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domingo, 30 de diciembre de 2007

Teatro infantil: "EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO"



Ayer tarde estuve en el teatro. No sé si esta sencilla frase constituye en sí misma una noticia, pero no deja de ser una buena noticia para los niños de Alhama, la ciudad donde vivo, el que en estas fechas navideñas una compañía tan importante (al menos dentro de la Región de Murcia) como Alquibla Teatro se acerque a la tierra de ElPozo para poner en escena una obra musical especialmente pensada para los pequeños de la casa. Basada en la conocidísima obra de William Shakespeare, esta versión de “El Sueño de una Noche de Verano”, adaptada por la también actriz Esperanza Clares, pretende agilizar el texto original eliminando no pocas escenas consideradas superfluas y otorgando el protagonismo a las dos parejas humanas formadas por Helena y Demetrio y Hermia y Lisandro. El nudo argumental de la obra original (los amoríos entre Titania, Reina de las Hadas y Oberón, Rey de los Duendes) se desplaza, asimismo, hacia la figura del duende Robín (reinterpretación sui-géneris del Puck del texto shakespeariano), que ejercerá funciones de casamentero (¿o casamentera?; el personaje, aunque encarnado por una mujer, resulta deliberadamente asexuado) entre Oberón y Titania y entre las dobles parejas de humanos, y también hace de actor en la compañía de cómicos de la legua que aporta las mayores dosis de hilaridad (aquí destacaría, sobre todo, a un divertido Jacobo Espinosa). Como indiqué al principio del artículo, la versión de Alquibla incorpora la innovación de transmutarse en musical, si bien no sigue la partitura de Felix Mendelssohn (autor de la no menos célebre pieza del mismo título), sino que incorpora canciones expresamente compuestas por Salvador Martínez. Como suele suceder, el hecho de que los números musicales constituyan la expresión de los pensamientos de los personajes, casi siempre resulta contraproducente para el espectador infantil, salvo que las canciones sean muy, muy pegadizas, pero hay que reconocer que los actores de Alquibla, especialmente Susi Espín y Esperanza Clares, se defienden muy bien en el terreno vocal. Con apenas cinco intérpretes sobre las tablas (todos los miembros de la compañía, a excepción de Lola Martínez, que da vida a Robín/Puck, desempeñan dos y tres papeles, caso del ínclito Pedro Segura) y un espacio escénico diseñado por Antonio Saura que, más que minimalista, yo definiría como nihilista (el único decorado tan sólo consiste en un raso nocturno sobre el que destaca un enorme globo que representa a la Luna, desencadenante, según el escritor, de la pasión romántica del amor), tiene su mérito el que un montón de niños disfruten de ochenta minutos de entretenimiento sin apenas agitarse en las butacas. Gracias a Alquibla por traernos esta simpática mezcla de cultura, música y diversión.

Cine/ Mr. MAGORIUM Y SU TIENDA MAGICA

Imaginamagorium
Es inevitable que en fechas navideñas las pantallas cinematográficas se llenen de películas familiares llenas de historias amables y plagadas de buenas intenciones. En esta ocasión, un Dustin Hoffman ya septuagenario (cómo pasa el tiempo; y es que en su película más popular, “El Graduado”, el actor aparentaba veinte años pero tenía exactamente diez más) se convierte en Mr, Magorium, propietario de una juguetería mágica que decidirá traspasar a su ayudante Molly Mahoney, una encantadora Natalie Portman.

Basada en un guión original de su propio director, Zach Helm, “Mr. Magorium y su tienda mágica” cumple a la perfección lo que enunciaba al principio del artículo: buenas intenciones, entretenimiento familiar y, además, aporta algún que otro destello de imaginación. Lamentablemente, la narración no sabe o no puede ir algo más allá: no se intenta establecer una parábola sobre la dependencia de la infancia actual de los juguetes electrónicos, ni tampoco se traza una moraleja acerca de la niñez ausente y/o solitaria.

“Mr. Magorium…” posée un diseño de producción realmente excepcional (obra de Therese DePrez), y una gran partitura de Alexandre Desplat (también autor de “La Brújula Dorada”). Pero no deja de ser un film demasiado infantil en el que la gesticulante composición de Hoffman (perennemente encasillado en sí mismo desde Rain Man”) y la insípida presencia de Jason Bateman (¿alguien recuerda que reemplazó a Michael J- Fox en la secuela de “De pelo en pecho”?) resultan tan molestas que ni siquiera la dulzura de Natalie Portman puede contrarrestarlas. Tampoco el enésimo niño prodigio de Hollywood, Zach Mills, ávido coleccionista de sombreros (Magorium lo es de zapatos) contribuye a hacer de la película una obra mayor.

Inspirada (o más bien subvencionada) por las tiendas de la franquicia Imaginarium, donde únicamente destaca “Mr. Magorium…” es en la creación de la juguetería que se erige en verdadera protagonista, un espacio fantástico en el que los juguetes cobran vida (sin que nadie explique por qué… ni falta que hace) y en donde, hacia el final, la nula química existente entre Natalie Portman y Jason Bateman hace imposible la existencia de una historia de amor entre ambos, cosa que no deja de ser de agradecer porque, en el fondo, el único romance que puede intuirse es el que se insinúa (muy púdicamente) entre la joven dependienta y el anciano juguetero, que tuvo la delicadeza de morirse antes de que la ñoñería se adueñara totalmente del film.

Luis Campoy

Lo mejor: Natalie Portman y la banda sonora
Lo peor: las cejas de Dustin Hoffman
El cruce: "Solo en Casa 2" + "Pequeños Guerreros"
Calificación: 6 (sobre 10)

Cine/ SOY LEYENDA

El último hombre vivo... y su perro



Podía haber sido casi una obra maestra, y se queda en una correcta película de ciencia ficción. La clave para que “Soy Leyenda” no pase a la Historia del Cine, o al menos, del Cine Fantástico, no radica en lo que le falta, sino, más bien, en lo que le sobra.

Tras la vertiginosa propagación de un virus que parece haber borrado del mapa a la totalidad de la especie humana, el científico militar Robert Neville (Will Smith) se ha convertido en el último hombre vivo que recorre las inmensas avenidas de una Nueva York en cuyos rincones sombríos se refugia una violenta colonia de criaturas que bien podríamos definir como… vampiros.

Los primeros tres cuartos de hora de “Soy Leyenda” rozan lo magistral. La enorme metrópoli deshabitada, perdida su batalla contra la naturaleza (los ciervos pululan libres por entre sus calles, y los leones los aguardan, listos para cazarlos), los mayores y más modernos comercios del mundo dolorosamente vacíos, los prodigiosos avances tecnológicos de la Humanidad, inútiles cuando no existen humanos que los disfruten… Will Smith está, también, más que correcto, creíble tanto en su impresionante fortaleza física como también en la fragilidad de su ánimo (la soledad es tan aplastante que se ve obligado a mantener largas conversaciones con su perro, y hasta con los maniquíes que ha ubicado en calles y tiendas para que le hagan algo de compañía). Si la película hubiese durado cuarenta y cinco minutos, estoy seguro de que se hubiese convertido, parafraseando su título, en una leyenda. Pero ésto es Hollywood y los jerifaltes de los Estudios no iban a consentir que una de sus megaestrellas se pasease por un film pesimista, apocalíptico y casi con tintes de documental.

Como decía al principio, los problemas de “Soy Leyenda” arrancan cuando su director, Francis Lawrence, decide que ha llegado la hora de que visualicemos a los “buscadores de sombra” (nombre demasiado poético para los vampíricos antagonistas). El aspecto de estos chupasangres es tan poco original (hermanos gemelos de los de “Underworld” e incluso de algunas de las criaturas menos “fashion” de “Entrevista con el vampiro”) que, como digo siempre, mejor hubiera sido imaginarlos que verlos; tan desilusionante e innecesario alarde visual ya lastró irreparablemente películas anteriores como “Señales” o “La Joven del Agua”, por poner sólo un par de ejemplos recientes.

Pero lo que realmente lastra las posibilidades de “Soy Leyenda” de erigirse en digna heredera de clásicos del género como “La Amenaza de Andrómeda” es, una vez más, esa necesidad de ciertos sectores de la América más tradicionalista de realizar, siempre y en todo momento, monumentos y homenajes a la Familia y a la institución que representa. Los molestísimos flash-backs en los que se narra la muerte de la esposa e hija del protagonista (que acaban por quebrar irremisiblemente el ritmo del relato) y, sobre todo, la aparición, en el último tercio, de la mujer y el niño que se alojan en la casa de Neville, no hacen sino arruinar el buen sabor de boca que uno conservaba hasta ese momento, pues su misión dramática parece, tan sólo, la de maquillar el muy logrado clima de pesimismo que Lawrence había sabido construir, provocando, al mismo tiempo, la derrota y la (heroica) destrucción del héroe.

Probablemente la mejor de las tres versiones realizadas de la fascinante novela de Richard Matheson (las otras dos las protagonizaron Vincent Price y Charlton Heston), “Soy Leyenda” será recordada por tres momentos realmente bien conseguidos: el paseo inicial del protagonista por la Quinta Avenida neoyorquina asolada por la maleza, y que culmina con la cacería del ciervo abortada por los leones; el adrenalítico instante en que Smith, herido al escapar de la trampa que le han tendido los vampiros, tiene que arrastrase hacia su vehículo mientras los rayos del sol van diluyéndose en el crepúsculo; y, sobre todo, la formidable interpretación del actor mientras se ve obligado a matar a su perro, instante que el director narra, muy inspiradamente, en off, utilizando una elipsis visual verdaderamente memorable.

Luis Campoy

Lo mejor: la primera media hora y la secuencia de la puesta de sol

Lo peor: el desenlace granguiñolesco

El cruce: "La Amenaza de Andrómeda" + "El Día Después" + "Underworld"


Calificación: 8 (sobre 10)

Cine/ LA BUSQUEDA: El Diario Secreto

¿Secuela o remake?
Secuela poco menos que inevitable del éxito de taquilla de hace tres años, “La Búsqueda: El Diario Secreto” constituye, ante todo, un entretenimiento limpio, familiar y que no sólo no ofende la inteligencia del espectador sino que, si uno se esfuerza por participar activamente de su trama, puede incluso aumentar su nivel cultural. Atacada, no obstante, por los críticos más antinorteamericanos, puede achacársele el sempiterno defecto de que los héroes son todos ellos paradigmas de lo que se conoce como “WASP” (White, Anglo Saxon, Protestant: Blanco, Anglosajón y Protestante), o, lo que es lo mismo, yanquis de pura cepa, listísimos, buenísimos y guapísimos que se conocen al dedillo la historia de su país y que veneran su Constitución como si se tratase de la Biblia y a su Presidente como si fuese una especie de Dios hecho hombre.

