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martes, 27 de marzo de 2007

Cine: mi comentario sobre "HANNIBAL, El Origen del Mal"


El veterano productor Dino De Laurentiis (77 añitos dedicados al Séptimo Arte) parece que pretende aferrarse al último clavo ardiendo que en su irregular trayectoria ha supuesto la saga de películas basadas en el personaje del psiquiatra caníbal Hannibal Lecter, creado literariamente por el escritor Thomas Harris y que hasta ahora había aparecido en tres films financiados por De Laurentiis: “Hunter” (1986),“Hannibal” (2001) y “El Dragón Rojo” (2002), esta última un “remake” o nueva versión de la citada “Hunter”. Paradójicamente, la única aventura de Lecter no producida por De Laurentiis fue la mejor de todas, “El Silencio de los corderos” (1990), una obra maestra del irregular Jonathan Demme que contó con las valiosísimas aportaciones de Jodie Foster y Anthony Hopkins, este último interpretando a Lecter con mucha más fortuna que Brian Cox, que le había dado vida en “Hunter”. El grandísimo éxito de “El silencio de los corderos” hizo que el veterano productor italiano recuperase los derechos sobre el caníbal, quien, nuevamente interpretado por Anthony Hopkins, regresó en “Hannibal”, secuela o continuación de “El Silencio…” en la que Jodie Foster hubo de ser sustituída por Julianne Moore y, posteriormente, en “El Dragón Rojo”, planteada como “precuela” o antecesora de “El silencio…” y en la que un Hopkins maquillado para PARECER más joven recreaba las circunstancias en las que Lecter fue confinado en su célebre celda del psiquiátrico mejor custodiado de los Estados Unidos.

En un deseo no sé si lícito o no de continuar exprimiendo la gallina de los huevos de oro, De Laurentiis y sus asociados (entre ellos, su hija) pretenden prolongar la saga con nuevas entregas de un Hannibal Lecter al que Anthony Hopkins no piensa volver a encarnar. Sin Hopkins al frente del reparto, la empresa parecía harto complicada, pues es obvio que ningún otro actor podría igualar su complejísima interpretación lograda a base de refinamiento, inteligencia, crueldad y sensibilidad prácticamente a partes iguales. Por eso se ha optado por una solución intermedia: seguimos con la saga de Lecter pero, para evitar las odiosas comparaciones con Anthony Hopkins, lo que hacemos es narrar la adolescencia de tan carismático personaje… al que obviamente ha de prestar su físico un actor muchísimo más joven.

Lo primero que llama la atención acerca de “Hannibal: El origen del mal” es la insólita endeblez de su base argumental, a pesar de venir nuevamente firmada por su padre literario, un Thomas Harris de 67 años que, definitivamente, ha conocido tiempos mejores. Que la nueva trilogía de “Star Wars” tuviese que plantear soluciones traídas por los pelos para justificar las acciones futuras de Darth Vader era más o menos asumible (después de todo, se trata de ciencia ficción para adolescentes, ¿no?), pero lo que ha hecho Harris con su Hannibal Lecter de 18 abriles es poco más o menos que infantilizar, puerilizar y trivializar a un personaje que no hace mucho fue elegido “el mejor villano de la historia del cine”. Creo que uno de los encantos del Hannibal que encarnó Anthony Hopkins era su carencia de sentimientos de culpabilidad, su ausencia de arrepentimiento, su maldad sin escrúpulos. Sin embargo, en esta nueva película se empieza por explicar/justificar por qué Lecter decidió que no bastaba con asesinar a sus víctimas, sino que también podía ser necesario o conveniente comérselas. Lo malo es que la solución aportada por Harris, que ya se insinuaba en un pasaje de “Hannibal” (a secas), la tercera aparición novelada del psiquiatra caníbal, está tan forzada que no sólo no es convincente, sino que desluce la fascinante malignidad que constituía el mayor atractivo del más famoso “psycho-killer” de la última década. Que a los que casi nos sentimos culpables de admirar tanto a un sér inhumano como el Hannibal de Hopkins se nos diga ahora que de niño era un inocente angelito que de repente se dedicó a zamparse a sus semejantes como ángel vengador de la muerte antropofágica de su dulce hermanita de cabellos de oro, parece casi un insulto a nuestra inteligencia. Además, la caracterización del jefe de los milicianos asesinos es tan simple, burda y esquemática, y la conducta de sus secuaces tan estúpida y cobarde, que parece como si las acciones injustificables de Hannibal debieran resultarnos admirables y no reprobables (algo que no sucedía en “El Silencio de los Corderos”, donde Anthony Hopkins era perfectamente digno de toda reprobación, y precisamente por ello resultaba tan fascinante).

¿A qué se deben los hábiles y felinos movimientos que tanto sorprendieron en el Lecter sexagenario de “El Silencio…”. A que, siendo joven, aprendió las técnicas de lucha de los antiguos guerreros samurai, nos dice Thomas Harris (y yo me río). ¿Y quién mejor que la joven y bella viuda japonesa de su tío para adiestrarle? (lo siento, ahí sí que me carcajeé en el cine; si es que era como un “remake” de “Karate Kid”…) Y ya puestos, ¿cómo desperdiciar la ocasión de insinuar un romance con tan aguerrida dama (que se convertirá en cómplice o aliada del héroe/villano, en la mejor tradición de las novias-vampiro que acababan apoyando al Conde Drácula de turno)?. Ah, y ¿cómo rellenar dos horas de metraje con un argumento que no daba ni para hora y media? Pues muy fácil: ya que la cosa empieza en la Segunda Guerra Mundial, nada mejor que incluir una absurda subtrama relacionada con la persecución de antiguos criminales nazis ( o pro-nazis).

Ahora bien: si decepcionante me resultó el guión (posteriormente convertido en novela) urdido por Thomas Harris, hay que reconocer lo estimulante que me pareció la puesta en escena de Peter Webber, autor de la apreciable “La Joven de la Perla”. No pueden hacerse muchas maravillas con una mala base literaria, pero la verdad es que Webber casi lo consigue. Tampoco puedo decir que el joven Gaspard Ulliel salga ni siquiera medianamente airoso de su inevitable comparación con Anthony Hopkins (probablemente uno de los mejores actores del mundo en la actualidad), pero es preciso admitir que su composición es, cuando menos, notable. No puede decirse lo mismo de Gong Li, que se limita a hacer “de japonesa”, ni del policía que interpreta Dominic West, totalmente plano y nada creíble. El que sí me sorprendió fue Rhys Ifans, el amiguete “enrollado” de Hugh Grant en “Notting Hill”, y que aquí interpreta muy esforzadamente al villano de la función.

“Hannibal para adolescentes”, debería haberse titulado esta película, diseñada más para quienes convierten en éxitos a películas que rozan el gore como “Saw” que para los espectadores potencialmente cultos de films muchísimo más complejos como “El Silencio de los Corderos” y “Hannibal”. Hubiera sido preferible que el doctor Lecter no regresara a las pantallas, pero mucho me temo que Dino De Laurentiis, un productor que disfruta de su último gran éxito, hará todo lo posible por contradecirme, así que me temo que no será la última vez que veamos cómo el joven Hannibal desmitifica a la versión adulta de un personaje a quien odiamos amar.


Luis Campoy
Calificación: 6,5 (sobre 10)

domingo, 25 de marzo de 2007

Cine: mi comentario sobre "300"


“Espartanos… esta noche cenamos en el Infierno”. Con esta sencilla frase, escueta pero brutal, llena de valor y de estoicismo, podría definirse el espíritu de “300”, la película de moda, el film que está rompiendo taquillas allá donde se estrena.

Nos hallamos en el año 480 antes de Cristo. Todo el mundo conocido está siendo sometido por el todopoderoso emperador de Persia Jerjes I. ¿Todo…? ¡No! En el seno de la pacífica Grecia, un paraíso de las artes, la política y la cultura en general, existe un pueblo habitado por guerreros cuyo único destino en la vida es ser válidos para el combate, aptos para la guerra, sanos, fuertes y con un valor a prueba de cualquier amenaza. Los espartanos NO podían ser débiles, enfermizos o cobardes, porque ya desde muy niños eran sometidos a brutales pruebas a las que sólo sobrevivían aquéllos que fuesen realmente dignos de ostentar orgullosos el nombre de su patria. Ante el demoledor avance de Jerjes, auténtica apisonadora de naciones y culturas, sólo el rey de Esparta, Leónidas, se atrevió a hacer frente a un ejército abrumadoramente superior, al que contuvo durante largos días en un angosto desfiladero conocido como Las Termópilas (en griego, las “puertas calientes”, apelativo debido a los manantiales de aguas termales que por él discurrían). Ante el poderío militar persa, cuyos efectivos superaban los cientos de miles de hombres, Leónidas opuso únicamente a lo más granado de sus guerreros, su guardia personal, los mejores de entre sus hoplitas (soldados de infantería pesada): los 300.

¿Heroísmo o suicidio? ¿Sacrificio o estupidez? Durante más de dos mil años, la Batalla de las Termópilas ha sido objeto de estudio y aun de mitificación entre los amantes de lo antiguo, aquellos que, como un servidor, a pesar de no haber recibido una educación espartana, sí tuvimos la suerte de educarnos en un sistema en el que era obligatorio conocer, al menos superficialmente, la civilización, la cultura e incluso el idioma que nos legaron los griegos y los romanos. Otro que debió educarse de forma parecida fue el autor de comics Frank Miller, que en 1998 publicó su versión de la gesta inmortal de Leónidas y los suyos, con el escueto título de “300”. Ganadora de los principales premios Eisner (equivalentes al Oscar en el mundillo tebeístico), la novela gráfica de Miller narraba más o menos fielmente los hechos que acabamos de exponer, pero lo hacía con una “caligrafía” tan cinematográfica, con una visualización tan épica y tan dramática, que sus viñetas parecían auténticos “storyboards” (dibujos en los que los directores de cine reflejan previamente los planos que luego van a rodar), por lo que estaba más o menos cantado que “300” tendría a no mucho tardar su correspondiente versión en celuloide.

