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lunes, 19 de febrero de 2007

Cine: mi comentario sobre "EL MOTORISTA FANTASMA"


El éxito de una película genera automáticamente la producción de una secuela. Aquí, en Lima y, naturalmente, en Hollywood. El éxito de un film adscrito a un determinado género o subgénero determina que, durante los años siguientes, tengamos la suerte (o, casi siempre, la desgracia) de poder disfrutar no una sino varias producciones vinculadas a la misma temática. Sucedió con “·Sin Perdón”, que posibilitó que durante algunos años se volvieran a rodar algunos westerns; ocurrió con “Gladiator”, que permitió que las películas “de romanos” se pusieran fugazmente de moda; y también con “Spiderman” (2002), gracias a la cual los comics saltaron de nuevo con éxito al celuloide, después de años en el ostracismo gracias al fracaso estrepitoso de la cuarta entrega de Batman (“Batman y Robin”, 1997). Después de “Spiderman” (y sus dos continuaciones, la última de las cuales llega a los cines el próximo mes de Mayo), un montón de historietas se han vestido de cine, con más o menos medios, con mayor o menor fortuna comercial y con mejor o peor aceptación por parte de la crítica. Hemos tenido películas excelentes (“Batman Begins”, “V de Vendetta”, “Spiderman 2”, “X-Men 2”), tan sólo aceptables (“Superman Returns”, “Hulk”) y otras que se quedaron en la tierra de nadie entre lo mediocre y lo simplemente malo (“Blade”, “La Liga de los Hombres Extraordinarios”, “Los Cuatro Fantásticos”, “Elektra”, “El Castigador”). En este último grupo también podríamos incluir “Daredevil”, que protagonizaron Ben Affleck y Jennifer Garner y dirigió un tal Mark Steven Johnson, director que regresa al terreno del tebeo para proponernos su visión del Motorista Fantasma, personaje de la factoría Marvel que, sin ser una de las estrellas más populares de la casa (Spiderman, los X-Men, los Cuatro Fantásticos) sí ha contado desde su debut con un buen número de fieles adeptos.

Creado por Roy Thomas y Gary Friedrich (guión) y Mike Ploog (dibujo) en 1972, Ghost Rider (que significa, indistintamente, “Motorista Fantasma” o “Jinete Fantasma”, dado que el verbo “ride” hace referencia al hecho de ir montado a lomos de algo, ya se trate de un ser vivo como un caballo, o un medio de locomoción artificial como una motocicleta) era una actualización del concepto clásico, ya cantado en famosas canciones country, del legendario caballista que recorría las infinitas praderas del Viejo Oeste, siempre de noche y galopaba en las pesadillas de varias generaciones de americanos. Básicamente, lo que hicieron Thomas y Friedrich fue sustituir el caballo por la moto (inicialmente, una Harley Davidson) y dotar al personaje central de un aspecto de lo más terrorífico, ya que su cabeza es una calavera en llamas (para no dejar lugar a dudas, ya el apellido del protagonista, Johnny Blaze, da una pista irrefutable: “blaze”, en inglés, significa ni más ni menos que “fuego”, “llamas” o “llamarada”). Originariamente un motorista acrobático, de ésos que se juegan la vida a diario tratando de saltar varios coches o camiones colocados en hilera, Johnny Blaze hizo un pacto con el Diablo (un diablo llamado Mefistófeles, como en el “Fausto” de Goethe) para salvar la vida de su padre, con tan mala fortuna que papá acabó muerto igualmente y Johnny pasó a engrosar las filas de los funcionarios en la nómina del Infierno, para quien trabaja como cazarrecompensas a media jornada (sólo se transforma por las noches).

Años después de su fallida pero no desdeñable adaptación de “Daredevil” (lastrada irremediablemente por la lamentable interpretación de Ben Affleck), Mark Steven Johnson se adjudicó el proyecto de llevar a cabo la traslación de Ghost Rider, después de que otros directores como Steven Norrington (“Blade”) finalmente desertaran del proyecto. Como protagonista, nadie mejor que Nicolas Cage, confeso amante de los comics que hace tiempo vio frustrado su sueño de interpretar a Superman a las órdenes de Tim Burton (finalmente, el film se llevó a cabo con Bryan Singer de realizador y Brandon Routh vestido de rojo y azul), y ni siquiera pudo hacerse con el papel del Duende Verde en el primer “Spiderman”, que recayó en Willem Dafoe. Cage por fin se convierte en superhéroe, aunque, eso sí, su interpretación de Johnny Blaze es probablemente la peor de toda su carrera y su aspecto, con ese postizo capilar simplemente ridículo, no acaba de resultar demasiado convincente. Pero siempre es positivo para una película tener en su reparto a un actor ganador del oscar (Cage lo obtuvo por “Leaving Las Vegas”), y, de cara a muchos espectadores que se sienten reticentes a acudir a un film basado en un tebeo, tal vez sea un reclamo ineludible.

