuelve a intentarlo (ya lo había hecho con la segunda parte de “Los Angeles de Charlie”, donde encarnaba a la villana), pero parece que sus cambios metabólicos (¿dónde están aquellas redondeces que encandilaron a media Humanidad?) y sus poco exitosas operaciones de cirugía facial juegan en su contra. En “Un Plan Brillante” su personaje se supone que tiene 38 años, pero Moore aparenta 48 (en realidad, no veo ningún motivo para que no fuera esta última edad la que tuviera que tener), y se pasa todo el metraje profusamente maquillada, incluso cuando se halla tomándose un baño en su casa. Siendo un poco cruel, uno podría decir que resulta más creíble como octogenaria (el film se inicia en el presente, cuando el personaje de Demi Moore relata a una periodista la increíble historia de su vida) que como treintaañera. Todo lo dicho no implica que Moore haga un mal trabajo, pero sí es culpable de la nula química existente entre ella y Michael Caine y, posteriormente, entre su personaje y el del investigador de la compañía de seguros (Lambert Wilson). En lo referente a Michael Caine, se trata de uno de los escasos monstruos sagrados de la interpretación que aún continúan en activo, y los calificativos ya resultan repetitivos para catalogar cada una de sus interpretaciones, en papeles sólo secundarios por la extensión de los mismos en cuanto a minutos en pantalla.

Correcta, entretenida, excelentemente iluminada, lujosamente realizada y competentemente interpretada, “Un Plan Brillante” puede que no pase a la historia del cine pero, salvando algunos puntos inverosímiles de su guión, constituye una muestra nada desdeñable del buen hacer de los cineastas británicos.

Luis Campoy
Calificación: 8 (sobre 10)

jueves, 11 de octubre de 2007

Cine: mi comentario sobre "PROMESAS DEL ESTE"


Al igual que Peter Jackson o nuestro Pedro Almodóvar, el cineasta canadiense David Cronenberg ha experimentado una deslumbrante evolución en su estilo narrativo, que le ha llevado a sustituir la tosquedad de “Rabia” o “Cromosoma 3” (sus primeros trabajos) por la estilización y casi clasicismo de “Una historia de violencia” o esta “Promesas del Este”.

Animados por el considerable éxito crítico y de público de “Una historia de violencia”, Cronenberg y el actor Viggo Mortensen vuelven a colaborar en una película bastante distinta, en la que, éso sí, la violencia adquiere en ocasiones un alto grado de protagonismo. “Promesas del Este” bascula sobre tres personajes cuyas trayectorias se entrecruzan en el marco de los ghettos rusos de Londres. Una matrona (Naomi Watts) se hace cargo de una recién nacida cuya madre, una jovencísima prostituta rusa de 14 años, no sobrevivió al parto. Tratando de localizar a algún familiar de la niña partir de un diario que llevaba consigo la madre muerta, la enfermera se ve metida en mitad del ámbito de acción de la mafia rusa, concretamente en la organización liderada por un prestigioso restaurador (Armin Müeller-Stahl), a cuyo servicio trabaja un chófer (Viggo Mortensen) que esconde más de un secreto.

Sólo se me ocurren elogios para con esta espléndida película. Naturalmente, no se trata de un film para todos los públicos (como queda patente en su primera secuencia, que culmina con un salvaje asesinato en una barbería), y podríamos decir que David Cronenberg recoge, con maestría y elegancia, el testigo de los títulos más conocidos del subgénero de gangsters y mafiosos (con Coppola y Scorsese como grandes inspiradores). Me atrevería a decir que “Promesas del Este” contiene lo mejor de “El Padrino”, “Uno de los Nuestros” y “Camino a la Perdición”, y eso es mucho, mucho decir. De “El Padrino” toma la infraestructura de la familia de apariencia respetable bajo cuya apariencia subyace un complejo entramado de negocios sucios entre los que no falta el contrabando, la prostitución y la trata de blancas, todo ello bajo la rígida dirección de un “padrino” (“Papa” en este caso) capaz de helarte la sangre con una sola mirada sutilmente amenazadora. De “Uno de los nuestros” (en realidad, de todo el cine “mafioso” de Martin Scorsese) podemos ver reflejada la excelente caracterización de estos personajes, seres que se mueven al filo de la muy delgada línea que separa el Bien del Mal y que, tras su fachada de educación y benevolencia, esconden a una auténtica bestia capaz de cometer los actos más brutales y despiadados. En cuanto a “Camino a la Perdición”, se repite (al menos, aparentemente) la temática del capo que, descontento con la incompetencia de su hijo biológico (Vincent Cassell en este caso), opta por delegar su autoridad en un aventajado discípulo con quien no le unen vínculos de sangre.

