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lunes, 30 de octubre de 2006

Jugando con la Paz

Creo que ya he dicho, y más de una vez, que la poca confianza que aún conservaba depositaba en la persona de don José Luis Rodríguez Zapatero, actual presidente socialista del Gobierno de España, se fue diluyendo a lo largo de los cientos y cientos de despropósitos, ineptitudes y actitudes jactanciosas que tanto él como la mayoría de sus ministros han ido desgranando en los últimos tiempos. La verdad es que, en el fondo del fondo, no creo que sea una mala persona, sino alguien a quien el idealismo infantil le ha jugado una muy mala pasada, alguien a quien el trasfondo de sus utopías le importa más que la repercusión de sus actos y alguien que, definitivamente, no ha sabido rodearse del equipo ¿humano? adecuado.

La última muestra de todo ésto es su absurda, peligrosa y casi suicida persistencia en el proceso de paz que él mismo se ha ocupado de auspiciar y que, como ya hemos dicho en reiteradas ocasiones, tan sólo persigue canonizarle como “el hombre que venció al terrorismo”. Mas Zapatero pretende ignorar que la mayoría de los santos han llegado a los altares después de un dolorosísimo martirio, y parece ser que este señor se cree con derecho a hacer partícipes de ese martirio a toditos los españoles, sea cual sea su actitud con respecto al terrorismo, la Ley de partidos y la autodeterminación del pueblo vasco.

Aun a riesgo de repetirme hasta más que rebasada la saciedad, vuelvo a decir que yo, en ésto como en todo, soy partidario del diálogo y no de la pena de muerte, de la conversación y no de la horca y los fusilamientos. Pero para dialogar hay que estar en igualdad de condiciones, y Zapatero no quiere reconocer que la tregua ofrecida por ETA es, en sí misma, una bomba de relojería, una carta explosiva y una bomba lapa adherida al corazón de la democracia. Porque, si bien es cierto que los etarras hace muchas lunas que no han perpetrado sus habituales asesinatos, ¿acaso puede decirse que hayan cesado sus actos selectivos de la llamada kale borroka? ¿Se ha percatada alguien del Ejecutivo de que los encapuchados abertzales no han entregado las armas (como sí hicieron en su momento los miembros del IRA)? Y lo que me parece lo más grave de todo, ¿cómo entra en la cabeza de un político sentarse a negociar con alguien que se jacta de que no va a condenar la violencia?

La semana pasada, unos encapuchados robaron un auténtico arsenal de armas en un pueblo de Francia. Cuando se extendió el rumor de que el modus operandi del robo señalaba claramente a ETA, Zapatero debió sentir un retortijón de proporciones épicas. Sin embargo, y a pesar de que el Ministro del Interior se vio obligado a admitir que en esta ocasión no podían cargarle el muerto a los integristas islámicos sino a los desintegradores vascos, tan sólo se limitó a decir, críptica y veladamente, que el robo “tendría consecuencias”.

Esta mañana, en la Cadena SER, emisora que escucho, entre otras cosas, porque me gusta y porque me da la gana (sin ofender a nadie, of course), el Presidente ha dicho que “no encontraba razones para suspender el proceso de paz”, ya que “nos hallábamos en un momento histórico para terminar para siempre con el terrorismo”. Pues, señor mío, si ésta es la forma de acabar con el terrorismo, que venga Dios y lo vea. Esta burda caricatura de proceso de paz debió haber echado el telón hace mucho tiempo, cuando se supo que ciertos empresarios todavía seguían recibiendo cartas de extorsión en la que se les exigía el pago del “impuesto revolucionario”; cuando tuvimos conocimiento de que la kale borroka no había cesado sino que continuaba constituyendo el pan nuestro de cada día; y, sobre todo y por encima de todo, cuando cierto dirigente de Batasuna se puso una medalla al fardar de que ellos jamás condenarían la violencia.

