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jueves, 26 de julio de 2007

Golpe mortal al ciclismo


En uno de los recuerdos más palpitantes de mi juventud, estoy sentado junto a mi madre presenciando el final de alguna etapa del Tour de Francia (por no decir de la Vuelta a España o el Giro de Italia), transmitido por Televisión Española y narrado de modo brioso y vibrante por el llorado Pedro González. Eran los años de Marino Lejarreta y Bernard Hinault, de Pedro Delgado y Greg Lemond, incluso de Miguel Indurain y Tony Rominger, que iluminaron una época dorada que sucedió a otra no menos gloriosa en la que Luis Ocaña y Eddy Merckx se enfrentaban desde un transistor que incluso me acompañaba durante las tardes playeras de sol y mar. Luego, a alguien se le ocurrió la brillante idea de desplazar la Vuelta (que se corría en Mayo y servía de preámbulo a Giro y Tour) hasta el mes de Septiembre, con lo que la gran mayoría de los ciclistas de élite estaban tan hartos de pedalear que ya pasaban de desplazarse hasta la Península. Pero más determinante que esta medida fue la lógica y progresiva decadencia de los grandes corredores (es ley de vida), con el agravante de que los que llegaban no tenían ni de lejos el carisma de los que se marcharon. Ni Abraham Olano era Indurain (por mucho que se le pareciera físicamente) ni Roberto Heras era Perico Delgado, y ni siquiera el multicampeón Lance Armstrong podía eclipsar el recuerdo del gran Greg Lemond, en gran medida porque sus últimos triunfos quedaron eclipsados por la sombra de un dopaje que él siempre negó pero que supuso uno de los primeros bofetones a una disciplina deportiva que parecía digna de titanes pero que ha acabado siendo reducto de sinvergüenzas. Ayer por la mañana, sin ir más lejos, abandonaba el Tour el ruso (perdón, kazajo) Vinokourov, que no pudo justificar convincentemente a santo de qué se le había hecho una muy sospechosa transfusión sanguínea. Pero ¿no iba a ser éste el Tour de la limpieza, de la decencia, de la honestidad?. Estos señores que se suben a una bici y que se dejan la piel en el sillín y las piernas en los pedales deberían haber seguido siendo héroes populares, pero su imagen pública ya nada tiene que ver con aquellas ensoñaciones de un niño que envidia su fortaleza y admira su pundonor. Si no eres capaz de correr durante ventinún días basándote únicamente en tu propia energía y dependiendo exclusivamente de tu tesón y preparación, no hagas el paripé y dedícate al mús o al dominó, que requieren un cierto esfuerzo mental pero implican un desgaste físico bastante menor. Lo del año pasado ya había sido una clarísima advertencia de que una época había llegado a su final: el norteamericano Floyd Landis, rotundo vencedor de la ronda gala, era desposeído del maillot amarillo tras ser acusado (e inculpado) de dopaje, y se desencadenaba la terrorífica Operación Puerto, que a punto estuvo de acabar con la práctica profesional del ciclismo. No obstante, el paso de los meses y la (aparente) dignidad de los corredores de renombre que habían aceptado someterse a un millón de controles diarios para tomar la salida del Tour 2007 nos habían