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martes, 30 de enero de 2007

Cine: mi comentario sobre "ROCKY BALBOA"



Han tenido que pasar 30 años desde el estreno del primer “Rocky” para que muchos se den cuenta de que Sylvester Stallone no es un mal tipo. Al igual que, por ejemplo, John Wayne, se trata de un actor de limitado repertorio gesticular, experto en interpretar una y otra vez el mismo papel (o sea, interpretarse a sí mismo), y siempre o casi siempre adscrito a cierta ideología reaccionaria o, como mínimo, conservadora. Ambos (Wayne y Stallone) flirtearon alguna que otra vez con la dirección (muchas más veces S.S. que J.W.), y los dos han sido, en algunos momentos de su carrera (Wayne durante mucho más tiempo), los actores favoritos de América. La gran diferencia es que, mientras John tuvo la fortuna de trabajar a las órdenes de los mejores directores de su tiempo (John Ford, Howard Hawks, Henry Hathaway), a Sylvester, por lo general, le han tocado simples artesanos del montón, junto a los cuales ha configurado una carrera en la que, básicamente, se ha limitado a lucir sus músculos. No es extraño que ningún crítico le haya tomado en serio, ni en su faceta de actor, ni en la de director y ni siquiera en la de guionista (que le deparó el Oscar por su guión para “Rocky”).

Desde el último gran éxito de Sylvester Stallone han pasado más años de los que puedo recordar, y la recaudación de las últimas películas con las que logró cierta repercusión comercial (“Máximo Riesgo” en 1993 y “Daylight, Pánico en el Túnel” en 1996) no pudo siquiera compararse a las cosechadas por sus “Rockys”, sus “Rambos” y su “Cobra”. No es del todo extraño que, ya en el ocaso no sólo de su carrera sino en el de su propia vida (acaba de cumplir 60 años), haya querido recuperar parte del crédito perdido entre sus fans, no sé muy bien si como colofón o broche final a su trayectoria o como un intento desesperado de reverdecer viejos laureles, ¿y qué mejor vehículo para hacerlo que meterse de nuevo en la piel del boxeador al que había dado vida en cinco ocasiones?

“Rocky Balboa” (o “Rocky VI”, sí lo preferís) es a “Rocky” lo mismo que la reciente “Superman Returns” es a “Superman” (1978): se trata, lógicamente, de una secuela, de una continuación, pero, durante gran parte de su metraje, uno tiene la sensación de que, al mismo tiempo, es un remake, una nueva versión. En su calidad de “padre de la criatura” (como dije anteriormente, a pesar de que no dirigió la primera entrega, de la que se ocupó John G. Avildsen, sí es cierto que fue el creador “literario” del personaje y el realizador de cuatro de sus cinco continuaciones), Stallone se permite no sólo contarnos la lógica decrepitud del ex-boxeador, sino también su renacimiento, o quizás, su rejuvenecimiento. La esposa de Rocky, Adrian (a la que siempre había encarnado Talia Shire, que esta vez no estaba por la labor) ha fallecido, y el viudo púgil, de un modo tan estúpido como hace 30 años, inicia un nuevo romance al mismo tiempo que descubre dentro de sí mismo una llama que creía apagada: no importa que haya triunfado en los negocios, no le basta con que la gente le respete… él es un boxeador y no un empresario ni un ídolo de multitudes, y no puede resistirse a la (pen)última llamada del cuadrilátero. Para narrarnos tan elemental historia, Stallone no duda en recuperar a varios de los actores veteranos de la saga (Burt Young, Bill Duke), cosa que me parece lógica y normal, e incluso revisitar la mayoría de los escenarios en los que se rodaron las secuencias más populares de sus viejas películas, sino que (a pesar de que ya no tiene 30 ni 40… sino 60 primaveras) pretende convencernos de que su forma física es prácticamente la misma de entonces. Nuevamente vuelve a trotar junto a su perro (a los sones de la música habitual, una vez más clonada sin pudor por el venerable Bill Conti), nuevamente vuelve a subir las escaleras del Ayuntamiento de Filadelfia sin apenas cansarse y nuevamente se enfrenta al campeón de los pesos pesados (de raza negra, of course), a pesar de que, en teoría, lo tiene todo perdido de antemano. El resultado del combate no os lo voy a contar aquí y ahora, pero ¿no he dicho más arriba que “Rocky VI” es casi un “remake” de “Rocky”…?.

Interpretada con innegable habilidad por un Sylvester Stallone tierno y campechano, que sabe ganarse el cariño de la audiencia desde su primera aparición en escena, “Rocky Balboa” está repleta de convencionalismos y sus diálogos tienen de originales lo que yo de rico… pero hay que reconocer que funciona. En ningún momento trata de parecer una obra maestra, nunca (a pesar de lo que he leído por ahí) pretender ser “la película definitiva sobre el boxeo”, y, por el contrario, tiene la virtud de saber narrar con sencillez (tanto argumental como estética) la historia de una persona humilde para quien la fama es sólo la consecuencia indirecta de haber podido realizar su sueño. En cuanto a si el mismo hecho de que la celebración de un combate de boxeo entre el campeón del mundo y un pobre sexagenario pueda parecernos poco menos que increíble… mejor dejémoslo para otra ocasión, ¿vale?. Ahora prefiero decir que, en el crepúsculo de su carrera, me he dado cuenta de que me cae bien Sylvester Stallone.
Luis Campoy
Calificación: 7 (sobre 10)

Cine: mi comentario sobre "NOCHE EN EL MUSEO"


El trailer levanta simpatías e incluso algo de expectación… pero hay que reconocer que “Noche en el Museo” se agota en su primera media hora.

Larry Daley (Ben Stiller) responde al último modelo de antihéroe acuñado por Hollywood. Al igual que los otros protagonistas de cien películas interpretadas en los últimos años por Jim Carrey, Will Smith, Tim Allen o el mismísimo Tom Cruise, se trata de un hombre separado que tiene que reivindicarse ante su amadísimo hijo (o hija). Tratando de no parecer un torpe estúpido incapaz de mantener un trabajo, acepta el cargo de guardia nocturno en el Museo de Historia Natural de Nueva York. La primera noche que pasa en el recinto comprueba con sorpresa que todas las figuras allí expuestas son capaces de cobrar vida.

En un solo y breve párrafo he sido capaz de resumir todo lo que sucede en este film (y ya sabéis que la brevedad no es, precisamente, una de las características de este blog). Pero es que, para más INRI, en la propia publicidad del film ya desvelan todo su argumento. Y lo peor es que no hay nada más que contar.

Para disfrutar de una película de las características de “Noche en el Museo” hay que ser un fanático de la tecnología digital, un niño con muy pocas ganas de crecer, o bien un cinéfilo ávido por deleitarse con la presencia de algunos actores ciertamente dignos de mención. Por fortuna para mí, yo poseo un poco de las dos últimas cosas (niñez y cinefilia), y quizás por eso esté siendo un poco demasiado generoso con este producto que, dada la recepción que tuvo entre mis hijos, un día no muy lejano acabará en las estanterías de mi videoteca (¿o debería decir deuvedeteca?).

Cruce entre “Jumanji” y “La Cenicienta”, “Noche en el Museo” posée unos efectos visuales ciertamente admirables, ya sea en la creación de animales y criaturas que parecen absolutamente reales (no como los que salían en la citada “Jumanji”, rodada casi en la prehistoria de esta tecnología) o en la utilización de miniaturas y efectos ópticos para simular la diferencia de tamaño entre el protagonista Stiller y alguno de sus enemigos/aliados. También es relevante la partitura compuesta por Alan Silvestri (“Regreso al futuro”, “Forrest Gump”, “El regreso de la Momia”), aunque desde los primeros compases uno tiene la sensación de que la calidad de la música está muy por encima de la de las imágenes a las que acompaña. En el fondo, los excelentes efectos visuales, la exquisita partitura y el suntuoso diseño de producción no hacen otra cosa que vestir de seda a una mona que en mona sigue quedándose. Y, aunque en algún momento no es nada difícil esbozar varias sonrisas e incluso lanzar alguna que otra carcajada, es innegable que la segunda mitad del metraje de “Noche en el Museo” no hace sino reiterar hasta el infinito los escasos logros imaginativos apuntados en sus primeros compases.