Lo del robo de las armas es, por así decirlo, la guinda del pastel, el colofón del desencanto, el espejismo de la ilusión. Y, aunque odio decir ésto, me temo que esta vez Rajoy tiene razón al exigir al Gobierno que ponga punto final a la pantomima y regrese junto a ellos al famoso Pacto Antiterorista, que, por lo menos, causaba la sensación de que socialistas y populares, Ejecutivo y Oposición, eran capaces de luchar juntos por un bien común. Pero no. Ni siquiera ahora. Ni siquiera ante una prueba irrefutable de que continuamos siendo víctimas de ETA, esta vez no víctimas mortales sino rehenes de la credulidad y la inopia. Gracias, Zapatero, por dejar que tu pacifismo de andar por casa haya permitido que este “momento histórico” se convierta en un histórico desatino.

viernes, 27 de octubre de 2006

Cine: mi comentario sobre "LA DALIA NEGRA"

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Para quien ésto suscribe, “L.A. Confidential”, que dirigió el muy irregular Curtis Hanson en 1997, es, sin duda una de las últimas obras maestras que ha dado el Séptimo Arte. Independientemente de sus innegables valores artísticos y estéticos, todos ellos ensamblados a la perfección, una de las claves del resultado final de tan celebrada película fue su base literaria, inspirada en la novela homónima de James Ellroy.

Han pasado casi diez años y nuevamente una novela de Ellroy ha vuelto a ser llevada al cine, por un autor tanto o más irregular (Brian De Palma)… aunque con resultados bastante menos satisfactorios.

Con múltiples puntos en común con “L.A. Confidential”, a la que precedió en cuanto a fecha de publicación, “La Dalia Negra” cuenta nuevamente una historia cuyos protagonistas son policías, más o menos idealistas, más o menos corruptos, que no dudan en tomar bajo su protección a la rubia casquivana de turno, y tratan de desentrañar a su manera una compleja maraña llena de vasos comunicantes, con una trama central en este caso: el horrendamente violento asesinato y mutilación de una joven aspirante a actriz.

Que Brian De Palma ha filmado a lo largo de su carrera un puñado de buenas películas (“Fascinación”, “Carrie”, “Vestida para matar”, “Scarface / El precio del poder”, “Los Intocables de Eliot Ness” o “Atrapado por su pasado”) no voy a ser yo quien lo discuta, pero no olvidemos que también ha perpetrado mediocridades como “Doble cuerpo”, “Corazones de hierro”, “En el nombre de Caín” o “Femme Fatale”. Se trata, en suma, de un autor no del todo fiable, que en “La Dalia Negra” no ha andado nada, nada fino.

En primer lugar, el guión hace aguas por todos lados, consecuencia de la obligada condensación de las tropecientas páginas de la novela, de las que sin embargo se han mantenido casi todos los personajes secundarios, incluso los que son mencionados una vez y aparecen dos, por lo cual el espectador llega un momento en que no sabe de quién demonios le están hablando, y ni siquiera si tenía que ver con el caso central de la Dalia Negra o con cualquier otra de las historias que tan de pasada apenas quedan esbozadas. Por otra parte, hay algo en el tono estético de la película (fotografía, vestuarios y elementos de atrezzo y decoración) que resulta falso, artificial. La mayoría de los escenarios “cantan” a decorado, la iluminación casi nunca es la apropiada y los coches aparecen tan nuevos e impolutos que se nota que son piezas de museo prestadas para realizar un film de época.

Tampoco el elenco interpretativo está ni mucho menos brillante, aunque hay que convenir que la culpa no es íntegramente suya. La elección de Josh Hartnett suele ser equivocada para cualquier película (¿se nota que el chico no es santo de mi devoción?), pero es que aquí tiene que llevar a cabo un papel de “duro”, de los que años atrás hubiera encarnado magistralmente John Garfield, y Hartnett parece tan imberbe e inmaduro que no hay quien se lo crea. Scarlett Johansson, tal vez la “novia” del Hollywood actual, es indiscutiblemente bella y reúne una carnosa cantidad de atributos físicos… pero de ahí a que sea la actriz indicada para un personaje supuestamente torturado por los remordimientos, media un abismo que sólo hubieran salvado ilustres predecesoras como, sin ir más lejos, Lana Turner (aunque Kim Basinger tampoco lo hacía nada mal en “L.A. Confidential”). Hillary Swank, ganadora de dos Oscars (ambos, por cierto, por películas cuyo título original no se tradujo al español: “Boys Don’t Cry” y “Million Dollar Baby”) sabe perfectamente cómo actuar, pero cuando trata de aparecer no sólo bella sino turbadora, hay algo que no funciona… cómo aquí sucede. Generalizando, pienso que todos los actores que se pasean por “La Dalia Negra” están mal y desganadamente dirigidos, como, por otra parte, ha ocurrido en algunas otras de las películas menos ilustres de De Palma, director que donde mejor funciona es a la hora de encuadrar, planificar e imaginar portentosos travellings… descuidando las indicaciones y motivación que los intérpretes necesitan. Tan sólo haría dos únicas excepciones: Aaron Eckhart, que siempre está estupendo, y la frágil Mia Kirschner, que presta su físico a la infortunada Dalia Negra, denominación sacada de una añeja película de Alan Ladd que se titulaba “La Dalia Azul”.