Nueve años después de la publicación del comic, “300”, la película, es una realidad. Una realidad de proporciones épicas, que está obteniendo un éxito indiscutible. Pero ¿cuáles son las razones reales de este triunfo? Si miramos el reparto del film, veremos que entre sus actores no hay una sola megaestrella del firmamento hollywoodiense. Tampoco el director es demasiado conocido, y, de hecho, ésta es tan sólo su segunda película (“Amanecer de los muertos” fue la primera). La clave, pues, habría que buscarla en el origen mismo del evento, un tebeo que excede ampliamente el concepto peyorativo que en ciertos ambientes se tiene de las obras construídas en base a dibujos y “bocadillos” (los “globos” en los que se leen los diálogos o pensamientos de los personajes). “Noveno arte” se ha dado en llamar al comic; noveno, puede ser, pero ARTE al fin y al cabo, con mayúsculas. Respetando de un modo reverencial todas y cada una de las viñetas dibujadas por Frank Miller (en realidad, tal y como apuntaba en el párrafo anterior, las viñetas han servido como storyboards para la composición de los planos del film, algo que ya sucedió con la adaptación de “Sin City”, también obra de Miller, que llevó a cabo Robert Rodriguez), el realizador casi novato Zack Snyder construye una epopeya que en más de un momento adquiere tintes casi de obra maestra, merced a una combinación infalible de elementos tan determinantes como la narración literaria, la interpretación de los actores, la fotografía y la banda sonora, todas ellas sobresalientes.

Los verdaderos enemigos de Leónidas y sus 300 hoplitas no son el emperador Jerjes y sus cientos de miles de soldados persas, sino las evidentes y casi insultantes deudas que “300”-película contrae no con el comic del que bebe su esencia existencial, sino con tres o cuatro films anteriores cuya estética cinematográfica copia descaradamente. “Gladiator”, de Ridley Scott, es el referente número uno. La textura de la fotografía diseñada por Larry Fong, que trata de reproducir la tonalidad de la historieta original, no pierde la ocasión de plagiar los tonos ocres y la luminosidad “quemada” que constituyó una de las principales aportaciones estéticas de “Gladiator”. Pero no sólo éso: no una, sino cuatro o cinco veces aparecen los mismos campos de trigo con los que soñaba el gladiador Russell Crowe, mientras de fondo suena una música susurrada por una voz femenina que mimetiza los gorgoritos de Lisa Gerrard en la banda sonora del film de Scott; demasiadas coincidencias, ¿no?. Por si fuera poco, la forma de visualizar las batallas, narradas con una “originalísima” mezcla de ralentís y aceleraciones, está también calcada de “Gladiator”, que, a su vez, se había tomado la libertad de inspirarse en los (en su momento) innovadores efectos especiales de “Matrix”. Asimismo, el plano en que se muestran los cientos de navíos persas que se aproximan remite indefectiblemente a una imagen similar de “Troya”, la caracterización de los soldados espartanos es tan parecida a la de los macedonios de “Alejandro Magno” que algunos de sus actores parecen hermanos gemelos y, por último, el fantasma de la espléndida batalla de los Campos de Pelennor de “El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey” está presente en los combates más espectaculares de “300”.

A pesar de que lo que acabo de exponer en el último párrafo no deja de ser cierto, la verdad es que yo, que había leído con fervor y admiración el comic de Frank Miller, disfruté de “300”, la película, tanto como hacía tiempo que no disfrutaba en una sala de cine. Sí, la violencia que destilan sus imágenes es salvaje y brutal (decapitaciones, mutilaciones, empalamientos, etc.), pero no olvidemos que se trata de un tebeo llevado al cine, y en ese territorio que es al mismo tiempo papel y celuloide me parecen permisibles determinados actos violentos que me chocaron en “Apocalypto”, de Mel Gibson, que se suponía estaba narrada de un modo más realista. También llega a hacerse un poco cansino el premeditado look de absolutamente todo el film, donde todos los colores están atenuados con el fin de que tan sólo destaquen los tonos rojos de las capas de los espartanos, y los fondos cantan de lo lindo a artesanía digital (los actores rodaban sus escenas frente a pantallas azules que luego serían “decoradas” por los magos de la informática)… pero basta con que uno acepte que lo que ve no pretende ser real, sino una especie de fábula mitológica, para que la película cobre una nueva dimensión. Originales o plagiadas, las secuencias de batalla y combate y cuerpo a cuerpo están maravillosamente coreografiadas; los desconocidos actores hacen de la discreción un valor insuperable y el protagonista, Gerard Butler (“El Fantasma de la Opera”) concibe un Leónidas tan fascinante en su valentía, su socarronería y su incuestionable carisma que no sólo deberá convertirse en auténtica estrella a partir de este momento, sino que casi dan ganas de morir luchando junto a él. Me ha encantado “300”, y, en cuanto salga editada en DVD, pienso comprármela para verla… trescientas veces (más o menos).


Luis Campoy
Calificación: 9 (sobre 10)


Nota: la versión original de este artículo la he redactado para mis amigos del fanzine "Club 9" editado por la librería "NOSOLOCOMIX" de Lorca.

viernes, 23 de marzo de 2007

Peligro inminente

La última astracanada político-judicial que ha conmovido a nuestra sociedad no va a quedar impune, como era de prever. Claro que ¿hasta dónde están dispuestos a llegar algunos en su deseo de deslegitimar al precio que sea al Gobierno legítimamente elegido por la mayoría de los españoles el día 14 de Marzo de 2004?.

El pasado miércoles, el líder de la ilegalizada Batasuna, Arnaldo Otegi, debía comparecer en la Audiencia Nacional para ser juzgado por un delito de enaltecimiento del terrorismo. Sin embargo, de forma sorpresiva, inesperada y escandalosa, el exbatasuno fue puesto en libertad. Indignante, sí. Repugnante, también. Pero ¿es realmente lógica, sensata y consecuente la inmediata reacción del principal partido de la oposición?.

Muchas veces he manifestado una actitud crítica hacia algunas decisiones llevadas a cabo por el Gobierno del señor Rodríguez Zapatero. En más de una ocasión he expresado mi convicción, nacida en el seno de mi pensamiento liberal, algo zurdo pero siempre pacífico, de que lo mejor para España sería que las elecciones de 2008 las volviese a ganar el Partido Socialista, si bien ninguno de los actuales dirigentes, sin excepción, debería repetir como ministro y mucho menos como máximo mandatario. ¿Qué se le va a hacer? Uno es un idealista de los de utopía en ristre y sueños a flor de piel. Pero yo jamás permitiría que ninguna de las “collejas” que a mí me gustaría repartir a diestro y siniestro (o, mejor dicho, a diestros y siniestros) tuviera las repercusiones cada vez más ominosas que los señores del Partido Popular están sembrando con tanto odio como tenacidad.

Sí, ODIO, odio es la palabra que mejor definiría al conjunto de sentimientos que Rajoy y sus huestes están propagando, semana a semana, día a día, entre sus acólitos y simpatizantes. Vale que el PSOE está haciendo mal muchas cosas. Vale que las últimas decisiones relacionadas con el terrorismo (casos De Juana y Otegi) son realmente bochornosas, cuando no simplemente irritantes. Pero la respuesta de la Derecha española (desde el PP hasta la Iglesia católica, pasando por los medios de comunicación rendidos a la doctrina pseudoneotradicionalista) está alcanzando unas cotas de crispación, arrogancia e irresponsabilidad que van a tener terribles e imprevisibles consecuencias si alguien no hace algo por aplacar un poco los ánimos.

Por obra y gracia de quienes, egoístamente, avariciosamente, injustamente, se consideran dueños y señores de la conciencia patriótica, de la bandera rojigualda y del significado de la españolidad, el fútbol ha quedado relegado a un segundo plano como principal entretenimiento de miles o millones de ciudadanos que ahora prefieren dedicar sus tardes de sábado a acudir a la manifestación semanal que convocan los representantes de un Partido Popular que ha perdido el rumbo mucho más notoriamente que sus rivales al otro lado del espectro ideológico. Porque, si bien es cierto que el PSOE de Zapatero y Rubalcaba ha cometido innumerables errores en su pretensión no siempre defendible de erigirse en defensores de la igualdad, profetas de la tolerancia y vencedores del terrorismo (aunque no parezcan sino títeres o rehenes de este último fenómeno), no es menos cierto que Rajoy, Acebes, Aznar y compañía están tensando tanto y tanto la cuerda de la estabilidad y de la paz que, o mucho me equivoco, o cada día estamos más cerca de que estos valores tan necesarios como delicados, tan valiosos como irrenunciables, acaben rotos, desgarrados, en cada uno de sus filamentos.

Lo peor de todo, y lo digo para quienes sean lo bastante ingenuos como para creerse que los peperos se mueven en aras de inmarcesibles ideales patrióticos y ultracatólicos, es que el fin último que persiguen don Mariano y los suyos no es otro que recuperar el poder a toda costa. De Juana, Otegi, la rendición de Navarra, el Estatut de Cataluña, la enseñanza religiosa, los matrimonios entre personas del mismo sexo y las adopciones por parte de parejas homosexuales no son sino simples argumentos, meras excusas, para desatar una campaña de acoso y derribo a un gobierno democrático y legal. No recuerdo, en toda la historia reciente de nuestra Democracia, un caso semejante de irresponsabilidad, de intolerancia, de desprecio hacia la mayoría de españoles (sí, la mayoría) que no piensan como ellos. ¿Es que no se dan cuenta de lo que están consiguiendo? Nunca como ahora quienes critican a un presidente del Gobierno en activo se habían atrevido a emplear expresiones tan virulentas y soeces; nunca como ahora había sido tan evidente que lo de las “dos Españas” no es ni mucho menos una lacra del pasado; nunca como ahora la gente había estado tan dispuesta a hacer “algo” para impedir que quienes les dirigen finalicen su trayectoria de cuatro años. ¿O sí?. Cada día que pasa, las cosas que escucho y que veo me recuerdan más y más a los sucesos acaecidos en este mismo país en los días previos al llamado “Alzamiento Nacional” de 1936 (por favor, dejémonos de cobardes eufemismos y en lugar de “alzamiento” atrevámonos a decir “golpe de estado”). La discrepancia ha dado paso a la enemistad, y ésta ha abierto las puertas al odio fratricida. En realidad, la oposición no tiene el menor interés por ayudar, por resolver problemas o por respetar la Constitución. En realidad, todo ésto es un juego peligroso, peligrosísimo, que algunos han comenzado pero que nadie sabe cuándo ni dónde acabará. Y, cuando acabe, si acaso acabara como parece que algunos están deseando que acabe, os aseguro que muy pocos recordarán a Carod Rovira, a De Juana y a Otegi.

martes, 20 de marzo de 2007

Microcosmos

Es curioso cómo las desgracias, más aún que las alegrías, unen a las personas. El dolor, más que la felicidad, hermana a los seres humanos, acerca sus lejanías, minimiza sus diferencias.