Sangre hay bastante en “Promesas del Este”, pero localizada en tres escenas excelentemente visualizadas: el asesinato en la barbería, el ajuste de cuentas en el cementerio y, sobre todo, la soberbia pelea en la sauna, con un Viggo Mortensen que lo enseña absolutamente todo (michelines incluídos) y que, al igual que sucedía en “Alatriste”, compone de forma magistral un personaje complejo, ambiguo y totalmente alejado del Aragorn de “El Señor de los Anillos”. Viéndolo, con su pelo repeinado y sus movimientos volátiles y letales, me dí cuenta de lo buen James Bond que hubiera sido este hombre. Naomi Watts también está espléndida, a pesar de que su personaje poco a poco va dejando de ser el foco de atención, y Vincent Cassell resulta muy creíble en su papel de heredero casquivano al que le viene grande la herencia familiar, pero quien se lleva la palma es un sublime Armin Müeller-Stahl cuya mirada hace prácticamente innecesarios sus diálogos.

Dura, seca, sin concesiones, sin más muestras de humor que las estrictamente necesarias (o sea, más bien ninguna) y, por supuesto, sin caer en la trampa de la fácil historia de amor entre los personajes de Viggo Mortensen y Naomi Watts, que queda reducida a un leve y ambiguo beso final, “Promesas del Este”, aúna (cosa rara en estos tiempos) un guión modélico, una dirección precisa y contundente y unas interpretaciones inolvidables. “Promesas del Este”, más que una promesa, es una realidad, un auténtico regalo.

Luis Campoy
Calificación: 9 (sobre 10)

martes, 9 de octubre de 2007

Cine: mi comentario sobre "LA EXTRAÑA QUE HAY EN TI"


Todos los medios de comunicación se han puesto de acuerdo en reseñar que “La extraña que hay en ti” no es más que una puesta al día de “Yo soy la Justicia”, “El justiciero de la ciudad” y demás títulos protagonizados por Charles Bronson en los años 70 y 80 (sin mencionar exabruptos más recientes como “El Castigador”) . Yo no puedo negar que mi propia opinión concuerda mucho con esa teoría, porque es evidente que, nuevamente, nos hallamos ante una persona que, golpeada por la adversidad y el crimen, decide no esperar a que la Policía se haga cargo de su problema y opta por tomarse la justicia por su mano. Obviamente, lo más relevante de este nuevo proyecto es que el “justiciero” es ahora una “justiciera” y que la protagonista no es otra que Jodie Foster, doblemente ganadora del Oscar y una de las actrices/directoras más sólidas y consolidadas del Hollywood actual. Foster interpreta a Erica Bain, locutora de radio de tendencias liberales y que está a punto de casarse con su novio hindú. Una mala noche, sin embargo, sus destinos se entrecruzan con los de unos pandilleros que propinan una brutal paliza a los dos enamorados, de resultas de la cual el hombre fallece y Erica queda en coma. Al despertar, lo primero que hace es acudir a la comisaría de policía más próxima, pero la tediosa burocracia con la que se encuentra la conduce directamente a una armería, y de ahí a un lóbrego callejón donde, sin ninguna dificultad, logra hacerse con una pistola y una caja de balas.