Casi como si de un Indiana Jones moderno y tecnológico se tratase, el cazatesoros Ben Gates (Nicolas Cage) ha continuado su carrera tras haber encontrado el maravilloso tesoro de los Templarios, y ahora se enfrenta al reto de limpiar el buen nombre de su familia, ya que su bisabuelo ha sido implicado en la conspiración que costó la vida al presidente Abraham Lincoln. Con el propósito de demostrar la inocencia de aquél, Gates y su habitual equipo de colaboradores (compuesto por su ex–esposa, su padre y su amigo Riley) tendrá que recorrerse media Europa y buena parte de Norteamérica para, de paso, hallar la mítica ciudad de oro de Cíbola, que, oh, sorpresa, subyace soterrada en las faldas del Monte Rushmore, la famosísima formación rocosa sobre la que se esculpieron las efigies de los presidentes Washington, Jefferson, Roosevelt y el propio Lincoln.

Al espectador que tenga fresca en la memoria la primera entrega de la serie, todo lo que acontece en la secuela le sonará a dejà-vu, a algo ya visto, por no decir que en algunos momentos parece que nos hallamos no sólo ante una continuación sino ante una especie de remake. La originalidad no es, pues, el principal hito de este film que, sin embargo, me parece muy digno de ser recomendado. En primer lugar, si se afronta desde una perspectiva puramente lúdica, no se hace aburrido en casi ningún momento (a excepción de un pequeño bache originado por su nada disimulada intención de apologizar a favor del estamento familiar, que, en el fondo, es el auténtico tesoro que motiva la búsqueda de los protagonistas), y secuencias como la de la trepidante persecución en las calles londinenses están excelentemente planificadas, filmadas y montadas. Claro que lo mejor de todo es el regalo para un cinéfilo que supone ver reunidos, en una misma película, a actores tan dispares como Nicolas Cage (que cada vez se muestra más interesado por los dígitos del cheque y menos por la calidad intrínseca de los proyectos que acepta), Jon Voight (joven promesa en los años 60 y 70 al que hoy tan sólo se reconoce por ser el padre de Angelina Jolie), Diane Kruger (la bella pero algo sosa Helena de “Troya”), Justin Bartha (toda una revelación, al menos para mí, en su composición de fiel escudero que aporta los más logrados toques humorísticos), Ed Harris (este hombre no es que convierta en oro todo lo que toca… pero casi), Harvey Keitel (otro que vive de las rentas de tiempos mejores) y una impagable Helen Mirren recién despojada del regio maquillaje que la convirtiera en “La Reina” de Inglaterra). Con todo, el que se lleva el gato al agua, y en tan sólo dos secuencias, es el estupendo Bruce Greenwood, visto en “Yo, robot” o “Doble traición” y que aquí encarna a un Presidente de Estados Unidos bastante más atractivo e inteligente que el paleto de George W. Bush.


Luis Campoy

Lo mejor: el Presidente de los USA encarnado por Bruce Greenwood
Lo peor: las semejanzas con la primera parte
El cruce: "La Búsqueda (1)" + "El Código DaVinci" + "Con la muerte en los talones"
Calificación: 7,5 (sobre 10)

lunes, 24 de diciembre de 2007

Lo que no le habíamos pedido a Papá Noel


Anoche, antes de acostarme, navegué un rato por los entornos bloggeros pro-barcelonistas y descubrí que las portadas de las ediciones digitales de los dos “tebeos” del Barça, el “Sport” y “El Mundo Deportivo” coincidían, sospechosamente en un mismo titular: “Pesadilla antes de Navidad”. Muy bueno, sí. Enhorabuena para las mentes pensantes que habían acuñado la misma idea en dos rotativos distintos de la Ciudad Condal. En cualquier caso, es innegable el acierto de quienes se sintieron inspirados por aquella estupenda película de animación obra de Tim Burton. Pesadilla antes de Navidad. ¡Guau! Yo había reunido a casi toda mi familia (la más adulta, al menos) en torno al partido y he de reconocer que, si de algo estaba seguro, era de que el Barça NO iba a perder, NO PODÍA perder en su campo, un Camp Nou que hasta ese momento había sido un fortín inexpugnable, incluso cuando, fuera de casa, los azulgrana se habían mostrado incapaces de conseguir una victoria. La alineación inicial planteada por ambos técnicos, Bernardo Schuster y Paco Rijkaard parecía más o menos adecuada, y perdonadme lo de Paco Rijkaard, porque lo de este señor anoche fue Paco… paco… pa’cogerlo y zumbarle de hostias hasta en el pasaporte. Vamos hombre, ¿no te diste cuenta a los quince minutos de que Ronaldinho no era más que un fantasma, una sombra de sí mismo, y no sólo no podía terminar un regate, sino que era un verdadero estorbo para el equipo, incluyendo esos córners que botó con la torpeza de una niña de guardería? Pero muchacho, ¿de verdad pensaste que, con el Madrid ganando por 0-1, a pesar de su notoria falta de inspiración, podías permitirte el lujazo de dejar en el banquillo a dos jóvenes prometedores y con hambre de gol como Bojan y Giovani? ¡Que estábamos en Navidad, por amor de Dios! ¡Que los 100.000 culés que atestaban el estadio se merecían un poco más de respeto! Creo que si el soseras de Rijkaard tuviese un par de… arrestos, debería no sentar más su culo holandés en el banquillo que antes ocupó Cruyff, y largarse hoy, ahora, ya en el mercado de invierno, cuando podríamos no sólo reemplazarle a él con un entrenador duro y agresivo (¿qué tal Mourinho?), sino también sacarnos de encima al dentolas brasilenho, aunque no traigamos a nadie en su puesto, y, de paso, enseñarle la puerta de salida también a Tití Henry, que, el pobre, tampoco da más de sí. Lo peor de una derrota humillante, vergonzosa y tan jodida como la de anoche no es sólo el hecho de a todos los culés nos estarán machacando los madridistas con burlas y chanzas bien merecidas, sino que lo más seguro es que no sirva para nada. Porque, o mucho me equivoco, o todo va a seguir igual en Can Barça, y ni se cesará a Rijkaard ni se venderá a Ronaldinho ni a Henry y ni siquiera se le dará una patada en las napias a Txiqui Begiristain, que, si algo tiene “chiqui”, desde luego no es la nariz. Es que ésto no hay quien lo arregle, porque estamos exactamente como estábamos al final de la temporada pasada, o, mejor dicho, mucho peor, porque sólo nos queda media Liga y tenemos al Madrid nada menos que a siete puntos, lo que implica que no sólo tenemos que ganar tres partidos seguidos sino que los de Raúl y compañía tienen que perderlos, y éso sí que suena a utopía navideña. O se hace algo radical e inminente (sustitución del técnico y traspaso de una o dos ovejas negras durante el mercado invernal) o ya podemos estar preparándonos para otra Liga en blanco (sí, sí, en blanco madridista, a eso me refería).

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "LA BRÚJULA DORADA"


El cine fantástico juvenil está de moda, incluso entiendo por “fantástico” lo que es, básicamente, aventura decorada con algún toque de ciencia ficción, y por “juvenil” lo que en realidad peca de excesivamente ñoño o excesivamente violento. Más o menos desde que las 3 entregas sucesivas de “El Señor de los Anillos” reventaran las taquillas de medio mundo, se ha ido haciendo casi inevitable que en cada nueva Navidad se lance a bombo y platillo algún producto comercial destinado a toda la familia, aunque el sector al que se pretende llegar es, como dije al principio, el de los jóvenes y adolescentes. Enmarcada en esta tendencia y, en un año en el que dos films de características similares como “Los seis signos de la luz” y “Stardust” (sobre todo el primero) han fracasado estrepitosamente, “La Brújula Dorada” se emparenta claramente con “Las Crónicas de Narnia”, que sí funcionó bien hace un par de temporadas y contará con su inevitable secuela para el próximo 2008.

Según lo expuesto por Philip Pullman en su trilogía novelesca (compuesta por los consabidos volúmenes más gruesos que los brazos de de Sylvester Stallone en los primeros trailers de “John Rambo”), existe un mundo paralelo al nuestro, en el que se mezclan y coexisten estilos arquitectónicos contrapuestos, el rudimentarismo de la época medieval con la alta tecnología, y en el que todos los seres humanos van acompañados de su alma, que se manifiesta visible y corpóreamente en la forma de diferentes animales que se denominan “dimons”. Una especie de universo alternativo no muy diferente, en el fondo, al expuesto por J.K. Rowling en su saga acerca de Harry Potter, donde también coexistían dos realidades que sólo a veces se entrecruzaban, la de los magos y la de los meros humanos o “muggles”.

A mí “La Brújula Dorada” me ha parecido un poquitín decepcionante, a pesar de que sus vestuarios, decorados, banda sonora (a cargo del ascendente Alexandre Desplat, autor de la maravillosa partitura para “La joven de la perla”) y efectos visuales sean ciertamente admirables. Pero, aun admitiendo que, para condensar un libro voluminoso en una película de menos de dos horas, hacía falta arrancar bruscamente sin perder tiempo en explicaciones redundantes, el inicio del film es demasiado abrupto y los pilares de su universo se fundamentan en tan sólo diez minutos (que, por cierto, constituyen lo mejor de todo, desde el punto de vista visual, junto con la apabullante batalla final) tras los cuales el espectador está obligado a tener asumidas todas las convenciones de tan novedoso universo, entre otras la que tanto ha molestado a la Iglesia Católica, ofendida por el hecho de que las almas se paséen transmutadas en gatos, perros y monos. Tampoco el argumento principal resulta excesivamente atractivo, y se limita a reproducir la eterna historia del inocente perseguido por los villanos y defendido por generosos héroes imprevistos, y el momento en que los dos secundarios principales son revelados como los verdaderos progenitores de la heroína recuerda sospechosamente a la escena cumbre de “El Imperio Contraataca”.

Correctamente interpretada por una excelente y bellísima Nicole Kidman, un visto y no visto Daniel “Bond” Craig, una brújula montada en una escóbula (perdón, una bruja montada en una escoba) encarnada por Eva Green, un Sam Elliott haciendo de…. Sam Elliott y una prometedora Dakota Blue Richards (tocaya de Dakota Fanning, la niña de “La Guerra de los Mundos”; ¿por qué tantas niñas prodigio se llaman “Dakota”?), lo cierto es que la sala en la que ví “La Brújula Dorada” estaba llena casi a reventar la noche de su estreno, y eso es algo que siempre me emociona, cosa que, ahora que nadie nos oye, os confieso que la película no consiguió. En absoluto.