Creo que procede recuperar aquí y ahora mi conocida teoría (ya expuesta en mi artículo acerca de “V de Vendetta”) acerca de cuáles son las claves para que una película de superhéroes goce tanto del favor de la crítica como del éxito entre el público: 1) resultar entretenida, pero dosificar las escenas de acción; 2) trabajar tan intensamente el guión como si tratase de una adaptación de teatro clásico; es un error dirigirse a un hipotético público infantil formado por niños idiotas; 3) prescindir del humor que no sea estrictamente necesario; 4) hacer al protagonista tan creíble y humano como se pueda, explicando los orígenes de su poder o destreza y haciéndolo accesible; 5) no olvidar que, para que un héroe sea digno de admiración, tiene que existir un villano no menos formidable; 6) no ceder a la tentación de supeditar la película al lucimiento de los efectos especiales, en particular aquéllos generados por ordenador. Basándome en mis propios postulados, los cuales sigo manteniendo, un año después, totalmente vigentes, no puede sentenciarse que este “Motorista Fantasma” sea una buena película, y ni siquiera una buena adaptación de un comic. El guión, típico y tópico como el de cualquier culebrón de sobremesa, está trufado de situaciones trilladas y sus diálogos posiblemente hubieran sido más afortunados si los hubiera escrito mi hijo de ocho años. Los personajes son unidimensionales y no puede decirse ni que sea “contagiosa” la supuesta agonía espìritual del protagonista ni tampoco que resulte “aterradora” la teórica malignidad de los villanos (el citado Mefistófeles y su propio hijo, Blackheart). La chica de turno (la escultural Eva Mendes) no cabe duda de que está muy buena (¿para qué andarnos con rodeos?), pero su papel es de comparsa y su aportación es puramente estética. Las escenas en las que los efectos visuales (en su mayoría, generados por ordenador) no campan a sus anchas son tan insulsas que provocan el bostezo y un momento que debió haber sido emocionalmente impactante como la muerte del mejor amigo del protagonista (Mack: Donal Logue) está narrado con tanta frialdad que parece que el director no sabe qué hacer cuando no tiene en pantalla al llameante Motorista.

Si hablamos estrictamente de la puesta en escena del film, los términos han de ser más bien elogiosos. La apariencia fantasmagórica del protagonista es un acierto incuestionable, con esas llamas que son ávidas y rojizas cuando Johnny Blaze está airado, y azuladas y diminutas cuando se relaja, y el espectacular reclamo de su motocicleta infernal, una Harley que ruge como un trueno y deja un reguero de fuego por donde quiera que pasa, es innegable que lucen de lo más conseguidas y resultonas. Una de las mejores escenas de la película (por no decir la mejor) es aquélla en la que el Motorista y su antecesor, el Jinete Fantasma (Sam Elliott) se dirigen juntos al pueblo maldito de San Venganza, el uno a bordo de su moto llameante y el otro a lomos de su caballo no menos flamígero: un momento verdaderamente inolvidable, como, en líneas generales, todas y cada una de las (pocas) secuencias en las que aparece el Motorista Fantasma digital, que, por cierto, resulta mucho más creíble que su alter ego humano Nicolas Cage.

Con una ficha técnica llena de nombres ilustres (Russell Boyd en la fotografía, Lizzy Gardiner a cargo del vestuario y Christopher Young firmando la partitura), “El Motorista Fantasma” puede fácilmente calar hondo en un amplio espectro de público (aficionados al comic de cualquier edad, adolescentes ávidos de adrenalina, moteros o amantes de las dos ruedas, devotos del cine de terror), y muy posiblemente será la primera película de una franquicia al frente de la cual tal vez no continúe Nicolas Cage, que tarde o temprano tendrá que darse cuenta de que los años no pasan en balde. No quiero despedirme sin mencionar a los actores secundarios que acompañan a Cage, entre los que sobresale un Peter Fonda (hermano de Jane e hijo del gran Henry Fonda) que llevaba décadas sin estar presente en una película importante, y cuyo papel más destacado fue el que realizó hace ya 40 años en “Easy Rider (Buscando mi Destino)”, precisamente encarnando a un motorista; el otro villano, Blackheart (¿de verdad suena mejor un nombre en inglés que su traducción española, “Corazón negro”?), tiene los rasgos de Wes Bentley, el joven traficante de droga de “American Beauty”, y diríase que su existencia se debe únicamente al despliegue de maquillajes que se produce a su alrededor, sobre todo en ese bar poblado de “ángeles del infierno” que remite a “Terminator 2”; por su parte, Sam Elliott, el Jinete Fantasma original, hace exactamente lo mismo que Kris Kristofferson en “Blade” y su apariencia física es idéntica, si bien Elliott cuenta con algo más de curriculum en materia superheroica, ya que fue el villano en “Hulk”.