Es cierto que la dirección de Neil Jordan es muy, muy competente, como en casi todos sus films (Jordan es autor de “Entrevista con el vampiro”, “En compañía de lobos” y “Juego de lágrimas”, entre otras), y que tanto él como su director de fotografía han trabajado mucho en la textura y composición de las imágenes, que se beneficia de un montaje no menos sobresaliente. También es verdad que la interpretación de Jodie Foster es tan buena como cabría esperar de esta mujer, cuyas últimas composiciones han sido lo mejor (o lo único bueno) de películas fallidas como “La habitación del pánico” o “Plan de vuelo: Desaparecida” (por cierto, se me encendieron las alarmas cuando ví el rostro de la Foster, surcado de arrugas prematuras que hace poco no estaban allí). Sin embargo, el resto del reparto no está a la altura, bien literariamente (Terrence Howard tiene una clase y una presencia indiscutibles, pero su papel de “poli bueno” no está bien perfilado) o bien a efectos de dirección, y es lamentable e imperdonable el desperdicio de la espléndida (y aún de muy buen ver) Mary Steenburgen, que encarna a la jefa de la emisora de radio. En realidad, es como si los papeles secundarios estuvieran premeditadamente desdibujados, a excepción del muerto, con lo cual se consigue el obvio efecto de que el espectador no tiene más remedio que conectar e identificarse con la aguerrida pistolera. Por otra parte, el guión en sí mismo, cuyo desarrollo se intuye clarísimamente desde el mismísimo inicio, cae en todos los tópicos habidos y por haber: la heroína es un ser cándido y bondadoso al que sólo la injusticia transforma en una máquina de matar; el policía negro tiene el alma blanca y es capaz de sacrificarse para impedir que la pobre mujer sufra todavía más; y los villanos son malos sin paliativos, con conductas injustificables y caretos de lo más desagradables. El peligrosísimo mensaje fascista de la película (si la Ley no te complace, cómprate un arma, preferiblemente sin licencia, y líate a pegar tiros a todo el que te ponga nervioso) parece amparar las habituales manifestaciones de violencia que de cuando en cuando asolan a los hijos del Tío Sam, por no hablar de su más bien ridículo final, toda una apología de la inconsecuencia y la impunidad, más propio de un cuento de hadas que de un thriller serio. Lo más extraño de “La extraña que hay en ti” es que una personalidad tan seria y concienciada como Jodie Foster haya accedido a protagonizarla.

Luis Campoy
Calificación: 6 (sobre 10)