El domingo por la noche, mi novia se encontró mal. Una vez cumplido el requisito número uno al que la lógica obliga (buscarse bien), le pregunté cuáles eran los síntomas que padecía, y me resultaron algo inquietantes: un dolor en el centro del pecho y una sensación de ahogo; por lo menos, no tenía náuseas, vómitos, mareos, dolor de barriga ni había sufrido la pérdida de la regla, pero el hecho de que pudiese tratarse de un trastorno remotamente relacionado con el corazón (en el sentido físico de la palabra) me llevó a proponerle que fuéramos de inmediato al hospital. En principio se opuso, y durante un rato pareció que las molestias cesaban… hasta que, minutos después, regresaron, junto con mi inquietud. Procedía, pues, ignorar sus reparos originados por la galenofobia (ignoro si existe esta palabra, que significaría “miedo o aversión hacia los médicos o galenos”; si no existe, quiero que, si la utilizáis de ahora en adelante, abonéis en mi cuenta corriente los correspondientes royalties o derechos sobre mi autoría intelectual), y llevarla al hospital más próximo… aunque tuviera que ser a rastras, que en un caso como éste, peor trato es la dejación que la imposición.

Eran poco más de las nueve de la noche cuando llegamos al pabellón de Urgencias del Hospital Rafael Méndez de Lorca. Para empezar, el aparcamiento reservado a los vehículos que transportaban pacientes que precisaban atención médica urgente estaba lleno a reventar. Cuando finalmente pude aparcar el coche, mi pareja ya había dado sus datos a un administrativo taciturno que la invitó a aguardar turno en una sala de espera que era, en sí misma, un auténtico microcosmos.

En principio, ni siquiera tuvimos la opción de sentarnos, porque todos y cada uno de los asientos existentes en la sala estaban ocupados. Paradójicamente, a pesar de que se trataba de la sala de Urgencias, ninguno de los allí presentes presentaba síntomas aparentes de necesitar vehementemente la atención de un médico. De hecho, la primera impresión era que los supuestos enfermos se habían llevado a un mínimo de tres acompañantes cada uno, con los cuales departían animada y distendidamente. Allí había de todo. Como estamos en España, había muchos españoles, pero, al igual que sucede en nuestra sociedad, el número de inmigrantes ecuatorianos que esperaban ser examinados era altísimo, tanto que, en según qué momentos, podría parecer que estábamos en Quito, Guayaquil o Machala y no en Lorca, Murcia, Spain. Pero no estábamos solos aquéllos que hablábamos español. También podía reconocerse a algunos ciudadanos de allende el estrecho, concretamente de la zona del Magreb (o sea, moros, dicho con cortesía y respeto), alguno de los cuales se había abandonado en brazos de la deidad árabe equivalente al pagano Morfeo.

A lo que íbamos: mi novia tuvo que esperar media hora hasta que la llamaron para ser reconocida, y éso a pesar de que sus síntomas podían interpretarse como próximos a una posible cardiopatía. El médico de guardia (también latinoamericano) la despachó con cuatro preguntas y le comunicó que dentro de unos minutos la llamarían para hacerse un electrocardiograma. Los minutos se convirtieron en MUCHOS minutos, y, media hora después, vocearon de nuevo su nombre, citándola en uno de los boxes, en el que ya aguardaba un joven ATS, lleno de ilusión y de ganas de ayudar al prójimo, sobre todo si el prójimo era mujer y accedía a desnudarse completamente de cintura para arriba, a pesar de que, cuando su petición no fue atendida en su totalidad, bastó con colocar los electrodos en los amplios territorios de piel femenina que no cubría un sujetador que no era necesario que dejara de sujetar lo que estaba sujetando hasta ese momento.

Una vez finalizado el electrocardiograma (“electro” para entendidos y para rácanos fonéticos), regresamos al ya conocido microcosmos al que antes me refería, donde, esta vez sí, pudimos sentarnos para esperar de forma más llevadera a que se nos llamara para darnos los resultados de la prueba. A medida que la noche avanzaba, se advertían pequeños claros en cuanto a la afluencia de pacientes cuya paciencia iba a ser sometida a prueba (bueno, por eso se llaman “pacientes”, ¿no?), pero los que llegaban no llegaban solos. Ya lo dije hace unos párrafos: los enfermos debían llevar su enfermedad muy en secreto y con mucho estoicismo (los únicos que aparentaban necesitar atención urgente eran un muchacho y una anciana, y si lo aparentaban era tan sólo porque estaban sentados en sendas sillas de ruedas), y mitigaban su ansiedad charlando con una cohorte de acompañantes que les acompañaban solícitos para que no se sintieran solitos.

Eran más de las doce cuando se produjo el milagro. No el milagro de que nos llamasen para revelarnos el dibujo eléctrico del electrocardiograma, sino otro mucho más pedestre, mucho más humano, mucho más ilusionante. “Mira, ya no me duele el pecho y hasta respiro perfectamente”, dijo mi acompañada. “Por favor, vámonos de aquí, antes de que me ponga mala de verdad”. Era la quinta o sexta vez que me lo decía en el transcurso de las tres horas que llevábamos esperando a que alguien se molestara en informarle de si su corazón estaba sano o no, y en aquel instante se me acabaron los argumentos para tratar de convencerla de que nos quedásemos un ratito más. Ciento ochenta minutos después de haber entrado en Urgencias, abandonamos por fin las dependencias hospitalarias, con lo cual dos incómodos asientos quedaron libres en el seno de aquel pequeño universo demográfico atestado de españoles, sudamericanos y marroquíes, todos ellos hermanados por la enfermedad, o por la sospecha de la existencia de una posible enfermedad, o por la certeza de que a ciertas horas de la noche el cuerpo y el alma prefieren la compañía a la soledad. Nunca sabremos si mi compañera esperaba un “electro” o una “electra”, pero, si nos descuidamos, un poco más y se nos pasan nueve meses mientras lo averiguábamos.

viernes, 16 de marzo de 2007

Comic: "THE ULTIMATES" vol. 2 número 6


No es la primera vez que hablo de “The Ultimates”… y seguro que no va a ser la última. Acaba de distribuirse en librerías especializadas el número 6 del volumen 2 de la edición española (que contiene los episodios originales 9 y 10), y, tras haberlo leído anteayer (o, mejor dicho, anteanoche), sigo todavía asombrado e impactado. En episodios anteriores se había iniciado una subtrama en la que, al tiempo que el gobierno estadounidense desarrollaba su habitual política intervencionista amparándose en el poder prácticamente imbatible de sus “Ultimates”, alguno de estos “vengadores definitivos” comenzaban a ser cuestionados o alejados del grupo. Así, Hulk/Bruce Banner era ejecutado (¿?), Thor quedaba confinado tras dudarse de su cordura y su autenticidad, Ojo de Halcón y su familia eran aparentemente masacrados y el mismísimo Capitán América era acusado de ser un topo, un traidor dentro de su propio grupo. En este número 6 que ahora tengo de nuevo entre mis manos se revela por fin el tremebundo complot imaginado por el guionista Mark Millar. Detrás de toda esta trama no está otro sino Loki, el Dios nórdico de la mentira y el engaño, aunque su responsabilidad, como sucediera hace muchísimos años en el origen de los Vengadores originales, sólo es la de ser mero catalizador. Quienes realmente tienen mucho que decir (y hacer) en contra de los Ultimates y el Gobierno de George Bush son los otros países sometidos, sojuzgados, invadidos y pisoteados por el imperialismo yanqui. Una poderosa fuerza de choque integrada por rusos, iraníes, chinos y afganos ha estado conspirando para duplicar el programa que confluyó en dotar a Norteamérica de protectores con superpoderes, y ahora disponen de sus propias versiones ultrapoderosas a los que sólo hubieran podido hacer frente unos Ultimates que, divididos y diezmados, van a tardar bastante en reaccionar. Momentos terriblemente impactantes como el derribo de la Estatua de la Libertad (remedando la demolición televisada de la efigie de Sadam Hussein), el asesinato del fiel mayordomo Jarvis, la huída de un Ojo de Halcón prisionero que se libera utilizando como armas sus propias uñas arrancadas (¡¡!!) o la amputación del brazo de Nick Furia van a permanecer en mi memoria durante mucho, mucho, mucho tiempo. Pero hablamos de un comic y no sólo hay que juzgar la historia, que ciertamente es realista (bueno, todo lo realista que puede ser una historia protagonizada por superhéroes y supervillanos) y podría inscribirse en el género de la política-ficción, sino también volver a quitarse el sombrero ante el prodigioso dibujo de Bryan Hitch, cuyo arte es digno de mirarse y de remirarse sin cansarse. Ya os dije que “The Ultimates” me entusiasma, y admirando este tebeo estoy seguro de que comprenderéis por qué.

jueves, 15 de marzo de 2007

Cine: mi comentario sobre "EPIC MOVIE"


“Epic Movie” significa, obviamente, “Película Epica”, aunque los norteamericanos no sólo denominan así a las cintas cuyo proceso creativo, duración o presupuesto las convirtieron en auténticas epopeyas del celuloide (“Lo que el viento se llevó”, “Ben-Hur”, “Cleopatra” o “Los Diez Mandamientos” serían los ejemplos más significativos del llamado “Género épico”·tal como aquí lo conocemos), sino también a casi todas los films que nosotros adjetivaríamos simplemente como “de aventuras”.

Tal y como reza la publicidad, “Epic Movie” ha sido perpetrada por alguno de los guionistas de “Scary Movie”, que ya de por sí constituyó una importante decepción creativa y cualitativa en su propósito de burlarse de determinados films de terror (con “Scream” a la cabeza), aunque su incomprensible éxito económico ha posibilitado la realización de tres secuelas.