Luis Campoy
Calificación: 6,5 (sobre 10)

La abuelita de Kundera

“La abuelita de Kundera” era una canción de Joan Manuel Serrat incluída en su álbum “Nadie es perfecto”, de 1994. Naturalmente, el título hacía referencia al célebre escritor checo Milan Kundera, autor, entre otras obras, de “La Insoportable Levedad del Ser”, pero la letra no hablaba precisamente de levedades sino de un asunto de considerable peso específico. Se trataba de efectuar un paralelismo entre las circunstancias históricas que envolvían tanto a la antigua Checoslovaquia como a esta querida España nuestra durante las décadas de los años 40 y 50 del siglo pasado. En ambos países gobernaba un régimen dictatorial que había llegado al poder no con el respaldo del sufragio del pueblo, sino con el fragor de las armas de fuego. En ambos países se respiraba en aquella época una aparente sensación de calma y apenas se tenía noticia de sucesos violentos (asesinatos, robos, violaciones, etc.), pero, muchas veces, el hecho de que algo no trascienda, no se convierta en noticia, no quiere decir que ese “algo” no constituya una realidad soterrada. Todo ésto viene a cuento de una conversación de la que fui testigo hace unos días y en la que volvió a aflorar, como florido boomerang ideológico, ese malhadado axioma que reza “Con Franco estábamos mejor”. A mí se me revuelven las tripas cuando, en plena Democracia, alguien manifiesta tan encendido anhelo de unos tiempos afortunadamente pasados en los que sólo los niños, los adeptos al régimen y los conformistas (siempre que fuesen castellanoparlantes, católicos y heterosexuales, claro está), podían desarrollar una existencia normal, mientras que los disidentes (o simplemente opositores), los librepensadores y los homosexuales se veían abocados a la clandestinidad o al exilio. Como venía a decir Serrat (otro damnificado por el franquismo tras exigir representar a España en el festival de Eurovisión… cantando en catalán), es bien cierto que en aquella nación de posguerra apenas trascendían delitos y los que pensaban de modo “distinto” nunca salían a la luz pública, pero ¿de verdad nadie se da cuenta de que lo primero era debido a la implacable acción de la Censura (que purgaba, con desinformación, los pocos fallos que pudieran escapar al omnipresente control policial), y lo segundo, a un potentísimo aparato de represión? Yo creo que muchas de las personas que todavía hoy añoran aquellos tiempos de “paz y felicidad” junto al Caudillo, Carmen Collares, los Martínez-Bordiú y compañía, no se dan cuenta de que, en realidad, lo que añoran no es tanto una era de mayor prosperidad como su propia e irretornable juventud. Y no digo que en aquellos días no hubiese paz y no existiese la felicidad, sino tan sólo que, como sucede en cualquier aspecto de la vida, también para esta percepción ultraoptimista existe una contrapartida bastante menos idílica, la de aquéllos que pensaban y sentían lo que el Antiguo Régimen consideraba que no se debía pensar ni sentir. Vivamos hacia delante, queridos españoles, labremos nuestro porvenir a nuestro gusto y tratemos de superar aquella época mitificada tanto en nuestra memoria como en la de la abuelita de Milan Kundera.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "BEOWULF"


Completando una especie de tríada de oro de la épica medieval (junto con el “Cantar de Roldán” y el “Cantar de Mío Cid”), “Beowulf” fue escrita por un poeta anónimo alrededor del siglo X de nuestra era, y narra la historia de un bravo guerrero oriundo de lo que hoy conocemos como Suecia, que acude a la llamada de auxilio del anciano Hrothgar, monarca danés cuyo reino estaba siendo asolado por Grendel, un gigante aparentemente invencible. Beowulf, que es el nombre del intrépido vikingo, consigue dar muerte al monstruo, pero aún tiene que enfrentarse a su terrorífica madre, Wotja, tras lo cual será proclamado nuevo Rey. Muchos años después y ya al filo de la vejez, Beowulf deberá exterminar a un dragón que ha vuelto a poner a prueba la frágil estabilidad del país…

“Beowulf”, la película que ha dirigido Robert Zemeckis, respeta en líneas generales el argumento del poema original, si bien aproximándose más a la reinterpretación en clave de comic llevada a cabo por el famoso autor Neil Gaiman. Supongo que, dado que la intención de Zemeckis era continuar transitando los caminos del cine de animación (que ya había tanteado en “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”, “Polar Express” y “Monster House”), dio órdenes a sus guionistas (Gaiman y Roger Avary, co-autor de “Pulp Fiction”) de que construyeran una película de dibujos “para adultos”, y nada mejor que hacerlo a base de glorificar la violencia (al lado de este “Beowulf”, la brutalidad de “Apocalypto” y “300” sí que parece cosa de niños) y de “oscurecer” el tono del relato a golpe de truculencia. Por ejemplo, se sugiere de modo más que sutil que Grendel es hijo del rey Hrothgar, que copuló con su monstruosa madre, pero es que también se acusa de bestialismo al propio Beowulf, quien, asimismo, habría cedido a los monstruosos encantos de Wotja, con la que habría concebido al mismísimo dragón al que al final de su vida tendrá que derrotar. Todo ello sin mencionar pequeños detalles como que Beowulf, que se define como “Príncipe de la lujuria”, se pasea desnudo en más de una ocasión y, además de yacer con la monstrua madre, se casa con la joven viuda del rey Hrothgar, engañándola años después con una jovencita que bien podría haber sido su hija.

Al igual que ocurriera el año pasado con “Happy Feet”, la perfección técnica de la animación que sustenta “Beowulf” hace que durante la mayoría del metraje de la cinta uno se pregunte si lo que está viendo es una película de dibujos o una de imagen real convencional. La respuesta es que se trata de un híbrido, porque, aunque es cierto que las imágenes que vemos sí han sido recreadas a base de pixels y megabytes, lo primero que hizo Robert Zemeckis fue rodar la mayor parte de las escenas con un entregado equipo de actores (Anthony Hopkins, Angelina Jolie, John Malkovich, Robin Wright y, en menor medida, Ray Winstone), que actuaron con un millón de sensores pegados a sus cuerpos y rostros, para dar lugar a un proceso llamado “Performance Capture” (captura de la interpretación), mediante el cual el fruto de sus dotes interpretativas era directamente transferido a un ordenador que los convertía en clones digitales de sí mismos.

Como película de acción, hay que admitir que “Beowulf” sigue dignamente la estela de la citada “300”, así como de las algo más antiguas “El guerrero número 13” o “Conan el Bárbaro”, y creo que me hubiera gustado más si no hubiese pretendido ser una maravilla tecnológica sino simplemente una buena película de aventuras. Porque los máximos “peros” que se le pueden imputar derivan, precisamente, de su condición de film de dibujos animados, ya que, como dije anteriormente, es demasiado violenta, oscura y escabrosa como para ser recomendable para un público netamente infantil (mi hijo, al que, algo incautamente, llevé conmigo al cine, se pasó casi todo el tiempo tapándose los ojos), pero es que, por muy bien hecha que está en su mayoría, algunas expresiones y movimientos de los personajes “cantan” a ciberlápiz que da gusto, lo cual da al traste con la sensación antes apuntada de que lo que estábamos presenciando era una cinta de acción real. Personalmente, hubiese preferido una versión de tan épica historia rodada por actores de carne y hueso a la usanza tradicional, o, en su defecto, una versión animada con menos pretenciosidad y menos truculencia. Pero, en fin, lo que hay es lo que hay y este “Beowulf” constituye un entretenimiento adulto de primer orden, un goce para los sentidos de la vista y el oído (la partitura de Alan Silvestri, a pesar de que plagia algunos compases de “El guerrero número 13”, obra del insigne Jerry Goldsmith, es simplemente magnífica) y un prodigio tecnológico ante el que hay que descubrirse.

Luis Campoy
Calificación: 8,5 (sobre 10)

martes, 27 de noviembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "MICHAEL CLAYTON"


No sé muy bien a qué huele un Oscar, pero está claro que los creadores de “Michael Clayton” la han concebido para que desprenda áureos aromas de cinematográfica fragancia. El film protagonizado por George Clooney posée, sobre todo y ante todo, aquéllo que yo y otros muchos echamos de menos en la mayoría del cine comercial de hoy en día: un buen guión. Su director, Tony Gilroy, se había dedicado hasta ahora a la escritura, y suyos son los libretos de películas tan diversas como “El abogado del diablo”, “Dolores Claiborne”, “Armageddon” (ah, pero ésta ¿tenía guión?), “Prueba de vida”, “El mito de Bourne” y “El ultimátum de Bourne”. Era lógico, pues, que, para su debut en la dirección, se haya pertrechado detrás de una buena historia, en la que la trama, algo enrevesada, nunca olvida, sin embargo, la entidad y la identidad de sus personajes.

Michael Clayton, el protagonista del relato, no es exactamente un abogado, aunque lleva tropecientos años trabajando para un prestigioso bufete de Nueva York. La profesión de Clayton es, básicamente, la de “arreglador” o, como diría Cervantes, “desfacedor de entuertos”, tarea que realiza echando mano de sus conocimientos legales, pero, sobre todo, de lo aprendido en la universidad de las calles. Trufado de problemas profesionales, económicos y personales, se enfrenta a un caso que a punto está de costarle la vida, y es entonces, cuando escapa milagrosamente de la explosión de una bomba colocada en su coche, cuando se toma un respiro para recordar lo sucedido en las últimas semanas de su frustrada existencia.

Mirando la ficha de “Michael Clayton”, enseguida podremos deducir dos o tres cosas interesantes. La primera, que, como ya dije al principio de este artículo, se nota que la base argumental está sólidamente apuntalada. La segunda, la presencia como actor del realizador Sydney Pollack, nos remite directamente a cierto tipo de cine que tan bien ha cultivado este señor, con ejemplos tan luminosos como “Los tres días del Cóndor” o “La Tapadera”. Pero es que, además de actuar, Pollack también produce “Michael Clayton”, y esto se nota: la peripecia del hombre acosado que tiene que erigirse en héroe a la fuerza frente a un sistema que antaño le protegía, ya formaba parte del argumento de los dos títulos que acabo de citar, así como de la saga de Jason Bourne, que, como antes mencioné, constituyó uno de los trabajos más destacados del Tony Gilroy escritor. Finalmente, si os digo que el mismísimo George Clooney es otro de los productores del film, no os sorprenderá el evidente cuidado depositado tanto en la concepción general del personaje como en la ajustada interpretación de Clooney. Quizás para no preocupar demasiado a sus fans, la película empieza por el final, como si lo que se pretendiera fuera tranquilizar al espectador con un “No te preocupes, que, aunque Clayton las va a pasar canutas, va a salir indemne del atentado”.

No sería de extrañar que George Clooney recibiese una nominación al oscar como protagonista, pero no es menos cierto que quienes más ocasiones de lucimiento saben aprovechar son, como tantas veces sucede, los secundarios más avispados, en este caso una excelente Tilda Swinton (que sabe dotar de una creíble humanidad a su malévola e inhumana ejecutiva agresiva) y un sublime Tom Wilkinson, uno de los locos más lúcidos y entrañables que hemos visto en los últimos tiempos.

Algo más larga de lo que hubiera debido ser y con un final quizás demasiado eufórico, “Michael Clayton” puede considerarse, en el fondo, como una muestra tardía del ya extinto “star system”, pero no cabe duda de que, al menos, no defrauda ninguna de las expectativas creadas, ni a efectos de entretenimiento ni, principalmente, intelectuales.


Luis Campoy
Calificación: 8 (sobre 10)

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Adiós, Fernando, adiós


Dicen que casi todos los genios tienen mal genio. Es un juego de palabras, pero se ajusta casi siempre a la verdad. Pues bien, el mayor cascarrabias de la cinematografía española acaba de fallecer, a la no muy temprana edad de 86 años. Su algo deteriorada imagen pública en ningún caso debe mezclarse con su indiscutible talento como cineasta, en calidad tanto de actor como de director. Descansa en paz, Fernando, y ojalá no te vayas “A la mierda” (tu frase favorita) sino al Cielo.

martes, 20 de noviembre de 2007

¡Cómo te cuidas, Raúl!