hecho concebir la esperanza de que este año podríamos retornar a los orígenes. El maravilloso final de etapa de ayer me recordó otros tiempos heroicos, con el danés Michael Rasmussen (a la sazón, maillot amarillo) y el español Alberto Contador dando un recital del que salió claro vencedor el líder de la prueba. Ni el abandono matutino de Vinokourov ni las bombas que ETA había colocado pudieron deslucir el fulgor de aquellos grandes momentos. Pero, ay, qué poco dura la magia… A las once de la noche saltó la noticia de que el equipo en el que milita (o tal vez militaba) Rasmussen, el Rabobank, había obligado a su pupilo a desenfundarse el maillot dorado y abandonar la prueba a la voz de “¡Ya!”. Lo de Rabobank a mí me sonaba a cachondeo (¿acaso éso de “Rabo-bank” no parece más bien la denominación de un banco… de esperma?), pero hay que reconocerles que no se han andado con chiquitas. Al parecer, este chicarrón del Norte había quebrantado la disciplina interna del equipo (¡chúpate ésa, Ronaldinho!) y los dirigentes del mismo eligieron el peor momento posible para castigarle. Vamos, que no han podido, ni proponiéndoselo, hacerlo peor. Porque, por mucho que el colega Rasmussen hubiese vulnerado las órdenes de comparecer no-sé-cuántas veces para someterse a los vampíricos análisis, y por mucho que hubiese mentido a sus superiores diciéndoles que estaba de vacaciones con su esposa cuando en realidad se hallaba bajo la disciplina (no inglesa) de un célebre médico italiano famoso por su poco ético empleo de determinadas sustancias dopantes, lo cierto y verdad es que, salvo sorpresivas revelaciones de última hora, la machada de ayer la realizó el danés tirando de fortaleza y de coraje, y no de aditivos químicos. Estas medidas disciplinarias no pueden tener en ningún caso efectos retroactivos ni debe utilizarse un escaparate como el Tour para que todo el mundo sepa cómo se las gastan los rígidos e implacables rabobankeros. Ante el repentino abandono de Rasmussen, lo que todo el mundo mundial piensa, en primera instancia, es que se marcha porque su apabullante exhibición de ayer fue fruto de que disputó la etapa dopado hasta las cejas… por lo cual, todo el mundo mundial ya no volverá a mirar una bicicleta con los mismos ojos, ya de por sí bastante desilusionados, con los que se asombró creyendo recuperar la utopía de un ciclismo limpio y desintoxicado. El mal ya está hecho, y el Tour, la Vuelta y el Giro están condenados. Ya casi nadie puede confiar en un deportista que se ha ganado a pulso que se le quiten la “e”, la “r” y una “t” de este apelativo para dejarlo simplemente en “DOPISTA”. La única medida que se me ocurre para limpiar la imagen de la disciplina que mitificó a Merckx, Anquetil e Induráin es cancelar todas, absolutamente todas las pruebas que tenían previsto disputarse durante los próximos tres o cuatro años y, una vez transcurrido ese tiempo prudencial, volver a planificar competiciones cortas, en las que los corredores se comprometan, esta vez sí, a dejarse controlar y a demostrar que la honradez debe relucir tanto o más que el brillo cegador de un maillot amarillo (rosado en el caso del Giro).