Al final, sólo queda el disfrute puramente cinéfilo al que me refería al principio. Porque pocas películas de hoy en día pueden presumir de tener en su reparto a auténticos mitos de ayer como el simpático Mickey Rooney, vieja gloria del Hollywood de los años dorados (recuérdense sus películas con Deanna Durbin, Judy Garland o Elizabeth Taylor), el incombustible Dick Van Dyke (el entrañable deshollinador Bert de “Mary Poppins”), el menos conocido en España Bill Cobbs (al que hemos visto en “Cotton Club” o “El color del dinero”), o los más contemporáneos Robin Williams (casi irreconocible interpretando al Presidente Teddy Roosevelt, que hace de mentor de Ben Stiller en un registro muy similar al que le hizo famoso en “El Club de los Poetas Muertos”), Carla Gugino (la madre espía de la trilogía “Spy Kids”), Steve Coogan (protagonista de la reciente versión de “La vuelta al mundo en 80 días”) o el rubio Owen Wilson (cuyo nombre no figura en los títulos de crédito pero que no podía faltar a esta nueva cita con su eterno compañero Ben Stiller, junto al que protagonizó, entre otras, “Starsky & Hutch”).

Simpática, agradable, familiar… y entretenida. No es mucho, pero, si sólo buscáis pasar un rato divertido, es bastante.


Luis Campoy
Calificación: 6 (sobre 10)

lunes, 29 de enero de 2007

Ayunar adelgaza

Durante toda la pasada semana se habló y no paró de hablarse de la polémica huelga de hambre llevada a cabo por el etarra Iñaki De Juana Chaos (por cierto, ¿alguien ha reparado en que “chaos” en varios idiomas significa “caos”?), o, mejor dicho, de la respuesta gubernamental a las posibles consecuencias derivadas de dicha huelga. Como todos sabemos, el ayuno es la única forma segura de adelgazar, y ayunar prolongadamente hace que adelgacemos tanto que nos lleguemos a quedar en los huesos, o mismamente que nos convirtamos en un esqueleto propiamente dicho. Es decir, este individuo era consciente, cuando inició su reivindicación, de que una de las posibilidades derivadas de la misma era que le sacaran de la enfermería de la cárcel con los pies por delante, a no ser que las mentes pensantes asentadas en los estamentos del poder se dejaran intimidar por el posible estallido de una peligrosísima bomba de relojería. Desde el inicio de la tregua, ETA no ha hecho sino rearmarse, ya sea mediante la adquisición de armamento físico, o a través de la utilización de otros mecanismos de presión que pueden ser aún más devastadores que la explosión de un artefacto. Si bien es cierto que, humanitariamente hablando, hasta un asesino convicto tiene una serie de derechos que yo no voy a discutir (entre otros, el mismísimo derecho a la vida que él pisoteó cuando segó la vida de los inocentes a los que asesinó), lo que no se debe es consentir que, precisamente por su pertenencia a cierta organización terrorista, a este caballero se le confieran MÁS derechos que a los demás presidiarios. He aquí el quid de la cuestión. Todos sabemos lo que podría pasar en caso de que De Juana muriese en prisión: automáticamente, ETA, Batasuna y hasta el PNV lo convertirían en un símbolo, en una especie de mártir, simplemente porque ha preferido morir antes que renunciar a sus ideales. A nadie le deseo la muerte, pero hay que considerar que el señor De Juana al menos ha podido elegir su (posible) destino, cosa que otros muchos (los que él mató o ayudó a matar) no pudieron hacer. Es de suponer la preocupación mayúscula que invadirá a Zapatero y a sus acólitos, que estarán hasta rezando para que De Juana, a quien se está alimentando forzosamente en contra de su voluntad, mantenga sus constantes vitales un día tras otro. Sólo desde esa perspectiva se entiende el modo en que la pasada semana el Gobierno de la nación se estuvo escondiendo tras la posibilidad de una puesta en libertad que finalmente denegó la Audiencia Nacional. No soy una personal cruel y reconozco que tal vez la condena que De Juana cumple en la actualidad (12 años de prisión por haber escrito dos artículos en un periódico) puede parecer un tanto excesiva, pero no hay que olvidar que de la primera condena, la que se le imputó por la realización de sus execrables crímenes (nada menos que 3.000 años de prisión), se libró en base a una serie de leyes absurdas (no se pueden cumplir más de 30 años en la cárcel, además de lo cual el amigo De Juana logró “arañar” otros doce añitos por su buen comportamiento en la trena… así que los 3.000 abriles previstos se convirtieron en unos ridículos 18), de lo cual tienen la culpa los legisladores y los jueces, y no los terroristas. Pero ¿qué queréis que os diga?, por muy triste que sea que un hombre muera de hambre, y por muy devastadores que puedan ser las consecuencias de su “santificación” por parte de los separatistas vascos, no me hubiera parecido justo que con él se crease un precedente. ¿Os imagináis no sólo a los terroristas, sino a los ladrones, los violadores, los narcotraficantes y los pederastas declarándose en huelga de hambre? Harían falta más hospitales que recintos penitenciarios para mantenerles a todos con vida. Repito: no le deseo la muerte a nadie, pero hay veces en que la Justicia tiene que ser JUSTA… mal que le pese a un Presidente del gobierno con vanas pretensiones de Nobel de la Paz.

miércoles, 24 de enero de 2007

Resurrecciones


Spiderman ha muerto.

Peter Parker, el hombre que vestía el característico uniforme rojo y azul, el que siempre ha vivido sus días de tinta y papel bajo el lema “Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”, es ahora un apenas un despojo mutilado y machacado a golpes cuya vida se ha extinguido en los brazos de su amada esposa Mary Jane.

Y esto, amigos y amigas, no es simplemente un truco publicitario para induciros a que compréis un comic.

Spiderman ha muerto de verdad.

¿O no…?

Hace algunos años, las mentes pensantes de DC Comics (la Distinguida Competencia de Marvel, editorial de los tebeos de Spiderman, los Cuatro Fantásticos, los X-Men, Hulk, etc. etc. etc.), decidieron dar un vuelco a la colección de su icono más emblemático, Superman, y establecieron que éste debía morir (heroicamente, por supuesto), tan sólo para, meses después, renacer de sus cenizas, aún más poderoso, más épico y más glorioso que de costumbre. Y sí, lógicamente, las ventas de la serie, que habían experimentado un bajón, subieron como la espuma.

