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martes, 23 de enero de 2007

Cine: mi comentario sobre "APOCALYPTO"


No es el primero ni será el último actor que se pone tras la cámara asumiendo funciones de director, pero es incuestionable que el de Mel Gibson es uno de los casos más brillantes que se me ocurren, junto con los de Clint Eastwood o Charles Laughton. El proceso es más o menos así: un intérprete con ciertas inquietudes creativas pero sometido a las directrices que le marca el realizador del film en el que actúa, llega un momento en que se siente capacitado para ser él quien decida dónde poner la cámara. Algunos cursan estudios de cinematografía, pero la mayoría se limita a seguir las pautas marcadas por aquellos directores con los que han trabajado en mayor número de ocasiones. Así, es innegable que Clint Eastwood bebió en las fuentes narrativas de su maestro Don Siegel, que George Clooney sigue los pasos de Steven Soderbergh y que John Wayne, si bien con no demasiado éxito, trató de mimetizar la técnica de John Ford. En cuanto a Gibson, Mel Gibson, está claro que el protagonista de la saga de Mad Max ha adoptado como propio el estilo visual del realizador de las tres entregas de esta serie, George Miller, con alguna que otra influencia del modus operandi de Richard Donner, que le ha dirigido en las cuatro partes de “Arma Letal”.

Lo sorprendente de Mel Gibson es su capacidad de dejar de ser él mismo a la hora de plantear sus proyectos, o al menos la mayoría de ellos. La primera película que dirigió, “El hombre sin rostro”, era un drama intimista desprovisto de acción. A continuación, puso en imágenes su maravillosa “Braveheart”, epopeya histórica narrada con un insospechado lirismo que le deparó unos cuantos Oscars de Hollywood, la mayoría de ellos bien merecidos. Es a partir de “La Pasión de Cristo”, su tercer film, cuando Gibson comienza a crecer auténticamente como creador, porque decide potenciar la faceta eminentemente visual del cine y dejar en segundo plano el apoyo no siempre necesario que suponen los diálogos, y tanto “La Pasión…” (una visión crudísima, casi brutal, de los últimos días de Cristo, fotografiada, éso sí, de un modo bellísimo) como su nueva propuesta, “Apocalypto”, son auténticos espectáculos para los sentidos que apenas necesitan verbalizar con palabras sus argumentos universales.

A finales del siglo XV, justo en los días previos al descubrimiento/conquista/invasión llevados a cabo por los europeos (con los españoles a la cabeza), los nativos americanos que habitaban los territorios que hoy conocemos como México ya estaban estructurados en dos tipos de sociedades. Los mayas urbanitas o “civilizados” habían sido capaces de crear auténticas metrópolis gobernadas por una casta sacerdotal que consideraba que su apogeo se debía a la protección de sus dioses, a los que había que mantener contentos mediante la celebración de numerosos sacrificios humanos. Por otra parte, estaban los mayas “incivilizados” que vivían en pequeñas comunidades primitivas esparcidas por las frondosas selvas permanentemente verdes. Garra de Jaguar (un nativo que guarda un sospechoso parecido físico con el jugador del F.C. Barcelona Ronaldinho) vive en una de estas tribus y su existencia no puede ser más feliz. Tiene un hijo y su compañera está esperando otro, y su padre es el jefe de su clan. Sus días transcurren entre cacerías con sus amigos y sensuales celebraciones nocturnas… hasta que una mañana se presenta en su aldea un pequeño ejército proveniente de la ciudad, con el único propósito de tomar como esclavos al mayor número posible de aldeanos, que serán ofrecidos como víctimas sacrificales a sus crueles dioses. Ronaldinho (o sea, Garra de Jaguar) es uno de los “agraciados” con tan elevada “distinción”, pero no está dispuesto a abandonar a su compañera y a sus hijos, y hará lo posible y lo imposible por escapar y regresar a su idílica vida selvática.