miércoles, 25 de julio de 2007

Ahora sí deberían secuestrarla


La actuación inquisitorial del Juez del Olmo ha obrado un dudoso milagro: la mejor publicación satírica española ha publicado su número de esta semana con una portada que ciertamente da ganas de vomitar. Después de que se llegaran a pagar en Internet hasta 2500 euros por un ejemplar de la revista secuestrada hace unos días, los chicos de “El Jueves” lanzan al mercado su nueva entrega con un contenido no sólo premeditadamente angelical sino también soso, ñoño, memo y estúpidamente aburguesado. Personalmente, yo hubiera puesto a trabajar al cien por cien las neuronas de todos y cada uno de mis colaboradores hasta conseguir un trabajo cuya calidad artística sólo superase el nivel de libertad alcanzado por la corrosividad de su mensaje. Lamentablemente, se ha optado por una solución tan ridícula que, esta vez sí, da ganas de secuestrar todos los ejemplares de la publicación con el fin de que ninguno de sus fieles de toda la vida se sienta grotescamente decepcionado.

sábado, 21 de julio de 2007

Libertad sin miras

Ayer, con gran estupor y bastante incredulidad, me enteré de que la Fiscalía del Estado había ordenado el secuestro de la revista satírica “El Jueves”, así como el cierre de su página web (http://www.eljueves.es/). ¿El motivo? Un supuesto delito de injurias a la Corona por la publicación, en su portada de esta semana, de una caricatura en la que el Príncipe Don Felipe y la Princesa Doña Leticia se hallan en situación amatoria mientras el Heredero al Trono comenta la iniciativa gubernamental de primar con 2.500 euros a quienes sean padres a partir de ahora. ¿Qué os puedo decir? Independientemente de que el dibujito en cuestión no sea precisamente una obra de arte, no deja de resultar inconcebible que ahora, en pleno siglo XXI, y en un país como España, el mismo en el que Quevedo y Lope de Vega se permitieron ironizar sobre los modos y costumbres de los reyes de la época desafiando una y otra vez sus baldíos recortes de la libertad de expresión, se encuentre constitutivo de delito un simple chiste, de mejor o peor gusto, pero un chiste al fin y al cabo, que no se burla del dolor ni el sufrimiento ajeno, ni hace apología del terrorismo, ni muestra el rostro de los intocables hijos de Zapatero. De hecho, en la misma portada, se apuntan algunos de los otros contenidos de la revista, y puede verse a don JoseMari Aznar vestido de botones de hotel y a un etarra sosteniendo, cual si de los Diez Mandamientos se tratara, las supuestas actas de las conversaciones entre el Gobierno y ETA. ¿Os imagináis que otro juez encuentre, también, constitutivo de delito la caricatura del ex-presidente del Gobierno? ¿O que, después de la polémica sobre el video promocional del Getafe, la Iglesia exija la retirada de la revista por parodiar la bíblica imagen de Moisés?. Francamente, no me parece tan grave la maldita caricatura como para que nos obliguen a entrar en un túnel del tiempo que nos lleva de cabeza a los tiempos de la Inquisición. A mí el chistecito no me hace ni puñetera gracia, lo reconozco, pero, si tuviera que retirar de los kioscos (o, ya puestos, de las televisiones), todas aquellas cosas que me disgustan, os aseguro que los basureros, vertederos e incineradores no darían abasto. ¿Os parece, sincera y honestamente, que la imagen de los Príncipes merece ser catalogada como delito?

(Por cierto, aunque he sido asiduo lector de “El Jueves” – en la época gloriosa de la revista, cuando Martínez el Facha, Grouñidos en el Desierto y el Profesor Cojonciano vivían su momento de máximo esplendor -, he de reconocer que muy probablemente no hubiera hablado de ella de no haber sido por su prohibición. Es lo que pasa con estas cosas: ordenas retirar de los kioscos una publicación, e inmediatamente se agotan todos sus ejemplares….)