Algo parecido quisieron hacer los de Marvel allá por 1995, aplicando a Spiderman (el más famoso icono de la editorial) la misma teoría de la muerte y la resurrección, sólo que se desmarcaron con una variante alternativa en la que Peter Parker no llegaba a morir, pero sí descubría que no era el Hombre Araña original sino un clon, por lo cual un oscuro personaje que tan sólo había aparecido en un vetusto episodio de los años setenta y al que se le consideraba simplemente como el difunto duplicado genético de Spiderman resultaba no sólo estar vivito y coleando sino, además, ser el auténtico superhéroe y acababa enfundándose las mallas rojizaules, mientras Peter (que, además, había perdido los poderes) y su esposa emprendían un forzoso exilio para nunca regresar. Ben Reilly (así se llamaba aquel “nuevo Spiderman”) era, en todos los sentidos, idénticamente igual que Peter Parker, sólo que se teñía el pelo de rubio… y no estaba casado. Muchos pensamos en aquel momento que el único propósito de la Saga del Clon era devolver a Spiderman a los tiempos pasados en los que estaba soltero y carecía de responsabilidades, y, para no matar a la pobre Mary Jane, los guionistas decidieron desatar este auténtico terremoto que muy pronto se volvió en su contra. Cuando transcurrieron un par de meses y vieron que Peter Parker no volvía y Ben Reilly iba a ser a todos los efectos su sustituto, miles y miles de lectores inundaron la editorial de airadas cartas de protesta en las que amenazaban con dejar de comprar sus comics si no se deshacía el entuerto y las aguas volvían a su cauce. Conclusión: al cabo de un puñado de episodios, Peter Parker no sólo recuperó “milagrosamente” sus poderes, sino que unos nuevos análisis demostraron que él y sólo él era el auténtico, y Ben Reilly, que finalmente quedaba identificado como el clon, moría heroicamente en una encarnizada batalla con… Norman Osborn, el Duende Verde, que “resucitaba” después de llevar muerto más de 20 años. Para que nadie tuviera dudas de que el viejo status quo iba a permanecer inalterable para todos los siempres, el pobre clon no sólo era traspasado por el deslizador del Duende Verde, sino que caía de un rascacielos y, por si le faltaba poco, al morir se desintegraba y quedaba convertido en un charco de productos sintéticos.

Pero claro, eso sucedió hace diez años.

Mantener a un personaje eternamente en la cresta de la ola, a salvo del vaivén de los vientos del tiempo y siempre en el punto de mira de cada nueva generación de lectores, debe ser condenadamente difícil. Sólo muy pocos lo consiguen. La mayoría de estos supervivientes se limitan a dormirse en los laureles y a rendirse a la inercia, pero unos pocos tratan de evolucionar hacia delante. Esto es lo que lleva algún tiempo intentando hacer Joe Michael Straczinsky, prestigioso guionista que trata de revolucionar a Spiderman, aunque, eso sí, de forma menos traumática que sus predecesores de los años 90. La teoría de Straczinsky era que los poderes arácnidos de Peter Parker no estaban adecuadamente desarrollados ni justificados, y por ello era necesaria una nueva y drástica revolución. Primero, nos dejó entrever que Spiderman no era el primero ni el único Hombre Araña de la historia, y luego, en un alarde de osadía, hizo que Peter (como ya ocurriera en la serie de dibujos animados de los 90) se convirtiese en una auténtica araña (in)humana, para luego metamorfosearse de nuevo en hombre. El mismo hombre.. La única consecuencia de esto fue que Peter era capaz de segregar su propia telaraña sin tener que fabricarla en el laboratorio, cosa que ya sucedía en el film de 2002 dirigido por Sam Raimi y protagonizado por Tobey Maguire.

Pero ahora, como decía al inicio de este artículo, Spiderman ha muerto. Desde hacía algunos episodios, Peter Parker estaban sintiéndose raro, con problemas para enfocar sus poderes, y un análisis clínico revelaba un diagnóstico sobrecogedor: estaba muriéndose, muriéndose sin remisión, y le quedaba el tiempo justo para despedirse de sus seres queridos. Es entonces cuando reaparece un villano llamado Morlun, una especie de vampiro que bebe la energía (o incluso come la carne) de aquellos seres dotados de poderes arácnidos, y, tras una épica batalla, un Spiderman moribundo es horriblemente mutilado por Morlun, que le arranca un ojo que a continuación devora. Pero nuestro héroe no podía morir así, y su naturaleza super heroica se pone de manifiesto por última vez, cuando, ya en el hospital, dedica su postrer soplo de vida a salvar a su esposa, Mary Jane, de caer víctima de la crueldad de Morlun. Spiderman ha muerto, y su cadáver es confiado a sus compañeros de armas, los Nuevos Vengadores, quienes se preparan para darle la despedida que merece.

Sin embargo, algo absolutamente inesperado ocurre: el cuerpo magullado de Peter Parker, cuyo rostro ha quedado totalmente deformado e irreconocible, aparece abierto en canal. ¿Se trata de la obra impía de un psicópata… o acaso es que algo vivo quedaba dentro del cadáver, y ha necesitado abrirse paso de dentro a fuera para sobrevivir?. Como respuesta a esta pregunta, horas después se presenta en la Torre Stark, sede de los Vengadores, un resucitado Peter Parker, aparentemente idéntico al interior. Su esposa y su adorada tía May le abrazan emocionadas y sin poder dar crédito a lo que ven sus ojos, pero el propio Peter tiene una duda que no puede compartir con nadie. Las últimas horas (las primeras de su nueva vida) las ha pasado envuelto en un gigantesco capullo hecho de tela de araña, y una voz le hablaba de su pasado y de su futuro, y le recordaba que todas las arañas, una vez en su vida, son capaces, cual Ave Fénix de ocho patas, de renacer de sus propias cenizas, de resucitar de su propia muerte aparente. Lo que Peter ignora es si esta nueva encarnación es la de un hombre que se convirtió en araña o, por el contrario, se trata de una araña que tiene apariencia de hombre. ¿Es el mismo Peter Parker de siempre o es uno distinto, es el uno o es… el Otro?.

Si os ha parecido que todo lo que he escrito hasta ahora tenía un tono solemne y trascendente, os debo pedir disculpas: era coña. O sea, lo de obligarnos a presenciar cómo un personaje como Peter Parker, que nos ha acompañado durante más de cuarenta años, es brutalmente apaleado y desfigurado y finalmente muere, del modo más doloroso posible y sin atisbo de que pueda tratarse, como tantas veces, de una simple pesadilla, me parece auténticamente cruel y de mal gusto. ¿Y todo para qué?: para tenerlo de vuelta dos episodios después (en España, en la edición de Panini, todo ésto sucede en un mismo volumen), más joven y hasta más guapo. “Evoluciona o muere” es el subtítulo de la saga denominada “El Otro”, un gran crossover o cruce de las cuatro colecciones arácnidas que se publican en la actualidad, dentro de la cual suceden todas estas movidas que os acabo de referir. Y, ciertamente, parece lógico que incluso en los comics, determinados personajes deban evolucionar (¿no evolucionamos también sus lectores?), pero soy muy crítico a la hora de evaluar una serie de cambios innecesarios como los que, según parece, van a afectar a mi adorado Spiderman (por ejemplo, le van a salir espolones de araña en los brazos).

O sea, lo que realmente determina la calidad de un cómic o su capacidad de entretenimiento es un buen guión y un buen dibujo, no la acumulación de giros argumentales gratuitos y de golpes de efecto puramente pirotécnicos que sólo pueden desvirtuar la esencia del personaje. Un Spiderman muerto y resucitado, que segrega telarañas por las muñecas y al que le crecen espolones no es el mismo Spiderman de toda la vida. Habrá a quien le parezca que estas innovaciones llenan a nuestro héroe de nuevas posibilidades, y de gloria a sus responsables… pero a mí me parece que los mejores tebeos del Hombre Araña son precisamente aquéllos en los que Peter Parker vivía situaciones en las que destacaba su responsabilidad y su sentido del humor, actitudes inequívocamente humanas, y ésto de convertirlo más en araña que en hombre es simplemente una innecesaria frivolidad, un paso adelante que los guionistas futuros se verán obligados a retroceder. Y, si no, al tiempo.

martes, 23 de enero de 2007

Cine: mi comentario sobre "APOCALYPTO"


No es el primero ni será el último actor que se pone tras la cámara asumiendo funciones de director, pero es incuestionable que el de Mel Gibson es uno de los casos más brillantes que se me ocurren, junto con los de Clint Eastwood o Charles Laughton. El proceso es más o menos así: un intérprete con ciertas inquietudes creativas pero sometido a las directrices que le marca el realizador del film en el que actúa, llega un momento en que se siente capacitado para ser él quien decida dónde poner la cámara. Algunos cursan estudios de cinematografía, pero la mayoría se limita a seguir las pautas marcadas por aquellos directores con los que han trabajado en mayor número de ocasiones. Así, es innegable que Clint Eastwood bebió en las fuentes narrativas de su maestro Don Siegel, que George Clooney sigue los pasos de Steven Soderbergh y que John Wayne, si bien con no demasiado éxito, trató de mimetizar la técnica de John Ford. En cuanto a Gibson, Mel Gibson, está claro que el protagonista de la saga de Mad Max ha adoptado como propio el estilo visual del realizador de las tres entregas de esta serie, George Miller, con alguna que otra influencia del modus operandi de Richard Donner, que le ha dirigido en las cuatro partes de “Arma Letal”.

