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jueves, 17 de mayo de 2007

El Fin de los Días


La habitación estaba a oscuras cuando mi mano, como siempre, echó a volar como un pájaro que busca a tientas su nido. "No", dijo una voz en la noche. Pregunté la razón, y enseguida reverberaron los motivos habituales. Pero esta vez había, además, una decisión tomada. Las historias de amor empiezan con un "Erase una vez..." pero no todas acaban con un "... y fueron felices y comieron perdices". A mí me encantan las perdices, y mi único anhelo en la vida era ser feliz, pero habrá que esperar a otra ocasión. Como no se trata de un juicio, no hace falta atribuir culpabilidades, pero sus hermanas menores, las responsabilidades, hace tiempo que quedaron repartidas. Lo triste es que la evidencia de los dos puntos de vista, las dos eternas versiones para la misma historia, hace que siempre quede en la boca el amargo regusto no sólo del dolor, sino también de un cierto grado de culpabilidad. Uno no puede ser del todo inocente si la persona que dice amarle le considera culpable de algo. En ese momento en que todo se termina y escuchas las explicaciones ajenas es cuando peor te sientes, porque descubres que aquéllo que creías estar haciendo bien, desde el otro punto de vista lo has venido haciendo fatal. Lo más lamentable es que la experiencia que se supone que la vida tenía que haberte otorgado casi nunca sirve de nada, los buenos propósitos se disolvieron hace tiempo en el ácido de la convivencia y la paciencia y la tolerancia no tienen ninguna recompensa. Nunca te esforzaste lo bastante, nunca luchaste lo bastante, nunca diste lo suficiente. O éso al menos es lo que se ve desde el otro lado del espejo. También existen determinados ingredientes de carácter económico que le dan un poco de sazón al asunto, pero hay que asumir que el amor puro y duro, de tan dulce, debe hacerse empalagoso hasta cuando se extingue. En mi lado de la cama y en mitad de la noche, extendí la mano (la misma que en el vuelo anterior había vuelto vacía), tomé el teléfono móvil y borré todos los mensajes que me mandó y todos los que le escribí, y, mientras los borraba, los iba releyendo por última vez. Nuestras dulces promesas, así como algunas quejas amargas, desaparecieron en la negra nada. Toca pasar otra página en el libro de la vida, toca volver a hacer las maletas, y ya nunca más Monchy y Alexandra me cantarán "Perdidos" como preámbulo de tiernas palabras susurradas como un beso con sabor latino.

2 comentarios :

MARISA dijo...

NO ABANDONES AMIGO, AUNQUE ESTA VIDA PAREZCA DE CHISTE, DE GOMA O DE BROMA... NO TE DEJES, NO TE ALEJES. Y AL FIN CONFIA EN QUE TODO LLEGUE Y TODO TE SUCEDA, QUE LO QUE ESPERAS, SE CUMPLIRA Y LO QUE ANHELES...OCURRIRA.

UN BESO

TU AMIGA

Ángel dijo...

Vaya hombre, hacía días q1ue no pasaba y es triste comprobar cómo se le ha puesto el patio. Lo siento. Ánimo y mucha fuerza.