martes, 17 de julio de 2007

Por el pueblo pero de espaldas al pueblo


Verano, verano, época de calor….. Parece que nuestra clase política, no contenta con las elevadas temperaturas de las que disfrutamos, sigue empeñada en provocar el calentamiento global de las mentes y los temperamentos propios y ajenos. Creo que todos sabéis que, en el caso de poder considerárseme cojo de ideología, mi cojera no me acercaría precisamente al lado en el que uno se considera diestro. Pero, una vez más, lamento con callada indignación el modo en que ciertas decisiones y actitudes zapateriles le proporcionan a las huestes pseudoneofascistas tantos argumentos para el ataque visceral más corrosivo y erosionante. Es decir, tal y como están las cosas y faltando tan poco como falta para las próximas Elecciones Generales, ¿por qué el Ejecutivo comete tantos y tan continuados errores de cara a la más amplia galería de españoles? Para empezar, me parece una estupidez el haberse apartado del fasto colectivo que conmemoró el décimo aniversario del asesinato de Miguel Angel Blanco Garrido. Independientemente de su propia ideología, Blanco es, diez años después, mucho más que un concejal asesinado: se trata de un héroe, un mártir, un mito. Sin apenas ser consciente de ello, aglutinó en torno a su agonía a casi la totalidad de las fuerzas democráticas y a millones y millones de personas que se atrevieron a exigir su liberación y, días después, condenar su brutal asesinato. ¿Por qué el gobierno socialista no ha desarrollado un papel más activo en los actos conmemorativos? ¿Por qué se les ha dado pie a los peperos para perseverar en su cruzada de concienciación de la opinión pública de que los socialistas prefieren pactar con los terroristas antes que ponerse del lado de sus víctimas?. Pero no es sólo eso. Al mismo tiempo, se produce una versión insular del lamentable caso del “Prestige”, y una nueva marea negra amenaza con barrer las costas de Ibiza, ahuyentando, de paso, a gran parte de los turistas, que se ven obligados, si no a abandonar la isla, sí a bañarse en playas no contaminadas pero muy alejadas de los hoteles que habían contratado. El que un barco naufrague y vomite miles de litros de porquería negruzca y pegajosa no es culpa de nadie, pero sí lo es la inacción, la respuesta retardada, la actuación chapucera. La chapuza es casi peor que el chapapote. Los efectivos que se enviaron no fueron los necesarios, llegaron mal y tarde y, para más INRI, la superministra de Medio Ambiente, la muy cuestionada Cristina Narbona, tardó cuatro días en hacer acto de presencia en la zona. ¿Nadie se dio cuenta de que la imagen gubernamental iba a quedar más ennegrecida que la propia arena ibicenca?. Parece que no, porque, en un aparente intento de ensuciar aún más su ya patética imagen pública, llega el día del bautizo de la segunda hija de los Príncipes de Asturias y Zapatero se va de vacaciones (perdón, visita público-privada) a México. Vale que, con todo su derecho, nuestro Presidente puede ser poco monárquico o muy republicano, pero no es muy sensato que todas sus actuaciones supongan y presupongan una constante bofetada a un amplísimo sector de población ya muy “tocado” por determinadas medidas (libertad abortiva, divorcio express, matrimono y adopción por parte de parejas homosexuales, disminución del poder e influencia de la Iglesia, etc.) que pueden resultar muy “liberales” pero a muchos les resultan tan agradables como una patada en los mismísimos. Con muy poco sentido de la oportunidad, el hecho es que nuestro máximo mandatario se permite hacerle un desprecio al futuro Rey de España, al mismo tiempo que su ministra tarda cuatro días en ir a limpiar el chapapote balear y coincidiendo con la enésima demostración de que a las víctimas del terrorismo se les hace menos caso que a las demandas del etarra De Juana. De verdad que jamás votaré a un partido de derechas y me disgusta profundamente el modo en que Rajoy está llevando a cabo su oposición, pero… ¿qué queréis que os diga?, si esta es la mejor política socialista que puede llevar a cabo un gobierno de izquierdas, de verdad que dan ganas de irse de vacaciones y no volver.

viernes, 13 de julio de 2007

Cine: mi crítica de "HARRY POTTER Y LA ORDEN DEL FENIX"


Las grandes sagas del género fantástico tienen la gran desventaja de que la mayoría de la gente acaba por no tomárselas en serio. Se trata, al fin y al cabo, de productos mayoritarios pensados para satisfacer a un público eminentemente familiar, o, lo que es lo mismo, constituído en gran medida por niños o adolescentes. Este sector poblacional parece ser considerado como “de segunda fila” en cuanto a su capacidad de ser receptores de productos de calidad, y por ello los críticos más “sesudos” y los espectadores más “cinéfilos” se van apartando paulatinamente de las últimas entregas de “Star Trek”, “Spiderman”, “Piratas del Caribe” o la mismísima “Star Wars”. Los que creen que “saben de cine” piensan que un film destinado a un público juvenil o infantil ha de ser infantil en sí mismo, y, consecuentemente, sólo ven estas películas obligados por su condición de padres con hijos ansiosos de darse un festín de cine y palomitas.

Es evidente que algo así ha venido sucediendo con las cinco primeras películas de la serie “Harry Potter”. No importa que en todas y cada una de ellas haya participado lo más granado y selecto del teatro y el cine británicos, interpretando personajes secundarios con una disciplina y elegancia inigualables; no importa que su envoltorio técnico venga arropado por los mejores artesanos de todas las especialidades (fotografía, música, vestuario, diseño de producción, montaje, sonido, efectos visuales): desde el momento en que se trata de adaptaciones de libros supuestamente para niños, los adultos hacen lo posible por mantenerse alejados de las salas. Craso error. Quien así piense se estará privando a sí mismo de disfrutar la que es, hasta el momento, la mejor de las películas con pretensiones comerciales que se han estrenado en lo que va de año.

