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lunes, 15 de enero de 2007

Entrenadores




Hace aproximadamente un año, no en este mismo blog sino en otro que tenía por aquel entonces, recuerdo haber escrito un artículo que se titulaba “El Lorca ya es segundo”. Me refería, naturalmente, al Lorca Deportiva, el equipo de fútbol titular de la ciudad en la que vivo, y que estaba atravesando una estupenda racha que parecía iba a catapultarle al ascenso directo a Primera División (finalmente no fue así, pero la temporada 2005-2006 será recordada como la más brillante en la historia del club blanquiazul). Han pasado más o menos 365 días, y nuevamente el Lorca es segundo… sólo que, esta vez, por la cola. Ya no está a punto de subir a Primera… sino de bajar a Segunda B. ¡Cómo cambian las cosas en apenas 12 meses…! Y no hay que ser un lince para comprender los motivos por los cuales un equipo que continúa en la misma categoría y mantiene la práctica totalidad de la plantilla ha experimentado un cambio tan brusco como radical. En otro artículo que publiqué en esta misma página bajo el título “Mercenarios del fútbol” daba cuenta del modo en que Unai Emery, jugador reciclado en entrenador que había obrado en el Lorca el milagro de su casi-ascenso, aceptó a final de temporada una jugosa oferta económica de uno de los rivales del club lorquino, el Almería. Consecuencia: el Almería ha mejorado ostensiblemente su posición respecto a hace un año, mientras que el Lorca está peligrosamente abocado al descenso. Digan lo que digan, los entrenadores constituyen la piedra angular del rendimiento de un equipo, y está comprobado que los dos que ya ha probado el Lorca tras la marcha de Emery (José Aurelio Gay –por favor, no hacer bromas al respecto- y José María Salmerón) no han podido copiar la receta mágica de su predecesor.

Y ya que hablamos de entrenadores, permitidme que en breves líneas compare el uso que hicieron de sus manos los técnicos al frente de los dos eternos rivales de la Liga española de Primera División, esto es, Barcelona y Real Madrid. El holandés Frank Rijkaard, famoso por su temperamento tranquilo y su gran capacidad de contención, perdió totalmente los estribos cuando el Barça encajó el segundo gol del Español y rompió de un puñetazo el panel de metacrilato del que estaba hecho el lateral del banquillo. Ignoro quién habrá afrontado o tendrá que afrontar el pago de los desperfectos, pero alguien debería decirle al amigo Rijkaard que esas no son formas, que aquellos espectadores que quisieran ver boxeo y no fútbol ya se fueron al estreno de “Rocky Balboa” (o “Rocky VI”, para entendernos), que protagoniza un Sylvester Stallone mucho más previsible que el tulipán de los pelos rizados.

Mientras Rijkaard utilizaba el sábado sus manos como desahogo ante un arrebato de furia, el entrenador italiano del Real Madrid, Fabio Capello, dedicó el domingo las suyas (o al menos una de ellas) a la práctica de otro deporte menos violento pero no mucho más edificante que el puñetazo: el “peinetazo”. Harto de aguantar los abucheos de ciertos aficionados del Bernabeu, Capello se soltó el cabello y les mostró reiteradamente un dedo de la mano, como preguntándoles si necesitaban que lo introdujese con malévolos propósitos en su mismísimo culo, dicho sea con todos los respetos. Alguien ha bautizado a este gesto con el nombre de “peineta” (y yo no sé muy bien por qué), pero lo cierto es que ni Fabio ni Frank, ni Frank ni Fabio, como grandes profesionales del fútbol que son, deberían sucumbir tan fácilmente a tan destructivas y antiestéticas muestras de humanidad…

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