Devorado por la fama de “Drácula”, su personaje más popular, el actor Bela Lugosi dormía, al final de su vida, en un ataúd. Ahora hemos sabido que el capitán del Real Madrid, Raúl (de apellido González) duerme en una cámara de hipoxia, en la que se simula una estancia en una altura muy elevada. Este tipo de aparamenta estaba hasta ahora destinada a atletas y, sobre todo, ciclistas, que tienen que estar acostumbrados a ejercitarse en superficies situadas a muchísimos metros de altitud. Por cierto, la definición literal de “hipoxia” es “Trastorno por el que todo el cuerpo, o una parte del mismo, se ven privados del suministro de oxígeno”. Seguramente el viejo Lugosi carecía del riego cerebral necesario y por eso se creía un vampiro. ¿Se creerá acaso Raúl que es un ciclista? ¿Será en la cámara de hipoxia donde entrena la mayor parte de las veces, al igual que hacía Ronaldinho en su maravilloso gimnasio VIP? ¿Le pedirá Luis Aragonés que le deje utilizarla un par de noches a cambio de convocarle para la Eurocopa? ¿Contendrá, acaso, el anillo de Raúl (ése que besa compulsivamente cada vez que marca algún gol) una versión reducida de su juguetito y se estará “chutando” nitrógeno ante la inocente mirada de los árbitros? Confieso que me siento inquieto a la hora de formular tan desasosegantes preguntas, tanto que voy a tener que agenciarme urgentemente una cámara hiperbárica (más fácil de conseguir que la de la hipoxia ésa), o, al menos, una cámara fotográfica para tratar de “cazar” al “ciclista” del Bernabeu durante su visita a Murcia este fin de semana.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "LEONES POR CORDEROS"



Para definir una película como “Leones por corderos”, hay que echar mano de un adjetivo que le haga justicia: “extraña”, “distinta”, “original”, “única”. Claro que, con los dos últimos, probablemente estaríamos exagerando. Digamos, pues, que este nuevo film de Robert Redford como director no es un producto convencional, comenzando por su escasa duración (cosa que, en estos tiempos en que los superhéroes, los piratas y los aprendices de brujo permanecen en pantalla durante prácticamente el doble de minutos que necesitarían, es muy de agradecer) y continuando por la inusual dispersión de su foco argumental, que nos hace pensar en una especie de versión politizada de las tramas “corales” tan queridas por autores como Altman o Berlanga, con la diferencia de que, en los ejemplos que acabo de mencionar, todas las subtramas acababan confluyendo en un momento u otro, cosa que no sucede en el caso que ahora comentamos.

Podría decirse que en “Leones por corderos” se nos cuentan tres historias a través de tres minipelículas que han sido montadas las unas sobre las otras. En la primera de ellas, una veterana periodista entrevista a un joven senador que le anticipa un plan gubernamental para recrudecer la ofensiva estadounidense en Afganistán. En la segunda, presenciamos la odisea de dos soldados norteamericanos desgajados de su pelotón precisamente en tierras afganas, completamente a merced del frío y de la milicia talibán. Finalmente, el tercer foco argumental está centrado en un viejo (o, mejor dicho, “maduro”; por mucho que acabe de cumplir setenta y un años, Robert Redford se merece cualquier calificativo menos “viejo”) profesor universitario que intenta vencer el absentismo y el pasotismo de uno de sus alumnos.

“Leones por corderos” ya aparece en muchas de las quinielas para los próximos Oscar, premios a los que el Redford director no es ajeno (recordemos que fue “oscarizado” precisamente por su film de debut, “Gente Corriente”). Sin embargo, no se trata, ni mucho menos, de una película redonda. La dispersión argumental que pretende hacerla tan original acaba jugando en su contra, pues los tres episodios no están precisamente compensados. Los protagonizados por el propio Redford (el profesor universitario) y la periodista (Meryl Streep) y el senador (Tom Cruise) se sustentan única y exclusivamente sobre el carisma de estos tres monstruos del cine; los comportamientos y diálogos de sus personajes nos importan muchísimo menos que el magnetismo de sus intérpretes. Por contra, la parte que transcurre en Afganistán, con los dos marines que deciden permanecer juntos hasta el final mientras sus compañeros tratan vanamente de rescatarlos, adolece de un interés sustancialmente inferior, debido al anonimato en que viven sus actores.

No sé si Redford era consciente de ésto o no, pero pienso que el espectador medio de “Leones por corderos” está deseando que el senador Cruise se calle su bocaza manipuladora y que las hazañas bélicas de los pobres soldaditos pasen lo antes posible, con tal de disfrutar simplemente de la presencia del que fuera, treinta o cuarenta años atrás, uno de los hombres más atractivos del mundo. Tal vez sin pretenderlo, el rubio actor de rasgos un pelín apergaminados (más por una cirugía insatisfactoria que por el paso del tiempo) se erige en el máximo aliciente de su obra, asfixiando todas las demás consideraciones dramáticas, bélicas y políticas. Por cierto, haciendo un juego de palabras ciertamente fácil e impropio de mí, diré que los “lobos” Robert Redford y Meryl Streep se meriendan con patatas al “cordero” Tom Cruise, cuya composición consiste básicamente en ofrecernos, uno detrás de otro, todos sus “tics” habituales.

Luis Campoy
Calificación: 6,5 (sobre 10)

martes, 13 de noviembre de 2007

Un nuevo blog


Esta tarde ha nacido un nuevo blog, un espacio alternativo que dedico calurosamente a quienes me acusaban de padecer una especie de enfermedad que un simpático lector bautizó como "incontinencia de teclado". Breve y conciso, jugoso y escueto. Puesto que vivo y escribo en este rincón privilegiado de la geografía española, he decidido otorgarle el nombre del Valle que me acoge: quedáis invitados a bucear para pescar las "Perlas del Guadalentín".


Coronado de problemas


Cuando escribí hace unas semanas sobre la situación actual de la Monarquía en España, traté de dejar bien clara mi postura, que conjugaba dos realidades bien distintas. Por un lado, el lado más humano, admito que don Juan Carlos y su prole borbónica más directa (Reina, Príncipe, Infantas y algún que otro consorte) me caen bien. Mas, por otra parte, me pregunto (y no sé contestarme yo solo) si es estrictamente necesaria la existencia, tal cual la conocemos, de una Institución de tan carísimo mantenimiento como la Monarquía. En el pie de página de aquel artículo recibí varios comentarios al respecto, señal de que la gente tiene forjada una muy necesaria opinión, pero todo éso que en aquellos momentos dijimos tal vez haya que reformularlo a consecuencia de lo sucedido la pasada semana, que, recordémoslo, comenzó polémica por el viaje de los Reyes a Ceuta y Melilla y terminó aún más polémica tras el rifirrafe entre el Monarca y el presidente venezolano Hugo Chávez.

¿Qué queréis que os diga? A mí me parece muy bien que los enclaves españoles ubicados en territorio marroquí (esas ciudades de Ceuta y Melilla en las que uno piensa como lugar de destino de los servicios militares de la mayoría de sus vecinos) tengan y exijan el derecho a sentirse tan españoles como el resto de ciudades radicadas en la Península Ibérica, pero ¿hubiera suscitado la misma polémica una visita del Presidente Español que la que ha desatado la comparecencia de los Monarcas? Para los marroquíes es cosa cotidiana rendir pleitesía a su adorado Rey, llámese Hassan, Mohamed o Mustafá, pero, probablemente, el hecho de que el lejano descendiente de los Reyes Católicos y Santiago Matamoros se dé un real garbeo por sus desiertos no hace sino sacarles de quicio. También podríamos recordar, sin ir más lejos, lo que nos fastidió a los españoles que el peñón de Gibraltar fuera escenario de una de las escalas del viaje de novios de los recién casados Carlos y Diana de Gales, y estoy casi seguro de que, de haber sido doña Margaret Thatcher la que se hubiera dejado caer por la Roca, las iras hubieran sido menos flatulentas. O sea, es más común y está más generalizado en todo el mundo que quien te visita sea un gobernante electo que se renueva cada cuatro años, y lo de que un miembro de una familia real extranjera aterrice en tus dominios tiene más de provocación que de diplomacia. O así lo veo yo.

En cuanto a la ya famosísima reyerta entre don Juan Carlos y el Presidente de Venezuela acaecida el pasado sábado durante la Cumbre Iberoamericana celebrada en Chile, creo que hay que tener las ideas muy claras y la sangre muy fría. Estamos de acuerdo en que Chávez es un impresentable, pero, aunque todos así lo sospechemos, no hay pruebas determinantes de que sus plebiscitos hayan sido amañados, por lo que, nos guste más o nos guste menos, es el gobernante legítimo y democrático del pueblo venezolano. Eso quiere decir que se le debe atribuir un cierto respeto, por muy impertinente, soez y gilipollesca que sea su actitud. Como sér humano, entiendo que a nuestro Rey se le hinchasen las narices ante los desvaríos de don Hugo, pero, políticamente hablando, mandar callar a otro dirigente no es una maniobra demasiado recomendable, por mucho que la frase lapidaria de don Juan Carlos (“¿Por qué no te callas?”, así, expresada de tú a tú, sin “usted” ni zarandajas de por medio) haya dado la vuelta al mundo y haya pasado directamente al olimpo de las frases célebres (junto al “Si no se habla de mi libro, me voy” de Paco Umbral, el “A la mierda” de Fernando Fernán Gómez o el “No es lo mismo estar jodido que jodiendo” de Camilo José Cela). Tampoco estuvo bien que, durante la posterior intervención del líder sandinista Daniel Ortega, ex amigo de nuestro país en la época de Felipe González, el Rey se levantara y cediera al impulso de abandonar una reunión en la que el nombre de España estaba siendo objeto de críticas y ataques no del todo justificados. Entendedme bien: a mí, como persona humana, estoy seguro de que me hubieran dado ganas no sólo de mandar callar a Chávez sino de mandarle a tomar por culo, y no sólo plantar a Ortega sino también patearle sus bolas nicaragüenses… pero pienso que debe haber una diferencia entre la campechanía, naturalidad y primitivismo del ciudadano de a pie y la serenidad, mesura y cortesía exigibles a todo al que ostenta y ejerce un cargo público. Cuando un rival político esgrime el insulto o la descalificación sin venir a cuento, lo más correcto no es, obviamente, sacar el revólver y derribarle de un tiro certero en la nuca, como tampoco poner pies en polvorosa y dejar al otro con la palabra en la boca, sino replicarle y derrotarle con argumentos convincentes. Eso más o menos fue lo que trató de hacer Zapatero, que incluso venció sus reticencias ideológicas para romper una lanza a favor del bocazas de José María Aznar, pero lo de don Juan Carlos a mí me pareció, aun entendiéndolo y comprendiéndolo con el corazón, un error político que puede comprometer los intereses de nuestro país. Lo dicho, entre unas cosas y otras, en estos últimos tiempos la monarquía española, que empieza a ser cuestionada por una parte de la sociedad, se ha coronado no de oro, perlas y piedras preciosas… sino de problemas, muchos problemas.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "RESIDENT EVIL: EXTINCION"


Como supongo que todos sabréis, “Resident Evil: Extinción” es la tercera entrega de una popular saga cinematográfica basada en un célebre videojuego que permite al jugador cepillarse sin ton ni son a miles y miles de viscosos zombies, con la única excusa de que han sido contaminados por un terrorífico virus aparentemente incurable. Siempre con una (bellísima) Milla Jovovich como cabecera de reparto, este tercer capítulo del “Mal Residente” se limita a plagiar descaradamente la estética (y aun la filosofía vital) de la muy imitada “Mad Max 2” (George Miller, 1981), y todavía le sobra tiempo para llenarse de obvias alusiones a “Alien: Resurrección”, “Aliens, El Regreso” e incluso “La matanza de Texas”.