Decepción. Así califico a esta película, que ni alcanza el interés y tensión de la novela en que se basa, ni resulta inteligible ni mucho menos entretenida, con demasiadas lagunas en su ritmo. Entre los momentos de bajón y lo difícil que es no perderse en el laberinto de nombres propios, entre lo mal que están la mayoría de los actores y lo risibles que resultan algunos de sus momentos clave, lo único que uno puede hacer es concentrarse en la irreprochable pericia técnica de su director… lo cual no sirve de consuelo a casi nadie.

Calificación: 5 (sobre 10)

Luis Campoy

martes, 24 de octubre de 2006

Fútbol: Madrid, 2 – Barcelona, 0

Una vez más, el clásico entre los clásicos: Real Madrid y F.C. Barcelona se enfrentaron reeditando una ancestral rivalidad que va mucho más allá de lo simplemente deportivo. No es sólo el contraste entre el blanco impoluto y el blaugrana de rayas de ancho cambiante; mucho más que éso, se trata de la eterna competitividad entre el centralismo y la descentralización, entre el Estado único y el modelo pseudo-independentista… entre la “opresión” del idioma único y la “libertad” de la lengua vernácula alternativa. Como todos los años, la sociedad española se dividió entre quienes apoyan a uno y a otro club, aunque, también como siempre, el hecho deportivo está tan politizado y tan enrarecido que muchas, demasiadas personas, tan sólo esperan contemplar cómo el Barça muerde el polvo, y ello debido a que (supuesta y teóricamente) simboliza el espíritu de la Cataluña que no quiere pertenecer a España, agravio para el cual se erige el Madrid como legítimo vengador.

Yo, más de una vez lo he dicho, simpatizo con el Barcelona. Desde los tiempos del mítico Johan Cruyff (el jugador, no tan siquiera el entrenador), ha sido el equipo de mis amores y de mis ilusiones, de mis satisfacciones y de mis frustraciones. Y no hablo catalán ni tampoco soy partidario de la independencia a cualquier precio. Es tan sólo una cuestión de amor propio, de fidelidad a unos colores, incluso (casi siempre) a un cierto estilo de juego. Creo que se equivocan quienes piensan que todos los culés somos “catalanistas” y “antiespañoles”, como también se equivocan los dirigentes barcelonistas que se empeñan en que ser del Barça te obliga poco más o menos que a cantar cada mañana Els Segadors. Lo mío, en resumen, es puro entretenimiento, puro deporte… para bien o para mal.

El domingo, como de costumbre, todos los bares de Lorca estaban atestados de gente que pretendía disfrutar un espectáculo futbolístico de primer orden, y no me extrañó que tan sólo pudiera conseguir un pequeño lugarcito en la barra (y de pie); era lo previsible. Lo que sí me sorprendió fue la inusitada afluencia de ciudadanos marroquíes (o sea, moros, dicho con todos mis respetos), que se apiñaron, los siete u ocho que eran, en el extremo izquierdo del establecimiento. También detecté la presencia de algunos latinos, presumiblemente ecuatorianos, pero no había más de tres. El resto, españolitos de a pie (más concretamente, tropecientos varones y sólo dos mujeres), que, a juzgar por cómo aullaban, vibraban, jaleaban y palmeaban cuando el equipo de Fabio Capello acorralaba al de Frank Rijkaard, no eran precisamente catalanistas, así que mi sagacidad felina y mi instinto animal me sugirieron mantenerme en respetuoso silencio en los momentos en que los chicos de azul y grana trataban de sacar de sus casillas al portero madridista.

En cuanto a lo estrictamente futbolístico, mejor abrevio para no cansaros con la longitud de este artículo. Algo le sucede a este Barça, a pesar de que es prácticamente el mismo equipo de la temporada pasada. La ausencia de Eto’o pesa como una losa, éso es innegable, pero ya, antes de que el camerunés se lesionara, la maquinaria de relojería engrasada por Rijkaard comenzaba a chirriar. El pésimo estado de forma de Ronaldinho tampoco ayuda, como tampoco su carencia de ilusión; su inmensa dentadura no refulge como antaño. Tampoco Deco o Xavi están al mismo nivel, el nórdico Gudjohnssen está reñido con el gol y sólo Messi es capaz de echarse el equipo a las espaldas. Lo mismo que, por cierto, sí hizo el amigo Raúl en el lado contrario del campo, a pesar de que muchos le consideraban (considerábamos) poco menos que acabado. Me alegro por él. En el fondo, es buen chaval. Muy en el fondo. No, en serio, el Madrid superó obvia y ostensiblemente al Barcelona… pero, por si alguien no había reparado en este pequeño detalle, procede tener presente que los azulgrana siguen líderes y los blancos todavía son cuartos. Un partido se pierde mucho antes que una Liga… y muchísimo antes que la esperanza.