Durante los títulos de créditos finales de “El Motorista Fantasma” suena, muy adecuadamente, una mítica canción country titulada “Ghost Riders in the Sky” (“Jinetes Fantasmas en el Cielo”), inmejorable colofón para este apetecible entretenimiento en el que el fuego infernal y el bramido de las motocicletas conseguirán hacernos olvidar que el cerebro lo dejamos aparcado a la puerta del cine y lo recogeremos en cuanto termine la película. A veces no es necesario pensar para pasar un ratillo divertido soñando con una estética próxima a la de las pesadillas.

Luis Campoy
Calificación: 6,5 (sobre 10)
Nota: La versión original de este artículo la he redactado para mis amigos de la librería "NOSOLOCOMIX", de Lorca, que me han pedido una colaboración para el primer número de su fanzine, que se publicará por primera vez en Marzo. ¡¡Suerte, compañeros!!.

jueves, 15 de febrero de 2007

Mi encuentro con... GINES GARCIA MILLAN


Acabo de encontrármelo por la calle, y me ha reconocido enseguida.

Si no me traiciona la memoria, mi primer encuentro con el actor de Puerto Lumbreras Ginés García Millán se produjo el día 16 de Abril de 1998. Por aquel entonces, yo dirigía y presentaba un programa radiofónico titulado “PANTALLA GRANDE” que se emitía todos los jueves en Cadena Azul, una emisora de cobertura regional. Se trataba de un espacio de contenido, obviamente, cinematográfico, y en aquella ocasión estaba dedicado a la Primavera Cinematográfica de Lorca, que estaba congregando a ilustres nombres del Séptimo Arte hispano en la autoproclamada Ciudad del Sol. Alguien conocía a García Millán, y me sugirió que tal vez podría entrevistarlo, cosa a la que accedí encantado, aunque un poquito nervioso. La verdad, uno no tiene ocasión de codearse a diario con actores de fama y renombre, y poder desarrollar esa entrevista era motivo de orgullo… y también de temor.

En aquel tiempo Ginés era uno de los ilustres secundarios de la “sitcom” (comedia de situación) “Todos los hombres sois iguales”, que adaptaba a la televisión la película homónima de Manuel Gómez Pereira. El reparto estelar de la serie lo conformaban Tito Valverde, Josema Yuste, Luis Fernando Alvés y Ana Otero, pero las breves apariciones de García Millán le habían hecho célebre, para empezar en su pueblo natal y, cada vez más intensamente, en toda la región de Murcia. Durante media hora, Ginés y yo preparamos la entrevista, y ya entonces me admiró su simpatía, su cortesía, su humildad. Cuando, ya en directo, rehicimos las preguntas y respuestas que acabábamos de ensayar, el ambiente entre él y yo estaba mucho más relajado, y mis primeros nervios apenas existían. Me contó cosas de su niñez (su familia era propietaria de un hotel en Puerto Lumbreras), de cómo entró poco a poco en el teatro, y me habló de sus gratas experiencias con el realizador Benito Rabal (hijo del actor), bajo cuya batuta había intervenido en teleseries como “Nazca” y la segunda parte de “Curro Jiménez”. Es duro el ascenso de un actor desde el total anonimato a la participación en una producción como “Todos los hombres sois iguales” (incluso aun desempeñando un papel secundario), y, en el camino, es normal que uno vaya dejando atrás amigos y rivales, así como retazos de su propia personalidad, tales como la sencillez y la coloquialidad que parecen ajenos a los actores famosos. Este hombre, sin embargo, se enorgullecía de seguir siendo para sus amigos “Ginesico el del Puerto”, y sus papeles con cada vez más líneas de diálogo (en otras series como “Médico de familia”) no le habían hecho cambiar.

Dos días después, se estrenaba en Lorca la película que constituía el último trabajo de Gines García Millán y que el actor venía a presentar en la Primavera Cinematográfica: “Insomnio”, dirigida por la realizadora Chus Gutiérrez. El papel de Ginés era, una vez más, secundario (los “protas” eran Cristina Marcos, Ernesto Alterio y Candela Peña), pero el actor lumbrerense cuajaba una actuación ciertamente destacada. Desde mi butaca del Teatro Guerra de Lorca aplaudí gustoso a este muchacho, no sólo por su buen hacer ante las cámaras, sino, sobre todo, por su amabilidad (me vio en la puerta de la sala y me acompañó hasta un asiento preferente) y su enorme simpatía.