Muy superior a “Spiderman 3”, “Piratas 3”, “Shrek 3”, y, por supuesto, a la endeblísima “Transformers”, “Harry Potter y la Orden del Fénix” no es, desde luego, una película para niños, por cuanto sus dosis de tenebrismo y truculencia la acercan más al cine de terror que al típico producto para infantes poco exigentes. A pesar de que el nuevo director, David Yates, se ve obligado a mantener el mismo tono de las cuatro entregas precedentes, es evidente que lo que le interesa no son ni los obligados pero cada vez más insulsos momentos de comedia a costa de la familia muggle de Harry (sus tíos y primo) ni tampoco el inevitable despliegue de rayos y explosiones (que, aunque dosificadas en el resto del film, perjudican su desenlace dramático). Lo principal para Yates es el trabajo de sus actores, y no me cabe duda de que, desde este punto de vista, esta quinta parte es la mejor de todas. No sólo Daniel Radcliffe (el adolescente mejor pagado del Reino Unido) y sus colegas de aventuras y hechicerías (Emma Watson y Rupert Grint) actúan con más solvencia y naturalidad que de costumbre. Sus ilustres acólitos (Maggie Smith, Alan Rickman, David Thewlis, Brendan Gleeson, Emma Thompson y Robbie Coltrane) ofrecen unas actuaciones que hacen del minimalismo un arte total, y hay que descubrirse ante el excelente Michael Gambon (Dumbledore), sorprendentemente expresivo a pesar de su economía gestual, el entrañable Gary Oldman (más que un padrino, un verdadero padre para el joven Potter), y, sobre todo, la sensacional Imelda Staunton, cuya Dolores Umbridge, nueva directora de Hogwarts en detrimento del cesado Dumbledore, es capaz de resultar cómica, odiosa, ominosa y patética, todo a la vez, sin casi pestañear. Un grandísimo trabajo de esta actriz, que espero se vea recompensado en forma de premios.

Si ya en el film anterior, “Harry Potter y el Cáliz de Fuego”, la saga lograba alcanzar altas cotas de madurez, es ahora cuando todo hace pensar que los “mayores con reparos” deberían asomarse a ella con los ojos bien abiertos. No se duerme en sus propios laureles, sus planteamientos son más humanos que mágicos y las emociones de su protagonista te llegan al corazón. “Harry Potter y la Orden del Fénix” es una correcta película y se merece vuestra atención.

Luis Campoy
Calificación: 7,5 (sobre 10)

jueves, 5 de julio de 2007

Cine: mi crítica de "TRANSFORMERS"

Hace un par de años, en algún lugar de la televisión, ví un anuncio en el que un coche de cuya marca y modelo no puedo acordarme se transformaba en robot gigantesco que, ni corto ni perezoso, se ponía a bailar. Este último invierno, aquel afortunado spot era objeto de una secuela en la que el susodicho vehículo se atrevía a patinar sobre hielo. Ambos anuncios estaban claramente basados en el concepto de la gama de juguetes “Transformers” desarrollado por la multinacional Hasbro, los cuales dieron origen a varias series de animación y a alguna que otra colección de comics, ninguna de las cuales, por cierto, cayó nunca en mis manos.

Animado, según se dice, por el hecho de que sus hijos juegan o jugaban con algunos de aquellos robots capaces de transformarse en todo tipo de vehículos, el llamado Rey Midas de Hollywood, Steven Spielberg, tuvo la brillante idea de orquestar una película de largo metraje basada en la popular línea de juguetes Como quiera que el proyecto no parecía lo bastante “serio” como para merecer su atracción total y absoluta, recuperó su faceta de productor (ya exhibida desde hace veinticinco años en títulos como “Poltergeist”, “Gremlins”, “Los Goonies” o “La Máscara del Zorro”) y contrató a Michael Bay, un director cuya carrera se ha cimentado sobre films de gran presupuesto cuya única pretensión es apabullar al espectador a golpe de acción trepidante y exhibición de cegadores efectos especiales.