En “Epic Movie” la mayor parte de los chistes (malos) son a costa de “Las Crónicas de Narnia: El León, la Bruja y el Armario”, cuya trama argumental se sigue de modo casi lineal, si bien otras muchas películas son también parodiadas, desde “El Código Da Vinci” a “Piratas del Caribe: El Cofre del Hombre Muerto”, pasando por “Superman Returns”, “Casino Royale”, “X-Men: La Decisión Final”, “Serpientes en el Avión”, “Super Nacho”, “Charlie y la Fábrica de Chocolate”, “Borat”o la saga de Harry Potter. Pero, ay, ni uno sólo de los muchos gags que tratan de no dar respiro al espectador tiene la más mínima gracia, y la mayoría de ellos están concebidos de modo zafio y grosero, abusando de la “sal gruesa” y concentrando toda su supuesta carga humorística en el habitual repertorio de tacos, fluídos corporales y demás lindezas.

Es una pena (qué feo suena esto de “una pena” en mitad de un artículo sobre una comedia) que un diseño de producción tan competente (hay que reconocer que es difícil, en una sola película, recrear con propiedad los decorados y vestuarios de tantísimos films como se parodian) y una partitura musical tan apañada se pongan al servicio de tan poquita cosa.

Una de las mayores virtudes (por no decir la única) de “Epic Movie” es su duración, menor de los habituales noventa minutos, y que al menos impide que nos dé tiempo a darnos cuenta de que los actores ni siquiera actúan, de que el guión no existe y de que las “estrellas invitadas” (como David Carradine) han puesto su nombre y su talento al servicio de una de las películas más estúpidas e inútiles que se han estrenado en los últimos tiempos. (Pero veréis cómo su innegable tirón popular nos obliga a tragarnos “Epic Movie 2” el año que viene).


Luis Campoy
Calificación: 3,5 (sobre 10)

martes, 13 de marzo de 2007

¿Feminismo Siglo XXI?

No hace demasiado tiempo, las cosas no eran como ahora. En una época todavía reciente, que ninguno de los que me estáis leyendo habéis vivido ni yo tampoco, pero que queda patente en los libros de Historia, los documentales y la memoria colectiva, las mujeres no eran iguales que los hombres. Es decir, por supuesto que eran iguales, pero socialmente no se las consideraba del mismo modo. Durante muchísimo tiempo, la única misión asignada a la mujer era la de satisfacer al varón, ya fuese como objeto sexual o como esclava-cocinera-limpiadora. Eran tiempos oscuros y los seres humanos que entre las piernas no portaban testículos dictatoriales tenían que asumir, sumisas, su condición de complemento, de apéndice, de comparsa, de media naranja que jamás podía aspirar a la condición de naranja completa. Por si alguien lo ignora, hay que recordar que hasta hace no muchos años las mujeres no podían tener propiedades a su nombre, ni pisos, ni coches ni nada, era de todo punto imposible que pudiesen concurrir como candidatas a unas elecciones (ni tan siquiera como número cuatro de la lista), e incluso les estaba prohibido el simple hecho de votar o sufragar en unas elecciones. Como consecuencia de todo ello, entre finales del siglo XIX y principios del XX, un movimiento de mujeres denominado precisamente “Sufragistas” comenzó en los Estados Unidos una lucha sin cuartel para obtener la ansiada y justa equiparación con sus homólogos masculinos. Nombres como los de Emmeline Pankhurst hicieron posible, con su tesón y con su sacrificio (muchas veces concretado en sus propias vidas) el que ahora, por fin, en la mayoría de los países civilizados del mundo, los caballeros y las damas sean considerados y tratados igual.

Sin embargo, ya en pleno siglo XXI, continúan existiendo ejemplares del sexo femenino que, por un quítame allá esos euros, no dudan en pisotear el legado de igualdad que sus precursoras tan dolorosamente les proporcionaron. Sé de muy buena tinta que muchas de las señoras y señoritas sudamericanas que acuden a esta España de Zapatero y Rajoy lo hacen con el propósito o la esperanza de encontrar un español que no sólo las mantenga sino que corra con todos sus gastos (y los de sus familiares más o menos directos). Estas personas pretenden conservar en nuestro país las mismas costumbres o tradiciones que al parecer existen en el suyo, y es que, según me cuentan, el sudamericano o latinoamericano medio todavía vive en los lejanos tiempos en que la mujer carecía de independencia o entidad propia, y era poco más o menos que una criatura desvalida a la que había que corresponder sus atenciones con dinero. Vamos, que casi todas las inmigrantes de Latinoamérica que nos honran con su presencia o bien disfrutan del protectorado económico de sus maridos o parejas, o bien ansían hallar un español que les proporcione idéntica seguridad… cuando no una seguridad aún mayor (y conste que he dicho casi todas).

Hoy he sabido de la existencia de improvisados gabinetes de asesoramiento que se erigen entre uvas y melocotones, entre coles y lechugas, a medio camino entre el agro y el firmamento. “Todos los españoles les entregan la paga a su mujer y ella es quien administra el dinero”, dice la docta voz de la sabiduría encarnada en Helena Francis de la horticultura. Instintivamente, y no para acariciar narcisistamente mi nalga, echo mano al bolsillo trasero del pantalón y saco mi cartera, de la cual extraigo tembloroso mi Documento Nacional de Identidad. Al dorso del mismo, un rótulo informa de que nací en Alicante, y sé de buena tinta que la ciudad de Alicante (Alacant para los valenciófilos) se halla ubicada en la provincia del mismo nombre, la cual pertenece a la Comunidad Valenciana, y esta última forma parte de un país llamado España. Coño, que soy español. Soy español, y he compartido años y años de mi existencia con alguna que otra mujer… pero nunca, nunca, le he entregado mi nómina a ninguna para que me la administre. Y tampoco mis amigos o conocidos lo hacen. ¿Será posible, pues, que sean “algunos españoles” y no “todos los españoles” los que deleguen en sus mujeres la administración de sus dineros? “No seas tonta, él debería mantenerte, a ti y a tus hijos”, prosigue la solícita asesora, con su rutilante y rubicunda sabiduría. ¡Jesús!. Juro por Snoopy, y hasta por Mafalda, que nunca jamás he sido ni seré un maltratador, pero… ¿un mantenedor? O sea, a ver si lo he entendido. ¿Realmente hay mujeres, descendientes de quienes fueron víctimas de las monstruosas y reiteradas injusticias del machismo, que propugnan ahora que lo lícito y lo lógico es que las trabajadoras que trabajan (y cobran) se guarden para sí mismas la integridad de su propia paga, en la creencia y la convicción de que su marido o su pareja las ha de mantener? Pero bueno….. ¡Qué perspicaz aplicación de la igualdad! (“¡Qué morro!”, diría el poeta.) Hombre y mujer trabajan los dos, pero la mujer se guarda su dinero bajo el sostén y el hombre ha de correr con los gastos de todo. Más que conservadurismo, eso me parece “caradurismo”.

Pero aún hay más. Resulta que la misma persona (que no creo que colabore con “Asesores sin fronteras”) pasa por ser, asímismo, toda una autoridad en materia legal, y ha debido mamarse todas y cada una de las sentencias de separación que a su disposición pone la jurisprudencia especializada. “Ningún español pasa a sus hijos más de cuatrocientos euros al mes”, afirma sin que a sus mejillas asome rubor alguno. Yo, cada vez más mosqueado, rastreo cual sabueso el extracto de mi cuenta corriente, y cuando localizo “Pensión Alimenticia: 634,36 euros”, lo primero que hago es volver a dudar de mi nacionalidad (pero ya he dicho antes que mi carnet no miente), y, acto seguido, maldigo mi suerte por no haber contado, en los azarosos días de mi separación, con la infalible inspiración de dicha aprendiz de leguleya. Mas aun nos queda un último comentario, tan sagaz que su aplastante lógica cae como pétrea losa sobre mi inocente tendencia a la tolerancia: “No sé cómo consientes que los hijos de tu pareja no se coman la comida que les preparas”. Hombre (mujer), yo soy persona de gustos afortunadamente abiertos, y, al igual que la cocina china, la mexicana o la turca, también me agrada la ecuatoriana, pero de ahí a tener que obligar a dos críos de siete y ocho años, poco comientes por naturaleza, a que devoren sin rechistar cualquier plato que se les ponga ante los ojos, contenga lo que contenga… “Es que a veces ni siquiera se comen las pizzas o las salchichas con patatas fritas”. Vale, y yo a veces no puedo acabarme los macarrones al horno, y éso que a) me encantan y b) incluso los he preparado yo. Quiero decir que puedo entender que a una cocinera (o cocinero) le duela en el alma que su exquisita cocina permanezca en el plato y no alcance el estómago de sus destinatarios, pero hace años que se abolió la Inquisición y lo de meter un embudo en la garganta de un niño queda como muy mal visto. No defiendo la anorexia, pero, joder, a mí también me da rabia dedicar horas y horas a escribir estos artículos y luego no ver sus entradas inundadas de comentarios, pero no me queda otro remedio que aguantarme, porque si uno tuviese que obligar a todo Dios a tragarse todo lo que escribe o todo lo que cocina, los fabricantes de embudos no darían abasto.