Han pasado 9 años desde entonces, y muchas cosas han sucedido en mi vida. El nombre de Ginés García Millán, sin brillar todavía al mismo nivel que los de, por ejemplo, Javier Bardem o Imanol Arias, es cada vez más conocido en los circuitos televisivos, cinematográficos y, sobre todo, teatrales. En este último terreno es donde más cómodo se encuentra (eso me lo acaba de confirmar hace tan sólo unos minutos), y desde que le conocí hasta ahora ha hecho cosas tan importantes como “La Fundación”, de Buero Vallejo, “Don Juan Tenorio” de Zorrilla o “Hamlet” y “El Rey Lear”, ambas de Shakespeare. En cine son cada vez más numerosas sus participaciones, y como ejemplos podríamos destacar “Mensaka”, “Gitano” (una excelente interpretación en una pésima película), “Sólo mía”, “El regalo de Silvia”, “Carmen” (versión Vicente Aranda), “Pasos” (el tardío debut como director del actor argentino Federico Luppi) y, el pasado año, “Hotel Tívoli”. Pero es en televisión donde sigue siendo más popular, gracias al enorme éxito de “Periodistas”, serie que me encantaba y en la que hacía de novio de Esther Arroyo y exmarido de Belén Rueda. Después, esta vez ya como protagonista, intervino en “Un lugar en el mundo” (que fue injustamente retirada de la programación de Antena 3 antes de terminar su andadura), “Motivos Personales” (Tele 5) y “Matrimonio con hijos” (Cuatro).

Le he visto cuando salía de trabajar, y me he detenido a estrecharle la mano. Ginés García Millán, barbita de tres días, es una presencia habitual en cualquier evento que se celebra en la Comunidad de Murcia, además de actor con mucho futuro por delante, y me ha complacido poder saludarle y recordar juntos el ya lejano día en que nos conocimos.

miércoles, 14 de febrero de 2007

La Fábrica de los Sueños



Ayer titulaba mi artículo sobre el “caso Eto’o” de un modo muy cinematográfico: “Eto’o es Hollywood”, juego de palabras con la tan pronunciada frase “Esto es Hollywood”, aludiendo, obviamente, a la capacidad del jugador camerunés para generar espectáculo tanto dentro como fuera de los terrenos de juego. Pues bien, una vez visto lo visto, una vez comprobado el modo en que se han desarrollado las cosas en el día de hoy, vuelvo a aludir al Séptimo Arte, la “fábrica de sueños” por excelencia. Tras oir las declaraciones de Carles Puyol (uno de los capitanes del Barça), de Txiki Begiristain (director deportivo) y de Frank Rijkaard (entrenador) y, sobre todo, tras ver en imágenes el cariñoso abrazo que se han propinado Samuel Eto’o (agresor oral en el día de ayer) y Ronaldinho Gaúcho (agredido), sólo se me ocurre decir que la “realidad” (así, entre comillas) supera con mucho a la fantasía de las mejores películas norteamericanas. Si alguien se cree que todo lo que ha sucedido en el entorno barcelonista desde el pasado domingo ha sido fruto de un “malentendido” (versión oficial dada por absolutamente todas las partes implicadas) es que, efectivamente, el club que dirige Joan Laporta es lo más parecido a Hollywood en versión deportiva: una enorme fábrica de sueños. Es como cuando uno se pone a ver una película protagonizada por Julia Roberts o Drew Barrymore: es tan dulce y melosa que resulta indigesta, pero ¡qué bonito es jugar a creérsela!. Aun dando por hecho que lo mejor para el Barcelona es que la solución haya sido esta bajada de pantalones generalizada, esta amnistía colectiva, este cuento de hadas color de rosa que roza el ridículo, mucho me temo que gran parte de lo que dijo (aunque no debió decir en voz alta) el jugador camerunés pueda ser, desgraciadamente, cierto: que hay una guerra clandestina entre Laporta y el exvicepresidente Rosell, una guerra en la que los jugadores también participan a su manera. Soy del Barça (pero no catalán, queridos amigos madridistas, queridos obsesos de la política travestida de deporte) y me alegro de que en “mi” equipo las cosas se solucionen más rápidamente que en el Real Madrid, pero, aunque estaría muy contento si me equivocase, sospecho que las hostilidades se harán patentes más tarde o más temprano, lo cual perjudicaría seriamente al club en este momento. Tal vez la llave de la estabilidad no la tenga otro sino Johan Cruyff, mentor de Joan Laporta (prácticamente consejero en la sombra) y que, conocedor también del carácter de Sandro Rosell, sería el único que podría convencer a unos y a otros de que las guerras civiles siempre acaban causando víctimas innecesarias.

martes, 13 de febrero de 2007

Eto'o es Hollywood


Los seguidores del F.C. Barcelona estaban (estábamos) hasta ahora tranquilos pensando que en el club de nuestros amores jamás existirían problemas de vestuario como los que tanto se han publicitado en el seno del equipo rival (¿hace falta que insulte vuestra inteligencia explicando aquí y ahora quién es el eterno rival del Barça?). Lo cierto es que escándalos como los como los que tenían por protagonistas a Ronaldo, Beckham, Cassano, Guti y el propio presidente Calderón (a quien más de un culé ha propuesto nombrar Hijo Predilecto del Barcelona… por lo mucho que su pésima gestión en la Casa Blanca está haciendo disfrutar a cierto sector del barcelonismo) nos parecían impensables en el club que dirige Joan Laporta… hasta que, hace pocas horas, el delantero camerunés Samuel Eto’o ha destapado la caja de los truenos.