Bay, habitualmente asociado al productor Jerry Bruckheimer (“Piratas del Caribe”), ha firmado, entre otras, “Dos policías rebeldes” y su secuela, “Armageddon” y “Pearl Harbor”, las cuales obtuvieron tan elevados taquillajes como rechazo por parte de la crítica. Paradójicamente, su obra más afortunada, cinematográficamente hablando, “La Isla”, fue la que obtuvo menores beneficios, por lo que el muchacho ha tomado la decisión de regresar al terreno que mejor conoce, y nada mejor que hacerlo poniendo en imágenes las andanzas de estas dos razas de robots alienígenas, los bondadosos Autobots y los pérfidos Decepticons, capaces de ocultarse bajo la apariencia de simples coches, todoterrenos, aviones, helicópteros o incluso radiocassettes.

Lo primero que hay que alabar de “Transformers”, la película, es su generosidad. Gracias a ella, “Spiderman 3” parece una obra maestra del drama y la introspección psicológica, “Piratas del Caribe 3” se antoja el súmmum de la diversión y el entretenimiento y “Shrek 3” se convierte en paradigma de la originalidad. Dicho de otra manera: “Transformers” posée uno de los guiones más estúpidos que soy capaz de recordar, sus diálogos deben ser los mismos que el hijo de Spielberg improvisaba cuando jugaba con sus robotijos a la edad de tres años, sus actores humanos (con una única excepción) merecerían ser aniquilados de la faz de la tierra y su mastodóntica duración debería haber sido aligerada como mínimo en cuarenta y cinco minutos, más o menos el tiempo que suman las escenas en las que no aparecen en pantalla los robots protagonistas.

¿Por qué en un film de las características de “Transformers”, basado única y exclusivamente en sus maravillosos, alucinantes, fascinantes y magistrales efectos especiales (lo digo en serio), se pierde tanto tiempo en presentar a una serie de personajes humanos carentes del más mínimo interés? ¿Por qué nadie se dio cuenta de que sólo las secuencias en las que los robots copan la pantalla tienen garra, tienen enjundia, merecen la atención del público? ¿Por qué actores consagrados como Jon Voight o John Turturro se rebajan a hacer el imbécil a cambio de embolsarse unos cuantos milloncejos de dólares? Espera… ¿he dicho “dólares”? ¿Será ésta la razón por la cual Turturro, Voight o el propio Spielberg renuncian a la calidad tan sólo para que sus cuentas corrientes engorden voluminosamente? Tal vez haya otra explicación, otra razón por la que “Transformers” será recordada. Esta razón se llama Shia LaBeouf y es un joven actor que aquí encarna a Sam, el protagonista, y que desde hace un mes está interpretando, a las órdenes del propio Steven Spielberg, al hijo de Harrison Ford en “Indiana Jones IV”, que empezó a rodarse en Junio. LaBeouf tiene un físico anodino y carece de sex appeal, pero se sale de la pantalla cada vez que tiene ocasión. Un chico talentoso con grandes dotes para la improvisación, que, si elige mejor sus proyectos, puede llegar muy alto.

Meted en una cocktelera “Godzilla”, “Armageddon”, “Mars Attacks” y “Terminator”: éso es “Transformers”. Su look visual, su acabado técnico y su diseño de producción son de matrícula de honor, pero la utilización estrictamente cinematográfica que hace de estos factores merece un suspenso. Pretende resultar graciosa, pero se queda en ridícula, y su pueril retrato de la familia y las instituciones norteamericanas (¿desde cuándo el “Secretario de Defensa” se convierte, a la usanza española, en “Ministro de Defensa”) parecería estúpido si no fuese tan intrascendente. Si sus apoteósicos efectos especiales no necesitasen a gritos la pantalla grande del cine, os recomendaría que os esperáseis a que salga editada en DVD, para poder saltaros todas y cada una de las secuencias en las que los robots no acaparan toda la atención.