viernes, 20 de octubre de 2006

Cine: mi comentario sobre "EL LABERINTO DEL FAUNO"

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Creo que es hora de decirlo: este año 2006 debería pasar a la Historia del cine español por la constatación de que es cierto el refrán que reza “Querer es poder”. Es decir, dos de las últimas películas españolas estrenadas, “Alatriste” y “El laberinto del Fauno”, suponen sendos intentos, saldados ambos con sendos triunfos, de realizar en nuestro país lo que se llama “cine de género”, esto es, películas no sólo circunscritas al territorio del drama o la comedia, en los que somos tan expertos (en parte porque suelen requerir presupuestos menos cuantiosos), sino también al terreno épico-histórico y el fantástico.

Desde las primeras imágenes, queda claro que “El laberinto del Fauno” no es la película española al uso. No sé si intencionadamente o no, su director recupera la atmósfera rural pero fantasmagórica de títulos emblemáticos como “El espíritu de la colmena” o “La lengua de las mariposas”, sólo que llevando mucho allá más el tono onírico de los mejores momentos de ambas. De hecho, en “El laberinto del Fauno” se patentiza la coexistencia de dos dimensiones superpuestas, complementarias y contrapuestas, una de ellas el mundo de lo real y la otra el reino de lo fantástico.

España, 1944, durante los años posteriores a una Guerra Civil que parece no haber terminado del todo. La pequeña Ofelia, a punto de entrar en la adolescencia, viaja con su madre embarazada para encontrarse con su nuevo padre (padrastro), un sádico capitán de la Policía Armada que en algún lugar del Norte de España tiene a su cargo un pequeño destacamento cuya misión es perseguir y exterminar a cuantos maquis se encuentre a su paso. A punto de salir de la edad en la que todavía lo fantástico puede confundirse con lo real, Ofelia ahoga sus soledades en la lectura de cuentos de hadas, y en el bosque encuentra una libélula que ante sus ojos asombrados se transforma precisamente en un hada, la cual la conduce a un universo mágico en la que un singular fauno (criatura de la mitología silvestre cuyo aspecto recuerda al de un carnero humanizado) le revela que ella misma es la heredera de aquel reino, a pesar de que sus años en el mundo real le hayan hecho olvidar sus orígenes…

Famoso desde que su película “Cronos”, una puesta al día del tema clásico del vampirismo, le hiciera acreedor de numerosos premios internacionales, el director mexicano Guillermo del Toro emprendió una carrera internacional que, con mayor o menor éxito, le permitió poner en escena otras propuestas más o menos fantásticas como “Mimic”, “Blade 2” y “Hellboy” (que rodó en Estados Unidos) o “El espinazo del diablo”, que le produjo Pedro Almodóvar y también transcurría en plena Guerra Civil española. Parece, por tanto, que este escenario de contienda fratricida es idóneo para que Del Toro encuadre su habitual mezcla de géneros, ya que, para que lo fantástico resulte poco menos que creíble, es necesario encontrar un terreno en el que la dura realidad esté abonada para que arraiguen fehacientemente la magia y la evasión.

Como dije al principio, durante toda la proyección de “El laberinto del Fauno” tuve la sensación de que no estaba viendo una película española, por mucho que el escenario y algunos personajes fueran perfectamente reconocibles. Ello se debe a la total libertad creativa de la que ha gozado Del Toro, que aquí no sólo figura como director, sino también como guionista e incluso como productor. La ambientación, la fotografía, la música, los maquillajes, los efectos visuales e incluso los movimientos de cámara se notan más trabajados y mejor acabados de lo que solemos encontrar por estos pagos, lo cual no hace sino corroborar mi planteamiento inicial acerca de que “cuando queremos, podemos” (la mayoría del equipo técnico de la película es español).