Todo había empezado el domingo, hacia el final del partido contra el Racing de Santander, y de la forma más tonta posible. Eto’o, que recién empezaba a salir de una terrible lesión que desde septiembre le había mantenido alejado de los terrenos de juego, había confesado a sus allegados que esperaba jugar al menos 20 minutos contra el Racing. Sin embargo, el camerunés se quedó con tres palmos de narices cuando el también recuperado Leo Messi saltaba al campo al llamado de Rijkaard… y a él ni siquiera le mandaban a calentar. Es sabido que tras una lesión como la padecida por Eto’o no se encuentra uno recuperado de la noche a la mañana, y, de hecho, antes de someterse a un esfuerzo físico hay que realizar al menos un cuarto de hora de ejercicios de calentamiento. El delantero africano empezó a calentarse por dentro lo que no le dejaban calentar por fuera, y, cuando, a falta de menos de cinco minutos para finalizar el encuentro, el técnico le mandó entrar al campo, el impulsivo negrito dijo algo así como que saliese a jugar la purísima madre de Rijkaard, que él, para jugar cuatro minutos de mierda, no se molestaba en quitarse el chándal.

Este tipo de cosas son harto frecuentes en todos los estadios y en todos los partidos: cada club dispone de una plantilla de más de veinte hombres, pero se alinean once cada domingo. Todos quisieran jugar, pero algunos deben estar mentalizados para asumir su ostracismo. Evidentemente, en el caso de Samuel Eto’o se juntaron diferentes factores (su hirviente sangre africana, su hambre de juego y de gol, los cinco meses de parón y la pésima trayectoria goleadora de sus compañeros azulgrana, que él pretendía enmendar), pero eso no me parece excusa para quien, por mucho que cobre y por muchos tantos que marque, no deja de ser un pupilo en manos de un maestro, un soldado bajo el mando de un general. Eto’o debe jugar cuando el entrenador se lo ordena, y no jugar si el técnico no lo considera oportuno, y ha ser sancionado por tamaño acto de indisciplina. Claro que lo que sucedió después tampoco contribuyó a tapar el asunto. Primero, el otrora templado e impasible Rijkaard (que hace unas semanas la emprendió a hos… a puñetazos contra la marquesina del banquillo del Español), cuando se presentó en la rueda de prensa posterior al partido, pasó de hablar del regreso de Messi o de los 2 (dos) goles de Ronaldinho, y criticó públicamente al desobediente león africano. Por su parte, en otra salida de tono bastante poco afortunada, el presidente Laporta justificó el comportamiento de Eto’o, con lo que, indirectamente, estaba quitándole la razón al entrenador. Personalmente, repruebo la postura del jugador y apruebo la del técnico, que, por muy impasible que aparente ser, también debió sentirse jodido y disgustado cuando “su” futbolista le avergonzó públicamente al no acatar su autoridad.

Las cosas podían haberse quedado ahí y solucionarse pacíficamente entre bastidores… pero, este mediodía, Eto’o ha optado por pasar al contraataque y marcarle un gol por la escuadra a los directivos barcelonistas. El muchacho, que, además de un delantero dotado de un envidiable poderío físico y una extraordinaria puntería, es un bocazas de aquí te espero, ha vuelto a liarla como hizo hace un par de temporadas cuando cantó en riguroso directo su megahit titulado “Madrid, cabrón, saluda al Campeón”. Samuel, Samuelito, Samuelete ha llamado “mala persona” a su entrenador por reprenderle en público, y le ha recordado las veces que se ha entrenado con sus compañeros a pesar de haber estado lesionado. Pero ésto sólo ha sido el principio. Según Eto’o, existe una especia de guerra secreta entre dos bandos opuestos que tratan de controlar el poder futbolístico azulgrana. Por un lado, estarían los adictos al actual presidente, mientras que del otro bando se hallarían los que aún profesan inconfesable pleitesía al ex-vicepresidente Sandro Rosell, obligado a dimitir el año pasado a causa de su oposición a su antiguo amigo Laporta. Obviamente, Eto’o está en el bando “laportista”, mientras que futbolistas como Ronaldinho o Deco militarían en el frente “rosellista”. De Sandro Rosell, Eto’o ha dicho que “cuando era su jefe ni siquiera le saludaba”, pero que ahora disfruta hablando mal de él en público, y le ha retado a que “si tiene huevos” diga que ésto es mentira. Ni siquiera Ronaldinho se ha librado de las iras del camerunés, ya que el de los piños monumentales tuvo la ocurrencia de decir que “un jugador debe pensar no en uno mismo sino en el grupo” (por lo cual, Eto’o debió acatar las órdenes de Rijkaard), a lo que Samuel ha respondido que el primero que tuvo que pensar en el grupo fue Ronaldinho (como ya he dicho, supuestamente adicto a Rosell, y, por tanto, “enemigo” del africano) y no dejar en mal lugar a un compañero.