Calificación: 4 (sobre 10)
Luis Campoy

martes, 3 de julio de 2007

Miro la vida pasar


Como sentado en el borde de un instante detenido en el tiempo, algunas veces, si consigo abstraerme lo suficiente, puedo ver mi vida pasar. Todos los errores, los pocos aciertos, la sombra de las penas y el brillo de las alegrías. Alguien me escribió el otro día que, a fuerza de caerte una y otra vez, las caídas van doliendo cada vez menos. No sé si esto es exactamente así, pero es evidente que a todo acaba por acostumbrarse uno…. incluso a fracasar. También depende de lo alta que esté la nube desde la que te caes, pero es cuestión de acolchar el fondo del pozo con cojines rellenos de paciencia y recosidos con hilo de esperanza. En cualquier caso, hay que aprender a tener la mente abierta y no negarse la posibilidad de reconvertir una derrota traumática en una victoria matizada. Mientras los sentimientos persisten, todo es posible. Cualquier forma de relación es válida mientras las partes interesadas estén dispuestas a mantenerla. Dicen que la vida siempre consigue abrirse camino, por muy infranqueables que parezcan los obstáculos que la acorralan, y puede que tengan razón. Por éso, ahora, que aún estoy vivo, ahora que aún me apetece vivir, he decidido que, aunque la puerta se haya cerrado, hay que intentar dejar la ventana abierta, y permitir que, de algún modo, la inercia del pasado sea el combustible del motor del presente. Al menos, hasta ver qué pasa.

lunes, 2 de julio de 2007

Cine: mi crítica de "SHREK TERCERO"


Los meses de Mayo y Junio de 2007 han sido escenario del estreno de las terceras partes de algunas de las sagas más taquilleras del Hollywood actual. Primero llegó “Spiderman 3”, a continuación “Piratas del Caribe: En el Fin del Mundo” y ahora lo hace “Shrek Tercero” (bueno, también se ha estrenado “Ocean’s 13”… pero esa es otra historia). Si algo tienen en común las tres continuaciones citadas es su alarmante descenso de calidad respecto a las películas que las precedieron, lo cual no debería sorprender a ningún creyente en el viejo refrán español acerca de que “Nunca segun… perdón, terceras partes fueron buenas”.

En el caso concreto de “Shrek Tercero”, aun admitiendo que me pareció menos mala de lo que me esperaba (algunas de las críticas de su estreno norteamericano habían sido devastadoras), sí es verdad que adolece de un guión muchísimo menos inspirado que sus predecesoras y que se duerme demasiado felizmente en sus propios laureles, pues es de todo menos original. Prácticamente todas las situaciones en las que se ven envueltos sus protagonistas (el ogro bueno Shrek, su esposa la ogra Fiona, sus amigos el Asno y el Gato con Botas) ya nos han sido narradas en los dos primeros episodios, en los cuales se sentaron las bases de sus caracteres, sus (inter)relaciones y hasta la naturaleza de los chistes o gags que protagonizan, los cuales adolecen de una alarmante sensación de deja vu. Asímismo, y como sucedía en las citadas “Spiderman 3” y “Piratas 3”, se echa en falta un mayor y, sobre todo, mejor desarrollo de los nuevos personajes que se incorporan a la franquicia, en este caso el joven Artie (futuro Rey Arturo) y su mentor, el Mago Merlín. En este sentido, es particularmente llamativo el insalvable abismo que separa la caracterización absolutamente anodina de Artie, descrito como si se tratase de un tópico adolescente arrancado del siglo XXI con respecto a la del entrañable Shrek, cuya dimensión humana está basada en una muy hábil subversión de las características negativas asociadas a los ogros de los cuentos de hadas; pero claro, este mérito ha de ser imputado a los creadores del personaje, no a los descafeínados guionistas de esta tercera parte. También resulta más bien penoso el modo en que es desaprovechado el recurso de utilizar como villanos a los malvados de los cuentos de hadas, cuya aportación es, a la postre, menos que nula.