jueves, 4 de octubre de 2007

El Plan Ibarretxe II




“Todos queremos más, y más, y más, y mucho más”. Este era el estribillo de una vieja canción, pero su mensaje continúa vigente y de plena actualidad. “Cuanto más se tiene, más se quiere” podría ser el complemento refranesco a la copla citada anteriormente, y es que está comprobado científica y empíricamente que los seres humanos se hacen adictos con facilidad a todo aquéllo que les depara placer, satisfacción o libertad, y de esta adicción se deriva la necesidad de ir incrementando exponencialmente las dosis de tan embrujadoras sustancias. En el ámbito político, las ambiciones independentistas de los pueblos podrían fácilmente equipararse a los anhelos de emancipación de los adolescentes que quieren volar solos del nido familiar. También en ambos casos podremos observar detalles comunes, sobe todo de índole económica: un muchacho sólo abandona definitivamente el hogar paterno cuando puede considerarse autónomo y autosuficiente desde el punto de vista dinerario. En tanto en cuanto llega ese momento, el mozo (o moza) en cuestión irá degustando paulatinamente pequeños avances, al principio poco o nada perceptibles, tendentes a reafirmar su progresión en el misterioso arte de vivir. Cuando Franco tuvo a bien abandonarnos hace ya 32 años, las identidades supranacionales de determinadas regiones cargadas de Historia comenzaron a salir a flote de modo nada tímido y casi agresivo para con el resto de territorios. De modo nada casual, aquéllos que tan sólo a escondidas se atrevían a definirse como “País Vasco” y “Paisós Catalans”, abogaron denodadamente por el derecho a obtener su propia autodeterminación, según ellos, ganada con la sangre de sus valerosos antepasados. Desde mi punto de vista, alguien que sólo es capaz de conseguir un fin político utilizando la violencia no tiene mucho de valeroso, pero es innegable que, mal que nos pese, parte de los avances en materia autonómica han sido consecuencia directa o indirecta de la actividad de ETA y de Terra Lliure. El caso no es especialmente novedoso, y existe el claro precedente de Irlanda del Norte y la banda terrorista IRA, que sembró de cadáveres las Islas Británicas y no paró hasta que los sucesivos residentes de Downing Street fueron accediendo a aceptar sus nada pacíficas demandas. Aquí, en nuestra piel de toro, no hay año que no tengamos que lidiar con el fantasma de un conflicto fraticida si no son escuchados quienes exigen separarse del Estado español. Como decía al principio, parece que no son suficientes los privilegios que vascos y catalanes han ido obteniendo (autogobierno, utilización arbitraria de su idioma en detrimento del castellano, libre disposición de una parte del caudal tributario), y, cuando no nos machacan con un Estatut, lo hacen con un plan soberanista que pretenden avalar con un referéndum popular. Lo de los referéndums debería estar mucho más claro de lo que está: se trata de una convocatoria a la que sólo tienen acceso el Gobierno y el Congreso de los Diputados, y quienes amenacen con utilizarla deberían ser sancionadas con todo el peso de la Ley. Claro que los dirigentes del PP no dieron con sus huesos en la cárcel cuando lo estipularon a raíz del Estatut catalán, así que difícilmente están cualificados para exigir ese destino para el señor Lehendakari. Ibarretxe no se rinde, y, a pesar de que su plan secesionista fue desestimado en 2005, ahora amenaza con que en 2008 los vascos y vascas podrán votar sobre su independencia, eso sí, de forma no vinculante. El “Plan Ibarretxe II” no debería llegar jamás de los jamases a buen puerto, pues las Cortes, el Senado y la mayoría de los partidos políticos no nacionalistas utilizarán todos los medios a su alcance para paralizarlo. Claro que la coacción no es la mejor manera de convencer a miles de vascos (y vascas) de que sus derechos no son ilimitados, máxime cuando, merced al idioma, se sienten claramente diferentes del resto del Estado. ¿Por qué razón son tan numerosos quienes, habiendo nacido en el seno de una comunidad autónoma, no quieren ser, asímismo, ciudadanos españoles? ¿Sólo por el peso de una Historia repleta de guerras, guerrillas, héroes y algún que otro villano? Desde luego, insisto en que el idioma es un elemento fundamental, que no sólo les distingue de los “otros” sino que impide que la mayoría de los “otros” les considere sus iguales. España está dividida, y no sólo por culpa de Ibarretxe y Carod-Rovira. Desde que tengo uso de razón, he oído comentarios despectivos (cuando no teñidos de odio) en contra de catalanes y vascos, y esa tendencia no hace sino exacerbarse cada día más. El otro día me decía un amigo que “yo, como soy tan liberal, estaría de acuerdo con el Referéndum de Ibarretxe”; pero se equivocaba. Estoy a favor de la libertad, de la pluralidad y del respeto a las minorías… pero dentro de un orden y dentro de la Constitución. Lo de que una parte de España se autodeclare, por su cuenta y riesgo, independiente del resto del Estado, me parece una barbaridad sin paliativos. Claro que, a una barbaridad así, no puede responderse con actitudes no menos bárbaras como un aplastamiento de carácter militar (¡cuánta gente estará pensando o habrá pensado en esta posibilidad…!). El Lehendakari demuestra un altísimo grado de irresponsabilidad dando cancha a las innumerables presiones de las fuerzas abertzales, a cuyo fuego separatista sólo cabe oponer el cortafuegos de la legalidad. Zapatero e Ibarretexe van a verse las caras dentro de pocos días, y el líder de aspecto vulcano (innegable su parecido con Leonard Nimoy, Mr. Spock en la serie “Star Trek”) parece convencido de que, tras la reunión, ni siquiera hará falta que un plebiscito refrende la independecia de Euskadi. Se equivoca. El diálogo es una poderosa herramienta para la comunicación, pero cuando uno juega a este juego tiene que ser lo bastante humilde como para asumir que puede ser su interlocutor quien resulte vencedor de la contienda dialéctica. Tampoco es que Zapatero me parezca la panacea de la locuacidad, pero, al menos, tiene de su parte algo que, si lo esgrime debidamente, contrarrestará la posible amenaza de los terroristas desairados: la fuerza de la legitimidad, el respaldo inquebrantable de la Constitución, que incluso los vascos (y los catalanes) deben acatar.