Por lo que respecta al trabajo de los actores, un nombre sobresale por encima de todos los demás: Sergi López. El actor catalán, que hasta hace bien poco tiempo era tan sólo conocido por haber cimentado su carrera en la cinematografía francesa, hace un auténtico papelón dando vida a ese militar estricto, violento e inhumano cuyo único punto débil es la perdurabilidad, la herencia, la descendencia. No sé si a estas alturas molestará a alguien que el malo más malo de todos los malos del último cine español sea un oficial del ejército nacional que no deja de jactarse de lo bien que se vive en la España de Franco, pero lo cierto es que él no tiene la culpa del estereotipo argumental y, sin embargo, su espeluznante interpretación hace creíble y humano a un monstruo digno del más tétrico de los cuentos de hadas. Junto a él, una sorpresa y una (nueva) decepción. Maribel Verdú, a años luz de sus tiempos de lozanía y glamour (¿cómo puede haberse ajado así, y en tan poco tiempo, la que fue una de las mujeres más hermosas y sensuales de nuestro cine?), se convierte, como más de uno ha dicho, en la Lola Gaos de nuestros días (aunque a mí, personalmente, me recuerda más a Terele Pávez), y su criada Mercedes, que desempeña el papel equivalente al del fauno a efectos de guía y mentora de Ofelia en el mundo real, convence y conmueve desde su primera aparición. Por el contrario, Ariadna Gil, permanentemente esclava de su rictus de “tengo los labios más rosados y carnosos de España”, está peor aún de lo que la encontré en “Alatriste”, y necesita urgentemente un director que doblegue esa actitud de estrella que tampoco tiene motivos para ejercer. La joven Ivana Baquero está bastante bien en su papel de Ofelia, y su composición sigue coherentemente la estela de la Ana Torrent de “El espíritu de la colmena” y, sobre todo, “Cría Cuervos”. Reseñar, asímismo, las aportaciones de Alex Angulo (actor limitado a un registro exiguo pero que, sorprendentemente, siempre está correcto), Doug Jones (el intérprete norteamericano que presta su físico tanto al Fauno como al Hombre Pálido, que tiene a su cargo uno de los momentos más terroríficos de la película) y un Federico Luppi que está poco menos que ridículo en su cameo en la escena final del film.

Mientras me quedaba boquiabierto durante la primera media hora de “El laberinto del Fauno”, pensaba “por fin puedo otorgar un sobresaliente a una película española”, y si no lo hago es tan sólo porque un rato después noté un ostensible bajón de ritmo del que, afortunadamente, Guillermo del Toro sabe reponerse en el tramo final de la que es, muy probablemente, su mejor película hasta la fecha, una obra raramente equilibrada en la que lo fantástico está tan bien narrado como lo real… o viceversa.

Calificación: 8,75 (sobre 10)

Luis Campoy

martes, 17 de octubre de 2006

Cine: Mi comentario sobre "SERPIENTES EN EL AVION"

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Ocurrió hace unos pocos años con “The Blair Witch Project” (“El Proyecto de la Bruja de Blair”) y ahora ha vuelto a suceder: una pequeña película que muy probablemente habría pasado (justamente) desapercibida adquiere un insólito relieve mediático merced a la red de redes: internet. Esta clase de fenómenos tienen tan difícil justificación que casi es mejor apenas esbozar su origen. A alguien se le ocurre un argumento “brillante” (¿?) para una película: un avión en pleno vuelo asediado por una marabunta de serpientes, y decide colgar la historia en internet. Poco a poco, miles de avispados internautas sin nada mejor que hacer comienzan a visitar la página web en la que está colgado el primer borrador del guión, y deciden “enriquecerlo” con sus comentarios y ocurrencias personales. Los directivos del estudio comienzan a frotarse las manos al pensar que tan jugosa respuesta popular va a llevar aparejado un apoteósico éxito en taquilla cuando finalmente el film se estrene, y deciden tirar la casa por la ventana y contratar a una estrella de serie “A” (Samuel L. Jackson) para protagonizar una película que, por su naturaleza técnica, estética y argumental, nunca debió haber pasado de la serie “B”… cuando no de la “Z”.

Poco, muy poco puedo deciros sobre “Serpientes en el avión”, y es porque, en justicia, muy poquito hay para contar. El argumento, apenas esbozado, tiene que ver con un muchacho que presencia un asesinato perpetrado por la mafia hawaiana, del cual se convierte en único testigo. Inmediatamente, un aguerrido policía de vuelta de todo (Samuel L. Jackson) se convierte en su mentor y protector, y viajará con él a los Estados Unidos en un dramático vuelo en el que los mafiosos deciden eliminar a las bravas tanto al testigo protegido como a cualquier ser humano a bordo del avión, introduciendo una patulea de serpientes venenosas cuya agresividad ha sido incrementada bioquímicamente….