La verdad es que muy poco positivo puede decirse de este “Shrek Tercero”, a excepción de que, por lo menos, carece del exceso de pretensiones de “Spiderman 3” y de la excesiva duración de “Piratas 3”, lo que la hace, al menos ligera y fácilmente digerible. El humor transita los mismos cauces de irreverencia aburguesada de la segunda entrega, una vez superada la originalidad de la primera, y no es difícil para el espectador intuir el desarrollo argumental del film desde su mismo inicio: el reinado de Shrek Tercero como monarca de Muy Muy Lejano durará menos que un cartón de palomitas a la puerta del cine; el díscolo Artie accederá a asumir su destino como el heroico Arturo que luego sería cantado por Thomas Mallory; y, obviamente (todos habéis visto los machacones trailers) la casa de los ogros al amparo de la maloliente ciénaga se llenará de alegres monstruitos de color verde. Es justamente la escena en la que Shrek se aterroriza imaginándose sufrido padre de familia numerosa la que resulta la más hilarante de una película que sólo no defrauda a los más conformistas o los más pequeños, pero que deja mucho que desear a los ojos de quienes nos encariñamos con los simpáticos personajillos presentados en los dos primeros episodios de la trilogía.

Luis Campoy
Calificación: 5 (sobre 10)

"Líbanos", Señor, de este Gobierno y esta Oposición


Hace unos días fallecieron seis soldados españoles destacados en Líbano. Como era previsible, tan luctuoso suceso no ha pasado desapercibido para nadie, y ha servido para que los unos y los otros, los de siempre, se lancen los trastos a la cabeza con la misma virulencia a la que nos tienen acostumbrados. Los argumentos que les sirven como recíprocas armas arrojadizas son tan cansinos como nada edificantes, a saber: el PP critica al Gobierno por el mantenimiento de los contingentes militares todavía existentes en zonas calientes como el propio Líbano o Afganistán, así como por la torpeza de alguno de los encargados de logística de la accidentada misión (los necesarios inhibidores de frecuencia todavía no estaban instalados), mientras que el PSOE se defiende con el consabido “¿Ah, sí? Pues vosotros lo hicísteis aún peor con la invasión de Iraq y el incidente del Yak-42”. O sea, la política de hoy en día se parece mucho a un tira y afloja digno de cualquier patio de colegio, donde los niños ya están habituados a echarse en cara más o menos demagógicamente cualquier cosa que pueda servir para mancillar el historial o la hoja de servicios del rival. El hecho de que los seis fallecidos recientes participaran en una misión de paz auspiciada por la ONU y no en una invasión violenta e ilegal rechazada por Naciones Unidas (me estoy refiriendo, claro está, a la de Iraq) debería significar un matiz claramente diferenciador entre ambos sucesos, tanto que debería bastar por sí mismo para zanjar cualquier polémica. Sin embargo, las continuas chapuzas que la gestión zapateril está dejando para la posteridad posibilitan la existencia de innumerables fisuras por las que pueden colarse las puyas incansables de los peperos. Lo de los inhibidores (dispositivos que emiten una señal que impide el accionamiento de bombas a control remoto) no deja de ser sonrojante, por cuanto eran los españoles los únicos vehículos carentes de tal mecanismo de seguridad, circunstancia que, tal y como están las cosas, vamos a tardar mucho, mucho en olvidar. Tal vez sea cierto que tenemos lo que nos merecemos, porque una oposición tan machacona y a veces tan impresentable como la de Rajoy & Cía. sólo tiene cabida frente a un Gobierno descafeínado y desprestigiado como el que rige hoy nuestro país. Lo dicho: nuestros políticos son como niños malcriados que se pelean en el patio del colegio.