Que a un film como éste se le presuponen y exigen efectivos efectos especiales no es algo nuevo, como tampoco lo es comprobar que dicha premisa se cumple con creces. Por lo demás, dedicarle un análisis profundo sería un ejercicio de retórica vacía, por cuanto no hay mucho que decir. El guión es de todo menos original e inteligente, los personajes son (absolutamente todos) unidimensionales, intercambiables y prescindibles y los actores actúan de memoria, como si el director estuviese concentrado en meter sustos con calzador y agradecer a sus productores la deferencia de haberle sacado de su merecido ostracismo. Este realizador se llama Russell Mulcahy y en los 80 dirigió una excelente película, “Los Inmortales” (con Christopher Lambert y Sean Connery), tras lo cual pareció empeñarse en erigirse, trabajo tras trabajo, en su peor enemigo, llegando a unos niveles tan catastróficos que es un milagro que le hayan permitido continuar dirigiendo.

Tan infectada de chiclés y cargada de tópicos como (¿por qué no admitirlo?) amena y entretenida, “Resident Evil: Extinción” sirvió para que un servidor pasara la noche de Halloween en una sala de cine en la que un montón de aficionados brincaban y chillaban sin cesar. No es mucho, pero tampoco está mal para esta época en la que tantos cinéfilos optan, cuales zombies descerebrados, por rendirse al virus de la descarga pirata a través de Internet.


Luis Campoy
Calificación: 4,5 (sobre 10)

martes, 6 de noviembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "SUPERSALIDOS"


Confieso que fui a ver “Supersalidos” única y exclusivamente porque leí ciertas críticas que le otorgaban auténticas constelaciones de estrellas y casi la tildaban de “obra maestra”. Naturalmente, se trató de veleidades lisérgicas de crítico novato y, si este film puede catalogarse de “magistral”, a mí se me puede proponer para el Nobel de Literatura. No obstante, sí es cierto que en “Supersalidos” (“Superbad”, “Supermala”, si nos atenemos a su título original) sí concurren determinadas circunstancias que uno no hubiera podido encontrar en los “albóndigas”, “porky’s” o “american pies” de turno (haciendo balance de esos títulos sobre adolescentes cachondos que inevitablemente hacen las “delicias” de cada generación de espectadores). El hilo argumental de esta (cómo no) producción norteamericana no da para una línea de este comentario (dos jovenzuelos en celo tratan de ligar desesperadamente), pero hay que admitir que sus diálogos están francamente bien construídos, con largas parrafadas en el más puro estilo tarantino, y la sucesión de situaciones (equiparables a niveles de algún videojuego) por las que atraviesan sus tres potagonistas masculinos tienen ciertos toques de originalidad. Mas si por algo destaca “Supersalidos” es por su inesperada, brillante y casi magistral elección de actores. Si existiese un Oscar al mejor casting, este año tendría que ser para quien confeccionó el reparto de este “sleeper” que, casi sin comerlo ni beberlo, ha amasado una auténtica fortuna en las taquillas de medio mundo. Todos los actores que desfilan por el film reúnen en su físico y proyectan en su interpretación una autenticidad pocas vistas en una pantalla. Es casi como si estuviésemos presenciando un documental sobre la estupidez, la vulgaridad y la voracidad sexual: chapeau tanto para Michael Cera, Jonah Hill y Christopher Mintz-Plasse (estupendos jóvenes protagonistas) como para cada uno de los fabulosos secundarios y, sobre todo, para el casi debutante Greg Mottola, proveniente del mundillo televisivo. Bastante menos divertida de lo que me habían dicho, tampoco me resultó tan buena como me esperaba, pero, pensando en ella casi una semana después de haberla visto, “Supersalidos” es, más que una comedia para descerebrados, un agudo e imaginativo retrato generacional.


Luis Campoy
Calificación: 6 (sobre 10)

lunes, 5 de noviembre de 2007

Cine: mi comentario sobre "40 GRADOS"


Mientras asistía al multitudinario estreno lorquino de “40 grados”, ópera prima de mi amigo Domingo Jiménez, no pude evitar retroceder quince años en el tiempo, hasta el momento en que yo mismo estrené mi propia ópera prima, “El Butanero siempre llama dos veces” en el olímpico año de 1992. Tanto en uno como en otro caso, el ingrediente principal, más allá de un derroche de medios técnicos o el seguimiento escrupuloso de cualquier manual de teoría cinematográfica, era el factor humano, el sustrato puramente emocional: la ilusión.

Una película como “40 grados” (como en su día lo fue “El Butanero…”) es mucho más que un film entendido en sentido convencional. Es, ante todo, una hazaña, un logro, un hito. Un monumento a la constancia, al tesón, al más altruista amor al (séptimo) arte. Por eso, no sería justo analizarla bajo los mismos parámetros que solemos esgrimir para juzgar la última obra de Almodóvar, Spielberg o Scorsese. Por el contrario, ante un trabajo de estas características hay que correr un muy tupido velo ante sus defectos (que los tiene) y esforzarse por jalear sus logros (que también la adornan).

Hace unas semanas escribía acerca de “Un plan brillante” y la enmarcaba dentro del subgénero de “robos y atracos”. “40 grados” milita en esa misma división (obviamente, desde unos parámetros muchísimo más modestos), por cuanto su historia se centra en dos hombres que planean realizar un robo a un casino controlado por una banda mafiosa. Por exigencias de la producción, la ciudad en la que se haya emplazado dicho casino no es otra que Murcia (elección harto improbable, temáticamente hablando), una Murcia por la que pululan gangsters y yonkis de medio pelo, sudamericanos sin un pelo de tontos y mujeres de armas tomar.

Me atrevería a decir que los más de 90 minutos de duración de “40 grados” son su principal hándicap y acaban corriendo en su contra, pero, claro está, tampoco la duración de mi “Butanero”, vista desde mi experiencia actual, podría considerase un aliciente sino, más bien, una especie de lastre. Cuando uno está empezando, desea manifestar su capacidad para narrar una historia y adornarla con chistes y gags acaso prescindibles, inconsciente de que, a veces, la concisión hubiera sido una alternativa preferible. En cualquier caso, en “40 grados” pude apreciar, aparte del entusiasmo pasional antes citado, abundantes destellos de originalidad, así como buenas ideas visuales y una acertada utilización de los efectos de sonido. Incluso alguno de los actores consigue cuajar un buen trabajo (más apoyados en su desparpajo natural que en el seguimiento de sus diálogos), con mención muy especial para mi querido amigo Monty, que cuenta sus breves apariciones por triunfos populares aplaudidos por la platea.

Domingo Jiménez ha co-escrito, co-protagonizado, montado, co-producido, co-dirigido y estrenado su primera película, y además lo ha hecho con una amplia repercusión popular y bajo el auspicio del Cineclub Paradiso (imprescindible institución lorquina a la que, por cierto, me congratulo en haber pertenecido), y la dimensión de un logro como éste sólo es comprensible para quienes hemos pasado por una experiencia similar. El mérito de este chico de Lorca no voy a ser yo el primero ni el último en exponerlo, pero sí quiero felicitarle por el nivel técnico alcanzado y, sobre todo, por la tenacidad en llevar a cabo la consecución de su sueño. Un fuerte abrazo y mi sincera enhorabuena, Domingo Antonio.

viernes, 26 de octubre de 2007

Spiderman cambia de bando


Estaba cantado. Yo lo presentía y todos aquéllos que consultan habitualmente las páginas “comiqueras” de internet ya lo sabían: Spiderman ha cambiado de bando. Me refiero, naturalmente, a la macrosaga titulada “Civil War” (supongo que en España no la han traducido como “Guerra Civil” para no darse de bruces con la Ley de la Memoria Histórica), que, poquito a poco, lenta pero inexorablemente, va acercándose a su desenlace, el cual se saldará con la muerte de uno de los más celebrados héroes de la casa Marvel. Pero éso aún está por venir. Lo que acaba de suceder es que el Hombre Araña, hasta ahora seguidor fiel pero renuente de las doctrinas pro-registro de Tony Stark, alias Iron Man, se ha dado cuenta de las injusticias que se están cometiendo con aquellos defensores de la Ley que se niegan a hacer públicas sus identidades secretas y son, consiguientemente, detenidos y encerrados de por vida, cuando no asesinados en combate. Lo malo es que los ojos de Spidey se han abierto a la luz justo después de haber revelado al mundo que se llama Peter Parker y que viene subiéndose por las paredes desde que tenía quince años. Ahora, tanto él como su familia están en el punto de mira de todo el mundo, no sólo de los cientos de villanos a los que ha derrotado en el pasado y andan sedientos de venganza, sino también de la organización paramilitar SHIELD y el resto de fuerzas gubernamentales que, si te declaras en contra de la Ley de Registro, te cazan como a un animal y te confinan en un sofisticado Guantánamo que Reed Richards (Mr. Fantástico) ha construído en la horripilante Zona Negativa. Sigue sin gustarme la idea de que, de repente, todo bicho viviente sepa que Peter Parker y Spiderman son la misma persona, pero he de reconocer que los guionistas arácnidos (Straczynski, David, etc.) le han sacado bastante jugo a la idea, devolviéndole el protagonismo perdido a ilustres secundarios como Flash Thompson, Liz Allan o la olvidadísima Debra Whitman. Ya veremos cómo transcurren los próximos meses, en los que el lanzarredes se unirá a la Resistencia (donde militan el Capitán América, Daredevil, el Halcón y un grupo creciente de vigilantes enmascarados) para seguir justificando su viejo lema de que “Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