Lo sorprendente de Mel Gibson es su capacidad de dejar de ser él mismo a la hora de plantear sus proyectos, o al menos la mayoría de ellos. La primera película que dirigió, “El hombre sin rostro”, era un drama intimista desprovisto de acción. A continuación, puso en imágenes su maravillosa “Braveheart”, epopeya histórica narrada con un insospechado lirismo que le deparó unos cuantos Oscars de Hollywood, la mayoría de ellos bien merecidos. Es a partir de “La Pasión de Cristo”, su tercer film, cuando Gibson comienza a crecer auténticamente como creador, porque decide potenciar la faceta eminentemente visual del cine y dejar en segundo plano el apoyo no siempre necesario que suponen los diálogos, y tanto “La Pasión…” (una visión crudísima, casi brutal, de los últimos días de Cristo, fotografiada, éso sí, de un modo bellísimo) como su nueva propuesta, “Apocalypto”, son auténticos espectáculos para los sentidos que apenas necesitan verbalizar con palabras sus argumentos universales.

A finales del siglo XV, justo en los días previos al descubrimiento/conquista/invasión llevados a cabo por los europeos (con los españoles a la cabeza), los nativos americanos que habitaban los territorios que hoy conocemos como México ya estaban estructurados en dos tipos de sociedades. Los mayas urbanitas o “civilizados” habían sido capaces de crear auténticas metrópolis gobernadas por una casta sacerdotal que consideraba que su apogeo se debía a la protección de sus dioses, a los que había que mantener contentos mediante la celebración de numerosos sacrificios humanos. Por otra parte, estaban los mayas “incivilizados” que vivían en pequeñas comunidades primitivas esparcidas por las frondosas selvas permanentemente verdes. Garra de Jaguar (un nativo que guarda un sospechoso parecido físico con el jugador del F.C. Barcelona Ronaldinho) vive en una de estas tribus y su existencia no puede ser más feliz. Tiene un hijo y su compañera está esperando otro, y su padre es el jefe de su clan. Sus días transcurren entre cacerías con sus amigos y sensuales celebraciones nocturnas… hasta que una mañana se presenta en su aldea un pequeño ejército proveniente de la ciudad, con el único propósito de tomar como esclavos al mayor número posible de aldeanos, que serán ofrecidos como víctimas sacrificales a sus crueles dioses. Ronaldinho (o sea, Garra de Jaguar) es uno de los “agraciados” con tan elevada “distinción”, pero no está dispuesto a abandonar a su compañera y a sus hijos, y hará lo posible y lo imposible por escapar y regresar a su idílica vida selvática.

Lo primero que tengo que decir es que me hubiera encantado ver “Apocalypto” totalmente desnuda de subtítulos (quizás lo haga cuando salga en DVD), porque la mayoría de ellos son absolutamente innecesarios, lo cual es atribuíble a la perfecta expresividad de los actores, ninguno de ellos conocido fuera de los circuitos del cine “indígena”. Mel Gibson ha logrado lo que en teoría hubiera parecido poco menos que imposible, ésto es, contar una historia utilizando los gestos y expresiones faciales de sus intérpretes, a los que arropa una fotografía naturalista obra de Dean Semler (recordado por “Bailando con lobos”) y una extraordinaria música de James Horner, quien, por una vez, ha logrado no autoplagiar (como lleva diez años haciendo) su partitura de “Titanic” (que, por cierto, ya constituía un plagio de la compuesta por el propio Horner para “Braveheart”). Lo más sorprendente es que, a pesar de la pequeña cantidad de diálogos, y de que para leer su traducción hace falta escudriñar unos molestos subtítulos que no siempre resultan aceptablemente visibles, todo lo que sucede en las casi dos horas de duración de “Apocalypto” resulta absolutamente inteligible, entendible y comprensible, y, lo que es más importante, esos ciento veinte minutos se deslizan rapidísimos y jamás existe la más mínima sensación de aburrimiento.

Como ocurre con la propia personalidad de Mel Gibson (ultracatólico y ultraconservador cuando está sobrio; ultrabocazas cuando se emborracha, como sucedió el pasado verano, cuando fue sorprendido conduciendo en estado de embriaguez y, al ser detenido, le dio por insultar a la comunidad judía de Hollywood, cosa que casi pone fin a su carrera), sus últimas películas se debaten entre la violencia extrema y la más poética exposición de la belleza de la naturaleza. Así, el mundo primitivo en el que viven Ronaldinho (perdón, Garra de Jaguar) y los suyos, tan sólo se vuelve justificadamente violento cuando es necesario cazar para alimentarse y sobrevivir. Sin embargo, la llegada de los mayas civilizados trae consigo unas muestras de maldad y crueldad que Gibson no duda en exhibir de un modo parecido al que tanta polémica causó cuando los espectadores de “La Pasión de Cristo” casi creíamos sentir en nuestras caras los chorros de sangre que brotaban de la carne lacerada de Jesucristo. También en “Apocalypto” hay copiosas dosis de hemoglobina, además de un amplio abanico de exquisiteces como decapitaciones, degollamientos, extracciones de órganos en vivo, una cabeza atravesada por una flecha, otra desfigurada y devorada por una pantera, etc., etc., etc., todo lo cual contrasta con el bucólico nacimiento bajo el agua del hijo de Ronaldinho (mejor dicho, Garra de Jaguar), momento que no sé si fui el único a quien le pareció un pelín cursi. Me pregunto si era estrictamente necesario visualizar tantísima brutalidad, me lo pregunto y no sé muy bien qué responderme, porque es cierto que este tipo de historias parece que demandan a gritos un poco de primitivismo y salvajismo, pero tal vez el bueno de Mel Gibson ha abierto el grifo de la sangre con la misma inmoderada generosidad con la que abre el del barril del whisky que tanto parece gustarle.

Pero que nada de lo dicho últimamente sirva para restarle méritos a este sobresaliente film de aventuras selváticas, narrado con mano maestra y que sabe conseguir y mantener un equilibrio perfecto entre las partes descriptivas que casi tienen tono documental y las trepidantes escenas de acción. Para mí, lo más logrado de “Apocalypto” no es sólo la última media hora de metraje, ciertamente prodigiosa, sino, sobre todo, toda la larga secuencia que transcurre en la capital maya, cuyo tono de pesadilla, acentuado por los colores chillones y la música de reminiscencias tribales, consigue que te identifiques totalmente con Ronal… Garra de Jaguar y sus compañeros.

Es una pena que su despliegue de sangre, sadismo y violencia esté un par de niveles por encima de lo que un público infantil o juvenil debería soportar, porque “Apocalypto” no es sólo una película muy entretenida, sino un estudio pormenorizado de las estructuras sociales de los pueblos primitivos, así como un bellísimo ejemplo de naturalismo y ecologismo cinematográficos. En cuanto a su mensaje último, su moraleja (la familia está por encima de todo y la tradición es lo único que asegura la estabilidad del porvenir), tampoco hay que extrañarse demasiado; después de todo, se trata de una película de Mel Gibson.