Pues eso. En los albores del Siglo XXI, en esta España sesgada por las rivalidades partidistas , en la misma España que vio nacer a Emilia Pardo Bazán y a Ana Belén y a Lucía Etxebarría, no faltan las mujeres que prefieren ejercer un feminismo sui-géneris cuya aviesa filosofía es: “El hombre y la mujer somos iguales y debemos cobrar lo mismo, pero el hombre ha de mantener a la mujer”. Olé tus güevos, querida amiga. Mas disculpa, había olvidado que vosotras no tenéis testículos, ni nosotros tetas, pues la igualdad es una cosa interna y no externa, la igualdad por la que tanto habéis luchado presupone gozar de los mismos derechos, pero también afrontar las mismas obligaciones, y eso incluye el pequeño detalle de que no debe haber mantenedores y mantenidas, sino personas que comparten los gastos como comparten la cama. Así, de paso, algunos hombres despejarían muchas dudas existenciales respecto a si sus parejas les quieren mucho o si, por el contrario, las mueven otro tipo de innombrales intereses.

domingo, 11 de marzo de 2007

Comic: "300", de Frank Miller


Hace muchísimos años, allá por 1979, tuve mi primer contacto con un tal Frank Miller, un señor cuyo nombre y apellido me recordaban al principal villano de “Solo ante el peligro”, aunque cambiando las pistolas por los lápices de dibujo. Miller, el artista, se ocupaba de los bocetos de un par de episodios de “Spectacular Spiderman” (publicado/masacrado en España en aquel entonces por Ediciones Vértice), y, francamente, no me pareció nada especial como dibujante. Definitivamente, no estaba a la altura de John Romita Sr., Gil Kane o Ross Andru (mis favoritos por aquel entonces), y su estilo me recordaba más a Sal Buscema, que no era precisamente santo de mi devoción. El caso es que debí equivocarme en mi primera apreciación acerca de él, porque enseguida fue subiendo más y más peldaños en el escalafón de los más reputados autores de historietas.

Su primer trabajo realmente importante lo realizó, sin embargo, para la Distinguida Competencia (es decir, DC Comics) y se trató de “Ronin”, actualización en clave post-apocalíptica del tema clásico del samurai sin rey ni patria. Pero es en su regreso triunfal a Marvel donde por fin se revela como un autor total. Primero se hizo con los lápices de la colección “Daredevil” (personaje que a la sazón ya acompañaba al Hombre Araña en los episodios arácnidos que citaba en el párrafo anterior), pero enseguida se atrevió a dar el salto a la categoría de guionista, con una obra titulada “Born Again” que fue de inmediato aclamada por la crítica. “Born Again” contó con libreto de Miller y dibujos de David Mazzuchelli, que se convertiría en uno de sus más fieles colaboradores, junto con la colorista Lynn Varley. Todavía en Marvel, Frank Miller nos dejaría otra muestra de su talento y habilidad para aunar calidad y comercialidad: “Elektra Asesina”, auténtica puesta de la largo de la aventurera ninja que se convertiría en pareja inestable de Matt Murdock/Daredevil.

En el mundillo del comic USA, es muy común que los autores vayan saltando de una editorial a otra, cual mercenarios del papel, y, así, dio la casualidad de que, de vuelta en DC, nuestro hombre obtuvo control total para elaborar la que, para muchos, sigue siendo su obra maestra: “Batman. El Regreso del Señor de la Noche”. Con esta saga obtuvo todos los premios habidos y por haber, y tanto sus guiones como su dibujo influenciaron muy poderosamente al director Tim Burton a la hora de realizar su primer (y taquillero) film sobre el Hombre Murciélago (1989), además de tener continuidad en “Batman: Año Uno” (guiones de Miller y dibujos de Mazzuchelli y “Batman: El Señor de la Noche Contraataca”). Pero Miller no se durmió en los laureles, y muy pronto presentó en sociedad sus nuevos proyectos: “Hard Boiled”, “Give me Liberty” y, sobre todo, “Sin City”, un tebeo en blanco y negro que recuperaba ambientes y personajes propios del cine policíaco pero con una violencia y brutalidad que enseguida convirtieron a esta obra en un comic de culto, como quedó patente en su adaptación cinematográfica de 2005, que co-dirigieron Robert Rodríguez y un ubicuo Miller. Por fin, en 1998, la editorial Dark Horse publica el nuevo y esperadísimo trabajo del cada vez más cotizado Frank Miller: “300”.

El pretexto argumental que Miller utiliza para su “300” es la celebérrima batalla de las Termópilas, una de las gestas más contadas y cantadas por los historiadores de la antigüedad, y que enfrentó a los griegos (más concretamente, los espartanos) contra los temibles invasores persas.

Estamos en el año 480 a.C. Grecia es un oasis de libertad, arte y cultura en un mundo oscuro y primitivo que el todopoderoso emperador Jerjes I de Persia pretende someter. Sin embargo, no todos los pueblos griegos se entregaban a las disciplinas de la política, la dramaturgia y la escultura. En el pequeño reino de Esparta, comandado por el rey Leónidas, desde tiempos inmemoriales se cultivan la disciplina, la austeridad, el sufrimiento y, en fin, el propio arte de la Guerra. Ante el peligro inminente que suponen los planes anexionistas de Jerjes, Atenas (capital de Grecia) pide ayuda a Leónidas de Esparta, que no duda en ponerse al frente de su minúsculo ejército de 300 hombres dispuestos a medirse a un rival que contaba, según algunas fuentes, con entre doscientos cincuenta mil y ¡un millón! de soldados bien pertrechados. La batalla definitiva se libraría en el paso de las Termópilas, un estrecho desfiladero donde los valerosos espartanos eran conscientes de que iban a sacrificar sus vidas con el único fin de retrasar brevemente el avance de los persas para dar lugar a que los atenienses pudieran reagruparse. No les importó: su sacrificio les llevó directamente a la gloria victoriosa que proporciona la Inmortalidad.

Dos años antes de que la película “Gladiador”, dirigida por Ridley Scott en 2000, volviera a poner de moda el género épico, variante “peplum” (aventuras protagonizadas por romanos y/o griegos sudorosos e hipermusculados), Frank Miller (asumiendo la total autoría del proyecto, ya que desempeñaba labores tanto de escritor como de ilustrador), se adelantaba a esta corriente con un comic poco menos que magistral, que se publicó en forma de mini serie compuesta por cinco entregas que vieron la luz entre mayo y octubre de 1998. “300” contaba, además, con la innovación de un formato apaisado necesario para recoger las páginas dobles que Miller había concebido. Por aquel entonces, aquel dibujante que me pareciera titubeante a finales de los setenta ya se había convertido en un artista de pulso preciso y trazo a veces minimalista, sublimando la parquedad expresiva de su obra cumbre “Batman: El Regreso del Señor de la Noche”. Para “300”, épica apología del valor y el honor, Miller optó por prescindir del auténtico rigor y objetivismo históricos, y desoyó las descripciones científicas de quienes se referían a los espartanos como soldados acorazados, cuyo éxito estribaba en que combatían tan juntos que los escudos y armaduras de cada hombre conformaban un baluarte prácticamente inexpugnable. Frank Miller prefiere visualizar a sus héroes según la idealizada iconografía de las esculturas helénicas: musculosos, totalmente depilados y ataviados con exiguos taparrabos, cuando no completamente desnudos bajo sus amplias capas de color carmesí.

También en lo narrativo se permite Miller tomarse algunas licencias, pero es incuestionable que la caracterización moral de los tres personajes principales (el valeroso Leónidas, el insaciable Jerjes y el traidor Efialtes) está plenamente lograda, con un lenguaje que alterna la veneración hacia los textos clásicos con la inclusión de ciertas concesiones a una especie de jerga coloquial más bien impropia de la época. Tampoco es muy acertada la visualización de Jerjes, o al menos resulta poco o nada verosímil, aunque sí consigue ser exótica y amenazadora. El doble formato de página permite al Miller dibujante lucirse con algunas composiciones especialmente afortunadas, aquéllas en las que se glorifica el imponente brío de los espartanos, todo ello potenciado por el excelente coloreado de la habitual Lynn Varley.

En la entrega de los Premios Eisner (algo así como los Oscar del comic) de 1999, “300” obtuvo la mayoría de los galardones principales: Mejor Serie Limitada, Mejor Guionista/Dibujante y Mejor Color. Justo reconocimiento a una obra de proporciones épicas que acaba de ser llevada al cine con Zack Snyder como realizador y el actor Gerard Butler encarnando al rey Leónidas, cuyo estreno en España está previsto para este próximo viernes, día 23 de marzo. Yo ese día pienso sentirme espartano, ¿y vosotros?.

viernes, 9 de marzo de 2007

La muerte del Capitán América


Hoy mismo acabo de enterarme… y deseo fervientemente que no sea verdad (aunque sé que sí lo es), o, al menos, que se trate de algo eventual o pasajero.

Ahora es el Capitán América quien ha muerto.

Hace unos años le tocó el turno a Superman, aunque todo fue fruto de una estrategia comercial de DC Comics. Sí, la saga en la que el Hombre de Acero moría (a manos de Doomsday) resultó maravillosamente trágica, con dibujos de un Dan Jurgens en plena forma, pero tras ella sobrevino otra macro-saga titulada “El Reinado de los Superhombres”, después de la cual el último hijo de Krypton volvía a la vida, más cachas que nunca. Asimismo, en Marvel acababan de matar a mi adorado Spiderman (lo comentábamos aquí apenas hace unas semanas), también como pretexto para una hiperpoderosa resurrección.

Lo del Capitán América parece que va en serio, o al menos éso ha declarado Joe Quesada, el editor en jefe de Marvel. Al parecer, una figura como Steve Rogers, que en su uniforme personifica los colores y las estrellas de la bandera norteamericana y cuya ideología, en según qué momentos, ha coqueteado peligrosamente con el más prepotente imperialismo yanqui, está más bien desfasada en el seno de la sociedad y cultura actuales, así que se ha tomado la decisión consensuada de eliminarlo. Personalmente, discrepo rotundamente de esta medida (como si a alguno de los jerifaltes de la editorial le importase un rábano mi discrepancia), y más aún después de que el año pasado ya se “matase” a otros varios Vengadores (supergrupo liderado por el Capi), como el segundo Hombre Hormiga, Sota de Corazones y, sobre todo, Ojo de Halcón. Pero no nos engañemos: por mucho que este último personaje, un arquero de infalible puntería, me hubiese tocado la fibra a lo largo de su trayectoria de 40 años, lo cierto es que el Capitán América empezó su andadura muchísimo antes, durante la Segunda Guerra Mundial, y yo nunca le he podido ver como una apología viviente del capitalismo del Tío Sam, sino como un soldado obediente y valeroso, un estratega de inteligencia aguda y la encarnación de todos los valores asociados a la amistad, el compañerismo y el trabajo en equipo.

No sería el primer superhéroe que regresa de la tumba, pero, en cualquier caso, la realidad es que Steve Rogers, el Capitán América, cuyas historietas comenzaron a publicarse en 1941, es abatido a tiros por un francotirador en el número 25 de su actual colección, dentro de un episodio perteneciente al crossover denominado “Civil War” (“Guerra Civil”) que está acabándose de publicar en los USA y que llegará a España en fechas muy próximas.