jueves, 25 de octubre de 2007

Agresion en el tren


Casi todos sabéis que mi pareja es de nacionalidad ecuatoriana; ecuatoriana, como esos casi cien mil (se dice pronto) compatriotas suyos que residen en España en la actualidad (sin contar, claro está, a los que no están debidamente censados). ¿Cómo no iba a dedicar, pues, unas líneas a ese lamentable incidente acaecido el pasado día 7 de octubre en uno de los pocos trenes que aún funcionan en Catalunya? Las imágenes han dado la vuelta al mundo en apenas tres días y todos las hemos visto infinidad de veces: a la altura de Colonia Güell, un joven con apariencia de skin se dirige a la parada del ferrocarril mientras habla por su teléfono móvil, cuando, de repente, al comprobar que uno de los dos pasajeros que viajan en el vagón es una muchacha con obvios rasgos sudamericanos, comienza a insultarla (“inmigrante de mierda”), le soba un pecho, la agrede varias veces y, cuando ya parecía que iba a bajarse y dejarla en paz, aún le propina una monumental patada en plena cara. El energúmeno en cuestión tiene 21 años y el viernes pasado, tras ser identificado merced a la grabación efectuada por la cámara de seguridad del tren, fue detenido por la Guardia Civil, pero, sorprendentemente, fue puesto en libertad a las pocas horas al no personarse la Fiscalía en el momento en que iba a ser juzgado. Tan atroz disparate legal no ha pasado desapercibido para nadie, y desde el Gobierno ecuatoriano se ha exigido a su homólogo español que se aplique un castigo ejemplarizante sobre el elemento en cuestión, que esta misma tarde aún estaba de copas con sus amigotes, a pesar de que, con toda probabilidad, mañana mismo volverá a pasar a disposición judicial, esta vez para pasar un tiempecito en chirona, donde tan merecidamente debería estar pudriéndose ya. Pero no nos engañemos. La importancia superlativa de este suceso ha sido magnificada por coincidir en el tiempo con la visita del presidente de Ecuador, Rafael Correa, que hace menos de una semana estuvo de visita en Lorca, con el claro propósito de llevarse de vuelta a su país a tantos compatriotas como pueda. ¿Acaso se ha aprovechado este suceso para tratar de convencer a la colonia ecuatoriana de que en España no se les quiere y que, por tanto, es mejor que regresen ipso facto a su patria? Muy probablemente no, ya que el anhelado retorno de los hijos pródigos traerían consigo la pérdida de suculentas divisas. Creo, por tanto, que es mejor que tratemos de centrarnos en la naturaleza evidente de lo que estamos analizando, que no es tanto la violencia de corte racista o xenófobo como la violencia en sí misma, ¿o acaso los hechos serían menos execrables si la víctima hubiese sido madrileña, gaditana o manchega? El mundo está loco y sus pobladores también, y, bajo la apariencia de normalidad en la que vivimos la mayoría, subyace otra realidad plagada de tribus urbanas (skins, punkies, grunges, emos, etc.) que no siempre promueven la paz y la armonía. Ante la prueba evidente de que un joven ha agredido a una persona, habría que aplicar la Ley sin contemplaciones, sin paliativos y sin miramientos, y el dato de la condición inmigrante de uno de los dos no debería ser tan importante: el agresor debe ir a la cárcel y ser confinado en ella durante todo el tiempo que le corresponda, no por ser racista sino por ser un bárbaro incivilizado. Otra cosa es que, de modo preocupante, vaya extendiéndose una oleada de xenofobia hacia aquéllos que nos visitan, sin que, en la mayoría de las ocasiones, nos demos cuenta de que el sudamericano o moro en cuestión cumple la importantísima labor social de ejecutar aquellas labores ingratas que el españolito acomodado no quiere llevar a cabo. Por el contrario, está cada vez más extendida la teoría de que los inmigrantes comparten nuestros privilegios pero no nuestras obligaciones, chupan descaradamente de nuestro bote de beneficios sociales y nos privan de ocupar la cama hospitalaria que legítimamente nos correspondería. Yo quiero romper una lanza a favor de estas personas que no han venido a nuestro país a pasar unas vacaciones, sino a trabajar duro para mantener a sus familiares de allende los mares, y que, en la inmensa mayoría de los casos, tan sólo son gente humilde que ha cometido el error de creer que en España, la Madre España, iban a encontrarse mismamente como en su propia casa.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Cine: mi comentario sobre "EL ORFANATO"


No cabe duda de que Juan Antonio Bayona, director de “El Orfanato”, tiene buen gusto. Al menos, le gustan las mismas películas (de terror) que a mí. Prueba de ello es que los modelos de este film que representará a España en la carrera hacia el Oscar han sido obras tan destacadas como “El Resplandor”, “Los Otros”, “Poltergeist” o “Dark Water (La Huella)”. Y no puede decirse que la jugada le haya salido mal a este caballero, que ha contado con unos estupendos Belén Rueda y Fernando Cayo como acertados protagonistas. La línea argumental de “El Orfanato” puede resumirse en un breve apunte: una mujer (Rueda) adquiere el vetusto edificio que, siendo niña, albergó el orfanato en que se crió, y se muda a vivir en la vieja casona junto con su marido (Cayo) y su hijo adoptado, con la intención de convertirlo en escuela para niños discapacitados. Al poco de instalarse, comienzan a registrarse sucesos extraños aparentemente relacionados con los huérfanos que antiguamente habitaron el orfanato, que culminan con la misteriosa desaparición del hijo del matrimonio…

Técnicamente irreprochable, “El Orfanato” puede considerarse, desde ya, una de las cinco mejores películas de suspense y terror jamás rodadas en nuestro país. A pesar de que el guión es poco o nada original, el espectador cae atrapado desde el mismísimo inicio en la trampa de una realización minimalista donde, afortunadamente, casi siempre se insinúa o se sugiere más de lo que se muestra, servida por una bella fotografía, un soberbio diseño de producción y, especialmente, una utilización modélica del sonido. En cuanto a la banda sonora, compuesta por Fernando Velázquez, básicamente cumple su función de resultar inquietante, aunque en algunos pasajes resulta petulante y excesiva. En el apartado actoral, el peso recae sobre los hombros de una Belén Rueda conmovedora y creíble, que consigue transmitir más su sufrimiento que la sensación de que está actuando, lo cual en ciertos momentos le juega alguna mala pasada, por cuanto su dicción no es siempre inteligible. En cualquier caso, mi enhorabuena a esta actriz, que se va a hinchar (merecidamente) a premios. A su lado, además de la breve participación de Geraldine Chaplin y una recuperada Montserrat Carulla, hay que destacar, muy especialmente, al todavía poco conocido Fernando Cayo, que ya hacía un papelón en “Diario de un skin” y que en “El Orfanato” ejerce de auténtico robaplanos.

Sinceramente, me hace feliz que una película española consiga traer a los cines a tantos espectadores como está congregando esta producción auspiciada por el mexicano Guillermo del Toro (director, entre otras, de “El Laberinto del Fauno”). El debutante J. A. Bayona realiza un extraordinario trabajo de creación de clima de desasosiego, y triunfa de modo apoteósico en las escenas en las que la presencia de lo paranormal sólo se intuye o se refleja en la mirada aterrorizada de Belén Rueda. Sin embargo, aunque es aplaudible la casi total ausencia de efectos digitales y de maquillajes truculentos, “El Orfanato” pierde fuelle en su tercio final, más o menos a partir de la llegada de los parapsicólogos calcados de “Poltergeist”. La visualización de los “niños fantasmagóricos” como si de personajes corpóreos se tratase resta capacidad de convicción al film, y, concretamente, tanto el final como el breve epílogo chirrían innecesariamente, como si se quisiese convertir en cuento de hadas lo que hasta el momento era un estupendo relato de horror. No obstante, la puesta en escena es tan buena y la interpretación de Belén Rueda tan desgarradora, que, para mí, “El Orfanato” se merece un sobresaliente.
Luis Campoy
Calificación: 9 (sobre 10)

martes, 23 de octubre de 2007

¡Ay, qué cacao!


Hay que ver…. Toda la vida creyendo que la Península Ibérica era un espacio geográfico en el que coexistían dos países (Portugal y España) y, mira por dónde, un senyor llamado Josep Lluis Carod-Rovira me abrió los ojos a otra realidad hasta entonces ignota: los países no son dos, sino cuatro, y a los hasta ahora conocidos hay que sumar otro par: Catalunya y Euskadi. Yo imaginaba que lo de “País Vasco” y “Paisós Cataláns” no era sino una especie de jerigonza política, un eufemismo sin implicaciones legales, un placebo para separatistas recalcitrantes. Pero la tozudez del Lehendakari, por un lado, y la soberbia del Vicepresident, por otro, han hecho que me replantée determinadas cuestiones. Por ejemplo: ¿cómo es posible que un tipo tan claramente comprensivo, respetuoso y tolerante como yo, cada vez que escucho hablar a Carod, se acuerde tanto y tan reiteradamente de los grandes machos cabríos y de los pobres niños abandonados por madres que se vieron obligadas a ganarse la vida vendiendo sus favores sexuales?. En todas las realidades hay un fondo y una forma, y la segunda a veces resulta alterada y distorsionada por cómo nos es presentada su envoltura. Lo que dijo la otra noche Carod-Rovita en el programa de La 1 “Tengo una pregunta para usted” puede resultar mínimamente coherente y aun comprensible como entelequia, como teoría o como utopía. Los catalanes no son separatistas, ni nacionalistas, sino independentistas. Los catalanes no se consideran españoles, sino simplemente catalanes. Otra cosa es que a mí me guste más o menos este concepto, pero, adecuadamente enunciado, al menos puede someterse a un análisis mesurado y sosegado. El problema es que la socarronería y la mala leche de don Josep Lluis no sólo no ayuda a que Catalunya sea mejor vista por el resto de España, sino que la convierte en una especie de Anticristo para los que defienden a rajatabla la Unidad sociopolíticogeográfica. Como simpatizante del Barça, estoy acostumbrado a que mis conocidos me llamen “catalán” cuando jaleo los éxitos del club de Messi y Ronaldinho, pero me siento tan malherido como cualquiera cuando escucho decir a alguien que se le plantean mil y un problemas cuando trata de abrirse camino en una parte de España en la que el español es un idioma secundario. ¿Cómo hemos ido dejando que ocurran estas cosas? Me parece muy legítimo que nuestros vecinos del nordeste quieran conservar su acervo cultural, pero ¿cómo hemos consentido que la lengua catalana se imponga de esta manera al castellano? Por Dios, ya no es sólo que existan dos Españas (la de izquierdas y la de derechas) sino que, además de éstas, existen no-sé-cuántos países en un mismo territorio, cada uno de ellos con pretensiones de autonomía total y excluyente, cada uno de ellos con un idioma diferente y diferenciador, cada uno de ellos dispuesto a tener su propia Selección de fútbol, su propia bandera y sus propios interlocutores con el resto del mundo. No tengo ni furcia idea de cómo se ha podido llegar a ésto, pero el destino final de este cacao no va a ser divertido ni agradable para ninguno.