Luis Campoy
Calificación: 8,5 (sobre 10)

P.D.: Por cierto, os revelaré que el título original del film no tiene nada que ver con los eucaliptos… aunque sí un poco con el Apocalipsis, ya que corresponde a la primera persona del presente de indicativo del verbo “revelar”… en griego (para los no iniciados, tengo que recordaros que el Apocalipsis no era otra cosa que una Revelación sufrida y narrada por San Juan). Por lo tanto, “Apocalypto” significa ni más ni menos que… “Yo revelo”. De nada.

jueves, 18 de enero de 2007

Vivir o morir

Estos días se está hablando mucho acerca del caso de una mujer llamada Madeleine, afectada de esclerosis múltiple progresiva y que finalmente ha optado por el suicidio, temerosa de que su calidad de vida, ya de por sí bajo mínimos, pudiese empeorar todavía más con el transcurso de los meses y el inevitable recrudecimiento de la enfermedad. Dicen que esta señora fue, muchísimos años atrás, la inspiradora de una canción del cantautor francés George Brassens, que precisamente se llama “Madeleine”, y que ella misma, más o menos en la misma época, tuvo al también cantante Jacques Brel entre su círculo de amigos. El caso de Madeleine, como anteriormente el de Ramón Sampedro (que Alejandro Amenábar llevó al cine en su film “Mar adentro”, con Javier Bardem de protagonista) es sólo un ejemplo más de una dialéctica más o menos eterna acerca de los límites del derecho a la propia autodeterminación. Es decir, uno (o una) tiene derecho a elegir una profesión, una orientación sexual, una pareja, el nombre de sus hijos, una ideología política, de qué color pintar las paredes de la casa, incluso si, una vez muerto, ha de ser enterrado o incinerado… pero desde ciertos sectores o ambientes está mal visto que se tenga derecho a decidir cuándo y cómo morir. Históricamente, es sabido que la Iglesia católica niega el suelo sagrado del cementerio a los suicidas, que habían (o han) de ser sepultados bajo una tierra no consagrada.

Yo pienso que la Vida no es una imposición, sino un privilegio; no una obligación, sino un derecho. Y, como todos los derechos, se ha de contar con toda la libertad del mundo a la hora de ejercerlo o no. ¿Por qué vivimos? ¿Para qué vivimos? Ante estas dos preguntas se han dado miles o millones de respuestas, y la mayoría de ellas nacen del conformismo: “…hay que seguir adelante”, “…ya que estamos en este mundo…”, “…la vida es así”, etc. etc. etc. Yo milito en el bando de los que piensan que sólo merece la pena vivir para tratar de sentirse vivo, para tratar de ser feliz, y hacia este fin último hay que encaminar el rumbo de la existencia. Pero, claro, hay opiniones, posturas y actitudes aptas para todos los públicos. Los hay generosos (los que viven por o para los demás), los hay materialistas (los que viven para amasar riqueza o posesiones) y los hay, también, optimistas (los que viven hoy alentados por la esperanza de que mañana vivirán mejor), pero la mayoría son simplemente conformistas: viven porque sí, porque hay que vivir, porque no les queda otro remedio. Pero se equivocan. Siempre hay remedio. Sólo que a veces aplicarlo exige una tremenda fuerza de voluntad, un valor a prueba de miedo, de desprecio y de desaprobación.

Algunos habréis pensado alguna vez en el suicidio; la mayoría, quizás no. Parece institucionalizada la idea de que sólo los cobardes se suicidan, de que la muerte es la salida más fácil para no tener que resolver los problemas que estar vivo conlleva. Pero ¿y si vivir o morir no fuesen sino simples opciones, meras posibilidades? ¿Y si se admitiese la idea de que lo único que uno posée realmente es su propia vida y que con ella puede hacer lo que quiera… incluso terminarla? Lo que ha hecho Madeleine me parece un valiente y coherente ejercicio de libertad. “Si mi vida es un infierno, si mi vida no es sino una amargura que contagia a las vidas de quienes me quieren, ¿para qué quiero vivirla?”. No obstante, no sería difícil contrarrestar este caso con el del célebre científico Stephen Hawking, también víctima de la esclerosis y que, sin embargo, aun a pesar de su evidente e imparable deterioro, ha elegido la opción de la vida. Me parece, también, muy digno y muy valiente. Yo apruebo las dos posturas, pero no las aprobaría si, por ejemplo, el suicidio de Madeleine se hubiese producido mediante la explosión de un artefacto que, colateralmente, hubiera privado de la vida a uno o varios inocentes, o si la supervivencia de Hawking exigiera (por poner un ejemplo) el sacrificio de una o varias personas a las que habría que extirpar sus células madre (o su médula espinal, o su sangre) con el único fin de mantener vivo al investigador. La decisión última acerca de la propia vida o la propia muerte ha de ser fruto de un ejercicio de libertad… pero también de responsabilidad.

En cuanto a la presencia de varios activistas de una organización pro defensa de la vida digna, o de la muerte digna, o de ambas cosas (que, en el fondo, son la misma cosa, ¿no?) que acompañaron a Madeleine en sus últimas horas, no creo que su protagonismo en la historia fuese tan relevante como el que tuvo Ramona Barreiro, aquella amiga de Ramón Sampedro que hace poco ha admitido que le ayudó a cumplir su mayor deseo. En todo caso, pienso (y admito que puedo estar equivocado) que estar presente mientras una persona culmina su decisión de quitarse la vida tiene más de acto de caridad que de complicidad o incitación para el asesinato.

martes, 16 de enero de 2007

Cine: Mi comentario sobre "EL TRUCO FINAL (El Prestigio)"




Algunas veces, a la hora de hablar de una película que me ha gustado, lo primero que hago es refrenar mis impulsos de ponerme a elogiar apasionadamente todo aquéllo que de bueno y/o positivo he encontrado en ella, y, en lugar de ello, trato de localizar y analizar sus pocos o muchos, pequeños o grandes defectos. Eso mismo he tenido que hacer con “El Truco Final (El Prestigio)”, el nuevo trabajo de Christopher Nolan, que hace dos años me regaló las dos horas y media más entretenidas que disfruté en una sala de cine con su espléndida “Batman Begins”.

Precisamente a “Batman Begins” debe “El Truco Final” gran parte de su razón de ser, ya que comparte con ella uno de sus protagonistas, el cada vez más ascendente Christian Bale, un actor que no hace sino mejorar en cada nuevo film, y uno de sus ilustres secundarios, el soberbio Michael Caine. Naturalmente, ni el primero vuelve a interpretar a Bruce Wayne/Batman, ni el segundo a su fiel mayordomo Alfred Pennyworth (cosa que sí están haciendo nuevamente en la sexta entrega de las aventuras del Hombre Murciélago, “Batman: The Dark Knight”, que ya está en pleno rodaje y se estrenará en 2008), pero es innegable que el personaje de Bale tiene un acusado lado oscuro y el de Caine vuelve a desempeñar labores de tutor o mentor (aunque no precisamente del mago que interpreta Christian Bale). Por si fuera poco, el otro protagonista de “El Truco Final” es nada más y nada menos que Hugh Jackman, actor australiano cuyo nombre aún no dice mucho por sí mismo, aunque probablemente casi todos le conoceremos si decimos que ha interpretado a Lobezno en las tres partes de “X-Men”. Es decir, uno de los mayores alicientes del film que ahora comentamos es el enfrentamiento entre Christian Bale/Batman y Hugh Jackman/Lobezno. Lobezno contra Batman… ¿quién ganará?.