Cuando uno ve esta película (yo lo hice en compañía de mi hijo), tarda apenas un minuto y un par de planos en darse cuenta de su deficiente caligrafía cinematográfica, de lo previsible de sus diálogos, de la vulgaridad de sus personajes, de sus nulas ambiciones creativas. O te la tomas completamente a cachondeo y tratas de reirte de ella, o te dan ganas de levantarte y largarte sin acabar la proyección. Así que éso fue lo que mi hijo y yo hicimos: reirnos de las decenas de tonterías que nutren su ¿guión?, carcajearnos de sus gags previsibles que a buen seguro constituyeron la aportación más afortunada de los internautas. Por ejemplo, esa escena en la que una pareja de enamorados cede a la pasión aérea y se encierra en el lavabo del avión, sólo para ser atacados por una serpiente que, cómo no, va directa a morder la enorme y redondísima teta siliconada de la mujer. O como cuando otro infortunado pasajero acude al aseo y, mientras está miccionando, otro de los reptiles le muerde en… la cuca (así lo vaticinó mi hijo, y así ocurrió, y no sabéis cómo nos reimos).

En fin, me niego a perder más tiempo y a hacéroslo perder a vosotros. “Serpientes en el avión” es mala y no trata de disimularlo, aunque, en honor a la verdad, hay que concederle no uno sino tres méritos: sus efectos digitales están correctamente resueltos, la segunda mitad de la película prácticamente no concede un momento de respiro y, sobre todo, es corta, con lo cual la vergüenza ajena se pasa en seguida. Aún no sé qué pinta un actor mayúsculo como Samuel L. Jackso a bordo de un proyecto como éste, pero seguro que el simpático negrito aún está frotándose las manos tras haberse gastado el jugoso cheque que cobró a cambio de no hacer prácticamente nada.

Calificación: 4 (sobre 10)

Luis Campoy

lunes, 16 de octubre de 2006

Cuando sufragar puede ser casi como suicidarse

Ya os he contado alguna vez que mi pareja es de nacionalidad ecuatoriana… mal que les pese a quienes piensan que todas las mujeres de ese país latinoamericano han aterrizado en España con el único propósito de dejarse seducir por un español crédulo y confiado del cual se quedarán convenientemente embarazadas, y al que, una vez regularizada su situación merced a su “inesperada” maternidad, engañarán con otro u otros para finalmente desposeerle de todos sus bienes.

En fin, el caso es que, como muchos habréis oído en diferentes medios de comunicación, ayer domingo se celebraron las elecciones presidenciales de Ecuador, y miles y miles de ecuatorianos residentes en España tuvieron no sólo el ferviente deseo… sino la acuciante necesidad de “sufragar” (palabro con el que ellos denominan, muy floridamente, al hecho de votar). Y digo lo de “necesidad” porque para ellos no ejercer su derecho al voto (perdón, sufragio) podía tener consecuencias bastante desagradables: una multa económica (se rumoreó que de 300 euros… aunque ahora el señor Cónsul dice que tan sólo es de 8) y, sobre todo, una serie de impedimentos burocráticos a la hora de tramitar pasaportes y visados para viajar de regreso a su país. O sea, las autoridades (supuestamente) responsables y competentes sabían perfectamente que la afluencia de inmigrantes iba a ser numerosísima… y aun así se les ocurrió la brillante idea de congregar a todos los ecuatorianos residentes en las provincias de Murcia, Almería y Alicante en un solo lugar de votación, uno solo, y únicamente hasta las cinco de la tarde.

Tratando de evitar los inevitables problemas que podíamos tener que afrontar, mi pareja y yo decidimos madrugar ese domingo muchísimo más que los otros días de la semana, y a las cinco de la mañana ya estábamos en pie, arribando a las proximidades del improvisado colegio electoral (el antiguo recinto de la FICA, en una zona de Murcia en permanente proceso de expansión y mejora de infraestructuras) alrededor de las siete. Pero de nada nos sirvió haber corrido tanto: al parecer, las primeras colas (sí, colas, en plural) se empezaron a formar a las 2 de la madrugada, y a las siete ya existía tal aglomeración humana que no pasó mucho tiempo hasta que se olvidaron todas las leyes de educación y urbanidad, y aquellos que iban llegando, ya con un caluroso sol refulgiendo en el firmamento, pasaban olímpicamente de ponerse en fila india y se colocaban directamente en cabeza de carrera, con la consiguiente protesta de sus indignados compatriotas, quienes, por otra parte, poco más podían hacer además de expresar ruidosamente su queja. Así comenzaron las primeras reyertas, que la policía española no supo atajar a tiempo.

