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martes, 8 de agosto de 2006

Clásicos de mi vida: "GREASE"

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Hace unos días tuve la ocasión de ver “Grease” por enésima vez, ahora en formato DVD, gracias a una reciente edición que ha respetado el formato panorámico original, además de realzar su banda sonora con una remasterización en Dolby 5.1. Lo cierto es que, mientras la veía, me apeteció iniciar con esta “vieja” película una serie de comentarios que espero continuar más adelante, acerca de ciertos films cuyos méritos propios y su repercusión popular, vistos a través de la perspectiva que dan los años, los ha convertido en los “CLASICOS DE MI VIDA”.

Es sabido que, cuando una obra teatral triunfa de forma espectacular, no pasa mucho tiempo hasta que se convierte en película. “Grease” no fue una excepción. El musical creado por Jim Jacobs y Warren Casey había arrasado allá por donde había pasado, gracias a su visión agridulce pero básicamente optimista de la juventud norteamericana de los últimos años cincuenta y primeros sesenta, narrada con romanticismo y un jocoso sentido del humor y aderezada con pegadizas melodías y acrobáticas coreografías.

El productor Robert Stigwood fue el alma mater de la traslación de “Grease” (1978) al cine, en una época en la que los musicales al viejo estilo eran poco menos que piezas de museo, si bien el éxito de “Fiebre del Sábado Noche” (1977), también producida por Stigwood, había demostrado a los ejecutivos de Paramount Pictures que una película provista de una banda sonora potente y, sobre todo, comercial, podía constituir un reclamo irrenunciable para el gran público. Por otra parte, la estrella masculina del film citado anteriormente, el joven italoamericano John Travolta, necesitaba de un nuevo papel de similares características para consolidar su prometedora trayectoria, y, por si fuera poco, el director inicialmente asignado al proyecto, Randal Kleiser, ya había trabajado con él en el telefilm “El chico de la burbuja de plástico”. Cuatro eran, pues, los factores de cuya combinación dependería el éxito de la aventura: un argumento humorístico sin dejar de ser romántico, un productor experimentado y visionario, una estrella en alza y, sobre todo, unas canciones pegadizas (que, no obstante, fueron convenientemente reforzadas con algunos temas adicionales).

Durante las vacaciones de verano, los jóvenes Danny Zuko y Sandy Olson se enamoran al compás de las olas que son testigos de sus tímidos besos en la playa, aunque son conscientes de que su romance no va a tener continuidad, ya que ella es australiana y tiene que regresar a su país. Un nuevo curso comienza en el Instituto Rydell, paradigma de la mediocridad de la educación norteamericana, y, como siempre, las pandillas juveniles campan a sus anchas sin control alguno. Los Thunderbirds, liderados precisamente por Danny y su fiel lugarteniente Kenickie, son groseros, obscenos, se pasan el día peinándose con brillantina y sólo piensan en ligar. Su contrapartida femenina, las Damas Rosas, tiene a su líder en la cínica y descarada Rizzo, algo más que una amiga en el pasado tanto para Kenickie como para el mismo Danny Zuko. Este último se lleva la sorpresa de su vida cuando descubre que la ingenua Sandy finalmente no ha regresado al hemisferio austral, sino que se ha matriculado en el mismo Rydell y ha sido inmediatamente reclutada por las Damas Rosas. Obligado por su reputación de chulo y hortera, Danny no tiene más remedio que contonearse y pavonearse ante una sorprendida y desolada Sandy, que no ve en él al muchacho cariñoso y educado que la cortejó en la playa, y, asímismo, ante una complacida Rizzo, deseosa de vengarse de Danny por alguna deuda amorosa nunca saldada del todo. Sandy llora amargamente su decepción, pero no tarda en buscar consuelo en otro muchacho, un apuesto miembro del equipo de rugby del instituto, tan guapo como soso y alelado. Paralelamente, Kenickie ha comprado un viejo coche con el que trata de impresionar a Rizzo, y convence a Danny y los otros muchachos para que le ayuden a repararlo con el fin de competir en una carrera ilegal que se celebrará en la acequia del canal. El instituto Rydell ha sido seleccionado para ser la sede del “National Bandstand”, un concurso de baile televisivo de ámbito nacional, y ello provoca una especie de histeria colectiva en toda la comunidad estudiantil. Poco antes del baile, y tras varias experiencias frustradas para destacar en alguna especialidad deportiva, Danny consigue hacer las paces con Sandy y le propone que sea su pareja en el certamen. El día del concurso, Danny y Sandy consiguen llegar hasta la final, pero a última hora Sandy es sustituída, en contra de su voluntad, por una tempestuosa latina que mantiene una relación con el líder de los Escorpiones, la pandilla rival de los Thunderbirds, quien va a ser precisamente quien compita con Kenickie en la carrera automovilística. A pesar de todo, Danny se proclama ganador del concurso, y en el autocine intenta congraciarse con Sandy, con tan mala fortuna que acaba propasándose y ella le deja con tres palmos de narices. Al mismo tiempo, Rizzo comienza a sospechar que puede haberse quedado embarazada de Kenickie, y enseguida se convierte en objeto de la rumorología de todo Rydell. Se acerca el final del curso y, con él, la esperada carrera que enfrentará a Kenickie y al jefe de los Esscorpiones; mas un inoportuno accidente deja a Kenickie fuera de juego y Danny se ve obligado a correr en su lugar… ganando la carrera. Sandy, espectadora silenciosa de la prueba, comprende que Danny está demasiado vinculado a su entorno y su personalidad, y que tiene que ser ella quien finalmente cambie para adecuarse a él. El día de la graduación, en mitad de los festejos que culminan el curso escolar, una casi irreconocible Sandy Olson, terriblemente sexy y embutida en un ajustadísimo traje de cuero negro, deslumbra a Danny (y a todo el personal), al tiempo que Rizzo le dice a Kenickie que finalmente no está embarazada y éste le pide que se case con él. El curso se acaba en Rydell, pero lo importante es que, pase lo que pase, la amistad no se termine y todos sigan (emocionalmente) juntos…….