Londres, finales del siglo XIX. Dos jóvenes aspirantes a mago, Alfred Borden (Christian Bale) y Robert Angier (Hugh Jackman) participan de un espectáculo de escapismo del que también forma parte la esposa de Angier. John Cutter (Michael Caine) es el cerebro pensante detrás de los múltiples trucos que deslumbran a un sinnúmero de espectadores ávidos de prodigios, pero no puede impedir que, durante el desarrollo de uno de los números, una ¿torpeza? de Borden provoque la muerte de la mujer de Angier. A partir de ese momento, los amigos se convierten en enemigos y cada uno de ellos tratará no sólo de copiar (y sabotear) los nuevos trucos del contrario, sino también de destruir su vida, sin importar el precio a pagar ni los inocentes que se puedan convertir en víctimas colaterales…

Este podría ser, en líneas muy generales, el argumento de “El Truco Final”, estúpido título español que distorsiona el valor del original “The Prestige”, “El Prestigio” o, mejor aún, “La Prestidigitación”. Evidentemente, alguien ha pensado que era perjudicial para una película mantener vivo el recuerdo de aquel barco cargado de petróleo que hace unos años se hundió frente a las costas gallegas, pero ni siquiera lo de “El Truco Final” es una alternativa coherente con la filosofía del film, ya que debería ser “Acto” y no “Truco”, en referencia a la distribución de acontecimientos de los que consta cualquier truco de magia: el primer acto consiste en que el mago presenta un suceso ordinario; el segundo acto permite al oficiante demostrar su “magia” convirtiendo lo “ordinario” en “extraordinario”; pero no es hasta el tercer y último acto, el prestigio (o prestidigitación) cuando quedará de manifiesto la auténtica valía del ilusionista.

Christopher Nolan, joven realizador de tan sólo 36 años, obtuvo gran repercusión crítica con su film “Memento”, ingeniosa historia protagonizada por Guy Pierce que se narraba justamente a la inversa de cómo ocurría en realidad; es decir, el principio de la película era el final de la historia, y a partir de ese momento el tiempo transcurría hacia atrás hasta que, al final, se nos permitía conocer cuál había sido el verdadero (y sorprendente) origen de todo. También en “El Truco Final” hay un constante ir y venir dentro de la continuidad temporal, de forma que se alternan una serie de momentos o etapas que viven sus protagonistas y que obligan al espectador a estar atento si no quiere perderse en una especie de túnel del tiempo repleto de nombres propios, apellidos y personajes aparentemente secundarios que tienen muchísima más repercusión de la que parecen tener. Por ejemplo, es históricamente verídica la rivalidad entre el científico Nikola Tesla (muy bien interpretado por el camaleónico cantante David Bowie), descubridor del “campo magnético rotante”, y su máximo rival, el mucho más famoso Thomas Alva Edison, a quien desde siempre se ha atribuído todo el mérito de la invención de la electricidad.

Probablemente Harry Potter y cualquiera de sus compañeros y profesores del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería hubiera hecho lo posible para que una película como “El Truco Final” no hubiera llegado a existir, ya que en ella se explican (a veces brutalmente) todos los entresijos del mundo del ilusionismo, que tal vez hoy parezca un tanto pasado de moda pero que hace un siglo y medio constituía uno de los entretenimientos más sorprendentes y alucinantes a los que podía enfrentarse un ser humano. La reconstrucción, absolutamente primorosa, de los ambientes y vestuarios de aquel siglo XIX es uno de los elementos que no pueden dejar de destacarse a la hora de valorar críticamente este film, perfecto en todas y cada una de sus facetas puramente estéticas (incluyendo iluminación, música y, sobre todo, montaje). También los actores están más o menos correctos (destacando por encima de todos Michael Caine pero sin menospreciar a las poco conocidas Rebecca Hall y Piper Perabo, que dan vida, respectivamente, a las esposas de Borden y Angier, y hasta una Scarlett Johansson hiperactiva que, como mínimo, está menos mal que de costumbre), y, si acaso, los “peros” o “defectos” a los que me refería al principio de este artículo habría que imputarlos a la premeditada y excesiva complejidad no de la trama en sí, sino del modo en que ésta está construída (o, mejor dicho, deconstruída) con el único y avieso fin de confundir/liar/marear al espectador. También el final adolece de un exceso de artificio, por culpa de una innecesaria sucesión de un clímax y un anticlímax tras otro, y todo para concluir con un plano que deja demasiadas incógnitas sin resolver; personalmente, no me gusta este tipo de “finales abiertos”, aunque claro… se trata de una mera opinión personal. Eso sí, tal y como he dicho cuando empezaba a escribir, la película me ha encantado y confieso que muy a mi pesar he tenido que destriparla y deslucir un tanto la mágica sensación que me causó mientras anoche la veía. Inteligencia, habilidad y sorpresa: esos son, verdaderamente, los tres actos de los que consta “El Truco Final”.


Luis Campoy
Calificación: 9 (sobre 10)

lunes, 15 de enero de 2007

Entrenadores




Hace aproximadamente un año, no en este mismo blog sino en otro que tenía por aquel entonces, recuerdo haber escrito un artículo que se titulaba “El Lorca ya es segundo”. Me refería, naturalmente, al Lorca Deportiva, el equipo de fútbol titular de la ciudad en la que vivo, y que estaba atravesando una estupenda racha que parecía iba a catapultarle al ascenso directo a Primera División (finalmente no fue así, pero la temporada 2005-2006 será recordada como la más brillante en la historia del club blanquiazul). Han pasado más o menos 365 días, y nuevamente el Lorca es segundo… sólo que, esta vez, por la cola. Ya no está a punto de subir a Primera… sino de bajar a Segunda B. ¡Cómo cambian las cosas en apenas 12 meses…! Y no hay que ser un lince para comprender los motivos por los cuales un equipo que continúa en la misma categoría y mantiene la práctica totalidad de la plantilla ha experimentado un cambio tan brusco como radical. En otro artículo que publiqué en esta misma página bajo el título “Mercenarios del fútbol” daba cuenta del modo en que Unai Emery, jugador reciclado en entrenador que había obrado en el Lorca el milagro de su casi-ascenso, aceptó a final de temporada una jugosa oferta económica de uno de los rivales del club lorquino, el Almería. Consecuencia: el Almería ha mejorado ostensiblemente su posición respecto a hace un año, mientras que el Lorca está peligrosamente abocado al descenso. Digan lo que digan, los entrenadores constituyen la piedra angular del rendimiento de un equipo, y está comprobado que los dos que ya ha probado el Lorca tras la marcha de Emery (José Aurelio Gay –por favor, no hacer bromas al respecto- y José María Salmerón) no han podido copiar la receta mágica de su predecesor.

Y ya que hablamos de entrenadores, permitidme que en breves líneas compare el uso que hicieron de sus manos los técnicos al frente de los dos eternos rivales de la Liga española de Primera División, esto es, Barcelona y Real Madrid. El holandés Frank Rijkaard, famoso por su temperamento tranquilo y su gran capacidad de contención, perdió totalmente los estribos cuando el Barça encajó el segundo gol del Español y rompió de un puñetazo el panel de metacrilato del que estaba hecho el lateral del banquillo. Ignoro quién habrá afrontado o tendrá que afrontar el pago de los desperfectos, pero alguien debería decirle al amigo Rijkaard que esas no son formas, que aquellos espectadores que quisieran ver boxeo y no fútbol ya se fueron al estreno de “Rocky Balboa” (o “Rocky VI”, para entendernos), que protagoniza un Sylvester Stallone mucho más previsible que el tulipán de los pelos rizados.