Esperemos que vuelva, pero, si no lo hace… DESCANSA EN PAZ, CAPITÁN.

jueves, 8 de marzo de 2007

Oscars 2006: nunca es tarde para contarla


Mi mejor lectora me pidió hace unos días que comentase los premios Oscar de este año y, aunque, ciertamente, podría parecer que se trata de un tema ya bastante superado, he pensado que nunca es tarde para dar una visión a toro pasado de un asunto que hasta hace bien poco me quitaba el sueño.

Sí, amigos no hace mucho tiempo permanecía en vela durante una noche al año, no por motivos de fuerza mayor sino por causas puramente lúdicas, con el fin de asistir a la retransmisión televisiva de la Ceremonia de Entrega de los Premios de la Academia, comúnmente llamados “oscars”. Luego Canal + se hizo con la exclusiva del evento, y, mientras pude, estuve abonado a dicha plataforma, pero los avatares de la vida me hicieron finalmente renunciar a tal privilegio, por lo que, a pesar de ser un acérrimo defensor de la radio, mis noches junto al tío Oscar nunca han vuelto a ser lo mismo. También se da el caso de que hace tres años dejé de realizar mi programa radiofónico “Pantalla Grande”, en el que siempre las doradas estatuíllas tenían una presencia muy especial. Finalmente, debido a una serie de circunstancias que no vienen al caso, la verdad es que no tengo más remedio que renunciar a ver en el cine muchísimas películas que quisiera y debería ver, así que, aunque lo intento, la ilusión y el interés que en mí despiertan los galardones más influyentes del Séptimo Arte ya no son las mismas que hace algún tiempo.

Con respecto a los Oscars de 2006 (sí, los que se entregan en 2007… pero premian las películas estrenadas durante los 365 días del año anterior), lo primero que se me ocurre decir es que se han cumplido la mayoría de los pronósticos, y, no sólo eso, han resultado totalmente previsibles, adivinables, predecibles. Por ejemplo, ¿de verdad uno solo de los periodistas lameculos que la seguían a todas partes llegó a creer durante un solo segundo que Penélope Cruz se haría con el Oscar a la Mejor Actriz por su papel de “Raimunda” en “Volver”? Por favor, si ya el solo nombre del personaje lo que se merecería sería un castigo… Además, todos, todos, todos los que entienden algo del tema daban por hecho que Helen Mirren sería la indiscutible triunfadora por “La Reina” (perdón, “The Queen”, había olvidado lo anglófilos que nos hemos vuelto). Aún recuerdo cuando la ví por primera vez, en la maravillosa “Excalibur”, donde interpretaba a una Morgana que se comía vivos a todos sus compañeros de reparto; fue una de las primeras reinas que interpretó, y la Academia la ha premiado por su (re)encarnación de Isabel II.

Tanto o más cantado que el Premio a la Mejor Actriz protagonista estaba el de Mejor Actor. Aquí sí puede decirse que no había color, o mejor sí: negro, el de la piel del estupendo Forest Whitaker, favoritísimo por su encarnación del terrible Idi Amin Dadá (vaya, los dos Oscars principales de interpretación han considerado las composiciones de intérpretes que dan vida a máximos mandatarios de un país). Tampoco sorprendió a nadie el tardío reconocimiento a un Alan Arkin que hace como mil años fue el primer intérprete del Inspector Clouseau y este año obtuvo su Oscar haciendo de abuelo de la Pequeña Miss Sunshine. También fue laureado, más o menos discutidamente, el orondo talento de Jennifer Hudson (“Dreamgirls”), con lo cual el cupo anual de personas de color quedaba suficientemente completado, máxime cuando entre la Hudson y el Whitaker deben pesar un buen montón de quilates de talento.

Una de las cosas que más me chocó fue el olvido parcial al que fueron sometidas las dos películas por las que el venerable Clint Eastwood competía: no uno, sino dos films nominados (“Banderas de nuestros padres” y “Cartas desde Iwo Jima”), un total de seis candidaturas entre ambos…. ¡y un solo galardón! Pobre hombre, él que tanto se esforzó por narrar la misma historia desde dos perspectivas contrapuestas, la de los americanos y la de los japoneses. Me temo que, dado el éxito, Clint finalmente abortará su anunciado proyecto de volver a contar lo mismo desde el punto de vista de la novia italiana de uno de los marines y de la tía abuela norcoreana del personaje que interpreta Ken Watanabe en “C.D.I.J.”.

Merecidísimo aunque tal vez escaso (en cuanto a premios cosechados) el éxito de la magnífica “Pan’s Labyrinth”, donde “Pan” no significa “pan” sino “Fauno”. Se trata de esa maravillosa obra de Guillermo del Toro ambientada en una pos-Guerra Civil española en la que los buenos son los rojos y los fachas son malísimos, maniqueísmo contra el cual muy probablemente el PP convocará una manifestación un sábado de éstos. Precisamente una de las estatuíllas que más se merecía este estupendo film era el de Mejor Banda Sonora Original para Javier Navarrete, aunque a los señores académicos se les debió ir la olla porque, por segundo año consecutivo, y de nuevo inmerecidamente, laurearon a Gustavo Santaolalla (con la única y aviesa intención de que “Babel”, una de las pelis más nominadas y mejor consideradas, no se fuera de vacío). ¡Menos mal que el premio honorífico a Ennio Morricone contenía tanta buena música que a más de cuatro casi les dejaron de pitar los oídos!.

En otro orden de cosas, reseñar mi total discrepancia ante el hecho de que la plomiza “Happy Feet” le arrebatara el Oscar a la Mejor Película de Animación a la muy superior “Cars”, además de lo cual tampoco se me antojó del todo justo que los efectos visuales de “Piratas del Caribe 2” desbancaran a los de “Superman Returns”, entre otras cosas porque al film de Bryan Singer le hubiera venido que ni pintado el favor de la Academia, ya que no obtuvo el del público ni el de la crítica.

He dejado para el final el sucinto comentario al Oscar más cantado de toda la noche, el de Martin Scorsese como Mejor Director. Que en la entrega de los Premios de la Academia nada se deja a la improvisación todos lo sabíamos, pero qué casualidad que para leer los cinco nominados y entregar la estatuilla subieran al escenario nada menos que Francis Coppola, Steven Spielberg y George Lucas, todos viejos compañeros de la misma quinta que Scorsese, que tuvieron que fingir sorpresa cuando del sobre brotó el nombre de su colega italoamericano. Personalmente, me encanta el triunfo de “Infiltrados”, la mejor película que yo he visto en cines en 2006. Todo un recital de talento, un perfecto ejemplo de cómo conjugar calidad y comercialidad.

Una vez más, la más poderosa industria cinematográfica del mundo paseó su glamour ante las televisiones de todo el planeta, y la calva de Jack Nicholson y el inevitable smoking de Daniel “Bond” Craig y el sugerente vestido rojo de Nicole Kidman y el cabello recogido de Kate Winslet (para mí, la más guapa) ya son historia viva de la celebración eufórica de un arte, el Séptimo, que a pesar de Internet y del top manta sigue haciéndonos soñar… incluso aunque no tengamos acceso a plataformas digitales.
Dedicado muy especialmente a Marisa, mi mejor lectora.

Los blancos lo tienen negro


De verdad que pensaba ser discreto, humilde y aun generoso y había decidido no restañar mis heridas barcelonistas hurgando en la poco decorosa derrota de nuestros sempiternos rivales merengones, pero…. la tentación es fuerte, la carne, débil y ¡¡ya son tres!! las personas que me han animado a escribir también sobre la eliminación del Real Madrid en una Champions League que sólo tendrá de blanco español los colores de la indumentaria del Valencia.

Si el día anterior hablaba de que, después de todo, el Barça había caído con cierta honrilla ante un rival que –no voy a negarlo- se había demostrado superior, no puede decirse lo mismo de los pupilos del signore Capello, que en apenas 10 segundos (el gol más rápidamente materializado en la historia de la Liga de Campeones) dilapidaron la ventaja que se habían traído del Santiago Bernabéu. Frente a ellos, un Bayern de Munich que no atraviesa su época más gloriosa pero que, al menos, jugó al fútbol con tesón y cierto coraje, además de contar con una disposición táctica de la que los madrileños carecieron. Si titulé mi artículo sobre el Liverpool-Barça “Quiero y no puedo”, éste que estoy redactando ahora debería subtitularse “Quiero… pero no sé”.

A tan sólo tres días vista del habitualmente denominado “Partido del Siglo” (edición 2007), el Real Madrid viajará hacia Barcelona con la moral seriamente mermada por la que no es sino su enésima exhibición de patetismo en lo que va de temporada. Ramón Calderón, Fabio Capello y Pedja Mijatovic son a los aficionados madridistas lo que las siete plagas a Egipto (desgracias y destrucción a raudales), con la diferencia de que los egipcios al menos sabían que todos sus males terminarían en cuanto los esclavos israelitas tuvieran la libertad. Pero ¿a quién tendría que darle el pasaporte el Real Madrid para que esta racha negra y peluda que atraviesan fuese tan sólo un mal recuerdo? ¿Bastará con cesar a Capello si se pierde el sábado en el Camp Nou? ¿Sería suficiente con patearle el trasero al chulito de los pelos grasientos? ¿Se cercenarían de raíz los innumerables problemas de la Casa Blanca si se cercenase el gaznate (por no decir otros atributos) al Presidente Calderón? (todo ello dicho de forma cómica y metafórica, of course).

Siendo igualmente portadoras de frustración las derrotas de nuestros dos equipos más emblemáticos, la del Madrid me parece aún más dramática que la del Barça, entre otras cosas porque a los culés aún les quedan dos competiciones en juego, mientras que los merengues están obligados a aferrarse a la Liga como quien se agarra a una punta de hierro candente (o seáse, a un clavo ardiendo). Además, mientras que la inmensa mayoría del barcelonismo desea que Frank Rijkaard continúe siendo quien se siente en el banquillo, no es un secreto que la mayoría absoluta de los blancos sueña con decir arrivederci a Fabio Capello, sin tener muy claro si serán Schuster, Míchel, Mourinho o Manolo & Benito Corporeision quienes tomarán el relevo. Para rematar la jugada, ni el presidente electo Calderón se ha erigido defensor de la causa, ni ha elegido correctamente a los fichajes que debieron ser revulsivos (Van Nistelrooy, Diarra, Gago, Higuaín…), ni el pobre Guti parece que vaya a confirmar su eterna promesa de treinta y un abriles.