Las cosas se han puesto bastante feas en el seno del vestuario de un Barcelona que en muy pocas semanas se la juega a todos los niveles; no sólo tiene que mantener el liderato en la Liga, sino que debe continuar su andadura en la Champions y, por si fuera poco, ha de intentar darle la vuelta al resultado en contra que el Zaragoza cosechó en la Copa del Rey. Eto’o, con razón o sin ella, debió morderse la lengua antes de descubrir al eterno rival el exceso de humanidad que también existe en el vigente Campeón del principal torneo futbolístico español. Ahora es cuando más unidos hay que estar, y por éso, sea verdad o no lo sea, jamás debió salir a la luz pública la supuesta guerra civil que se ha desatado en Can Barça. Esperemos que todavía estemos a tiempo de atajar la crisis y apaciguar (todos) los ánimos para que, hermanados por el fútbol a pesar de las ideologías de algunos, los culés podamos disfrutar una vez más del triunfo deportivo del que tal vez no es “més que un club”… pero sí, indudablemente, el club de nuestros amores.

Cine: mi comentario sobre "DIAMANTE DE SANGRE"


Viendo anoche “Diamante de Sangre”, en la que dos personajes buscan denodadamente a un familiar de uno de ellos que ha sido secuestrado por un grupo violento que presumiblemente tratará de lavarle el cerebro, no pude evitar pensar en “Centauros del Desierto”, aquella megamaravillosa obra maestra dirigida por John Ford y protagonizada por John Wayne y Jeffrey Hunter. En realidad, la comparación entre ambos títulos sería simplemente imposible, primero, porque “Centauros…” es una de las mejores películas de la Historia del Cine, y “Diamante…” no es más que una discreta aportación al subgénero de “aventuras con mensaje”, y, segundo, porque el western protagonizado por John Wayne se rodó en una época radicalmente distinta a la actual, en que los creadores cinematográficos trataban de forjar una auténtica obra de arte, mientras que el film con Leonardo DiCaprio parece que se conforma con la belleza del actor y exponer la incuestionable valía de los técnicos de efectos especiales que han trabajado a las órdenes del director Edward Zwick.

De la filmografía de este señor, que empezó su carrera, si mal no recuerdo, en el campo televisivo, destacaría ante todo tres títulos anteriores: “Tiempos de Gloria”, un verdadero peliculón con Matthew Broderick y Denzel Washington (ganador de su primer oscar por este trabajo); “Leyendas de Pasión”, una especie de pseudowestern en el que actuaban Julia Ormond y Aidan Quinn y se paseaban Brad Pitt y Anthony Hopkins; y, mucho más recientemente, “El Ultimo Samurai”, película muy reivindicable con un Tom Cruise en plan superstar. De lo dicho cabe deducir que Edward Zwick está más o menos especializado en glorificar a las estrellas masculinas más atractivas del momento (tal vez no exactamente Broderick, pero sí Pitt, Cruise y ahora DiCaprio), aunque, después de analizar más profundamente su filmografía, mi teoría es que Zwick lo que hace es utilizar a dichas estrellas para exponer una y otra vez un mismo mensaje: aun en el fracaso o la derrota, la valentía y el honor son dignos de ser glorificados.

“Diamante de Sangre” transcurre en el pequeño país africano de Sierra Leona en 1999, y guarda alguna que otra semejanza argumental con la reciente “El Jardinero Fiel”; en aquella ocasión, se denunciaba la inmoral actuación de las multinacionales farmacéuticas en Africa, y ahora se nos cuenta el modo en que tras las guerras y revoluciones que acontecen en las zonas más deprimidas de ese continente se ocultan los intereses de traficantes de diamantes carentes del más mínimo escrúpulo. Archer (Leonardo DiCaprio), exsoldado y exmercenario, es uno de esos “cazadores de diamantes”, en cuyo camino se cruza un pobre campesino, Solomon (Djimon Hounsou) que, tras ser separado de su familia (su hijo ha sido reclutado a la fuerza por las violentas tropas rebeldes), encuentra un enorme diamante de valor casi incalculable. Forzados a entenderse, Archer y Solomon vivirán una accidentada aventura en la que uno de los dos encontrará aquello que tanto ansiaba y el otro se encontrará… a sí mismo.