Casi sin darnos cuenta, ya no estábamos en una fila integrada por ciudadanos civilizados deseosos de cumplir con su derecho y deber, sino en una marea humana de proporciones escalofriantes en la que una persona es tan sólo una ola insignificante que se siente horriblemente zarandeada… pisoteada… humillada. Como he dicho antes, a alguien se le ocurrió que treinta mil personas tuvieran que acudir a un mismo sitio un mismo día y durante muchas menos horas de las que hubieran sido necesarias. Sin embargo, nadie puso los medios para evitar lo que sucedió. Sí, había policías (tal vez uno por cada dos mil votantes) y también pudieron verse algunas ambulancias… pero a mi alrededor se desmayaron dos mujeres y era materialmente imposible que pudieran recibir ayuda médica inmediata, porque ni ellas podían llegar hasta los sanitarios ni éstos abrirse camino hasta llegar hacia ellas.

No sé si alguno de vosotros os habréis visto inmersos en una situación como la que os describo, pero creedme que no es nada agradable. No sólo te ves reducido a un guiñapo, una especie de despojo humano al que otros estrujan y zarandean, sino que la presión física que se va estrechando a tu alrededor acaba por hacerte temer por tu seguridad y por la de aquellos seres queridos que te acompañan. El calor empezaba a resultar asfixiante, los desmayos y lipotimias se sucedían sin cesar (treinta personas tuvieron que ser ingresadas en diversos hospitales de Murcia) y uno no podía dejar de empezar a tener miedo. Miedo de ser literalmente aplastado, contra las personas que en vano trataban de resistirse a la salvaje presión, o contra los enormes troncos de las palmeras que adornaban el recinto.

¿Quién fue el responsable último de tamaño desaguisado? No es fácil imputar todas las responsabilidades, porque, si bien es cierto que las medidas de seguridad (las vallas de protección no fueron instaladas hasta que saltaron las primeras alarmas y los agentes destinados tenían haber sido infinitamente más numerosos) fueron escasas y (¿por qué no decirlo?) tercermundistas, también es verdad que yo, por ejemplo, no empujé a nadie por mucha prisa que tenía en escapar de aquel infierno, y, sin embargo, yo sí fui empujado por gente con muchos menos escrúpulos y mucha menos paciencia y educación. Pero no nos equivoquemos como quienes reflejan en un determinado colectivo de inmigrantes una serie de prejuicios que deberían avergonzarse de exteriorizar: la inmensa mayoría de los ecuatorianos son personas excelentes, tanto o más nobles, pacientes y educadas que nosotros los españoles, y pretender acusarles de incivilizados o violentos sería un error que yo, por supuesto, no voy a cometer.

Era casi la una del mediodía cuando por fin pudimos abandonar el recinto electoral (miles y miles de ecuatorianos fueron bastante menos afortunados que nosotros, ya que al cerrarse las urnas a las cinco de la tarde todavía no habían podido llegar hasta ellas), y puede decirse que salimos casi bien parados, pues sólo sufrimos algunos moratones en los brazos, algunas contusiones en las costillas, la pérdida de un periódico y el desgarro de una camisa, pero no en todo momento fui optimista respecto a la resolución de aquel despropósito. Como he dicho antes, al menos dos mujeres se desmayaron cerca de donde yo estaba, y algunas otras sufrieron humillaciones de otra índole cuando, al igual que otros compatriotas, trataron de trepar por la reja que teóricamente debía impedir su acceso, y en el intento, sus faldas se levantaron y quedaron al descubierto algunas de sus vergüenzas.

Pero a quien debería darle vergüenza el bochornoso espectáculo que bordeó la tragedia irreparable es a quienes fueron culpables de tamaña desorganización, desde el mismísimo cónsul de Ecuador, Patricio Garcés, hasta los burócratas al frente del Ayuntamiento de Murcia, la Delegación del Gobierno, la Policía Nacional, la Policía Local e incluso la Cruz Roja, pues todos ellos hicieron muchísimo menos de lo que lógica, logística y humanamente deberían haber hecho.