Lo dicho: para la dolorosa herida abierta en el seno del barcelonismo, no hay bálsamo más reconfortante y eficaz que la certeza de que los blancos están aún peor.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Quiero y no puedo


Han pasado algunas horas, y todavía me embarga cierta sensación de tristeza, de frustrada decepción, de impotencia apenas maquillada. El Barça, nuestro Barça, caía eliminado de la Liga de Campeones ante el Liverpool, lo cual era fácilmente predecible a tenor del resultado cosechado en el partido de ida en el Camp Nou. Lo peor de todo, y a pesar de que la defenestración azulgrana estuvo revestida de cierta honrilla (después de todo, el partido decisivo lo ganamos por 1-0), fue, al menos para quien ésto suscribe, la sensación de “quiero y no puedo” que el conjunto de Frank Rijkaard transmitió durante la gran mayoría del encuentro.

Hace apenas dos años, este mismo equipo era la sensación de España y de Europa. Su juego vertiginoso, la alegría de su fútbol, su gran capacidad resolutiva… asombraban a propios y extraños. Dos eran los hombres directamente responsables del “milagro”: Rijkaard, un entrenador con un currículum más bien discretito pero que, recomendado por el gurú Johan Cruyff, había sabido imponer un estilo parecido al del mítico “Dream Team” de los años 90, y Ronaldinho Gaúcho, jugador “mágico” cuyo talento y alegría no sólo garantizaban el espectáculo sino la contagiada ilusión de sus compañeros.

Poco a poco, sin embargo, todos y cada uno de los rivales han ido cogiéndole el tranquillo a un Barcelona que ya no intimida, que ya no domina, que ya no es el de antes. El crucial partido de anoche, probablemente el más importante de toda la temporada, fue una buena muestra de ello. Si hubo un entrenador capaz de plantear un sistema de juego realmente intimidatorio, innegablemente resolutivo, ése no fue Frank Rijkaard… sino Rafa Benítez. Si hubo un equipo que pudo haber desnivelado (aún más) la eliminatoria, no una sino diez o quince veces, ése no fue el Barcelona… sino el Liverpool.

Que conste que escribo ésto con auténtica melancolía, pero hay que admitir que en Anfield Road se vio a un Barcelona cuya estrella hace meses que comenzó a apagarse, un equipo cuyo fútbol languidece. Como dije anteriormente, el pensamiento que mejor resume lo que anoche ví sobre el césped de Liverpool fue “quiero y no puedo”. Y no hay excusa posible. Todos los grandes nombres del Barça estaban sobre el terreno de juego (Ronaldinho, Eto’o, Messi, Deco, Xavi, Iniesta, Puyol, Valdés), pero su talento y sus ganas no fueron suficientes. Y mira que lo intentaron… Con más torpeza que acierto, con más pena que gloria, durante la primera parte tuvieron el porcentaje más alto de posesión de balón… y, sin embargo, las ocasiones y las llegadas al área contraria con auténtico peligro fueron todas para el Liverpool. ¡Menos mal que ayer Víctor Valdés supo dar un auténtico recital, en una actuación inolvidable que debería acallar a muchos de sus críticos!

Se había anunciado a bombo y platillo que ayer regresaba el famoso tridente ofensivo del Barcelona (Ronaldinho, Eto’o y Messi), pero la realidad se impuso sobre los sueños y es preciso admitir que ninguno de ellos tuvo su noche. En primer lugar, el sistema de juego diseñado por Benítez impedía que los atacantes culés recibieran demasiados balones, pero es que no debemos engañarnos: ni la magia de Ronaldinho brilla como antes, ni Eto’o parece el mismo león que antaño daba un zarpazo tras otro. No hay que ser injustos con el camerunés, que apenas está saliendo de una gravísima lesión, pero es innegable que fue retirarse y el Barça mejoró de modo evidente, gracias a la velocidad de Giuly y, obviamente, a la itinerante habilidad de Gudjohnssen, que marcó el solitario gol azulgrana y a punto estuvo de conseguir otro.

Que nadie se me ofenda, pero es preciso reconocer que el Liverpool jugó mejor que el Barça y que Benítez le ganó la partida a Rijkaard. Podemos decirlo bajito para que parezca más suave o nos duela menos, pero ésa y no otra es la realidad. Sí, el Barcelona obtuvo la victoria (insuficiente), pero los “reds” dispusieron de muchas más oportunidades y sólo la suerte y la asombrosa actuación de Valdés les impidieron aumentar su renta goleadora.

Todo empieza y todo acaba, y nada dura eternamente. Esto, naturalmente, es una perogrullada, pero refleja claramente la situación que se debe vivir en estos momentos en el entorno blaugrana. Ese “quiero y no puedo” no es suficiente para un club como el Barcelona, y, si es cierto que Rijkaard ha confirmado que se queda en el club, entonces el “plan renove” debe afectar a una plantilla que ya no brinda los resultados deseados. Jugadores como Ronaldinho, Eto’o y Deco han bajado alarmantemente su nivel, y algunos otros han entrado en una edad que ya no garantiza su rendimiento. Duele decirlo, pero hay que plantearse una limpieza a fondo si queremos que el azul y el grana vuelvan a deslumbrar como antaño.

martes, 6 de marzo de 2007

¿Hacia dónde va España?

Con cierta incredulidad y con mucha indignación leí en los periódicos y escuché en la radio la crónica de los sucesos acaecidos en Lorca (ciudad en la que vivo) el pasado Domingo día 4 de Marzo, con motivo de la visita del Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.

Hace algunos meses todavía había quien me tachaba de “zapaterista”, porque en aquel entonces mi natural tendencia hacia el librepensamiento se sentía satisfecha ante algunas decisiones tomadas por el Ejecutivo, como la salida de las tropas de Iraq o la muy igualitaria legitimación del matrimonio entre personas del mismo sexo. Sin embargo, determinadas actuaciones como la pésima gestión del Alto el Fuego etarra o de la huelga de hambre del terrorista De Juana Chaos me han hecho perder totalmente la ilusión y la confianza en el actual Gobierno, llegando hasta el punto de que uno de mis lectores no dudó en preguntarme, tras leer uno de mis últimos artículos, si acaso me había vuelto “facha”.

Pues no, queridos amigos, no me he vuelto fascista de repente (honestamente, pienso que los “fachas” o los “rojos”, los de verdad, en ambos casos, no SE HACEN, sino que NACEN; si no, se trataría de lo que comúnmente se denomina “veletas” o “chaqueteros”, aquéllos cuya ideología varía cual varía su señalización una veleta que el viento mece), sino que me siento lo bastante libre como para tener mi propia opinión en el seno de mi propia ideología, más parecida a un signo que otro, más cerca de un espectro político concreto que del opuesto, pero MÍA al fin y al cabo.

Ayer alguien me saludó preguntándome jocoso si tenía conocimiento de cómo había sido recibido mi “jefe de filas” el Domingo en Lorca, y en seguida repliqué que el señor Zapatero no era mi jefe en ningún sentido (como mucho, lo sería el señor Tortosa, y con éste ya tengo bastante… pero ésa es otra historia), aunque sí, era y soy plenamente consciente de cuál había sido el recibimiento que don José Luis se encontró al ir a dirigirse al Ayuntamiento de la Ciudad del Sol. Concretamente, lo que sucedió fue que trescientas personas, persona más, persona menos, cuyo pensamiento no era del todo coincidente con el ideario socialista, respondieron a una convocatoria realizada mediante mensajes SMS, según la cual debían estar concentrados a las once y media de la mañana del susodicho domingo en la Plaza de España de Lorca, lugar donde se halla ubicada la Casa Consistorial. Los manifestantes, lejos de actuar con prudencia y sutileza, profirieron todo tipo de virulentas consignas en contra del Presidente y su política, con especial atención al caso De Juana. Entre las “lindezas” que allí se dijeron o pudieron leerse en las inevitables pancartas, podríamos destacar cosas como “Agua para todos”, “Zapatero en Lorca y De Juana en su casa”, “Zapatero, en mi nombre, no”, “Zapatero, embustero”, “Zapatero, traidor” y la más pintoresca, “Zapatero, anticristo”.

Lo que parecía iba a ser una jornada tranquila para el Presidente (acudía a Lorca para la clausura de la asamblea general de la organización agraria COAG) pudo convertirse en un verdadero infierno, por lo cual los asesores del líder socialista tomaron la decisión de que éste no acudiese finalmente al Ayuntamiento de la ciudad, dejando con un palmo de narices a su improvisado “club de fans”, quienes, por otra parte, tuvieron que vérselas (pacíficamente, según creo) con un grupito de militantes del PSOE que enarbolaban una pancarta que rezaba “ZP, gracias por devolvernos la ilusión”. Hombre, ni una cosa, ni otra. Ni tanto odio, ni tanta devoción. Que Zapatero ha hecho mal muchas cosas es bastante evidente. Que otras cosas las ha hecho regular, no creo que sea imposible de admitir. Y estoy seguro de que, incluso, en estos tres años se puede decir que algo habrá hecho bien. ¿O no?. Lo importante es tratar de tener la cabeza fría y serena y pensar que estamos en una democracia, y que, muy probablemente, lo que a mí no me gusta, habrá a otros a quienes les encante. Por otra parte, y dándole la vuelta a la tortilla, me parece poco menos que un disparate, tal y como se está viviendo el momento presente a todos los niveles, la ocurrencia de agradecer al máximo responsable de la situación actual que nos esté salpicando con tantas y tan “ilusionantes” meadas fuera de tiesto.