martes, 2 de octubre de 2007

Rey sí, Rey no

Es una de la polémicas del mes (de la otra, el nuevo intento del Lehendakari Ibarretxe de convocar un referendum ilegal, hablaré más adelante): ¿debe España continuar siendo una Monarquía Constitucional o debe cambiarse la Constitución para que desaparezca la figura del Rey como Jefe del Estado? (hay que ver, ¡cuántas mayúsculas cada vez que uno habla de altos cargos y elevados conceptos!). Lo primero que hay que admitir es que la actitud de don Juan Carlos fue decisiva en un momento crucial de nuestra Historia como el Golpe de Estado de 1981. Fue entonces cuando justificó con creces su cargo y cuando se ganó la admiración y el agradecimiento eternos de sus súbditos. Claro que no siempre es necesario que, para sacar a un país las castañas del fuego en momentos no sólo puntuales sino puntualísimos (¿cuántas más circunstancias parecidas hemos vivido en los últimos 26 años?), toda una cofradía de hombres y mujeres que se apellidan Borbón (además de sus cónyuges) vivan a cuerpo de rey – nunca mejor dicho – a costa de los dineros públicos. O sea, ¿es estrictamente necesario que personas que no trabajan y no cotizan a la Seguridad Social sean mantenidas por obra y gracia de su sangre y su linaje? Estas son algunas de las cosas que yo me pregunto. Líbreme Dios de desearle mal alguno a don Juan Carlos o a doña Sofía, a quienes respeto por su comportamiento responsable y patriótico la inmensa mayoría de las veces, pero hay que admitir que los tiempos cambian y los ciudadanos del siglo XXI ya no necesitan ser vasallos sumisos de unos monarcas cuya misión es protegerlos de todo mal, a cambio de lo cual perciben jugosas prebendas. Para la protección al españolito de a pie ya existen decenas de instituciones perfectamente definidas, y también el aspecto de la representación o representatividad de la Nación ante la comunidad internacional está debida y profusamente cubierto. Todo ello nos lleva a hacernos dos preguntas de inquietante respuesta: ¿es necesaria la existencia de la Familia Real? y, asímismo, ¿para qué sirve dicha Familia Real?. Como dije al principio de este artículo, respeto al Rey y a la Reina y les agradezco (sobre todo al primero de ellos) su aportación al mantenimiento y estabilidad de nuestra Democracia, pero la verdad es que, en estos tiempos que corren, tener una Monarquía no es una necesidad en absoluto, sino una exhibición de opulencia arcaica, un túnel del tiempo con destino directo al pasado, un lujo que una nación modesta no puede permitirse. Si yo fuera el Rey, a quien, innegablemente, se quiere mucho en casi toda España, trataría de mentalizarme de que ya no existen los cargos vitalicios, de que renunciar a la sopa boba es la salida más inteligente y de que, por desgracia, la Zarzuela (nombre de cierto espectáculo musical… pero también del palacio en el que reside la realeza hispánica) hace décadas que dejó de estar de moda.