Mientras Rijkaard utilizaba el sábado sus manos como desahogo ante un arrebato de furia, el entrenador italiano del Real Madrid, Fabio Capello, dedicó el domingo las suyas (o al menos una de ellas) a la práctica de otro deporte menos violento pero no mucho más edificante que el puñetazo: el “peinetazo”. Harto de aguantar los abucheos de ciertos aficionados del Bernabeu, Capello se soltó el cabello y les mostró reiteradamente un dedo de la mano, como preguntándoles si necesitaban que lo introdujese con malévolos propósitos en su mismísimo culo, dicho sea con todos los respetos. Alguien ha bautizado a este gesto con el nombre de “peineta” (y yo no sé muy bien por qué), pero lo cierto es que ni Fabio ni Frank, ni Frank ni Fabio, como grandes profesionales del fútbol que son, deberían sucumbir tan fácilmente a tan destructivas y antiestéticas muestras de humanidad…

jueves, 11 de enero de 2007

Comic: Trece Nuevos Vengadores

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Como sabéis, llevo meses viviendo nuevamente en Lorca, donde trabajo desde hace 20 años. Esta histórica localidad, conocida internacionalmente como “La Ciudad del Sol”, pasa por ser en la actualidad la tercera más importante de la Región de Murcia, por detrás únicamente de Murcia capital y Cartagena… aunque no todos los organismos o instituciones opinan igual. Los jerifaltes de Iberdrola parece que no piensan que en la tercera ciudad de Murcia sea necesario mantener una Agencia… y los distribuidores de comics tampoco tratan a los lectores lorquinos como se merecen. Ultimamente, cada vez son menos las colecciones que mensualmente llegan a los kioscos de mi entorno, y no sé si es debido a que se trata de potenciar la venta en librerías especializadas… o a simple despiste del transportista o del kiosquero en cuestión. Lo cierto es que me empieza a costar seguir alguna de las series que más afanosamente atesoro (“Spiderman”, por ejemplo), y he de decir que las que sí consigo sin dificultades cada vez me satisfacen menos.

“Los Nuevos Vengadores” de Brian Michael Bendis, ahora que ya he leído sus trece primeras entregas, constituye, en mi opinión, una auténtica DECEPCIÓN. Desde el primer número ya dije ésto, aunque hubo quienes me sugirieron que esperase unos meses antes de emitir un juicio definitivo. Pues bien, doce meses más uno me parecen más que suficientes, y vuelvo a reiterarme en mi veredicto inicial. Estos “Nuevos Vengadores” de colores opacos y diálogos casi monosilábicos no tienen nada que ver con aquellos superhéroes que hace tan sólo ocho o nueve años recuperaron casi toda su antigua grandeza de la mano de Kurt Busiek y un George Pérez que ya no estaba en su mejor momento pero que dibujaba un rato mejor que el actual David Finch.

Si comparamos un cómic Marvel de hace veinte años con cualquiera de los que ahora edita Panini, lo primero que podremos comprobar es que las viñetas son mucho más grandes, para dar cabida a los espectaculares dibujos que se han puesto tan de moda. Lo malo es que, a fuerza de potenciar la imagen por encima de la historia, lo que se ha acabado por conseguir es que la historia se reduzca a la mínima expresión. Este mediodía he leído el “Nuevos Vengadores” número 13 en aproximadamente 8 minutos, y ello ha sido posible porque los textos de apoyo eran mínimos y los diálogos escasísimos. Pero es que tampoco los diálogos podía decirse que fueran maravillosos.

Personalmente, prefiero, de todas, todas, cualquiera de los tebeos “vengativos” que escribían Stan Lee, Roy Thomas, Steve Englehart o el ya citado Kurt Busiek, por no hablar de los que dibujaban Jack Kirby, Neal Adams, Barry Windsor Smith, John Buscema, John Byrne o el también mencionado George Pérez (preferentemente de sus fabulosos trabajos de los años setenta). Lo de estos últimos trece (¡trece!) meses, en los que prácticamente no se ha contado ni siquiera una historia completa, me parece poco menos que un timo, una estafa, una tomadura de pelo. ¿A quién se le ocurrió que había que dejar de lado a aquel supergrupo en el que militaban Thor, la Visión, Ojo de Halcón, la Bruja Escarlata o el Hombre Hormiga, y sustituirlos por una nueva generación en la que se incorporaban Spiderman, Spiderwoman y Luke Cage, con sólo Iron Man y el Capitán América como ilustres veteranos? ¿Para qué le han dado tanto bombo al Vigía, algo así como el equivalente marveliano de Superman, si en trece números prácticamente no ha dado señales de vida? ¿Y esas absurdas expectativas creadas en torno a Ronin, ese aspirante a vengador ataviado con un atuendo ninja, y cuya identidad se ha venido manteniendo en secreto? Todos sabíamos que “Ronin” era una fachada bajo la que se ocultaba otro personaje más popular, y las especulaciones contemplaban a Daredevil, Puño de Hierro o Sang-Chi como posibles candidatos, pero, en un alarde de sorprendente originalidad, el guionista Bendis nos revela que Ronin es, en realidad….. Eco ¿Y quién coño (con perdón) es Eco? Pues un personaje secundario procedente de las últimas temporadas de la colección de Daredevil editadas bajo el sello “Marvel Knights”, que seguramente sería muy conocida en su casa de tinta y papel a la hora de comer, pero que al resto de los lectores nos suena a chino (o, mejor dicho, a japonés).

Supongo que estoy pareciendo un carca de la historieta, un carroza del comic, pero no me da la gana de callarme y pienso y digo que estos Nuevos Vengadores no son ni la sombra de lo que eran los poderosos Vengadores que a alguien se le ocurrió desunir hace apenas dos años (en la edición USA). Por supuesto que, a priori, parecía muy tentador contemplar cómo iba a evolucionar un grupo en el que dos “buques insignia” de Marvel como Lobezno y Spiderman iban a estar condenados a ser amigos, o, al menos aliados, pero lo cierto y verdad es que Lobezno ha aparecido poquísimo y la presencia de Spiderman es tan testimonial como caricaturesca. Tampoco Luke Cage o Spiderwoman se lucen lo más mínimo (bueno, a esta última al menos la dibujan tan atractiva que al menos se alegra la vista), y, como dije anteriormente, lo del Vigía es un timo tan grande que clama al cielo. Tanto y tanto dijeron de él en los artículos de opinión de Panini y en las páginas de internet que yo mismo piqué el anzuelo y me compré las dos miniseries que sobre él ha escrito Paul Jenkins, que Panini, muy hábilmente, ha recopilado en sendos tomos tan lujosos como carísimos. Y todo para contarnos una y otra vez lo mismito que se nos ha dicho en muchísimos más episodios de “Los Nuevos Vengadores” de los que hubieran sido necesarios. Esta es, de hecho, la impresión general que tengo sobre la serie: han tardado trece meses en contar lo que Stan Lee hubiera contado en trece páginas de historieta, y, lo que es peor, sin el aliento épico, sin el espíritu aventurero y sin el sentido del humor que tan bien controlaba Lee.