Por cierto, por si a alguien le interesa, os diré que, una vez escrutados los primeros resultados electorales, parece que hay un empate técnico entre dos candidatos a presidente, el millonario derechista Alvaro Noboa y su máximo rival, un Rafael Correa con el que Ecuador podría integrarse en el mismo circo en el que militan el venezolano Hugo Chávez, el boliviano Evo Morales o el cubano Fidel Castro, con quienes parece tener lazos de amistad, sobre todo con el primero de ellos. En otras palabras, para que se produzca el desempate, habrá una segunda vuelta, posiblemente el próximo domingo veintiséis de noviembre, fecha que ya estoy empezando a temer… pero que es lo bastante tardía como para que alguien dispuesto a aprender de sus propios errores tenga la obligada voluntad de de corregirlos.

miércoles, 11 de octubre de 2006

Bono & Aragonés


Unidos por los avatares de la actualidad, los nombres de José Bono y Luis Aragonés se enlazan en mi mente para escribir este pequeño artículo en el que pretendo ejemplarizar sobre lo diferentes que pueden resultar las personas en función de sus decisiones y sus elecciones.

Por un lado, el político, tenemos a José Bono, para mí el más carismático de los miembros del primer gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Famoso por su patriotismo y su religiosidad (tal vez impropias de un hombre de izquierdas… ¿o no tanto?), Bono dimitió poco antes de aprobarse el polémico Estatut de Cataluña, alegando motivos personales y familiares, si bien todo el mundo pensó que en realidad se marchaba porque sus discrepancias con la política de su propio partido eran tan insalvables que sólo su retirada podría preservar su honorabilidad. Pues bien, seis meses después, a Zapatero se le ha ocurrido la sensacional idea de proponerle un regreso a bombo y platillo para hacerse cargo de la Alcaldía de Madrid, de la cual en teoría es complicado descabalgar a Alberto Ruiz Gallardón, para mí (y supongo que para muchos otros) la personalidad más brillante de la galaxia del Partido Popular. Bono primero adelantó que su respuesta iba a ser una negativa sin paliativos, aunque al cabo de unos días se dejaba querer e insinuaba que “a nadie le amarga un dulce”, aunque su (pen)último vaivén le ha escorado, parece que definitivamente, hacia el más rotundo “no”. O sea, le ha dado a Zapatero la espalda y no el espaldarazo. Y a mí me parece lógico y consecuente, al fin y al cabo Bono afirmó que colgaba las botas (y las medallas) del ministerio para dedicarse a la vida familiar y contemplativa.

De uno que no quiere volver… a uno que no quiere irse. Lo de Luis Aragonés al frente de la Selección absoluta de fútbol es ya casi surrealisra, tanto como lo fue anteriormente con Iñaki Sáez o el propio Javier Clemente. ¿Qué razón argumenta Aragonés para aferrarse a un cargo en el que ha fracasado estrepitosamente? ¿Que aún tiene confianza en su proyecto futbolístico? Por amor de Dios, ¿qué proyecto? Los propios jugadores lo dicen a escondidas: la Selección es un caos y les falta verdadera motivación. En el fondo, tampoco la culpa es enteramente del llamado “Sabio de Hortaleza”. En primer lugar, ya va siendo hora de que termine el ciclo de quien le nombró y le mantiene en el cargo, un Angel María Villar cuyo mandato dura demasiado y será recordado no precisamente por los éxitos deportivos y sí por la frustración y la dudosa claridad de su financiación. Pero no nos olvidemos de los jugadores. Tal vez sea por lo poco que significa ya el color de una bandera o el nombre de una patria, pero los mismos hombres que por el club que tanto y tan bien les paga se dejan la piel los domingos en el campo, cuando llegan a la Selección parecen repentinamente vacíos de ilusión, de ganas, de moral. Y ni siquiera las “vacaciones forzosas” a las que se ha sometido al madridista Raúl han solucionado o paliado el problema.

Tachadme si lo deseáis de derrotista o incluso de antiespañol, pero, sinceramente, me gustaría que esta noche la Selección de Argentina vapuleara de lo lindo a la nuestra, a ver si así el Sabio de Hortaleza colgaba sus casi septuagenarias botas y se dedicaba, por ejemplo, al cultivo de las… hortalizas (perdonad el chiste fácil, no he podido resistirme). Y si, con él, se va también el amigo Villar y unos cuantos de los “ilustres” seleccionados españoles, mejor que mejor. (Y muchas suerte y mucho cuidado para Miguel Angel Lotina, que parece va camino de ser el próximo en encargarse de seleccionar y aleccionar a “la Roja”).