lunes, 15 de octubre de 2007

De feria en feria


Nunca sabe uno cuándo va a caer en brazos de un súbito, irrefrenable y efímero arrebato de inspiración. A la hora de iniciar estas líneas, viajo en un tren con destino a Madrid, y lo cierto es que no tengo ni la más remota idea de dónde estoy. No sé dónde estoy, pero sí sé de dónde vengo. Vengo de una Feria que sucedió a otra Feria que a su vez llenó el breve vacío dejado por una Feria anterior. Cuando uno vive a caballo entre dos ciudades, pasan estas cosas. Y, si tienes niños pequeños en esa edad en la que los sueños aún pueden hacerse reales y viajan a bordo de un tiovivo, el resultado es siempre el mismo: sus caritas se llenan de satisfacción al mismo tiempo que tu monedero se queda alopécico. Aún recuerdo los últimos tiempos del reinado de la peseta: las atracciones feriales nos costaban veinte duros, y ya nos parecían caras. Ahora, cada viaje de un infante en el “Ratón Vacilón” o en el “Dragón” de turno te cuesta la friolera de dos euros y medio. He citado los nombres de dos de los entretenimientos mecánicos con más predicamento entre la gente menuda, pero, haberlos, los hay mucho, mucho peores. Mi hijo suspira por subirse a todo aquéllo que desafíe al vacío, a la fuerza gravitatoria y a la cordura misma, y yo tengo que recurrir a mil y una excusas para evitar esa mareante agonía que hace que las tripas se junten con las amígdalas, y viceversa. Hay gente a la que le divierte pasarlo mal, pero a mí simplemente me da pánico. La última vez que subí en el más vacilón de los ratones, hice la mitad del recorrido con los ojos cerrados. Y la penúltima, mi hija, de tanto apretar las mandíbulas, perdió un diente (de leche). Confieso que me sentía más tranquilo cuando los niños eran más pequeños y pugnaban por sentarse en el Troncomóvil o en la Carroza de Cenicienta. Pero, sin temor a equivocarme, puedo afirmar que ha llovido mucho desde aquel entonces, y ahora lo mínimo que exigen es el “Dinosaurio”, hermano bastardo del “Dragón”, cuya única diferencia con respecto a aquél es que no te mareas hasta el final del viaje, justo cuando se acaba el billete. Otro aliciente que he encontrado en el “Dinosaurio” que se monta en Alhama de Murcia es el gracejo de su acomodador y animador, un auténtico “showman” provisto de un amplio repertorio de grititos, chorreos de aire comprimido y cachiporrazos a granel. Todo un espectáculo, él solito. Pero, sin duda alguna, la sorpresa del año ha sido una versión infantil del célebre “Toro Mecánico” que se llama “El Rodeo de Lucky”. Lo de Lucky, naturalmente, viene del célebre vaquero del comic francés, y, en lugar de toros encabritados, lo que hay son caballos desbocados que saltan y se contonean al ritmo de una pegadiza y persistente melodía. Bueno, en realidad se trata, no de una, sino de dos canciones del subgénero que podríamos denominar “spaghetti country”, que fue popularizado por artistas tan insignes como Dinamita Pa’ Los Pollos, Los Coyotes, Los Rebeldes, Coyote Dax o el mismísimo Loquillo. En concreto, tras una ardua investigación que no me deparará un Pulitzer, pude averiguar que los dos temas que se escuchan en “El Rodeo de Lucky” (y en la práctica totalidad de los Toros Mecánicos ambulantes) pertenecen (¡oh, sorpresa!) a un grupo llamado Zapato Veloz, que gozó de cierta fama gracias a su muy conocida “Tractor Amarillo”. Puede que no sea una obra maestra de la música “folk” made in Spain, pero hay que reconocer que los músicos que la grabaron sabían lo que se hacían (su guitarra eléctrica suena casi idéntica a la del Morricone de “La muerte tenía un precio”) y, ya casi llegando a Madrid en esta noche oscura, su melodía pegadiza y pegajosa es uno de mis mejores recuerdos de estas últimas Ferias.

sábado, 13 de octubre de 2007

Cine: mi comentario sobre "UN PLAN BRILLANTE"


Me siento eufórico, ésto es casi inaudito: he tenido oportunidad de ver en cine tres películas en seis días, ¡y dos de ellas son buenas o muy buenas! La menos “potable” de las tres ha resultado ser “La extraña que hay en ti” (obviamente, acabará siendo, con mucho, la más taquillera), pero tanto la excelente “Promesas del Este” como esta “Un Plan Brillante” poséen gratificantes dosis de calidad.

Lo primero que me llama la atención de “Un Plan Brillante” es lo mismo que comentaba a propósito de “Promesas del Este”: la apreciable evolución experimentada en el estilo narrativo de su director, un Michael Radford cuyas obras más conocidas eran hasta ahora “1984” y “El Cartero y Pablo Neruda”. La parábola futurista y el melodrama rural dan paso ahora a un exquisito thriller adscrito al subgénero de “robos y atracos”, del que últimamente habíamos podido contemplar muestras como “Plan Oculto” de Spike Lee (nótese que en todas estas películas sobre ladrones lo fundamental es tener un buen “plan”… al menos en el título).

La historia que nos cuenta “Un Plan Brillante” transcurre en el Londres de los años 60, concretamente en el seno de la “Londinense de Diamantes”, la más poderosa industria diamantífera (¿o se dice “diamántistica”?) mundial, en cuya sede principal trabaja Laura xxxxx (Demi Moore), una ejecutiva ambiciosa pero abnegada, dedicada en cuerpo y alma a su profesión hasta el punto de no haber sido capaz de formar una familia. Otro de los anónimos empleados de la corporación es el sufrido Hobbs (Michael Caine), al borde de la jubilación pero que no ha sido relevado de las más sufridas tareas de limpieza. Es justamente Hobbs quien concibe un plan para apropiarse de lo que en principio parece ser una minúscula cantidad de diamantes que sus jefes “nunca echarían de menos”, idea que expone a una Laura que está a punto de ser despedida, justo tras haber promovido una importantísima operación con los socios rusos de la compañía. Laura y Hobbs, una pareja insólita e imposible, deciden unir fuerzas justo cuando la Londinense acaba de reforzar su seguridad con un “sofisticado” entramado de cámaras de vigilancia…

Debo decir que, probablemente, el punto más débil de “Un Plan Brillante” es, paradójicamente, su máximo reclamo publicitario: el regreso de Demi Moore a la cabecera de una película. Moore tuvo un efímero reinado en las taquillas a principios de los años 90, concretamente desde que “Ghost” la hizo famosísima, pero su empeño en desnudarse en aquel bodrio titulado “Strip-Tease” hundió su carrera de modo casi irreparable. Ahora vuelve a intentarlo (ya lo había hecho con la segunda parte de “Los Angeles de Charlie”, donde encarnaba a la villana), pero parece que sus cambios metabólicos (¿dónde están aquellas redondeces que encandilaron a media Humanidad?) y sus poco exitosas operaciones de cirugía facial juegan en su contra. En “Un Plan Brillante” su personaje se supone que tiene 38 años, pero Moore aparenta 48 (en realidad, no veo ningún motivo para que no fuera esta última edad la que tuviera que tener), y se pasa todo el metraje profusamente maquillada, incluso cuando se halla tomándose un baño en su casa. Siendo un poco cruel, uno podría decir que resulta más creíble como octogenaria (el film se inicia en el presente, cuando el personaje de Demi Moore relata a una periodista la increíble historia de su vida) que como treintaañera. Todo lo dicho no implica que Moore haga un mal trabajo, pero sí es culpable de la nula química existente entre ella y Michael Caine y, posteriormente, entre su personaje y el del investigador de la compañía de seguros (Lambert Wilson). En lo referente a Michael Caine, se trata de uno de los escasos monstruos sagrados de la interpretación que aún continúan en activo, y los calificativos ya resultan repetitivos para catalogar cada una de sus interpretaciones, en papeles sólo secundarios por la extensión de los mismos en cuanto a minutos en pantalla.

Correcta, entretenida, excelentemente iluminada, lujosamente realizada y competentemente interpretada, “Un Plan Brillante” puede que no pase a la historia del cine pero, salvando algunos puntos inverosímiles de su guión, constituye una muestra nada desdeñable del buen hacer de los cineastas británicos.

Luis Campoy
Calificación: 8 (sobre 10)

jueves, 11 de octubre de 2007

Cine: mi comentario sobre "PROMESAS DEL ESTE"


Al igual que Peter Jackson o nuestro Pedro Almodóvar, el cineasta canadiense David Cronenberg ha experimentado una deslumbrante evolución en su estilo narrativo, que le ha llevado a sustituir la tosquedad de “Rabia” o “Cromosoma 3” (sus primeros trabajos) por la estilización y casi clasicismo de “Una historia de violencia” o esta “Promesas del Este”.

Animados por el considerable éxito crítico y de público de “Una historia de violencia”, Cronenberg y el actor Viggo Mortensen vuelven a colaborar en una película bastante distinta, en la que, éso sí, la violencia adquiere en ocasiones un alto grado de protagonismo. “Promesas del Este” bascula sobre tres personajes cuyas trayectorias se entrecruzan en el marco de los ghettos rusos de Londres. Una matrona (Naomi Watts) se hace cargo de una recién nacida cuya madre, una jovencísima prostituta rusa de 14 años, no sobrevivió al parto. Tratando de localizar a algún familiar de la niña partir de un diario que llevaba consigo la madre muerta, la enfermera se ve metida en mitad del ámbito de acción de la mafia rusa, concretamente en la organización liderada por un prestigioso restaurador (Armin Müeller-Stahl), a cuyo servicio trabaja un chófer (Viggo Mortensen) que esconde más de un secreto.

Sólo se me ocurren elogios para con esta espléndida película. Naturalmente, no se trata de un film para todos los públicos (como queda patente en su primera secuencia, que culmina con un salvaje asesinato en una barbería), y podríamos decir que David Cronenberg recoge, con maestría y elegancia, el testigo de los títulos más conocidos del subgénero de gangsters y mafiosos (con Coppola y Scorsese como grandes inspiradores). Me atrevería a decir que “Promesas del Este” contiene lo mejor de “El Padrino”, “Uno de los Nuestros” y “Camino a la Perdición”, y eso es mucho, mucho decir. De “El Padrino” toma la infraestructura de la familia de apariencia respetable bajo cuya apariencia subyace un complejo entramado de negocios sucios entre los que no falta el contrabando, la prostitución y la trata de blancas, todo ello bajo la rígida dirección de un “padrino” (“Papa” en este caso) capaz de helarte la sangre con una sola mirada sutilmente amenazadora. De “Uno de los nuestros” (en realidad, de todo el cine “mafioso” de Martin Scorsese) podemos ver reflejada la excelente caracterización de estos personajes, seres que se mueven al filo de la muy delgada línea que separa el Bien del Mal y que, tras su fachada de educación y benevolencia, esconden a una auténtica bestia capaz de cometer los actos más brutales y despiadados. En cuanto a “Camino a la Perdición”, se repite (al menos, aparentemente) la temática del capo que, descontento con la incompetencia de su hijo biológico (Vincent Cassell en este caso), opta por delegar su autoridad en un aventajado discípulo con quien no le unen vínculos de sangre.

Sangre hay bastante en “Promesas del Este”, pero localizada en tres escenas excelentemente visualizadas: el asesinato en la barbería, el ajuste de cuentas en el cementerio y, sobre todo, la soberbia pelea en la sauna, con un Viggo Mortensen que lo enseña absolutamente todo (michelines incluídos) y que, al igual que sucedía en “Alatriste”, compone de forma magistral un personaje complejo, ambiguo y totalmente alejado del Aragorn de “El Señor de los Anillos”. Viéndolo, con su pelo repeinado y sus movimientos volátiles y letales, me dí cuenta de lo buen James Bond que hubiera sido este hombre. Naomi Watts también está espléndida, a pesar de que su personaje poco a poco va dejando de ser el foco de atención, y Vincent Cassell resulta muy creíble en su papel de heredero casquivano al que le viene grande la herencia familiar, pero quien se lleva la palma es un sublime Armin Müeller-Stahl cuya mirada hace prácticamente innecesarios sus diálogos.