P.D.: Aunque también sus principios fueron un tanto titubeantes, tengo que deciros que, si, como yo, sois nostálgicos de otros tiempos (mejores), son muchísimo más entretenidos los “Jóvenes Vengadores” que desde hace unos meses podréis encontrar en casi todos los kioscos… incluídos los de Lorca.

miércoles, 10 de enero de 2007

Comunicados

Lo dije hace tiempo: por mucho que, a priori, esté de acuerdo con el diálogo y la negociación, es absurdo ponerse a dialogar con alguien que guarda no sólo un as en la manga… sino todo un arsenal de armas y explosivos en la recámara. El último (y absurdo) comunicado de ETA pone de manifiesto el incalificable error que ha cometido el Gobierno pretendiendo erigirse en salvador único de los valores de la paz, la democracia, la constitución, la moralidad y la receta del pavo relleno de la tía Arantxa (esto último es sólo un chiste… aunque hace menos gracia que la infantil ingenuidad exhibida por nuestro Presidente). Lo cierto es que, con una desfachatez que casi causa sorpresa, los siniestros encapuchados se jactan de haber colocado la bomba que ha dejado hecha cisco la flamante T-4 del aeropuerto de Barajas, para luego anunciar que continúan manteniendo inalterable el alto el fuego que anunciaron hace meses. Por si fuera poco, se lavan las manos respecto a la lamentable muerte de dos ciudadanos ecuatorianos (si los ciudadanos españoles son víctimas inocentes de los delirios violentos de los independentistas vascos, cuánto más inocentes son los extranjeros, que ni siquiera conocen la existencia de tan localistas diatribas), y la atribuyen a la incompetencia del personal de Seguridad del aeropuerto, que, una vez emitido el aviso previo de los terroristas, no desalojó a tiempo las instalaciones aeronáuticas. Dicen que a Zapatero se le quedó cara de gilipollas (con perdón) cuando se enteró de que ETA se había pasado por el forro de las pistoleras los fundamentos de la negociación, pero es que a mí la cara que se me quedó cuando escuché tamaña sarta de incongruencias fue de hilarante y desopilante incredulidad. O sea, seguimos con la Paz en la boca, pero con las manos nos hinchamos a poner bombas hasta que se nos agoten las reservas de nuestro arsenal. Me recuerda a los invasores marcianos de la desternillante “Mars Attacks” de Tim Burton, que, mientras proclamaban a los cuatro vientos “Somos vuestros amigos, no vamos a haceros ningún daño”, desintegraban impúdicamente a todo bicho viviente que se encontraban a su paso. Pero, ¡ay!, cual profeta apocalíptico, os anuncio que no será la última innombrable estupidez ni la última exhibición de crueldad e inhumanidad a la que habremos de enfrentarnos mientras los “padres de la democracia” no se den cuenta de que es una pérdida de tiempo sentarse a negociar con quien esconde tras la espalda una pistola y una bomba con el temporizador activado. En cuanto a las inesperadas habilidades literarias de los etarras, permitidme que reproduzca el texto de un chiste que hoy publicaba un conocido diario: “Si no dieran tanto miedo… darían risa”.

Cine: mi comentario sobre "ERAGON"


Mal he empezado el año… en lo cinematográfico.

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La primera película que he tenido oportunidad de ver en una sala de cine en estos primeros días del recién nacido 2007 me ha dejado un pésimo sabor de boca. “Eragon”, film (pretendidamente) épico cuyo nada disimulado deseo es el de atraer a un público mayoritariamente infantil y juvenil, ha resultado ser un pestiño de proporciones… épicas.

Teniendo en cuenta que el jovencísimo autor del best-seller en que se basa la película, Christopher Paolini, tenía 15 años cuando escribió el primer borrador de su novela, no era muy difícil prever que el muchachote se habría dejado arrastrar por un torrente imaginativo inequívocamente deudor de las fuentes literario/cinematográficas que habían bañado sus sueños infantiles. Lo que es imperdonable es que guionistas, productores y director hayan dado por bueno un producto tan vulgar, soso, aburrido e impersonal.

Por si a alguien le parece necesario, puedo afirmar y afirmo que el levísimo hilo argumental de “Eragon” es exactamente el mismo que el de “La Guerra de las Galaxias” y “El Señor de los Anillos”, que han sido descaradamente plagiadas para la ocasión, además de haber sido sometidas a un proceso de fusión que entremezcla sus evidentes semejanzas y sus grandes o pequeñas diferencias. La ¿historia? del film que comentamos nos presenta a un muchacho (Eragon en la película del mismo título; Luke Skywalker en “La Guerra de las Galaxias”/Frodo Bolsón en “El Señor de los Anillos”) que ha sido criado por su tío (Garrow en “Eragon”; Owen Lars en “La Guerra de las Galaxias”/Bilbo Bolsón en “El Señor de los Anillos”), ignorante de que su destino es ser el portador de un secreto o arma de poder incalculable (un huevo de dragón aquí; la Fuerza en “La Guerra de las Galaxias”, el Anillo Unico en “El Señor de los Anillos”). El aprendiz de héroe tendrá que enfrentarse a un poderoso villano con delirios de grandeza (el Rey Galbatorix en “Eragon”; el Emperador Palpatine en “La Guerra de las Galaxias”, Sauron en “El Señor de los Anillos”), cuyo servidor más fiel y peligroso ostenta poderes mágicos (Durza en esta película; Darth Vader en “La Guerra…”, Saruman en “El Señor de los Anillos”). A tal efecto, el protagonista contará con la ayuda inestimable de un venerable mentor o preceptor (Brom en “Eragon”; Obi Wan Kenobi en “La Guerra de las Galaxias”/Gandalf en “El Señor de los Anillos”) cuya temprana muerte (real o aparente) obligará al joven a madurar a marchas forzosas para no defraudar las expectativas de libertad de quienes le ven como el único capaz de liberarles de la tiranía…

No son las citadas las únicas fuentes de inspiración de “Eragon”: también podríamos mencionar “Dragonheart”, “El Señor de las Bestias”, “La Historia Interminable”, “Willow” o incluso la saga de “Harry Potter”, de lo cual hemos de concluir que pocas veces se ha visto un film tan carente de personalidad propia. Tal vez los niños sean los únicos capaces de dejarse cegar por los vuelos a lomos de dragón, los bellos paisajes o la briosa música compuesta por Patrick Doyle. Aparte de esto, no hay nada más que justifique la visión de “Eragon”, que ni siquiera funciona como film de evasión o entretenimiento, ya que es soberanamente aburrida. Sus diálogos están tan torpemente construídos que no se sabe si dan risa o pena, y, en cuanto a la (vergonzante) participación de grandes actores como John Malkovich, Robert Carlyle (protagonista de “Full Monty”) o Jeremy Irons (el único de los tres que resulta convincente y entrañable, a pesar de que se limita a repetir su papel de cruzado en “El Reino de los Cielos”), cabe atribuirla tan sólo al cuantioso cheque que los productores les habrán puesto ante sus ojos, y es que, en estos tiempos tan faltos de creatividad e imaginación, todos los grandes estudios de Hollywood pretenden tener su propia saga generadora de dividendos, que les permita contar una y mil veces la misma historia sin tener que calentarse la cabeza todos los años para poner en marcha producciones de auténtica calidad… pero que entrañan evidentes riesgos de no saber o no poder enganchar al público nuevo.

“Eragon” constituye el debut como director cinematográfico de Stefen Fangmeier, hasta ahora supervisor de efectos visuales en títulos como “Una serie de catastróficas desdichas”, “Señales” o “La tormenta perfecta”), a quien no creo que haya que atribuirse íntegramente el inexcusable fracaso de un film que, como casi todos los que pertenecen a una serie o saga, son más “de productor” que “de director”. No obstante, mentiría si dijera que Fangmeier, bajo cuya batuta actorazos como Malkovich, Irons o Carlyle han cuajado el peor trabajo de sus respectivas carreras, me inspira un ápice de confianza para futuras producciones. Pero claro, el bombardeo publicitario ha sido tan intenso que las recaudaciones de una película tan ostensiblemente mala como “Eragon” serán, sin duda, tan cuantiosas que dentro de poco se estrenarán “Eragon II” y “Eragon III”… aunque espero aprender de la experiencia y negarme en redondo a volver a desperdiciar mi tiempo y mi dinero en acercarme a un cine para visionarlas.

Para finalizar, una pregunta sin respuesta; ¿para qué demonios querrán tanto poder los villanos megalomaníacos como Galbatorix, el Emperador Palpatine o Sauron, si luego se limitan a pasar los días con cara de malas pulgas y encerrados en estancias tan frías y oscuras como deben ser sus propias almas?.


Luis Campoy
Calificación: 3,5 (sobre 10)