Muy poco se cambió del libreto de la obra original de Jacobs y Casey, aunque, paradójicamente, algunos de los números musicales que más famosos se hicieron fueron escritos expresamente para la película. Es el caso del tema principal, “Grease”, que fue compuesto por Barry Gibb, líder de los Bee Gees (en la cresta de la ola gracias a sus temas bailables para “Fiebre del Sábado Noche”), y cantado por Frankie Valli. Por otra parte, John Farrar fue autor de dos de las canciones más recordadas, “Hopelessly devoted to you” (que canta Sandy) y la archiconocida “You’re the one that I want”, mientras que Louis St. Louis aportaba “Sandy” y otros cantables de relleno.

Llegaba la hora de completar el reparto, y a alguien se le ocurrió que para interpretar a “Sandy Olson”, papel que requería de un físico atractivo y considerables prestaciones vocales, la persona idónea era la australiana Olivia Newton-John, tal vez un poquito demasiado mayor para el personaje (claro que, en realidad, todos los miembros del reparto lo eran; ¿quién puede creerse realmente que tipos como los que aparecen en la película continúen en el instituto?), pero que logró una caracterización involvidable por la que aún es recordada. Newton-John era vieja conocida tanto de Stigwood como de los Bee Gees, y su elección fue un acierto total.

En cuanto a John Travolta, no es ningún secreto que bordó su papel de “Danny Zuko”, y de inmediato se convirtió en un sex-symbol (¡ay, aquellas chaquetas de cuero y aquellas camisetas negras ajustadas…!) y en uno de los iconos populares de finales de los 70. Tampoco es que Zuko requiriese las dotes de un actor, digamos,shakespeariano, pero Travolta le supo dotar de un punto hortera, canalla, tierno y romántico perfectamente equilibrado, ¡y además bailaba (como ya había demostrado en “Fiebre del Sábado Noche”) y cantaba (con una pizca de voz y abusando de los falsetes… pero cantaba)!

Para los papeles secundarios, Stigwood y Kleiser contrataron a jóvenes más o menos prometedores, como Stockard Channing (cuya composición de “Rizzo” es sin duda la mejor que ofrece la cinta), Jeff Conaway (“Kenickie”), Didi Cohn (“Frenchy”) o unos jovencísimos Eddie Deezen y Lorenzo Lamas (algunos años antes de que “Falcon Crest” le convirtiera en “El Rey de las camas”). También tuvieron su papelito secundarios ilustres como Sid Caesar, Eve Arden, Joan Blondell, Edd Byrnes o el ex-ídolo juvenil Frankie Avalon, que interpreta al "Angel de los Jóvenes". Por último, la banda de “doo-wap” Sha-Na-Na rentabilizó durante los años siguientes su participación en “Grease”, en la que interpretaron al grupo ficticio “Johnny Casino & The Gamblers”.

Las canciones, inolvidables en su mayoría, que nutren la banda sonora de “Grease”, alcanzaron vertiginosa e imperecedera repercusión universal, mas no sólo a causa de sus virtudes estrictamente musicales. Las espectaculares coreografías de Patricia Birch, mil millones de veces imitadas, fueron filmadas con imaginación e inesperada maestría por Randal Kleiser, utilizando de forma admirable el formato panorámico. Números como “Summer Nights”, “We Go Together” o, muy especialmnente, “Greased Lightnin’” y el mítico “You’re the One that I Want” no creo que tengan mucho que envidiar a los concebidos, dentro de otro estilo, por Stanley Donen o Bob Fosse.

Han transcurrido 28 años desde el estreno de “Brillantina” (como se subtituló en su exhibición española), y, de repente, después de haberla vuelto a ver, percibo, en primer lugar, que no ha envejecido absolutamente nada y sigue conservando toda su fuerza y frescura originales. Es más, me doy cuenta de que, por su lúcido tono entre cómico y nostálgico, por sus perfectas interpretaciones, por sus diálogos chispeantes (que, por cierto, resultan mucho más imaginativos si se escucha la versión original en inglés) y por sus maravillosos números musicales, se trata de una película muchísimo mejor de lo que se dejó entrever en su momento, al que el paso del tiempo no ha hecho sino, incluso, beneficiar. Que nadie se ofenda cuando digo esto, pero “Grease” me parece un film injustamente infravalorado, una buenísima película… poco menos que una obra maestra.

Un par de años después, cuando ya “Grease” se había convertido en un auténtico fenómeno sociológico que volvió a poner de moda la música, la estética y la filosofía vital de los años cincuenta, llegó una prescindible secuela, “Grease 2”, ubicada en los mismos ambientes y con nuevas canciones de Louis St. Louis. Fue un fracaso de proporciones aterradoras, a pesar de la presencia de una casi adolescente Michelle Pfeiffer y un Maxwell Caulfield pre “Dinastía” (¿o era “Los Colby”?). A veces, las películas redondas hay que dejarlas tal cual, y los experimentos hacerlos con gaseosa… pero no con brillantina.

Calificación: 9 (sobre 10)

Luis Campoy

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