Tengo que admitir que, una vez transcurridas unas horas, mi opinión sobre “Diamante de Sangre” ha mejorado ostensiblemente. Mientras la veía, era tanta la irritación y la impotencia que sentía ante el tremebundo despliegue de miseria, injusticia, sufrimiento y violencia que no deseaba otra cosa que se acabara cuanto antes. También es verdad que, si la película hubiera durado unos tres cuartos de hora menos, su ritmo hubiera mejorado un horror y todos nos hubiéramos ahorrado un montón de secuencias truculentas y de diálogos perfectamente prescindibles (los que mantiene el personaje de DiCaprio con el de Jennifer Connelly, una periodista con la que se insinúa un innecesario romance que, por fortuna, no llega a cuajar). Mas, siendo justos, hay que destacar la hermosa fotografía, el estupendo montaje y el buen hacer de sus dos protagonistas masculinos, ambos nominados al Oscar, aunque en categorías diferentes. ¿Alguien puede explicarme por qué Leonardo DiCaprio está nominado como protagonista y Djimon Hounsou, que aparece más minutos en pantalla y me atrevería a decir que actúa mejor que su compañero, es considerado secundario?. En cuanto a Jennifer Connelly, parece que ha superado su etapa anoréxica y vuelve a recuperar parte de su belleza juvenil, aunque su papel sólo se justifica como contrapunto estético al de Leonardo Dicaprio (¿cómo un chico tan guapo no va a encontrar una chica mona que le ablande el corazón?).

Hija de su tiempo, un tiempo de violencia y de miseria, “Diamante de Sangre” pretende ser una película de denuncia que juega la baza del cine de aventuras y cifra todas sus esperanzas comerciales en la presencia de su estrella masculina. Como entretenimiento es obvio que no llega a funcionar, y tampoco cumple su propósito de concienciación social. Se queda pues, en una tierra de nadie en la que no falta el típico final moralizante (ver el segundo párrafo de este artículo) que tan del gusto es de su director Edward Zwick.

Luis Campoy
Calificación: 6,5 (sobre 10)

jueves, 8 de febrero de 2007

Cine: mi comentario sobre "EL ILUSIONISTA"


Europa, finales del siglo XIX. Un mago es capaz de llenar teatros gracias a sus asombrosos trucos, mientras otro hombre trata en vano de descubrir sus secretos. En medio, una hermosa mujer que acentuará la rivalidad entre los dos. ¿A que parece que estoy contándoos el argumento de “El Truco Final (El Prestigio)”, la película de la que os hablé de modo muy entusiasta hace unas semanas?. Pues no. Se trata de la historia que narra “El Ilusionista”, un film que se estrenó en España en Noviembre del pasado año y que pasó (injustamente) desapercibido.

No es la primera vez que dos películas paralelas en el tiempo se arriesgan a contar prácticamente la misma historia, aun a riesgo de que el público se decante por una de las dos e ignore la otra. Sucedió hace años con “Robin Hood, Príncipe de los Ladrones” y “Robin Hood, el Magnífico”; con “Las Amistades Peligrosas” y “Valmont”; con “Tombstone” y “Wyatt Earp”; y, más, recientemente, con “Truman Capote” e “Infamous”. Nuevamente se repite la misma historia, y me atrevería a decir que si “El Ilusionista” se hubiese estrenado DESPUÉS y no ANTES de “El Truco Final”, otro gallo hubiera contado. Porque, si bien es cierto que “El Ilusionista” es una película bastante correcta, con algún momento realmente inspirado, no es menos verdad que la puesta en escena de su “rival” es tan brillante, tan deslumbrante, que yo mismo me quedé con ganas de más, y por éso (y no por otra cosa) he hecho lo imposible por repescar el film que ahora estoy comentando, y que protagonizan Edward Norton, Paul Giamatti, Ruful Sewell y Jessica Biel.

Narrada de forma clásica e incluso elegante, con movimientos de cámara solemnes y encuadres sacados directamente de un manual de cinematografía, lo que más convence de “El Ilusionista” es la sobria interpretación de su protagonista, un Edward Norton que no hace sino confirmar su calidad papel tras papel. Su mago Eisenheim resulta fascinante, admirable, enternecedor y hasta aterrador, y en nada se parece a sus composiciones para “Las Dos caras de la verdad”, “American History X” o “El Dragón Rojo”. Apoyándole, Paul Giamatti (que empieza a repetirse en su eterno papel de hombre desbordado por los acontecimientos), Rufus Sewell (encasilladísimo en roles de villano) y una dulce Jessica Biel cuya combinación de inocencia y carnalidad es digna de mención.

A pesar de sus múltiples semejanzas, la diferencia entre “El Ilusionista” y “El Truco Final (El Prestigio)” es la misma que separa lo correcto de lo brillante, lo notable de lo sobresaliente. Dirigida por el casi debutante Neil Burger, mientras la veía, y a pesar de que, en líneas generales, me estaba gustando, notaba cierta indefinición a la hora de rematar algunas secuencias, y, sobre todo, bastante torpeza en la confección de sus diálogos. Y ¿qué demonios? su “sorprendente” final es uno de los más fáciles de adivinar a los que me he enfrentado (o, al menos, yo lo intuí desde el principio, cosa, que, por cierto, también me sucedió parcialmente con “El Truco Final”). En cualquier caso, pienso que ver “El Ilusionista” no es perder el tiempo, y, éso sí, confío en que, para presenciar una nueva película sobre magos, haya que esperar, como mínimo, hasta julio, fecha del estreno de la quinta entrega de “Harry Potter”.