Dura, seca, sin concesiones, sin más muestras de humor que las estrictamente necesarias (o sea, más bien ninguna) y, por supuesto, sin caer en la trampa de la fácil historia de amor entre los personajes de Viggo Mortensen y Naomi Watts, que queda reducida a un leve y ambiguo beso final, “Promesas del Este”, aúna (cosa rara en estos tiempos) un guión modélico, una dirección precisa y contundente y unas interpretaciones inolvidables. “Promesas del Este”, más que una promesa, es una realidad, un auténtico regalo.

Luis Campoy
Calificación: 9 (sobre 10)

martes, 9 de octubre de 2007

Cine: mi comentario sobre "LA EXTRAÑA QUE HAY EN TI"


Todos los medios de comunicación se han puesto de acuerdo en reseñar que “La extraña que hay en ti” no es más que una puesta al día de “Yo soy la Justicia”, “El justiciero de la ciudad” y demás títulos protagonizados por Charles Bronson en los años 70 y 80 (sin mencionar exabruptos más recientes como “El Castigador”) . Yo no puedo negar que mi propia opinión concuerda mucho con esa teoría, porque es evidente que, nuevamente, nos hallamos ante una persona que, golpeada por la adversidad y el crimen, decide no esperar a que la Policía se haga cargo de su problema y opta por tomarse la justicia por su mano. Obviamente, lo más relevante de este nuevo proyecto es que el “justiciero” es ahora una “justiciera” y que la protagonista no es otra que Jodie Foster, doblemente ganadora del Oscar y una de las actrices/directoras más sólidas y consolidadas del Hollywood actual. Foster interpreta a Erica Bain, locutora de radio de tendencias liberales y que está a punto de casarse con su novio hindú. Una mala noche, sin embargo, sus destinos se entrecruzan con los de unos pandilleros que propinan una brutal paliza a los dos enamorados, de resultas de la cual el hombre fallece y Erica queda en coma. Al despertar, lo primero que hace es acudir a la comisaría de policía más próxima, pero la tediosa burocracia con la que se encuentra la conduce directamente a una armería, y de ahí a un lóbrego callejón donde, sin ninguna dificultad, logra hacerse con una pistola y una caja de balas.

Es cierto que la dirección de Neil Jordan es muy, muy competente, como en casi todos sus films (Jordan es autor de “Entrevista con el vampiro”, “En compañía de lobos” y “Juego de lágrimas”, entre otras), y que tanto él como su director de fotografía han trabajado mucho en la textura y composición de las imágenes, que se beneficia de un montaje no menos sobresaliente. También es verdad que la interpretación de Jodie Foster es tan buena como cabría esperar de esta mujer, cuyas últimas composiciones han sido lo mejor (o lo único bueno) de películas fallidas como “La habitación del pánico” o “Plan de vuelo: Desaparecida” (por cierto, se me encendieron las alarmas cuando ví el rostro de la Foster, surcado de arrugas prematuras que hace poco no estaban allí). Sin embargo, el resto del reparto no está a la altura, bien literariamente (Terrence Howard tiene una clase y una presencia indiscutibles, pero su papel de “poli bueno” no está bien perfilado) o bien a efectos de dirección, y es lamentable e imperdonable el desperdicio de la espléndida (y aún de muy buen ver) Mary Steenburgen, que encarna a la jefa de la emisora de radio. En realidad, es como si los papeles secundarios estuvieran premeditadamente desdibujados, a excepción del muerto, con lo cual se consigue el obvio efecto de que el espectador no tiene más remedio que conectar e identificarse con la aguerrida pistolera. Por otra parte, el guión en sí mismo, cuyo desarrollo se intuye clarísimamente desde el mismísimo inicio, cae en todos los tópicos habidos y por haber: la heroína es un ser cándido y bondadoso al que sólo la injusticia transforma en una máquina de matar; el policía negro tiene el alma blanca y es capaz de sacrificarse para impedir que la pobre mujer sufra todavía más; y los villanos son malos sin paliativos, con conductas injustificables y caretos de lo más desagradables. El peligrosísimo mensaje fascista de la película (si la Ley no te complace, cómprate un arma, preferiblemente sin licencia, y líate a pegar tiros a todo el que te ponga nervioso) parece amparar las habituales manifestaciones de violencia que de cuando en cuando asolan a los hijos del Tío Sam, por no hablar de su más bien ridículo final, toda una apología de la inconsecuencia y la impunidad, más propio de un cuento de hadas que de un thriller serio. Lo más extraño de “La extraña que hay en ti” es que una personalidad tan seria y concienciada como Jodie Foster haya accedido a protagonizarla.

Luis Campoy
Calificación: 6 (sobre 10)

jueves, 4 de octubre de 2007

El Plan Ibarretxe II




“Todos queremos más, y más, y más, y mucho más”. Este era el estribillo de una vieja canción, pero su mensaje continúa vigente y de plena actualidad. “Cuanto más se tiene, más se quiere” podría ser el complemento refranesco a la copla citada anteriormente, y es que está comprobado científica y empíricamente que los seres humanos se hacen adictos con facilidad a todo aquéllo que les depara placer, satisfacción o libertad, y de esta adicción se deriva la necesidad de ir incrementando exponencialmente las dosis de tan embrujadoras sustancias. En el ámbito político, las ambiciones independentistas de los pueblos podrían fácilmente equipararse a los anhelos de emancipación de los adolescentes que quieren volar solos del nido familiar. También en ambos casos podremos observar detalles comunes, sobe todo de índole económica: un muchacho sólo abandona definitivamente el hogar paterno cuando puede considerarse autónomo y autosuficiente desde el punto de vista dinerario. En tanto en cuanto llega ese momento, el mozo (o moza) en cuestión irá degustando paulatinamente pequeños avances, al principio poco o nada perceptibles, tendentes a reafirmar su progresión en el misterioso arte de vivir. Cuando Franco tuvo a bien abandonarnos hace ya 32 años, las identidades supranacionales de determinadas regiones cargadas de Historia comenzaron a salir a flote de modo nada tímido y casi agresivo para con el resto de territorios. De modo nada casual, aquéllos que tan sólo a escondidas se atrevían a definirse como “País Vasco” y “Paisós Catalans”, abogaron denodadamente por el derecho a obtener su propia autodeterminación, según ellos, ganada con la sangre de sus valerosos antepasados. Desde mi punto de vista, alguien que sólo es capaz de conseguir un fin político utilizando la violencia no tiene mucho de valeroso, pero es innegable que, mal que nos pese, parte de los avances en materia autonómica han sido consecuencia directa o indirecta de la actividad de ETA y de Terra Lliure. El caso no es especialmente novedoso, y existe el claro precedente de Irlanda del Norte y la banda terrorista IRA, que sembró de cadáveres las Islas Británicas y no paró hasta que los sucesivos residentes de Downing Street fueron accediendo a aceptar sus nada pacíficas demandas. Aquí, en nuestra piel de toro, no hay año que no tengamos que lidiar con el fantasma de un conflicto fraticida si no son escuchados quienes exigen separarse del Estado español. Como decía al principio, parece que no son suficientes los privilegios que vascos y catalanes han ido obteniendo (autogobierno, utilización arbitraria de su idioma en detrimento del castellano, libre disposición de una parte del caudal tributario), y, cuando no nos machacan con un Estatut, lo hacen con un plan soberanista que pretenden avalar con un referéndum popular. Lo de los referéndums debería estar mucho más claro de lo que está: se trata de una convocatoria a la que sólo tienen acceso el Gobierno y el Congreso de los Diputados, y quienes amenacen con utilizarla deberían ser sancionadas con todo el peso de la Ley. Claro que los dirigentes del PP no dieron con sus huesos en la cárcel cuando lo estipularon a raíz del Estatut catalán, así que difícilmente están cualificados para exigir ese destino para el señor Lehendakari. Ibarretxe no se rinde, y, a pesar de que su plan secesionista fue desestimado en 2005, ahora amenaza con que en 2008 los vascos y vascas podrán votar sobre su independencia, eso sí, de forma no vinculante. El “Plan Ibarretxe II” no debería llegar jamás de los jamases a buen puerto, pues las Cortes, el Senado y la mayoría de los partidos políticos no nacionalistas utilizarán todos los medios a su alcance para paralizarlo. Claro que la coacción no es la mejor manera de convencer a miles de vascos (y vascas) de que sus derechos no son ilimitados, máxime cuando, merced al idioma, se sienten claramente diferentes del resto del Estado. ¿Por qué razón son tan numerosos quienes, habiendo nacido en el seno de una comunidad autónoma, no quieren ser, asímismo, ciudadanos españoles? ¿Sólo por el peso de una Historia repleta de guerras, guerrillas, héroes y algún que otro villano? Desde luego, insisto en que el idioma es un elemento fundamental, que no sólo les distingue de los “otros” sino que impide que la mayoría de los “otros” les considere sus iguales. España está dividida, y no sólo por culpa de Ibarretxe y Carod-Rovira. Desde que tengo uso de razón, he oído comentarios despectivos (cuando no teñidos de odio) en contra de catalanes y vascos, y esa tendencia no hace sino exacerbarse cada día más. El otro día me decía un amigo que “yo, como soy tan liberal, estaría de acuerdo con el Referéndum de Ibarretxe”; pero se equivocaba. Estoy a favor de la libertad, de la pluralidad y del respeto a las minorías… pero dentro de un orden y dentro de la Constitución. Lo de que una parte de España se autodeclare, por su cuenta y riesgo, independiente del resto del Estado, me parece una barbaridad sin paliativos. Claro que, a una barbaridad así, no puede responderse con actitudes no menos bárbaras como un aplastamiento de carácter militar (¡cuánta gente estará pensando o habrá pensado en esta posibilidad…!). El Lehendakari demuestra un altísimo grado de irresponsabilidad dando cancha a las innumerables presiones de las fuerzas abertzales, a cuyo fuego separatista sólo cabe oponer el cortafuegos de la legalidad. Zapatero e Ibarretexe van a verse las caras dentro de pocos días, y el líder de aspecto vulcano (innegable su parecido con Leonard Nimoy, Mr. Spock en la serie “Star Trek”) parece convencido de que, tras la reunión, ni siquiera hará falta que un plebiscito refrende la independecia de Euskadi. Se equivoca. El diálogo es una poderosa herramienta para la comunicación, pero cuando uno juega a este juego tiene que ser lo bastante humilde como para asumir que puede ser su interlocutor quien resulte vencedor de la contienda dialéctica. Tampoco es que Zapatero me parezca la panacea de la locuacidad, pero, al menos, tiene de su parte algo que, si lo esgrime debidamente, contrarrestará la posible amenaza de los terroristas desairados: la fuerza de la legitimidad, el respaldo inquebrantable de la Constitución, que incluso los vascos (y los catalanes) deben acatar.