Lo primero que tengo que decir es que me hubiera encantado ver “Apocalypto” totalmente desnuda de subtítulos (quizás lo haga cuando salga en DVD), porque la mayoría de ellos son absolutamente innecesarios, lo cual es atribuíble a la perfecta expresividad de los actores, ninguno de ellos conocido fuera de los circuitos del cine “indígena”. Mel Gibson ha logrado lo que en teoría hubiera parecido poco menos que imposible, ésto es, contar una historia utilizando los gestos y expresiones faciales de sus intérpretes, a los que arropa una fotografía naturalista obra de Dean Semler (recordado por “Bailando con lobos”) y una extraordinaria música de James Horner, quien, por una vez, ha logrado no autoplagiar (como lleva diez años haciendo) su partitura de “Titanic” (que, por cierto, ya constituía un plagio de la compuesta por el propio Horner para “Braveheart”). Lo más sorprendente es que, a pesar de la pequeña cantidad de diálogos, y de que para leer su traducción hace falta escudriñar unos molestos subtítulos que no siempre resultan aceptablemente visibles, todo lo que sucede en las casi dos horas de duración de “Apocalypto” resulta absolutamente inteligible, entendible y comprensible, y, lo que es más importante, esos ciento veinte minutos se deslizan rapidísimos y jamás existe la más mínima sensación de aburrimiento.

Como ocurre con la propia personalidad de Mel Gibson (ultracatólico y ultraconservador cuando está sobrio; ultrabocazas cuando se emborracha, como sucedió el pasado verano, cuando fue sorprendido conduciendo en estado de embriaguez y, al ser detenido, le dio por insultar a la comunidad judía de Hollywood, cosa que casi pone fin a su carrera), sus últimas películas se debaten entre la violencia extrema y la más poética exposición de la belleza de la naturaleza. Así, el mundo primitivo en el que viven Ronaldinho (perdón, Garra de Jaguar) y los suyos, tan sólo se vuelve justificadamente violento cuando es necesario cazar para alimentarse y sobrevivir. Sin embargo, la llegada de los mayas civilizados trae consigo unas muestras de maldad y crueldad que Gibson no duda en exhibir de un modo parecido al que tanta polémica causó cuando los espectadores de “La Pasión de Cristo” casi creíamos sentir en nuestras caras los chorros de sangre que brotaban de la carne lacerada de Jesucristo. También en “Apocalypto” hay copiosas dosis de hemoglobina, además de un amplio abanico de exquisiteces como decapitaciones, degollamientos, extracciones de órganos en vivo, una cabeza atravesada por una flecha, otra desfigurada y devorada por una pantera, etc., etc., etc., todo lo cual contrasta con el bucólico nacimiento bajo el agua del hijo de Ronaldinho (mejor dicho, Garra de Jaguar), momento que no sé si fui el único a quien le pareció un pelín cursi. Me pregunto si era estrictamente necesario visualizar tantísima brutalidad, me lo pregunto y no sé muy bien qué responderme, porque es cierto que este tipo de historias parece que demandan a gritos un poco de primitivismo y salvajismo, pero tal vez el bueno de Mel Gibson ha abierto el grifo de la sangre con la misma inmoderada generosidad con la que abre el del barril del whisky que tanto parece gustarle.

Pero que nada de lo dicho últimamente sirva para restarle méritos a este sobresaliente film de aventuras selváticas, narrado con mano maestra y que sabe conseguir y mantener un equilibrio perfecto entre las partes descriptivas que casi tienen tono documental y las trepidantes escenas de acción. Para mí, lo más logrado de “Apocalypto” no es sólo la última media hora de metraje, ciertamente prodigiosa, sino, sobre todo, toda la larga secuencia que transcurre en la capital maya, cuyo tono de pesadilla, acentuado por los colores chillones y la música de reminiscencias tribales, consigue que te identifiques totalmente con Ronal… Garra de Jaguar y sus compañeros.

Es una pena que su despliegue de sangre, sadismo y violencia esté un par de niveles por encima de lo que un público infantil o juvenil debería soportar, porque “Apocalypto” no es sólo una película muy entretenida, sino un estudio pormenorizado de las estructuras sociales de los pueblos primitivos, así como un bellísimo ejemplo de naturalismo y ecologismo cinematográficos. En cuanto a su mensaje último, su moraleja (la familia está por encima de todo y la tradición es lo único que asegura la estabilidad del porvenir), tampoco hay que extrañarse demasiado; después de todo, se trata de una película de Mel Gibson.

Luis Campoy
Calificación: 8,5 (sobre 10)

P.D.: Por cierto, os revelaré que el título original del film no tiene nada que ver con los eucaliptos… aunque sí un poco con el Apocalipsis, ya que corresponde a la primera persona del presente de indicativo del verbo “revelar”… en griego (para los no iniciados, tengo que recordaros que el Apocalipsis no era otra cosa que una Revelación sufrida y narrada por San Juan). Por lo tanto, “Apocalypto” significa ni más ni menos que… “Yo revelo”. De nada.