Luis Campoy
Calificación: 7 (sobre 10)

jueves, 1 de febrero de 2007

The Ultimates: Vengadores Definitivos


Seguro que a los aficionados al comic que soléis visitar este blog os estará pareciendo que me he vuelto un carroza, un carca al que no le gusta ningún tebeo de los que se publican en la actualidad. Ni “Los Nuevos Vengadores” ni “Spiderman”, mis ídolos de toda la vida, me satisfacen últimamente. Ni siquiera le hice una buena crítica a la macrosaga “Superman / Batman: Los Mejores del Mundo”, que está siendo distribuída en España por Planeta. ¿Acaso no existe en el mercado, al menos en los circuitos más comerciales, ninguna colección de historietas que merezca la pena? La respuesta es un rotundo… SÍ. Hoy voy a hablaros (y a recomendaros) una de las mejores series que he leído en los últimos años: “The Ultimates”, de Mark Millar y Bryan Hitch.

Con el fin evidente de captar a una nueva generación de lectores, a los que no les aterrorizase la idea de incorporarse a una colección que ya llevaba detrás más de cuatrocientos episodios, a los de Marvel se les ocurrió la idea de poner en solfa una serie de versiones actualizadas de sus comics más representativos, que comenzasen su andadura desde su mismo origen aunque narrándolo desde una perspectiva contemporánea, más adulta y a veces más violenta. Así nació el Universo Ultimate, con “Ultimate Spiderman” y “Ultimate X-Men” como insigne avanzadilla. Tanto la una como la otra obtuvieron un éxito inmediato, debido a su estudiada mezcla de clasicismo y modernidad, o, lo que es lo mismo, a su habilidad para narrar lo mismo que todos ya conocemos pero aportando un punto de vista nuevo y, ocasionalmente, ciertas sorpresas más o menos impactantes. No tardó mucho en llegar la que se había anunciado como la joya de la corona de la galaxia Ultimate: el “remake” de “Los Vengadores” que no iba a recibir, como sus otros compañeros de cabecera, el apelativo de “Ultimate Avengers”, sino, simplemente, “The Ultimates”.

Con una narrativa y una estética dignas de la mejor película de agentes secretos, “The Ultimates” va mucho más allá de los logros obtenidos por “Ultimate Spiderman” y “Ultimate X-Men”. Los guiones, primorosamente trenzados por Mark Millar, son de lo mejor que un servidor ha leído en muchos años, únicamente a la altura de los de “Supreme Power” de J. Michael Stracynski. No sólo se trata de una historieta protagonizada por super-héroes, en este caso, los poderosos Vengadores (Iron Man, el Capitán América, Thor, la Avispa, el Hombre Gigante e incluso Hulk), sino que “The Ultimates” es la crónica de cómo la cruda realidad de la América intervencionista de George Bush sería reinterpretada si unos cuantos seres con poderes más allá de lo comprensible tuvieran que asumir las funciones de la CIA o el cuerpo de marines. Por su parte, el dibujo, a cargo de un inspiradísmo Bryan Hitch, no es sólo apasionante y espectacular; los primeros planos parecen vivos, los pequeños detalles están resueltos con exquisitez de orfebre, y los rasgos físicos de ciertos personajes remedan con precisión fotográfica a modelos reales como el propio presidente Bush, Oprah Winfrey o Jay Leno, además de que, en un alarde de originalidad, el nuevo Nick Furia imaginado por Millar tiene el rostro (y la tez) del actor afroamericano Samuel L. Jackson.

La verdad es que no me cansaría de hablar maravillas de esta serie, inteligente, entretenida y fascinante. Uno de sus pocos defectos, ajenos a su calidad intrínseca, es la obligada parsimonia que su realización requiere. Dada la imposibilidad de que Bryan Hitch entregase sus maravillosos dibujos con la periodicidad habitual de un mes, la colección ha pasado a estructurarse en base a arcos argumentales que se prolongan durante ocho o diez episodios, los cuales, a su vez, van publicándose en Estados Unidos a trompicones. Por fortuna, la edición española de Panini (que contiene dos episodios USA por cada uno español) ha optado por retrasar la salida del segundo volumen de “The Ultimates” hasta que se ha conseguido tener asegurada la edición de un número mensual. Este mes de Febrero deberemos tener en las librerías especializadas el quinto episodio de la actual etapa, y yo estoy ya deseando tenerlo entre mis manos.

No es imposible encontrar hoy día un tebeo que aúne un dibujo primoroso, un trasfondo sociopolítico aterradoramente real, unos argumentos sumamente entretenidos y unos diálogos llenos de humanidad y cinismo. Ese comic existe, y se llama “The Ultimates”.