Como decía al principio, tengo mis propias ideas y el hecho de que la mayoría de ellas me acerquen un poco más a la izquierda que a la derecha es sólo circunstancial, pues ello no me obliga a aplaudir a un presidente que hace mucho tiempo que perdió el rumbo, al menos, según mi opinión. Pero tampoco quisiera caer, por mucho que mis opiniones puedan discrepar de las de los demás, en algo tan poco constructivo como confundir al líder del partido rival con el mismísimo hijo de Satanás. ¿”Zapatero, anticristo”?. Joder, cuántas películas deben haber visto estas personas, muchas más que yo, y eso que el Cine es mi gran pasión. Y digo yo: la condición satánica que se le imputa a ZP es debida a lo de ETA y De Juana? ¿A lo de la cancelación del Trasvase? ¿A la retirada de las tropas de Iraq? ¿Al nombramiento del nuevo Ministro de Justicia? Ah, no, ahora caigo, supongo que se debe a lo de las bodas entre homosexuales y, tal vez, a ciertos aspectos relacionados con la enseñanza religiosa en los colegios. Puedo aceptar que a algunos les moleste que dos personas que se quieren contraigan matrimonio (sólo civil, por supuesto), y sé que la clave está no en los sentimientos sino en el hecho de que las dos compartan el mismo género (el mismo sexo, para entendernos). También me consta que hay quienes consideran que la enseñanza religiosa está seriamente amenazada, y con ella, el poder o la influencia de la Iglesia Católica. Pero… ¿anticristo? ¿El Anticristo no era quien iba a precipitar el Fin de los Días, el Juicio Final? ¿Realmente alguien piensa que porque los homosexuales puedan casarse o porque se impartan menos horas de Religión se va a acabar el mundo?. ¿?.

No sé, no sé, pero creo que estamos llevando las cosas a un terreno muy, muy peligroso. Tanta crispación se nos está yendo de las manos, y éso no es bueno para nadie. A mí Zapatero hace tiempo que dejó de caerme bien, pero he visto “La Semilla del Diablo”, “El Exorcista” y las dos versiones de “La Profecía” y os puedo asegurar que no salía en ninguna de ellas, ni siquiera como secundario o como extra. A mí lo que me quita el sueño no es el advenimiento del Maligno, sino el punto sin retorno hacia el que determinados dirigentes políticos están guiando a España, esta España que no es de unos ni de otros, sino de todos, mal que les pese a quienes se ufanan considerándose los Padres de la Patria (uy, me han aparecido espontáneamente las siglas “PP”, debe ser por obra y gracia del Demonio, sin duda).

lunes, 5 de marzo de 2007

Humor negro

Os transcribo un chiste (¿?) que un amigo me envió por e-mail hace unos días, concretamente el pasado 28 de Febrero:

Un hombre estaba desayunando a las 8 de la mañana, un sándwich y un café, cuando vio una procesión, un funeral muy inusual que se dirigía al cementerio cercano. Un gran ataúd negro era seguido por un segundo gran ataúd negro como a 50 pasos detrás del primero. Detrás del segundo ataúd caminaba un hombre solitario con un enorme perro pitbull al que sostenía de la correa. Detrás de él caminaban unos 200 hombres en fila. El hombre que estaba desayunando no pudo aguantar la curiosidad. Con mucho respeto se aproximó al hombre que llevaba al perro y le dijo:
- Señor, sé que este es un muy mal momento para molestarle, pero nunca he visto un funeral como este. ¿De quién es?
El hombre que iba con el perro respondió:
- Bueno, en el primer ataúd está mi esposa.
- ¿Qué le pasó? - replicó el primero, y el viudo respondió:
- Mi perro la atacó y la mató.
El curioso preguntó de nuevo:
- ¿Y quién está en el segundo ataúd?
Y el viudo le contestó:
- Mi suegra. Estaba tratando de ayudar a mi esposa, y el perro se volvió hacia ella y también la mató.
Un momento de solemne silencio transcurrió entre los dos hombres. Después, el primero habló:
- Señor, ¿puedo pedirle prestado el perro?
- A la fila, como todos los demás.


Repito: este “divertidísimo” chiste me lo envió un amigo hace apenas unos días. Esta brutal apología no sólo del machismo, sino de la más cruel violencia de género no procede de tiempos inmemoriales justamente olvidados, sino que, para desgracia de todos, está circulando ahora mismo por Internet. Cuando me dirigí a la persona que me lo había hecho llegar preguntándole si no le parecía que este tipo de “bromas” no tenían la menor gracia, me respondió que los destinatarios de su e-mail (yo, obviamente, entre ellos) no eran sospechosos de poder llegar a cometer malos tratos.

En esta época en la que cierta clase de hombres continúa considerando que las mujeres son una especie de seres inferiores a los que se puede controlar, doblegar, golpear e incluso matar, asistidos por no-sé-qué incomprensibles derechos procedentes de la Edad Media o de la Prehistoria, pienso que todos deberíamos tener un poquito de cuidado a la hora de difundir cosas como ésta. Desde luego, a mí, un “chiste” en el que 200 hombres hacen cola para pedir prestado un perro que esperan que dé buena cuenta de sus mujeres y sus suegras, no me ha hecho la menor gracia. ¿Y a vosotros-as?.

Cine: mi comentario sobre "UN PUENTE HACIA TERABITHIA"


Sorprendido. Así me quedé, en plena sala de cine y flanqueado por mis dos hijos, cuando “Un Puente hacia Terabithia”, a pesar de lo que su (engañosa) publicidad trata de vendernos, resultó ser una de las mejores y más dramáticas películas sobre el mundo de la infancia que he podido ver en estos últimos años.

Jess (Josh Hutcherson) es un muchacho de familia humilde, que se ha criado junto a tres hermanas. Su madre parece ignorarle y su padre es incapaz de comprenderle. Agobiado por la precariedad económica y deseoso de escapar a su triste realidad, Jess se refugia en el deporte y, sobre todo, en el dibujo. En el instituto, suele ser el blanco de las bromas pesadas de los inevitables camorristas , pero un buen día conoce a una chica, Leslie (AnnaSophia Robb) que no sólo es capaz de ganarle en atletismo sino que también le aventaja en imaginación. Juntos son capaces de crear todo un mundo mágico en el que se refugian de la mediocridad de sus vidas cotidianas, hasta que un día la cruda realidad hace acto de presencia…

Basada en una (al parecer) popular novela juvenil escrita por Katherine Paterson, “Un Puente hacia Terabithia” ha sido posible gracias a la colaboración de Walt Disney Pictures y Walden Media, que ya produjeron conjuntamente el primer episodio de la saga de “Las Crónicas de Narnia” hace dos temporadas. Aparentemente, este nexo de unión debería hermanar también la concepción y desarrollo de ambas películas, puesto que, indudablemente, contienen elementos comunes: los protagonistas principales son niños que son capaces de convertir elementos de uso cotidiano (un armario en “Narnia”, una cuerda en “Terabithia”) en una especie de portal hacia un mundo poblado por criaturas fantásticas. Sin embargo, muy pronto se produce una circunstancia claramente diferenciadora. Mientras que en “Las Crónicas de Narnia” el mundo “real” apenas aparecía en unas pocas y breves escenas y la mayor parte de la acción transcurría en el territorio de lo imaginado, en “Un Puente hacia Terabithia” se invierten totalmente estos términos y podríamos decir que lo mágico o lo fantástico son tan sólo escenarios o decorados en los que se desarrollan las ensoñaciones de dos adolescentes marginados.

Viendo “Un Puente hacia Terabithia”, me fui dando cuenta de que las escenas que su trailer ha hecho populares tardaban y tardaban en aparecer, pero no sólo eso. La verdad es que NO QUERÍA que aparecieran. Al contrario que en películas más o menos recientes como “Las Aventuras de Shark Boy y Lava Girl”, la descripción de personajes con tan sólo un par de pinceladas, los diálogos eminentemente realistas y la excelente interpretación de todos sus actores me hicieron volver la vista atrás, hacia un modo de hacer cine “infantil” que ya no se lleva. Inmediatamente recordé viejos títulos como “Los 5000 dedos del Dr. T” o “El muchacho de los cabellos verdes”, en las que los niños protagonistas no se comportaban como estúpidos sino como verdaderos niños, y sus aventuras y desventuras interesaban por sí mismas y no por el lujoso envoltorio que las envolvía. La soledad de Jess a pesar de que en su casa habitan cinco personas más; su ingenua atracción por su profesora de música (Zooey Deschanel); el distanciamiento entre él y su padre (un estupendo Robert “Terminator 2” Patrick); la preciosa amistad con Leslie… están tratados no sólo con inteligencia y precisión cinematográficas, sino con las dosis exactas de ternura, alegría y dolor.

Me atrevería a decir que las (afortunadamente, pocas) escenas que transcurren en Terabithia, que constituyen indudablemente el principal (por no decir único) reclamo publicitario del film, son, en realidad, su mayor lastre. Sí, en ese mundo de ensueño y misterio tienen lugar algunos momentos en los que los técnicos de efectos visuales tienen sobradas ocasiones para lucir el poderío de sus ordenadores, e incluso se consigue el propósito de que la fotografía en colores vívidos sirva de contrapunto a los tonos “quemados” con los que habían sido filmadas (deliberadamente) las escenas escolares y domésticas, pero ese derroche de fantasía no hace sino restarle credibilidad a todo lo demás. En una historia tan realista y dramática, tan próxima, tan humana, acaba resultando casi molesta la irrupción de gigantes con cuerpo de árbol, buitres mutantes y libélulas guerreras.

Pensando en lo mucho que uno puede llegar a identificarse con el joven Jess (solitario, introvertido, que encuentra en el dibujo su necesaria válvula de escape), con la preciosa Leslie (pobre niña rica a la que la riqueza no hace sino estorbarle) o con el padre de Jess (sumido en la depresión a causa de sus penurias económicas, no se da cuenta de que su único hijo varón no es sólo un hombre en pequeño, sino un niño que todavía le necesita), os aseguro que a punto estuve de otorgar a “Un puente hacia Terabithia” nada menos que un 9… pero claro, eso fue antes de que el estúpido epílogo, trufado de criaturas animadas digitalmente, me hiciese recordar que había ido a ver una película avalada por Walt Disney. En mi opinión, a veces es mucho mejor dejar que el espectador ejercite su propia imaginación, sugerir en vez de mostrar, y no encorsetar la fantasía bajo los bits y los bytes de un mundo que huele a ordenador.

Luis Campoy
Calificación: 8 (sobre 10)